Hoy Berta se ha despertado triste.
No ha venido su madre a levantarla como todas las mañanas que tiene que ir a la escuela, y no se escuchan ruidos en la casa.
Ha abierto los ojos y se ha quedado mirando su habitación en la penumbra.
La persiana está bajada, pero se cuela un poco de luz por las ranuras.
Por un momento duda si hoy es día de ir a la escuela o no.
Tampoco sabe qué hora es, pero supone que si su madre no viene a llamarla es porque debe ser sábado o domingo. Intenta recordar qué hizo ayer. Sí, efectivamente se acostó un poco más tarde que los otros días de entre semana, aunque ayer sí fue a la escuela. Por lo tanto, hoy es sábado. Pero lo extraño es que no se escuchen las voces de mamá y de su hermano. Quizá sea aún muy temprano o Pablo no se ha despertado todavía, y sus padres están durmiendo. Duda por un momento si levantarse o no. Decide seguir en la cama. Imagina que está sola en la casa, que sus padres se han tenido que marchar y que se han llevado a Pablo con ellos. Eso es imposible. Pero por un instante —quizá porque se ha despertado triste— supone que lo fuera y que estuviera sola en la casa, en la ciudad, en el mundo. No le gusta pensar en eso, pero no puede dejar de hacerlo. Decide darse la vuelta e intentar dormir, pero el silencio es tan intenso que no puede recobrar el sueño y tampoco puede dejar de pensar que está sola y que nadie va a ir a despertarla. Entonces, en voz baja, como si temiera despertar a alguien dice “mamá”, y se queda escuchando, esperando que se produzca algún ruido que le indique que no todos duermen, deseando que alguien acuda a su llamada y se abra la puerta de su cuarto y aparezca la cara sonriente de su madre o de su padre. Pero la puerta sigue cerrada y el silencio permanece. Piensa que debería llamar a su madre, pero más alto, para que pueda oírla, pero el miedo de que no haya nadie le hace seguir callada. Piensa que mientras nadie la escuche llamar, lo normal es que nadie acuda a su habitación, pues todos están durmiendo porque hoy no hay clase, y sus padres no tienen que ir a trabajar y seguro que todavía Pablo no los ha despertado como sucede otros días.
No sabe por qué piensa todo eso, pero siente que está triste aunque no tenga motivos y le gustaría poder seguir durmiendo y despertar más tarde sin que nada de esto hubiera pasado.
—Berta, ¿se te han pegado hoy las sábanas? —escucha decir a su madre, a quien no ha oído entrar, mientras levanta la persiana de su ventana. Después se acerca a la cama y la acaricia, al tiempo que aparta el pelo que oculta los ojos de la pequeña.
Berta mira el rostro sonriente de su madre sentada en el borde de la cama.
Siente que su tristeza, no sabe cómo, se quedó dentro del sueño.