Introducción

A veces pides algo y, cuando lo recibes, resulta ser muy distinto a como lo habías imaginado.

Mi vida cambió un día de otoño gris, en el mes de noviembre. Mi esposa, Maria, y yo habíamos salido a dar una vuelta cuando, de forma brusca y sin venir a cuento, me invadió una sensación desconocida que me superó. Me paré en seco en mitad de un puente. Maria me miró ladeando la cabeza, un gesto muy suyo, y me preguntó: «¿Qué te pasa, cariño?». Yo me esforcé en describir lo que sentía. Ella soltó una suave carcajada de sorpresa y dijo: «A mí eso que dices me suena a felicidad». Cinco minutos después, desapareció esa sensación y regresó el oscuro vacío al que estaba acostumbrado. En ese momento comprendí que no recordaba haberme sentido nunca así en mi vida adulta. Sin embargo, esta historia empieza, en realidad, antes de aquel día.

Hacía unos meses que había ido de visita a Gotemburgo, como de costumbre para dar una conferencia. La de aquel día era sobre comunicación, lo que solo contribuye a que me dé más vergüenza lo que estoy a punto de contar. Al acabar la primera parte anuncié una pausa y me quedé mirando el ordenador sin hacer nada en concreto. Este es un truco que empleamos a veces los conferenciantes durante el descanso, con la esperanza de que alguien se acerque a felicitarnos y darnos unas palmaditas en la espalda. Es una forma de recargar pilas para la segunda parte. Y, efectivamente, vi de reojo que se acercaba una mujer. Sin embargo, su andar dubitativo y su forma de inclinarse hacia mí me indicaron que lo que estaba a punto de recibir no iba a ser para nada un cumplido. En lugar de eso, me dijo: «Creo que debería saber que ha estado diciendo el nombre de la competencia en vez del nuestro en todos los ejemplos». Tierra, trágame..., ¿cómo me había podido pasar? Yo soy un retórico. Sopeso cada palabra con gran cuidado antes de pronunciarla. Por desgracia, aquella no era la primera vez que me pasaba algo así en aquella época.

En el tren, de regreso a casa, pensé: «Esto es el fin de mi carrera. Si ya no sé ni lo que digo, ¿cómo voy a dar conferencias?». Este suceso en Gotemburgo fue la gota que colmó el vaso, así que pedí cita para ver a mi médico de cabecera. No era la primera vez.

—David, ¿qué te tengo dicho? —Su voz tenía un tono inconfundible de reproche—. Viniste hace dos años quejándote de tics en la cara. Te dije que eran del estrés y que tenías que bajar el ritmo, hacer menos cosas y descansar más. Después, viniste el año pasado quejándote de problemas estomacales y cardiacos. Te dije lo mismo. Y ahora vuelves otra vez para decirme que el estrés te está causando problemas neurológicos. ¿Qué tengo que hacer para que me escuches? Si no cambias ya tu estilo de vida, el estrés te acabará provocando problemas incurables. Calculo que necesitas al menos tres años para recuperarte y no hay forma de acelerar el proceso, así que ni se te ocurra pensarlo.

Me fui de allí cabizbajo, con lágrimas rodando por las mejillas, y procedí a llevar a casa a mi yo, antes invencible, para que se metiera en la cama. Pasé los siguientes dos meses sin salir de ella. La depresión me golpeó con fuerza hasta alcanzar cotas desconocidas para mí. Lloré todos los días del verano de 2016. Cada día me parecía más fútil que el anterior. Todo me aburría. La única rutina que recuerdo haber mantenido fue rezar antes de acostarme, pidiendo no despertar al día siguiente para alcanzar, así, el sueño eterno. Muchas personas se preocuparon, muchas intentaron ayudarme, pero todo fue inútil. Hasta un día de finales de aquel verano. Lo que me dijo aquel día mi esposa cambió mi vida y sentó las bases para la primera herramienta, y la más esencial, con las que creé mi curso de autoliderazgo y también este libro: el «historial de estrés».

Ahora quiero que recuerdes la frase que abre este texto: a veces pides algo y, cuando lo recibes, resulta ser muy distinto a como lo habías imaginado. Yo trabajo como conferenciante, coach y formador internacional. Hasta ese momento había dedicado toda mi vida adulta a mi especialidad, que es la comunicación basada en la neurociencia, la biología y la psicología. Con mi equipo, había dedicado siete años a estudiar a 5000 conferenciantes, presentadores y moderadores para identificar 110 formas distintas de comunicación que todas las personas empleamos. Dediqué dos años a escribir la charla TEDx más vista de la historia sobre narrativa, con la que me convertí en la primera persona capaz de disparar la producción de neurotransmisores y hormonas concretas en quienes me escuchaban mediante la narración de distintas historias. Mi intención al decirte esto no es explicarte mi currículum detallado, sino que se entienda que, a pesar de contar con todas esas herramientas, técnicas y métodos, solo había logrado que mis clientes alcanzaran un nivel de siete sobre diez. ¿Qué me faltaba para llegar a la nota máxima? ¡Ya lo estaba dando todo! Aquello era terriblemente frustrante. Durante casi diez años había viajado por todo el mundo en busca de la clave que me permitiera ayudar a las personas a quienes formaba, acompañaba e impartía conferencias a alcanzar su máximo potencial. A pesar de esto, el éxito que yo sabía posible me esquivaba. Hasta que la clave apareció donde menos lo esperaba.

No estaba escondida en ningún libro ni en posesión de ningún especialista: estaba en mí. Y, ojo, que no estoy diciendo que siempre hubiera estado ahí o que yo estuviera donde había que estar para encontrarla. En mi caso, tuve que superar más de una década de desesperación, ideaciones suicidas recurrentes, un verano de llanto en la más absoluta oscuridad y, después, cinco minutos de felicidad en un puente antes de que la clave se revelara ante mis ojos: emergió de las aguas como Excalibur.

En el momento, ni siquiera fui consciente de haberla encontrado. Así que volvamos a ese puente y a esos cinco minutos de felicidad. Fue como ver en color y percibir aromas por primera vez en la vida. Estoy seguro de que te puedes imaginar lo motivado que estaba yo para volver a experimentar esa sensación en cuanto se desvaneció. Aquello hizo saltar una chispa o, más bien, despertó un volcán en mi interior. Después de eso, no habría nada capaz de frenarme. Recuerdo correr a mi despacho tras el paseo para apuntar todo lo que había estado haciendo últimamente que podría haber causado aquella experiencia. Eché mano de la herramienta que puede resolver cualquier problema de este mundo (Excel) y apunté todo lo que había hecho, en qué cantidad y cuándo. Como era de esperar, la chispa disparó mi lado energético y maniaco, así que pasé cinco días sin apenas dormir. En aquel tiempo, leí incontables estudios y libros sobre el tema, hice lluvias de ideas en pizarras blancas, tomé notas y elaboré horarios detallados en Excel. Cuando, muy de vez en cuando, lograba acostarme y dormir, me despertaba más o menos una hora después para seguir con mis frenéticos estudios sobre autoliderazgo. Cinco días más tarde había creado lo que se convirtió en mi salvación, la receta para mi «vida 2.0».

Durante los meses siguientes seguí practicando lo que había deducido y, de repente, cuando había pasado más o menos un mes, volví a sentir una descarga y experimenté diez minutos de felicidad que pronto se convirtieron en veinte, cuarenta e incluso sesenta. Los minutos se convirtieron en horas, las horas en días y el enero siguiente, unos pocos meses después de mi epifanía en el puente, se había invertido el equilibrio y experimentaba tantos momentos luminosos como oscuros había experimentado antes. Ese año fue el mejor de mi vida. Como si me hubieran dado las llaves de un mundo mágico y maravilloso. Todo parecía una sucesión sin fin de emociones efervescentes y lágrimas de alegría.

Como soy una persona curiosa, empecé a recomendar a mis clientes el uso de las técnicas que había estado aplicando conmigo y esto es lo que pasó: comprendí de forma totalmente consciente que, por fin, había encontrado la clave, la que llevaba toda la vida buscando. Los clientes a quienes acompañaba y formaba progresaron rápidamente y alcanzaron todo su potencial como líderes, maestros, médicos, oradores o comerciales. Pero eso no fue todo. También descubrí que habían crecido como individuos y seres humanos en sus vidas personales. Estaban llegando de verdad al diez. ¡Había demostrado que mi experiencia y mis conocimientos adquiridos eran aplicables a otras personas! Esa clave o, mejor dicho, esas claves son lo que pretendo darte en este libro. Leerás sobre mis experiencias, sobre las lecciones que aprendí de las decenas de miles de personas a quienes he acompañado y enseñado autoliderazgo y las investigaciones en las que se basa gran parte de mi viaje. Lo que te prometo, querida persona que me lees, es que si usas las técnicas y herramientas más importantes de este libro y dedicas el tiempo necesario a practicarlas y aplicarlas todos los días, al cabo de seis meses experimentarás una versión de ti y del mundo con la que no has estado en contacto desde hace mucho tiempo, o puede que nunca.

En las páginas que siguen mencionaré muchas veces la idea de autoliderazgo, que es, básicamente, de lo que va este libro: de aprender a ser tu líder. Aprender a elegir tus emociones y estados cuando lo desees o necesites. Si, por ejemplo, estás a punto de entrar a una reunión donde vas a ser quien tome las decisiones, el resultado de dicha reunión dependerá mucho de la seguridad con la que entres. Hablando en términos de las seis sustancias, esto significa que el resultado dependerá de si decides incrementar o reducir tus niveles de testosterona y dopamina antes de entrar a la reunión.

Y puede que ahora te estés preguntando qué relación hay entre el autoliderazgo y el liderazgo convencional. ¿Has conocido alguna vez a alguien con grandes dotes de autoliderazgo? Es decir, alguien que siempre es capaz de elegir ser su mejor versión, en cualquier situación, ya sea contigo, con quienes lo rodean o consigo mismo. Las personas con ese grado de autoconocimiento y autoliderazgo se convierten casi de forma automática en líderes naturales de cualquier grupo. La gente las sigue porque quiere, no porque tenga que hacerlo. Lo contrario son quienes carecen de autoliderazgo, cuyas emociones se desbordan. Son personas que reaccionan en vez de actuar, que suelen provocar mucha ansiedad a los demás y cuyos seguidores lo son no porque quieran, sino porque no tienen más remedio.