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Viaje a América

Le bastó intercambiar un par de correos con las superioridades sanitarias del régimen para conseguir una invitación a América durante un par de semanas. Adornada con la impartición de tres clases magistrales en la universidad. Necesitaba parar. Tantos reveses en tan poco tiempo no le permitían pensar. Cuando se le preguntó por el protocolo al que se vería sometido, solicitó, por favor, que fuese de perfil bajo por su duelo. No iría su mujer, recordó entonces las épocas favorables en que iban lo menos tres o cuatro veces al año, y cómo Georgina poseía en esos lares su diferenciada agenda, cargada de eventos relacionados con la mejora de la posición de la fémina. Las cenas las hacían en los mejores restaurantes agasajados por cargos del mayor relieve. Pareciera que su sentir implicara algo urgente de recabar por todos. Esa estela se agota, más que por el medio por él mismo, que sufre un proceso de desinflarse que no sabe hasta dónde llegará.

Se hospedará en la residencia para visitantes ilustres localizada a escasos minutos del hospital en el que está ingresado su hermano. Ha desmejorado, se lo vienen informando desde hace bastantes meses. Ya no se encuentra tan excitado tal cual en los principios, sino que, en sentido inverso, su contratiempo consiste en que cada vez se mueve menos y peor, seguramente ha desarrollado un Parkinson de la cantidad de neuroléptico que ha recibido a lo largo de muchísimos años.

Viaja en primera clase y el menú del avión le evoca los aromas de su juventud. El ancestral pronunciar cantarín de las azafatas pereciera que fuera a avivar sus adormilados instintos, pero se queda traspuesto.

Despierta en una noche profunda, con el ruido de fondo del motor de la aeronave, nadie se mueve. Recuerda la conversación que ha mantenido con su esposa, la contactó para comentarle que estaría de viaje unos días. Ella le atendió amablemente y le contó que estaba comprometida a tope en el proyecto de soporte al suicida. Él dudó de que le conviniese en este trance. Yo sé lo que hago, contestó de manera recia. Después retomó su cordialidad previa: Ester y los niños están bien. Recuerdos, dijo, igual que siempre, como si le constriñesen con una pistola. Quiso detallarle las novedades de El Escorial, pero ella indicó que debía intervenir en un comité, que ya charlarían con calma. Se ha olvidado de la fecha en que dejó de desear que su hija estuviese contenta. La animadversión se le había atragantado ya desde hace un montón de años, una chica de inteligencia brillante definitivamente desperdiciada: ¡tres nenes de padres desconocidos o, peor aún, comunitarios! No había llegado el día con el que soñó un largo intervalo, el del arrepentimiento, debido a que Georgina acostumbraba a transferirle todo su dinero.

El calor en el aeropuerto es sofocante, húmedo. Muestra su carné autóctono: ¡Feliz estancia, Papa Font! La gente del pueblo le llama con el nombre que utilizaban hace ni se sabe para su tío, genuino héroe nacional. Al salir, el empleado de la residencia que espera su llegada enarbola un cartel en el que pone simplemente «Papa Font». Cuando se aproxima es reconocido por los lugareños que deambulan por las instalaciones, que le aplauden... Turbado se despide y sube al vehículo que le transporta a la residencia. Las vistas desde la habitación que le han dado son inmejorables y, por fortuna, corre algo de brisa. Tocan a la puerta y un dependiente entra con una pequeña botella de champán y la descorcha: ¡Bienvenido, Papa Font! La cena, agradable, los camareros se expresan en un correcto francés, los huéspedes ilustres provienen de todo el orbe. Aunque, por lo que le confiesa un camarero que intima con él murmurando en español, la energía, le dice muy cautelosamente, semeja haber decaído de manera significativa. Viene poca gente. Al regresar a su habitación se encuentra en la mesa del recibidor su programa de actividades. A las once de la mañana está citado con el director del hospital. Se va a dormir prontísimo, no es capaz de aguardar a la hora de las noticias de la península. Desconecta su móvil, no sea que le despierten.

A las cinco de la madrugada está en pie y tras ducharse da rodeos por el hotel haciendo tiempo para la hora del desayuno, a las seis y media. ¡Qué maravillosas frutas! Toma un aguacate perfecto. Le gusta el entusiasmo con el que le saludan: ¡Buenos días, Papa Font! Luego de subir a la habitación decide realizar un paseo por los jardines. Desde aquel lugar se domina la capital entera y se divisa el laborioso ir y venir de la multitud. Se puede distinguir, si uno quiere, más allá de la ciudad, el lejano y pulcro horizonte. Cansado de caminar se sienta en una hamaca que tiene una toalla impecablemente dispuesta, a pocos metros de la piscina. No hay nadie, y disfruta de las reverberaciones de los rayos solares en el agua que terminan destellando con una connotación extraña, inestable, los fragmentos más inferiores de los extraordinarios árboles que cercan la piscina con una disposición nada artificial. Ve pajarillos juguetear entre los arbustos de bambú. Un trabajador de la residencia se arrima con una red a retirar las hojas que puedan haber caído sobre la piscina durante la noche. Se da cuenta de que está allí sentado, le da el efusivo saludo de rigor y sale corriendo. Acude un camarero pidiéndole disculpas y le pregunta qué le apetece, pide un combinado. Cuando vuelve le sirve un batido de frutas exclusivo y le guiña un ojo. Mira su reloj, las nueve y media, sonríe y agradece. Recibe una comunicación de Pepe Orzayun, le necesita por un caso complicado, es muy confidencial, sugiere una situación de alarma social, quedan en que contactará no bien vuelva a Madrid. En el momento que Pere le revela la fecha programada de retorno, resopla. Vale, la adelanto, le dice y cuelga. Protocolo le ajustó sus tareas solamente a una semana de estancia.

El director del centro hospitalario le repite el empeoramiento que ha sufrido su hermano y le conduce al pequeño chalé dentro del recinto en el que está ingresado con los sanitarios que le vigilan y protegen. Se une a ellos la enfermera jefe, con la que en otros viajes recuerda haber tonteado. Esta vez seguro que no, le parece no mayor, peor: una vieja. Igual que yo, piensa. Su hermano bosqueja una sonrisa al verle, aunque no le resulta ostensible si le ha reconocido. Está sentado en un sillón de orejeras con unas vistas inmejorables. Se pone en cuclillas y le coge de la mano, pero sigue sin dilucidar si le recuerda o no. Intenta hablar y es ininteligible el lenguaje que emite... La enfermera que está a su lado interpreta que quiere ir al cuarto de baño y, efectivamente, le lleva a una habitación contigua con un andador, desplazándose a duras penas. ¡Si tengo más primaveras que él, vaya putada! El doctor se esfuerza por romper el dramatismo: Son demasiados años de neurolépticos. Le dejo con su familiar, para lo que necesite ya sabe dónde me tiene. Al unísono la jefa de enfermería se esfuma y permanece a solas con su hermano y la joven enfermera que le trae del servicio. No ha hecho nada, dice. Durante unos minutos Font se mantiene en el muy refulgente porche, solo a unos metros, rememorando anteriores visitas en las que su hermano, aunque ido, seguía siéndolo. Lo de ahora no tenía nombre. Un nuevo silencio planeaba encima de su pelambre. Duró poco, la enfermera, Tania, muy lugareña, entabló rápidamente conversación. Le cuenta que ella llevaba con el paciente cuatro meses y en todo este lapso le había visto sin cambios, y no sería por la falta de visita de especialistas, habían venido muchos, todos con las mejores curas, en vano. Con lenguaje subliminal, y asomados a la barandilla del porche para no ser oídos, manifestó que creía que no se daba cuenta de nada: Como un autómata, ¿ve? Estaba enterada de que durante un largo período dibujó y que hizo locuras, eso es la prehistoria.

Sale a dar una vuelta. No le es necesario girarse para saber que los escoltas van detrás de él. A pesar de la coyuntura enrevesada la masa se desplaza por la calle contenta. Halla curiosa la determinación tan excesiva con la que los varones se fijan en las mujeres. Y les dicen piropos. ¿Antes no se había dado cuenta? Recuerda los ánimos de su juventud y así, de modo impensado, sus surcos le guían al núcleo histórico de la ciudad. Esa arquitectura sí la retiene bien, no por sus viajes realizados ya de adulto, sino de los recorridos por las callejuelas desandados de joven, persiguiendo una y un millón de veces a las chicas más guapas, que justamente por ello eran inaccesibles. Entonces estaban, preciosas, sentadas en los bordillos del Centro Gallego, Asturiano o isleño. Y ellos alentándolas a jugar al escondite, más precisamente al atardecer, con sus padres entretenidos con la plática y las primeras consumiciones. Llegaba un instante en el que, como si se pusieran de acuerdo, se desvanecían todas a la vez. Desde luego ya no existían. Entra al restaurante del Centro Gallego y pide pulpo con una cerveza, a sus sombras, los guardaespaldas, les sirven algo de naturaleza local en la barra. El pulpo le juzga distinto al de la península y positivamente que lo es, y sonríe. Hay numerosos turistas y paisanas esforzándose por conectar con ellos. Él es intocable, no se le junta ni el lustrabotas más elegante. Igual que constantemente le ocurre al pedir la cuenta, todo está pagado, deja una propina considerable. Meditando acerca de los interminables vericuetos de la mente criminal, por la llamada de Madrid, vuelve al hotel en taxi.

Los dos días sucesivos, debido al amontonamiento de actividades por él solicitado, son de los más intensos, incluso sus escoltas acaban agotados. Da la misma conferencia en torno al art brut en dos facultades ante auditorios totalmente llenos, así apetece. Y las preguntas, no sabe si formuladas por los colegas educadores o de los alumnos que las verbalizan, tienen enjundia. Y eso que el contenido de sus intervenciones es el rutinario: la colección de Prinzhorn, André Breton, Dubuffet y poco más. Sí, y algo de arteterapia. El tercer día transcurre muy emotivo, acude a un instituto de más de mil estudiantes de la periferia. Todos los chicos y chicas intachables en su actuación y en su vestimenta, sin duda. Su rumor semeja el del mar agitado, pero una vez emplazados al silencio no se oye tajantemente nada. ¿Cuál es el nombre del instituto? Ni que decir tiene: Papa Font. Le homenajean a él como si fuera el mismísimo Papa Font, a quien deben su presente y su dignidad, vamos, ¡todo! Se emociona y tiene que firmar la cantidad exacta, se la dicen, de mil doscientos veinte libros con las memorias supuestamente redactadas por su tío. No solo para los alumnos, sino también para el cuerpo docente en pleno. Al final siente calambres en los dedos que le llegan al codo y saltan hacia el hombro; se superponen, con carácter asincrónico, a los treinta petardos con los que termina la jornada. Llega a la residencia a las seis de la tarde y pico, justo para ir al hospital y acompañar en la cena a su hermano. A quien, obviamente, no le podían tributar el homenaje que a él sí le procuran. Además, él ha vivido muchos años en Rusia y es discípulo de Alexander Luria, información que no se cansan de repetir en todas las visitas. Cena en la residencia una vez recuperado tras un chapuzón en la piscina cubierta. Pide lo más sencillo: una tortilla francesa y fruta con un zumo de naranja. En su habitación se toma un par de chupitos de la petaquita que siempre acarrea en estos periplos.

A las siete de la mañana le busca el gerente de la residencia en su habitación, con la excusa de que quiere reunirse con él para desayunar, y al finalizar le anuncia que tiene reservada una cita muy especial para ese día. Él presagiaba algo, efectivamente, después de cambiarse es trasladado en volandas al garaje donde le esperan sus escoltas habituales y otros más. En pocos minutos se encuentra a las puertas del domicilio del máximo dirigente, ya un anciano más allá de todo. Quiere darle de primera mano el pésame por la muerte de Sergio. Nunca le había conocido en persona, y esta vez tampoco, ya que los separa en su entrevista un visillo, se dice que su deteriorada presencia no le permite ser observado.

A veces nos sorprenden dilemas inexplicables y hay que convivir con ellos, asevera para continuar, estoy viejo y me dedico a pagar deudas, y ríe con poco entusiasmo. Papa Font era un ser humano diferente, le debo bastante de lo que conseguí. ¡Claro que con su ejemplo! Mi mística es la de mis hombres. Hábil médico sin estudiar medicina; brillante combatiente sin ser soldado; filósofo de primera sin haber estado en la facultad. El don está en la verdad. Pere Font supone oír dron, pero rectifica, seguro que es el don. En el sentimiento de amor. ¿Y tú, qué tal estás?, le pregunta. Un poco perdido, maestro. Prueba a ser bueno, como Papa Font. No digo que no lo seas, ¡más bueno! Con toda tu trayectoria y no tienes escrita una autobiografía. Ya..., balbucea Font. ¡Chico, que sea de verdad! Hazlo por Papa Font, que te quería, y además por Luria. Aquí sería un éxito formidable y no te digo en Europa.

Se desvela reviviendo su encuentro con el líder. Tan sencillo y tan directo. Posiblemente llevaba razón, le vendría bien estar entretenido. No, tampoco es eso, esa no debe ser la finalidad. Sí, la búsqueda de la verdad. Y si es esquiva. Perseguirla. Y si es amarga. Enfrentarla. Por la mañana monta su estudio improvisado bajo una sombrilla al lado de la piscina, anotó varios temas que podían ser de interés, pero al final, y tras unos cuantos zumos de las frutas más diversas, lo deja por inviable. A media mañana le llega un sobre urgente del Ministerio de Cultura. Contiene la autobiografía de Alexander Luria: Mirando hacia atrás. La había leído un sinnúmero de años atrás y se puso a ojearla. Si bien promete un estilo lírico, la siente de una densidad considerable. No se encuentra con fuerzas para transcribir algo de aproximado tono. Cientos de artículos científicos de su autoría, citándose cada pocos segundos en las mejores revistas internacionales y libros científicos por todo el mundo, y no podía articular sus memorias. En la fase que el calor llega a su tope a todos los papagayos de la residencia les da por chillar a la vez. Sale sin un itinerario establecido, callejea un par de horas hasta que estima haber llegado al barrio de su infancia. Una vez allí encuentra a un sujeto que vende granizados en una carretilla destartalada, le cuesta, pero le convence para que se dirija con él al campito donde jugaba de niño, y en la actualidad otros delgaduchos. Para algarabía de todos los críos los invita a una ración de hielo molido con sabor a fresa a cada uno, de tamaño gigante... A ninguno le interesa cruzar ni media palabra con él. Le creerán un chalado. Es el inicio de su biografía. Un acto cierto. ¡Verdadero!