—Mamá, ¿puedo ponerme en la mesa del salón a ordenar las hojas? —Berta supone que su madre está en la cocina y desde el pasillo, con su diccionario y los periódicos en los que deja secar y planchar las hojas en las manos, pregunta a voz en grito.

Pablo asoma la cabeza por la puerta del baño y le hace un gesto a su hermana indicándole que su madre se encuentra en él. Aparece Laura con el albornoz puesto y una toalla en la cabeza.

—Berta, te he dicho mil veces que no pegues esos gritos. Vas a la cocina y si no estoy a allí, me buscas y entonces preguntas.

—Está bien, mamá, ¿puedo ponerme en la mesa…?

Laura interrumpe la pregunta repetida de su hija:

—Sí, sí puedes. Aparta lo que haya encima y lo dejas en la estantería, pero luego, por favor, cuando termines, lo dejas todo recogido.

—No te preocupes, mamá, no soy como otros —contesta Berta mientras hace un gesto señalando a su hermano y dándose la vuelta.

—Desde luego, hija, si te acordaras de cómo eras tú a su edad…

—Ya, mamá, lo digo en broma, es que no entiendes nada.

Berta deja en un extremo de la mesa su diccionario contenedor y los periódicos en los que ha dejado secar y planchar las últimas hojas que ha encontrado y que todavía no ha clasificado, aparta los objetos que se encuentran sobre la mesa, los ordena cuidadosamente en la estantería, toma uno de los cojines grandes del sofá y lo coloca en una silla, así alcanzará a todo lo largo de la mesa.

En ese instante llega Pablo y trata de alcanzar una punta de una de las hojas de los periódicos.

—No, pequeño, no. Esto no lo puedes tocar tú ahora, cuando estén colocadas las hojas en mi libro secreto y si te portas bien, te las enseñaré.

Pablo protesta cuando Berta aparta los periódicos, pero la voz de su madre desde el baño reclamando su presencia interrumpe la queja.

Berta camina detrás de él, se asoma a la puerta del baño por la que ha desaparecido su hermano y en un tono fingidamente digno le dice a su madre:

—Me voy a poner a ordenar las hojas de mi colección, por favor, mamá, no estoy para nadie hasta que no termine.

—Cómo no, princesa, faltaría más —la voz de su madre ofrece el mismo tono de fingida cortesía.

Berta se sube de rodillas en el cojín, deja el diccionario a un lado y comienza a abrir las hojas de los periódicos, dentro de cada una hay una hoja de árbol seca y planchada. Alguna se ha pegado al papel y hay que despegarla con cuidado; para ello Berta, a veces, se ayuda con la punta de unas tijeras, las mismas con las que irá recortando páginas del viejo diccionario para colocar las nuevas hojas que se incorporen a su colección.

Va extendiendo todas las hojas nuevas sobre la mesa, se da cuenta de que para alcanzar al otro extremo de la mesa debe bajarse de la silla y caminar alrededor de ésta. Al abrir las páginas de los periódicos descubre algunas hojas de las que no se acordaba y que le gustan mucho, se acerca al diccionario para comprobar si esa alargada y lisa de un color dorado por un lado y casi gris por otro ya la tiene, pero no, no la tiene. Es preciosa. Y en ese instante piensa. Piensa que es una hoja de tamaño pequeño que cabe perfectamente en un sobre, y si le pone un cartón por un lado y por el otro un papel de celofán transparente se la podría mandar a Miguel; el cartón evitaría que el sobre en su viaje se doblara y seguro que la hoja le llegaría en perfecto estado.

Deja a un lado esa hoja y decide hacer entonces cuatro montones: el primero será para ella con las hojas que no tenga, el segundo para Clara, un tercero para Daniel y quizá otro para Miguel aunque, por un momento piensa que es mejor que le envíe una hoja sola. Sí, sólo una hoja pegada en un cartón forrado de un papel liso de esos para envolver los regalos de Navidad, de color brillante sobre el que destaque la hoja, y debajo el nombre del árbol, que ahora no se acuerda cuál es. Así que hará sólo tres montones.

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Va abriendo las páginas de los periódicos y va colocando las hojas en tres montones, a veces duda si ya tiene una hoja o no, entonces se acerca al diccionario, lo comprueba y según sea el resultado de la consulta, la coloca en su montón o decide regalársela a Clara o a Daniel. En ese momento, encuentra una hoja de castaño, grande, lisa, perfectamente planchada, de un hermoso dorado por una de las caras; ella ya tiene una hoja de castaño en su colección, piensa que podría hacer con esta hoja lo mismo que con la otra y regalársela a Daniel, también pegada en un cartón forrado, pero no, eso no se puede hacer todavía, no estaría bien, quizá en el futuro…

Pablo aparece e interrumpe el pensamiento de Berta, se queda mirando la hoja que su hermana tiene en la mano y alarga los brazos en ademán de alcanzarla. La niña le mira, se agacha y le da la hoja.

—Mira qué hoja más bonita tengo para ti, mi pequeño tigre de azúcar.