INTERIORES

Una habitación cerrada es,
posiblemente, como dice un amigo,
el precio que hay que pagar
para llegar a ver la luminosidad.

Para mí, esta es una imagen de felicidad, y
seguramente solo la literatura puede darla.

Enrique Vila-Matas, Marienbad eléctrico

CHARO – Después de ese verano que yo recuerdo como alegre en el châtelet, antes de que en el colegio nos hicieran escribir otoño en una carátula especial, las discusiones entre los Vilendi caían a chorros otra vez sobre la vida comunitaria. Plegadas y protegidas bajo techo las reposeras, cuando ya se habían pelado las hortensias, retractilado los tallos de los agapantos, languidecido la última gota del perfume de los jazmines y empezaba a decolorarse el césped, la rutina del vecindario los siguientes años se repitió casi como de molde. Casi. Hasta ese año, el quinto.

El matrimonio de los Vilendi atravesó respetables períodos de calma, o por lo menos de silencio, si bien la pirotecnia de gritos cada tanto resucitaba. El griterío volvió a oírse una noche entremezclada con el chocar de los platos en alguna pileta y el ruido metálico de las ollas de las distintas cocinas donde se preparaba la cena. Otra vez se acumularon los insultos como una pila de sombras. Al principio detecté que los portazos, los golpes de objetos contra el suelo y los taconeos se acentuaban. En alguna oportunidad me pareció escuchar empujones o forcejeos, y me sacudió más de una amenaza aullada con ferocidad. Una tarde, mientras miraba televisión en la cama de mis padres, terminé tapándome la cabeza con la almohada y pensé que había estallado una guerra.

Silly mantenía su práctica de maullar por anticipado las peleas de Martín y Gloria. Vicky se refugiaba en casa o en el rasgueo lastimoso de la guitarra que tocaba en su cuarto. Los perros cojos, sucios de Camilo Lobería gruñían cada vez que pasaba por la vereda un extraño y gemían o rascaban las puertas si se quedaban solos muchas horas. Las siluetas chinescas de Silvina seguían representando, en el contraluz de su cocina, aquel teatro de bebida huérfana hasta que el portón se desplomaba con todo su peso de acero pasada la medianoche, al tragarse a Darío con su coche. Chicharra, portón, motor, llaves, puerta. Elipsis. Medianoche.

Entonces bajaba el telón, al menos para mí que me entregaba por fin al sueño, como tras la escena final de una película vista demasiadas veces. A menudo lo último que escuchaba era el tecleo de mamá que se había repropuesto reimpulsar su siempre repostergada obra de ficción, o eso decía, ya que nadie en realidad sabía a qué dedicaba esas horas en que, montada sobre tanta escritura, se echaba a volar. O a reptar, porque ella sostenía que volcarle semejante cantidad de vida útil (o inútil) a la escritura tiene tanto de arrastrarse como de elevarse: a veces te sentís el más lamentable de los gusanos haciendo pozos en lo más inmundo de las excrecencias, sin encontrarle el menor sentido a lo que hacés —explicaba—, mientras que por momentos te creés un halcón afilado en alguna cima inaccesible para los sujetos desapasionados que, por no leer, se aburren lo indecible en las salas de espera y en los transportes.

Vicky dormía en casa con más frecuencia que yo en la suya, a menudo las parejas de padres se turnaban para salir. Una o dos veces contrataron a una niñera para ir a cenar o al cine de a cuatro, pero ese esquema se cortó rápido. No era la opción que fascinaba a papá ni a Martín, ya que entre sí no sentían la más mínima afinidad. Creo que por ese motivo las vacaciones y las primeras fiestas de fin de año se salvaron del vendaval Gloria-Leila, gracias a la resistencia de los hombres que pusieron coto a la inacabable propuesta de compartirlo todo. Navidad y Año Nuevo continuaron celebrándose inconexas en cada casa, hasta que de repente, a partir como del cuarto año, se aflojó la resistencia y vi cómo Gloria y mamá se sentaban a hacer listas de vitel toné, carré de cerdo frío, mousses y helado con ensalada de fruta, que luego a su vez observé transitar en bandejas y fuentes de mi departamento a la terraza de los Vilendi. Un tiempo después todo iba a dar marcha atrás, como las cintas de celuloide que vuelven a enroscarse en los proyectores antiguos. Mamá y Gloria iban a desandar —sin que los demás lo percibiéramos enseguida— todo, absolutamente todo lo construido entre las dos y, desde ya, lo relacionado al resto, los consortes, los personajes secundarios. Nosotros.

VICKY – Suena muy literario y además, Charo, lo leés tan bien, desde ya, qué otra cosa se puede esperar de una actriz con tu don para las interpretaciones, cualquier texto en tu voz es un lujo. Me da pena ser yo quien te baje a tierra: la fisura empezó nada más ni nada menos que con un zapatazo. Así de simple. Al castillito de arena no lo arruinó ninguna ola poética de mar, sino una escupida. Comprenderás lo llano de mi sinceridad.

¿Lo que yo me acuerdo? Era tarde cuando entré al cuarto de papá y mamá porque no podía dormirme; en esa época tenía tanto miedo de hacerme pis o de que ellos se separaran que no lograba conciliar el sueño, me rendía cuando ya tenía los ojos ardiendo a veces de llorar. Esa noche fui a pedirle ayuda a papá para que se quedara un rato conmigo en mi cama. Mamá se estaba desvistiendo y cuando me vio entrar, miró el reloj, gritó pero carajo son las once y media, rajá de acá, papá quiso interceder y ella indignada revoleó la bota que se estaba sacando con furia contra el piso. Fue un botazo, sí, más específico que un zapatazo. Seguimos discutiendo hasta que llegó de abajo un golpeteo, desde tu casa. Nunca nos había pasado, nadie se había quejado de nuestros despelotes. Toc-toc-toc, pensé que había sido con un palo de escoba, vos después me contaste que tu mamá se había subido a una silla y daba golpes con la punta de una percha contra el techo. Mi mamá, a esa altura enervadísima, se quitó la otra bota, se paró sobre la cama, estiró la mano lo más alto que pudo y pum, la lanzó con bestialidad contra el piso. Segundo botazo. Entonces se oyó el rugido de tu mamá por primera vez desde que vivíamos ahí.

—Estás desquiciada, Gloria. ¡Por favor cortala ya! —gritó.

Mi mamá contraatacó:

—¿Ah sí? ¿La desquiciada soy yo? Recién me entero, mirá. En mi casa tiro al piso lo que se me dan las reverendas ganas de mierda.

Entre las dos despertaron al edificio entero, se desató una especie de bombardeo de piso a piso. Mi mamá tiraba contra el suelo todos los zapatos del vestidor, los suyos y los de papá, creo que cuando se le acabaron corrió a mi habitación a buscar pares míos; tu mamá empezó a responderle tirando cosas en el sentido opuesto, para arriba, perchas: quitaba la ropa de ella y de tu papá de las perchas y las tiraba contra el cielorraso como un malabarista (al día siguiente me llevaste a ver las marcas que las puntas habían dejado en la pintura). La cosa llegó a un nivel de descontrol tal que papá forcejeó con mamá para retenerla, la aprisionó contra la cama tratando de que se mantuviera quieta, se le rasgó el camisón y eso la volvió más loca. Leila no se quedó atrás, no tengo idea de qué le pasó esa vez, porque estaba acostumbrada a los ruidos salvajes de mi casa y lo aguantaba, pero esa noche no lo soportó, se le saltaron los resortes de la cabeza; mientras mamá todavía daba manotazos al aire para desprenderse de papá, Leila le chilló:

—Tu piso termina donde empieza el nuestro, por si no sabés. Así que te voy a pedir más respeto por el prójimo, ¿me oís?

Mamá logró zafarse de papá y le respondió:

—¿Ahora te la agarrás conmigo, inglesa malcriada? ¿Vos conmigo, princesita? Te voy a arrancar uno por uno todos los malditos pelos colorados…

Papá le hundió (aunque seguramente lo hablamos aquella vez, no me acuerdo si te conté los detalles porque no me animaba ni a relatarlo), le hundió la cara a mamá en el colchón, me tiré encima de ellos para separarlos porque tuve miedo de que la ahogara o de que toda la situación se fuera al diablo. Cuando la liberó, la cara de mamá estaba roja y el pelo revuelto como el cepillo de un escobillón gastado, entonces empezó a darle golpes a papá o intentaba, porque él no se dejaba. Temblando y sin dejar de llorar, les pedí por favor que se calmaran, que ya me iba a acostar, que se durmieran y dejaran dormir a los de abajo. Mamá me miró con los ojos desorbitados, desquiciados en serio. Se metió entre las sábanas, sepultó la cabeza y apagó la luz de su velador. Después guardó la mano adentro de la sábana y desapareció.

CHARO – Es cierto, de un momento a otro todo se volvió una especie de carrera armamentista de insultos. Pero te equivocás, ese botazo vino después, fue la conclusión de una guerra fría que traían desde bastante antes. No cayó como un hecho aislado. La frase de tu mamá a la mía fue algo más directo como:

—¿Ahora me insultás, con lo que me hiciste, inglesa malcriada? Princesita, te voy a arrancar uno por uno todos los malditos pelos colorados de la puta calavera para que aprendas a no meterte con lo ajeno, lo que no es tuyo…

Algo del estilo. Hay otro sentido en esa frase. Pasaron muchas cosas que llevaron hasta ese hito en la vida de nuestras dos familias: el botazo, aunque claramente fue un guantazo; tu mamá y la mía, piso de parquet mediante, se estaban retando a duelo como conclusión de algo anterior. Me parece que a esa altura se les jugaba el honor por una cuestión que nosotras no podíamos interpretar; lo supimos más tarde, pero que los adultos venían arrastrando desde hacía tiempo.

VICKY – ¿Vos decís que antes vino lo demás, que ese no fue el disparador?

Ojalá no te hayas salteado partes porque cada párrafo anida detalles fundamentales que comprenderás al final. Como en casi todos los libros que se precien de cierta complejidad. Y si bien inmediatamente dirás: esto no es un libro, no es un libro, no es un libro, lo mejor es que lo definas cuando lo hayas terminado. Entonces, quizás, esperemos, tendrás la respuesta a la pregunta ¿qué es esto que me dejó mamá? ¿Un diario, una novela, una autobiografía futura, un monumento a la maternidad compungida? ¿Es un manual de instrucciones para no repetir una forma equivocada de ser madre? ¿Un instrumento de autotortura para castigarse eternamente por lo que hizo mal?, ¿un cordón umbilical de tinta? ¿O es la despedida delirante de una vida insana que se va? ¿Un manifiesto de amor que se cuida de no ser cursi o sentimental?

Se puede esperar cualquier cosa de ella, te dirán unos cuantos.

De la loca de tu madre que por tantos años de obsesión libresca tenía la cabeza revuelta como una tienda de cosas usadas.

Mamá, la de la feria americana en el cerebro.

Con venta de neuronas al dos por uno.

Leila. La de la inteligencia en saldo.

Leila Ross. La de la brillantez de segunda mano.

Leila Ross de Almeida. La de la lucidez oscura como una excursión al Hades.

Sacarás tus propias conclusiones. Por eso es tan rico interrogar a los otros, recomponer el personaje. De ese viaje no volvés igual, sino más sólida y más personal en tus ideas que nunca. Es parte del propósito que tuvo tu madre al embarcarte de esta forma. O sea yo. O sea Leila, la que escribe y escribe, la que escribe como una Penélope que teje. Penélope la griega esperando al marido; yo, con la ilusión de que la vida continuará en las palabras que queden: cuantos más kilómetros de escritura, más años siento que le arrebato al futuro, adonde sea que el futuro esté. Escribir es permanecer.

Escribir es tratar de contar un sueño sabiendo que nunca lo lograrás.

Escribir es el acto por el cual queda demostrado que las palabras no sirven para narrar. Pero tal vez, espero, sirvan para ganarle al tiempo.

Escribir es retener, aprisionar, comprimir. Lo que se escapa.

Escribir.

Es merodear lo imposible.

Escribir es el único momento de amor total hacia uno mismo.

Y a veces de odio.

PD: Te servirá también para tus obras de teatro. Te cedo el copyright.

CHARO – Estás bastante mareada, Vicky, y compruebo que tu memoria no es muy confiable. A mal puerto vine a parar. El zapatazo fue el final, no el inicio de nada. Mucho antes empezó todo con los viajes de Gloria a Europa y los meses de Martín haciéndose cargo de tu casa, desplazándola a ella como pilar de familia y como todo. Tu papá nos sorprendió, creo que incluso a sí mismo: ocupó ese lugar con una habilidad inmejorable. A mi mamá le costó pero, como el engranaje armado por ellas encontró un operario intachable en él, ella se adaptó al cambio de mando y se sintió, quizás, cómo decirlo, con el tiempo, más cómoda con esa nueva gestión, igual que nos pasó a los demás en esos interregnos libres de Gloria, Gloria-free, apaciblemente desglorificados y desglorificantes. Entonemos:

“¡Oíd, mortales!, el grito sagrado
¡libertad!, ¡libertad!, ¡libertad!

Oíd el ruido de rotas cadenas
ved en trono a la noble igualdad…”.

Lo que no tengo presente es por qué empezó a viajar tanto tu mamá…

VICKY – Se alejó de la inmobiliaria porque también se trenzaban con papá y ya les estaba complicando la imagen frente a empleados y clientes. A papá le iban con reclamos: “La señora Gloria dice tal cosa”, “La señora Gloria me obligó aunque yo no quería”, “Renuncio porque no aguanto más el maltrato de su esposa”, llegó a decirle una secretaria de mucho tiempo, a quien queríamos como a alguien de la familia; papá la contuvo. En vez de aceptar la salida de una mujer que le resultaba de mucha ayuda, se las arregló para que la salida distinguida la hiciera mamá, ya que le había terminado perjudicando negocios y dando vuelta operaciones. Yo pasaba algunas tardes con ellos después del colegio: ver a mamá intentando imponer su orden desequilibrado me daba vergüenza. Bajaba la cabeza sobre los papeles que me habían dado las empleadas para dibujar. Ella solamente quería demostrar que era la dueña y tomaba las decisiones, por ridículas que fueran, tenía que gobernar, sí o sí, en cualquier lugar.

Por suerte, su familia la reclamó en España: mi tío, el hermano de mamá, soltero, se había llevado a mi abuelo, el padre de los dos, a vivir con él allá. Pero le exigía a mi mamá que lo ayudara con gastos médicos, que después pasó a ser gasto de geriátrico, además de presencia. Papá estuvo de acuerdo y presionó para que ella viajara, se pusiera al día con su padre y su hermano, insistió para que recorriera, paseara, cambiara de aire. Podía volver a la inmobiliaria más adelante, cuando estuviera menos “estresada”. Resultó: una vez que se puso en marcha y mamá tomó distancia de un trabajo que solo ocupaba por aparentar, fue como si se olvidara, perdió motivación en la inmobiliaria y no se volvió a reincorporar.

CHARO – Para vos y para mí, el nuevo Martín Vilendi se convirtió en la compañía adulta favorita: nos permitía comer cualquier chanchada y preparar menjunjes dulces, hacer experimentos extraños con shampoo y especias, dejar el baño hecho un asco, sin quejarse jamás, ni siquiera sé si se enteraba. Nuestras madres le huían a esos pedidos porque preveían el escenario del desastre final. Con él mirábamos la cantidad de televisión que se nos antojaba, nos quedábamos hasta tarde conversando o leyendo en la cama sin dormir. Mi mamá empezó a notar nuestra tendencia a pasar más tiempo en tu casa, y a mi papá, claro, se le dio por cuestionarlo. Decía que era un abuso para Martín Vilendi, que estaba desbordado de tareas personales y laborales, que además de ya cargar con su hija tuviera que cargar con dos no sonaba lógico. En realidad mi papá estaba celoso. Para compensar, nos invitaba a una sesión de cine mudo al aire libre con música en vivo o a un recital de jazz gratuito, una obra de teatro en la oscuridad, un show de cocineros japoneses a cocina abierta, esas cosas que le gustaban a él más que a nosotras, pero lo hacía sentir que nivelaba las atenciones irrestrictas (y en su juicio, poco culturales) del tuyo, tan generoso en el tráfico de las verdaderas tentaciones. Martín sin Gloria era un genio del laissez-faire, un hombre nuevo, un hombre libre.

“Y los libres del mundo responden:

Al castillo de arena, ¡salud!

Y los libres del mundo responden:
Al castiiiillo de areeeena, ¡salud!”.

VICKY – Con la ausencia de mamá, papá dejó de ser un tipo neutro y apático que se abstraía viendo tele en shorts de tenis y zapatillas llenas de polvo de ladrillo; un ser lánguido que no te escuchaba cuando le hablabas, que solo sonaba enérgico cuando discutía con mamá y que —según ella— estaba incapacitado para colaborar. Minusválido, lo llamaba, también a mi pesar me acuerdo de eso. Él respondía con un cortante “¡Gloria!”. Lo que le preocupaba no era lo que mamá dijera de él, sino que yo copiara el hábito de ser cínica, que dijera malas palabras y adoptara la mala costumbre de criticar. Lo maravilloso de esos tiempos sin ella era el silencio, la paz. Por primera vez tuve cabal noción de cuánto el silencio significaba un descanso.

CHARO – Lo sagrado, lo mítico, lo fantástico. Exacto, el silencio cobraba cuerpo, se convertía en un espacio sin peleas, ni madejas de gritos ni detonaciones en el ascensor. Empezaba a la mañana y se extendía milagrosamente hasta la noche.

VICKY – Creo que fueron los meses más estables que pasé. Gracias al apoyo de papá, dejé de ir a la psicóloga, aunque cuando volvió mamá le quemó la cabeza porque había tomado esa decisión sin su aval; cada vez que yo hacía algo “mal” o no acorde a sus expectativas, le recriminaba: “¿Ves?, ¿no te dije?, ahora vas a hablar vos de vuelta con la psicóloga de tu hija, ¿no pensás hacer nada al respecto, padre superado? Vos tendrías que hacerte ver”. Todo el tiempo, cosas de ese estilo.

CHARO – “Sean eternos los laureles
que supimos conseguir
queeee supiiiiimos conseguir
liberaaaados de glooria vivaaaaaaaamos,
o juremos sin gloria morir.

oooohhh juremos sin gloria morir”.

VICKY – Ya pasa de cómico, Charo, no quiero ser hiriente, pero me estás enojando. Tu mamá —a quien quise como a una tía— murió sin gloria, exacto; aunque se desgarró los ojos durante toda una vida de escribir y leer, no alcanzó su grandiosa meta literaria. Y sin Gloria, privada de la amistad de ellas dos, mortificada por lo que no pudieron resolver. Por muchos esfuerzos que hice yo —supongo que vos igual—, no hubo forma de que se perdonaran. Más bien, de que mi mamá perdonara a la tuya. Es un final penoso como para que te lo tomes así. A veces pareces un poco chiflada. Y además, bueno, tampoco te excedas, no habré tenido una buena relación con mamá pero es mi mamá, tengo un límite para divertirme a costa de sus ridiculeces.

CHARO – Su majestad, concuerdo plenamente con usted, como creo haber superado todo grado de impropiedad virtuosa, me conduciré por mis propios medios, de inmediato, al cadalso de la reina. Madame. ¡Guardias! ¡Llevadme!

Pues bien, aquí va: segundo pedido.

Será conveniente que hagas un último pulido de ese material visual. De todo lo recuperado, descartarás lo que no resultaría positivo para tu papá, tal vez para nadie. Hay fotos o videos que lo harían sufrir después de que me haya ido. Pero tu madre en este momento está postrada. Ya sabés: tubos, sondas, internaciones repentinas, quimio, debilitación, neumonías que arrasan. Me es imposible encargarme de la limpieza definitiva. Pude acceder, con dificultad, a los archivos de la computadora (por eso conozco bien lo que hay), pero no podré encargarme de todas las copias que quedaron diseminadas. Presa de mi propio sistema, atrapada en mi laberinto, como Dédalo.

Entonces. Reunirás todas las reproducciones existentes. Rastrearás el material previo a que Gloria y yo entráramos en cortocircuito. Habrá que hacer algunos simples cálculos para deducir en qué año fue y revolver, minuciosamente, en las distintas carpetas de toda esa época. Que habrá sido, déjame pensar, desde el cuarto año ahí, desde que ustedes tenían unos diez años en adelante.

Es decir, durante todo el período especial.

CHARO – Para mi mamá la casa se volvía una cárcel. Tu papá la cubría, la eximía de sus responsabilidades, de tener que hablar con el portero o revisar las cuentas del administrador. Iba al supermercado y le hacía las compras en función de una lista que ella le pasaba. Le guiñaba un ojo y le decía: “Andá que yo me ocupo de las chicas, quedate tranquila”. Por el diario de mamá interpreto que ella aprovechaba ese apoyo extra, se iba a escribir a bares y a leer a algún parque, o a trabajar en la oficina de una amiga que le prestaba un escritorio donde instalarse a traducir. Volvía aplacada, con más energía para tomar las riendas de lo doméstico que tanto la fastidiaba. A Martín cualquier cosa le venía bien, todo le daba lo mismo, nunca se complicaba. O quizás porque él conocía en carne propia lo que significaba sentirse impedido de ser uno mismo bajo la presión de los demás. Él sabía lo que era vivir gloriatado, gloriavíctima, gloriasaturado y empezaba a gozar de la sensación oxigenada de estar glorialibre. No ser un gloriarrete.

VICKY – Mi mamá también le encontró el gusto a andar sola. Volvía bronceada, con las valijas explotando de compras y frenética de primermundismo. Lo más grave de todo es que traía pegadas palabras importadas —jolín y joer, hala, tío, mogollón, ostras, qué va, anda tú, eres la leche— que a nadie le causaban gracia y la hacían sonar más… desubicada que antes. Aparte, al poner ya un pie en el aeropuerto, a medida que papá manejaba para entrar en la capital, a ella todo lo nuestro le parecía trágico, incompleto, subdesarrollado, pueblerino. Volvía de allá y empezaba con la letanía de que acá los semáforos jamás funcionan bien, el tráfico es un desquicio, los colectivos no paran donde deben y los colectiveros son unos animales, deberían estar encerrados en el zoológico, muchos maleducados te estacionan el auto en la puerta de tu garaje y encima te discuten, los trenes van llenos hasta la imprudencia, los subtes se frenan cada dos por tres y te hacen perder un tiempo increíble, los encargados de edificios y comercios son unos vagos, la municipalidad no arregla las veredas ni poda los árboles, nadie controla el índice de ratas y pobres, los verduleros inventan los precios del mercado según el nivel social que adivinan en tu cara, no hay Clonazepam que te saque la paranoia ante la inseguridad de los crímenes y robos o secuestros cotidianos, ni bolsillo que le siga el ritmo a la inflación demencial. País de incultos, de ignorantes, de supervivientes.

Enumero lo que mi mamá enumeraba. ¿Qué querés?

CHARO – Cada vez que un auto no le daba paso al peatón, Gloria le gruñía: Vive le peatón, una frase que se había inventado en, digamos, ¿neofrancés?, francés glorificante o un francés con gloricéfidos glorirreformistas. Era como una abanderada del reformismo glorificador de la civilización. Un reformismo que no servía porque en lugar de intentar ser pedagógico era atropellante.

VICKY – Coincido, ella venía de Europa y creía que podía cambiarnos a todos a imagen y semejanza de los países que manejaban “dignamente” las cosas. Hacía su gran desembarco con el doble o triple de valijas que se había llevado. Al abrirlas se suponía que debíamos oír el rugido de la moda porque traía miles de prendas o accesorios y perfumes para ella y para mí que anticipaban las tendencias internacionales. Por sobre todo —esto no se decía, pero flotaba en el aire— ese material importado haría delirar de envidia a las amigas, a las provincianas vecinas que solo podían darse el gusto de hacer viajes baratos y comprarse ropa de segundas marcas o de outlets donde se vendía el descarte o las prendas con fallas.

CHARO – O sea nosotras, mi mamá y yo.

A tal punto se entendieron mamá y Martín que, además de facilitarse las tareas domésticas y rotar en los tramos de llevar-traer-sacarnos a pasear a nosotras o hacernos ver por el pediatra, un día mamá empezó a prestarle libros, a introducirlo en el rito de “la enfermedad”. Ahora que lo pienso es como si hubiera armado un plan. Desconozco si hubo una charla previa entre ellos, un pedido de él, o si mamá tomó la decisión de rodearlo porque veía que podía llegar a ser un lector rendido. ¿Habrá planeado producirle una asfixia literaria? ¿Lo habrá interpretado como una misión, un apostolado, una aculturación personal, el avance de la conquista sobre formas humanas analfabetas o, tal vez, paganas, porque lo que Martín leía era una literatura chatarra?

Sí, sí, ahora soy yo la que enumera. Y no se siente tan mal.

VICKY – Bueno, tampoco tanto como chatarra. Leía otro tipo de cosas.

CHARO – Aceptalo, ¿sí? Al principio mamá se mantuvo en el terreno de confort de él, se movió con delicadeza dentro de los géneros en que se lo veía cómodo, le pasó novelas históricas o policiales de autores relevantes. El énfasis es mío. Le debe haber ido elevando la vara, llevándolo al nivel de, suponete, nombres menos comerciales, tipo Chase, Hammett, Chesterton. De repente lo tendría acorralado con aventuras marítimas y viriles de oh, sí, gran prestigio: Conrad, London, Hemingway, Melville, Poe, Lovecraft, Faulkner, Dostoievski. Son los que podrían caber en ese tipo de recomendación hacia las entrañas de la literatura amena y verdadera. El énfasis sería de ella. Lo mismo que nos hacía leer a todos en esa especie de taller iniciático suyo.

VICKY – Ni idea. Solo sé que vos y yo empezamos a llevar y traer libros de un piso al otro, sin siquiera darnos cuenta de nada. O quizás sí, no sé.

CHARO – Como mulas de carga en una frontera imaginaria.

VICKY – Me parece que empecé a ir menos a tu casa y a invitarte menos, así mi papá no encontraba tantas excusas para verse con tu mamá, porque después se quedaban horas charlando de lo que habían leído, se ponían como ansiosos, se dejaban llevar, perdían noción del contexto, cuando hablaban de lecturas. Ansiosos es la palabra que me salía en esa época, ahora lo llamaría de otro modo. Espantoso.

Reconocerás muchas fotos de la plaza más grande del barrio, la que tenía aros de básquet y pista para patines, la que ocupaba toda una manzana con las veredas en pendiente. Aunque ya estaban crecidas, Vicky y vos aparecen trepadas como monos de los travesaños, ella mucho más elástica siempre; los pies pataleando en el aire, la remera levantada, la panza descubierta, los labios flojos y las mejillas encendidas por colgar cabeza abajo. En las hamacas; subidas a las ramas de aquel árbol con otros chicos: de lejos parecen pájaros o copos de algodón. Con los rollers, eyectadas por las bajadas de cemento que les valió varios raspones ardorosísimos. Un picnic. Jugando con los perros de alguien, siempre tuviste esa costumbre terrible de abrazar a los perros de extraños. Vicky, vos, yo, autorretrato. Gesticulo con las manos mientras charlo con Gloria: yo de frente, la mitad de Gloria de espaldas. Vicky rodeando el cuello de Gloria con un solo brazo, la mirada perdida en algún lado. Vos hecha una bolita entre mis piernas cruzadas sobre el pasto. Vos y Vicky tirando de una misma medialuna, en cada extremo una boca, chanchas. Gloria y yo, cara con cara. Las cuatro. Las cuatro y alguno de los perros atraídos por tu sensibilidad animal. Vicky en bicicleta, vos en monopatín: ya te queda chico ahí, pero igual lo seguiste usando hasta que se le salieron o rompieron las ruedas. Las cuatro: autorretrato en una pista de patinaje sobre hielo y en el local de bowling que está al lado de esa pista. Varios videos. Gloria siempre ganaba, debía ser porque tenía fuerza en los brazos de tanto hockey y tenis. En el cine con baldes de pochoclos. Gloria y yo cargadas con bolsas en un shopping; vos y Vicky comen una nube gigantesca de azúcar rosa. En algunas, Martín en lugar de Gloria.

CHARO – Out of Gloria o degloriée. Fue obvio cómo Martín se dejó arrasar por la marea incontinente de mamá cuando se metía con libros. En esta historia hay una clara referencia a Paolo y Francesca, los personajes de Dante. Dante Alighieri, el poeta florentino, no nuestro carpintero. ¿Llegaste a ver esa obra mía? La representé varias veces. Ahora pienso que quizás me vino de acá la idea.

De a poco lo fue conduciendo hacia lo más contemporáneo, como en un entrenamiento fanático. Sé lo que le recomendaba porque mamá dejó una libreta en donde anotaba los libros que prestaba, con fecha. Los tachaba cuando se los devolvían, costumbre que traía de la casa de mis abuelos. En ese periodo veo anotado: Martín, Martín, Martín, Julián, Martín, Rocío, Martín, Martín, Martín. A mí no me caía tan mal como a vos ese ida y vuelta porque estaba convencidísima de que más tenía que ver con una exaltación literaria de mamá que con algo entre ellos dos. Era cuestión de caer como una mosca en su tejido y eso no le pasaba solo a Martín, la había visto enredar a varios, empezando por mí misma o mis hermanos, al margen de toda edad y género, por eso creo que no me preocupó. Pero sí es cierto que más de una vez asistí a una discusión entre mis padres sobre lo mucho que esa costumbre se estaba expandiendo, la poca gracia que le hacía a papá que ella y Vilendi se trataran tanto, con esa intimidad que genera la lectura, el símbolo de la unión entre ellos, la de mamá con papá. De repente hubo un intruso en lo más íntimo. Ella se reía nerviosa y se lo sacaba de encima con gestos de suficiencia o frases como: “A vos cualquier cosa te pone celoso. Es un amigo y está solo. Y es alguien que se interesó por la literatura, ¿no es una buena causa?”.

VICKY – Fernando no fue el único. Mamá se sulfuraba cuando volvía de una de sus expediciones al más allá y se encontraba con esas torres de libros en la mesa de luz de papá (aclaremos que para nosotros dos o tres libros ya tomaba las dimensiones de un rascacielos, acostumbrados como estábamos a uno o cero). O su manía de andar sumergido en un libro sin escucharla; así como la desquiciaba vernos llegar a vos o a mí con un volumen de/para Leila o Martín. El correo… anunciábamos, cada vez más disimuladamente porque empezamos a notar las consecuencias de ese trueque peligroso. Ahora me doy cuenta de lo delicado que era eso, del sistema que se estaba poniendo en juego, pero en ese momento sinceramente no lo vi venir. Una vez mamá me arrancó un libro que yo traía de tu casa y lo revoleó por el aire. Cayó abierto en la mitad y se soltaron unas páginas que ya debían estar desprendidas, pero a papá le dio un ataque. Se tiró de rodillas delante del libro, en el piso, como si hubieran disparado a quemarropa en la calle a un ser querido. A mamá le faltó poco para pegarle, pero en cambio salió del cuarto ofendidísima. Era algo de Dickens: me acuerdo por dos cosas. Una porque enseguida me lancé sobre el tomo y traté de arreglarlo para que ellos dejaran de pelear, aunque no pude. Pensé que vos leías a ese autor y me habías dicho que te encantaba. Algún título de navidad, ¿puede ser? Creo que me habías prestado uno pero yo no soy de leer. Otra porque acompañé a papá a la librería y escuché cuando pedía un ejemplar nuevo para devolvérselo a una amiga. También la oí a Leila protestar que por favor, que no hacía falta, que por qué había hecho eso, el día que él se lo llevó inmaculado, recién comprado, envuelto y se lo dio en la puerta de tu casa.

CHARO – Bueno, si es por eso, desde abajo, varias veces fui víctima de un estrépito de tomos en caída libre contra el parquet que sonaba como un aluvión de meteoritos. Me daba cuenta, por cómo se oía, que Gloria empujaba una pila de libros en dominó, para demostrar su furia porque Martín no le prestaba atención. Le gritaba: “¡Un día te voy a dejar solo, pero solo de verdad, con tus libros, me voy a ir a la mismísima concha de la lora, ya vas a ver!”. Entre otras tantas escenas donde los libros oficiaron de arma blanca.

VICKY – Ni me lo recuerdes, qué mal la pasaba. De todas maneras, nada detuvo ni redujo en cantidad, extensión o frecuencia los viajes de mamá a España, cada vez eran más producidos. Porque Jerez, donde vivían mi tío y mi abuelo, quedaba a un paso de Sevilla y el tren Ave era la bala que la llevaba a Madrid, de donde a su vez partía en trenes a Barcelona, Toulouse, París, Portugal. Volvía con regalos, un blanqueamiento de dientes, un corte de pelo à la mode, como se diga. Y muchas, pero muchas palabras importadas.

Entre una cosa y otra llegó el verano, reaparecieron los vecinos, la costumbre de los asados. Nosotras contentísimas porque nos fascinaban esas reuniones, la idea de pasar horas todos juntos en el jardín, haciendo ruido como si festejáramos algo, aunque ahora pienso que quizás solo era hacer ruido. En realidad, yo me sentía indefinida entre estar alegre o no: sabía que, con el calor, mamá se iba a instalar mucho, mucho, tiempo en casa y eso iba a alterar otra vez la paz, de vuelta al calvario, el griterío, la humillación.

En la misma plaza y en otro parque. Estamos abrigados y el día, los días, todos esos, reflejan una pátina de sol sobre cielos marmolados de gris y nubes. La calvicie de algunos árboles alterna con la caspa de otros que regaron con minúsculos desprendimientos de frutos o flores el cemento y el pasto. Martín echado boca arriba con un libro en lo alto, adrede se hace sombra en la cara para poder leer. Juega con Vicky, con vos, con todas, están corriendo, estamos, los cuatro, yo también, algunas fuera de foco por el movimiento. Posiblemente a la escondida o a la mancha. Él nos persigue. En tu cara y en la de Vicky explota una carcajada idéntica, cuánto terminaron mimetizándose ustedes dos. Se eligieron desde el primer momento y nunca, pese a todas las complicaciones, aflojaron esa unión. Cuidala, Charo, cuídense mutuamente.

Los tres revolcándose en el césped: vos, Vicky, su papá. Hacen canelón y ruedan por la pendiente. Videos. En una, yo en lugar de Martín, rodé y quedé despatarrada en la base, con hebras de pasto por todas partes: el pelo, la ropa, las medias. Video. En esas, estoy riéndome a más no poder, luzco como cinco años menos. Video.

CHARO – Me di cuenta de que en tu casa estaba por pasar algo distinto, inesperado, cuando noté que del cuarto de Martín y Gloria bajaba una música estilo bossa nova un día de semana a eso de las tres de la tarde. Había faltado al colegio por algún motivo, pero vos sí estabas en clase; ya habría gastado mi ración televisiva y me aburría o leía echada en la cama de mis padres. No se oían los ruidos habituales de tacos o cajones, todo parecía muy quieto, excepto por esa melodía entre romántica y empalagosa. Se infiltró en mi lectura, me costaba concentrarme porque una alarma se había encendido: ustedes los Vilendi no solían oír música —lo que se dice oír en el sentido de elegir un disco o audio con un propósito determinado, una elección estética, un interés por sentir. Vos rasgabas todo el tiempo esa guitarra vieja pero más como un acto defensivo que por afinidad con el instrumento. Sin desmerecerte, pero tenés que admitir que era así. Solo les sucedía de oír sonidos que se escapaban de la radio o del televisor porque sí, a la deriva. ¿Y esa bossa sensiblera? Supuse lo mejor: Gloria y Martín por fin se habían reconciliado, volverían a estar enamorados. Nos dirigíamos hacia una época feliz.

Pero no.

Las peleas retomaron su tono habitual esa misma noche o alguna de las noches siguientes. Fui letal en la crítica a mí misma como detective: perdía el tiempo creyendo que era buena. Mamá debía tener razón: solo encarnaba el modelo clásico de la chusma.

Tampoco habían disminuido los ataques entre tus padres cuando, un par de meses después, a finales de la primavera, en el verano, Gloria anunció su embarazo con gran despliegue gesticulatorio uno de esos días de almuerzo en el jardín. Dijo que ya habían pasado los tres meses que aconsejaban los médicos y podía compartir la buena nueva, todavía no sabían qué sexo tendría el bebé, tu hermano.

Terminábamos de comer, en los platos se traslucía esa capa blancuzca que deja la grasa de la carne cuando se enfría, había huesos en proceso de secarse y pieles de carne o ensalada mustia amontonada contra un borde. Me quedó esa imagen porque fue lo último que vi con nitidez antes de que tu mamá soltara el notición, o durante su parlamento; después de sus palabras sentí una especie de mareo. Alguien elaboraba la idea de tener que pararse para empezar a levantar esos restos e ir adentro a buscar el postre pero todo el mundo se quedó estático. Al comunicado siguió un mutis extraño, mi sensación —cuando intento recrearla— es la de una reacción en cámara lenta. Un borrón. Creo que nadie lograba entender o juntar las partes del mensaje soltado por una mujer efusiva en completa disidencia con un esposo paralizado. ¿Gloria embarazada a los cuarenta y pico? (por supuesto yo no pensé eso porque no tenía idea que hay un límite de edad para concebir, pero supongo que habrá rondado los pensamientos de los adultos). ¿De Martín, con quien no hacían más que hostigarse? ¿Un hermano para vos que ya eras bastante grande? ¿Un bebé entre nosotros? Igualmente la excitación que empecé a sentir fue inmensa, no entraba en mí de la emoción. Vos y yo nos pusimos a saltar alrededor de Gloria, ¿te acordás? De los adultos, alguien superó el momento de sorpresa inicial, posiblemente fue mamá que tenía un enérgico deber ser y entonces todos al mismo tiempo se levantaron para felicitar a Gloria, también a Martín, que parecía plastificado en la silla, y a vos. Hubo muchos abrazos. Papá palmeó el hombro de Martín, supongo que más para darle fuerza que a modo de felicitación, y Martín, demudado, asintió con una sonrisa que no llegó a ser completa, se quedó a mitad de camino. Vi eso y vi cómo, por encima de la espalda de papá, Martín miró a mi mamá, le dedicó una mirada muy curiosa. Mamá dejó los ojos fijos en Martín pero cuando descubrió que yo prestaba atención, salió de su ensimismamiento, se dio vuelta para abrazar a Gloria y se mostró entusiasmada, aunque después fue ella la que quebró el hechizo de la suspensión en que habíamos entrado todos cuando la vi andar nerviosa por el parque, llevaba y traía botellas vacías y vajilla sucia como un bólido. Fue la que insistió con un brindis de champagne, que le pidió a papá traer de casa, aceleró las cosas, nos hizo levantar la mesa rápido, correr, volver adentro pronto, decía que estaba refrescando, que se estaba levantando mucho viento, que más tarde iba a llover, estaba anunciado, se iban a empezar a volar las cosas de la mesa, como pasaba a menudo, algo así, o quizás que las chicas tenían tarea del colegio para hacer y que Gloria necesitaba descansar. Ya habría oportunidad de festejos, etcétera. Casi arrancó el mantel de la mesa mientras terminábamos el postre y algunas copas todavía burbujeaban.

Esa noche no escuché a Gloria y a Martín discutir, pero sí a mis padres, hasta muy tarde, y a mamá llorar, algo que continuó durante varias semanas o quizás meses, creo que preferí taparme los oídos con los auriculares —imitando la actitud de mi hermana frente al mundo en general— para dejar de escuchar.

VICKY – Papá sabía del embarazo, claro, ¿cómo no iba a saber?, solo que no pensó que mamá lo iba a lanzar así, ahí, en medio de un grupo de personas que para él no dejaban de ser buenos vecinos y punto. Sospecho, esto no lo sé, que él planeaba contárselo a Leila porque a esa altura habían construido una linda amistad y le impactó que mi mamá tampoco le hubiera dado la primicia a ella. Imagino, al menos yo, con lo chica que era, percibí que pasaba algo raro y después lo escuché a papá recriminarle eso. A lo que mamá desde luego le contesto: “Vos lo único que tenés entre ceja y ceja es a Leila”. Entonces él le respondió una cosa como: “Claro, ya entiendo, hiciste el anuncio masivo justamente para hacerla sentir mal a ella, qué hermoso, respetable gesto”.

Pero además yo no lo sabía, yo la hija de mi mamá, yo Victoria Vilendi, hermana del bebé que iba a nacer, me enteré al mismo tiempo que los inquilinos del castillete, eso te dice en qué lugar me ubicaba mamá. Yo era un cero a la izquierda para ella. La falta de tacto enfureció a papá. No los habrás escuchado pelear porque cuando empezaron a discutir ese punto, directamente papá me subió al auto y pasamos la noche en lo de mi abuela.

CHARO – A la mañana siguiente, mientras yo jugaba al ajedrez o al Rapigrama con papá y Rocío, muy temprano mamá se fue con el auto hasta un vivero que abría los domingos. Malhumorada anunció, como si alguien la obligara, que se iba a buscar las benditas boinas de vasco veteadas que por fin logró ubicar luego de tanto rastrear en cuanto vivero existía en la ciudad. Le habían mandado un mail para avisarle. A la pregunta suave de papá “¿Es absolutamente necesario hoy, un domingo, no pueden esperar las boinas? Va a llover”, ella respondió con uno de sus suspibufidos o frases típicas como “No importa, es largo de explicar”, y salió. Cuando volvió, Rocío se había ido a algún lado, pero papá y yo seguíamos desayunando, en medio del clásico despliegue de mermeladas, tostadas, jugo, café, sus diarios, mis dibujos y nuestra música. Mamá no entró a casa, pasó directo al jardín, la descubrí por la ventana. Iba y venía de la cochera al fondo llevando de a dos las macetas con las plantas. Afuera el cielo se había puesto plomizo y el viento sacudía las hojas de las palmeras en una danza descontrolada.

—Va a llover en cualquier momento —dijo papá y, como si hubiera sido la voz de un oráculo, empezaron a caer las gotas.

Me asomé a la ventana del living. Indiferente a la tormenta, mamá se calzaba las botas y los guantes. Vi cuando papá se le acercó con un paraguas para pedirle que entrara, vi cómo ella levantaba la mirada para contestarle rabiosa. La pelea de la noche anterior todavía regurgitaba. El paraguas tapaba la expresión de papá pero no la de su única mano libre que se zarandeaba mientras hablaba; mamá le devolvía varios otros gestos desaforados con sus dedos llenos de tierra, mientras, con el antebrazo, intentaba controlar el pelo que se le iba a la cara por el viento y la sacaba de quicio más todavía. Papá se lo puso detrás de las orejas, ella se dejó pero seguía molesta. Él amagaba con volver a casa, avanzaba unos pasos para enseguida desandarlos, daba marcha atrás para decirle algo, no quería abandonarla mojándose en el barro.

—No hay caso —dijo mientras cerraba el paraguas en la puerta, cuando fui a abrirle y se sacó las zapatillas sobre el felpudo—. No quiere venir. Aunque caigan rayos —sonaba enojado más allá de que, típico de él con mamá, preocupado, la sobreprotegía.

—Y bueno, papá, ya está, vos lo intentaste, quedate tranquilo.

—Gracias, mi nena, ¿escuchamos un poco de Ravel? La lluvia le va bien.

—¿Se puede morir con un rayo?

Todavía la miraba por la ventana mientras él ponía el disco.

—Podría, sí, los rayos matan, pero esta no es una tormenta de rayos eléctricos, es una tormenta normal que anuncia el verano. No le va a pasar nada. ¿Jugás?

Nos sentamos frente a frente, armé el tablero. Con la excusa de traerse un mate y después irse a recalentar el agua, papá pasaba por la ventana y miraba. En determinado momento yo también quise ver. Mamá ya había levantado la superficie verde del pasto con la pala para armar el cantero y arrodillada buscaba la ubicación para las boinas de vasco. Llovía más fuerte. Por su aspecto, cualquiera hubiera pensado que se había caído en un pozo o en un charco: estaba empapada de pies a cabeza, con barro desde las manos hasta los codos y de los pies a los muslos, daba mucha lástima. Los mechones que antes se volaban con el viento se le habían pegado en las mejillas de una manera definitiva. Un lado mío, el más aventurero, la envidió: no había nada más divertido que dejarse forrar así de agua, chubascarse entera. Sin embargo, mi lado de hija sintió desolación. ¿Qué le pasaba? Solía tener raptos inesperados, pero eso ya parecía un desquicio. Abrí el vidrio y a través del mosquitero la llamé:

—¡Mamáaaaaa, volvéeeee!, ¡estás empapada! —la lluvia que caía filosa en diagonal me salpicó la cara.

Ella se dio vuelta para mirarme y me sonrió, en esa sonrisa ya había otra serenidad. Las plantas, y el trabajo manual, funcionaban como terapia. Igual insistí:

—Volvéee, te vas a enfermarrrrrr.

Se acercó los dedos a la boca y sin tocarlos me soltó un beso, desvió la mirada enseguida. Cerré el vidrio y volví a la mesa.

—¿Y? ¿Tuviste suerte? ¿Te hizo caso? —me preguntó papá intentando disimular su preocupación para no angustiarme.

—No —contesté mientras sacudía la cabeza con los ojos clavados en el tablero, me esforzaba por evitar que se sintiera peor.

Por el rabillo del ojo vi entonces que otra persona se acercaba a mamá afuera, tapada hasta la cintura por un inmenso paraguas violeta. Pensé que era Gloria pero por la ropa me di cuenta que no. Era Silvina. Extrañísima situación: Silvina bajo la lluvia, vestida con algo que parecía pantuflas y camisón, le pasó a mamá un brazo por la espalda y la fue sacando de ahí. Se la llevó. Por cómo pasó todo eso, me hizo pensar que mamá debía estar llorando. Si no, jamás de todas las jamasidades hubiera creído que Silvina era capaz de un gesto así. Supongo que habrán ido a su casa porque a la nuestra por un rato no volvió. No quería llorar, aunque no podía dejar de sentir un dolor en el pecho que en parte relacionaba con la tristeza de mamá y en parte con la bronca que me daba haber descubierto a Silvina llevándola a su cueva.

Algo había cambiado entre mamá y papá pero no me daba cuenta qué.

Cuando apareció por casa, mamá tenía marcas de tierra en la cara y barro metido en las uñas, algo se le había enredado en el pelo, y sin embargo no estaba tan mojada porque se había cambiado parte de la ropa. Llevaba puesta ropa de Silvina. Se la notaba más tranquila y hasta sonriente, aunque igual sentí la distancia entre papá y mamá el resto de la tarde. No se oyó música desde que ella llegó. Ninguno de los dos aceptó ver una película conmigo, cada uno por su lado me refunfuñaron que viera algo sola. Cuando le pregunté a mamá si podía subir a tu casa o invitarte, su negativa fue casi una cachetada: “No, dejá de una vez en paz a esa gente, no se puede elucubrar planes a cada rato”.

Papá se durmió boquiabierto en su cama sin siquiera bajar el black-out de la ventana, con toda la luz de la tarde dándole de frente; mamá se devoró un libro en el sillón del living, cerca de donde yo veía la tele durante más de tres horas sin que ninguno de los dos se fastidiara o me dijera que apagara. A la hora de la cena hubo como una confusión en cuanto a qué comer, la heladera estaba vacía. Debemos habernos arreglado con restos. Las pocas veces que ellos intercambiaron algunas frases fueron ríspidas. Me fui a dormir sintiéndome rara. Incluso me parece recordar ahora que esa fue la primera vez que mamá salió porque sí sola de noche, sin dejar siquiera una nota. Le pregunté a papá que estaba muy malhumorado y no quiso responder, dijo que no sabía. Por cómo era yo de metida en todo, supongo que me dormí esperándola. Lo que me llamó la atención es que no se sintió la puerta de vidrio de calle ni tampoco el portón. Me acuerdo porque tuve miedo de que se hubiera ido a lo de Silvina que, según mis hermanos, era una bruja.

Hicimos un castillo de arena en homenaje al real. Autorretrato grupal (vos, Vicky, Martín, yo) o foto tomada por otra persona, los cuatro aplaudimos alrededor de la fenomenal construcción en el centro de la plaza. Martín tiene anteojos de sol y ustedes dos, vestidos de verano. De ese día hay otras. Primer plano: yo leo junto a la obra de arena, el exceso de sol se me fijó en el comienzo del pecho que siempre se me pone muy rojo, se nota la división pálida debajo de los breteles. En un costado desenfocado, vos y Vicky siguen haciendo ajustes y retoques en las torres: le pusieron ramitas, caracoles, piedras, todo tipo de ornamentos. Yo leo: con una mano sostengo el libro, con la otra me acaricio el cuero cabelludo, ese tic que arrastré toda la vida. El sol me enrojece el pelo, las pecas de las mejillas iluminadas, sin nubes que las ensombrezcan. Estoy radiante. Esas fotos tiene que haberlas tomado Martín.

VICKY – Tengo muy presente ese día porque fue la primera vez que mamá no me dejó bajar a tu casa después de años de ir y venir de un lado a otro como si entre los dos departamentos no existieran divisiones.

—¿Por qué no puedo ir a jugar con Charo, mamá? Me aburro —insistí parada al lado, en la ventana, porque ella llevaba un rato viendo a Leila trabajar en el jardín mientras del cielo caían baldes de agua—. ¿Por qué está Leila ahí? ¿Qué hace?

—¿Por qué va a ser? —me dijo despectiva—. Porque está de la gorra.

—¿De qué gorra?

—Ay, nena, está mal de la cabeza, ¿no la ves? Empapándose al divino botón.

—Pero si es tu amiga, llamala, ayudala. Capaz necesita algo, mamá. Parece triste.

—Estoy embarazada, ¿o ya te olvidaste? Las embarazadas no pueden hacer nada que exija esfuerzo físico o que pueda producir una enfermedad. Aparte es tarada, ¿quién le pidió que se ponga a plantar cuando cae una tormenta sobre la ciudad? Si es tarada, es tarada, no me voy a involucrar con su taradez.

—Es feo cuando hablás así de Leila. O de cualquiera, en realidad —me animé a enfrentarla, siguiendo el ejemplo de papá.

Perdón que te cuente esto ahora, Charo, pero me lo guardé tantos años.

Por un segundo separó la vista de la ventana y me lanzó una mirada tenebrosa:

—Habría que ver cómo habla ella de mí, vos no te enterás.

—Charo me contaría. Además Leila nunca habla mal de nadie, yo la conozco…

Empezó a reírse como una desaforada, con una carcajada perversa, falsa. Pensé que se había vuelto loca. Me acarició la cabeza, pero yo instintivamente me retiré para que no me tocara, su risa y su forma de hablar me lastimaban. De joven era mucho más cruel, es verdad que a ciertas personas el tiempo les hace un favor. Está mejor ahora. Muchísimo mejor.

—Charo no te contaría nada, mi amor. Charo es una zorrita muy avivada. Hala, espabílate, hija —agregó con ese acento español que me erizaba. Esas eses que sonaban como zetas y al revés, o esas palabras que parecían de plástico me hablaban de una madre cada vez más ajena a mí. Me dolía mucho, entiendo ahora, darme cuenta de que no la reconocía, de que no me identificaba y que, entonces, mi mamá era para mí una extraña.

CHARO – “¿Qué te pasó ayer? ¿Se te dio por hacer jardinería en medio del temporal?”, le preguntó Gloria a mamá cuando nos cruzamos el lunes en la cochera.

—¿O estás por presentarte a un concurso de jardines botánicos?

Nos encontramos cuando salíamos hacia los respectivos colegios.

Percibí lo incómoda que se ponía mamá, me apretó tan fuerte la mano que lamenté no poder responder por ella. Traté de pensar algo pero no supe qué decir.

—Sí —contestó con retraimiento.

La agresividad de personas como mi abuela o como Gloria la intimidaban, decrecía, se desinflaba, perdía solidez y volumen, perdía aire y templanza.

—¿Era necesario con ese clima? ¿Las plantas no esperan? —se rió Gloria con una carcajada urracona.

—Algunas no —salté yo—. Hay que plantarlas enseguida porque si no, sufren. Nos dijeron en el vivero. ¿No? —pregunté mirando a mamá.

Leila me comprimió todavía más la mano sin devolverme la mirada, con la palidez y la rigidez de una momia, mantenía los ojos bien abiertos fijos en Gloria, pero su boca no emitía sonido. Temí que se hubiera enfermado de verdad, la tironeé del brazo.

—La que se va a morir es tu mamá si sigue posando en la lluvia helada —contestó Gloria, como si me hubiera leído el pensamiento, con ese tono de impertinencia que me revolvía la panza.

—¡Gloria!, ¿qué barbaridad decís? —intervino Martín, que sacó la cabeza del baúl; hasta ese momento no había hablado y me miró especialmente, se acercó a nosotras—: No pasa nada, Charito, ya sabés como es Gloria, exagera. En fin, que tengan un lindo día. Vamos que llegamos tarde —le hizo señas a tu mamá para que se subiera al auto.

—Dejamos a Vicky y nos vamos a hacer la ecografía —anunció Gloria con sus peores aires de Señora Olson antes de hundirse entera en el asiento, desde adentro bajó la ventanilla mientras Martín ponía el motor en marcha. A vos el vidrio polarizado te volvía invisible. Mamá, al lado mío, seguía impávida—. ¡La primera eco del hermanito de Vicky, Charo! —me dijo Gloria con un gritito y un aplauso infantil—. Después la traemos en un cedé para mostrarles, ¿quieren? ¿Sí, Vicky? —preguntó hacia el interior del auto y dijo otra cosa dirigida a mí que no se oyó porque Martín había abierto el portón, lo que fuera que dijo ella quedó ahogado entre el ruido del arranque y de la chicharra.

No sabía en qué consistía ver la ecografía del bebé, pero sonaba bien. La miré a mamá que miraba a Gloria y procuraba devolverle la sonrisa de un modo catatónico.

—¿Vamos, mamá? Llegamos tarde.

Anduvimos las dos cuadras calladas. Cuando llegamos al colegio, se agachó para acomodarme el cuello de la camisa por debajo del pulóver y enderezarme la pollera que siempre llevaba torcida. Nos abrazamos.

—Que tengas un hermoso día —me dijo y la noté conmovida.

—Vos también. Y no dejes que Gloria te ponga mal —agregué sin saber por qué ni para qué pero fue lo que me brotó impulsivamente, era el tipo de consejos que ella me daba cuando le contaba que me había peleado con alguna amiga.

Me miró sorprendida. Ese día tenía las pecas lustrosas como un granizado, o yo las veía así, y el pelo más rojizo que de costumbre, estaba linda a pesar de lo desarmada.

—¿Por qué decís eso? Gloria no me pone mal.

—Entonces papá.

Se agachó otra vez. Al final de las escaleras, arriba, la secretaria ya cerraba el acceso principal, era evidente que nos esperaba.

—No estoy triste, Chari, estoy… estoy pensativa, nada más. Viste que todos tenemos días distintos, son épocas.

—Sí —contesté, tenía que apurarme. Sin embargo me frené para consultarle algo que me daba vueltas y vueltas en la cabeza—. ¿Ahora sos amiga de Silvina también?

Mamá hizo una mueca que no significó nada, como un ni. Le estampé un beso entre las pecas al lado de la nariz y subí corriendo. Detrás de mí, la secretaria cerró la puerta. Una vez adentro, me olvidé de todo.

VICKY – Desde su botón de control, papá empezó a cerrarle la ventanilla antes de que mamá metiera la cabeza, que por un momento quedó aprisionada y gritó “Ay, Vilendi, qué animal sos”. Se suponía que estábamos de festejo porque iban a hacer la ecografía y yo iba a conocer el primer bulto que era mi hermanito, pero se la pasaron chillando todo el viaje porque papá le recriminaba que fuera tan descarnada con Leila y mamá lo acusaba de proteger a su enaltecida Sarah Kay, como la llamaba ella cuando quería ser hiriente. Por lo pelirroja, por lo agradable y por lo inocentona, me respondió la vez que le pregunté. Papá se enojaba, decía que se me iba a escapar una bestialidad semejante delante de ustedes, de los Almeida, y además de un papelón era muy falluto llamarla así.

—¿Falluto? —ardió mamá—, ¿tenés el descaro de decirme falluta a mí cuando estoy embarazada, feliz de la vida, encantada de volver a ser madre y lo único que recibo de ella son desaires? Vos me tenés que estar cargando, Martín Javier Vilendi, si me acusás de ser belicosa con mi mejor amiga cuando a la muy turra se le ocurre borrarse del planeta justo en el momento de mi máximo esplendor. ¿No te llama la atención?

—¿Qué es lo que tiene que llamarme la atención?

—Que de repente en vez de cuidar su amistad conmigo ande haciendo nuevas amistades en el edificio de acá para allá. ¿No te llama la atención, boludo, decime? ¿No te suena un poco oportunista de su parte? ¿Ves que sos un forro? Primero me voy a España, se vuelve íntima amiga tuya, ahora son como almas gemelas, jodeme. Resulta que voy a tener el segundo hijo que ella por supuesto no tiene ni va a tener nunca, ¿ y cuál es su reacción?, ¿cuál?, volverse carne y uña con la modelo esa más bizarra y andrógina que Michael Jackson. ¿Cómo quién? Silvina, ¿quién va a ser? No das más de pelotudo.

Papá frenó en un semáforo tan de golpe que nos hizo rebotar a los tres hacia adelante. Te juro, Charola, esa imagen no puedo borrármela de la cabeza, te juro pensé que le iba a pegar. La miró de una forma, creo incluso que llegó a levantar la mano pero ella hizo un gesto de susto y él se contuvo, menos mal.

—No seas salvaje —atacó mamá, estirándose el cinturón para que no apretara al bebé dentro de la panza—. ¿O querés matar a tus hijos? Así Sarita estaría más contenta, quedás viudo y libre, ¿no? Imbécil.

—Dejá de insultarme, Gloria, es la última vez que te lo digo bien. ¿Quién es Sarita?

—La pelirroja.

—No entiendo —dijo ya ofuscado papá y desvió el auto a un costado para estacionar—. ¿Vos hablás de tu mejor amiga en esos términos delante de tu hija? Gloria, ¿siempre hacés esto? Quiero saber —y se dio vuelta para mirarme, le devolví una mirada llena de pánico pero confirmatoria. Entonces se centró en ella.

—Mi mejor amiga un rábano, ¡paren de decirle así, los dos! —se quejó mamá casi llorando. Tal vez lloraba. Era raro verla llorar pero esa fue una situación muy tensa—. No considero mejor amiga a ningún ser humano, por muy pecosa, inglesa y modosita que sea, que me dé la espalda en el momento más extraordinario de mi vida y que encima —no me voy a olvidar del suspenso que hizo para medir las palabras que estaba por vomitar—… y que encima trolea con mi marido a mis espaldas.

Sigamos. Todavía no terminamos, ya falta poco.

Martín entra tu bici nueva al garaje del edificio, Martín con un delantal beige cocina en casa; las tres —Vicky, vos y yo— sentadas a la mesa de Gloria esperamos con los cubiertos en punta y una sonrisa: Martín llega con una torta, las velas lanzan chispas. Video. Martín y yo saludamos a la cámara con un trago verde esmeralda (será licor de menta con algo). Martín y yo brindamos a la cámara con unos tragos color cereza (alguna bebida tropical), que contrasta con los ojos azul petróleo de Martín, azul fuego.

Martín y yo cocinamos con las manos cubiertas de masa, la cocina de Gloria está irreconocible. Miramos un libro de recetas con mucha concentración y algo de picardía. Otra, Martín me ceba un mate en el jardincito: fotos seriadas. El resplandor en mi expresión, la placidez de él. Otra: le leo a Martín, sentada, con el libro abierto sobre las piernas cruzadas, derecha, concentrada, sigo la línea de lectura con el dedo, él escucha con los ojos cerrados, el sol le rebota en la frente, un yuyo entre los dientes. Debés haberlas sacado vos, o ahí queda planteada la duda: ¿quién tomó todas esas fotos?

CHARO – Esa noche mamá llegó muy tarde. Yo la había estado esperando para contarle sobre la ecografía, la recibí con los ojos como dos ruedas de tractor. Un par de horas antes, Gloria nos había preparado a vos y a mí una merienda y nos había puesto el video. Mamá llegó cuando yo estaba en la cama, tapada hasta la pera, con el elenco permanente de los peluches que me acompañaban cada noche en ese periodo. Cuando entró al cuarto, le conté todo, se me trababan las palabras, enumeré los nombres de los dos sexos, me reí cuando los Vilendi dijeron que entre las opciones estaban Antonia y Aníbal. “¿Qué antiguos, no?”, le pregunté segura de que le iba a gustar ese comentario, buscando reconstruir la complicidad que solíamos tener. No tuvo efecto. Me escuchó mientras preparaba mi uniforme para el día siguiente, hasta que en determinado momento me hizo callar, dijo que era hora de dormir, que bajara tres cambios.

—Gloria te llamó todo el día y te mandó mensajes —le comuniqué.

—Sí, ya sé, estuve muy ocupada.

—La podés llamar ahora, todavía va a estar despierta.

—No, ahora no, me quiero ir a dormir, estoy reventada. Mañana.

Desde la oscuridad la llamé una vez más cuando ya había salido del cuarto:

—Mamá.

—¿Qué?

—¿El bebé se va a hacer pis en la cama como Vicky?

Por primera vez en días la escuché reírse con ganas, cuánto extrañaba esa risa.

—¡No! Bueno, al principio se va a hacer en el pañal. De más grande, no sé, no podemos saberlo. ¿Por qué?

Lo pensé unos segundos:

—Porque va a tener los mismos padres que Vicky y se van a seguir peleando.

Se hizo un silencio larguísimo, como si mamá se hubiera dormido de pie.

—Mamá…

—No sabemos, quizás el bebé traiga armonía a la casa y se terminan las peleas.

—¿Qué es armonía?

—Es paz, Chareta, lo que vos necesitás para dormirte —dijo cerrando mi puerta.

Al otro día tampoco le contestó, ni creo que al siguiente. Volvía tarde y se había puesto en general, con todos, muy evasiva. Hasta que una noche se dio por vencida y llamó, porque le insistí tanto. Me había vuelto a encontrar con Gloria varias veces sin saber qué responderle cuando me atosigaba con sus preguntas: “¿En qué anda tu mamá?, ¿por qué no me llama ni me atiende?, ¿sabés si está bien o pasa algo?”. No sé, no sé, no sé, me limitaba a contestar pero en el fondo tampoco entendía por qué mamá se estaba comportando de ese modo con su mejor amiga en esa situación tan particular. Vos y yo ya habíamos empezado a armarle esa cunita con cartones al bebé y estábamos elaborando una lista de cosas que iba a necesitar: baberos, mamadera, chupete, ropa.

—Gloria —dijo Leila en el tubo con ese tono que yo le conocía de aspereza—. ¿Cómo va todo? —Del otro lado, se escuchaba la voz de la vecina a un ritmo imposible. Hubo un momento en que mamá bajó el tubo y se lo apretó contra el muslo (algo que hacía cuando llamaba la abuela), mientras con la otra mano se servía un vaso de vino. Después de unos segundos se lo puso otra vez en el oído—. No, es que estuve preparando una ponencia para el próximo congreso de traductores, tengo unos días de locos, me la paso corriendo. Vienen muchas personalidades del exterior —Gloria le preguntó algo—: Sí, me contó Charo lo de la ecografía, me alegró un montón —lo último que resplandecía en su cara o en su tono era emoción—. No te puedo acompañar, como te digo, estoy muy complicada, perdón, tengo todo un mes por delante con este asunto del congreso, casi casi no me van a ver el pelo en casa.

Me quedé escuchando porque yo tampoco estaba enterada de esa historia del congreso, a nosotros no nos había dicho nada, pero evidentemente lo tenía arreglado con papá porque los últimos días él se estaba quedando más horas y se encargaba de la cena.

—¿Y ya está confirmado que es varón, entonces? Qué bueno, ¿no? La parejita. Por fin vas a tener tu familia tipo soñada, la familia perfecta —dijo con sarcasmo, bajó el teléfono de nuevo contra el muslo, dejó salir otra retahíla de Gloria que nunca contestaba en concreto, sino que se iba por las ramas, y volvió a subirlo cuando estimó que era su turno de responder—. Ajá, bueno, muy bien, los felicito, es una gran noticia —concluyó con un aire tan impostado que tuve miedo de que Gloria lo notara.

Mamá no era así, no hablaba así, mucho pero mucho menos con Gloria, lo hacía solo con sus padres o a veces con nosotros cuando tenía el indicador de paciencia en la línea más baja, en rojo estridente, el combustible de la tolerancia a punto de agotarse por completo. Pero el tiempo que siguió fue bastante parejo en ese sentido: volvía tarde, estaba poco en casa y cuando se sentaba a cenar, se notaba su irritabilidad, sus pocas ganas de hablar, su dispersión mental. Cada dos por tres perdía las llaves de la casa o del auto o la billetera o el celular. O el auto mismo, no sabía dónde lo había estacionado. En casa estábamos cansados de salir en batallón a buscar lo que al final siempre aparecía en un bolsillo interno de su cartera o los anteojos que le faltaban y tenía puestos como vincha sobre la cabeza. En un par de semanas, de tanto apretar, rompió dos placas dentales que usaba para el bruxismo a la noche y chocó una vez, cosa que no le pasaba nunca. Lo único que quería era irse a dormir, lo repetía desde que llegaba hasta que me daba un beso en la cama y yo le pedía que se quedara conmigo. Mascullaba que no mientras masticaba su somnífero y se derretía en un sueño total.

En esos días noté que tomaba vino durante la cena, algo que no solía hacer excepto en alguna reunión con invitados; se la veía desmejorada y ojerosa, contestaba la mayor parte de las veces mal, parecía tener accesos de ira por cualquier asunto. Discutían con papá, a veces encerrados en su cuarto, a veces delante de mí en la mesa o cuando se cruzaban en la cocina. Ignoraba todas y cada una de las llamadas de la abuela ya sin el menor disimulo. No le estaba prestando atención a sus plantas, que se secaban o eran arrasadas por las hormigas; no se inmutaba por nada de lo que llamaba la atención de repente en las vidas tumultuosamente adolescentes de mis hermanos; los domingos permanecía mucho tiempo en la cama y rechazaba de plano cualquier propuesta de salir al jardín o a otros lugares. Uno o dos fines de semana, papá y yo salimos solos, comimos un asado con los vecinos, vos y yo jugamos en la pileta inflable, yo a veces me quedaba con ustedes y papá se iba a casa o a otro lado. Martín también me consultaba por ella. A la vuelta le contamos a mamá algunas cosas divertidas que habíamos hecho o charlado afuera, nos miró como si le provocáramos indiferencia o desconfianza, y no contestó. Estaba intratable. Se negaba a leerme a la noche, cuatro de cinco días evitaba buscarme a la salida del colegio, cuatro y medio de cinco evitaba todo tipo de intercambio con Gloria y ustedes los Vilendi en general, por lo que para mí empezó a ser insoportable aparecer en tu casa, ya que Gloria y Martín, por separado, me acorralaban en los pasillos, me asediaban con preguntas que no tenía idea cómo contestar. Otra cosa rarísima que noté: Silvina empezó a tener gestos de simpatía conmigo. Si mamá no estaba, me hacía aviones o flores con las servilletas de papel, me preguntaba por el colegio, qué materias me gustaban, cuánto sabía de inglés.

VICKY – La panza de mamá creció entre seis y siete meses y fue hacia el otoño que se interrumpió. Durante un estudio ya no se sintió el latido de su corazón. Dijeron que en parte la edad de mamá era un riesgo. Eso fue lo que nos explicaron a nosotras, que nos encerramos en mi cuarto rodeadas por la cunita y los juguetes que habíamos ido separando de nuestras colecciones para él, nuestras ofrendas. No hablamos, me acuerdo que no nos dijimos una sola palabra, lloramos y nos abrazamos. Para mí vos eras una hermana de ese bebé y poder compartirlo me tranquilizó. Para mamá fue como si le hubieran baleado su propio corazón, me animo a decir que nunca se recuperó del todo.

CHARO – Recién entonces mi mamá tuvo un cambio de actitud hacia Gloria y los roles parecieron intercambiarse. La llamaba día y noche para levantarle el ánimo; la invitaba a ir de compras, la convenció de que hiciera terapia con su psicólogo, le tocaba el timbre cada tanto con alguna sorpresa que iba desde una torta casera a un par de aros que había visto y le habían gustado porque combinaba perfecto con su color de pelo. Ahora era Gloria la que tardaba en contestar sus mensajes y llamados, la que durante días ni siquiera respondía o tampoco quería salir de la casa, y cuando lo hacía iba vestida con harapos, daba lástima, desabrida y colgante, con pulóveres anchos que se enroscaba alrededor del cuerpo para que no se le notaran los restos del ex embarazo.

VICKY – Mamá probó con todos los tipos de terapia. Volvió a viajar para olvidarse.

CHARO – Y así atravesamos otro invierno sin gloria.

VICKY – No exactamente con minúscula, si el tono que le diste fue en ese sentido, porque justo pasó lo de Silvina al final ese invierno.

CHARO – Un Gloria-free pero afectado por otro tornado con nombre de mujer.

VICKY – Espeluznante.

CHARO – Nos dejó conmocionados de un modo que pareció volver a unirnos entre nosotros, achicharrarnos, encimarnos, amontonarnos, querernos, acoplarnos, cuidarnos, protegernos como especie, no sé qué pasó, pero estuvo claro que a Gloria y a mamá las acercó de nuevo, se succionaron la una a la otra, se pegotearon, se siametizaron, nos arrastró otra vez la exaltación y el tráfico de sentimientos sin aduana.

VICKY – Tal cual, como si la tragedia de esa chica las hubiera hecho abrir los ojos ante lo terrible en serio que puede tener la vida, lo desolador de verdad, y no las diferencias tontas por competencia que se habían instalado entre mamá y Leila. Por los libros, por la atención de mi papá, porque una iba a tener un bebé y la otra no…

Mamá adelantó su vuelta desde España cuando supo la noticia de Silvina. Y papá. Papá estaba irreconocible, nunca entendí por dónde le pegó esa muerte. Era literalmente otra persona, jamás lo había sentido tan intranquilo y preocupado. No decía que fuera por lo de Silvina, él dijo que era por temas de trabajo y por el bebé, pero coincidió la época.

CHARO – La reunificación de Gloria y mamá fue breve. Duró lo que el olor nauseabundo de la cocina de Silvina tardó en evacuarse totalmente de los pasillos del châtelet. Juntas y por separado me preguntaron tantas pero tantísimas veces cómo fue: cómo fue que llegué ahí, cómo fue que me colé en la casa justo cuando eso. Te voy a ser totalmente franca: solo a vos te conté todo, a ninguna otra persona, nunca.

ROCÍO – A ver, sister, en este punto no te voy a entender jamás. Las dos somos hijas del mismo padre, hermanas del mismo hermano goma, crecimos prácticamente en la misma casa y me cuesta un aluvión de preguntas llegar a entenderte. Somos tan diferentes. ¿Por qué miércoles no me querés contar qué hacías ahí ese día? ¿Te creíste socorrista? ¿Tanta literatura te infiltró Leila que llegaste al extremo de querer acercar la nariz al escenario de un crimen de verdad? Y fundamental, ¿qué cuerno es lo que llamás la escena blanca? ¿Llegaste a verla agonizando, viste a la mujer cuando el pulso desistía en la garganta, en el momento exacto en que la palidez sellaba sus párpados y el último suspiro abandonaba sus labios? A mí, a tu hermana, prometo que de acá no sale. Lo juro, Charoleira, por favor. Y además, a esta altura, ¿qué importa si se lo cuento a alguien? Fue hace miles de años… Te odio. Sabelo.

JULIÁN – Me acuerdo de comentarios sueltos que se hacían en la mesa o que tal vez el viejo solo me comentaba a mí, no lo tengo claro. Que había aparecido la madre de Silvina para llevarse sus cosas, que no paraba de moquear mientras se alejaba acarreando una valija chueca, con la mitad de las ruedas y la manija rota. Que Darío ni siquiera le había ofrecido ayuda, que había puesto en venta el departamento, se lo veía tan caído, mudo, distante, pobre chico (decían los adultos, obvio), no tenía nombre lo que le había pasado, nadie querría estar en sus zapatos, aunque había que ver hasta qué punto estaba involucrado o era en el fondo fondo responsable, bla, bla. La policía investigaba sus finanzas y parecía que habían saltado varios chanchullos con los locales de comida esos, los bares nocturnos.

CHARO – Cuando se acabó el tema y Darío desapareció del sandcastle, vuelta otra vez ellas dos a alejarse y acercarse como un chicle. Nosotros en el medio. De nuevo las peleas, las indirectas, la competencia por todo. Los tironeos de mis padres en casa por algo oculto que yo desconocía. Por esa época fue, entonces, lo del botazo.

VICKY – Se largó la guerra de Botas vs. Perchas. Igual pasó un tiempo hasta que los demás confirmamos que el cambio era definitivo. Nosotras por lo menos, que éramos las últimas en recibir las comunicaciones oficiales.

CHARO – Tardamos, sí, no vimos enseguida que el Botaperchazo fue como un paso a la guillotina. La descabezada, poco después, iba a ser esa amistad. Los demás fuimos interpretando ese código morse de sus evasivas diarias a relacionarse una con la otra sin explicaciones, un parpadeo de luces que vos y yo seguimos hasta deducir que la conexión había colapsado de forma irremediable.

VICKY – No quisieron anunciar que se habían distanciado y eso nos tenía en vilo. Mientras no lo dijeran, podíamos —y debíamos— esperar la reconciliación. Es lo imaginable en cualquier familia, con cualquier discusión: en algún punto declina la puja y se acaba, todo tiene que volver a su estado habitual. Debería. Entre ellas eso no pasó. Leila y Gloria no se manejaban con lo esperable, no respondían a parámetros ni estándares.

CHARO – En un primer momento, ninguno de nosotros dio crédito a la pelea. A mí me llamó la atención el humor intratable con que llegó mamá un día a última hora de la tarde, bufando por lo pesado de la humedad y el tránsito en la calle, saludó con un sonido sofocado dirigido un poco a mi hermana, un poco a mí, y típico de ella en esos días en que se le atravesaba el carácter, dejó a Rocío con una frase inconclusa. Desapareció por la escalera sin que le viéramos la cara y sin que Rocío pudiera salir de la duda, algo como que qué íbamos a cenar porque en las alacenas no quedaban fideos ni queso rallado. Conocía a mamá y sabía que en momentos así era mejor no insistir. Mi hermana agarró plata de una lata que había en la cocina para emergencias y salió a comprar.

Cuando ella se fue, yo me acerqué y empecé a rondar a mamá, ansiosa por consultarle mi agenda de la semana; en realidad, solo quería constatar que seguía con la idea de llevarme al recital ese para el que habíamos sacado entradas, con vos y Gloria, varios meses antes por una promoción del banco. Me dijo que ella no podía o no quería ir.

—¿Por qué? —le pregunté con desconfianza.

—Tengo mucho trabajo.

—¿Un sábado a la noche?

—Sí, tengo que entregar la traducción de un libro atrasado.

—Pero vos ya sabías que teníamos las entradas, desde hace un montón.

—Pero esto se atrasó, Charo, terminala.

—¿Y entonces perdemos una entrada? ¡Costaron muy caras!

—¿Y vos desde cuándo te preocupás por la plata? Que vaya tu papá, él no va nunca. Al final soy yo la que te acompaña siempre, alguna vez podés ir con él, ¿o no leíste en tu partida de nacimiento que los dos somos tus padres? Él y yo, él y yo, él…

—Pará, mamá, ¿de qué hablás? Papá se la pasa llevándome a recitales, conciertos, ballets, obras de teatro, etcétera, etcétera.

Enseguida se arrepintió, se enojaba consigo misma cuando le salía contestar así, entre ácida e intolerante. Se dejó caer sobre su cama, resoplando.

—Por favor, que esta vez te lleve él. Estoy muy estresada estos días.

—¿Papá con Vicky y Gloria?

—¡Con quien carajo sea!

—Pero mamá, papá no soporta a Gloria…

—Basta, Charo —dijo esa vez dándose vuelta para mirarme y clavarme los ojos color aceituna y ese brillo irracional de cuando ya no quería oír una sílaba más—. Te ponés muy insistente, caprichosa, dije basta y es basta. Si él no la aguanta a pesar de mí, que haga el esfuerzo de tolerarla por vos y tu bendito recital.

Fue la primera de una larga lista de señales que los demás tardamos unos días, quizás semanas, en decodificar. En nuestra casa, al menos, y confirmé con vos que en la tuya se estaban dando situaciones similares. Así empezaron las respuestas ambiguas: mamá no admitía hacer nada en donde pudiera tener el menor contacto con su amiga, y Gloria rechazaba toda propuesta de acercarse a mamá.

Ese sábado terminé yendo al recital con vos, tu mamá y mi hermana, enviada como mi acompañante, fue lo que prefirió papá. Si bien para mí era mucho más atractivo ir con mi hermana adolescente que con cualquiera de mis padres, asistí en un estado de semiausencia o de dispersión que me impidió disfrutar del proceso de prepararnos y llegar al show en tu auto, con Gloria, quien a su vez me trató —me pareció y sentí que lo hacía incluso con Rocío— de un modo mucho más tirante que de costumbre. Después, probablemente me olvidé y logré compartir la euforia con el resto de las chicas que gritaban hasta quedarse afónicas y lloraban de histeria.

En algún momento, tal vez esté mezclando en cuanto a fechas, Germán le trajo a mamá un paquete (toda una gentileza de su parte considerando que jamás lo hacía; supongo que había quedado tan afectado como el resto de nosotros). Dijo que era de parte de la madre de Silvina. Yo había abierto la puerta y mamá vino corriendo enseguida, me empujó medio brusca para adentro, como si quisiera que no oyera ni viera. Pensé que era por esa obsesión de mi trauma, mi recuperación del impacto, ahora pienso… No, nada, nada, una pavada. Quise a toda costa saber qué había en la caja, pero para mirar adentro, mamá abrió apenas las solapas de cartón y la cerró enseguida. Insistí, ella se enojó, apareció papá, con voz desganada preguntó qué era lo que le habían traído de Silvina. Mamá abrazó la caja, pasó entre nosotros dos y mientras subía la escalera murmuró: el libro de arquitectura inglesa.

No importa quién haya sido el autor de las fotos o los videos, el hecho es que forman parte de esos archivos que quedaron en posesión de tu madre. Son tuyos. Podés disponer de ellos según te parezca pero, como dijimos más arriba, lo recomendable, justo y sano para todos es podar. A partir de las pistas que fuiste recibiendo, seleccionarás lo que resulte inconveniente de ese material visual y escrito, lo que sobra. Todo lo que muestre cosas que no debería mostrar, que no debería decir. Darás Delete, sin más. Entrarás a la papelera. Elegirás Eliminar todo el contenido o Vaciar la papelera. Verificarás que no sobrevivió nada, como en un exterminio. Harás lo mismo con cada uno de los cedés o discos rígidos externos que tengan copia. Todas y cada una de las copias. Delete. Todas las veces que haga falta. Sin piedad.

VICKY – Mientras seguimos siendo vecinos, apareció una incomodidad, una nueva forma de estar y de hablar con “los otros”, cautelosa y distante. De buenas a primeras, nuestros íntimos amigos eran desconocidos a los que yo dudaba si abrazar o sonreír abiertamente en los pasillos. Teníamos que reprimir los impulsos de efusividad.

CHARO – Correcto: los otros se volvieron los otros, el otro, se distanciaron en lo tan otro como había sido apenas llegamos al edificio con el camión de mudanzas, varios años antes. Nos fuimos retractilando como los tallos de los agapantos cuando se acaba su temporada de florecimiento.

VICKY – Buena imagen. Dejé de correr a buscar algo necesario, un huevo o yerba, a cualquier hora del día por la escalera externa que hacía de túnel mágico entra las dos puertas. No podíamos intercambiar baños en caso de emergencias, como falta de agua caliente o inodoro tapado. Ni mandarnos una taza con lentejas por el ascensor. O consultar, de prestado, internet cuando nos fallaba la señal.

CHARO – Con Germán, el portero, primero hicimos lo posible por disimular, hasta que supiéramos de qué se trataba y viéramos que se arreglaba. No era cuestión de armar desmadres (desmadres, me salió sin querer, interesante palabra). Fue inevitable pedirle que ya no se confundiera al entregar la correspondencia, no daba lo mismo que la revista a la que estaba suscripta Gloria la recibiera antes Leila para hojearla un poco. Ni Gloria bajaba a firmar la recepción del correo cuando llegaba un envío para la otra casa. Que cada quien se ocupara de lo de cada cual fue la nueva consigna tácita.

VICKY – Tampoco se podía bajar al jardín comunitario del edificio al mismo tiempo que “los demás”, si Gloria o Leila eran de la partida. Había que espiar por la ventana, encubiertos detrás de la cortina: en el caso de que ustedes estuvieran haciendo un asado en la parrilla —al que antes nos hubiéramos sumado con absoluta naturalidad—, significaba que se nos habían adelantado y nosotros teníamos que quedarnos a comer adentro de casa. O elegir un restaurante. Como única deferencia, a mí me dejaban salir para el postre o a jugar con vos cuando estabas esperándome sin animarte a invitarme por miedo a que tus padres te lo negaran.

Nadie decía nada pero todos sabíamos lo que pasaba. En el proceso, papá y mamá se separaron, aunque lo hicieron en puntas de pie; no declararon su separación sino que ella se fue primero a España un tiempo, dijo que para recuperarse de tantas desilusiones, hasta que logramos vender y me mudé con papá a ese departamento alquilado de Acassuso, no me acuerdo si vos llegaste a conocerlo, porque estuvimos poco ahí. La despedida fue desgarradora para vos y para mí. Me dolía más estar lejos de vos y de tu familia, asistir a la desintegración del sueño corto del castillito, que de mi mamá, te soy honesta, lo sabés, lo padecimos juntas. Cuando mamá vino de España, para mi gran sorpresa, se reconcilió con papá y se instaló otra vez con nosotros como si nada, algo que no consideraba posible en ninguno de ellos dos. Entonces fue de nuevo los tres para compartir el vivificante desgaste de los gritos todas las mañanas y las noches, sin el respaldo de los Almeida.

CHARO – Mi mamá tenía los nervios chirriando de tal modo que adoptó un tic melodramático. Cada vez que alguno de nosotros se le arrimaba para preguntarle algo, apenas le decíamos “mamá” o “Leila”, no te permitía ni terminar la frase, te la cortaba con un rotundo:

—¿Dónde está la pistola?

Las primeras veces nos hizo reír, a la quinta o sexta, cuando no se le podía consultar si había comprado arroz o dónde estaba la campera azul porque te lanzaba ese dardo, papá se puso firme con que era de muy mal gusto, y a mí ya no me causaba gracia, me daba rechazo percibir la amargura de su frase. Una vez le contesté:

—¿Para suicidarte o suicidarme?

—Por supuesto que ninguna de las dos opciones —me dijo.

—Entonces basta con esa broma —la retó papá.

Sobre todo después del caso de Silvina. Ya no pudo hacerlo más. Imaginate, con “el trauma” que según todos ellos me quedaba a mí.

No debería pero quiero, necesito y ahora ya puedo confesarte algo…

VICKY – No me cuentes, boba.

CHARO – Necesito contarlo y siento con vos la confianza, pero te pido que quede entre las dos. Juramelo. Pacto de amistad como fue desde el principio.

Un día me metí en el vestidor de la pieza de mamá, revolví un poco (como hacía siempre cuando buscaba regalos antes de mi cumpleaños o de Navidad) y, tapada por una pila de frazadas, encontré la caja de la madre de Silvina. Tenía una cinta pero ya no pegaba muy bien, así que pude abrirla sin romper el cartón. Arriba había uno o dos libros, pero más abajo había otras cosas. No sé si hago bien en contártelo, siento que estoy actuando contra mamá, que es demasiado privado. Nunca jamás lo hablé con nadie. En fin… Había dos collares que usaba siempre Silvina, ni me acuerdo ya cómo eran, pero en ese momento los reconocí. Y una foto de ellas dos. Silvina le pasaba el brazo alrededor de los hombros a mamá, y mamá le pasaba el brazo por la cintura. Sonreían, no sé cómo decirlo, me dejó helada. En el fondo se veía solo un poco de pared blanca. Parecía que se la hubieran sacado ellas. Al contrario de lo insoportable que andaba esos días por casa, en la foto mamá estaba radiante, eso fue lo que más me impresionó. No sé si extrañé la época en que la sentía cerca y me divertía con ella, como ahí parecía estar Silvina, o me dio miedo, vértigo. ¿Cómo podía ser que fueran tan amigas y ninguno de nosotros supiera? Igual viste que uno a esa edad pasa por encima de grandes revelaciones como si nada, ve sin ver. Edita a propósito porque, supongo, es la forma más inteligente de no involucrarse.

VICKY – Qué extraño. La verdad, nunca me enteré de que fueran amigas. Por lo que te pasó a vos, en el departamento de Silvina, cuando la viste ahí… tu mamá debe haber creído que esa era la herencia que ibas a recibir de “alguna mujer”, según la bendita carta natal que te había hecho mamá y con la que jodimos tanto. “Heredará algo de una mujer… No sabemos quién ni qué…”, había dicho Nostradamus Sánchez de Vilendi.

CHARO – Mi mamá y la tuya, las dos, estuvieron convencidas de que era exactamente así. El eso (la marca de fuego, el aprendizaje, la educación sentimental) me lo había encajado de prepo Silvina, una muerta. Aunque en el fondo tal vez lo sea, no lo descartes. Digo, tal vez ese episodio en la casa de Silvina me dejó un cosito, un orzuelo en el párpado, una falla mental. Una herencita, que para mamá y Gloria en ese momento era una herenciota peligrosa. ¿Qué iba a ser de Charo en el futuro luego de haber visto lo que vio en casa de la extinguida mujer?

VICKY – Herenciadísima, sí, mirá la amazona del teatro que resultaste ser al final. Si es así, volvería el tiempo atrás y me metería con vos en esa casa para recibir una dosis de horror que en el futuro me asegure un futuro mágico.

CHARO – Noto, de repente, Vicky, que nosotras hablamos muy parecido. Parecés más hermana que mi hermana. Hasta parecés más yo que yo, ¿mirá lo que te digo?

VICKY – Hablamos muy parecido, sí. Será la pila de años juntas. Pero vos sos mucho más personaje. La versión lograda.

CHARO – Son años de amistad sin pelearnos nunca, ni una vez. Ni un sí o un no, increíble. Y además es la herencia de Leila, me parece, su forma de pensar.

VICKY – Es la herencia de Leila, su forma de pensar, de hablar, de ser, de estar, de no estar. De existir todavía desde lejos.

CHARO – ¿Vas a seguir repitiendo todo lo que digo como un eco aumentado?

VICKY – Es una broma. Hablando en serio, al margen de los conflictos de ese momento, Leila fue más que una segunda madre para mí, y eso lo volvió doblemente difícil. Necesitaba tenerla cerca, por eso cuando mamá nos obligó a mudarnos, me quería morir. Hasta que fui más grande y pude encontrarme tanto con vos como con Leila sin que mamá supiera… ¿Sabés lo que me comentó una vez Leila? Que mi relación con ella se parecía muchísimo a la suya con la amiga de tu abuela, esa tal Dorothea. Fue una de las cosas más conmovedoras que me dijeron en mi vida. Te lo cuento y me emociono.

Volverás hacia atrás sobre estas páginas: arrancarás una a una, sin omitir un fragmento, todas aquellas que tienen descripciones y luego indicaciones escritas acerca del material visual. Las romperás en diez, doce, veinticuatro pedazos. No quedará nada, nada nada nada de ese período especial del pasado. Ni una imagen. Ni una palabra de la imagen. Ni una imagen de la palabra.

No son enumeraciones, son lítotes, aliteraciones, algo de todo eso.

CHARO – Visualizo esos días, meses, de tu madre, claro. Un pandeglorium. ¿Y todo por qué? Por un estúpido malentendido. Por un exceso de préstamo de libros que llevó a una nueva fórmula de amistad entre un hombre y una mujer que tenían obstruida la opción de ser amigos.

VICKY – Bueno, eso es lo que estuvo en duda, y sigue en duda. La amistad entre ellos dos. La lealtad de Leila hacia Gloria. Sin mencionar la fidelidad de papá hacia su esposa. Fue duro. Si bien nunca estuve muy alineada con mamá, sobre este tema no la culpo del todo. Ella juraba y perjuraba que los vio, sigue diciéndolo a veces en medio de las pesadillas, cuando se queda dormida en un sillón.

CHARO – Pero vos sabés tan bien como yo que no pasó nada.

VICKY – ¿Cuántas veces necesito repetirte que los vi ese día, Charo? Sabés cómo fue. Se suponía que mamá y yo íbamos al cumpleaños de una conocida, íbamos a llegar tarde a casa, levanté fiebre, mamá decidió que volviéramos. Ella andaba tan paranoica que no podía ni distenderse en una fiesta. No nos oyeron entrar al edificio, estaban en el vano oscuro de la escalera, en ese rincón del primer entrepiso, justo donde los escalones daban la vuelta para subir… Donde yo te depositaba los chicles que tus papás no te dejaban comer. Justo ahí.

CHARO – ¿Otra vez me lo vas a describir? ¡No es verdad! Ya discutimos eso un montón, Victoria. Por el contrabando de chicles te voy a estar agradecida toda la vida. Por lo otro: ¡mi mamá lo juró!, ¡tu papá lo juró! Y mi papá les creyó. Tu mamá inventó todo, ¿no lo entendés? Te machacó semejante infinidad de veces el relato que terminó haciéndotelo creer y repetir la versión; vos, vos Vicky, vos no los viste. Repetís la visión alucinada que tuvo ella.

JULIÁN – Mirá, Carto, con todo respeto a Leila como esposa del viejo, como madre adoptiva para Ro y para mí, como ejemplar madre tuya, como mujer excepcional que fue en todo sentido, lo que es cierto es que yo me la encontré a Gloria cuando entraba con Vicky medio enferma o descompuesta, no sé bien cómo era la cuestión. Bajaron de un taxi, Gloria pagó, yo justo salía, nos cruzamos en la puerta, se las sostuve hasta que entraron, me quedé del lado de afuera encendiendo un pucho mientras esperaba a alguno de los pibes que me venían a buscar para ir a una fiesta. Deben haber pasado dos minutos, menos, desde que cerré la puerta atrás de ellas y terminé de encender el pucho, me costó porque había viento, esa cuadra era muy ventosa. Di la primera pitada y escuché un grito, un golpe también, pero un grito del recontra carajo más que nada, seguido de más gritos y voces así como fuera de control. Tiré el pucho, entré, lo primero que se me vino a la cabeza es que uno de los perros del Lobo había mordido a las Vilendi o que habían tenido algún accidente en ese ascensor de mierda. Pero no.

VICKY – Como ella, igual que mamá, vi el beso de papá en la frente de Leila. Estaban escondidos, detrás de esa columna, sobre el escalón en que yo dejaba los chicles.

CHARO —¡En la frente! ¿Y qué puede importar eso? En la frente, meu deus. Si eran amigos, eso te lo confirma totalmente.

VICKY – Importa, no sigamos con lo mismo, son demasiados años de esto, y vos demasiado terca, basta. Podés ser agotadora. No quiero pelearme con vos, a esta altura sos la persona que más quiero en el mundo.

CHARO – Gracias, ídem. Pero por eso mismo, seamos sinceras por una vez. ¡Si es lo que fuimos y somos siempre! Yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos. La única que inventó toda esta porquería fue tu mamá. Ella miente.

VICKY – ¿O la tuya? ¿Cómo saber? ¿Cómo estar tan segura? Leila era admirable pero no impoluta.

CHARO – Lamento informarte que si mi mamá mintió, lo hizo junto con tu papá. No te conviene. ¿Quién te extorsiona? ¿Quién te está obligando a divagar así?

Estoy muy mareada. ¿Todo esto fue antes o después de la muerte de Silvina?

VICKY – Después, me parece que después. Muy poco después si no me equivoco. Fue el siguiente gran escándalo.

JULIÁN – Te digo, Carto, se escuchó un quilombo. El viejo y Rocío no estaban, vos dormías, deduzco que sola porque tu mamá sí, ella estaba en el pasillo rodeada por todos los Vilendi en plan desastre, cuando yo entré de vuelta. A ver, con esto quiero decir que, en fin, de hecho, supongamos, si segundos antes yo mismo les había abierto la puerta a Vicky y a la madre, significa que tu vieja posiblemente sí estaba con Martín, sí, bueno, de aquel lado. De adentro. Ojo, ojo, no interpreto nada, hay que ser cuidadosos con estas especulaciones, porque alguien puede salir jodido. No sé qué pasó, sencillamente describo cómo fue lo que alcancé a ver. Salvo que ella también justo haya salido corriendo a ver qué pasaba cuando escuchó los gritos. Aunque no, ¿no?

ROCÍO – Ay, pero vos te das cuenta que Julián tiene la memoria como un puré de brócoli, aplastada y llena de grumos, me pone tan nerviosa este pibe, te juro; se cree que porque es psicólogo puede opinar de cualquier cosa con autoridad. Yo estaba ese día, esa noche precisamente al lado de Leila. Papá había salido a una cena con amigos, la cena mensual esa de ex compañeros del colegio que tuvo durante años. Vos dormías, Julián acababa de salir, Leila y yo estábamos viendo una película en el living, aunque yo, me parece, me había ido quedando dormida. Juraría que sí porque fue lo que dije en ese momento, así que debió haber sido. Me desperté con los gritos y el golpe de la puerta de calle cuando entró el bolas de Julián y la soltó sin acompañarla hasta el cierre. Había que tratarla con cuidado porque si la dejabas ir se cerraba con un estallido de vidrio y acero que te hacía rechinar los dientes. Él siempre tan bruto. No exagero. Me desperté y vi que Leila no estaba al lado mío pero seguí dormitando. Te aseguro que todo el rato previo Leila había estado conmigo, por lo cual es absolutamente inviable que haya pasado mucho tiempo con el vecino, porque yo debo haber dormido qué, unos segundos máximo. Tu mamá era incapaz de involucrarse en cualquier pavada de esas, totalmente incapaz. Amaba a papá. Y además ese hombre Vilendi era más insulso y plástico que un muñeco Ken. Por favor, asociar a tu mamá con ese sujeto es poco más que un insulto.

CHARO – ¡Mentira!, te estás contradiciendo, Victoria Vilendi. Te conozco de memoria, a ciegas, sin verte ni escucharte puedo saber calcado lo que cruza por tu cabeza: línea por línea de ese poema girondesco que te tallaron en el sueño. ¿Me oís, Victoria? Sé que dudás de tu propia afirmación, la tenés entre pinzas, colgando, pegada sobre los labios como un globo de chicle que explotó mal y es difícil despegar.

VICKY – Los vi.

Al menos en ese momento yo dije
que
los vi.

Creo que sí
que
los
vi.

Ya, ahora, no me acuerdo,
pasó tanto tiempo.

Puedo creer que los vi,
me parece que sí, que fui yo,
que tanto mamá como yo asistimos al momento exacto, patético, horrendo.

¡No enumero un cuerno!

Que mamá gritó, que yo grité, que papá gritó y Leila gritó; un libro cayó de sus manos al piso, o de las de papá, por el susto, todos nos asustamos, también el libro que fue rodando por las escaleras. Y terminó despatarrado en el último escalón. En ese preciso momento entró tu hermano que estaba en la calle. Me quedé viendo el libro.

¡No sé qué libro era! ¿Sos o te hacés? ¿Me lo preguntás en chiste? ¿Cómo me voy a haber fijado, en ese momento desastroso, de qué autor se trataba o qué título tenía? ¿Querés que también te diga aproximado el número de páginas? ¡Dios!

GRANNY – Actually, well, creí que esta harpía tuvo que preparar todo el setting con inteligencia. Tuvo un plan. Armó la salida con su hija a esta fiesta y vino antes a su casa porque iba a encontrar una evidencia. ¿Por qué? No me hace sorprender que tu madre tenga un flirt con ese hombre, pero confío en sus palabras: fue un flirt, no un affaire. Un tipo de peligrosa amistad solamente. Y ya está. Una cosa que olvidar rápidamente. Pero ellos no, ellos lo volvieron todo un espaviento. Porque en lugar de comportarse como vecinos, insisten en ser familia todo el tiempo.

ROCÍO – ¿No ves, hermanita, que la hija de mil esa tuvo que inventar una historieta para separarse del marido con una justificación? Y la piba, tu amiga, repite todo sin pensar ni saber. Gloria tenía que enganchar en algo turbio al pavo ese del marido para liberarse de él, es obvio. No pudo ocurrírsele mejor solución que, de paso, mezclar a tu mamá, perjudicar a Leila. De esa manera liquidaba dos enemigos de un tiro.

Tu mamá no sería su enemiga pero Gloria le tenía una envidia ciega, se notaba de solo verla y oírla hablar. Porque Leila era mucho más linda, más fina, más elegante, más culta, muchísimo más. Gloria la superaba en plata, pero todo lo brillante en ella, si repasás un poco, era artificial.

CHARO – Además, Vicky, tu mamá tuvo que haber confiado en la versión de ellos; si volvió a vivir con tu papá enseguida después, aceptó que eran inocentes.

VICKY – ¿Vos me conocés a mí pero no a Gloria? No volvió por eso, sino para estar segura de vengarse, de desquitarse, enloquecerlo, desnutrirlo a gritos, devorarlo, dejarlo piel y huesos, estrangularlo cada día con la mirada, hacerlo arrodillarse y pedirle perdón un centenar de veces por semana durante años, de atornillarlo, de atormentarlo por la culpa, la traición, la bajeza de los supuestos actos cometidos a sus espaldas con su mejor amiga, después de que ellos dos, como matrimonio, habían perdido un hijo. Haya pasado algo o no, la sola idea de lo posible la desquició a perpetuidad. Y la respeto por eso.

CHARO – Lo esencial es que vos sí estés convencida de que no pasó nada. Fue una gran sugestión, y un contagio de sugestión, y un contagio de contagio… okey. Por el cual todos en el châtelet quedamos dominados. Presos de una visión equivocada.

ROCÍO – Impensable. Solo una mente de pelele puede insistir.

GRANNY – Well then, if she had just listened… Si hubiera por lo menos hecho caso de no avanzar en un relación con esta estropeada señora Mrs Vilendi.

JULIÁN – En su momento fue un cagadón, pero como dice el viejo, errar es humano y con el diario del lunes todos somos Gardel. Hay que apechugar y seguir.

VICKY – Realmente, en este punto nunca vamos a ponernos de acuerdo, Charito.

CHARO – El asunto es cómo se determina qué de todo es ficción, hasta dónde llega y qué no lo es. ¿Cuál es la percepción o el punto de vista que vale? ¿Cómo distinguir un recuerdo de una impresión de recuerdo? ¿Cómo discriminar una memoria de la construcción de una memoria? ¿Existe alguna evidencia concreta para delimitarlo?

VICKY – Tu mamá hubiera dicho…

CHARO – Mamá hubiera dicho que la literatura es la
herencia más importante.

Mamá hubiera dicho que la literatura es la única herencia.

Mamá hubiera dicho que la literatura.

Mamá hubiera dicho: Charo, la literatura.

Mamá dijo: literatura.

Eso dijo.

Charo, seguirás creyendo en tu mamá. No existe razón alguna para desconfiar. Es solo que todo eso podría provocar malestares y malos entendidos. Todo absolutamente todo lo que te dije es la verdad. Vos confiá. Solo hubo un amor en mi vida y fue tu papá, además de vos y, por supuesto, Rocío y Julián y Vicky. Es por tu papá que harás esto. Y por vos. Para que no quede una sombra ni siquiera finita como un espárrago, ni como un tallarín, un sorbete, el lomo de La metamorfosis o La muerte de Iván Illich, un tenedor de costado, un lápiz labial, un hisopo, un pincel número tres, el apellido de Ionesco visto de perfil, un bigote de conejo, un diploma de cartón, Granny de un lado.

(No enumero. Pero tené en cuenta que cuando a uno le fastidia tanto un rasgo en los demás es porque no lo tolera en uno mismo).

Esperemos también que de algún modo todo esto explique en qué patria mental andaba tu mamá durante esos meses de la hecatombe que hizo temblar las paredes del castillito. La madre que te perdió de vista cuando te internabas en la cocina blanca de Silvina. Esperemos de corazón que sepas entenderla, no juzgarla y perdonarla, de corazón.

Ahora sí. Reinará la claridad.