Capítulo 2

 

 

 

 

 

«¿Quieres un pedacito mío? Claramente, tu novia sí».

 

Sunday, Sunny Lane, estaba tomando agua azucarada en una copa de vino mientras paseaba por el bar de un hotel lleno de descifradores de código, hackers y aficionados. La mayoría eran seres humanos que habían ido temprano a Nueva York aquella mañana, para socializar y divertirse antes de asistir a la inauguración del congreso mundial de criptoanalistas que comenzaría al día siguiente. Su amiga de toda la vida o… más bien, su conocida, Sable, estaba a su lado. Aquella mujer bella, de piel negra y un metro ochenta centímetros de altura, provenía del mismo reino que ella.

Habían ido a poner trampas para cualquier inmortal que se dedicara a cazar a los de su especie.

Se les acercó un camarero con una botella de vino blanco.

–¿Me permite que le llene la copa, señorita?

–No, gracias –dijo ella–. Como autoproclamada superheroína y orgullosa vigilante que soy, prefiero mantenerme sobria para poder detectar a los cerdos.

Áster.

Sunny había nacido con una magia innata que le impedía decir palabrotas, y cambiaba las palabras malsonantes por flores. Margarita sustituía a «mierda». ¡Aay! Era horrible. Eléboro sustituía frecuentemente a «demonios». Salvia podía reemplazar a «caca». Jacinto sustituía a «hijo de puta». Áster sustituía a «culo» y fresia sustituía a «joder».

El camarero sonrió con inseguridad y se alejó rápidamente.

–Espero que la dualidad nos sirva esta noche –dijo Sable, e hizo un brindis con su copa de agua azucarada.

Ah, sí. La dualidad. De su naturaleza, la mitad se dedicaba a cazar y a matar a los malos, fueran inmortales o seres humanos. Esa parte de ella, Sunny la Horrorosa, trabajaba de asesina. La otra mitad les exigía que difundieran el amor, la alegría y la paz, y esa parte, Sunny Rosas y Arcoíris, trabajaba de descifradora de código.

Aquellas dos facetas siempre estaban inmersas en un tira y afloja brutal.

–He publicado un post para comunicarle al mundo que iba a estar aquí –dijo Sunny, mientras se acariciaba con un dedo el medallón que llevaba en el cuello. Era su más preciada posesión, y servía para realizar hazañas que poca gente imaginaría.

Como eran criaturas míticas extremadamente raras, tenían que ir siempre armadas. Los cazadores furtivos trataban de cazarlas por diversión, y los coleccionistas, por placer. No era raro que Sunny no confiara en nadie, ni siquiera en Sable, y nunca permaneciera en el mismo lugar más de dos semanas. Siempre estaba mirando hacia atrás por encima del hombro, y apenas dormía.

–Si alguien ataca… –dijo Sable.

–Morirá gritando.

Sable apuró el agua y dejó la copa.

–Cuando hayamos eliminado a los furtivos y a los coleccionistas, no tendremos que estar siempre preocupadas por si nos tienden una emboscada. Podríamos concentrarnos en la realeza del inframundo.

–Los nueve reyes, y hasta el último de los príncipes de la oscuridad…

En concreto, había dos de aquellos príncipes que figuraban en los primeros lugares de su lista: Lucifer el Destructor y William el Eterno Lujurioso. Solo con pensar en sus nombres, ya sentía rabia. Lucifer había cometido atrocidades contra su pueblo, gritando: «¡Por William!».

Aunque ahora los dos estuvieran en guerra, en aquellos momentos eran inseparables.

«Concéntrate. Estás aquí con un propósito».

Miró las caras que la rodeaban. Algunos de los asistentes iban de grupo en grupo. Otros permanecían en su sitio, hablando, riéndose y bloqueando el paso por los pasillos. Otros estaban en sus mesas, bebiendo. La mayoría estaban relajados, contentos. Ay, cómo sería sentirse tan despreocupado y ajeno al mal del mundo y a los peligros. Sunny no recordaba haberse sentido segura nunca.

En algún punto de la barra hubo un sonido de cristales rotos. Sunny y Sable se sobresaltaron.

«Respira hondo, vamos. Sí, así está bien».

–Estoy deseando dejar de vivir con miedo –murmuró.

Cuando lo consiguiera, se compraría una casa y haría un jardín. Adoptaría un perro y un gato. Y llevaba muchos años sin tener una cita, seguramente, siglos… Tenía que encontrar al tipo adecuado. Alguien que quisiera hacer el trabajo necesario para ganarse su confianza. De ese modo, ya no tendría que volver a pasar sola la época de celo, aquella temporada llena de un deseo sexual incontrolable y mordiente.

La próxima época de celo llegaría dentro de dos semanas.

–Yo, también –dijo Sable–. Estoy deseando poder dejar de encadenarme en una habitación cerrada para no abalanzarme sobre ningún hombre.

¡Exacto!

–Algún día voy a atar a Lucifer con esas cadenas antes de cargármelo.

–Me gusta esa forma de pensar.

Cuanto más se adentraban en el bar, más olía a diferentes perfumes. Había seres humanos, vampiros, brujas, seres humanos, hombres lobo… De repente, a Sunny le llamó la atención una risa ronca de hombre.

Se estremeció y frunció el ceño. Qué reacción tan extraña. Cierto, su voz era sexy, pero ella había oído voces mucho más sexis. ¡Seguro!

Miró hacia la barra del bar y lo vio. Tenía el pelo negro y espeso, los hombros anchos y un aura única. Un aura que ella no era capaz de leer.

Él se rio y echó la cabeza hacia atrás, y ella sintió de nuevo un escalofrío.

–Margarita –murmuró.

La mujer que estaba a la izquierda del hombre le susurró algo al oído. La mujer que estaba a su derecha le pasó una mano por la espalda.

Era la carne del sándwich.

Por fin, se movió, y, al ver su perfil, Sunny tomó aire bruscamente.

Una mujer nunca olvidaba una cara como aquella.

«Hola, William el Eterno Lujurioso, hermano de Lucifer». El muy jacinto.

Tenía la piel bronceada, impecable, y el pelo negro. Los ojos eran azules como zafiros. Las mejillas, altas, y las mandíbulas, fuertes y cubiertas de barba incipiente. Nariz y labios perfectos, todo perfecto. Para todo el mundo, menos para ella.

–¿Qué te pasa? –le preguntó Sable, llevándose la mano a la daga que llevaba oculta bajo la chaqueta.

–Mira –le dijo ella, y señaló a William.

¿Sabría él que ellas tenían intención de vengarse de su familia, y había ido allí para impedírselo? ¿Por qué otro motivo iba a estar allí? ¿Y por qué no había tratado de acercarse a ellas?

–Vaya, el demonio en persona –dijo Sable.

Sunny había investigado. Sabía que William era un mercenario y un mujeriego que despreciaba el matrimonio. Hacía pocos años había ayudado a asesinar a un rey dios.

–Si los rumores son ciertos –dijo–, se acuesta con una mujer nueva cada noche, tiene un temperamento infernal, algunas veces hace daño a sus amigos solo por divertirse y disfruta matando a sus enemigos del modo más doloroso posible.

Mucho que admirar. Mucho que despreciar.

–En ese caso, deberíamos reorganizar nuestra lista de objetivos y cargarnos a este miembro de la realeza ahora, mientras tenemos la oportunidad.

–Cierto. De un modo u otro, William el Eterno Lujurioso morirá hoy –dijo Sunny. «¡La venganza será mía!»–. El problema es que no puedo leer su aura. ¿Y tú?

–No… tampoco –dijo Sable, y frunció el ceño.

¡Margarita!

–A pesar de que he investigado mucho, no he conseguido averiguar de qué especie es, ni cuál es su origen, así que no sé cuáles son sus puntos fuertes y débiles.

–Bueno, no importa. Lo sabremos. Es guapo, ¿eh? –preguntó Sable, mordiéndose el labio.

–Sí.

Era más guapo de lo que nadie pudiera imaginar. Y tener que admitirlo le producía indignación. Sunny trató de ignorar el revoloteo que sintió en el estómago. Era un hombre arrogante y sensual a la vez, el ejemplo perfecto del atractivo sexual. Musculoso y perfecto. Llevaba una camisa negra, unos pantalones de cuero negros y unas botas de combate.

Cuando se movió un poco más, ella vio lo que llevaba escrito en la camisa: Mira el código que llevo en los calzoncillos. Les pasó el brazo por los hombros a ambas mujeres, y Sunny pudo ver también que llevaba unas puñetas de metal y unos anillos con pinchos. O, más bien, que llevaba armas. ¿Y qué? Ella también llevaba un anillo–arma. Un anillo que tenía agujeros para bala y que podía dispararse.

Él se echó a reír por tercera vez, y Sunny hirvió de rabia.

–Después de las cosas espantosas que su hermano y él le hicieron a nuestro pueblo, a gente inocente, se merece sufrir.

–Totalmente de acuerdo.

Sunny se fijó en las chicas que estaban con él. Eran tres, y estaban absortas en lo que decía. Reconoció a dos. Sus alias eran Jaybird y Cash, y eran criptoanalistas, como ella.

Jaybird se tocó los labios para atraer la mirada de William, y Cash se inclinó hacia delante para mostrar aún más su escote.

Ella dejó el vaso en una mesa y se llevó a Sable a un rincón, detrás de una planta, para que pudieran planear su ataque.

–… sí, tío, es cierto –les estaba diciendo el hombre que había a su lado a sus amigos–. Era una salvia, pero… –una pausa–. Salvia –repitió, y frunció el ceño–. ¿Por qué no puedo decir «salvia»?

Sus compañeros se echaron a reír a carcajadas, como si les estuviera contando un chiste. Sin embargo, los filtros mágicos de Sunny y Sable impedían decir palabrotas en su presencia a cualquier persona. Además, su magia también impedía a la gente decir mentiras.

Eso era una ventaja.

–¿Cómo vamos a hacer esto? –preguntó Sunny en voz baja.

–Creo que deberíamos tenderle una emboscada. No lo verá venir, porque no sabe quiénes somos, ni lo que somos. Si lo supiera, Hades también habría venido, porque me enteré de que quería reclutar a gente como nosotras para utilizar nuestra magia contra Lucifer.

–Es cierto. Además, ¿cómo iba a saber que estamos empeñadas en cargárnoslo? Matamos a todo aquel a quien interrogamos acerca de las familias reales del inframundo para asegurarnos de que no se sepa.

Sable se mordió el labio.

–Ahora solo tengo una pregunta: ¿Cómo vamos a tenderle la emboscada?

¿Esperaban a que se les acercara William? ¿Y si no se acercaba? ¿No deberían atraerlo con algunas sonrisas? Tal vez él no estuviera interesado. Las mujeres con las que estaba llevaban vestidos muy modernos, arreglados; Sable y ella llevaban camiseta y vaqueros, porque era un atuendo perfecto para pasar inadvertidas entre la gente.

¿No debería alguna de ellas dar un paso? Intentar ligar con él, engañarlo para poder llevarlo a su habitación de hotel…

Sí. Eso sería lo mejor.

Mientras le explicaba su idea a Sable, se le aceleró el corazón.

–Perfecto. Vamos a echarlo a suertes –dijo Sable–. A la que le toque la pajita más corta tiene que acercarse a él. La otra espera en la habitación y le pega un tiro en cuanto entre.

Sunny dio un resoplido.

–No te preocupes, no tenemos que echarlo a suertes. Yo hago el trabajo sucio. Pero no te lo cargues justo al entrar en la habitación. Antes tenemos que interrogarlo. Por fin vamos a poder descubrir cuáles son las coordenadas del territorio de Lucifer.

–¡De acuerdo! Pero, antes de acercarte a ese tío, tienes que arreglarte un poco –dijo Sable. Le deshizo la trenza a Sunny y peinó su melena ondulada con los dedos.

Lo que daría ella por un buen corte de pelo. Sin embargo, aunque se afeitara la cabeza, volvería a crecerle el cabello espeso y negro en cuestión de horas.

Sable asintió con satisfacción.

–Ya está. Irresistible. Pero acuérdate de que tu punto débil es la expresividad de tu rostro. No se te da bien disimular tus sentimientos.

–No te preocupes –dijo Sunny. Alzó la barbilla y se cuadró de hombros. Echó a caminar, sigilosamente, como todos los de su raza. Sus pasos eran inaudibles. Al salir de las sombras, la gente se quedó mirándola, y ella se puso nerviosa. Notó que le sudaban las palmas de las manos. ¿Y si no lo conseguía?

–… como un ordenador –estaba diciendo un hombre, en una de las mesas–. Lo digo en serio. Es capaz de descifrar un código solo con verlo. Cualquier código. Es algo impresionante. Es… ¡Vaya! ¡Pero si está aquí mismo! –exclamó, y la señaló–. ¡Sunny! Sunny Lane. Hola. Soy Harry, Harry Shorts. ¿Puedo invitarte a una copa?

Más personas la miraron, incluido William. Sus miradas se cruzaron y, de repente, ella sintió un impacto. Se quedó sin aliento.

Él observó atentamente su cara, estudiando cada uno de sus rasgos, y su expresión se llenó de ardor.

¿Era atracción? Sunny se humedeció los labios. Cada vez estaba más nerviosa.

Frunció el ceño al darse cuenta de que le estaba pareciendo atractivo. La época de celo estaba haciendo estragos en sus hormonas.

Entonces, él le dio la espalda. ¡Salvia! ¿No la deseaba? Sunny se pasó la lengua por el borde de los dientes. Se enfadó tanto que se le pasó el nerviosismo. Se le calmó el ritmo del corazón y se le enfrió la sangre.

«Ese imbécil va a caer», se dijo. Se dirigió hacia su mesa con determinación y se detuvo a su lado, esperando que él se percatara de su llegada. Pero eso no sucedió.

Sunny apretó la mandíbula y abrió los ojos de par en par. Ah, vaya. Él también tenía magia. Mucha magia, y muy antigua, oscura y poderosa. El aire vibraba a su alrededor y le producía un cosquilleo en la piel.

Las mujeres también la ignoraron, porque estaban demasiado concentradas en William como para enterarse de algo más.

Al final, William se puso ligeramente rígido, y Sunny tuvo que contener la sonrisa. Así pues, era perfectamente consciente de su presencia, pero no quería que ella lo notara.

Qué pena, qué triste. Respiró profundamente y espiró. ¡Error! Él olía a… Cerró los ojos y saboreó su esencia. Olía a bizcocho de ángeles mezclado con alguna droga muy poderosa.

«Calma. Tranquilidad. No es necesario que te comportes como una cambia–formas lobo en celo».

Se acercó mientras él seguía seduciendo a Jaybird como si ella no estuviera allí.

–Hola, hola –dijo Sunny, dando unos suaves golpes con los nudillos en la mesa.

Al principio, solo las mujeres le hicieron caso. William siguió hablando y tomando whisky, y todos volvieron a olvidarla.

Ella volvió a tocar con los nudillos en la mesa.

Por fin, él volvió la cabeza y la miró. De cerca, sus ojos eran impresionantes, brillantes, con una mirada de excitación, de rabia y de férrea determinación.

Ella sintió una descarga eléctrica tan fuerte que estuvo a punto de gritar, pero ignoró aquella sensación placentera y siguió adelante. Esbozó su mejor sonrisa mientras él la miraba de pies a cabeza, lentamente, con un gesto de malicia.

–¿En qué puedo servirte, preciosa? –le preguntó.

Ella sintió aquellas palabras como si fueran una caricia. Un momento. ¿Preciosa? ¡Preciosa! ¡Aquello era un insulto a su raza!

–En cosas que ni siquiera se te han ocurrido, guapo –dijo ella, moderando su tono. Miró a Jaybird y a Cash. Tenían que largarse. Dejó que su faceta salvaje y violenta asomara en su mirada y les espetó–: Largaos.

William sonrió con la misma malicia.

Jaybird se quedó mirándolo con exasperación.

–¿Es que no la vas a echar? –le preguntó a William.

–No.

–Muy bien. Pues toda tuya. Nosotras nos vamos –dijo ella. Se levantó de la silla y se alejó. Cash y la otra mujer la siguieron.

Ojalá William fuera tan fácil de manipular.

–Hola –dijo–. Soy Sunny. Me gustan las personas amables y responsables. Aparento veintiún años, pero tengo más. ¡Lo prometo!

Casi diez mil años más.

Él la miró con un destello de intriga.

–Yo soy William. Mis amantes me llaman «El Derrite Bragas». Los demás me llaman «El Eterno Lujurioso». Me gusta vivir y respirar. Yo también tengo más de veintiún años.

Umm… Su voz era muy sexy, pero no podía permitirse el lujo de sentirse atraída por aquel hombre que había cometido tantos crímenes. Hacía mucho tiempo, Lucifer y su horda de demonios habían entrado en su pueblo y habían violado, saqueado y asesinado a su gente. A hombres, mujeres y niños. A su familia y amigos.

Algunas veces, cuando cerraba los ojos, todavía oía sus gritos.

El único hogar que había conocido había sido arrasado, y toda su vida había cambiado.

Solo habían sobrevivido seis personas, entre las que se encontraba ella. Nadie se acordaba de haber visto a William, pero debía de haber participado. De lo contrario, ¿por qué iba a haber gritado Lucifer «Por William»?

Tal vez el Eterno Lujurioso hubiera planeado el ataque. Tal vez se hubiera tapado la cara con una máscara. Fuera como fuera, ella lo había perdido todo, incluso a los demás supervivientes. Para poder ocultar su origen, habían decidido separarse y reunirse solo cuando fuera necesario.

Sable y ella estaban juntas en aquellos momentos solo porque Sunny le había pedido ayuda.

Alguien chasqueó los dedos delante de su cara, y se dio cuenta de que se había quedado ensimismada. ¿Acaso quería morir? Sonrió de nuevo.

–El Eterno Lujurioso, ¿eh? ¿Y nadie te llama E.L. para acortar?

–No, si desea seguir viviendo –respondió él, con sequedad. Estaba muy tenso, y ella no sabía si su cercanía le alteraba.

–Vaya, así que es mono y feroz… Buen trabajo, Sunny –dijo ella, y se dio a sí misma unas palmaditas en el hombro, para seguir representando el papel–. He elegido la mejor pieza de carne de todo el bufé.

Él enarcó una ceja.

–Entonces, ¿para ti soy un pedazo de carne?

–Sí, chuleta, sí. Pero, en mi defensa, diré que solo lo pienso porque tengo razón.

Se inclinó hacia delante y le dio unas palmaditas en la mejilla. Tuvo un impulso muy fuerte de abofetearlo, pero consiguió contenerse.

–Deberías llevar una etiqueta de advertencia. O condones para los ojos.

–¿Por qué? ¿Es que has pensado en meter tus ojos en mis cuencas?

–¿A lo mejor?

–Lo siento, pero creo que paso de eso. Aunque… bueno, ¿sabes qué? Hoy me siento aventurero. Vamos a hacerlo. Hay que probarlo todo al menos una vez, ¿no?

Ella se echó a reír. ¡Eléboro! El príncipe de las tinieblas no debería ser capaz de divertirla.

–Ya, bueno, si tú lo dices… Por cierto, siento no sentir nada el haber ahuyentado a tus acompañantes. Cuando quiero algo, voy por ello.

¿Y has decidido que me quieres a mí?

Aquel tono de voz… A Sunny le pareció oír un tono de seguridad, pero, también, un matiz de inseguridad… Qué extraño.

–Me he pasado cinco minutos enteros planeando tu seducción. Eso son seis minutos más de lo normal.

–Eso significa que solo vas veinticuatro horas por detrás de mí –respondió él.

¿Acababa de hacer una broma, o era cierto? ¿Acababa de admitir que había ido al congreso para encontrarla?

Vaya. Entonces, cabía la posibilidad de que ella se hubiera equivocado, de que él supiera o sospechara quién era, y de que hubiera ido allí a detenerla… para siempre.

Sunny volvió a sentir rabia. Y muy pronto iba a calmar aquella ira.

Por el momento, sonrió forzadamente una vez más. Aquel imbécil todavía no la había invitado a que se quedara con él ni le había dicho que fuera a marcharse con ella. Así pues, tenía que esforzarse aún más.

–Si fueras los ingredientes de una pizza, serías la carne picada y el jalapeño, porque eres una carne de primera y muy picante. Yo sería el jamón y la piña, porque soy salada y dulce.

No, no era posible que acabara de compararlos con los ingredientes de una pizza. Claramente, se le daba fatal ligar.

Sin embargo, él sonrió. Y su sonrisa fue verdadera, no una de aquellas sonrisas desdeñosas que daban a entender que la consideraba una boba. Aquella sonrisa genuina le produjo un temblor.

Un segundo después, sin embargo, William se puso muy serio y se irguió. Apuró el resto de su copa con unos movimientos poderosos, agresivos y seductores. El temblor aumentó. «¿Qué me está haciendo?».

Él dejó el vaso de un golpe sobre la mesa, y su rostro se convirtió en una máscara impenetrable.

–Puedes marcharte. Ya hablaremos luego, cuando llegue tu turno.

¿Su turno de qué? ¿De ser interrogada? A lo mejor sospechaba que cualquiera descifradora de código podía ser la que estaba tratando de cazar a su familia. Y, ¿alejarse de él, cuando había percibido su magnífico olor, había oído su voz aterciopelada y había notado la seducción letal de su mirada? No, deseaba verlo muerto y, cuanto antes, mejor. Era más peligroso de lo que se había imaginado.

–Tú te lo pierdes, cariño. Estoy superexcitada –le dijo. ¡Excitada con la idea de matarlo!–. Seguramente, me estoy muriendo y lo único que puede salvarme es un orgasmo. Tenía pensado invitarte a pasar un par de horas en mi habitación y… ya sabes…

A él se le dilataron las pupilas. Aquello era una señal de deseo sexual, pero no cedió.

¡Margarita! Ya solo le quedaba un as en la manga. Si él seguía rechazándola, lo seguiría a su habitación de hotel a escondidas.

–Está bien, me marcho. Por suerte, no eres el único plato de carne de la carta. Que lo pases bien esta noche, sé que lo harás –dijo. Le sopló un beso y se dio la vuelta para mostrarle su mejor rasgo: un trasero bien redondo.

Él tomó aire bruscamente.

–Bueno, quédate unos minutos –dijo, con la voz enronquecida.

Sunny sintió un gran alivio. Tal y como esperaba, su trasero había surtido efecto donde su ingenio no había conseguido nada. Estaba un paso más cerca de conseguir su objetivo.

Se sentó frente a él, temblando. Él la observó intensamente mientras pasaba un dedo por el borde del vaso. Sunny puso los codos sobre la mesa.

–Bueno, y ¿qué deberíamos…?

Él se puso en pie y le tendió una mano.

–Ya he elegido el entretenimiento de esta noche, y nunca rehago mis planes. Por otra parte, soy muy generoso, y estoy dispuesto a hacer esto por ti. Vamos a mi habitación.

–No, vamos a la mía –dijo ella, con una sonrisa de verdad. ¡Lo había conseguido! ¡Se lo había camelado!

Él asintió con rigidez.

–Está bien. Iremos a tu habitación, y yo me aseguraré de que sobrevivas esta noche.