Berta ha decidido también hacer hoy con la plastilina un muñeco de nieve, y ha pensado ponerlo en medio de un parque con árboles alrededor, así que ha cortado una cartulina de color verde por la mitad, más grande no le cabría en la mesa, y ha dibujado sobre ella unas rayas que señalan los límites de la arena y el césped. Después ha cogido un trozo de plastilina blanca y ha hecho una bola con él, a continuación otro trozo de plastilina verde…

—Berta, ¿otra vez vas a hacer un muñeco de nieve? —la voz de Emilia, su maestra, sorprende a la niña en la concentración de su trabajo.

Berta se vuelve, la mira mientras redondea con las manos la masa de plastilina.

—Sí, pero no sólo un muñeco de nieve —contesta resuelta—, voy a hacer un trozo del parque, con árboles y césped y un banco.

—Está bien, está bien —Emilia continúa su lento camino entre las mesas, observando el trabajo de cada uno de sus alumnos, mientras comenta con ellos sus respectivos trabajos.

A Berta le gusta su maestra, pero siente que hay cosas que no entiende y que desde luego ella no le va a explicar, como por ejemplo, por qué le gusta tanto hacer muñecos de nieve. La bola de plastilina verde ya está perfecta. Es un poco más grande que la blanca. Coloca la pequeña sobre la mayor, las observa, y decide hacer una cara en cada una, con su nariz, que será una pequeña bolita, verde en un caso y blanca en el otro, los ojos encima, y una gran sonrisa debajo. Así parecerá un muñeco doble con dos caras y dos sonrisas. Será casi tan bonito como el que tiene en casa.

Clara se acerca a la mesa de Berta y se queda mirando ese extraño muñeco de nieve de plastilina con su doble cara sonriente.

—Berta, es casi como el que tienes en tu bola de cristal.

—Sí, lo que pasa es que este verde es un poco más claro —contesta Berta sin mirar a su amiga, mientras coloca la nariz de la pequeña cara blanca. Cuando termina de sujetarla, se echa hacia tras, mira sonriente a Clara y le dice:

—¿Te gusta?

—Sí, sí me gusta, es el que mejor te ha quedado. Parece enteramente el de la bola que te regaló… —Clara se queda callada de golpe, no se ha dado cuenta de que están en clase, y Berta puede ofenderse si ella dice en público el nombre de Miguel—, perdona.

Berta la mira con una sonrisa cómplice.

—No pasa nada, no has llegado a decirlo.

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En ese momento se acuerda de que no le ha dicho a Clara que la otra tarde, cuando ella fue al dentista y volvió sola a casa, se le cumplió el deseo y fue capaz de pasar por delante de la casa de Miguel. Entonces, haciendo un gesto, le indica que se acerque, apoya su mano en el hombro de su amiga y comienza a decirle al oído:

—Tengo una cosa muy importante que contarte…

—Berta, por favor, deja que Clara vuelva a su sitio y pueda seguir trabajando —la voz de la señorita interrumpe la confidencia de las niñas.

—Sólo un momento, señorita —Clara permanece unos instantes junto a Berta, después se separa con una gran sonrisa y aprieta una mano de su amiga antes de regresar a su mesa. Cuando llega a su sitio, se vuelve y mira hacia Berta que la observa con la misma sonrisa.