Entrevista en Casa de América
El boato era mayúsculo. Todos estaban encantados de encontrarse en ese lugar. Esa tarde, incluso destacados miembros del cuerpo diplomático habían acudido a la grabación del programa. Se trataba del buque insignia del universo castellano hablante. Y le tocaba ser entrevistado a un representante único de la integración de ambos mundos, el peninsular y el propiamente americano. Pere Font Casamayor estaba en una nube, mientras le maquillaban; no siendo la primera vez, procuraba relajarse para resultar simpático y apuntar en la dirección correcta las respuestas al intrincado entrevistador de Miami, fichado de manera excepcional para la ocasión. Sin duda, en los próximos días se recrearía en la reiterada contemplación del programa en vídeo. Lo pactado forzaba a la entera aceptación con lo finalmente emitido de todas las partes implicadas.
Empezó el periodista, al que a veces se le escapaba alguna palabra en inglés, con las informaciones de rigor sobre el personaje que tenía delante. Pere aprovechó para dejar volar su mirada y fijarse en los ornamentos de la sala en la que se desarrollaba el encuentro. Apreció excesivo el decorado y sonrió en secreto; cerca estuvo de soltar una risotada cuando vio, ahora sí, al periodista ataviado con esmoquin y pajarita. Era notorio que todo iba en serio.
Escuchó lo de siempre: exiliados españoles que rehacen su vida en América y en el mundo entero, y en el ínterin se ven envueltos en nuevas aventuras, tan o más intensas que aquellas de las que huían. Jimmy González, el interrogador del programa, de arranque parecía saberse su historia personal al detalle, hasta mejor que él mismo, ya que no se respaldaba en notas. Sin embargo, más adelante, en las materias más espinosas, más técnicas, los de producción le ponían en frente destellantes carteles con las preguntas que debía realizar. Tal vez la etapa más fascinante de la existencia de Pere Font acontece en el Moscú de la Guerra Fría. No se crea, mi amigo, intervino Font con un acento radicalmente neutro, ni peninsular ni americano, que tenía de sobra entrenado. Yo era un muchacho metido en mi realidad y disfrutaba como un enano. Hice mis estudios y viví las vicisitudes de cualquier joven de entonces. Me enamoré infinidad de veces, viajé, la verdad es que habitaba una especie de isla distinta del inmenso continente en que se construía la realidad.
Bla, bla, bla y más bla, bla, bla. Por supuesto que Jimmy desgranó su relación con Alexander Luria, lo mismo que su participación, modesta, pero única en la perspectiva hispanohablante, en los hallazgos científicos y renombradas publicaciones del genio ruso. De hecho, comentó que a Pere Font se le conocía en numerosos sitios como «el doctor Luria», lo que le provocó una mueca de apretar los labios y balancear la cabeza. Font relató que el frío le permitía estudiar bastante más que en ningún otro entorno y, claro, el régimen de disciplina ruso no le envidia nada al germánico.
Jimmy le preguntó cómo se decidió a estudiar psicología y respondió diciendo que a ciencia cierta no lo sabía o no se acordaba, igual que confesó, ya mayor, Alexander Luria. Aunque él estudió primero medicina y después psicología, al revés que el genio ruso. Jimmy dibujó una fisonomía instantánea de profunda confusión tras esta reflexión que Pere creía cardinal y saltó de allí, cual gacela despavorida, hacia sus períodos de decano en la Facultad Libre de Psicología de Madrid y al extraordinario nivel científico desplegado en las proximidades del Palacio de la Moncloa, gracias a su estricta noción del esfuerzo y, en buena medida, a su testarudez, por haberse resistido a lo que probablemente sea la causa principal del empobrecimiento de la investigación científica europea: las variaciones implantadas en las universidades a partir del proceso de Bolonia. Ahondando en el tema le preguntó cómo era posible que la considerada mejor facultad de España emitiera títulos que no eran válidos en el país. Quiso replicar con un seco «cosas de España», y cobrar así deudas pendientes, pero dijo, sin más, que era un desfase en vías de resolverse.
Jimmy enumeró varias de las publicaciones más famosas de Pere Font. Y sacó quizás la más controvertida, aquella en la que demostraba, a través de polimorfismos genéticos, que los cadáveres de los represaliados por ambos bandos en la contienda del treinta y seis eran parientes de los supervivientes, lo que equivalía a formular que se habían asesinado entre miembros de las propias familias. Es obvio, ¿verdad?, España sufrió una guerra civil, afirmó Jimmy. Había que comprobarlo..., contestó escueto Pere Font. Luego le interrogó sobre otro artículo, relacionado con el precedente, en el que se ocupaba de la afasia social. Font se enrolló con la incomprensión entre los grupos sociales a modo de explicación de la violencia y como esta realidad podría ser más frecuente en determinadas culturas... o, mejor, inculturas o sociedades deficitarias en formación humanista. Esbozó uno de sus temas preferidos, los procesos cognitivos y el lenguaje. Aunque Jimmy tuvo fácil enunciar alguna pregunta referente a las variantes regionales del español y sus repercusiones en el pensamiento simbólico, no lo hizo. Por sí solo, no se metió en ese jardín.
Sí que inició un inciso, muy oportuno desde su punto de vista, en torno a Lev Vygotski, que fue cortado de raíz. A Jimmy se le notó inseguridad en las preguntas que involucraban a Alexander Luria, el entrevistado le ayudó lo mejor que pudo a salir del paso. Asimismo le interrogó por sus similitudes con el neurólogo neoyorquino Oliver Sacks, quedándose en la burda superficialidad al indicar que también Pere Font había lucido una poblada barba durante una prolongada fase de su carrera. Quiso sorprenderle y le preguntó a bocajarro si echaba de menos a su tío Papa Font. Compungido reconoció que su talla, enorme, era necesaria no para un país en concreto, sino, y después de un calculado silencio, para el planeta entero. Abonaba así lo que en ese momento más deseaba, aunque sabía que una vez obtenido pasaría rotundamente de ello, su nombramiento, algo rimbombante pero así se definía, de ministro mundial de cultura del español. A esa agua remansada se acercó a beber Jimmy. Font subrayó muy cortésmente que, de política, él no quería saber nada. Calidad toda la que quisieran, intrigas ni media. En un fuerte primer plano Jimmy hizo un gesto no disimulado de beneplácito, echando el labio inferior hacia fuera, por la pronta respuesta del neurocientífico.
Se puso menos serio y evocó la fama de Pere Font de poder emplear el castellano en todas sus formas con gran soltura, por supuesto, el peninsular y el caribeño, el mexicano, argentino, peruano o colombiano. La contestación la tuvo fácil: Jimmy, es que me he entregado toda la vida a los vericuetos del lenguaje, para mí, mejor, para los que nos dedicamos al estudio de las habilidades lingüísticas del humano captar y reproducir sus modismos es sencillo. ¿Como para un actor? Sí, ¿por qué no?, parecido, respondió de inmediato sin percibir ninguna malicia. Y lo de preparar la pachamanca, la ropa vieja, la empanada chilena, el bife a la criolla o la arepa. Ni se diga el margarita o el pisco sour. Bueno..., he de reconocer que estoy identificado con todas las culturas iberoamericanas y cuando se tercia las sé disfrutar. Pero de friki nada, ¡eh!
A posteriori el vino español servido fue de extrema calidad, lo mismo que los canapés. Jimmy en la distancia corta le pareció cordial.