«Bienvenidos a la casa de los horrores de Willy».
Si William no se salía con la suya, cometería varios asesinatos. Estaba desnudo, ¿y qué? Que los Enviados disfrutaran de las vistas antes de morir decapitados. Les iba a cortar la cabeza si continuaban allí. Habían invadido su hogar y se habían atrevido a llevar la violencia a la puerta de Sunny, privándole, tal vez, de su sensación de seguridad. Y el peor de sus crímenes había sido estropearles aquel momento de intimidad. Por ese motivo, iban a morir con dolor.
–Tres… dos…
Los Enviados no se movieron de su sitio.
–Muy bien, vais a sufrir.
–No eches a perder la incipiente relación con Axel matando a sus compañeros y amigos –le dijo Sunny–. Solo dales una pequeña paliza.
No parecía que estuviera muy asustada. Por el contrario, parecía que se estaba divirtiendo.
De acuerdo. Por Axel y por ella, no mataría a aquellos idiotas.
–¿A qué crímenes te refieres? –le preguntó a Bjorn.
–Como si no lo supieras.
Los Guerreros rodearon a William, bloqueando su imagen a los miembros de la Elite.
–Apartaos. William es mío –gritó Bjorn.
En vez de retirarse, los Guerreros atacaron.
Se habían atrevido a desobedecer a su líder y, por ese motivo, él iba a darles una paliza más fuerte de lo normal. Movió los brazos sin pausa, apuñalando con las dos dagas, cortándoles ojos y miembros a sus atacantes. Sin embargo, los guerreros se curaban al instante y seguían levantándose.
–Dime qué es lo que crees que he hecho –le preguntó a Bjorn.
–No finjas que no lo sabes –gritó el Enviado.
William lo vio de reojo. El tipo había decidido quedarse apartado mientras sus hombres recibían todos los golpes. Qué detalle. Eran ocho Guerreros, seis hombres y dos mujeres. Los de la Elite se quedaron atrás. Uno de ellos estaba cegado, pero iba a curarse en cualquier momento. Ni rastro de Axel. Si alguien se dirigía hacia Sunny, moriría.
Las espadas de fuego lo atacaban desde todas las direcciones. Él golpeaba y esquivaba los golpes, pero algunas veces, el fuego le causaba ampollas en la piel. William podía soportar el fuego natural sin sufrir daños, pero no podía soportar el fuego purificador del cielo. El calor invadía su sangre, sus huesos y se sentía como si estuviera quemándose por dentro.
Con cuidado de evitar el contacto directo, fue alejando a sus enemigos de la cama hacia un retrato específico que había en la habitación. Era aquel en el que aparecía desnudo, con un teclado de ordenador delante de los genitales.
Lo que sus invitados no sabían era que aquel teclado estaba lleno de magia, pero iban a enterarse muy pronto. Se agachó para recoger una daga y, al incorporarse, apretó la tecla E. Al instante, surgieron estacas afiladas del suelo.
Se oyeron gruñidos y gemidos de dolor y sorpresa. Los Enviados saltaron con los pies ensangrentados, tratando de esquivar el resto de los pinchos. No lo consiguieron, así que tuvieron que mover las alas para elevarse.
Aunque él pensaba que la gran envergadura de sus alas iba a dificultarles el movimiento, se equivocó. En realidad, la batalla empeoró para él, puesto que comenzaron a atacarlo desde las alturas.
Uno de los Guerreros miró a Sunny. William se enfureció y le cortó la garganta con una daga. El tipo, ahogándose en sangre, soltó su espada, que se desvaneció al instante. Después, cayó al suelo golpeándose con fuerza.
No era un golpe mortal, pero sí muy doloroso. Bien, ya solo le faltaba desactivar a siete.
Defendiéndose contra los golpes, fue abriéndose camino hacia la cama, de donde tomó otra daga descartada. La lanzó a la letra uve doble, y se abrió un panel secreto que había en uno de los postes de la cama y que cobijaba dos espadas cortas.
William las sacó y comenzó a moverse a toda velocidad, apuñalándolos a todos mientras lo buscaban con la mirada. El suelo y las paredes se llenaron de salpicaduras de sangre.
¿Qué pensaría Sunny de él? ¿Estaría asqueada por su brutalidad? Debía de estarlo. Él no dejaba de herir a seres bien conocidos por su compasión y su bondad… hacia cualquiera que no fuese un demonio, un vampiro o una bruja.
Bjorn saltó al aire y movió las alas para hacerse cargo de la situación. De entre las plumas de oro salieron unos ganchos de hueso.
–Lo vas a pagar.
Uno de los ganchos destrozó la mejilla de William. El otro le hizo un corte en un hombro y lo lanzó hacia la pared. El golpe le hizo perder todo el aire de los pulmones. Se quedó atontado y pestañeó rápidamente para recuperar la visión.
Sintió que se aproximaba una de las mujeres, y se volvió hacia ella. Era Sunny, que levantó la pistola y le guiñó un ojo mientras apretaba el gatillo. ¡Bum! Le dio un balazo a una de las Enviadas en pleno corazón.
Así que no estaba disgustada con él. William casi no tenía fuerzas para apartar la mirada de ella mientras luchaba contra otro Enviado.
Quería volver a estar dentro de su cuerpo.
Pero tenía que concentrarse. Otros dos lo atacaron al mismo tiempo. Se agachó y les rasgó el torso con las garras, inyectándoles el veneno del infierno. En aquella ocasión, sí iban a permanecer en el suelo.
Sus gritos de agonía enfurecieron a otros dos Enviados, que se habían recuperado, y que movían sus espadas de fuego con mucha más rapidez que antes.
Ellos también recibieron su dosis de veneno. Y también quedaron neutralizados. William se teletransportó a espaldas de su siguiente atacante, y lo empujó hacia otro Enviado que estaba blandiendo la espada. Un brazo cayó al suelo sin el cuerpo al que correspondía.
Cuchilladas. Patadas.
–¡Adelante, William! –gritó Sunny, entusiasmada–. ¡Ya lo tienes!
Animado por sus vítores, se concentró en la Elite.
–Dime lo que crees que he hecho –gritó–, o voy a dejar de portarme bien.
–¡Dinos dónde está! –le respondió Bjorn.
–¿Quién?
–¡Como si no lo supieras! –exclamó el Enviado.
–No, no lo sé.
William aleteó con fuerza, saltó al aire y soltó una patada con la que alcanzó a otro oponente en la nariz. Le rompió el cartílago e hizo brotar un chorro de sangre. William no se agachó, sino que giró para clavarle una daga entre los ojos.
Mientras el Enviado se desplomaba, William lo tomó de los pelos y lo colocó justo delante de una Guerrera que había bajado la espada de fuego para asestarle un golpe. La mujer no pudo parar el impulso del arma y atravesó a su compañero por el vientre. Los intestinos se derramaron por el suelo. Era la segunda vez que elegía a aquella Enviada para que hiriera a uno de los suyos, y ella palideció.
Le tiró el cuerpo a la cara, y la arrojó hacia la pared contraria. Para que no pudiera levantarse, le arrojó una daga y la clavó en la pared.
Ocho menos. Solo quedaban los de la Elite.
Miró a Bjorn y se enfrentó a él.
–Me estoy imaginando –dijo– que todo esto es por Fox, la Ejecutadora.
–Te vimos apuñalarla y llevártela.
–No, yo no. Hoy no he apuñalado a ninguna mujer. O, por lo menos, no lo había hecho hasta ahora.
Se enzarzaron en la lucha y comenzaron a destrozar el mobiliario a causa de los terribles golpes. El Enviado tenía mucha destreza. Luchaba como un demonio; se lanzaba a los ojos, la garganta y la entrepierna. Aquel era el tipo de lucha que respetaba William.
–¿Crees que vas a convencerme de que fue Axel? –le preguntó Bjorn, con ira.
–No, sin duda, fue Lucifer. Debe de haber adoptado mi apariencia para inculparme. Del mismo modo que se transformó en Axel para atacarme a mí.
–¡Mientes!
–Sí, a menudo, pero no en esta ocasión. Piénsalo, idiota. Todos los Enviados tenéis la capacidad de percibir el sabor de las mentiras. ¿Qué sabor has percibido ahora?
Bjorn abrió unos ojos como platos y bajó la espada. Las llamas murieron. Miró la carnicería que lo rodeaba y se encogió. Cuando aterrizó sobre Sunny, se encogió aún más. Ella se sentó al borde de la cama, vestida con una camiseta de William, lanzándole miradas asesinas al Enviado.
William se puso los pantalones con movimientos cortantes, tan fuertes, que estuvo a punto de romperlos.
–Cuéntamelo todo.
El Enviado agachó la cabeza.
–Yo lo había hecho. La había capturado yo. Fox era mi prisionera.
Su tono de voz transmitía un gran dolor. ¿Qué era lo que brillaba en sus ojos? ¿Lujuria? ¿El enviado deseaba a alguien que había matado a diez de los suyos? Buena suerte…
–Huyó de mí, y tú… Lucifer la atrapó, le clavó un puñal en el vientre y se la llevó.
En compañía de Lucifer nunca pasaba nada bueno. Fox no iba a escapar indemne.
–Pídele disculpas a Sunny y promete que no vais a matar a Fox –le dijo William–, y me pensaré si te ayudo a recuperarla.
Esperaba protestas por parte del Enviado. Después de todo, los inmortales tenían su orgullo. Sin embargo, Bjorn se volvió inmediatamente hacia Sunny.
–Te pido disculpas por asustarte, por destrozar tu habitación y amenazar a tu hombre.
Ella entrecerró los ojos.
–¡Cómo te atreves! Yo no me he asustado.
William contuvo la sonrisa.
Bjorn se giró hacia él y le dijo:
–No puedo prometerte que no vaya a matar a Fox. Su orden de ejecución viene del mismo Clerici. Pero te prometo que no la mataré sin venir antes a hablar contigo. ¿De acuerdo?
Era un compromiso medio decente, teniendo en cuenta la gravedad de los crímenes que había cometido Fox. Además, William sospechaba que Bjorn iba a convencer a su líder de que dejara vivir a la mujer. Esa lujuria…
Sí. Bjorn estaba loco por su prisionera.
–Está bien. De acuerdo.
Axel debería estar contento. «Las cosas que hago por la familia…».
–Dime dónde tiene Lucifer a los…
Bjorn ladeó la cabeza y, después, se acercó apresuradamente a la ventana para mirar al exterior. William lo siguió, y vio a Fox, ensangrentada, arrastrándose hacia el campamento, maldiciendo a todo aquel que trataba de ayudarla.
–No importa –dijo Bjorn, y salió corriendo del dormitorio.
–No irás a dejar todos estos cuerpos aquí, ¿verdad? –le gritó Sunny.
Entonces, fue Axel quien entró al dormitorio, y vio todos los cuerpos mutilados de sus amigos, que seguían inconscientes. Sus ojos azules se llenaron de furia.
–Se lo merecían –dijo William, a la defensiva.
–Ya lo sé –respondió su hermano–. Si me hubiera enterado de lo que pensaban hacer, los habría detenido, pero acabo de volver de una reunión en los cielos. Cuando me he enterado de lo que estaba pasando, he venido rápidamente. Pero gracias por el voto de confianza, hermano.
Magnífico. Acababa de estropear la relación con su hermano con una muestra de desconfianza e ira. Apretó los dientes. ¿Qué más podía salir mal?