«Vamos, llámame «sexy». Lo hace todo el mundo».
William atravesó el vestíbulo del hotel con aquella seductora. Su olor le volvía loco de deseo. Era dulce y sensual. Por fuera, él irradiaba despreocupación y seguridad, pero, por dentro, estaba tan irritado como excitado.
En cuanto había visto a Sunday Lane, Sunny para los amigos, su cuerpo entero había reaccionado. Se le habían contraído los músculos y se le había calentado la sangre. Hasta hacía cinco minutos, Sunny ocupaba el penúltimo puesto de interés en la lista de descifradoras de código y posibles compañeras vitales. Sin embargo, cuando ella le había sonreído, había pasado de un salto al número uno de aquella lista. Nadie había conseguido nunca provocarle aquella reacción física.
¿Sería de verdad su compañera? Era muy bella, tenía buena cabeza y sentido del humor, y cierta actitud de hastío que lo atraía de mil maneras. Adoraba un buen reto.
Sin embargo, no creía que ella lo deseara en realidad. Se había dado cuenta de que solo estaba fingiendo aquel deseo; en realidad, lo que transmitía Sunny era una rabia pura. ¿Por qué? ¿Acaso se había acostado con ella alguna vez y la había olvidado?
Fuera cual fuera el motivo, estaba claro que Sunny no pensaba acostarse con él aquella noche, así que… ¿Acaso lo que tenía pensado era atacarlo?
El instinto de supervivencia le pedía a gritos que destruyera aquella amenaza, cualquier amenaza, aunque tuviera un envoltorio tan exquisito como aquel. El sentido común le dictaba que no hiciera nada… todavía. Si aquella mujer era su descifradora de código y su compañera, iba a averiguarlo de un modo u otro.
Tenía catorce días antes de poder actuar. Catorce. Dos semanas. Muy poco tiempo en una vida tan larga.
Después, si ella era la elegida, moriría.
Aquella idea hizo que se detuviera en seco. ¿Sería capaz de hacerlo?
–¿Ocurre algo? –preguntó ella, tratando de disimular su fastidio.
Para poder aplacar su ira, él recurrió al encanto. Siguieron caminando y le preguntó:
–¿Nunca has pensado en cambiar la forma de escribir tu nombre de Sunday a Sundae? Te queda mejor el nombre de un helado que el de un día de la semana.
Ella lo fulminó con la mirada, pero se movía de un modo tan sensual y erótico, que a él no le importó. Ella, al recordar su papel de femme fatale, volvió a forzar una sonrisa encantadora, y él tuvo que contenerse para no soltar una carcajada.
–¿Por qué sabes cómo se deletrea mi nombre? Y ¿cómo sabes mi nombre, en realidad? Yo solo te he dicho mi apodo.
–Puede que haya venido aquí solo a buscarte –respondió él. Después, pasó un dedo por la placa que ella llevaba en la pechera de la camisa–. O a lo mejor es porque lo he leído aquí.
–Ah, sí. Claro –respondió Sunny, y movió las pestañas con coquetería–. ¿Es que quieres llamarme Sundae porque vas a lamerme como si fuera un cono de helado?
«Sexo con Sunny». Se le contrajeron los músculos con más fuerza, y se le endureció el miembro al segundo.
–Te diré todo lo que quiero hacerte en cuanto lleguemos a tu habitación.
Notó que ella se estremecía, y sintió que la sangre le ardía en las venas. Empezó a sudar, pero, rápidamente, se enfadó consigo mismo. Trató de concentrarse en lo que tenía delante de sí, pero, para su consternación, no consiguió quitarse de la cabeza la imagen de Sunny.
Era de estatura baja comparada con él. No debía de medir más de un metro sesenta y cinco centímetros. Tenía la piel oscura, los ojos de color ámbar y el pelo ondulado, de color azul. Sus rasgos eran delicados, como de muñeca, y tenía pecas en la nariz. Y su cuerpo… ¡qué cuerpo! De huesos finos, pero curvilíneo.
La deseaba con todas sus fuerzas, pero tenía que resistirse.
Entraron al vestíbulo. Allí, la iluminación era más potente que en el bar y, cuando ella se apartó la melena rizada a un lado, él se fijó en que tenía una cicatriz apenas perceptible, en forma de círculo, en el centro de la frente.
William frunció el ceño. ¿Cuál habría sido la causa de aquella cicatriz redondeada? Y ¿por qué tenía ojeras, y los ojos enrojecidos? ¿Podían ser señales de fatiga?
–Me estás mirando fijamente –dijo ella, fingiendo otra sonrisa de felicidad–. Por favor, no te sientas cohibido, sigue.
Él se mordió la lengua para no reírse.
–Pensaba seguir, nena, pero gracias por darme permiso.
Siguieron caminando hasta los ascensores, donde se encontraron con una familia de cuatro: los padres y dos niñas. Para que Sunny no cambiara de opinión y decidiera salir corriendo, le pasó un brazo por la cintura y posó la mano en su cadera.
Para su deleite, ella se apoyó en él. Encajaban a la perfección. Interrogarla para saber quién era iba a ser muy fácil…
No. Se había adelantado a los acontecimientos. Ella se puso rígida y se irguió, y comenzó a irradiar tensión.
Las niñas se fijaron en Sunny y se quedaron boquiabiertas.
–Qué pelo tan bonito –dijo la mayor, con los ojos muy abiertos.
–¡El pelo más bonito que he visto! –exclamó la pequeña.
–Gracias –dijo Sunny, con una sonrisa resplandeciente, y se atusó ligeramente el pelo–. ¿Queréis tocarlo para ver lo suave que es?
–¡Sí, sí!
Cuando Sunny se inclinó para que las niñas pudieran meter los dedos entre sus rizos azules, los padres sonrieron.
A William se le encogió el corazón. No creía que aquello fuera parte de su actuación.
Era exquisita. Estaba excitada, pero trataba de reprimir aquel impulso. Era inteligente, segura, un poco inmadura. Buena con los niños.
¿Qué pensaba de él? Sin duda, también pensaba que él era exquisito, inteligente y seguro y, probablemente, que era increíblemente maduro. Y, por supuesto, indiferente a los niños de otras personas. Bueno, sus amigos Maddox y Ashlyn tenían unos gemelos, Urban y Ever, a quienes él adoraba.
Al recordar el vaticinio que había hecho Keeleycael sobre todas las hijas que iba a tener él, frunció el ceño. Iba a elegir otro camino en la vida, gracias.
Se abrieron las puertas del ascensor y todos entraron en la cabina. Las niñas se quedaron junto al panel de los botones para poder apretarlos.
–Piso decimoséptimo, por favor –les dijo Sunny.
Vaya, vaya. ¿Tenía un tono de nerviosismo?
El ascensor empezó a subir, y él se mantuvo completamente alerta, vigilando a todos sus ocupantes, por si alguno atacaba. Algunos cambiadores de formas tenían el poder de adoptar cualquier apariencia, incluida la de los niños.
Las niñas y sus padres salieron en el tercer piso, despidiéndose con la mano. Las puertas se cerraron, y Sunny y él se quedaron a solas. Su increíble olor hizo que le diera vueltas la cabeza. Dulzura y algo terroso…
La miró de nuevo, sin poder contenerse. Necesitaba… Quería… ¡Demonios, ni siquiera sabía lo que quería!
¿Por qué demonios no lo sabía?
Apretó las muelas. Ella le había destruido el cerebro, así que debía de ser la mujer de su vida. ¿Sí? De ser así, también era la descifradora de código que necesitaba, y la siguiente víctima que iba a caer bajo su espada.
«No debería acostarme con una mujer a la que voy a matar, ¿no?».
«Bah. No pasa nada». A William no le gustaba tener escrúpulos morales; eran un estorbo. Además, tal vez estuviera equivocado con respecto a Sunny. Tal vez ella no fuera la persona que estaba buscando.
«Entonces, ¿por qué siento este impulso tan primario de protegerla?».
Tuvo que recordarse algo muy importante: «Puedo protegerla y ponerme en peligro a mí mismo, o puedo ponerla en peligro a ella y protegerme a mí mismo».
«Me elijo a mí. Siempre».
Mientras resonaban rugidos dentro de su cuerpo, le dijo:
–Si te has puesto perfume, no dejes de hacerlo nunca.
¡Demonios! Lo que quería decirle era que tirara el frasco.
Ella se giró hacia él. Tenía las mejillas de un precioso color rosado. ¿A causa de la pasión? Los rugidos aumentaron de volumen.
–No, no me he puesto perfume –dijo ella, con la voz ronca.
Ah, sí. Pasión. Los dos empezaron a respirar más rápidamente, con más dureza. Ninguno apartó la mirada.
Él dio un paso hacia ella.
Ella dio un paso hacia él.
Cuando volvió a tomar aire, le rozó la camisa con los pezones. Una fricción deliciosa. Él tuvo que contenerse para no gruñir.
«No pierdas la concentración ante una posible amenaza».
Bien… La besaría, la distraería lo suficiente como para que perdiera la cabeza y, de ese modo, poder quitarle las balas del anillo–arma, y todo eso, sin perder el control. Después, la interrogaría. Si le gustaban las respuestas, podrían pasarse unas cuantas horas en la cama. Si no…
También podrían pasarse unas cuantas horas en la cama.
Un plan excelente, sin resquicios.
La acorraló contra la pared, pero ella no protestó. Le sujetó los brazos por encima de la cabeza. Ella siguió sin protestar. Él, envalentonado, metió una rodilla entre sus piernas para separárselas.
En aquella ocasión, Sunday no pudo contener el gruñido.
–¿Estoy a punto de experimentar los juegos preliminares en un ascensor?
–Sí. Es mi especialidad –dijo él.
Para su deleite, ella adelantó las caderas y se unió a él. Oh, Dios… el placer lo invadió. Comenzó a jadear.
No, no. ¡Concentración! ¿Qué era lo que había planeado? Ah, sí. Con todo el cuidado que pudo, le quitó las balas del anillo. Después, bajó la mirada hacia sus pechos, y vio que los pezones se le endurecían. Error. Sin poder evitarlo, se frotó contra ella.
–Muy pronto te voy a cubrir de besos esos pezones. Cuánto deben de dolerte.
Ella, con un gruñido, le agarró la mano con los dedos y le clavó las uñas en la carne. Entonces, él se dio cuenta de algo: «La tengo completamente dispuesta, y ni siquiera la he besado».
El orgullo masculino avivó aún más el fuego de su lujuria.
«¿Qué demonios estás haciendo? ¿Olvidando tu objetivo?».
Ella le miró los labios, y lo distrajo nuevamente.
–Debería advertirte que soy bastante mala en la cama –le dijo.
Él sonrió con indulgencia, y respondió:
–No existe eso, cariño. Conmigo, no.
Entonces, el color rosado desapareció de las mejillas de Sunny, y el brillo de sus ojos se apagó. Su furia volvió con intensidad.
–¿Es que te has acostado con tantas mujeres como para saberlo con total seguridad? ¿Con cuántas? Vamos, suéltalo.
–El número es incalculable –respondió William, que siempre era muy sincero cuando quería serlo. Había tenido más amantes que cualquier otro inmortal que él conociera, y no se sentía culpable ni avergonzado por ello. Tampoco se sentía orgulloso. Simplemente, las cosas eran así.
Seguía atento a los pisos que iban subiendo. Dentro de pocos segundos, llegarían al decimosexto y, segundos después, al decimoséptimo. «Necesito más tiempo».
Sin apartarse de Sunny, apretó el botón número dieciséis para ganar un minuto. El ascensor se detuvo y se abrieron las puertas. No había nadie esperando.
Él inclinó la cabeza y se quedó a pocos centímetros de sus labios.
–¿Quieres que añada una más a la lista?
Ella se estremeció.
–Sí –susurró.
Y él no perdió el tiempo. La besó una vez, y otra, y la definitiva, metiendo la lengua entre sus labios. ¡Vaya! Era más dulce que la ambrosía. Tenía un sabor a poder y tranquilidad, sus dos cosas favoritas.
Era adictivo y, con un gemido de desesperación, él profundizó el beso.
No, no, no. No podía hacer aquello. Con ella, no. Debía mantenerse distante hasta que supiera a qué se estaba enfrentando.
Sunny no había mentido ni exagerado. Besaba muy mal. Le succionó la lengua con demasiada fuerza e hizo que sus dientes entrechocaran y le aplastaran las encías.
Él se quedó asombrado y alzó la cabeza, pero no vio ninguna expresión en su rostro.
–¿Por qué te detienes? –le preguntó ella, con calma–. A ti se te da tan mal como a mí, así que somos perfectos el uno para el otro.
¿Cómo?
–A mí no se me da mal, y te lo demostraré –le espetó, y volvió a besarla.
La besó con toda la habilidad que había adquirido durante sus mil años de vida. Ella correspondió a su beso, pero permaneció rígida, como si estuviera distraída.
Sin embargo, él sintió algo como un rayo que le recorría las venas, algo que solo sentía cuando estaba furioso y, en aquel momento, no lo estaba. Así pues… ¿qué había provocado aquella sensación? ¿Sunny? ¿Porque ella era su compañera vital?
Notó un escalofrío por la espalda.
Entonces, ocurrió un milagro. Ella se suavizó y se apoyó en él, y disminuyó la fuerza con la que le succionaba la lengua. Dejó de morder y comenzó a lamer. En pocos segundos, él sintió un deseo intenso. Se sintió como si siempre hubiera anhelado estar con ella. Eso multiplicó el miedo que sentía.
El ascensor llegó al piso decimoséptimo. Justo en aquel momento en que las cosas habían empezado a mejorar… Entonces sí se puso de mal humor, y preguntó:
–¿Qué habitación?
Quería terminar lo que habían empezado y, después, retomar la conversación.
–La última a la derecha –dijo ella, con la respiración entrecortada.
William entrelazó sus dedos y la llevó por el pasillo a buen paso. Al entrar en la habitación, miró a su alrededor. Era pequeña, con las paredes de color beige, y una cama de matrimonio con un edredón blanco y mullido. No había armas a la vista. El termostato estaba puesto al máximo. Empezó a sudar.
La puerta se cerró a su espalda con un suave clic.
Sunny giró sobre sí misma, abriendo y cerrando la boca.
–Pero yo… Ella… No lo entiendo.
–¿Qué es lo que no entiendes?
–Ella no está aquí. ¿Por qué no?
–¿Ella?
¿Iba a revelarle Sunny su verdadera intención en aquel mismo instante, o iba a esperar hasta…?
Se giró con el brazo levantado y el puño apretado, apuntándolo con el anillo a la cara.
–De acuerdo –dijo ella–. Lo haré yo misma. Sé quién eres, William el Oscuro, también conocido como el Eterno Lujurioso. Hijo de Hades y hermano de Lucifer. ¡Eres una escoria! ¿Cuántos pueblos habéis arrasado tu hermano y tú todos estos siglos? ¡Dímelo! Y no mientas, porque lo sabré.
Él se estremeció al oír la palabra «escoria». Aquella pequeña zorra… Pero no importaba. Con aquel estallido de furia, había calmado su orgullo herido, porque le había explicado por qué se resistía a sus encantos. Había estado librando una guerra psicológica, intentando minar su confianza y conseguir que dudara de sí mismo, para castigarlo por algo que pensaba que él había hecho en el pasado.
Por desgracia para ella, él era un experto en las guerras psicológicas, y siempre ganaba.
–¿Que cuántos pueblos he arrasado? Una vez más, el número es incalculable. ¿Por qué? ¿Acaso arrasé el tuyo?
–¡Sí! ¡No! ¡Arg! Tal vez. Yo vivía en el reino de Mythstica.
Por fin. Información.
–Yo nunca he estado en el reino de Mythstica.
–¿No ayudaste a tu hermano a planear y atacar un pueblo de Mythstica?
–No.
Había ayudado a Lucifer a arrasar muchos otros pueblos y, después, se había arrepentido.
–Pero… tienes que estar mintiendo. No sé cómo, pero no hay otra explicación. Así que, dime por qué lo hiciste. ¡La verdad! O te pego un tiro en la cara.
–¿Ah, sí? ¿Y con qué piensas dispararme? –le preguntó él, y se sacó las balas del bolsillo con una sonrisita.
Sunny lo dejó asombrado, porque también sonrió.
–Crees que estoy bien fresiada, ¿eh? Pero no me has engañado con esa patética excusa del beso, y sé exactamente en qué momento me quitaste las balas. Es una pena para ti que haya recargado el arma.
–¿Fresiada? –preguntó William. Se había quedado impresionado, pero también estaba furioso. ¿Cómo se atrevía a amenazarlo a él, un príncipe de la oscuridad?–. Dispárame, si quieres –le dijo. Las balas solo eran una molestia para él, como las moscas–. ¿O acaso te parezco demasiado atractivo como para estropearme?
–Seguro que hay mujeres que te encuentran pasable –dijo ella, con desprecio.
Y el insulto dio en el clavo. Él gruñó de rabia. Parecía que la opinión de los demás le importaba más de lo que creía.
–Aaah. Eso te ha dolido, ¿eh? Deja de hacerte el duro y empieza a hablar. ¿Qué os había hecho mi gente a tu familia y a ti?
¿Estaría decidida a apretar el gatillo?
–¿Quién es tu gente? ¿Qué es tu gente?
Ella ignoró sus preguntas.
–¿Por qué arrasabais los pueblos?
Esa tenía una respuesta fácil.
–En el pasado, si alguien me amenazaba, yo los mataba a ellos y a sus familias, y a sus amigos, para evitar que alguien quisiera vengarse en su nombre.
–Nosotros nunca te amenazamos. Nos dedicábamos a ayudar a aquellos que lo necesitaban.
–Te digo, por última vez, que yo no he participado en la destrucción de ningún pueblo de Mythstica.
Pero tal vez Lucifer sí, después de adoptar su apariencia. ¡Hijo de puta! Su antiguo hermano siempre había disfrutado echándole a él la culpa de sus peores fechorías.
–¿Me viste allí? –le preguntó a Sunny.
–Yo… –murmuró ella, y bajó la cabeza–. No. No te vi. No te vio nadie.
Él frunció las cejas con una expresión de desconcierto.
–Entonces, ¿por qué piensas que estoy mintiendo, que yo soy el culpable?
–Por el grito de guerra de tu hermano. «¡Por William!».
William se puso furioso. Iba a matar a Lucifer.
–Él hizo que yo pareciera culpable de muchas cosas. Yo nunca le pedí que asesinara a nadie en mi nombre. Siempre me he ocupado de mis propios asesinatos.
–Entonces, ¿por qué no lo has matado a él?
«¡Lo estoy intentando!». En vez de manifestar su fracaso en voz alta, bajó los párpados. «Mírame… Baja la guardia…».
–Si me vas a pegar un tiro en la cara, diga lo que diga, no tengo ningún incentivo para intercambiar información contigo.
Ella sonrió con una inmensa malicia, y eso hizo revivir su corazón.
–¿Quieres un incentivo? –le preguntó Sunny–. Voy a dártelo: si me dices lo que quiero saber, te mataré rápidamente y sin dolor. Si no, sufrirás de un modo desconocido para ti.
–¿Qué es lo que quieres saber, exactamente? ¿Dónde está Lucifer?
Ella asintió secamente.
–Sí. Pero, primero, vamos a empezar con el motivo por el que has venido al congreso. ¿Para matar a alguien, tal y como te exige tu naturaleza oscura?
–He venido a buscar a un descifrador de código que sepa trabajar con códigos mágicos. Si tú eres una de ellos, mataré por protegerte. Durante dos semanas. Así pues, te voy a mostrar una foto, y tú me dirás si puedes traducir los símbolos.
Ella arrugó la nariz.
–¿Y por qué tienes ese plazo tan específico? –preguntó. Entonces, dio una patada en el suelo y negó con la cabeza–. ¡No! Estás mintiendo otra vez. Seguramente, esa foto está impregnada de veneno.
Así que, además de besar muy mal, era muy desconfiada. Dos motivos para olvidarse de ella. Así que… ¿por qué se sentía más atraído a cada segundo que pasaba?
¿Era su compañera?
No, no. No podía ser.
–De acuerdo. Vamos a hacer otro plan –le dijo él–. Yo te regalo un orgasmo, o doce. Después, estarás relajada y podrás pensar con claridad. Reconocerás que soy el mejor amante que has tenido y hablaremos del asunto de la destrucción de tu pueblo como personas adultas.
–No me interesa tener que fingir orgasmos.
–¿Fingir? Vamos, estoy seguro de que ya he conseguido que se te humedeciera la ropa interior. Y hoy es tu día de suerte. Vas a poder conocerme, y sabrás que siempre digo la verdad, porque no me importa lo que piensen de mí los demás. Me encantan los juegos de todo tipo: videojuegos, juegos de mesa, juegos de ingenio, juegos en el dormitorio… He apuñalado a tantos amigos como enemigos, solo para reírme, y nunca he dejado a un enemigo con vida.
–¡Ya está bien! –exclamó ella, y movió el anillo–pistola. Entonces, la cicatriz circular que tenía en la frente empezó a brillar suavemente. Era hipnótica. Tuvo la sensación de que había visto aquella luz una vez, hacía mucho, mucho tiempo, pero ¿dónde? ¿Y qué significaba?–. Aunque creas que esos detalles me van a persuadir de que no te pegue un tiro, nunca voy a verte como algo diferente a una escoria.
Él se estremeció de nuevo.
–Pues, entonces, ¡dispara de una vez!
«Si soy su compañero, soy suyo». Y ella no podría hacerle daño a su hombre. Muy pocos inmortales podían hacerlo. «Por supuesto, yo soy la excepción».
–Lo haré, no creas que no –respondió ella. Volvió a sonreír con malicia y bajó el arma hacia su entrepierna–. ¿Todavía quieres que te dispare?
Él puso los ojos en blanco con resignación, aunque, en realidad, estaba aplaudiendo sus agallas.
–Como si nunca me hubieran disparado ahí –dijo–. Ah, ya entiendo el cambio. Como tienes muy mala puntería, necesitas un blanco más grande. No me extraña que hayas elegido mi entrepierna.
–Ya –dijo ella, y volvió a apuntarlo a la cara–. No hay nada más grande que tu ego.
Él dio un paso para acercarse más. No tenía miedo.
–Mi tiempo es muy valioso, y me estás haciendo perderlo. Pégame un tiro de una puta vez, o guarda la pistola.
Al oír la palabra malsonante, a ella se le escapó un jadeo.
–Puedes decir palabrotas en mi presencia. Palabrotas y obscenidades.
–Nena, me conozco todas las palabrotas y obscenidades –dijo él.
¿Debería desarmarla, o continuaba esperando? Escuchó los latidos de su corazón. Eran muy fuertes y rápidos, no eran los latidos de una asesina a sangre fría.
Un momento.
La decisión se formó en su cabeza cuando su olor embriagador invadió sus sentidos. La besaría y le enseñaría a besar como era debido, y ella bajaría el arma por voluntad propia. Entonces, él haría que le rogara un clímax y, tal vez, estuviera dispuesto a proporcionárselo, después de que ella se hubiera disculpado por su hostilidad.
Sintió excitación. Iba a conseguir a aquella mujer.
–¿No tienes nada que decirme? –preguntó ella.
–Quítate la ropa y te diré lo que quieres saber.
De repente, ella adquirió una extraña calma y, con una voz neutral, le dijo:
–Te lo advertí. Te di la oportunidad de hablar. Ahora, vas a morir.
Él se quedó horrorizado y dio un paso hacia atrás. Aquella mujer estaría dispuesta a pegarle un tiro a cualquiera… y a él le gustaba. Le gustaba ella.
No. La necesitaba. El deseo que sentía por ella era tan enorme que no podía ignorarlo. Sonrió con indulgencia para seducirla. Sin embargo, la magia de Sunny cambió. Había pasado de ser dulce e inocente a ser oscura y amenazante.
Se había equivocado con ella desde el principio, ¿no?
–Sunny…
–Adiós, William.
¡Bum!
El dolor que sintió en la cara fue insoportable, y se extendió por el resto de su cuerpo. Todo se volvió negro. Le fallaron las rodillas y cayó al suelo.
Allí, tendido en el suelo, el estupor se apoderó de él. Aquella pequeña bruja había apretado el gatillo. Eso significaba que podía hacer lo que quisiera con ella.
Pero… quería saber qué iba a hacer ella.
Dominó su furia por un momento y se hizo el muerto. Por lo menos, todo había cobrado sentido: su personalidad, unas veces dulce y las otras, malvada. Su voz embriagadora. Su olor dulce y terroso. Su intento de convertir la palabra fresia en una palabrota. Su capacidad de cambiar de la verdad a la mentira. Y la pequeña luz redonda que tenía en la frente.
Acababa de conocer a una cambia–formas unicornio.
Aquello no era bueno. Los unicornios del mito: «Mira cómo extiendo la felicidad por todo el mundo». Los unicornios de la realidad: «Voy a matarte y a bailar sobre tu sangre».
Tenía el poder de matar a dioses.
«Después de todo, podría ser mi compañera para toda la vida». Pero no había demostrado que sintiera por él tanto deseo como él sentía por ella.
Y ¿qué iba a hacer ahora?