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¿Previene el cáncer la aspirina?
Pocos ensayos clínicos han tenido tanto impacto en la sociedad como el legendario Physicians’ Health Story, que comenzó en 1980. Se trataba de un estudio nacional aleatorio, de doble ciego y controlado por placebo que tenía por objeto determinar si tomar un aspirina al día podía reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares. Mucho antes de que los ordenadores estuvieran por todas partes, fue el primer estudio realizado enteramente por correo y en el que veintidós mil setenta y un médicos varones fueron distribuidos en cuatro categorías. La mitad de ellos debía tomar una dosis de trescientos veinticinco miligramos de aspirina un día sí y otro no. Todos los participantes respondían a un formulario cada seis meses. Los resultados fueron tan sorprendentes que el estudio se interrumpió varios años antes de lo previsto y en 1988 la FDA aprobó el uso de la aspirina en la prevención de ataques al corazón. Tal y como informaba en 1989 el New England Journal of Medicine, este estudio demostraba que la aspirina reducía el riesgo de sufrir un primer infarto en un 44 por ciento. El número de muertes o de infartos era demasiado pequeño como para juzgar de forma adecuada los efectos de la aspirina, y lo que se hizo fue recomendar a los varones con riesgo de enfermedad cardiaca que tomaran una aspirina al día.
De hecho, el doctor Randall Terry, director de Salud Cardiovascular de la clínica Mayo, lo expone así: «La gente se pregunta “¿Corro el riesgo de sufrir un infarto?”. Si tienes más de 45 años y eres varón, o si tienes más de 55 y eres mujer, la respuesta es que probablemente sí, y lo más seguro es que tomar una aspirina al día lo ayude». En el número de marzo de 2009 de Annals of Internal Medicine, la U.S. Preventive Task Force (Unidad de Servicios Preventivos de Estados Unidos) hacía la misma recomendación, afirmando que se pueden obtener los mismos beneficios tomando una aspirina infantil o la dosis equivalente, pues no existen pruebas de que la dosis suponga diferencia alguna. De hecho, estudios posteriores han confirmado que la aspirina infantil y la de adultos tienen los mismos efectos preventivos frente a enfermedades cardiovasculares.
Tal y como señala el doctor Terry, no hay consenso sobre si las mujeres se benefician igual que los hombres de la aspirina. Las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la primera causa de muerte en mujeres y aparentemente la aspirina desempeña un papel preventivo. Un estudio realizado en 2005 llamado American Family Physician con casi cuarenta mil mujeres mayores de 45 años o sin historial de enfermedad cardiaca a quienes se hizo un seguimiento de diez años concluyó que la aspirina reducía el riesgo de infarto o de amago de infarto en las mujeres, pero no parecía reducir el de un ataque al corazón o de muerte por dolencia cardiaca. Un metaanálisis realizado en 2009 que incluía a doscientos treinta y cinco mil participantes no mostró diferencias significativas en la respuesta en hombres y en mujeres. Y un análisis reciente de seis estudios clínicos de gran escala y varios metaanálisis «sugiere que no hay diferencias en la respuesta a la aspirina en hombres y en mujeres» y que la aspirina reduce el riesgo de ataque al corazón en mujeres en la misma proporción —entre un cuarto y un tercio— que en hombres.
En febrero de 2009 el Journal of the American Asocciation publicó: «Cien miligramos de aspirina al día en días alternos reduce ligeramente el riesgo de infarto en mujeres». Eso es todo.
Es imposible determinar cuántas vidas han salvado estos estudios, pero cuando se hicieron nadie sabía que aquello era sólo el principio de la historia de la aspirina. Se han invertido miles de millones de dólares en buscar la droga milagrosa capaz de prevenir o reducir la mortalidad de infartos y ataques al corazón, y al final resultó que llevaba más de un siglo en el botiquín. Pero hasta que los investigadores no empezaron a interpretar las cifras recopiladas en ensayos clínicos realizados en todo el mundo, no se empezó a apreciar el verdadero poder de la aspirina.
Por desgracia muchas personas que podrían beneficiarse de la protección que ofrece la aspirina no la toman. Es realmente una tragedia que gastemos millones de dólares en busca de un fármaco que prevenga las enfermedades cardiacas, cuando de hecho, muchas familias lo tienen ya en casa.
La aspirina es probablemente el medicamento de uso continuado más antiguo de la historia. Ya en el año 1500 a.C. los egipcios empleaban hojas secas de arrayán para aliviar el dolor. Hacia el 400 a.C. Hipócrates, padre de la medicina moderna, reparó en que el polvo obtenido de machacar la corteza y las hojas de sauce podía emplearse para aliviar dolores de cabeza, fiebres y otras dolencias comunes. Para 1838 científicos de Europa habían logrado aislar el ingrediente activo de la corteza de sauce y convertirlo químicamente en una sustancia llamada ácido salicílico, que se encontraba también en las hojas de arrayán de los egipcios. Para hacerlo más suave al estómago, el ácido salicílico se modificó químicamente, dando lugar al ácido acetilsalicílico. En 1899 un químico alemán empleado por Bayer llamado Felix Hoffmann se lo dio a su padre en un intento por aliviar el dolor que le producía su artritis. Cuando el remedió funcionó, Hoffmann convenció a Bayer de que lo patentara y comercializara. Se le llamó aspirina: la «a» por acetil, spir por la planta Spiraea ulmaria, de la que se obtiene el ácido salicílico y el «ina» porque era un sufijo común en medicamentos. Pronto se convirtió en el fármaco más vendido del mundo.
Estoy firmemente convencido de que todos los lectores de este libro deberían llevar una aspirina encima en todo momento. Lo digo en serio. Deberían tenerla en casa, en el trabajo, en el coche y en la bolsa de golf, si es que juegan. A finales de 2008, por ejemplo, una amiga mía de 70 años, radióloga en un centro médico, experimentó de repente un fuerte dolor en el pecho. Llamó a su marido, patólogo, y le dijo: «Dame una aspirina y llama a una ambulancia». De inmediato se tomó dos aspirinas infantiles, la llevaron en ambulancia al hospital y tres horas después fue operada. Es casi seguro que la aspirina le salvó la vida. Yo siempre llevo una encima. Siempre. Si nos duele el pecho y nos tomamos una aspirina no nos hará daño; si se trata de un problema sin importancia la aspirina no nos perjudicará, pero si se trata de un ataque al corazón y hay un coágulo formándose y estrechando una arteria coronaria, entonces la aspirina ayudará a diluirlo y puede salvarnos la vida.
Durante casi cien años la aspirina fue el analgésico de venta sin receta más seguro, pero hasta la publicación del Physicians’ Health Study los científicos no empezaron considerar que podía salvar la vida de las personas. Los datos de dicho estudio fueron más tarde analizados para determinar con certeza el papel que la aspirina desempeñaba en otras enfermedades, en especial a la hora de reducir la incidencia de cáncer de colon y esófago. De hecho, de estos resultados han salido más de ciento setenta descubrimientos nuevos y muchos de ellos han conducido a nuevos estudios de seguimiento, los cuales a su vez han desembocado en titulares del tipo: «¿Puede la aspirina reducir el riesgo de cáncer?», «La aspirina combate cinco clases de cáncer», «¿Es la modesta aspirina el fármaco milagroso del siglo XXI?».
¿Están justificados estos titulares? ¿Hasta qué punto es la aspirina una herramienta potente contra el cáncer? La respuesta es que no tenemos una respuesta completa. La aspirina ya no es una patente protegida, lo que quiere decir que es de dominio público, de manera que cualquier corporación puede fabricarla, comercializarla y obtener beneficios. En la industria farmacéutica la competencia es dura, así que sin la motivación económica ninguna compañía privada está dispuesta a invertir millones de dólares necesarios para llevar a cabo los costosos ensayos clínicos que podrían determinar de una vez por todas la capacidad de la aspirina para combatir el cáncer. Pero no es sólo el dinero lo que ha impedido la realización de estos ensayos clínicos. La aspirina tomada de forma regular puede afectar seriamente al estómago, puede irritar la mucosa gástrica y puede causar úlcera y hemorragia interna, lo que limita la cantidad de ensayos clínicos que se pueden hacer con ella. Así que casi todas las pruebas que indican que la aspirina puede reducir el riesgo de varias clases de cáncer provienen de estudios epidemiológicos antes que de ensayos clínicos. Los gobiernos y el mundo académico son quienes en su mayoría han patrocinado los estudios que han revelado algunas propiedades extraordinarias —y poco divulgadas— de la aspirina en la prevención de enfermedades.
Incluso aquellos médicos en Estados Unidos familiarizados con estos estudios se han mostrado reacios a recetar aspirina a sus pacientes simplemente como medida preventiva contra el cáncer —a pesar de las pruebas que lo recomiendan— porque no se trata de un tratamiento aprobado por el gobierno federal. Además, existe el riesgo de que sean demandados si uno de sus pacientes experimenta una reacción adversa y sencillamente los médicos no tienen manera de demostrar los beneficios de la aspirina. ¿Cómo puede un médico probar que su paciente no enfermó de cáncer porque le estaba recetando aspirina?
Como muchos estudios epidemiológicos, el British Doctors’ Aspirine Trial, que incluía a cinco mil ciento treinta y nueve médicos, y otro estudio similar también británico con dos mil cuatrocientos cuarenta y nueve participantes, se hicieron años antes de que nadie hubiera reparado en la relación entre aspirina y cáncer colorrectal. Aunque estos estudios se llevaron a cabo entre finales de la década de 1970 y principios de la de 1980, tuvieron que pasar más de diez años para que se reconocieran todas las propiedades beneficiosas de la aspirina. Tal y como informó la publicación médica británica The Lancet, en pacientes que habían tomado de forma regular trescientos miligramos o más de aspirina durante más de cinco años la incidencia de cáncer colorrectal se había reducido en un 37 por ciento y después de diez años en un 74 por ciento.
Otros estudios han obtenido resultados similares. Los pólipos en el colon a menudo desembocan en cáncer colorrectal. En principio los pólipos son crecimientos benignos pero que pueden aumentar de tamaño y volverse malignos, de modo que disminuir su número de pólipos reducirá directamente la incidencia de cáncer de colon y el número de muertes por éste. Son corrientes los ensayos en laboratorio mientras se conducen estudios de mayor envergadura. En 2004 ScienceWeek publicó que experimentos realizados en laboratorio con animales indicaban que los fármacos antiinflamatorios no esteroides (AINE) y la aspirina «han demostrado capacidad de frenar el crecimiento tumoral… Ensayos clínicos han demostrado de forma consistente el efecto beneficioso de la aspirina y otros AINE en la incidencia de adenomas colorrectales». Dos ensayos aleatorios financiados por el National Cancer Institute determinaban que tomar aspirina de forma regular durante sólo tres años reducía la aparición de pólipos entre un 19 y un 35 por ciento en pacientes con alto riesgo de cáncer colorrectal.
Es importante mencionar que la aspirina y los AINE o antiinflamatorios no esteroides —como el ibuprofeno o el naproxeno— funcionan aproximadamente de la misma forma, pero el analgésico acetaminofeno, comercializado generalmente como Tylenol, no está clasificado como un AINE y actúa de forma muy distinta. La principal diferencia es que no reduce la inflamación, de manera que las pruebas aquí citadas no son aplicables en su caso.
Las ventajas estadísticas de reducir el riesgo de cáncer variaban de forma significativa en función de la dosis. De hecho, el estudio aleatorio Women’s Health Study demostraba que el consumo a largo plazo de dosis bajas de aspirina —las que recomiendan para prevenir enfermedades coronarias— no parecen tener efecto alguno en el riesgo de cáncer. Y el Physicians’ Health Study también encontró que trescientos veinticinco miligramos de aspirina tomados en días alternos durante cinco años no tenían efecto alguno en la incidencia de cáncer colorrectal.
A la inversa, el Cancer Prevention Study, un estudio epidemiológico que siguió a casi setenta mil hombres y a setenta y seis mil mujeres, comprobó que tomar trescientos veinticinco miligramos de aspirina al día reducía estadísticamente la incidencia de cáncer de colon y de próstata en los hombres y ligeramente la de cáncer de mama en mujeres. The Lancet informó en mayo de 2007 de que investigadores de la Universidad de Oxford habían analizado un estudio realizado a finales de las década de 1970 y principios de la de 1980 en el que siete mil quinientos participantes habían recibido trescientos, quinientos, mil doscientos miligramos de aspirina al día o un placebo entre cinco y siete años y después se les había hecho un seguimiento durante dos décadas. Las conclusiones fueron que una dosis diaria de trescientos miligramos de aspirina reducía el riesgo de cáncer de colon en un 74 por ciento durante los diez-quince años siguientes de haberlas tomado.
Resulta que la aspirina no sólo reduce el riesgo de contraer cáncer de colon, también parece aumentar la tasa de supervivencia de los pacientes ya diagnosticados. El Journal of the American Medical Association informó en su número de agosto de 2009 que un estudio conducido en el Massachusetts General Hospital y el Harvard Medical School había llegado a la conclusión de que pacientes diagnosticados con cáncer colorrectal no extendido a otras partes del cuerpo que tomaban aspirina de forma regular después de concluido su tratamiento tenían un tercio menos de posibilidades de morir de la enfermedad. Este estudio, que siguió a mil doscientos setenta y nueve hombres y mujeres durante una media de doce años, llegó a la conclusión de que los pacientes que habían tomado aspirina diariamente de forma regular antes y después de haber sido diagnosticados tenían un tercio de probabilidades menos de morir, mientras que aquellos que empezaron a tomar aspirina después del diagnóstico reducían el riesgo de morir en un 50 por ciento. Uno de los autores del estudio, el doctor Andrew Chen, señaló: «Estos resultados sugieren que la aspirina puede influir en la biología de tumores colorrectales así como prevenir su aparición».
El problema es que no se han hecho suficientes estudios complementarios para determinar con exactitud qué dosis proporcionan la protección deseada contra qué tipos de cáncer. Así, aunque parece seguro que la aspirina es efectiva frente a determinadas clases de cáncer, no sabemos exactamente en qué dosis.
Por ejemplo, investigadores del Kaiser Permanente Medical Health Care Program examinaron la historia médica de noventa mil cien hombres y descubrieron que los que tomaban seis o más aspirinas al día reducían ligeramente sus probabilidades de contraer cáncer de próstata, aunque hay que añadir que no informaban sobre los efectos adversos de tomar tanta aspirina de forma diaria.
El de próstata es el cáncer más extendido en los hombres occidentales. El hecho de que la aspirina u otro antiinflamatorio no esteroide pueda prevenirlo ha sido demostrado en varios estudios. El National Cancer Institute informó en 2005 de que el consumo diario a largo plazo de aspirina u otros antiinflamatorios no esteroides daba como resultado una reducción modesta del riesgo de sufrir cáncer de próstata. Un estudio canadiense de cuatro mil ciento setenta y cinco hombres conducido en 2006 por el McGill University Health Centre llegó a conclusiones similares, a saber, que entre varones de 65 años o más el consumo frecuente de aspirina o AINE reducía el riesgo de cáncer de próstata.
Y aunque la aspirina no parece tener los mismos beneficios para la salud cardiovascular en las mujeres que en los hombres, hay indicios de que también puede reducir la incidencia de cáncer de mama. En Long Island, Nueva York, se identificaron una serie de áreas con una incidencia de cáncer inusualmente alta, lo que las convertía en emplazamientos idóneos para realizar estudios. Uno de los primeros estudios sobre cáncer de mama, el Long Island Breast Study Project, analizaba los casos de algo más de seiscientas pacientes en 1996 y 1997. Los investigadores encontraron que consumir aspirina de forma regular reducía el riesgo de cáncer de mama en un 20 por ciento y que las mujeres que tomaban al menos siete aspirinas a la semana lo reducían en un 28 por ciento. Otro analgésico de uso común, el ibuprofeno, obtenía efectos más débiles, y con el paracetamol no se observaba efecto alguno.
Por lo general los estudios de proporciones pequeñas arrojan información desconcertante y en teoría conducen a investigaciones de mayor escala, pero sólo si hay un patrocinador que los pague. Departamentos del National Institutes of Health estadounidense, que depende del gobierno federal, financian a menudo estudios con sustancias que son de dominio público, como la aspirina y los AINE. Así, en 2003, un estudio realizado con ochenta mil mujeres demostró que aquellas que tomaban antiinflamatorios no esteroides de forma regular reducían de forma significativa sus probabilidades de contraer cáncer de mama. Aunque estos resultados son esperanzadores, el problema de este estudio es que, examinado de cerca, se podía ver que no incluía grupo de control y que era retrospectivo, es decir, que se basaba en información que daban las mujeres a toro pasado. Así que, como parte del Women’s Health Study se realizó un estudio de doce años con más de treinta y nueve mil mujeres con fondos del National Heart, Lung and Blood Institute del NIH. En él la mitad de las participantes recibieron dosis bajas de aspirina y la otra, placebo. Los resultaron fueron decepcionantes, ya que los investigadores no encontraron pruebas de que dosis pequeñas de aspirina redujeran el riesgo de cáncer de mama o de ninguna otra clase.
Los distintos resultados de estos experimentos han desconcertado a los investigadores. Los efectos preventivos de la aspirina y los AINE parecen claros. A finales de 2008 el National Cancer Institute anunció que un metaanálisis a gran escala, que incluía a dos millones setecientas mil personas que habían participado en treinta y ocho estudios diferentes, había descubierto que las mujeres que tomaban aspirina de forma regular tenían un 13 por ciento menos de riesgo de padecer cáncer de mama que las del grupo de control que no tomaban aspirina. Pero a diferencia del estudio de Long Island, en este análisis las mujeres que tomaban ibuprofeno reducían su riesgo en un 21 por ciento. Las razones de estos resultados contradictorios eran, según los investigadores, que existen diferentes tipos de cáncer de mama y que los AINE parecen prevenir sólo aquéllos causados por determinadas enzimas.
Por confuso que esto pueda parecer ya, aún hay más. Un estudio italiano publicado en el British Journal of Cancer en 2003 informó de que los participantes que habían tomado aspirina de forma regular durante cinco años o más tenían dos tercios menos de probabilidades que un grupo de control que no la había tomado de desarrollar cáncer de boca, garganta y esófago, llevando al director del estudio a afirmar: «Ésta es la primera evidencia cuantitativa de que tomar aspirina puede reducir el riesgo de cáncer en lo que llamamos tracto aéreo digestivo, que conecta la boca con el estómago».
Las pruebas son abrumadoras: una cierta dosis de aspirina tomada con cierta frecuencia puede impedir la aparición de determinadas clases de cáncer. Entonces ¿por qué no se ha difundido más? ¿Por qué no hay más gente —aparte de los enfermos cardiacos— que toma aspirina diariamente?
Hay varias razones para ello. En primer lugar, no se ha realizado aún el ensayo clínico definitivo, de manera que muchos médicos desconocen estos beneficios potenciales de la aspirina. Y puesto que no disponemos de las pruebas que dicho ensayo podría ofrecer, no hay una plataforma pública desde la que defender el uso de la aspirina. Por último, en casos excepcionales, la aspirina puede tener efectos secundarios muy peligrosos. Éstos incluyen irritación gástrica severa, úlcera y acción anticoagulante que puede conducir a hemorragias en el tracto gastrointestinal. Y aunque excepcionales, son reales, de manera que nadie debería empezar a tomar aspirina sin consultarlo antes con un médico. Así pues, aunque la aspirina pueda ser de utilidad en la prevención de cáncer de colon, por ejemplo, los chequeos periódicos para vigilar la aparición de posibles pólipos pueden ser igualmente efectivos en pacientes de riesgo. De hecho, la American Cancer Society ha establecido que «el consumo de aspirina en cualquier dosis en prevención del cáncer no es recomendable [...] debido a los posibles efectos secundarios».
La aspirina es de verdad un fármaco milagroso. Pero si su valor analgésico está fuera de duda, parece obvio que encierra más beneficios, muchos de los cuales requieren de nuevos estudios. Así que aunque la mayoría de los médicos son conscientes de que la aspirina puede reducir la incidencia de determinados tipos de cáncer, sabedores de los peligros que encierra su consumo, son reacios a aconsejarla a sus pacientes en dosis diarias.
El consejo del doctor Chopra
Está comprobado que la aspirina reduce nuestras probabilidades de sufrir un infarto o un ataque al corazón, y hay pruebas sustanciales de que la aspirina y los AINE pueden reducir la incidencia de algunos tipo de cáncer en ciertas personas. El coautor de este libro, el doctor Lotvin, está convencido de ambas cosas. Pero sería una irresponsabilidad sugerir a los lectores de este libro —ya sean hombres o mujeres— que empiecen a tomar una aspirina al día para reducir el riesgo de contraer cáncer. Aquellas personas a las que su médico ya haya recetado una aspirina diaria por motivos cardiovasculares pueden estar beneficiándose de otras propiedades preventivas adicionales, pero el resto debería consultar con un profesional antes de cambiar su régimen médico. Si su organismo tolera bien la aspirina tomada de forma regular y en su familia hay historial de cáncer, desde luego es una posibilidad que usted y su médico deberían explorar. Y llevar siempre encima aspirina infantil y masticar dos tabletas si experimenta dolores en el pecho es una buena idea.