Como colmenas
Había quedado con Martino al lado de su casa, en el barrio del Pilar, situada en el área de las colmenas construidas por Franco para aceptar el ensueño de la paz. Le vio muy adelgazado y demacrado, y simuló no notárselo. De ánimo fatal, contaba que le habían pautado unos comprimidos para la depresión y Font asintió con semblante de entendido. No quería contestar el teléfono, con él se reunía por solidaridad de toda una vida compartida en la facultad.
¿Quién hace mi trabajo? Nadie, ¿verdad? Ya sabes que yo me apaño aceptablemente con el metro, aseveró. Además, así no admiten a ninguno hasta que te incorpores. Le lanzó Martino una mirada extraña, forjada solamente a base de ojos desnudos, sin músculos, ni piel, ni pelo. Agradeció que no llorase, aunque no supo si le restarían lágrimas o las pudiese generar.
Todos sus juguetes ya estaban rotos. Cuenta que los espejismos ajenos debe soportarlos el enfermo, que, aunque ahora se quede dormido viendo los partidos de fútbol, los demás se creen que es su más grande, grandísimo sueño, devenir campeones de Europa, por delante de ya se sabe el qué... La mañana posterior de un encuentro con victoria amanece lleno de moratones de los profundos abrazos dedicados por los compañeros; según se ve en su fuerza, ellos disfrutarán del calor terrenal todavía más años que él.
Encorvado en el banco en el que se habían sentado exclamó terminante: ¡La suerte está echada! Sacó de la chistera ofrecimientos que los otros le hicieron en su afán de congraciarse y transmitirle el último y mejor estilo de ser felices, ¿una barbacoa? ¡Para que suba de peso, Font!, sugiriendo que la sola voluntad hiciese el milagro. No hay posibilidades ya de recuperar el peso perdido. Si hasta su tono de voz era distinto...
Desarrollaba paseos simbólicos por el barrio, al final de los cuales sabían de su enfermedad incluso los extraños, aquellos que se cruzaban con él solo por un instante. Su cuerpo lo grita: Está en las últimas. Buscaba a muy pocos individuos, verdaderos amigos, y, desde luego, a la familia. Idéntico al animal herido que vuelve a la querencia.
Un día que proyectó poder con todo, subido por algún medicamentucho, se alejó demasiado escrutando un viejo paseo secreto, tuvo que sentarse en un banco y llamar para que le recogieran. Le faltó la firmeza. En la espera se le cruzaron ideas dispares, ni una ingenua.
Y la inigualable ilusión tras la quimioterapia... No le afectaba a las defensas y podían seguir administrándosela. Alegría efímera continuamente disentida por el maldito espejo. Diarreas y más diarreas, no infecciosas, tóxicas, por la quimioterapia, le aseguraban... Bueno, al menos se le puede achacar a ello el enflaquecimiento.
En el tanatorio, todos se hallaban muy afectados. Desconcertante: gente que en vida de Martino fue enemiga acérrima lloraba desconsolada. Él supo vender amor para todos, o todos se figuraron ver algo que no existía. Y así lo legitimaron en los borbotones de lágrimas. O mintió a todos, y eso semeja al oír las últimas versiones discordantes alrededor de sus vivencias. Al parecer a uno le insinuó que aquel era cargante y a otro lo opuesto. ¿Le terminó afectando el cáncer la azotea? Todos desconsolados, y, si dudan del amor al finado por las discrepancias en el arduo juego de las alianzas finales, no hay como ir a verlo inmóvil, sin duda inocente, y romper a gimotear.
Otro relato que oye en el tanatorio le trastorna: Enfermar de un melanoma interno. Sin culpa alguna, sin exposición excesiva al sol ni nada que se le parezca.