Capítulo 31

 

 

 

 

 

«El lobo grande y malo se enojó y resopló, y le bajó las bragas de un soplido».

 

William había cambiado en algo. Sunny se había dado cuenta en el palacio de Hades, pero cuando de verdad lo notó fue al llegar al dormitorio. Estaba más tenso y tenía una mirada frenética. Su aura también había cambiado, y tenía ascuas que brillaban en medio de aquel fondo borroso. Eran ascuas de rabia y dolor.

Hades había sido muy cruel con William. Ella había tenido que controlarse para no adoptar su forma de unicornio y atravesarle el negro corazón al rey con su cuerno.

William se puso a caminar de un lado a otro por la habitación.

–Creo que es como si hubiera muerto alguien de la familia, y es terrible. Pero tú no tienes la culpa, cariño –le dijo ella, mientras se sentaba al borde de la cama–. Lo que ha hecho Hades es consecuencia de su carácter, no del tuyo.

Él se pasó una mano por la cara.

–Quédate aquí. Voy a llevarme a Dawn a dar un paseo.

Fue hacia la perra y se teletransportó con ella. Los dos desaparecieron al instante.

Aunque él no hubiera creído sus palabras, ella no se tomó aquella huida como un rechazo. Comprendía lo que era la pérdida, y sabía que William necesitaba estar a solas. También conocía a William, y sabía que requería el contacto como otros necesitaban el aire. Hacía que se sintiera vivo, aceptado, importante, querido. Todo lo que le había hecho falta de niño. Era el motivo por el que se había acostado con tantas mujeres.

Por lo tanto, tenía claro lo que debía hacer. ¡Sexo! Se acabó la espera. Con William, su nivel de excitación siempre estaba muy alto. Solo con pensar en estar con él, se le endurecieron los pezones y se le humedeció el cuerpo. William le había pedido que vivieran juntos, y ella se preguntó si… ¿Acaso era su compañera vital?

Quería serlo, pero, teniendo en cuenta los obstáculos que había en su relación, tenía que echar un vistazo a la página que había traducido y que él había guardado en el cajón.

Y rápidamente, porque él podía volver en cualquier momento.

Forzó el cajón de la cómoda, sacó el diario y leyó. Al ver lo que había escrito, palideció.

 

Debe morir. Morir. Moriiir. Morir morir. William debe morir. Matarlo. Debo matarlo.

 

Aquello continuaba, pero ella no pudo seguir leyendo y lo guardó de nuevo en el cajón. Era lógico que William se hubiera quedado blanco al verlo.

¿Cómo era posible que no la hubiera echado en aquel mismo instante?

¿Por qué le había pedido que se fuera a vivir con él?

Quizá solo quisiera protegerla como prisionera.

No. No era cierto. William la deseaba. Lo sabía porque la miraba como si nunca hubiera visto nada tan bello.

Bien. Iba a olvidarse de la nota por el momento. Iba a traducir el libro lo más rápidamente posible. No iba a parar hasta haberlo conseguido y haber roto la maldición. Pero eso sería al día siguiente. Aquella noche, William solo era un chico, y ella, una chica, e iban a celebrar el nuevo paso que habían dado.

Metió el libro al cajón y fue hasta la cama. Se quitó el vestido y se metió entre las sábanas. Pero… la cama era diferente. El colchón era blando, y la cama tenía un dosel de tela blanca y cuatro postes tallados en forma de dragón. Pero… ¿por qué había mandado cambiar la cama durante su ausencia? Y ¿quién había encendido la chimenea?

William volvió unos minutos más tardes, sin Dawn. Debía de habérsela dejado a Pandora. Tenía los puños apretados y la respiración, acelerada.

–Hola, William –dijo ella, con la voz ronca–. Tengo un regalo para ti.

Él la miró con los ojos entrecerrados.

–He ido a dar un paseo para aclararme la cabeza, pero cada paso que me alejaba de ti, las cosas empeoraban.

–¿Y ahora?

–Incluso peor –dijo él. Se agarró el cuello de la camisa y tiró de la tela hasta que se la sacó. Después, añadió–: Durante mi vida me han torturado muchas veces, pero nunca ha sido un tormento tan grande como este. Verte y no estar dentro de ti.

Ella asintió, y él dijo:

–Quiero hacer el amor contigo, Sunny.

–Sí–sí. Ven conmigo, por favor.

Él se acercó a los pies de la cama, irradiando un calor que la envolvió. Su enormidad hacía que se sintiera frágil, pero, también, poderosa. Era muy grande y fuerte, pero estaba temblando igual que ella.

–William –le rogó, incorporándose–. Bésame. Acaríciame.

–Enseguida –le prometió él. Pero, antes, demuéstrame lo mucho que me deseas.

Era la orden de un conquistador.

Ella se quitó el sujetador y las bragas. Quedó completamente desnuda, tendida en el colchón, con las rodillas flexionadas, pero juntas.

Él la miró con un deseo abrasador.

–Demuéstramelo.

Ella separó los muslos lentamente…

Y él emitió un sonido de pura necesidad. Se pasó una mano por la boca, y se le contrajeron los músculos del estómago y de los bíceps.

–Rosada y bella… Perfecta. Es como si te hubieran creado especialmente para mí.

–Sí, solo para ti. ¿Y eso? –preguntó ella, observando cómo él se abría la bragueta y liberaba su erección–. ¿Es solo para mí?

–Eso tiene un nombre –dijo él, bromeando, mientras se acariciaba.

–¿Príncipe Chispas? –bromeó ella, a su vez–. ¿Willy el Grande?

–Amo –respondió él–. Di: «Solo quiero complaceros, Amo».

Ella se quedó mirando su miembro, y dijo:

–Solo quiero complacerte a ti, cariño. Ven, acércate. Ahora te toca a ti. Tienes que decir: «Solo vivo para vuestro placer, Ama».

Él sonrió.

–Solo vivo para nuestro placer, Sunny.

Bien, le gustaba cómo sonaba eso.

–Acaríciate –le ordenó él–. Enséñame cómo te gusta que te satisfagan.

Ella deslizó una mano por su estómago y metió un dedo en la humedad de su cuerpo. Placer. Dicha. Con un gruñido, comenzó a ondularse, moviendo las caderas.

Él ya no pudo soportar más aquella llamada del instinto. Se quitó las botas, se desarmó y se bajó los pantalones. Quedó completamente desnudo y, al verlo, ella empezó a masturbarse con más rapidez. A él se le escapó un jadeo, y a ella, también.

–¿Es esto lo que quieres? ¿Lo que necesitas? –preguntó William, acariciándose de arriba abajo.

–¡Sí! Dámelo.

Ella, vacía y anhelante, arqueó la espalda y siguió metiendo y sacando los dedos de su cuerpo. Sus gemidos de placer se entremezclaban con los gruñidos de William.

Por fin, él subió al colchón. Se tendió sobre su cuerpo y metió las caderas entre sus muslos, separándole las piernas, y dejó descansar su erección en el pequeño triángulo de vello plateado de su pubis. Ambos se estremecieron de placer.

Él la tomó de la muñeca y se metió sus dedos húmedos en la boca.

–¿Cómo es posible que sepas a arcoíris?

«No lo sé», pensó ella. «No sé nada, solo siento necesidad».

–Bésame –le rogó.

Él se inclinó y la besó. Sus lenguas se entrelazaron, y ella notó su sabor a vino oscuro. Era embriagador.

Se frotaron el uno al otro, y el movimiento hizo que su miembro rozara con fuerza su clítoris. La presión aumentó, y las inhibiciones desaparecieron por completo.

Él gruñó y alzó la cabeza. Con una mano, le sujetó las muñecas en la almohada, con la otra, comenzó a acariciarle los pechos y pellizcarle los pezones. Bajo su piel aparecieron los destellos, que emitían un calor seductor y embriagador.

Inclinó la cabeza y atrapó uno de sus pezones con los labios, y succionó con fuerza. Una locura gloriosa se apoderó de Sunny. Nunca se había sentido tan excitada ni tan febril. Cuando él deslizó una mano por su estómago y metió un dedo en su cuerpo, ella se apretó contra su mano. ¡Era delicioso!

–Más –le dijo–. Otro dedo. ¡Por favor!

Él obedeció y, al introducir el segundo dedo en su cuerpo, le arrancó un grito de placer. De repente, se le pasó algo por la cabeza, y sus movimientos se ralentizaron. Durante todo el tiempo que llevaban juntos, nunca le había preguntado a William por sus fantasías secretas. Sunny quería que él también conociera aquella felicidad. ¿Qué era lo que había querido hacer siempre con una mujer, pero nunca había llevado a cabo?

«Piensa, piensa». Sin embargo, no podía pensar. Cuanto más movía él aquellos dedos, cuanto más la acariciaban sus nudillos en el punto más delicado, mayor era el placer.

«Lame sus tatuajes. Sus pezones. Succiona sus testículos».

Sí, sí. Una vez más, él metió los dos dedos en su cuerpo, y ella volvió a perder la cabeza, y gritó:

–¡El tercer dedo! Dámelo.

–No, aún no –dijo él, entre dientes–. Estás demasiado tensa, Sunny.

–¿Y te quejas?

–No, estoy atormentado. Quiero darte algo más grande.

Entonces, su unicornio interior tomó las riendas de la situación. Le rodeó la cintura con las piernas y atrapó sus dedos y su erección entre los muslos.

Él exhaló un suspiro. Le caían gotas de sudor por la frente. Era la seducción hecha carne, un guerrero sin comparación. Y era suyo.

Pero ella no era tan lista como creía. Al atrapar sus dedos, no dejaba que se moviera. ¡Y necesitaba fricción!

Bajó las piernas.

Él le soltó las muñecas y la agarró de la nuca. La besó, y sus lenguas se entrelazaron y danzaron y acometieron. Y, por fin, él metió un tercer dedo en su cuerpo, y le proporcionó la fricción que necesitaba. Los retiró, y volvió a introducirlos, cambiando el ritmo de los movimientos para que ella no se esperara el siguiente roce.

Sunny se retorció y le arañó la espalda. Necesitaba…

Eso.

William le apretó el clítoris con el dedo pulgar, y la llevó al éxtasis mientras ella gritaba su nombre.