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A estas alturas ya deberíamos saber que pocas cosas venden más periódicos —o artículos de consumo— que el miedo.

Hay ciertas cosas que sabemos son peligrosas. Sabemos por ejemplo que es peligroso bailar claqué en el borde de un precipicio. Sabemos también que no debemos beber alcohol si vamos a conducir y que no conviene animar en voz alta a un equipo de fútbol según en qué estadio nos encontremos. Pero como tuvimos ocasión de comprobar una vez más durante la epidemia de gripe A en 2009, cuando muchos afirmaban que vacunar a nuestros hijos contra el virus era más peligroso que la enfermedad en sí, hay muchas otras cosas en el mundo sobre las que no tenemos certeza absoluta.

Nadie pone en duda de que muchas cosas en nuestro entorno diario suponen peligros potenciales. Pero lo que suele preocuparnos más son los usos secundarios derivados del uso de objetos cotidianos. No sabemos qué representará una amenaza el día de mañana. Se trata de la ley de las consecuencias inesperadas. ¿Puede el consumo de alimentos enlatados causar alzhéimer con el tiempo? Llevamos usando teléfonos móviles durante algo más de una década; ¿es cierto que están a punto de desencadenar una epidemia de tumores cerebrales? Y hablando de epidemias, ¿tienen razón quienes afirman que estamos poniendo en peligro a nuestros hijos obligándoles a vacunarse? ¿Las letras del rap incitan a la violencia? ¿Es cierto que las botellas de plástico liberan sustancias químicas en el agua que bebemos y que los empastes que llevamos en las muelas son radioactivos?

Se trata de preguntas que los medios de comunicación llevan años formulando y que siguen asustando a la gente. Todas ellas han sido estudiadas y hoy disponemos de información sobre la mayoría. Todavía no tenemos todas las respuestas, pero, como veremos en esta sección, deberíamos ser capaces de disipar nuestros miedos de forma racional.

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