Vadeamos el río Bravo una noche de abril sin luna, bajo un firmamento de estrellas en el que soñábamos con ver brillar también la nuestra. Éramos cuarenta y ocho hombres sin patria y sin uniforme. Esperábamos encontrar ambas cosas más allá de las líneas mexicanas. Llevamos con nosotros sólo lo estrictamente necesario, en mangas de camisa para evitar que nos confundiesen con una patrulla de reconocimiento. Somos personas acostumbradas a las burlas del destino, pero ser recibidos a balazos por aquellos a quienes queríamos unirnos, habría sido demasiado incluso para un irlandés.
En Matamoros había tres mil hombres al mando del general Ampudia, llegados para apoyar a la guarnición local. Nos acercamos a los centinelas hablando en español, una lengua que ya conocía bastante, gracias a Consuelo…
—Amigos, somos irlandeses…
Un joven oficial nos sorprendió: había oído hablar de nosotros:
—¡Irlandeses! Claro, los esperábamos. Adelante, camaradas.
Más tarde sabría que el grupo guerrillero de Consuelo había logrado advertir al Estado Mayor mexicano, y a Matamoros había llegado un despacho del comandante. Su acogida nos reconfortó: abrazos, bienvenidos hermanos irlandeses, cantimploras de mezcal, tortillas calientes. Luego, mirándolos de cerca, el corazón se nos encogió: harapientos y demacrados como un ejército de espectros, con uniformes improvisados, pocos tenían zapatos y menos aún botas, sino sandalias de cuero, guaraches de campesinos; y en cuanto a las armas, se veía inmediatamente que eran viejas y estaban en pésimas condiciones. Muchos hombres se sentaban alrededor de las hogueras afilando las bayonetas, con un gesto lento y rítmico, la piedra adelante y atrás sobre la hoja. Confiaban más en ellas que en los anticuados mosquetes. Tenían en sus espaldas y piernas centenares de millas a marchas forzadas, miradas cansadas, ojerosas, que se habían reavivado sólo para manifestar aquel poco de afecto que necesitábamos más que cualquier otra cosa en el mundo. Habíamos saltado a un abismo. Dar marcha atrás ya no era posible. Ante nosotros, cuarenta y ocho quijotes consagrados a la derrota, existía sólo el presente, ningún futuro. Combatir, mantener las posiciones, contraatacar, retirarse para volver a combatir… Rendirse, nunca. Éramos desertores, la rendición habría significado el fusilamiento in situ. Y a fin de cuentas, un irlandés es demasiado terco e insensato para concebir la rendición. Seasaigí go láidir, a chairde. Ni un paso atrás, compañeros.
Quien en cambio no nos acogió con los brazos abiertos fue el general Pedro Ampudia. Nos examinó con recelo y aclaró inmediatamente que armas, municiones y uniformes ya escaseaban: debíamos arreglárnoslas. «Pero muy pronto podrán conseguirlos de los caídos en batalla», dijo con un cinismo que me irritó y añadió: «Porque en los próximos días expulsaremos a los invasores de ese ridículo fortín que desgraciadamente la guarnición de Matamoros no destruyó de inmediato. Lo arrasaremos hasta los cimientos y volveremos a echar a esa gentuza más allá del río Nueces». Cínico y fanfarrón.
Entre los muchos defectos de un irlandés está la maldita convicción de saber juzgar un hombre a la primera impresión, por instinto, a primera vista. A menudo, haciendo esto, se equivoca. Pero a veces no. Y la antipatía inmediata que Ampudia me suscitó sería confirmada, ¡pobres de nosotros!, poco después.
Nacido en Cuba, había venido a México siguiendo a la infantería española para luego pasarse a los independentistas y hacer carrera en el nuevo ejército mexicano. Había dirigido el ataque a El Álamo, en el año 36, y al día siguiente se había convertido en general de brigada promovido por Santa Anna en persona. Sus hombres lo despreciaban, y eso es peligroso, muy peligroso, ante la inminencia de una guerra. Con cuarenta y dos años, Ampudia gozaba de pésima fama entre las filas de primera línea: innecesariamente cruel con los vencidos, excesivamente ambicioso —hasta el punto de comprometer una acción con tal de sacar provecho personal— esencialmente un inepto en el campo. Con el tiempo, sabría además que diversos dirigentes de la resistencia de Texas y personajes influyentes de Matamoros habían enviado despachos urgentes a la capital solicitando su destitución. Acto seguido, el Estado Mayor mandó al general Mariano Arista, que gozaba de gran respeto entre oficiales y soldados y que tenía una reputación excelente en combate. Desgraciadamente, la orden era prestar «apoyo» a Ampudia, no sustituirlo al mando. Y Ampudia, con tal de impedir que algún mérito se lo llevase Arista, lo dejaba al margen y hacía lo contrario de lo que le aconsejaba.
Aquella noche no me mantuve prudentemente en silencio. Ante la fanfarronería del general, insistí en que el enemigo tenía una artillería letal y que las defensas de Fort Texas no se debían infravalorarse. Ampudia levantó una ceja: «Si quieren unirse a nosotros, bien, no puedo impedírselos porque he recibido órdenes en ese sentido del Estado Mayor; pero aquí necesitamos valientes, no indecisos y…». Quizá estaba a punto de añadir una palabra pero prefirió tragársela. ¿Cobardes? Junto a mí estaba Paddy, el ya inseparable Patrick DaltonX, y por la mirada que intercambiamos el general debió entender que era mejor que se mordiera la lengua.
No esperamos mucho. En los días sucesivos hubo un enfrentamiento en Palo Alto, al noreste de Matamoros. Un gran contingente de invasores estaba volviendo al fuerte con los aprovisionamientos saqueados en los pueblos vecinos, y Arista partió con la caballería para cerrarles el paso. Pero aquellos tenían piezas de artillería, que emplazaron en un abrir y cerrar de ojos y masacraron a los mexicanos. Mientras tanto, Ampudia había ordenado a nuestra artillería que tomase posiciones. Yo estaba allí, y habría podido llorar de rabia. Las salvas de nuestras baterías no alcanzaban al enemigo, que movía los cañones, los volvía a posicionar, cargaba a doble o triple velocidad que la de los obsoletos cañones mexicanos, y nos hacía picadillo. Aquel día nos procuramos los uniformes, buscándolos entre los menos ensangrentados. Los mosquetes, también, pero las balas servían de muy poco a aquella distancia. Observaba con una mezcla de impotencia desesperada y admiración las maniobras de las baterías estadounidenses. Conocía quién las comandaba: el mayor Samuel Ringgold, hábil y experto; aquel método lo había inventado él, y desde entonces empezaron a llamarla flying artillery, artillería volante.
Éramos cuarenta y ocho, y nos lanzamos sobre algunos cañones que habían quedado inertes dado que los servidores mexicanos estaban todos muertos o heridos. «Muchachos, manos a la obra». Coordinación, rapidez y una buena dosis de fatalismo cuando te llueven alrededor proyectiles explosivos de dieciséis libras. Recuerdo que los que regresaron allí con los caballos y los afustes fueron tres alemanes y un par de escoceses, más un polaco que vociferaba algo en su lengua y que quería decirnos que enganchásemos inmediatamente los cañones. Los chicos hicieron un medio milagro y nos dirigimos a una loma que reduciría a la mitad la desventaja del corto alcance. Había un boscaje, y allá abajo la artillería volante de Ringgold todavía no nos había avistado.Esperamos a que se posicionasen de nuevo. Y eso hicieron poco después. Le plantamos una salva en pleno centro. Los muchachos gritaron exultantes en cinco o seis lenguas diferentes.
Quién sabe si fuimos precisamente nosotros, pero creo que sí… el mayor Samuel Ringgold resultó gravemente herido, y mucho tiempo después supe que había muerto desangrado. Pero a esas alturas aquel modo de maniobrar las baterías haciéndolas «volar» se había consolidado, y en su lugar pusieron al capitán Braxton Bragg, un militar de carrera de Carolina del Norte, graduado en West Point. Bragg había aprendido muchas cosas de Ringgold, y nos lo demostraría más adelante, en la batalla de Angostura…
Por aquellos días, Taylor perdió otro de sus mejores hombres, el coronel Truman Cross, que formaba parte de su Estado Mayor. Habían acabado con él los civiles mexicanos de los ranchos de la zona, que se habían armado para hacer frente a los invasores. Cross probablemente había creído en la proclama apenas difundida por Taylor, que declaraba querer «liberar México de la tiranía», y se había hecho ilusiones con que los habitantes los acogieran a él y a los suyos como libertadores. En cambio, le dieron la bienvenida a escopetazos. De allí en adelante, campesinos y vaqueros armados serían llamados bandits, ni siquiera guerrilleros, como les llamaban antes.
En Palo Alto no ganó nadie. Nosotros no fuimos capaces de atravesar sus líneas y sufrimos grandes pérdidas, mientras que Taylor no pudo avanzar ni un metro y quedó clavado allí con todas sus tropas. En la práctica, lo teníamos bajo asedio. Lástima que si intentábamos atacar, la artillería nos masacraba sin que la nuestra pudiese alcanzarlos. El número de heridos y mutilados por las granadas era tal que el pequeño hospital de Matamoros parecía un horrendo matadero. El 9 de mayo comenzamos de nuevo a menos de un kilómetro de Palo Alto.
Esta vez fueron ellos los que lanzaron el ataque. Y tomaron por sorpresa a las tropas comandadas por Arista. Pero la culpa fue de Ampudia, que prefirió que masacraran a los soldados mexicanos con tal de arruinar la reputación del rival. Ampudia no movió a los suyos y dejó a la avanzada de Arista en una llanura con vastas depresiones y agua estancada, conocida como la Resaca Guerrero. Los norteamericanos tenían la moral alta, confiaban en las dotes estrategas de su comandante en jefe y acababan de descubrir que tenían una aplastante superioridad armamentística y, quizá, también numérica. De esta parte del frente, en cambio… los hombres estaban desmoralizados bien por las diferencias entre los dos generales —se esperaban que los dejaran plantados en el campo de batalla de un momento a otro—, bien por haber constatado que contra la artillería enemiga poco había que hacer, más que huir o morir. Las pérdidas mexicanas ascendían entre muertos y heridos a más de setecientos hombres, mientras que los estadounidenses caídos eran menos de un centenar.
Iniciamos la retirada antes de que se convirtiera en una derrota. Nos confiaron a nosotros la artillería mexicana que había que llevar hacia el sur. Nos esperaban quinientos kilómetros de territorio semidesértico, entre arbustos que rasgaban los pantalones y arañaban las piernas, agua escasa y poca comida, con los caballos que se desplomaban uno tras otro, exhaustos. Teníamos bueyes para jalar los carros, pero debíamos sacrificarlos para poder comer, y en cosa de algunas semanas acabaron todos en las ollas donde cocíamos aquella carne dura y maloliente, porque la mayor parte de las bestias reventaba de agotamiento, reducida a piel y huesos, y en las fibras conservaba los humores acres de una existencia de penurias.
La meta era Linares, en Nuevo León, donde nos habríamos debido unir a tres brigadas provenientes de Jalisco.
Mientras tanto, la Marina de guerra de los Estados Unidos bloqueaba los principales puertos de México, impidiendo la llegada de armas y municiones que algún mercante estaba dispuesto a suministrar. Pensándolo bien, a las potencias europeas les interesaba que México resistiera y no acabara totalmente bajo el yugo de Washington. Pero las cañoneras de la Marina americana hundían cualquier embarcación que intentara entrar en una bahía. En Veracruz, ocurrió un hecho que explica mejor que ningún otro lo inteligente y previsora que era la política de Polk… El general Santa Anna se encontraba en Cuba, en el exilio tras el desastre que siguió a El Álamo, y el presidente Polk inició negociaciones con él para hacerlo regresar a México y asumir el mando, con el acuerdo secreto de favorecer sin reservas a los Estados Unidos. Santa Anna envió a Washington un emisario, el coronel español con ciudadanía estadounidense, Alejandro Atocha, que condujo las negociaciones: Santa Anna pretendía, además de una ayuda concreta para volver al poder, treinta millones de dólares; a cambio, entregaría California y Nuevo México a la Unión norteamericana, más —obviamente— los territorios más allá del río Bravo. Polk ordenó al comodoro David Conner, al mando de la escuadra naval que asediaba Veracruz, que recogiera a Santa Anna en el puerto de La Habana y lo desembarcara indemne en Veracruz. En la ciudad portuaria se arriesgó al linchamiento evidentemente había gente que no olvidaba con facilidad— pero encontró militares dispuestos a apoyar su enésima desventura. También él lanzó una proclama, diciendo lo mismo que el general Taylor acerca de los «tiranos» y aseverando que bajo su Gobierno los mexicanos habrían sido libres de elegir a quien quisieran… Sí, porque en aquellos meses convulsos, otro general, el general Paredes, había depuesto al presidente y asumido el poder, delirando con imponer en México la monarquía, nada más y nada menos. Un tirano de opereta, que pronto echarían a patadas. Lástima que en su lugar llegara el sempiterno Santa Anna.
Polk, en la Casa Blanca, reía socarronamente y se frotaba las manos. Cuando Santa Anna llegó a Ciudad de México y el Congreso le confió el mando de las operaciones de guerra, supo que independientemente de cómo se hubiese comportado Santa Anna, la invasión habría sido una larga marcha triunfal; con el único problema de tener que recorrer tantos kilómetros en la silla de montar que le saldrían callos en las nalgas a sus valientes oficiales. Cierto, Polk no imaginaba que miles de mexicanos armados habrían hecho menos ostentosa y poco honorable la que él había imaginado como un desfile solemne, y que también nosotros, los del San Patricio, haríamos llorar a muchas madres y viudas de los estados del norte… en cualquier caso, nosotros, combatientes en el campo, de allí en adelante tendríamos dos adversarios: el poderoso ejército de Zachary Taylor y el ambiguo, inepto y arrogante general Santa Anna. En la práctica, el «enemigo» marchaba en cabeza.
Todo está documentado en los archivos de la nación, yo mismo pude visionarlos en Ciudad de México, cuando todavía era un oficial del ejército, que aun derrotado se encargaba de «mantener el orden»…
Así pues, llegamos a Linares, andrajosos, agotados, hambrientos.
Muchos hombres habían muerto a lo largo de aquella extenuante marcha, y aunque sólo fuera eso, en Linares nos esperaban tropas de refuerzo menos maltrechas. Ciertamente no se podía decir que estuvieran frescas, porque también ellos habían tenido que afrontar las inmensas distancias del México septentrional; y al final, nos encontramos entre soldados desmoralizados y generales ocupados en traicionarse mutuamente con tal de lucirse ante el Generalísimo, incapaces de cerrar el paso a los invasores.
Sin embargo, a pesar de todo, nosotros, los irlandeses, no vacilamos nunca. Ningún titubeo. Seguíamos firmemente convencidos de haber hecho la elección justa. Lo que nos daba aliento era el afecto de la gente, la conmovedora cercanía de los civiles que nos agradecían nuestra decisión de defenderlos. Admirábamos su dignidad, que nos servía de ejemplo, y en cuanto a los soldados, nos demostraban un respeto con frecuencia mudo, hecho de pequeños gestos y miradas. Creo que se preguntaban por qué habíamos ido a morir con ellos, cuando habríamos podido quedarnos con los vencedores, o simplemente, desertar para disfrutar de la vida en algún lugar de aquel generoso país. La inexorable derrota los impregnaba tanto como a nosotros, pero… Seasaigí go láidir, a chairde. Ni un paso atrás, compañeros.
En Linares, otros desertores se unieron a nosotros, y a cada nueva llegada sentíamos su mismo estupor: ¿por qué afrontar tantas privaciones para alistarse en el San Patricio, cuando aquellos hombres habrían podido ir a otro lugar y reconstruirse una existencia digna? Se unían también irlandeses residentes en México desde hacía años, algunos con mujer e hijos, y yo intentaba disuadir al menos a los que dejaban una familia para ir al encuentro de lo que ninguno confesaba abiertamente, pero que todos pensábamos. Aún más me sorprendieron algunos inmigrantes estadounidenses que en México habían encontrado un trabajo rentable y que gozaban de privilegios asegurados. Uno me dijo: «Mi mujer y mis hijos son mexicanos, no podría mirarles nunca más a la cara si permaneciera indiferente ante esta injusticia que grita venganza». no digo que en el pasado algunos de ellos no fueran aventureros en busca de fortuna fácil, pero se habían convertido en personas apreciadas, ganaban más que suficiente, nadie les obligaba a arriesgar la piel… aun así, sentían el deber de defender todo lo que habían conquistado día a día, la tierra, la casa, el honor de pertenecer a una nueva patria. La verdadera sorpresa, de todos modos, fueron los negros africanos, algunos nacidos en las plantaciones de los estados del Sur y otros capturados y conducidos primero a Cuba y luego a América. Eran todos esclavos vendidos a nuevos amos tejanos, huidos y llegados, quien sabe cómo hasta allí. Contaban historias de muchos hermanos ahogados en el río Bravo o muertos por la espalda a balazos por los rangers y por los cazadores de esclavos. Pocos —los más afortunados, o más fuertes—, habían logrado atravesar las líneas y alcanzado las retaguardias mexicanas. Más tarde sabría que entre ellos se transmitía una leyenda que hablaba de africanos supervivientes al naufragio de barcos negreros refugiados en las costas del Pacífico mexicano, donde habían formado comunidades conviviendo en paz con indios y mestizos. No sé cuánto había de verdad, sólo sé con certeza que en el sur de Acapulco hay negros que viven allí desde hace muchas generaciones, y también aquí, en Veracruz, no falta gente de piel más oscura. Quién sabe… de hecho, aquellos hombres, esclavos hasta ayer, y ahora libres de elegir dónde vivir, habían decidido unirse a nosotros porque alguien les había dicho que se había formado una legión de extranjeros que alistaba voluntarios. Aquellos negros africanos demostraban que no todos los esclavos eran dóciles y sumisos. Tenían un sólo defecto: odiaban visceralmente a los tejanos, y querían vengarse por las humillaciones padecidas y los latigazos recibidos. En cuanto soldado, sabía que el odio ciega, y en batalla conduce a acciones suicidas. Pero, a fin de cuentas, también nosotros estábamos llenos de odio; se trataba de someterlo a disciplina para evitar la autodestrucción al primer enfrentamiento en campo abierto.
En agosto, habíamos pasado de los iniciales cuarenta y ocho hombres a casi doscientos cincuenta, y a mí me dieron el grado de capitán. Pero ser legionarios no nos gustaba, y ya no nos sentíamos extranjeros. Éramos «Los del San Patricio». Y el ejército mexicano nos reconoció como batallón de artilleros y soldados de infantería de primera línea. Faltaba solamente una bandera. Discutimos largamente sobre ello, y los que no eran irlandeses de entre nosotros, también estuvieron de acuerdo: verde como Irlanda, con los símbolos de nuestra historia. Y luego, un día…
En una soleada mañana del verano tórrido de Nuevo León, la vi de nuevo.
Nos encontrábamos a unos doce kilómetros de Linares, en la hacienda de Guadalupe, una gran propiedad del siglo XVI donde nos habíamos acuartelado y adiestrábamos a los nuevos reclutas de nuestro batallón, a la espera de la orden de ponernos en marcha para ir a defender la ciudad de Monterrey. Sentí tal derretimiento que por poco las rodillas no cedieron. Eché la culpa al calor, pero sea como sea, tuve fuerzas para apretarla contra mí y tenerla entre los brazos durante una eternidad, con los ojos cerrados, soñando que no existía la guerra y que ella y yo podíamos marcharnos a caballo a buscar la tierra que cultivaría, imaginando la casa que construiría, donde traer al mundo a nuestros hijos y confiar en aquel futuro que no está hecho para los irlandeses…
Dios mío, qué bonita era Consuelo.
Se separó de mí justo lo necesario para mirarme a los ojos, y luego nos besamos, ajenos al ir y venir de soldados que nos observaban divertidos.
Cuando le pregunté cómo había hecho para encontrarme allí, en la hacienda de Guadalupe, ella puso la sonrisa y expresión pícara que me habían enamorado desde el primer día. Y respondió: «Soy tu maestra de español».
Consuelo me contó que tras haber huido con lo que quedaba de su grupo de guerrilleros, había llegado hasta Monterrey, donde había dado un detallado informe al comando militar local acerca de la entidad y del armamento del contingente invasor. Y se había asegurado de que enviaran un parte con la máxima urgencia a la guarnición de Matamoros avisando de nuestra llegada. Había sido fácil localizarme, según ella el nombre de «capitán Riley» gozaba ya de una considerable fama entre las gentes y los militares de la zona.
Le conté lo de su hermano, y de cómo intenté salvarlo, pero no dije nada acerca de los tormentos que sufrió, ni de la cruz… cuando supo que había muerto entre mis brazos, pareció sentir un fugaz alivio y murmuró: «Gracias por haberlo acompañado en el último suspiro».
Consuelo no bromeaba cuando decía que había venido para enseñarnos español: «No querrás que el San Patricio siga siendo una torre de Babel, tus hombres deben saber expresarse en español para poder formar parte del ejército mexicano… ¿o no?». En efecto, aparte de los inmigrantes europeos que vivían allí desde hacía tiempo, todos los demás tenían problemas cuando llegaban las órdenes de los mandos o tenían que gestionar las miles de tareas cotidianas. Y así, cada mañana, Consuelo reunía bajo los soportales de la hacienda de Guadalupe al centenar de hombres que aún no hablaban español y se lo enseñaba con un ímpetu y una simpatía que, bueno, lo confieso, de vez en cuando me sentía celoso por cómo la miraban, con aquellos ojos soñadores de soldados que volvían a ser niños.