XXVIII
¿Funciona la oración intercesora?
Me han hablado de una cirujana de trasplantes que antes de operar reúne a su equipo y rezan todos juntos. Termina la plegaria levantando las manos y diciendo: «Señor, éstas son tus manos. ¡No permitas que hagan una chapuza!».
Los milagros en medicina existen. Incluso aquellos médicos que no han visto uno personalmente han oído historias asombrosas de remisiones espontáneas e inexplicables. Enfermos de cáncer cuyos tumores desaparecen, afecciones en apariencia terminales que se curan de repente, pacientes que sobreviven a infartos agudos... en los que menudo la única explicación parece ser la intervención divina. Y, de hecho, el valor de la oración intercesora en la medicina lleva debatiéndose al menos desde 1872, cuando sir Francis Galton, reputado eugenista, antropólogo, explorador e inventor —además de primo lejano de Charles Darwin— postuló que los reyes deberían vivir más tiempo que las gentes comunes puesto que el pueblo rezaba constantemente por su buena salud y su longevidad. Pero comprobó que la realidad era justo la contraria: la realeza tendía a morir a edades más tempranas que sus súbditos. Desde entonces se han hecho numerosos estudios sobre el valor real de la oración en medicina y el resultado de todos ellos es que seguimos sin tener una respuesta definitiva.
Aunque la mayoría de los ensayos clínicos son relativamente fáciles de realizar, se ha comprobado que es muy complejo diseñar los destinados a determinar de forma científica el valor médico de la oración. ¿Cómo se evalúa el poder de Dios? ¿Y con qué dioses y de qué religiones deben conducirse los estudios? Además de las numerosas variables que obviamente existen, no hay forma de saber si hay pacientes que no participan en el ensayo y que también están rogando por la recuperación del paciente. Por ejemplo, si veinte personas ingresaran en el servicio de cardiología de un hospital durante veinticuatro horas y se rezara por la recuperación de sólo diez de ellas, en teoría sería posible comparar los resultados. Pero es de suponer que habrá amigos y familiares desconocidos por los investigadores que estén rezando también por los pacientes del grupo de control. Como resultado, son muy pocos los estudios rigurosos con seres humanos que demuestren que la oración intercesora tiene algún beneficio real.
La oración es sin duda uno de los «tratamientos» médicos más antiguos. Sus orígenes se remontan al tiempo en que los hombres empezaron a pedir a algún tipo de dios o ídolo que les aliviara su dolor o enfermedad, tal vez incluso antes de que existiera el lenguaje formal. El poder de curación de la fe puede ser determinante por una serie de razones desconocidas, que van desde la existencia de un ser supremo a los efectos psicológicos del pensamiento positivo a menudo observado en los tratamientos con placebo, pero dado que su demostración científica es poco menos que imposible, no tenemos pruebas clínicas referidas a seres humanos. Es mucho lo que sabemos de cómo funciona nuestro cuerpo, pero también mucho lo que desconocemos, en especial lo que tiene que ver con la relación cuerpo-mente. Los sanadores y charlatanes llevan aprovechándose de esto durante siglos, pero también existen casos documentados que simplemente no pueden explicarse con los conocimientos médicos actuales.
La oración intercesora es diferente de la plegaria individual. En ella una persona o un grupo de personas rezan específicamente en nombre de otra que puede hasta no ser consciente de que están rezando por ella. A menudo se hace desde la distancia; por ejemplo conozco a fieles de una iglesia de Boston que rezaron por parejas estériles en Corea del Sur. También puede darse un grupo organizado de individuos que rezan por personas que no conocen, un presidente o un famoso que están enfermos, por ejemplo. El valor de la oración intercesora ha sido cuestionado desde largo por aquellos que sólo creen en lo que la ciencia nos demuestra.
Ha habido numerosos intentos por determinar el valor real de la oración intercesora, tanto en el laboratorio como en el campo de los ensayos clínicos. Entre los más citados por quienes creen en el poder curativo de la oración figura una experimento conducido en la década de 1950 por el reverendo Franklin Loehr, quien plantó semillas en tres frascos e instruyó a una serie de voluntarios para que rezaran para que unas crecieran y otra no. El reverendo afirmó que aquellas plantas por las que se rezó positivamente germinaron antes que las otras, y que aquellas que habían sido objeto de plegarias negativas o bien dejaron de crecer o crecieron de forma insuficiente. Más tarde se realizaron variaciones de este mismo experimento y los resultados fueron los mismos. Obviamente no se trató de un estudio clínicamente controlado, de doble ciego y con placebo, pero a menudo se cita en la literatura sobre el tema para defender el valor de la oración intercesora. De hecho, los estudios realizados sobre la oración intercesora empleando los mismos métodos que se usarían con un fármaco experimental han dado como resultado, en el mejor de los casos, conclusiones diversas, lo que ha llevado a científicos e investigadores a decidirse a estudiar de forma seria su posible valor.
Tal vez el experimento más interesante de todos fue el conducido en la Universidad de California por el cardiólogo de la San Francisco School of Medicine, Randolph Byrd, quien puso en marcha un ensayo controlado y aleatorio con trescientos noventa y tres pacientes con dolores de pecho o ataque al corazón. A la mitad de ellos se les asignó oración intercesora por cristianos voluntarios de todo el país y a la otra mitad no. Según el doctor Byrd, los pacientes del grupo de control «requirieron respiración asistida, antibióticos y diuréticos con mayor frecuencia que los pacientes del grupo de oración intercesora. Estos datos sugieren que rezar al Dios judeocristiano tuvo un efecto terapéutico en pacientes coronarios de nuestro servicio».
Entre los médicos que se sintieron intrigados por este estudio está el doctor Larry Dossey, un internista que empezó a investigar el tema y en 1993 publicó el best seller Palabras que curan. El poder de la plegaria y la práctica de la medicina. «Enseguida supe que si había algo de verdad en el estudio del doctor Byrd, necesitaba reconsiderar lo que estaba haciendo con mis propios pacientes. En aquel momento de mi vida no habría rezado por mis pacientes por nada del mundo. No soy una persona religiosa, aunque sí me considero intensamente espiritual. Lo que me interesa no es la religión, sino la naturaleza de la conciencia y cómo se manifiesta en el mundo».
«Cuando empecé a investigar —prosigue el doctor Dossey— encontré que ya existían más de ciento treinta estudios sobre el tema. No sólo se habían hecho con personas, también con el crecimiento de las plantas, incluso de las bacterias en tubos de ensayo. El prestigioso psicoterapeuta holístico, el doctor Daniel Benor, había realizado un análisis estadístico de dichos estudios y encontrado que cerca de dos terceras partes de los mismos mostraban resultados significativos sobre el poder de la oración intercesora».
Tal y como descubrió el doctor Dossey, casi todos los estudios que demostraban efectos beneficiosos de la oración intercesora se habían hecho con animales y plantas en lugar de con seres humanos. Experimentos de esta clase pueden controlarse muy bien, ya que las plantas o los animales no tienen amigos que recen por su bienestar en la otra punta del mundo. Y han arrojado resultados positivos en gran parte de los casos. Por ejemplo en 2006 el Departamento de Psicología de la Universidad de Loma Linda en California condujo un experimento aleatorio de doble ciego en el que un grupo de oración rezaba por que un grupo de crías de lémur africanas que presentaban una conducta crónica de autolesión se curaran más rápidamente que otro grupo. Transcurridas cuatro semanas, los animales del grupo de oración presentaban una mejoría significativa y había subido su nivel de glóbulos rojos.
Pero numerosos ensayos realizados con seres humanos no han dado por lo general resultados tan positivos. Un ejemplo típico es el estudio realizado en 2006 en el California Pacific Medical Center, en San Francisco, en el cual ciento cincuenta y seis pacientes de sida se repartieron al azar en tres grupos. A continuación un grupo de sanadores profesionales rezó por el grupo uno, enfermeras sin experiencia o formación en la oración a distancia rezaron por el segundo y nadie —al menos nadie que participara en el estudio de forma activa— rezó por el tercero. Al cabo de diez semanas, según los autores del estudio, «la sanación o la oración a distancia no parece mejorar los resultados clínicos de pacientes de sida», lo que quiere decir que no se observó diferencia alguna en los tres grupos. Lo extraño, sin embargo, es que los pacientes de los dos primeros grupos mostraron más probabilidades de acertar a la hora de adivinar si alguien estaba rezando por ellos que los pacientes del tercer grupo, un hecho para el que no fue posible ofrecer explicación.
Tal vez el estudio más riguroso desde el punto de vista científico sobre los efectos de la oración intercesora en seres humanos fue el conducido por el cardiólogo Herbert Benson, director del Boston’s Institute for Mind and Body Medicine (Instituto de medicina del cuerpo y la mente), donde se llevó a cabo el estudio, autor superventas y con muchos años de investigación sobre el poder de la meditación a sus espaldas. En este estudio, mil ochocientos pacientes a los que había que colocar un bypass coronario fueron repartidos de manera aleatoria en tres grupos; dos de ellos fueron objeto de plegarias de grupos religiosos de distintos puntos del país y por el tercero no rezó nadie. No se estableció una plegaria concreta, pero todas las congregaciones debían incluir en sus oraciones la siguiente frase: «Por una cirugía con éxito y una recuperación rápida, saludable y sin complicaciones». Un seguimiento realizado treinta días después de la operación no encontró diferencias en la recuperación de los pacientes de ningún grupo, pero aquellos pacientes que sabían que alguien estaba rezando por ellos tuvieron una tendencia ligeramente superior a sufrir complicaciones postoperatorias que aquellos que no estaban seguros de ser objeto de plegarias. Esto llevó al doctor Benson a concluir que «la oración intercesora en sí no tuvo efectos en la recuperación [de cirugía de bypass coronario], pero el conocimiento de estar siendo objeto de la misma se tradujo en una incidencia mayor de complicaciones postoperatorias».
Aunque este estudio no demostraba beneficio alguno de la oración intercesora, uno de los coinvestigadores, el doctor Manoj Jain, sintió la necesidad de añadir: «Busqué en mi corazón y en mi alma una respuesta. Estoy convencido de que prácticas tales como la meditación y la oración ofrecen beneficios complementarios a la medicación y a la cirugía, así como a la relación médico-paciente. Lo he comprobado personalmente».
El doctor Jain no es el único que piensa así. El hecho de que existan pocos indicios del valor terapéutico de la oración no parece afectar a un considerable número de médicos, profesionales que están en la primera línea del tratamiento de pacientes. Una encuesta de la Universidad de Chicago en la que participaron dos mil médicos demostró que dos de cada cinco de ellos creía que la espiritualidad puede afectar de manera positiva la evolución de ataques al corazón, infecciones y hasta la mortalidad. Yo de hecho rezo por mis pacientes cuando están pasando por un momento difícil. Les digo que lo voy a hacer y les sugiero que pidan a sus familiares, amigos y fieles de su congregación que recen por ellos. Soy de la opinión de que es algo beneficioso.
También hay muchos pacientes que creen que rezar les ayuda, aunque en este caso se trate de oración directa. Una encuesta realizada en 2004 con dos mil estadounidenses dirigida por la doctora Anne McCaffrey del Harvard Medical School reveló que cerca de una tercera parte de la población estadounidense reza por su buena salud.
Sospecho que el doctor Dossey estaría de acuerdo con estas personas. En varias ocasiones le he invitado a hablar en los seminarios que organizo para médicos y éste es un tema que siempre despierta interés. Le he escuchado decir que está convencido de que, por una variedad de razones, los estudios clínicos tradicionales, aleatorios y de doble ciego no son la forma idónea de abordar esta cuestión. Es imposible saber, por ejemplo, cuánto se reza por un paciente determinado. El doctor Dossey tiene la esperanza de que estudios con animales arrojen más luz sobre este tema y cita varios en los que se implantaron carcinógenos en animales y a continuación se rezó por su recuperación. Aquellos animales por los que se había rezado tuvieron en general una evolución más positiva: sus heridas cicatrizaron mejor, hubo un crecimiento menor de los tumores y una cantidad inferior de éstos resultaron ser mortales.
A aquellos que argumentan que las investigaciones científicas demuestran que la oración intercesora no tiene efecto terapéutico alguno, les responde que a menudo se basan en los estudios menos consistentes y a partir de ello extraen conclusiones demasiado generales. «Muchas de estas críticas se fundamentan en argumentos teológicos y después se publican en revistas médicas canónicas. No conozco otro campo de la ciencia en el que fuera aceptable recurrir a la teología para desacreditar investigaciones serias desde el punto de vista científico. Seis meses antes de que se divulgaran los resultados de las investigaciones del doctor Benson se publicó un estudio asombroso. La doctora Jeanne Achterberg se trasladó a Hawai y pasó dos años integrada en la comunidad de sanadores. Con el tiempo, once profesionales nativos de la sanación se ofrecieron voluntarios para su estudio. Les pidió que seleccionaran pacientes con los que habían trabajado en el pasado y con los que tuvieran una empatía especial. A continuación estos pacientes entraron en una sala de resonancia magnética mientras que los sanadores se concentraban en su curación situados a una distancia demasiado grande como para permitir que hubiera entre ellos comunicación alguna. Mientras lo hacían se observaron cambios radicales en la actividad cerebral de diez de los once pacientes. Esto no sucedía cuando los sanadores no estaban rezando por su curación. Soy consciente de que se trata de un estudio extremadamente modesto, pero seguía los protocolos científicos y no recibió ninguna atención por parte de la comunidad médica».
Tal vez lo que mejor resuma las pruebas de que disponemos hasta el momento sea el metaanálisis realizado en Gran Bretaña de ensayos aleatorios a partir de bases de datos internacionales y que recogía varias décadas de investigaciones. Los autores descubrieron que «los datos de este análisis no son lo suficientemente concluyentes como para servir de argumento a aquellos que defienden o refutan el valor de la oración intercesora. [...] Existen muy pocos ensayos completos, pero los indicios que de ellos se desprenden justifican nuevas investigaciones».
Pero casi todos los médicos que llevan ejerciendo su profesión durante un tiempo razonable han sido testigos de evoluciones inexplicables de enfermedades, de reacciones de pacientes que no parecen tener justificación científica. Yo he tenido pacientes a los que dejamos de tratar porque ya no se observaba en ellos mejoría alguna, y años después les he vuelto a ver y había desaparecido en ellos todo rastro de enfermedad. Hacemos suposiciones sobre lo que ha podido pasar, pero no podemos demostrarlo ni repetirlo.
Desde luego es un campo en que la conexión cuerpo-mente puede desempeñar un papel formidable, similar al que se observa en determinados pacientes tratados con placebo. El llamado efecto placebo, descrito por vez primera en la década de 1780 y para el que todavía no se ha dado una explicación satisfactoria, consiste en que pacientes responden al placebo, es decir, a la no medicación, como si fuera de hecho, medicación. Se trata de un fenómeno muy corriente en ensayos clínicos. Varios estudios han demostrado que algunos pacientes mejoran de sus síntomas al creer que están siendo medicados cuando en realidad están tomando una píldora azucarada, y en algunos casos dejan de hacerlo una vez descubren que lo que están tomando es placebo. Por lo general esto se atribuye a una conexión, todavía no explicada del todo, entre el cuerpo y la mente, y son muchos los convencidos de que la plegaria individual y la oración intercesora tienen un efecto similar.
Tal y como declaró el profesor de la Universidad de Pensilvania y confundador del Centro para la Espiritualidad y la Mente de dicha universidad, el doctor Andrew Newberg a la revista Time: «Existe un nutrido corpus científico que demuestra los efectos positivos de la religión en la salud. La manera en que funciona el cerebro es hasta tal punto compatible con la religión y la espiritualidad, que es mucho lo que todavía queda por descifrar».
El consejo del doctor Chopra
Si nos regimos por estándares estrictamente científicos, habríamos de concluir que las pruebas del valor médico de la oración intercesora en seres humanos son más bien endebles. Pero como muchas otras cuestiones en las que intervienen la religión o la espiritualidad, la respuesta es quizá más compleja. Algunos estudios de laboratorio han arrojado resultados favorables. Es éste un asunto donde la convicción de partidarios y detractores es muy fuerte, y la dificultad que entraña diseñar un ensayo clínico consistente hace pensar que la ciencia tardará todavía tiempo en llegar a conclusiones definitivas. Yo por mi parte rezo por mis pacientes y animo a sus amigos y familiares a que hagan lo mismo. Así que sólo nos cabe esperar... y también rezar por que algún día descubramos la respuesta a nuestra pregunta.