I
¿Es cierto que el café salva vidas?
A menudo empiezo mis conferencias dirigiéndome al público y pidiendo que levanten la mano aquellos que se tomen al menos dos tazas de café al día. Por lo general casi todos levantan la mano. A continuación les pregunto cuántos de ellos beben al menos cuatro tazas, y se levantan menos manos. Por último pregunto cuántos toman de media seis o más tazas. Esta pregunta siempre se recibe con algunas risitas nerviosas y unas pocas manos levantadas. Entonces es cuando sorprendo al público diciéndoles: «¡Bien hecho! Están haciendo un favor a su hígado».
Esto, dicho por mí, un nefrólogo, es toda una alabanza.
En el pasado beber demasiado café se asociaba a una variedad de problemas de salud incluidos ataques al corazón, defectos de nacimiento, cáncer de páncreas, osteoporosis y abortos. Sabemos que el café puede causar insomnio, temblores, palpitaciones y que tiene efectos diuréticos. Pero pruebas recientes indican que, lejos de ser peligroso, el café ofrece beneficios sustanciales para la salud, incluida la protección frente enfermedades cardiacas, diabetes tipo II, cirrosis, enfermedad de Parkinson, caries, cáncer de colon e incluso las tendencias suicidas. Es sabido que alivia el asma, aumenta la capacidad de resistencia y de concentración —algunos jugadores de béisbol de primera división beben hasta seis tazas de café al día— y mejora la absorción de medicamentos. Puede usarse para tratar los dolores de cabeza; de hecho, algunos analgésicos que se venden sin receta contienen tanta cafeína por comprimido como una taza grande de café. Lo que resulta más sorprendente es que muy pocas personas son conscientes de los beneficios del café.
Dice la leyenda que alrededor del año 1000 d.C. el pastor Kaldi de la provincia de Kaffa, en Etiopía, notó que las ovejas de uno de los pastos estaban más activas que las del resto del rebaño. La razón de ello, decidió, eran las extrañas «cerezas» que se estaban comiendo. Probó una de ellas y sintió sus efectos energizantes. Pronto los monjes de la localidad empezaron a consumir esta fruta para poder mantenerse despiertos toda la noche. Con el tiempo el café se exportó a Yemen y el primer café del que se tiene noticia abrió sus puertas en Estambul en 1471. Al principio los líderes religiosos conservadores de Oriente Próximo lo prohibieron por sus propiedades estimulantes, pero con el tiempo su consumo se extendió por Europa y el café se convirtió en una bebida popular y muy rentable. Para 1675 había en Inglaterra más de tres mil cafés.
Los beneficios del café para la salud se han debatido durante siglos. Al café se le ha culpado de todo, desde la infertilidad a incitar a la rebelión. En 1674, por ejemplo, las mujeres inglesas se lamentaban de que esta «agua sucia nauseabunda... ha convertido a nuestros maridos en eunucos... Se han vuelto del todo impotentes».
Pero aunque mucha gente cree todavía que el café es peligroso, numerosos estudios indican que consumirlo otorga una protección considerable frente a distintas enfermedades graves y, lo que resulta aún más asombroso, que las personas deberían beber más café, y no menos.
Mientras que la mayoría de los estudios médicos comienzan con una premisa específica que debe ser probada, los análisis estadísticos o la información recopilada sin un objetivo específico pueden arrojar considerable información. Una de las mayores recopilaciones estadísticas de este tipo es la del Kaiser Permanente Medical Care Program. Este programa se diseñó durante la Segunda Guerra Mundial como una modalidad de seguro médico prepago para los empleados de los astilleros Kaiser y aumentó su cobertura después de la guerra. En la década de 1960, según el cardiólogo Arthur Klatsky, miembro de la división de investigación de la compañía, ésta «puso en marcha un programa para determinar qué pruebas (médicas) merecía la pena hacer y cuáles no. Se trataba básicamente de una búsqueda de nuevas formas de predicción de futuras enfermedades a partir del estudio de comportamientos pasados. Crearon una base de datos informatizada y llevaron a cabo lo que llamaron un chequeo médico multifásico. El hecho de que se hiciera empleando ordenadores, aunque rudimentarios, posibilitó encontrar coincidencias para una gran variedad de factores de riesgo. Tras contar todas las mediciones se llegó a un resultado de cerca de quinientos factores, algunos de los cuales podían considerarse predisponentes de ataques al corazón. Una de las cosas que descubrimos es que la abstinencia del alcohol predisponía a un mayor riesgo de sufrir ataques al corazón que el consumo ligero o moderado. Esto no era una hipótesis previa al estudio y condujo a nuevas investigaciones sobre la relación entre alcohol y salud, en su mayor parte realizadas por mí. Recaudé dinero para crear una nueva base de datos que abarcaba desde 1978 hasta 1985 y que estaba formada por cerca de ciento treinta mil individuos de distintas razas. Empleamos esta base de datos para observar otros sucesos médicos, como por ejemplo, la muerte por una causa específica, como enfermedad cardiaca o cáncer. El estudio sobre alcohol y ataques al corazón lo publicamos en 1974».
El estudio del doctor Klatsky, publicado por primera vez en 1992 y actualizado en 2006, también informaba de una relación inversa entre consumo de café y cirrosis hepática. El café rebajaba los niveles de enzimas hepáticas en sangre; sorprendentemente, encontró que cuánto más café bebía la gente, menos probabilidades tenía de contraer cirrosis. Cada taza diaria suponía una reducción del riesgo del 20 por ciento. Por ejemplo, los bebedores de alcohol podían reducir sus probabilidades de enfermar de cirrosis en un 80 por ciento tomando cuatro tazas de café al día.
La razón de esto se desconoce. «La epidemiología no determina mecanismos», explicó el doctor Klatsky. «Sólo asociaciones. Me sorprendió la fuerza de la protección aparente. Una reducción del riesgo de un 60, 70, 80 por ciento es muy importante. Y eso es lo que nos encontramos al estudiar la relación entre alto consumo de café y las probabilidades de contraer cirrosis. Es muy importante mencionar que se trata de una protección únicamente frente a la cirrosis derivada del consumo de alcohol, no la causada por una infección viral».
«Ojalá supiéramos más», continúa Klatsky. «Ojalá supiéramos qué clase de café bebe la gente, si lo toman con leche o azúcar, si lo filtran; si se trata de café descafeinado o normal, pero todo lo que sabemos es el número de tazas que beben al día. Hicimos una submuestra de alrededor de diez mil individuos que consumen mucho café, por lo general cuatro o más tazas al día, y en su mayoría lo tomaban con cafeína».
En cuanto a él, el doctor Klatsky admite que bebe dos tazas de café por la mañana y en ocasiones otra a mediodía, porque más le desvela. «Tres es mi tope», dice.
Los curiosos beneficios del café reflejados en este estudio pueden aplicarse posiblemente a otras enfermedades que afectan al hígado. En agosto de 2007 la revista Hepatology informó de que diez estudios diferentes realizados en Europa y Japón demostraban que los individuos que toman café tienen un riesgo considerablemente menor de desarrollar cáncer de hígado. Los estudios se habían hecho con unas doscientas cuarenta mil personas, incluidas dos mil doscientas sesenta que ya tenían cáncer de hígado, y demostraban que aquellas que tomaban al menos varias tazas de café al día tenían menos de la mitad de probabilidades de tener cáncer de hígado que las que no bebían café; las probabilidades se reducían en un 23 por ciento con cada taza. Al igual que en el estudio del doctor Klatsky, no se hizo intento alguno por determinar la razón de esta disminución del riesgo; ésa es tarea de científicos en un laboratorio, aunque existen hipótesis según las cuales el café fortalece las enzimas hepáticas.
Según mi experiencia —y esto es una prueba anecdótica— el café reduce las enzimas hepáticas (algo bastante deseable), previene la fibrosis hepática, reduce el índice de hospitalización por enfermedad hepática crónica y el riesgo de desarrollar cáncer de hígado con el tiempo. Sabemos que el café es insulinosensibilizador: hay personas cuyo páncreas produce suficiente insulina pero, por alguna razón, ésta no tiene los efectos deseados. El café sensibiliza las células a la insulina de forma que dichos efectos se produzcan. Otro estudio reciente del Beth Israel Deaconess Medical Center del Harvard School of Public Health mostraba que los bebedores de café tienen niveles altos de adiponectina plasmática y eso es importante, porque niveles bajos de esta hormona se han vinculado con cáncer hepático agresivo. Por último, se ha demostrado que beber cuatro tazas de café al día reduce la incidencia de gota hasta en un 50 por ciento.
Este efecto del café en la insulina puede tener otro beneficio importante. Aunque los estudios previos no han logrado encontrar un vínculo entre la ingesta de café y el cáncer de próstata, un estudio financiado por el National Institutes of Health publicado en 2009 realizó un seguimiento de cincuenta mil varones durante dos décadas y encontró que los que bebían seis o más tazas de café al día reducían sus probabilidades de sufrir cáncer avanzado de próstata en un 60 por ciento; los que bebían cuatro o cinco tazas lo hacían en un 25 por ciento, y los que bebían tres tazas o menos tenían una reducción del riesgo solo del 20 por ciento.
Aunque las razones de esto no se conocen aún, una de las autoras del estudio, Kathryn Wilson, sugería: «El café afecta la metabolización de insulina y glucosa así como a los niveles de hormonas sexuales, todos los cuales influyen en el cáncer de próstata».
Si éstos fueran los únicos efectos del café ya serían notables, pero cada vez hay más indicios de que posee beneficios añadidos. Nadie puede patentar el café, ni siquiera Starbucks, de modo que los estudios sobre sus efectos han de realizarlos grandes instituciones que trabajen por el interés público. Investigadores del Harvard School for Public Health y del Brigham and Women’s Hospital realizaron su propio estudio con ciento veinticinco mil individuos entre 1980 y 1998 y encontraron un nuevo e importante beneficio del café: las personas que lo consumen de forma regular pueden reducir significativamente su riesgo de contraer diabetes tipo II o del adulto. Los resultados fueron impresionantes: los varones que bebían seis o más tazas de café al día reducían sus probabilidades de padecer esta grave enfermedad en más del 50 por ciento; las mujeres que ingerían la misma cantidad lo hacían en casi un 30 por ciento.
Estos descubrimientos se confirmaron con un metaanálisis conducido en la Universidad de Sidney, Australia. Un equipo de investigadores internacionales examinó dieciocho estudios en los que habían participado más de cuatrocientos cincuenta mil individuos y encontró que: «Cada taza adicional de café consumida al día se asociaba a una reducción de 7 por ciento del exceso de riesgo de diabetes».
En ambos estudios lo que importaba era la cantidad. En el mundo del café, la calidad está en la taza del que lo bebe. Se dice que el filósofo Voltaire tomaba hasta cincuenta tacitas de café al día, y murió en 1778, a los 83 años. Aunque éste se antoja un ejemplo un tanto extremo, en el estudio de Harvard aquellos individuos que consumían menos de cuatro tazas de café de tamaño mediano al día reducían su riesgo de contraer diabetes tipo II sólo entre un 2 y un 7 por ciento. Pero los adultos que consumían generalmente cuatro o cinco tazas reducían sus probabilidades en un 30 por ciento. ¿Y qué ocurría con quienes bebían seis o más tazas? Pues que el riesgo descendía hasta un 50 por ciento. Cosa extraña, el estudio demostraba que las mujeres no se beneficiaban de beber cinco o más tazas de café al día. Al igual que el estudio australiano, el de Harvard examinaba la diferencia entre ingerir café descafeinado o normal y encontraba que los hombres que bebían cuatro o más tazas diarias de descafeinado reducían sus probabilidades de padecer diabetes en un 25 por ciento y las mujeres en un 15, de manera que los beneficios eran independientes del tipo de café que se ingiere, siempre que se haga en grandes cantidades.
El vínculo se confirmó con un estudio de once de años de duración, iniciado en 1986 en la Universidad de Minnesota y que examinaba la relación entre café y diabetes en mujeres posmenopáusicas. Las que ingerían seis o más tazas al día tenían un 22 por ciento menos de probabilidades de ser diabéticas que las que no tomaban café. Sorprendentemente, en especial para aquellas personas que creen que las propiedades medicinales del café se derivan de su contenido en cafeína, las mujeres que bebían seis o más tazas de descafeinado reducían sus probabilidades en un 33 por ciento. La explicación actual de por qué se produce una diferencia consistente en los beneficios de la alta ingesta de café en hombres y mujeres es que las hormonas femeninas o, más a menudo, las terapias hormonales en mujeres posmenopáusicas mitigan los efectos de esta bebida.
Otro análisis, éste realizado en Harvard en colaboración con la Universidad Autónoma de Madrid, investigó el vínculo entre café e infartos en mujeres. Puesto que el café estimula el corazón, se ha supuesto que ingerirlo en altas dosis puede causar problemas cardiacos. De hecho, este estudio demostraba exactamente lo contrario. Empleando datos del Nurses’ Health Study, en el que ochenta y tres mil mujeres completaron de forma periódica cuestionarios sobre su dieta —incluido el consumo de café— durante veinticuatro años, los investigadores comprobaron que las mujeres que bebían dos o más tazas de café al día reducían sus probabilidades de tener un infarto en un 19 por ciento, y que el riesgo disminuía cuánto más café consumían. Las mujeres que no eran fumadoras se beneficiaban todavía más de la ingesta de café: ¡las que bebían cuatro o más tazas al día tenían hasta un 43 por ciento de probabilidades menos! Este nivel de reducción de riesgo está a la altura de algunos de los fármacos más vendidos del mundo en términos de efectividad.
Aunque las razones de que esto ocurra se desconocen, hay una serie de datos asociados que son interesantes. Resulta que los beneficios del café no se daban en té o en refrescos con cafeína, y en cambio las personas que bebían al menos dos tazas de café descafeinado al día sí mostraban un riesgo menor de sufrir un infarto. Según la epidemióloga Esther López García, una de las responsables del estudio: «Este descubrimiento apoya la hipótesis de que los beneficios del café en la incidencia de infarto provienen no de la cafeína, sino de otros de sus componentes». Esto es importante. El café, como el vino, tiene cientos de componentes químicos; por lo que sería ingenuo pensar que uno de ellos tiene propiedades mágicas. Los investigadores del estudio sobre la diabetes de la Universidad de Sidney llegaron a la misma conclusión, apuntando que: «Nuestros estudios sugieren que es poco probable que los efectos preventivos del café [...] se deban a la acción de la cafeína, sino que, tal como se ha propuesto anteriormente, tengan que ver con la acción conjunta de muchos de los componentes químicos presentes en estas bebidas, tales como el magnesio, los lignanos o los ácidos clorogénicos».
Un estudio complementario al Nurses’ Health Study, publicado en el Journal of Internal Medicine en 2008, siguió a más de cuarenta mil varones profesionales de la salud durante dieciocho años y concluyó que los que bebían más de cinco tazas de café al día tenían un 44 por ciento menos de riesgo de morir de una enfermedad cardiaca. De hecho, los hombres que bebían más de cinco tazas de café al día tenían un 35 por ciento menos de probabilidades de morir de cualquier causa, mientras que las mujeres que ingerían entre cuatro o cinco tazas reducían su riesgo de mortalidad en un 26 por ciento.
Según un estudio suizo, esa reducción del riesgo se aprecia incluso en personas que han sufrido ya ataques al corazón. El Stockholm Heart Epidemiology Program reclutó a más de mil trescientos hombres y mujeres que habían tenido infartos entre 1992 y 1994. Ocho años después aquellos pacientes que consumían entre una y tres tazas de café al día habían reducido sus probabilidades de morir de un infarto en casi un 50 por ciento.
Aunque es algo comúnmente aceptado que las personas con arritmia deben evitar el café, otro estudio a largo plazo del Kaiser Permanente publicado en marzo de 2010 concluía exactamente lo contrario. Los individuos que bebían al menos cuatro tazas al día tenían una quinta parte de probabilidades de ser ingresados en el hospital por arritmia de los que no tomaban café. El doctor Klatsky y sus colegas analizaron datos procedentes de más de ciento treinta mil personas a lo largo de siete años y encontraron que la reducción del riesgo se hacía extensiva a varios tipos de arritmia. El doctor Klatsky admitía: «Este estudio va a sorprender a la gente. Se da por hecho que el café puede causar palpitaciones y alterar el ritmo cardiaco. Creo sin embargo, que lo que la mayoría cree no siempre es cierto, y los datos que estaban disponibles antes de este estudio no apoyan la teoría de que beber café en cantidades razonables provoque arritmia».
El doctor Klatsky también apuntó que «no vamos a recomendar a la gente que beba café para prevenir arritmias, pero aquellas personas que tomen café con moderación pueden estar seguras de que no están aumentando su riesgo de padecer problemas cardiacos»
Y los beneficios de beber mucho café pueden no limitarse a los ya sugeridos. Tanto el estudio Kaiser Permanente y el Nurses’ Health indicaban que los grandes consumidores de café tienen menos tendencia al suicidio y que los hombres —no las mujeres— presentaban un riesgo menor de contraer la enfermedad de Parkinson. En 2000 el Journal of the American Medical Association informó de que un estudio financiado con fondos federales realizado con ocho mil varones hawaianos revelaba que aquellos que no bebían café tenían el doble de riesgo de enfermar de párkinson que los que bebían entre treinta mililitros y cuatro tazas de café al día. Aunque estos vínculos no son tan significativos desde el punto de vista estadístico como los observados con la cirrosis o la diabetes, sí merecen ser tenidos en cuenta. Una vez más, nadie conoce con exactitud a qué se debe la relación, pero sí sabemos que en los pacientes de párkinson las células que producen dopamina química han dejado de funcionar y que la cafeína aumenta la producción de dopamina en el cerebro.
Cada año trabajo durante cuatro semanas en el servicio de Hepatología del Beth Israel Deaconess Medical Center, un centro docente afiliado al Harvard Medical School. En los últimos años he pedido a todos los estudiantes, residentes y colegas del servicio que preguntaran a todos sus pacientes cuánto café beben. Y por lo que he oído, ninguno de los pacientes con enfermedades hepáticas graves toma café. Es extraordinario cuán consistente es este vínculo. Hasta que un año, en mi último día de trabajo, un residente se me acercó sonriendo y me dijo:
—Doctor Chopra, por fin tengo un paciente que toma café.
—Háblame de él —le dije.
—Es un paciente ingresado por celulitis. Todos los días se toma cuatro cafés con cafeína.
Cuando le hice mi propia historia, le pregunté al paciente:
—Por favor, dígame si toma té o café.
—No bebo té —me respondió—. Pero me encanta el café.
Le pregunté si lo tomaba normal o descafeinado.
—Normal —me dijo.
Entonces quise saber cuántas tazas bebía al día.
—Cuatro —fue su respuesta.
—¿De qué tamaño?
—El normal.
Entonces le hice una última pregunta:
—¿Desde cuándo toma café?
Me respondió, como si fuera lo más natural del mundo:
—Desde mi trasplante de hígado.
Era complicado entonces que el café lo hubiera ayudado a prevenir la enfermedad. Entonces le pregunté:
—¿Le aconsejó alguien que tomara café después de que le hicieran el trasplante?
Negó con la cabeza.
—No. Pero después del trasplante empezó a apetecerme tomar café, de repente.
Personalmente me encanta el café y tomo unas cinco tazas al día. Por lo general con leche desnatada o solo, pero sin edulcorar. En una ocasión me pidieron que comparara los beneficios de tomar café con los de hacer ejercicio en pacientes con diabetes tipo II. Después de pensarlo un momento dije:
—Ambas cosas son beneficiosas, ¡así que mi consejo es ir corriendo al Starbucks más cercano!
Pero antes de hacerlo y empezar a tomar café como locos, por favor recuerden que éste también tiene efectos negativos en algunas personas. Puede causar insomnio. Puede ser peligroso en personas con arritmia. Puede agravar la acidez de estómago y causar síntomas de colon irritable. Y algunos estudios han demostrado que aumenta el riesgo de aborto en mujeres embarazadas. Pero si puede usted tomar una cantidad considerable de café sin experimentar efectos secundarios, hay unos cuantos estudios serios que indican que puede servirle de protección frente a varias enfermedades de gravedad. Si tiene la intención de empezar a consumirlo, hágalo poco a poco, tómese primero media taza. Si no hay problema, entonces suba a una taza. Y si esto tampoco le sienta mal entonces, adelante, suba la dosis.
El consejo del doctor Chopra
Si es usted como la mayoría de las personas, el café puede resultarle muy beneficioso. Y tomado en mayores cantidades, más beneficioso todavía. Se ha demostrado que el café reduce la incidencia de varias enfermedades graves. Así que, si su organismo lo tolera bien, disfrute de esas tazas extra.