«Se me dan bien tres cosas: el sexo, matar y el sexo. Sí, soy tan bueno en el sexo, que tenía que mencionarlo dos veces».
William estaba absorto. Ver a Sunny llegar al orgasmo con el rostro radiante de placer… Notar las contracciones de su cuerpo alrededor de los dedos… Ella había cobrado vida, y todos los colores del arcoíris habían brillado en sus ojos, y su pelo había cambiado del blanco al azul, al rosa, al negro, una y otra vez.
Nunca había visto nada tan glorioso, y estaba deshecho.
Antes de que sus paredes interiores dejaran de contraerse y ella se desplomara sobre el colchón, completamente saciada, él sacó los dedos húmedos de su cuerpo.
Al notar el vacío, ella soltó una retahíla de maldiciones de unicornio, pero él posó el extremo de su erección en su abertura, y las maldiciones se convirtieron en súplicas.
–Hazlo, por favor…
–¿No te… hago daño? –le preguntó él.
–No, no, sigue.
Entonces, él fue deslizándose hacia su interior, centímetro a centímetro, pero el cuerpo de Sunny era muy ceñido, muy estrecho, y él tuvo que hacer uso de todas sus fuerzas para no acometer con violencia.
Siguió avanzando, sintiendo su calor, lenta y suavemente. No quería hacerle daño.
Ella gimió su nombre y, con un movimiento rápido, le clavó las uñas en las nalgas y alzó las caderas, obligándole a hundirse en su cuerpo hasta el final.
Por fin estaba dentro de ella.
Tuvo la esperanza de que la presión disminuyera.
Pero no fue así. La presión aumentó.
–Ha sido un poco más doloroso de lo que pensaba –dijo ella, sin aliento.
William se sintió culpable. Había llegado al punto de no retorno. Estaba perdiendo la cordura, y no podía pensar, ni ver más allá del placer. Quería más, e iba a tenerlo.
–Dime cuándo… estás lista para… que yo pueda moverme.
Ella se humedeció los labios y asintió, y movió las caderas con cuidado. Él se mordió la lengua para no rugir. Otro movimiento, un poco más fuerte. Y, después, otro, y otro. A Sunny se le cerraron los párpados y se le separaron los labios. Al mismo tiempo, él metió la mano entre sus cuerpos para acariciarle el clítoris mientras ella seguía balanceándose.
«No voy a durar».
«Sí, demonios, tengo que conseguirlo».
El placer de Sunny era lo primero, siempre, pero estaba tan excitado que necesitaba embestirla. ¡Control! Quería ser el mejor amante que hubiera tenido, aunque muriera en el intento.
Se retiró hasta el extremo del miembro, sin dejar de acariciarle el clítoris.
–¡Ya estoy lista, ya estoy lista! –susurró ella.
¡Sí! Él volvió a hundirse en su cuerpo, con un rugido, y agitó el colchón. A ella se le escaparon pequeños gemidos mientras enroscaba su cuerpo alrededor del de William, que siguió entrando y saliendo de ella, creando un placer cegador.
Se besaron, entrelazando sus lenguas, y él vio aquella ferocidad como una señal de la pasión que compartían, y solo pudo desear más. Sunny sabía a cielo, y su cuerpo era un portal para que él pudiera llegar allí.
También quería ser su portal al cielo. Quería que lo deseara todos los días de su vida.
–¡No pares, no pares nunca! –le pidió ella entre jadeos.
–Qué maravilla, mi amor. Me satisfaces… en todos los sentidos.
William siguió acometiendo, y ella arqueó el cuerpo para que él pudiera hundirse más profundamente. La presión creció tanto que él no pudo soportarlo más. Con una embestida final, echó la cabeza hacia atrás y rugió al llegar al orgasmo. Vertió su simiente dentro de su mujer.
El pequeño unicornio le proporcionó un clímax salvaje. El más salvaje de su vida.
Cuando acabaron los espasmos, él se desmoronó sobre ella, pero rodó a un lado para no aplastarla y la conservó entre sus brazos. Ella se acurrucó contra su cuerpo y él le besó la frente, la punta de la nariz y el cuello.
Se sintió satisfecho, contento, sosegado. Era una sensación maravillosa. Tenía una sonrisa en los labios, y dijo:
–Ahora, ya solo eres la mejor segunda amante que has tenido en la vida.
–Jacinto arrogante –respondió ella, sonriendo por dentro.
William se echó a reír y le acarició el pelo.
–¿Acaso puedes negarlo, Sunny?
Cuando estaba dentro de ella, la había llamado «amor». ¿Acaso la quería?
De repente, tuvo una necesidad abrumadora. «Quiero que me ame. Quiero que se convierta en un miembro de mi manada».
Le rodeó un pezón con el dedo, y respondió a su pregunta:
–No, no puedo.
Él sonrió.
–Yo nunca he hablado de mi vida privada con una amante… hasta ahora. Estoy deseando saber más cosas de ti. Estoy desesperado por conocerte más.
Desesperado. Sí.
–Yo también quiero saber más sobre ti.
–¿Hacemos un toma y daca?
–De acuerdo.
–Las damas primero. Empecemos por todo el placer que te he proporcionado.
¡Vaya! ¿Alguien necesitaba que lo reconfortaran? ¡Qué adorable!
–Bueno… casi me has dejado en coma de placer…
Él soltó un bufido de orgullo.
–Lo mismo digo. No sabía que se podía experimentar un gozo así.
De acuerdo. Ella también necesitaba que la reconfortaran, porque sus palabras se le habían subido a la cabeza al instante.
De repente, se le ocurrió algo.
–¿Dónde está Dawn?
–Baden y Katarina la han llevado, con el resto de los perros del infierno, al bosque, su hábitat natural –dijo él. Sonó su teléfono móvil. Miró la pantalla y frunció el ceño–. Tengo muchos mensajes de los nueve reyes. Me hacen ofertas a cambio del medallón.
–¿Qué ofertas?
–Palacios. Otros artefactos. Esclavos. Almas.
Ella se sintió muy culpable. Todavía no le había dicho a William lo que era el medallón, y qué más cosas podía hacer. Tenía que contárselo. Sin embargo, él podía utilizarlo para aumentar su fuerza y su magia, y para someterla. Aunque había llegado a confiar en él, pero…
Si se lo contaba, estaría confirmando uno de los mayores miedos de William. Él sabría lo fácilmente que podía matarlo, y eso echaría a perder aquel precioso momento. ¿Y si perdía a William? Se le encogió el estómago al pensarlo.
Decidió que se lo diría al día siguiente. También hablaría de las cosas terribles que había escrito bajo la influencia de la maldición. Aquel día, no quería interrumpir su huida de la realidad.
–Creo que deberías decirles que no.
–Eso era lo que iba a hacer –respondió William. Le besó la frente. De repente, se puso muy tenso–. ¡Mierda! No hemos hablado de los anticonceptivos. Estamos muy cerca de la época de celo…
«Estamos», y no «Estás». Eso demostraba que eran una pareja. Y, sorprendentemente, no parecía que William se sintiera muy molesto por ello.
–Nunca se me había olvidado algo así.
Oh, vaya. A ella ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Pero, claro, esa era una de las ramificaciones místicas de la época de celo.
–La magia hace que los unicornios y sus amantes olviden los anticonceptivos. Ese es uno de los motivos por los que yo siempre he preferido encadenarme en un lugar secreto. Pero no te preocupes por lo de hoy. No puedo quedarme embarazada fuera de la época de celo, y ni siquiera en ese momento está garantizado.
No estaba lista para tener un hijo, todavía. Así que añadió:
–Lo mejor será que pongamos notas de recordatorio por la casa.
Él le acarició la espalda, y le dijo:
–Las pondré yo, en cuanto pueda andar. Vamos a repetir esto muy pronto, porque, en lo que se refiere a Sunny Lane, parece que soy insaciable.
A ella se le puso la carne de gallina.
–Te doy una hora… No, media hora… No, cinco minutos para que recuperes fuerzas. Y lo repetimos, con notas o sin notas.
Él sonrió con ternura y le metió un mechón de pelo detrás de la oreja.
–¿Qué es lo que quieres hacer con tu vida, Sunny? ¿Descifrar códigos?
Buena pregunta.
–Durante mucho tiempo, mis únicos objetivos han sido sobrevivir y matar a Lucifer. Además, no consigo hacer planes de antemano. Me gustaría tenerlo todo pensado, pero… Por otro lado, no sé, pensándolo bien, a lo mejor me hago mercenaria y me dedico a matar demonios por encargo. ¡Oh! Puede que forme un equipo para limpiar las calles del infierno.
–Vaya, vaya. Si te decides por la opción be, necesitarás un nombre de superheroína. Puedes ser Mi pequeña lasciva.
¡Ja!
–Ya, ya –dijo ella, riéndose. Lo acarició suavemente para conocer su cuerpo, y comentó–. Como hemos estado ocupados en otras cosas, me he dado cuenta de que no sé cuáles son tus fantasías, ni tu plan de vida.
–Las fantasías… Dormir con un unicornio acurrucado contra mí y despertarme con ella. En cuanto al plan de vida, llegar a ser uno de los reyes del inframundo. Para conseguirlo, solo tengo que encontrar la corona que fue de Lucifer.
–¿Y para qué tienes que encontrarla? ¿Por qué no eres rey todavía?
Él exhaló un largo suspiro.
–Hace mucho tiempo, me escapé del infierno. Aquí me estaba convirtiendo en un hombre que no me gustaba, sin luz, y pensé que podía ser mejor. Me equivoqué. Seguí luchando, matando y abandonando a las mujeres con las que me acostaba.
–¿Y por qué volviste?
–Por la guerra contra Lucifer. Quiero que muera, y estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para conseguirlo. Además, cuanto más tiempo paso aquí, más consciente soy de que yo elijo si tengo luz u oscuridad. Ya no soy un joven de cien años. Soy más viejo, fuerte y sabio. Y, en cuanto a la corona… En la antigüedad se forjaron once coronas en el cielo, y cada una representaba un poder distinto. Lucifer robó diez de ellas.
–Claro, era de esperar.
–Se rumorea que la undécima sirve para esclavizar a los otros reyes, pero nadie la ha encontrado.
–A lo mejor yo puedo ayudarte.
Sí, podía, e iba a hacerlo. Quería demostrarle a William lo agradecida que estaba de tenerlo en su vida, de haber conocido con él la satisfacción y el placer. Tal vez pudiera regalarle la corona, en su forma de unicornio.
Se estrujó la mente para encontrar algún motivo por el que debiera seguir guardando tantos secretos. Él iba a tener acceso eterno a su cuerno, podría quitárselo, si quería, mientras ella estaba dormida. Sin embargo, no le importaba. Quería enseñárselo. E iba a hacerlo, justo después de soltarle la bomba sobre el medallón.
Con un suspiro, se apoyó en el cabecero de la cama. De repente, se oyeron pasos que se acercaban. William debió de oírlos también, porque se puso tenso.
–¿Esperabas visita?
–No.
De repente, se abrieron las puertas de par en par, y entró un contingente de Enviados, once en total. Tres eran de la Elite y el resto eran Guerreros. Llevaban espadas de fuego.
Como los Enviados eran sus vecinos, ella se había tomado la molestia de aprenderse sus nombres. Bjorn, furioso, dirigía al grupo. Gritó:
–¡William, hoy es el día en que pagarás por tus crímenes!
Sunny se sujetó la sábana contra el pecho y se incorporó. ¿Cómo se atrevían a interrumpirles en aquel momento? William también se incorporó, con una expresión de ira.
–Hay un arma en mi mesilla de noche –le dijo a Sunny–. Si alguien te mira, pégale un tiro.
¿Un tiro en la cara?
Él se puso en pie, desnudo, y tomó dos dagas. Empezaron a surgir sus hermosas alas de humo, aunque no tenían tanta potencia como en otras ocasiones. Tal vez él pudiera producir más de un tipo de alas, dependiendo de la situación. O, tal vez, ella se hubiera vuelto inmune… pero a los Enviados tampoco les afectaba.
–Tenéis tres segundos para salir de mi habitación –rugió William–. O sufriréis las consecuencias.