1 Declara la guerra a tus enemigos

LA ESTRATEGIA DE LA POLARIDAD

La vida es una batalla y conflicto interminable, y no podrás librarla con efectividad si no identificas a tus enemigos. La gente es sutil y evasiva, disfraza sus intenciones, finge estar de tu lado. Necesitas claridad. Aprende a descubrir a tus enemigos, a detectarlos mediante los signos y patrones que indican hostilidad. Entonces, una vez que los tengas a la vista, declárales la guerra dentro de ti. Así como los polos opuestos de un imán crean movimiento, tus enemigos —tus opuestos— pueden colmarte de propósito y dirección. En cuanto que personas que se interponen en tu camino, que representan lo que aborreces, personas contra las cuales reaccionar, son una fuente de energía. No seas ingenu@: con algunos enemigos no puede haber ningún arreglo, ningún terreno común.

EL ENEMIGO INTERNO

En la primavera del año 401 a.C., Jenofonte, caballero rural de treinta años de edad que vivía fuera de Atenas, recibió una curiosa invitación: un amigo reclutaba soldados griegos para que pelearan como mercenarios en favor de Ciro, hermano del rey persa Artajerjes, y le pidió acompañarlos. Esta solicitud era un tanto inusual: griegos y persas habían sido enemigos acérrimos desde mucho tiempo atrás. Ochenta años antes, en efecto, Persia había tratado de conquistar Grecia. Pero los griegos, renombrados guerreros, habían empezado a ofrecer sus servicios al mejor postor, y en el Imperio persa había ciudades rebeldes que Ciro deseaba castigar. Los mercenarios griegos serían perfectos refuerzos para su gran ejército.

Jenofonte no era soldado. De hecho, había llevado una vida regalada, criando perros y caballos, viajando a Atenas para hablar de filosofía con su buen amigo Sócrates y viviendo de su herencia. Pero le gustaba la aventura, y esta vez tenía la oportunidad de conocer al gran Ciro, aprender sobre la guerra y ver Persia. Quizá cuando todo acabara, escribiría un libro. No iría como mercenario (era demasiado rico para ello), sino como filósofo e historiador. Tras consultar el oráculo de Delfos, aceptó la invitación.

Unos diez mil soldados griegos se unieron a la expedición punitiva de Ciro. Los mercenarios eran un grupo heterogéneo procedente de todos los rincones de Grecia, en pos de dinero y aventuras. Y las tuvieron con creces por un tiempo; pero meses después de asumir su puesto, y luego de haber sido llevados hasta el centro de Persia, Ciro admitió su verdadero propósito: marchar sobre Babilonia y desatar una guerra civil para destronar a su hermano y convertirse en rey. Molestos de que se les hubiera engañado, los griegos protestaron y se quejaron, pero Ciro les ofreció más dinero, y eso los apaciguó.

Entonces [Jenofonte] se puso de pie, y convocó primero a los suboficiales de Proxenos. Cuando se hubieron reunido, dijo:
  –Caballeros, no puedo dormir y supongo que ustedes tampoco; y no puedo mentir aquí cuando veo en qué aprieto estamos. Es claro que el enemigo no nos mostró guerra abierta hasta que creyó tener todo preparado; y nadie entre nosotros se empeña en hacer la mejor resistencia posible.”Pero si cedemos, y caemos en poder del rey, ¿cuál esperamos que sea nuestro destino?
  Cuando su propio medio hermano fue muerto, el hombre le cortó la cabeza y le cortó las manos y las izó en un poste. Nosotros no tenemos a nadie que abogue por nosotros, y marchamos aquí para hacer del rey un esclavo o para matarlo si podíamos, ¿y cuál creen ustedes que será nuestro destino? ¿No llegaría él a los mayores extremos de tortura para conseguir que todo el mundo tema hacerle la guerra? ¡Ea! ¡Debemos hacer cualquier cosa para despojarlo de su poder! Mientras duró la tregua, jamás dejé de compadecernos, nunca dejé de congratular al rey y su ejército. ¡Qué vasto país vi, qué grande, qué inagotables provisiones, qué muchedumbre de sirvientes, cuántas vacas y ovejas, qué oro, qué prendas! Pero cuando pensaba en nuestros soldados... en que no teníamos parte en todas esas buenas cosas a menos que las compráramos, y en que pocos habían sido dejados con algo siquiera con lo cual comprar; y en que adquirir cualquier cosa sin comprarla estaba prohibido por nuestros juramentos. Mientras razonaba así, a veces temía más a la tregua que a la guerra de hoy. ”Sin embargo, ahora que ellos han roto la tregua, hay un fin tanto para su insolencia como para nuestra sospecha. Ahí están todas esas buenas cosas frente a nosotros, los premios para el bando que demuestre tener a los mejores hombres; los dioses son los jueces de la contienda, y estarán con nosotros, naturalmente. [...]
  ”Cuando ustedes hayan nombrado tantos comandantes como sean necesarios, reúnan a todos los demás soldados y aliéntenlos; que eso será justo lo que ellos desearán entonces. Quizá ustedes hayan notado qué abatidos estaban al llegar al campamento, qué abatidos montaron la guardia; en tal estado no sé qué podrían hacer con ellos. [...] Pero si alguien pudiera lograr que dejen de preguntarse qué será de ellos para preguntarse qué pueden hacer, estarán mucho más animados. Estoy seguro de que ustedes saben que no son los números ni la fuerza lo que da la victoria en la guerra; pero a un ejército que se arroja a la batalla con el alma más fuerte, sus enemigos generalmente no pueden resistirlo.

ANÁBASIS: LA MARCHA AL INTERIOR, JENOFONTE, 430?-355? A.C.

Los ejércitos de Ciro y Artajerjes se enfrentaron en los llanos de Cunaxa, no lejos de Babilonia. Ciro cayó muerto apenas iniciada la batalla, lo que puso rápido fin a la guerra. Los griegos se vieron de súbito en una situación precaria: habiendo combatido en el bando vencido de una guerra civil, estaban muy lejos de su patria y rodeados por persas hostiles. En seguida se les dijo, sin embargo, que Artajerjes no tenía rencillas con ellos. Su único deseo era que salieran de Persia lo más pronto posible. Les envió incluso un emisario, el comandante persa Tisafernes, para que los aprovisionara y escoltara de vuelta a Grecia. Así, guiados por Tisafernes y el ejército persa, los mercenarios emprendieron el largo trayecto a casa, a dos mil quinientos kilómetros de distancia.

Pocos días después de iniciada la marcha, los griegos tenían nuevos temores: las provisiones recibidas de los persas eran insuficientes, y la ruta que Tisafernes había elegido para ellos era problemática. ¿Podían confiar en los persas? Empezaron a discutir entre ellos.

El comandante griego Clearco comunicó las preocupaciones de sus soldados a Tisafernes, quien se mostró comprensivo: Clearco debía llevar a sus capitanes a una reunión en un sitio neutral, los griegos expondrían sus quejas y las dos partes llegarían a un entendimiento. Clearco accedió y apareció al día siguiente con sus oficiales a la hora y en el lugar convenidos, donde, sin embargo, un enorme contingente de persas los rodeó y arrestó. Fueron decapitados ese mismo día.

Uno de ellos logró escapar y alertó a los griegos de la traición persa. Esa noche, el campamento griego fue un lugar desolado. Algunos hombres discutían y acusaban; otros caían embriagados al suelo. Unos cuantos consideraron la posibilidad de huir; pero, muertos sus jefes, se sentían perdidos.

Esa noche, Jenofonte, quien se había mantenido casi completamente al margen durante la expedición, tuvo un sueño: un rayo de Zeus prendía fuego a la casa de su padre. Despertó angustiado. Comprendió al instante: la muerte miraba a los griegos a la cara, pero ellos perdían el tiempo quejándose, desesperándose, discutiendo. El problema estaba en su cabeza. Habiendo combatido por dinero más que por un propósito o causa, e incapaces de distinguir entre amigos y enemigos, se habían extraviado. La barrera entre ellos y su patria no eran los ríos ni las montañas ni el ejército persa, sino su turbado estado de ánimo. Jenofonte no quería morir de tan deshonrosa manera. No era militar, pero sabía filosofía, conocía el modo de pensar de los hombres y creía que si los griegos se concentraban en los enemigos que deseaban su muerte, estarían alerta y se volverían creativos. Si, por el contrario, seguían obsesionados en la vil traición de los persas, su cólera aumentaría y sería lo único que los motivara. Tenían que dejar de ser mercenarios confundidos y volver a ser griegos, lo diametralmente opuesto a los pérfidos persas. Lo que necesitaban era claridad y dirección.

Jenofonte decidió ser el rayo de Zeus, despertar a sus compañeros e iluminar su camino. Convocó a una reunión a todos los oficiales sobrevivientes y expuso su plan:

Declaremos la guerra a los persas sin siquiera decírselo; no más ideas de negociación ni debates. No perdamos más tiempo discutiendo o acusándonos entre nosotros; dirijamos cada gramo de nuestra energía contra los persas. Seamos tan inventivos e inspirados como lo fueron en Maratón nuestros ancestros, quienes repelieron a un ejército persa mucho mayor. Quememos nuestros carretones, vivamos de la tierra, actuemos rápido. No nos rindamos ni olvidemos los peligros que nos rodean un solo segundo. Es ellos o nosotros, vida o muerte, el bien o el mal. A quien trate de confundirnos con arteras palabras o vagas ideas de pacificación, declarémoslo demasiado estúpido y cobarde para estar de nuestro lado y echémoslo. Que los persas nos vuelvan despiadados. Que una sola idea nos consuma: llegar vivos a casa.

Los oficiales comprendieron que Jenofonte tenía razón. Al día siguiente se presentó ante ellos un oficial persa, quien les ofreció servir como embajador entre ellos y Artajerjes; siguiendo el consejo de Jenofonte, fue echado rápida y rudamente. Era ya la guerra y nada más.

Incitados a la acción, los griegos eligieron dirigentes, Jenofonte entre ellos, y emprendieron la marcha a su patria. Obligados a depender de su ingenio, pronto aprendieron a adaptarse al terreno, evitar batallas y avanzar de noche. Eludieron exitosamente a los persas, a los que batieron en un importante paso montañoso, que cruzaron antes de ser atrapados. Aunque entre Grecia y ellos quedaban todavía muchas tribus enemigas, ya habían dejado atrás al temible ejército persa. Tardaron varios años, pero casi todos ellos retornaron vivos a Grecia.

Interpretación

La vida es batalla y contienda, y tú enfrentarás constantemente situaciones desagradables, relaciones destructivas y compromisos riesgosos. La forma en que encares estas dificultades determinará tu destino. Como dijo Jenofonte, tus obstáculos no son los ríos ni las montañas ni las demás personas; tu obstáculo eres tú mism@. Si te extravías y confundes, si pierdes tu noción de dirección, si no puedes distinguir entre amigos y enemigos, sólo debes culparte a ti mism@.

Piensa que siempre estás a punto de iniciar una batalla. Todo depende de tu marco mental y tu forma de ver el mundo. Un cambio de perspectiva puede transformarte de mercenario pasivo y confundido a combatiente motivado y creativo.

Pensamiento político e instinto político se miden por lo tanto, sea en el plano teórico como en el práctico, sobre la base de la capacidad de distinguir amigo y enemigo. Los puntos más altos de la gran política son también los momentos en que el enemigo es visto, con concreta claridad, como enemigo.

CARL SCHMITT, 1888-1985.

Nos define nuestra relación con otras personas. De niñ@s desarrollamos una identidad diferenciándonos de los demás, al grado incluso de apartarnos de ellos, rechazarlos, rebelarnos. Así, cuanto más claramente sepas lo que no quieres ser, más clara será tu noción de tu identidad y propósito. Sin una sensación de esa polaridad, sin un enemigo contra el cual reaccionar, estarás tan perdid@ como los mercenarios griegos. Ofuscad@ por la perversidad de los demás, vacilarás en el momento decisivo y te sumirás en quejas y discusiones.

Concéntrate en un enemigo. Puede ser alguien que bloquea tu camino o te sabotea, ya sea sutil u obviamente; puede ser alguien que te ha lastimado o combatido injustamente; puede ser un valor o una idea que detestas y que percibes en un individuo o grupo. Puede ser una abstracción: estupidez, presunción, materialismo vulgar. No hagas caso a quien dice que la distinción entre amigos y enemigos es primitiva y passé. Lo único que hace es disfrazar su temor al conflicto tras una fachada de falsa cordialidad. Quiere desviarte, contaminarte de la vaguedad que lo aflige. Una vez que te sientas clar@ y motivad@, tendrás espacio para la verdadera amistad y el verdadero arreglo. Tu enemigo es la estrella polar que te guía. Dada esa dirección, puedes entrar en batalla.

El que no está conmigo, está contra mí.

–Lucas 11, 23.

EL ENEMIGO EXTERNO

A principios de la década de 1970, el sistema político británico se había establecido en un cómodo patrón: el Partido Laborista ganaba una elección, y la siguiente la ganaban los conservadores. El poder pasaba de unas manos a otras, siempre en forma extremadamente gentil y civilizada. De hecho, esos dos partidos habían terminado por asemejarse entre sí. Pero cuando los conservadores perdieron en 1974, algunos de ellos ya habían tenido suficiente. En afán de que las cosas cambiaran, propusieron a Margaret Thatcher como su líder. El partido se dividió ese año, y Thatcher aprovechó la discordia y ganó la nominación.

Nunca antes se había visto a un político como Thatcher. Mujer en un mundo controlado por hombres, era también orgullosamente clasemediera —hija de un abarrotero— en el partido tradicional de la aristocracia. Su forma de vestir era modesta, más propia de un ama de casa que de un político. Nunca había destacado en el Partido Conservador; de hecho, formaba parte de la extrema derecha de éste. Pero lo más asombroso de todo era su estilo: mientras que los demás políticos eran blandos y conciliadores, ella enfrentaba a sus adversarios atacándolos de frente. Tenía apetito de batalla.

La mayoría de los políticos consideraron la elección de Thatcher como una chiripa y no esperaban que perdurara. Y durante sus primeros años en la dirigencia del partido, cuando los laboristas estaban en el poder, ella hizo poco por modificar ese juicio. Denostaba al sistema socialista, que en su opinión había sofocado toda iniciativa y era responsable en gran medida del declive de la economía británica. Criticaba a la Unión Soviética en un periodo de détente. Luego, en el invierno de 1978-1979, varios sindicatos del sector público decidieron ir a la huelga. Thatcher persistió en su ofensiva, y asoció las huelgas con el Partido Laborista y el primer ministro, James Callaghan. El suyo era un audaz discurso divisionista, apto para llegar a los noticieros nocturnos, pero no para ganar elecciones. “Tiene que ser moderada con los votantes”, se le insistía, “no asustarlos”. Ése era al menos el saber convencional.

En 1979, el Partido Laborista convocó a elecciones generales. Thatcher se mantuvo a la carga, elevando esas elecciones a la categoría de cruzada contra el socialismo y última oportunidad de Gran Bretaña para modernizarse. Callaghan era el epítome del político gentil, pero Thatcher logró exasperarlo. Él no sentía más que desdén por esa ama de casa convertida en política, y le devolvió el fuego: coincidió en que esas elecciones serían un parteaguas, porque si Thatcher ganaba, pondría en crisis la economía. Esta estrategia pareció funcionar en parte; Thatcher atemorizaba a muchos votantes, y las encuestas que seguían la popularidad personal indicaron que sus cifras habían caído muy por debajo de las de Callaghan. Al mismo tiempo, sin embargo, la retórica de Thatcher y las respuestas de Callaghan polarizaron al electorado, el que por fin pudo notar una aguda diferencia entre los partidos. Habiendo dividido a la sociedad en izquierda y derecha, Thatcher atizó la divergencia, con lo que llamó la atención y atrajo a los indecisos. Obtuvo una victoria considerable.

Thatcher había sorprendido a los votantes, pero entonces, como primera ministra, tendría que moderar su tono, curar las heridas; según las encuestas, además, eso era lo que la gente quería. Pero, como de costumbre, hizo lo contrario, y aplicó recortes presupuestales aún más profundos que los propuestos durante su campaña. Cuando sus medidas entraron en vigor, la economía efectivamente cayó en crisis, como había dicho Callaghan, y el desempleo aumentó en alto grado. Hombres de su propio partido, muchos de los cuales resentían para entonces la forma en que ella los había tratado durante años, comenzaron a cuestionar públicamente su capacidad. Estos señores, a quienes Thatcher llamaba los “aguados”, eran los miembros más respetados del Partido Conservador y estaban alarmados: Thatcher estaba llevando al país a un desastre económico que temían tener que pagar con su carrera. La reacción de ella fue echarlos de su gabinete. Parecía dispuesta a apartarse de todos; la legión de sus enemigos crecía, y sus cifras en las encuestas caían cada vez más. Era indudable que las siguientes elecciones serían las últimas para ella.

Pero en 1982, al otro lado del Atlántico, la junta militar que gobernaba Argentina, necesitada de una causa para distraer al país de sus muchos problemas, invadió las islas Falkland, posesión británica sobre la que, sin embargo, Argentina tenía derechos históricos. Los oficiales de la junta estaban seguros de que los británicos abandonarían esas islas, áridas y remotas. Pero Thatcher no titubeó: pese a la distancia —trece mil kilómetros—, envió una fuerza naval a las Falkland. Líderes laboristas la criticaron por tan absurda y costosa guerra. Muchos en su propio partido estaban aterrados; si el intento por recuperar las islas fracasaba, el partido estaría arruinado. Thatcher estaba más sola que nunca. Pero gran parte de la sociedad vio entonces sus cualidades, que previamente habían parecido tan irritantes, bajo una nueva luz: su obstinación se convirtió en valor y nobleza. En comparación con los hombres vacilantes, endebles y trepadores que la rodeaban, Thatcher parecía resuelta y segura de sí misma.

Los británicos recobraron las Falkland, y Thatcher se elevó más que nunca. De pronto se olvidaron los problemas económicos y sociales del país. Thatcher dominó la escena, y en las dos elecciones siguientes arrolló a los laboristas.

Soy por naturaleza belicoso. Atacar está entre mis instintos. Poder ser un enemigo, ser un enemigo: esto presupone una naturaleza fuerte, es condición en cualquier caso de toda naturaleza fuerte. Ésta necesita resistencias, y por ello busca resistencias. [...] La fuerza de quien ataca tiene en la oposición que necesita una suerte de medida; todo aumento se revela en la búsqueda de un adversario poderoso, o problema: porque un filósofo belicoso también reta a duelo a los problemas. El empeño es sojuzgar no cualesquiera resistencias que se presenten, sino aquellas contra las que uno tiene que poner toda su fuerza, elasticidad y dominio de armas: sojuzgar a adversarios iguales.

FRIEDRICH NIETZSCHE, 1844-1900

Interpretación

Margaret Thatcher llegó al poder como una intrusa: una mujer de clase media, una radical de derecha. El primer impulso de la mayoría de los intrusos que alcanzan el poder es volverse como los de casa —la vida afuera es difícil—, pero al hacerlo pierden su identidad, su diferencia, lo que los distingue a ojos de la gente. Si Thatcher se hubiera vuelto como los hombres a su alrededor, simplemente habría sido remplazada por otro hombre más. Su impulso fue permanecer como intrusa. De hecho, llevó esto tan lejos como pudo: se erigió como una mujer contra un ejército de hombres.

En cada paso del camino, para disponer del contraste que necesitaba, Thatcher identificó a un adversario: los socialistas, los aguados, los argentinos. Estos enemigos ayudaron a definir su imagen como persona determinada, poderosa, abnegada. Thatcher no se dejó seducir por la popularidad, la cual es efímera y superficial. Los expertos podían obsesionarse en las cifras de popularidad, pero en la mente del votante —que, para un político, es el campo de batalla— una presencia dominante tiene mucho más atractivo que la simpatía. Que algunas personas te odien; no puedes complacer a todos. Tus enemigos, aquellos a quienes te opones tajantemente, te ayudarán a forjar una base de apoyo que no te abandonará. No te arremolines en el centro, donde están todos; en medio de una multitud no hay margen para la lucha. Polariza a la gente, aleja de ti a algunas personas y crea un espacio para la batalla.

Todo en la vida conspira para empujarte al centro, y no sólo políticamente. El centro es el reino del arreglo. Llevarse bien con los demás es una habilidad importante, pero que implica un riesgo: al buscar siempre la vía de menor resistencia, la vía de la conciliación, olvidas quién eres y te hundes en el centro con todos los demás. Concíbete en cambio como un@ luchador@, un@ intrus@ rodead@ de enemigos. La batalla constante te mantendrá fuerte y alerta. Te ayudará a definir en qué crees, en lo referente tanto a ti como a los demás. No te inquietes por enemistarte con algunas personas; sin enemistad no hay batalla, y sin batalla no hay posibilidad de victoria. No te dejes seducir por el deseo de ser apreciad@: es mejor que te respeten, e incluso que te teman. La victoria sobre tus enemigos te brindará una popularidad más duradera.

No supongas que el enemigo no acudirá, sino más bien cuenta con tu presteza en presentar batalla.

–Sun-tzu, El arte de la guerra (siglo IV a.C.).

CLAVES PARA LA GUERRA

Vivimos una época en la que es raro que la gente sea directamente hostil. Pero las reglas de la acción —social, política, militar— han cambiado, y lo mismo debe ocurrir con tu noción del enemigo. Un enemigo frontal es extraño ahora, pero en realidad es una bendición. Es difícil que la gente te ataque abiertamente y revele sus intenciones, el deseo de destruirte; por el contrario, es política e indirecta. Aunque hoy el mundo es más competitivo que nunca, se desalienta la agresión externa, así que la gente ha aprendido a encubrirse, a atacar impredecible y taimadamente. Muchos usan la amistad como medio para ocultar deseos agresivos: se acercan a ti para hacerte más daño. (Un amigo sabe mejor cómo herirte.) O, sin ser en realidad amigos, ofrecen asistencia y alianza: podrían parecer cooperadores, pero en definitiva promueven sus propios intereses a tus expensas. Después están quienes dominan la guerra moral, jugando a la víctima, haciéndote sentir culpable por algo indefinido que has hecho. El campo de batalla está lleno de estos escurridizos, evasivos y hábiles guerreros.

[Salvador Dalí] no tenía tiempo para quienes no estaban de acuerdo con sus principios, y emprendió la guerra en el campo enemigo escribiendo cartas insultantes a muchos de los amigos que había hecho en la Residencia, llamándolos cerdos. Se comparaba gustosamente con un toro diestro que evitaba a los vaqueros, y por lo general se divertía mucho provocando y escandalizando a casi cada intelectual catalán digno de ese nombre. Empezaba a quemar sus puentes con el celo de un incendiario. [...]
  “Habíamos resuelto [Dalí y el cineasta Luis Buñuel] enviar una venenosa carta con seudónimo a una gran celebridad de España”, refirió después Dalí a su biógrafo Alain Bosquet. “Nuestra meta era pura subversión. [...] Ambos estábamos muy influidos por Nietzsche. [...] Se nos ocurrieron dos nombres: Manuel de Falla, el compositor, y Juan Ramón Jiménez, el poeta. Echamos suertes y Jiménez ganó. [...] Así que escribimos una furiosa y repulsiva carta de incomparable violencia y la dirigimos a Juan Ramón Jiménez. Decía: ‘Distinguido amigo: Creemos que es nuestro deber informarle —desinteresadamente— que su obra es profundamente repugnante para nosotros a causa de su inmoralidad, histeria y arbitrariedad. [...]’. Esto le causó gran pesar a Jiménez. [...]”.

THE PERSISTENCE OF MEMORY: A BIOGRAPHY OF DALÍ, MEREDITH ETHERINGTON-SMITH, 1992.

Repara en que la palabra “enemigo” —del latín inimicus, “no amigo”— ha sido satanizada y politizada. Tu primera tarea como estratega es ampliar tu concepto del enemigo, para incluir en él al grupo de quienes actúan en tu contra, obstruyéndote, aun en formas sutiles. (A veces la indiferencia y la apatía son mejores armas que la agresión, porque no puedes ver la hostilidad que esconden.) Sin caer en la paranoia, debes darte cuenta de que hay personas que quieren anularte margen de maniobra. Podrás dar un paso atrás y esperar y ver, o pasar a la acción, ya sea agresiva o sólo evasiva, para evitar lo peor. Incluso podrás intentar convertir a un enemigo en amigo. Pero hagas lo que hagas, no seas una víctima ingenua. No te la pases replegándote, reaccionando a las maniobras de tus enemigos. Ármate de prudencia y nunca bajes por completo la guardia, ni siquiera con tus amigos.

La gente suele ser hábil para ocultar su hostilidad, pero a menudo emite señales inconscientes que indican que nada es lo que parece. Uno de los más próximos amigos y asesores del líder del Partido Comunista Chino Mao Tse-tung era Lin Biao, miembro de alto rango del politburó y posible sucesor del presidente. A fines de la década de 1960 y principios de la de 1970, sin embargo, Mao detectó un cambio en Lin: se había vuelto efusivamente amistoso. Todos elogiaban a Mao, pero las loas de Lin eran embarazosamente fervientes. Para Mao eso significó que algo marchaba mal. Vigiló muy de cerca a Lin y decidió que éste tramaba tomar el poder, o al menos colocarse en posición de llegar a la cima. Y tenía razón: Lin intrigaba diligentemente. La cuestión no es desconfiar de todos los gestos amistosos, sino notarlos. Registra todo cambio en la temperatura emocional: sociabilidad inusual, un nuevo deseo de intercambiar confidencias, excesivos elogios de terceros, el deseo de una alianza que podría tener más sentido para la otra persona que para ti. Confía en tu intuición: si la conducta de alguien te parece sospechosa, probablemente lo sea. Podría resultar ser benigna, pero entre tanto es mejor estar en guardia.

La oposición de un miembro contra un socio no es un factor social puramente negativo, así sea sólo porque tal oposición suele ser el único medio para hacer al menos posible la vida con personas realmente insoportables. Si ni siquiera tuviéramos el poder y el derecho de rebelarnos contra la tiranía, la arbitrariedad, el malhumor, la falta de tacto, no podríamos tolerar ninguna relación con gente cuyo carácter sufrimos.
  Nos sentiríamos empujados a dar pasos desesperados, los que, en efecto, terminarían con la relación, pero quizá no constituirían un “conflicto”. No sólo porque [...] la presión usualmente aumenta si se sufre con calma y sin protesta, sino también porque la oposición nos da satisfacción, distracción, alivio internos. [...] Nuestra oposición nos hace sentir que no somos del todo víctimas de las circunstancias.

GEORG SIMMEL, 1858-1918.

Puedes sentarte a interpretar las señales, o trabajar activamente para poner al descubierto a tus enemigos; golpear la hierba para sorprender a las serpientes, como dicen los chinos. En la Biblia leemos acerca de la sospecha de David de que su suegro, el rey Saúl, deseaba en secreto su muerte. ¿Cómo podía comprobarlo? Confió su sospecha al hijo de Saúl, Jonatán, su amigo íntimo. Jonatán se rehusaba a creerlo, así que David propuso una prueba. Se le esperaba en la corte para un banquete. No asistiría; Jonatán se presentaría y ofrecería la excusa de David, adecuada pero no imperiosa. Como era de esperar, esa excusa encolerizó a Saúl, quien exclamó: “¡Vayan ahora mismo por él y tráiganmelo! ¡Merece morir!”.

La prueba de David fue acertada gracias a su ambigüedad. Su excusa para ausentarse del banquete podía interpretarse de más de una manera: si Saúl tenía buenas intenciones para con David, consideraría egoísta la ausencia de su yerno, en el peor de los casos; pero como lo odiaba en secreto, la vio como una desvergüenza, y eso lo sacó de sus casillas. Sigue el ejemplo de David: di o haz algo que pueda interpretarse de más de una manera; algo superficialmente cortés, pero que también indique una leve frialdad de tu parte o pueda ser visto como un insulto sutil. Un amigo podría extrañarse, pero lo dejará pasar. El enemigo secreto, en cambio, reaccionará con ira. Basta una emoción intensa para que sepas que hay algo que hierve bajo la superficie.

Con frecuencia el mejor medio para lograr que la gente revele sus verdaderas intenciones es provocar tensión y discusión. El productor de Hollywood Harry Cohn, presidente de Universal Pictures, usaba a menudo esta estrategia para indagar la verdadera postura de los colaboradores del estudio que se resistían a mostrar de qué lado estaban: atacaba de pronto su trabajo o adoptaba una posición extrema, y aun ofensiva, en una discusión. Así provocados, directores y guionistas abandonaban su usual cautela y exponían sus verdaderas opiniones.

Cuando se viaja río arriba por cualquiera de las grandes corrientes [de Borneo], se hallan tribus sucesivamente más belicosas. En las regiones costeras residen comunidades pacíficas que nunca pelean salvo en defensa propia, y aun así con escaso éxito, mientras que en las regiones centrales, donde los ríos crecen, se ubican varias tribus extremadamente belicosas cuyas irrupciones han sido constante fuente de terror para las comunidades asentadas en los tramos inferiores de los ríos. [...] Podría suponerse que la pacífica gente de la costa sería superior en cualidades morales a sus pendencieros vecinos, pero lo cierto es lo contrario. En casi todos los aspectos, la ventaja asiste a las tribus belicosas. Sus casas están mejor construidas, son más grandes y más limpias; su moral doméstica es superior; son físicamente más fuertes, son más valientes, y física y mentalmente más activos, y en general más dignos de confianza. Pero, sobre todo, su organización social es más firme y eficiente, porque su respeto y obediencia a sus jefes y lealtad a su comunidad son mucho mayores; cada hombre se identifica con la comunidad entera, y acepta y ejecuta lealmente los deberes sociales que se le imponen.

WILLIAM MCDOUGALL, 1871-1938.

Comprende que la gente tiende a ser vaga y escurridiza porque esto es más seguro que comprometerse expresamente con algo. Si tú eres el jefe, la gente no hará sino repetir tus ideas. Pero su acuerdo es usualmente mera adulación. Llévala entonces al plano emocional; la gente suele ser más sincera al discutir. Si provocas una discusión con alguien y sigue repitiendo tus ideas, es probable que estés tratando con un camaleón, tipo de persona particularmente peligroso. Ten cuidado de la gente que se oculta tras una fachada de vagas abstracciones e imparcialidad: nadie es imparcial. Una pregunta incisivamente formulada, una opinión ideada para ofender, lo hará reaccionar y tomar partido.

A veces es mejor asumir un enfoque menos directo con tus posibles enemigos, ser tan sutil e intrigante como ellos. En 1519, Hernán Cortés llegó a México con su banda de aventureros. Entre esos quinientos hombres había algunos cuya lealtad era dudosa. A lo largo de la expedición, cada vez que uno de los soldados de Cortés hacía algo que él consideraba sospechoso, jamás se enojaba ni lo acusaba. Fingía en cambio simpatizar con ellos, aceptando y aprobando lo que habían hecho. Pensando débil a Cortés, o que estaba de su lado, daban un paso más. Él conseguía entonces lo que quería: una señal clara, para sí mismo y los demás, de que eran traidores. Entonces podía aislarlos y destruirlos. Adopta el método de Cortés: si amigos o seguidores de cuyos verdaderos motivos sospechas sugieren algo sutilmente hostil, o contrario a tus intereses, o simplemente excéntrico, evita la tentación de reaccionar, decir no, enojarte o incluso hacer preguntas. Sigue adelante, o simula hacerte de la vista gorda: tus enemigos pronto llegarán más lejos y dejarán ver más claramente sus designios. Entonces los tendrás a la vista y podrás atacar.

Un enemigo suele ser grande y difícil de precisar: una organización, o una persona oculta tras una embrollada red. Lo que debes hacer es apuntar a una parte del grupo: un líder, un vocero, un miembro clave del círculo principal. Fue así como el activista Saul Alinsky atrapó a corporaciones y burocracias. En su campaña de la década de 1960 para terminar con la discriminación racial en el sistema de escuelas públicas de Chicago, se concentró en el superintendente escolar, a sabiendas de que este hombre echaría la culpa a sus superiores. Atacando repetidamente al superintendente, pudo dar publicidad a su lucha, y a aquel individuo le fue imposible esconderse. Finalmente, sus jefes tuvieron que salir en su ayuda, exhibiéndose en el proceso. Como Alinsky, no apuntes nunca a un enemigo vago y abstracto. Es difícil reunir las emociones necesarias para librar una batalla incruenta como ésa, lo que en cualquier caso dejará invisible a tu enemigo. Personaliza la batalla, cara a cara.

El hombre existe sólo en la medida en que es resistido.

GEORG HEGEL, 1770-1831.

El peligro está en todas partes. Siempre habrá personas hostiles y relaciones destructivas. La única manera de salir de una dinámica negativa es hacerle frente. Reprimir tu enojo, evitar a la persona que te amenaza, buscar siempre la conciliación: estas estrategias comunes significan la ruina. Evitar el conflicto se vuelve hábito, y pierdes el gusto por la batalla. Sentirte culpable no sirve de nada; no es culpa tuya tener enemigos. Sentirte ofendid@ o victimad@ es igualmente inútil. En ambos casos ves dentro, te concentras en ti y tus sentimientos. En lugar de internalizar una situación desagradable, externalízala y enfrenta a tu enemigo. Ésta es la única salida.

El psicólogo infantil Jean Piaget veía el conflicto como parte crítica del desarrollo mental. Mediante batallas con chicos de su edad y después con sus padres, los niños aprenden a adaptarse al mundo y a desarrollar estrategias para resolver problemas. Los niños que intentan evitar conflictos a toda costa, o que tienen padres sobreprotectores, terminan afectados social y mentalmente. Lo mismo puede decirse de los adultos: a través de tus batallas con los demás, aprendes qué funciona, qué no y cómo protegerte. Así, en vez de acobardarte ante la idea de tener enemigos, abrázala. El conflicto es terapéutico.

Los enemigos brindan muchos dones. Para comenzar, te motivan y ajustan tus juicios. El artista Salvador Dalí descubrió pronto que había muchos rasgos que no soportaba en la gente: conformismo, romanticismo, piedad. En cada etapa de su vida, encontró a alguien que, en su opinión, encarnaba esos antiideales, un enemigo que asediar. Primero fue el poeta Federico García Lorca, quien escribía poesía romántica; después André Breton, el autoritario líder del movimiento surrealista. Tener enemigos contra los cuales rebelarse lo hacía sentirse seguro e inspirado.

Los enemigos también te proporcionan un punto de referencia para juzgarte, tanto personal como socialmente. Los samurais de Japón no tenían una medida de su excelencia a menos que se enfrentaran a los mejores espadachines; tocó a Joe Frazier hacer de Muhammad Alí un gran boxeador. Un adversario difícil te hará dar lo mejor de ti. Y cuanto mayor sea él, mayor será también tu recompensa, aun en la derrota. Es mejor perder ante un contrincante valioso que aplastar a un enemigo inofensivo. Ganarás simpatía y respeto, y acumularás apoyo para tu siguiente contienda.

Ser atacad@ es signo de que eres suficientemente importante para ser un objetivo. Deberías disfrutar de esa atención y de la oportunidad de ponerte a prueba. Tod@s tenemos impulsos agresivos que se nos obliga a reprimir; un enemigo te ofrece una salida para esos instintos. Al menos tienes a alguien en quien descargar tu agresión sin sentirte culpable.

La frecuente escucha de mi ama leyendo la Biblia —porque solía leer en voz alta cuando su esposo estaba ausente— despertó pronto mi curiosidad respecto al misterio de la lectura, y animó en mí el deseo de aprender. No teniendo ningún temor a mi querida ama ante mis ojos (ella no me había dado razón para temerle), le pedí francamente que me enseñara a leer; y sin vacilar, la buena mujer inició la tarea, y muy pronto, gracias a su ayuda, dominé el alfabeto, y podía deletrear palabras de tres o cuatro letras.[...]
  El amo Hugh se sorprendió de la simplicidad de su esposa y, probablemente por primera vez, le expuso la filosofía real de la esclavitud, y las peculiares reglas que amos y amas debían observar en la administración de sus bienes humanos. El señor Auld le prohibió al instante continuar con su instrucción [de lectura]; diciéndole, en primer lugar, que el acto mismo era ilegal; que también era inseguro, y sólo podía conducir a desgracias. [...]
  La señora Auld sintió evidentemente la fuerza de las observaciones de su marido; y, como esposa obediente, siguió la dirección indicada por él. El efecto de sus palabras, en mí, no fue leve ni transitorio. Sus sentencias de hierro —ásperas y frías— calaron hondo en mi corazón, y no sólo inflamaron mis sentimientos en una suerte de rebelión, sino que también despertaron en mí una adormecida avalancha de ideas vitales. Fue una nueva y especial revelación descubrir un doloroso misterio que mi joven entendimiento había pugnado en vano por saber: el poder del hombre blanco para perpetuar la esclavitud del hombre negro.
  “Muy bien”, pensé; “el conocimiento inhabilita a un niño para ser esclavo”. Consentí instintivamente esa proposición; y a partir de ese momento entendí la vía directa de la esclavitud a la libertad. Eso era justo lo que yo necesitaba; y lo recibí en el momento, y de la fuente, que menos esperaba. [...]
  Cuerdo como era el señor Auld, evidentemente subestimó mi comprensión, y tenía escasa idea del uso que yo era capaz de hacer de la grandiosa lección que dio a su esposa. [...] Que lo que él amaba más era lo que yo más odiaba; y la propia determinación que expresó de mantenerme en la ignorancia sólo rindió en mí mayor resolución de buscar la inteligencia.

MY BONDAGE AND MY FREEDOM,
FREDERICK DOUGLASS, 1818-1895.

Los líderes siempre han hallado útil tener un enemigo a sus puertas en momentos angustiosos, para distraer a la gente de sus dificultades. Al usar a tus enemigos para reunir a tus tropas, polarízalas lo más posible: combatirán más ferozmente si sienten un poco de odio. Así, exagera las diferencias entre tu enemigo y tú: traza claramente la línea. Jenofonte no se propuso ser justo; no dijo que en realidad los persas no eran tan malos y que habían hecho mucho en pro de la civilización. Los llamó bárbaros, la antítesis de los griegos. Describió su reciente traición y dijo que eran una cultura maligna que no podía encontrar favor con los dioses. Igual tú: tu meta es la victoria, no la justicia ni el equilibrio. Usa la retórica de la guerra para incitar interés y estimular el espíritu.

Lo que necesitas en la guerra es margen de maniobra. Las esquinas estrechas significan muerte. Tener enemigos te da opciones. Puedes oponerlos entre sí, hacerte amigo de uno de ellos como medio para atacar al otro, etc. Sin enemigos no sabrás cómo o dónde maniobrar y perderás la noción de tus límites, de cuán lejos puedes llegar. Julio César identificó pronto a Pompeyo como su enemigo. Midiendo sus acciones y calculando cuidadosamente, sólo hacía cosas que lo dejaran en una sólida posición en relación con Pompeyo. Cuando finalmente estalló la guerra entre ambos, César estaba en condiciones ideales. Pero una vez que derrotó a Pompeyo y se quedó sin rivales, perdió todo sentido de proporción; de hecho, dio en creerse dios. Su victoria sobre Pompeyo fue su ruina. Tus enemigos te imponen un sentido de realismo y humildad.

Recuerda: siempre habrá personas más agresivas, insinceras y crueles que tú, y es inevitable que algunas de ellas se crucen en tu camino. Querrás conciliar y llegar a un arreglo con ellas. La razón es que esas personas suelen ser muy hábiles para engañar y están al tanto del valor estratégico de congeniar o de simular concederte amplio espacio, cuando en realidad sus deseos no tienen límite y sólo intentan desarmarte. Con algunas personas tienes que endurecerte, reconocer que no hay terreno común ni esperanza de conciliación. Para tu adversario, tu deseo de llegar a un arreglo es un arma por usar contra ti. Conoce a estos peligrosos enemigos por su pasado: averigua rápidos aumentos de poder, súbitas mejoras de fortuna, previos actos de traición. Una vez que sospeches que tratas con un Napoleón, no bajes la guardia ni confíes tu adversario a otra persona. Tú eres la última línea de tu propia defensa.

Imagen:

La  Tierra.  El  ene-

migo  es  el  suelo  bajo  tus

pies.  Posee  una  gravedad  que
  te  mantiene  en tu  sitio,  una  fuer-

za  de  resistencia.  Echa  profundas

raíces  en  esta  tierra  para  obtener

firmeza  y  fuerza.  Sin  un  enemi-

go que pisotear, que atropellar,

perderás  la  compostura  y
   todo  sentido  de  pro-

porción.

Autoridad: Si confías en tu seguridad y no piensas en el peligro; si no sabes estar suficientemente alerta a la llegada de los enemigos, serás como el gorrión que anida en un toldo o el pez que nada en un caldero: no terminarás el día. –Chuko Liang (181-234 d.C.).

REVERSO

Mantén siempre bajo control la búsqueda y uso de enemigos. Lo que deseas es claridad, no paranoia. Ha sido la ruina de muchos tiranos ver un enemigo en todos. Pierden su comprensión de la realidad y se enredan irremediablemente en las emociones que su paranoia les suscita. Al permanecer atento a posibles enemigos, simplemente eres prudente y cautelos@. Guarda tus sospechas para ti; si estás equivocad@, nadie lo sabrá. Asimismo, cuídate de polarizar tanto a la gente que no te sea posible retroceder. Margaret Thatcher, usualmente brillante en el juego de la polarización, perdió al final el control sobre él: se creó demasiados enemigos y no cesó de repetir la misma táctica aun en situaciones que imponían el repliegue. Franklin Delano Roosevelt era un maestro de la polarización, siempre deseoso de trazar una línea entre sus enemigos y él. Una vez que dejaba suficientemente clara esa línea, sin embargo, daba marcha atrás, lo que lo hacía parecer conciliador, un hombre de paz que ocasionalmente se lanzaba a la guerra. Aun si esta impresión era falsa, crearla era el colmo de la sabiduría.