SEGUNDA PARTE
REINO DE MARADELLE
DIECISÉIS AÑOS DESPUÉS
Los destellos de luz dorada de la hoguera iluminaban las sombras nocturnas. Volutas de humo con olor a sándalo ascendían por el aire mientras las brujas, que iban ataviadas con velos transparentes, danzaban alrededor del fuego, seduciendo al público. Los brujos tocaban los tambores a un ritmo sensual.
Todo el pueblo consideraba dioses del inframundo a los hijos de Hades. Y estaban en lo cierto. Aunque, para William, los títulos más acertados serían «asesino de dioses» y «seductor de diosas».
La mayoría de sus blancos eran los Wrathlings, una horda de especies diferentes que se habían aliado para librar al mundo de los demonios, los cambia–formas dragón, los vampiros y las brujas. Las que, supuestamente, eran razas malvadas.
–¿Cuál quieres? ¿Esa, esa o esa? –le preguntó Lucifer, dándole un empujón con el hombro. Estaban sentados con los esposos de las bailarinas, en círculo, alrededor de la hoguera–. ¿O quieres acostarte con todas, una por una, haciendo fila?
Aquella era la forma en que les gustaba matar a sus enemigos.
William frunció los labios. Cada vez que iban de visita, podían elegir a cualquier mujer que les gustara, casada o soltera.
–Tú te quedas con la mitad, y yo, con la otra mitad –añadió Lucifer.
–Tss, tsss… ¿no deberías practicar la castidad?
Al día siguiente, Lucifer iba a casarse con la princesa de aquel pueblo, Evelina Maradelle. Era la hija única de una emperadora de los cambia–formas dragón y del señor de los hechiceros que gobernaba en aquel reino.
Evelina había estado apartada de todo, guardada bajo llave, desde su nacimiento. Ni siquiera Lucifer había podido verla; solo sus padres tenían ese honor. Y, por supuesto, era Hades quien había arreglado el matrimonio. Según él, la muchacha tenía una belleza incomparable y era bondadosa, a pesar de su violento carácter y su inconmensurable poder.
Lucifer trató de fruncir el ceño, pero, al final, no pudo evitar echarse a reír. William también se rio. El matrimonio no iba a cambiar nada. ¿Por qué iba a cambiarlo? La mayoría de la gente consideraba que sus votos no eran más que una sugerencia de comportamiento. Él nunca había conocido a nadie que cumpliera esos votos.
–Mi boda con la princesa no va a afectar a mi vida –dijo Lucifer–. No hay nada que vaya a afectar a mi vida. Nada debería.
–Estoy de acuerdo. ¿Para qué vas a fastidiar la perfección?
Y la vida de un príncipe inmortal de veintitantos años era perfecta.
William tenía un padre al que quería con todas sus fuerzas, y un hermano a quien apreciaba. Todas las mañanas, Hades los entrenaba a ambos para sobrevivir en cualquier circunstancia. Perfeccionaba sus habilidades en el combate y les enseñaba cómo superar las peores situaciones. Por las noches, él se entregaba a los placeres de la carne.
Bueno, sí, su familia no lo había querido. Pensaban que el mundo estaría mejor sin él. ¿Y qué? Ignoró aquella presión en el pecho. Su nueva familia disfrutaba de su compañía y sus amantes se volvían locas por él. Le llenaban de afecto y de sentimiento de aceptación. Los verdaderos regalos de la vida.
Tenía riqueza, belleza y un montón de recuerdos que nadie podría arrebatarle nunca. Conocía una magia más poderosa que la de cualquier hechicero de los que estaban allí presentes, y poseía poderes sobrenaturales que le permitían teletransportarse a cualquier mundo, controlar a los demonios e inspirar miedo y odio por igual a enemigos y aliados. Cuando se enfurecía, le brotaban unas alas de humo. Muy pronto iba a gobernar su propio reino dentro de los territorios de Hades, como Lucifer. ¿Qué más necesitaba? ¿Qué podía ser mejor?
«Entonces, ¿por qué no soy feliz?». ¿Por qué no podía desprenderse de un pasado que no recordaba, u olvidar un pasado que despreciaba?
Solo le había preguntado dos veces a Hades por aquel chico de sus primeros recuerdos. Y, en ambas ocasiones, había recibido la misma respuesta: «Hazme caso. Es mejor que no lo sepas».
Aunque anhelaba aquellas respuestas tanto como anhelaban los hombres el aire que respiraban, no podía presionar más a su padre adoptivo para que le contestara, después de todo lo que Hades había hecho por él.
Lucifer le pasó una petaca de whisky y ambrosía y le dijo:
–La rubia no te quita los ojos de encima, hermano.
–No tengo que preguntarte de qué rubia hablas –respondió William, y dio un trago a la petaca–. Me imagino que es la que está meciendo las caderas mientras va acercándose.
Ella alzó los brazos por encima de la cabeza para mostrar mejor sus pechos. Tenía los pezones endurecidos.
Ummm… Los pezones eran su diana preferida.
–¿No vas a aceptar su ofrecimiento? –le preguntó Lucifer.
–Yo… No.
Era Lilith de Lleh, la hermanastra de Evelina y esposa del comandante del ejército. Era una bruja, además de pitonisa. Era baja de estatura y curvilínea, y tenía la piel como la nieve, los ojos, como esmeraldas y los labios, como rubíes. A William nunca le habían importado el color ni la talla. La belleza tenía muchos envoltorios diferentes, y él los valoraba todos. Solo le importaba que fueran suaves y cálidas, y que la aventura fuese pasajera. Si, por casualidad, la fémina en cuestión tenía un corazón de santa y en la cama era como un torbellino, mejor que mejor.
Aunque la bruja cumplía dos de las tres condiciones, era suave y cálida, no podía cumplir la tercera: que la aventura fuese pasajera. Se habían acostado hacía unas semanas, y ella se había quedado colgada de él.
William se estremeció. Aunque fuera la mujer destinada a completarlo, la rechazaría. Las mujeres como Lilith esperaban la monogamia sin reciprocidad, y tenían violentos ataques de celos. No, gracias. Él prefería la variedad, la sal de la vida.
Él solo experimentaba la verdadera satisfacción cuando conquistaba a una nueva amante. Y solo duraba un momento, un instante que lo dejaba desesperado y ansioso por volver a experimentar la misma sensación. Aun así, no cambiaría aquellos instantes por nada; eran prueba de que él, el niño a quien nadie había querido, era deseado e, incluso, admirado.
–Te la voy a quitar de encima –dijo Lucifer–. Haré que piense que se está acostando contigo.
–¡No! –gritó William, atrayendo varias miradas. Se le aceleró la respiración y comenzó a sudar. Lucifer era conocido como el Gran Embustero por un motivo: podía adoptar la forma de cualquiera a voluntad, y lo hacía a menudo–. No –repitió, con más calma–. Eso sería una violación.
Había pocos límites que él se negara a traspasar, pero la violación estaba en el primer puesto.
–No, te equivocas. Sería lo contrario a una violación. Yo le estaría dando exactamente lo que ella quiere. Pero –añadió Lucifer, con una sonrisa forzada, alzando las palmas de las manos con una expresión de inocencia– tú eres mi querido hermano. Respetaré tus deseos.
Otro de los motivos por los que Lucifer se había ganado su apelativo era que mentía constantemente.
«¿Acabo de escuchar una verdad u otra mentira?», se preguntó William, y se mordió la lengua hasta que notó el sabor de la sangre. Quería amar a Lucifer. Quería que le cayera bien su hermano adoptivo. Pero… en secreto, luchaba por conseguir ambas cosas. Eran una familia, lo más preciado. No podía abandonar a Lucifer.
Lilith sonrió seductoramente y le hizo un gesto con el dedo para que se acercara.
–Ven conmigo, William. Seré todo lo que quieras, haré lo que desees.
Él respondió con toda la delicadeza que pudo.
–Lo siento, pero deseo a otra…
–Yo puedo hacer que cambies de opinión –respondió ella. Se puso de rodillas y se acercó con un brillo extraño e hipnótico en los ojos–. Lo he visto.
No. En un tono mucho más duro, le dijo:
–La respuesta sigue siendo no.
Ella, con una expresión de ira, posó las palmas de las manos en sus muslos y se atravesó los pantalones de cuero con unas uñas afiladas como dagas.
–Por favor, William. Te deseo más de lo que nunca haya deseado a nadie.
–Aah. Desesperación –dijo Lucifer, con su acostumbrada sonrisa de desdén–. El mayor afrodisíaco.
La bruja le lanzó un siseo de rabia.
De acuerdo. Así pues, ser directo le había servido de tan poco como ser suave. Así pues, sería cruel.
–Pasa la noche con tu esposo. Él te desea. Yo, no.
Ella se estremeció.
–Te quiero, y sé que podríamos ser felices juntos. Para siempre.
–El amor es un mito, y la monogamia no es factible. Yo nunca voy a desear una relación a largo plazo.
De nuevo, ella se estremeció.
–Seré buena contigo, William. Dame una oportunidad. Escápate conmigo.
–Ni siquiera me conoces, princesa.
–Estás equivocado. He aprendido muchas cosas sobre ti. Hace unas semanas me elegiste. Después, soñé contigo, con nosotros, con nuestro futuro. Me di cuenta de que, siendo tan retorcido como eres, necesitas a alguien como yo para experimentar la verdadera satisfacción.
–Si lo que te gusta es un corazón negro y un errado sentido del bien y el mal, te lo pasarás mejor con mi hermano –dijo él, y señaló a Lucifer con el dedo pulgar–. Incluso se ofreció voluntario para adoptar mi físico, si te apetece.
–Pero te lo advierto, mi vida –dijo Lucifer, arrastrando las palabras y balanceándose un poco a causa del alcohol–. Si pasas una noche conmigo, ningún otro hombre tendrá comparación.
La bruja lo ignoró y siguió mirando a William.
–He visto tu corazón, y sé que deseas desesperadamente tener una familia propia.
Él se quedó paralizado, sin respiración. ¿Y si era cierto que había podido ver lo que ocurría en su corazón, o que había podido ver un pasado que él no recordaba?
–¿Qué más sabes, hechicera? ¡Dímelo!
Ella sonrió, triunfante, pensando que ya lo había conquistado.
–Llévame a mi cabaña y te lo cuento.
–Dímelo aquí, y te juro que después te llevaré a mi cabaña.
O no. Por supuesto que no.
Ella lo miró a los ojos durante un largo instante, en silencio. Por fin, dijo:
–Sé que no tienes recuerdos de tu infancia. Que alguien te echó un sortilegio para enterrar tus recuerdos. Que Lucifer y tú vais a luchar, y que solo sobrevivirá uno de los dos. Que llegarás a despreciar a tu padre, durante un tiempo, y que amarás a tu hermano.
Él lo escuchó todo con un nudo en el estómago. ¿Despreciar a Hades? ¡Jamás! ¿Matar al hijo de Hades? No, imposible. Sin embargo, lo que había dicho la bruja sobre el sortilegio para enterrar sus recuerdos… eso sí tenía sentido.
–Te contradices, hechicera. ¿Cómo voy a luchar contra Lucifer, sobrevivir y, después, amar a Lucifer, que ya ha muerto?
A no ser que…
¿Se refería al niño con alas?
William se parecía más a él que a aquella mujer que podía ser su madre, o no. Los dos tenían la piel bronceada, el pelo negro y los ojos azules.
¿Qué le habría ocurrido a aquel niño? ¿Dónde estaría?
Sintió una opresión en el pecho, tan fuerte, que se quedó sin aliento.
–¿Y por qué voy a ser yo el que muera? –le preguntó Lucifer a la bruja. De repente, se comportó como si estuviera completamente sobrio. Dejó de balancearse, apartó el whisky y sacó una daga–. No, no importa. Mientes sobre esa futura guerra porque quieres crear discordia entre nosotros. Por suerte, a mí me encanta matar a los embusteros. Después de haberme divertido un poco, claro.
William frunció los labios y le dio una palmadita en la mano para que guardara la daga.
–No perdamos el tiempo con ella. Que se vaya a encontrar a otro a quien amar. Eso sí que será un castigo.
Lilith los miró a los dos con los ojos entrecerrados.
–¿Es que piensas que el amor es un castigo? Muy bien. Pues yo te voy a enseñar su valor.
La hechicera abrió los brazos, y se creó una violenta ráfaga de viento que los envolvió. Sus rizos rubios danzaban alrededor de su rostro mientras gritaba:
–¡Yo te maldigo, William de la Oscuridad! Te condeno a una vida llena de tristeza, en guerra con aquellos a quienes aman. Una vida privada de verdadero compañerismo. Y, si alguna vez te enamoras, si alguna vez el objeto de tu afecto corresponde a tu amor… la maldigo a ella también, a que pierda la cordura junto al corazón. Te atacará una y otra vez, y no se detendrá hasta que estés muerto.
William dio un resoplido.
–¿Quieres decir que nunca voy a sentar la cabeza y a acostarme una y otra vez con la misma mujer mientras criamos a una caterva de niños llorones? Oh, no. Eso, no. Cualquier cosa menos eso –dijo él, poniendo los ojos en blanco.
Lilith se le acercó y siguió hablando en un tono aún más duro:
–Permíteme que demuestre mi poder. Te maldigo, William de la Oscuridad, a que pierdas las dos manos antes de que amanezca.
Él volvió a poner los ojos en blanco.
–Se me regenerarán en cuestión de días.
–Sí, pero durante esos días oscuros, te consumirás por mí, y no podrás tocar a ninguna amante.
Él gruñó, y ella se echó a reír.
–Pero, como no soy un monstruo –dijo la bruja–, también te ofrezco una bendición. Te ofrezco la oportunidad de salvarte de la mujer de tu vida.
Hizo un gesto con la mano y se materializó un libro en su regazo. Era un tomo grueso con tapas de cuero, que tenía un enorme zafiro engastado en la portada.
–En este libro hay un código mágico. Si encuentras a alguien que descifre el código, podrás romper la maldición.
Él se sintió intranquilo. Se había hartado de ella y de sus amenazas, y se puso de pie. El libro se cayó al suelo y resonó. Él se dio la vuelta con intención de volver al inframundo.
–Si lo deseas, deja aquí abandonada tu única oportunidad de redención –le gritó ella, con petulancia–. Que tus enemigos puedan utilizarlo contra ti.
William se detuvo y la miró. Después, dijo, con ironía:
–Y yo que dudaba de tu amor. Qué tonto soy.
Sin embargo, la bruja tenía razón. Él alzó un brazo y el libro fue directamente a su mano. Después, William le lanzó un beso soplado a la bruja y se marchó.
Lucifer lo alcanzó y le pasó un brazo por los hombros.
–Yo nunca me voy a enfrentar a ti, hermano.
–Eso ya lo sé –dijo William. Aunque tuvieran sus diferencias, nunca faltarían el respeto a Hades de esa manera.
–Deja que te lo demuestre. Voy a proteger el libro en tu nombre. Mi ejército es el doble de grande que el tuyo, y mi magia, más fuerte. Me voy a cerciorar de que nadie pueda usar el código contra ti.
William volvió a sentir inquietud.
–Te agradezco la oferta, pero creo que me lo voy a quedar yo. Me vendría bien reírme un rato.
Con la magia se podían hacer muchas cosas asombrosas, pero conseguir el amor verdadero no era una de ellas. Y no había forma de que él perdiera las manos antes del amanecer. Para eso, alguien tendría que ser tan hábil como para poder acercarse sigilosamente a él y dejarlo sin conocimiento de un golpe.
Buena suerte.
Lucifer atravesó un portal que lo llevaba directamente a su territorio del infierno, y él entró a su principado. Se encerró en su dormitorio y activó las trampas por si alguien era tan idiota como para intentar entrar.
Trató de permanecer despierto, pero, a medida que las horas pasaron, el sueño lo venció.
Se despertó con un dolor indescriptible, ensangrentado. Había sangre en las sábanas, en su cuerpo… y toda ella brotaba de sus muñecas.
Le faltaban las manos, pero nadie había caído en las trampas de seguridad.
Además de aquel dolor tan insoportable, William sintió una enorme angustia. La segunda parte de la maldición de Lilith se había cumplido. ¿Por qué no había de cumplirse la primera?
Mierda. ¡Mierda! ¿Qué iba a hacer?