LA ESTRATEGIA DE LA GUERRA
DE GUERRILLAS MENTAL
Nadie ha ascendido tan rápido al poder como Napoleón Bonaparte (1769-1821). En 1793 pasó de capitán en el ejército revolucionario francés a general brigadier. En 1796 fue el jefe de las fuerzas francesas en Italia contra los austriacos, a los que aplastó ese año y de nuevo tres años después. Fue primer cónsul de Francia en 1801, emperador en 1804. En 1805 humilló a los ejércitos austriaco y ruso en la Batalla de Austerlitz.
Para muchos, Napoleón era más que un gran general: un genio, un dios de la guerra. No todos estaban impresionados, sin embargo; había generales prusianos que pensaban que simplemente había sido afortunado. Mientras que él había sido arrojado y agresivo, creían, sus adversarios habían sido tímidos y débiles. Si alguna vez enfrentaba a los prusianos, se revelaría como un gran farsante.
Entre esos generales prusianos estaba Friedrich Ludwig, príncipe de Hohenlohe-Ingelfingen (1746-1818). Hohenlohe procedía de una de las más antiguas familias aristocráticas de Alemania, dueña de un ilustre expediente militar. Había iniciado pronto su carrera, bajo las órdenes del propio Federico el Grande (1712-1786), el hombre que por sí solo había hecho de Prusia una gran potencia. Hohenlohe había ascendido por méritos, convirtiéndose en general a los cincuenta, joven para los estándares prusianos.
Para Hohenlohe, el éxito en la guerra dependía de la organización, la disciplina y el uso de estrategias superiores desarrolladas por experimentadas mentes militares. Los prusianos ejemplificaban todas esas virtudes. Los soldados prusianos entrenaban severamente hasta ejecutar elaboradas maniobras con la precisión de una máquina. Los generales prusianos estudiaban intensamente las victorias de Federico el Grande; la guerra era para ellos una cuestión matemática, la aplicación de principios inmutables. Para esos generales, Napoleón era un corso exaltado que dirigía a un ejército de ciudadanos revoltosos. Superiores en conocimientos y habilidades, ellos lo superarían en estrategia. Los franceses se aterrarían y desmoronarían ante los disciplinados prusianos; el mito napoleónico yacería en ruinas, y Europa recuperaría su antiguo orden.
La teoría no es capaz de dotar a la inteligencia de fórmulas para resolver problemas, ni de indicar la estrecha senda de la presumible solución única alzando en cada flanco una cerca de principios. En cambio, es capaz de ofrecerle señales en torno a la gran masa de fenómenos y sus relaciones, y liberarla después para que se remonte a las alturas supremas de la acción. La inteligencia puede emplear ahí sus naturales talentos, concertándolos con objeto de conocer lo cierto y verdadero como si se tratase de una idea resultante de la concentración de dichos talentos; de una reacción al desafío próximo, no de un fruto de la reflexión.
DE LA GUERRA, CARL VON CLAUSEWITZ, 1780-1831.
En agosto de 1806, Hohenlohe y sus camaradas generales obtuvieron por fin lo que deseaban: el rey Federico Guillermo III de Prusia, cansado de las promesas incumplidas de Napoleón, decidió declararle la guerra en seis semanas. Entre tanto, pidió a sus generales proponer un plan para destruir a los franceses.
Hohenlohe se sintió extasiado. Esa campaña sería el clímax de su carrera. Había pensado durante años en cómo batir a Napoleón, y presentó su plan en la primera sesión de estrategia de los generales: marchas precisas colocarían al ejército en el ángulo perfecto desde el cual atacar a los franceses mientras éstos avanzaban por el sur de Prusia. Un ataque en formación oblicua —la táctica favorita de Federico el Grande— asestaría un golpe devastador. Los demás generales, todos ellos de entre sesenta y ochenta años de edad, presentaron sus propios planes, pero también eran meras variantes de las tácticas de Federico el Grande. La conversación derivó en discusión; transcurrieron varias semanas. Al final, el rey tuvo que intervenir y elaborar una estrategia de compromiso que satisfaciera a todos sus generales.
En forma a menudo muy arbitraria, [el barón Antoine-Henri de Jomini] fuerza [los actos napoleónicos] en un sistema que impone a Napoleón, de modo que es absolutamente incapaz de ver lo que, antes que nada, constituye en realidad la grandeza de este capitán; a saber, el temerario arrojo de sus operaciones, en las que, burlándose de toda teoría, siempre intentó hacer lo que mejor convenía a cada ocasión.
FRIEDRICH VON BERNHARDI, 1849-1930.
Una sensación de exuberancia recorría el país, que pronto volvería a vivir los años de gloria de Federico el Grande. Los generales sabían que Napoleón estaba al tanto de sus planes —tenía excelentes espías—, pero los prusianos contaban con una ventaja inicial; y una vez que su máquina de guerra empezaba a moverse, nada podía detenerla.
El 5 de octubre, pocos días antes de que el rey declarara la guerra, los generales recibieron terribles noticias. Una misión de reconocimiento reveló que divisiones del ejército de Napoleón, que ellos habían creído disperso, habían marchado al este, se habían combinado y se hallaban en intensa formación en el sur de Prusia. El capitán que había encabezado esa misión de exploración informó que los soldados franceses marchaban con mochilas a la espalda: mientras que los prusianos usaban lentos carretones para aprovisionar a sus tropas, los franceses cargaban sus propios suministros y se movían con pasmosa celeridad y agilidad.
Antes de que los generales tuvieran tiempo de ajustar sus planes, el ejército de Napoleón viró de súbito al norte, enfilando directamente hacia Berlín, el corazón de Prusia. Los generales discutían y titubeaban, moviendo a sus tropas de aquí para allá, tratando de decidir dónde atacar. El pánico cundió. Por fin, el rey ordenó la retirada: las tropas se reagruparían en el norte y atacarían el flanco de Napoleón mientras éste avanzaba hacia Berlín. Hohenlohe estaría a cargo de la retaguardia, para proteger el repliegue prusiano.
El 14 de octubre, cerca de la ciudad de Jena, Napoleón alcanzó a Hohenlohe, quien se vio por fin frente a la batalla que tan desesperadamente había deseado. Ambos bandos eran iguales en número; pero mientras que los franceses eran una fuerza ingobernable, que peleaba atropelladamente y a la carrera, Hohenlohe mantenía a sus tropas en estricto orden, orquestándolas como un cuerpo de ballet. El combate osciló hasta que los franceses capturaron al fin la villa de Vierzehnheiligen.
Hohenlohe ordenó a sus tropas recuperar la plaza. En un ritual que se remontaba a Federico el Grande, un tambor mayor tocó una marcha y los soldados prusianos, sus banderas al vuelo, tomaron otra vez sus posiciones en un desfile perfectamente ordenado, preparándose para avanzar. Estaban en descampado, sin embargo, y los hombres de Napoleón se hallaban detrás de las tapias de los jardines y sobre los techos de las casas. Los prusianos eran, así, bolos para los tiradores franceses. Confundido, Hohenlohe ordenó a sus soldados detenerse y cambiar de formación. Los tambores volvieron a sonar, los prusianos marcharon con magnífica precisión, un espectáculo siempre digno de admirar... pero los franceses no dejaban de dispararles, diezmando así al frente prusiano.
Hohenlohe jamás había visto un ejército como ése. Los soldados franceses eran demonios. A diferencia de sus disciplinadas tropas, se movían por sí solos, pero había método en su locura. De pronto, como salidos de ninguna parte, se precipitaron por ambos lados, amenazando con rodear a los prusianos. El príncipe ordenó la retirada. La Batalla de Jena había concluido.
Como un castillo de naipes, los prusianos se desplomaron rápidamente, cayendo una fortaleza tras otra. El rey huyó al este. En cuestión de días, no quedó prácticamente nada del antes poderoso ejército prusiano.
Interpretación
La realidad que enfrentaban los prusianos en 1806 era simple: se habían atrasado cincuenta años. Sus generales eran viejos, y en lugar de responder a las circunstancias presentes, repetían fórmulas que habían rendido fruto en el pasado. Su ejército se movía lentamente, y sus soldados eran autómatas que desfilaban. Los generales prusianos habían dispuesto de muchas señales que les advertían del desastre: su ejército no se había desempeñado bien en acciones recientes, varios oficiales prusianos habían aconsejado reformas y por último, aunque no en importancia, habían tenido diez años para estudiar a Napoleón: sus innovadoras estrategias y la velocidad y fluidez con que sus ejércitos convergían sobre el enemigo. La realidad los veía a la cara, pero ellos optaron por ignorarla. Se decían, en efecto, que era Napoleón quien estaba condenado al fracaso.
EL MURCIÉLAGO Y LAS COMADREJAS
Un murciélago que había caído al suelo fue capturado por una comadreja y, cuando ésta le iba a matar, le suplicó por su salvación. Al decirle la comadreja que no podía liberarle, pues por naturaleza combatía a todos los voladores, él le dijo que no era un pájaro, sino un ratón, y así le dejó libre. Más tarde cayó de nuevo al suelo y lo cogió otra comadreja, a la que también pidió que no lo devorara. Como ésta dijese que odiaba a todos los ratones, él repuso que no era ratón, sino murciélago, y de nuevo fue liberado. Y así ocurrió que, por cambiar dos veces de nombre, logró su salvación. La fábula muestra que tampoco nosotros debemos permanecer siempre en lo mismo, pensando que los que se acomodan a las circunstancias muchas veces evitan los peligros.
FÁBULAS, ESOPO, SIGLO VI A.C
Quizá tú consideres al ejército prusiano un mero ejemplo histórico interesante, pero es probable que estés siguiendo la misma dirección. Lo que limita a los individuos tanto como a las naciones es la incapacidad de enfrentar la realidad, de ver las cosas tal como son. Conforme envejecemos, nos aferramos cada vez más al pasado. Nos vence la costumbre. Lo que alguna vez nos funcionó se vuelve doctrina, una concha para protegernos de la realidad. La repetición remplaza a la creatividad. Es raro que nos demos cuenta de que hacemos esto, porque nos es casi imposible verlo suceder en nuestra mente. Luego, de repente, un joven Napoleón se cruza en nuestro camino, una persona que no respeta la tradición, que lucha en una forma nueva. Sólo entonces vemos que nuestra manera de pensar y reaccionar ya es obsoleta.
Nunca des por supuesto que tus éxitos pasados cotinuarán en el futuro. En realidad, tus éxitos pasados son tu mayor obstáculo: cada batalla, cada guerra, es diferente, y no puedes suponer que lo que funcionó antes funcionará hoy. Debes soltar el pasado y abrir tus ojos al presente. Tu tendencia a dar la guerra pasada puede conducirte a tu última guerra.
Cuando, en 1806, los generales prusianos [...] se precipitaron a la catástrofe por emplear la formación oblicua de Federico el Grande, ejemplificaron no sólo un estilo obsoleto, sino también la más aguda indigencia mental a que la inercia haya conducido nunca. En consecuencia, al mando de Hohenlohe, el ejército prusiano fue vencido en el campo de batalla como ninguno otro lo había sido jamás.
—Carl von Clausewitz, DE LA GUERRA (1780-1831).
En 1605, Miyamoto Musashi, un samurai que había ganado fama como espadachín a la corta edad de veintiún años, fue retado a duelo. El retador, un joven llamado Matashichiro, pertenecía a la familia Yoshioka, clan renombrado por su destreza en el manejo de la espada. Ese mismo año, Musashi había derrotado al padre de Matashichiro, Genzaemon, en un duelo. Días después había dado muerte al hermano menor de Genzaemon en un duelo más. La familia Yoshioka clamaba venganza.
Nunca leí tratados de estrategia. [...] Cuando peleamos, no llevamos libros con nosotros.
MAO TSE-TUNG, 1893-1976.
Los amigos de Musashi olieron una trampa en el reto de Matashichiro y ofrecieron acompañarlo al duelo, pero Musashi fue solo. En sus anteriores enfrentamientos con los Yoshioka, los había enojado presentándose con varias horas de retraso; esta vez, en cambio, llegó temprano y se escondió en los árboles. Matashichiro arribó con un pequeño ejército. Musashi “llegará tarde, como de costumbre”, dijo uno de ellos, “¡pero esa treta ya no dará resultado con nosotros!”. Seguros de su emboscada, los hombres de Matashichiro se echaron y se ocultaron en la hierba. De repente, Musashi salió de detrás de su árbol y gritó: “Llevo mucho tiempo esperando. ¡Saca tu espada!”. De un rápido golpe, mató a Matashichiro, y luego adoptó una posición en ángulo frente a los demás hombres. Ellos se pusieron de pie de un salto, pero, tomados por sorpresa, formaron una línea irregular en vez de rodearlo. Musashi recorrió simplemente la línea, matando a los atónitos hombres uno tras otro en cuestión de segundos.
La victoria de Musashi selló su fama como uno de los mejores espadachines de Japón. Vagó entonces por el país en busca de retos apropiados. En una ciudad oyó hablar de un guerrero invicto llamado Baiken, cuyas armas eran una hoz y una larga cadena con una bola de acero en un extremo. Musashi quiso ver esas armas en acción, pero Baiken se negó: la única forma en que podría verlas actuar, le dijo Baiken, sería librando un duelo.
RENOVACIÓN DE LA MENTE Cuando tú y tu adversario traban combate y éste se prolonga sin fin visible, es crucial que des con una técnica completamente distinta. Renovando tu mente y técnicas mientras encaras a tu adversario, encontrarás el momento y ritmo adecuado para vencerlo. Cada vez que tú y tu adversario se estanquen, debes emplear de inmediato un método diferente de habértelas con él para poder derrotarlo.
THE BOOK OF FIVE RINGS, MIYAMOTO MUSASHI, 1584- 1645.
También esta vez los amigos de Musashi optaron por la ruta segura: lo instaron a retirarse. Nadie había derrotado ni por asomo a Baiken, cuyas armas eran insuperables: remolineando su bola en el aire para cobrar impulso, hacía retroceder a su víctima con un ataque implacable, para luego lanzarle la bola a la cara. El contrincante tenía que parar la bola y la cadena; y, ocupado el brazo con la espada, en ese breve instante Baiken le cortaba el cuello con la hoz.
Ignorando las advertencias de sus amigos, Musashi retó a Baiken y se presentó en la tienda de éste con dos espadas, una larga y otra corta. Baiken nunca había visto pelear a alguien con dos espadas. Además, en lugar de permitir que Baiken cargara contra él, Musashi atacó primero, haciendo retroceder a su enemigo. Baiken dudó de arrojar la bola, porque Musashi podía desviarla con una espada y herirlo con la otra. Mientras Baiken buscaba una oportunidad, Musashi le hizo perder de pronto el equilibrio con un toque de la espada corta, seguido una fracción de segundo después con un lance de la larga, atravesando y matando al hasta entonces invicto maestro Baiken.
Años más tarde, Musashi se enteró de un gran samurai llamado Sasaki Ganryu, quien peleaba con una espada muy larga, arma increíblemente bella que parecía poseída por un espíritu guerrero. Ese combate sería la prueba suprema de Musashi. Ganryu aceptó el reto; el duelo tendría lugar en una pequeña isla cerca de la casa del samurai.
La mañana del duelo, la isla estaba repleta. Un encuentro entre guerreros como ésos no tenía precedente. Ganryu se presentó a tiempo, pero Musashi llegó tarde, muy tarde. Pasó una hora, luego dos; Ganryu estaba furioso. Finalmente se vio que un bote se aproximaba a la isla. Su pasajero estaba acostado, al parecer semidormido, y afilaba un largo remo de madera. Era Musashi. Parecía perdido en sus pensamientos, contemplando las nubes. Cuando el bote llegó a la orilla, Musashi se ató una sucia toalla alrededor de la cabeza y saltó fuera, empuñando el largo remo, más largo que la famosa espada de Ganryu. Este extraño hombre había llegado al principal combate de su vida con un remo por espada y una toalla por cinta.
Es un mal obsesionarse con la idea de ganar. También es un mal obsesionarse con la idea de emplear la destreza en la espada. Lo es asimismo obsesionarse con la idea de usar todo lo aprendido, y obsesionarse con la idea de atacar. También es un mal obsesionarse y aferrarse a la idea de librarse de todos esos males. Un mal es aquí una mente obsesionada que se dilata en una cosa. Como todos esos males están en tu mente, debes librarte de ellos para poner tu mente en orden.
TAKUAN, JAPÓN, 1573-1645.
Ganryu exclamó airadamente: “¿Tanto me temes que rompiste tu promesa de estar aquí a las ocho?”. Musashi no dijo nada, pero se acercó. Ganryu sacó su magnífica espada y tiró la funda en la arena. Musashi sonrió: “Sasaki, acabas de sellar tu ruina”. “¿Yo? ¿Derrotado? ¡Imposible!” “¿Qué vencedor sobre la tierra”, replicó Musashi, “abandonaría su funda al mar?”. Esta enigmática observación sólo enojó más a Ganryu.
Musashi atacó entonces, apuntando su remo afilado directamente a los ojos de su enemigo. Ganryu alzó de inmediato su espada y la dejó caer sobre la cabeza de Musashi, pero falló, cortando en dos la cinta de toalla. Nunca antes había fallado. Casi en ese mismo instante, Musashi bajó su espada de madera e hirió a Ganryu en los pies. Los espectadores se quedaron sin aliento. Mientras Ganryu avanzaba con dificultad, Musashi lo mató de una estocada en la cabeza. A continuación, tras inclinarse cortésmente ante los hombres que presidían el duelo, volvió al bote y se marchó tan tranquilamente como había llegado.
A partir de ese momento, Musashi fue considerado un espadachín incomparable.
Cualquiera puede planear una campaña, pero pocos son capaces de librar una guerra, porque sólo un verdadero genio militar puede manejar los despliegues y circunstancias.
NAPOLEÓN BONAPARTE, 1769-1821.
Interpretación
Miyamoto Musashi, autor de The Book of the Five Rings, ganaba todos sus duelos por una razón: en cada caso adaptaba su estrategia a su adversario y a las circunstancias del momento. Con Matashichiro decidió que ya era hora de llegar temprano, lo que no había hecho en sus combates previos. La victoria contra muchos hombres dependía de la sorpresa, así que salió cuando sus contendientes estaban echados; luego, una vez que dio muerte a su líder, se puso en un ángulo que los invitaba a atacarlo en lugar de rodearlo, lo que habría sido mucho más peligroso para él. Con Baiken todo fue cuestión de usar dos espadas e invadir después su espacio, sin darle tiempo de reaccionar inteligentemente a esa novedad. Con Ganryu se propuso enfurecer y humillar a su soberbio contrincante: la espada de madera, la actitud indiferente, la cinta de toalla sucia, la observación enigmática, el ataque a los ojos.
Los adversarios de Musashi dependían de su brillante técnica, ostentosas espadas y heterodoxas armas. Esto es lo mismo que dar la guerra pasada: en vez de reaccionar al momento, confiaban en la instrucción, la tecnología y lo que había funcionado antes. Musashi, que había comprendido la esencia de la estrategia desde muy joven, convirtió la rigidez de sus adversarios en su ruina. Su primer pensamiento era el gambito que más tomaría por sorpresa a cada uno de ellos. Luego se anclaba en el momento: habiendo desequilibrado a su contrincante con algo inesperado, observaba atentamente, y después respondía con otra acción, usualmente improvisada, que convertía el mero desequilibrio en derrota y muerte.
El trueno y el viento: la imagen de la DURACIÓN. Así el hombre superior permanece firme y no cambia su dirección. El trueno gira, el viento sopla; ambos son ejemplos de una extremada movilidad y precisamente parecen ser lo contrario de la duración, pero permanecen las leyes que gobiernan sus apariencias, su ir y venir. De la misma manera la independencia del hombre superior no está basada en la rigidez y la inmovilidad del carácter. Él permanece siempre consciente del tiempo y de sus cambios. Lo que perdura es la dirección no desviada, la ley interna de su ser, la cual determina todas las acciones.
I CHING, CHINA, CIRCA SIGLO VIII A.C.
Al prepararte para la guerra, debes deshacerte de mitos y conceptos erróneos. La estrategia no es cuestión de aprender una serie de movimientos o ideas por seguir como receta; la victoria no tiene una fórmula mágica. Las ideas son meros nutrientes de la tierra: yacen en tu cerebro como posibilidades, para que al calor del momento puedan inspirar una dirección, una respuesta apropiada y creativa. Deja atrás todos los fetiches —libros, técnicas, fórmulas, armas ostentosas— y aprende a ser tu propi@ estratega.
Por esto, cuando he conseguido una victoria, no vuelvo a emplear la misma táctica otra vez, sino que, respondiendo a las circunstancias, varío mis métodos hasta el infinito.
—Sun-tzu (siglo IV a.C.).
Al reflexionar en una experiencia molesta o desagradable, inevitablemente se nos ocurre esta idea: si sólo hubiéramos dicho o hecho x en lugar de y, si sólo hubiéramos podido pensarlo. Más de un general ha perdido la cabeza al calor de la batalla y después, al mirar atrás, ha pensado en la táctica, la maniobra, que lo habría cambiado todo. Aun el príncipe Hohenlohe, años después, veía cómo había echado a perder la recuperación de Vierzehnheiligen. El problema, sin embargo, no es que pensemos en la solución cuando ya es demasiado tarde. El problema es que imaginamos que el conocimiento fue lo que faltó: si hubiéramos sabido más, si lo hubiéramos pensado más a fondo. Ése es precisamente el enfoque equivocado. Lo que nos pierde en primera instancia es que no estamos sintonizados con el momento presente, somos insensibles a las circunstancias. Escuchamos nuestros pensamientos y reaccionamos a cosas ocurridas en el pasado aplicando teorías e ideas que digerimos hace mucho pero que no tienen nada que ver con nuestro predicamento en el presente. Más libros, teorías y reflexiones sólo empeoran el problema.
Mi política es no tener ninguna.
ABRAHAM LINCOLN, 1809-1865.
Compréndelo: los más grandes generales, los más creativos estrategas, no sobresalen porque tengan más conocimientos, sino porque son capaces, cuando es necesario, de abandonar sus nociones preconcebidas y concentrarse intensamente en el momento presente. Así es como se enciende la creatividad y se aprovechan las oportunidades. El conocimiento, la experiencia y la teoría tienen limitaciones: ningún grado de previsión puede prepararte para el caos de la vida, para las infinitas posibilidades del momento. El gran filósofo de la guerra Carl von Clausewitz llamó a esto “fricción”: la diferencia entre nuestros planes y lo que realmente sucede. Como la fricción es inevitable, nuestra mente tiene que ser capaz de seguirle el paso al cambio y adaptarse a lo inesperado. Cuanto mejor podamos adaptar nuestros pensamientos a las nuevas circunstancias, más realistas serán nuestras reacciones a ellas. Cuanto más nos perdamos en teorías predigeridas y experiencias pasadas, más impropia y delirante será nuestra reacción.
Si pones una calabaza hueca en el agua y la tocas, se inclinará a un lado. Por más que lo intentes, no se quedará en su sitio. La mente de alguien que ha alcanzado el último estado no se queda en nada, ni siquiera un segundo. Es como una calabaza hueca al ser empujada en el agua.
TAKUAN, JAPÓN, 1573-1645.
Puede ser valioso analizar qué marchó mal en el pasado, pero es mucho más importante desarrollar la capacidad de pensar en el momento. De esta manera, cometerás muchos menos errores por analizar.
Piensa en la mente como en un río: entre más rápido corre, mejor sigue la marcha del presente y responde al cambio. Entre más rápido corre, también, más se renueva y mayor es su energía. Las ideas obsesivas, las experiencias pasadas (traumas o éxitos) y las nociones preconcebidas son como rocas o lodo en ese río, que se enquistan y endurecen ahí, bloqueándolo. El río deja de moverse; se impone el estancamiento. Debes librar una guerra constante contra esta tendencia mental.
El primer paso es sencillamente tomar conciencia del proceso y de la necesidad de combatirlo. El segundo es adoptar unas cuantas tácticas que te ayuden a restaurar el flujo natural de la mente.
Reexamina todos tus preciados juicios y principios. Cuando a Napoleón se le preguntaba qué principios de guerra seguía, contestaba que ninguno. Su genio estribaba en su capacidad para responder a las circunstancias, para sacar el mayor provecho del estado de cosas: era el oportunista supremo. Tu único principio, de igual manera, debe ser no tener ninguno. Creer que la estrategia posee leyes inexorables o reglas imperecederas es adoptar una posición rígida y estática que será tu ruina. Por supuesto que el estudio de la historia y la teoría puede ampliar tu visión del mundo, pero tienes que combatir la tendencia de la teoría a congelarse en dogma. Sé brutal con el pasado, con la tradición, con las viejas maneras de hacer las cosas. Declárales la guerra a las vacas sagradas y a las voces de lo convencional en tu propia cabeza.
Nuestra educación suele ser un problema. Durante la Segunda Guerra Mundial, los británicos que se enfrentaron a los alemanes en los desiertos del norte de África estaban bien adiestrados en la guerra de tanques; podría decirse que habían sido adoctrinados con teorías al respecto. Después se les unieron soldados estadunidenses, mucho menos instruidos en esas tácticas. Pronto, sin embargo, los estadunidenses comenzaron a pelear en forma igual, si no es que superior, al estilo británico; se adaptaron a la movilidad de ese nuevo tipo de combate en el desierto. De acuerdo con el propio mariscal de campo Erwin Rommel, jefe del ejército alemán en el norte de África, “los estadunidenses [...] sacaron mucho más provecho que los británicos de su experiencia en África, confirmando así el axioma de que la educación es más fácil que la reeducación”.
Lo que Rommel quiso decir fue que la educación tiende a fijar en la mente preceptos difíciles de sacudir. En medio del combate, la mente adiestrada puede quedarse atrás, por concentrarse más en las reglas aprendidas que en las inestables circunstancias de la batalla. Cuando enfrentas una nueva situación, a menudo es mejor imaginar que no sabes nada y que debes empezar a aprender otra vez desde el principio. Despejar tu cabeza de todo lo que creías saber, aun tus más preciadas ideas, te brindará el espacio mental necesario para dejarte educar por tu experiencia presente, la mejor escuela de todas. Desarrollarás así tu propia fuerza estratégica en lugar de depender de las teorías y libros de otros.
Borra el recuerdo de la guerra pasada. Tu guerra más reciente es un peligro, aun si la ganaste. Está fresca en tu mente. Si triunfaste, tenderás a repetir las estrategias que acabas de usar, porque el éxito nos vuelve perezos@s y complacientes; si perdiste, podrías estar nervios@ e indecis@. No pienses en la guerra pasada; no tienes aún la distancia y desapego para ello. En cambio, haz todo lo posible para sacarla de tu mente. Durante la Guerra de Vietnam, el gran general norvietnamita Vo Nguyen Giap tenía una regla muy simple: después de una campaña exitosa, se convencía de que en realidad había sido un fracaso. Así, nunca se embriagaba con su éxito, ni repetía la misma estrategia en la siguiente batalla. Más bien, tenía que volver a pensar en cada situación.
La derrota es amarga. Amarga para el soldado común, pero triplemente amarga para su general. El soldado puede consolarse con la idea de que, cualquiera que haya sido el resultado, cumplió fiel y resueltamente su deber; pero el comandante ha fallado en el suyo si no logró la victoria, porque ése es su deber. No dispone de otro comparable. Repasará en su mente los hechos de la campaña. “Ahí”, pensará, “hice mal; me dejé llevar por mis temores cuando debí ser osado; allá debí esperar a reunir fuerzas, no haber atacado poco a poco; en tal momento no aproveché la oportunidad que se me presentó”. Recordará a los soldados que envió a la ofensiva y que no acertaron ni volvieron. Rememorará la mirada a los ojos de hombres que confiaron en él. “Les fallé”, se dirá, “¡y le fallé a mi país!”. Se verá como lo que es: un general derrotado. En hora tan oscura, ahondará en sí y cuestionará los fundamentos mismos de su liderazgo y hombría. ¡Y justo entonces deberá detenerse! Porque para volver a dirigir una batalla, tendrá que arrojar esos remordimientos y pisotearlos, pues desgarran su voluntad y seguridad en sí mismo. Deberá rechazar los ataques que se lanza, y eliminar las dudas nacidas del fracaso. Olvidarlas, y recordar sólo las lecciones que aprendió de la derrota: son más que las de la victoria.
DEFEAT INTO VICTORY, WILLIAM SLIM, 1897-1970.
Ted Williams, quizá el bateador puro más grande de todos los tiempos, se propuso olvidar siempre su más reciente actuación al bat. Ya sea que hubiera conectado un jonrón o lo hubieran ponchado, lo dejaba atrás. No hay dos turnos al bat iguales, aun frente al mismo pítcher, y Williams quería una mente abierta. No esperaba hasta la siguiente actuación al bat para empezar a olvidar: en cuanto volvía a la banca, se concentraba en el partido en marcha. La atención a los detalles del presente es con mucho la mejor manera de echar fuera el ayer y olvidar la guerra pasada.
Mantén tu mente en movimiento. Cuando éramos niñ@s, nuestra mente nunca se detenía. Estábamos abiert@s a nuevas experiencias y asimilábamos lo que más se podía de ellas. Aprendíamos rápido, porque el mundo a nuestro alrededor nos emocionaba. Cuando nos sentíamos frustrad@s o molest@s, buscábamos una forma creativa de obtener lo que queríamos, y olvidábamos pronto el problema cuando algo nuevo se cruzaba en nuestro camino.
Todos los grandes estrategas —Alejandro Magno, Napoleón, Musashi— eran infantiles en este sentido. A veces, de hecho, actuaban incluso como niños. La razón es simple: los estrategas superiores ven las cosas como son. Son sumamente sensibles a los peligros y las oportunidades. Nada permanece inmutable en la vida, y seguir el paso a las circunstancias conforme cambian requiere un alto grado de fluidez mental. Los grandes estrategas no actúan de acuerdo con ideas preconcebidas; reaccionan al momento, como los niños. Su mente siempre está en movimiento, y siempre se sienten emocionados y curiosos. Olvidan rápido el pasado; el presente es mucho más interesante.
El pensador griego Aristóteles creía que la vida estaba definida por el movimiento. Lo que no se mueve está muerto. Lo que posee velocidad y movilidad tiene más posibilidades, más vida. Tod@s comenzamos con la mente móvil de un Napoleón; pero a medida que envejecemos, tendemos a parecernos más a los prusianos. Quizá pienses que lo que te gustaría recuperar de tu juventud es tu apariencia, condición física o placeres simples, pero lo que realmente necesitas es tu fluidez mental de antes. Cada vez que te sorprendas rumiando un tema o idea particular —una obsesión, un resentimiento—, fuérzate a ignorarlo. Distráete con otra cosa. Como un@ niñ@, busca algo nuevo que te entretenga, digno de atención concentrada. No pierdas tiempo en cosas que no puedes cambiar o en las que no puedes influir. Sigue adelante.
Absorbe el espíritu de la época. A lo largo de la historia de la guerra, han habido batallas clásicas en las que el pasado ha chocado con el futuro en un desajuste irremediable. Así ocurrió en el siglo VII cuando persas y bizantinos se enfrentaron a los invencibles ejércitos del Islam, con su nueva forma de combatir en el desierto; o en la primera mitad del siglo XIII, cuando los mongoles se sirvieron de una movilidad incesante para arrollar a los pesados ejércitos de rusos y europeos; o en 1806, cuando Napoleón aplastó a los prusianos en Jena. En cada caso, el ejército vencedor desarrolló un modo de lucha que maximizaba una nueva forma de tecnología o un nuevo orden social.
Tú puedes reproducir ese efecto a menor escala sintonizando con el espíritu de la época. Desarrollar antenas para captar las tendencias en germen implica trabajo y estudio, así como flexibilidad para adaptarse a esos caminos. A medida que envejeces, es recomendable que alteres periódicamente tu estilo. En la época de oro de Hollywood, la mayoría de las actrices tenían una breve carrera. Pero Joan Crawford combatió el sistema de los estudios y logró una carrera muy larga cambiando constantemente de estilo, pasando de sirena a heroína del cine negro a reina de culto. En vez de mantenerse sentimentalmente apegada a una moda anticuada, fue capaz de percibir las tendencias en ascenso y seguirlas. Adaptando y cambiando constantemente tu estilo, evitarás las trampas de tus guerras previas. Justo cuando la gente crea que ya te conoce, cambiarás.
Invierte el rumbo. El gran novelista ruso Fyodor Dostoyevsky sufría epilepsia. Justo antes de un ataque, experimentaba un momento de intenso éxtasis, que describía como una sensación de súbita inundación por la realidad, una momentánea visión del mundo exactamente tal como es. Luego se deprimía, cuando esa visión era desplazada por los hábitos y rutinas de la vida diaria. Durante esas depresiones, queriendo sentir de nuevo tal proximidad de la realidad, iba al casino más cercano y gastaba todo su dinero jugando. Ahí la realidad lo sobrecogía; la comodidad y rutina se evaporaban, los viejos patrones se rompían. Teniendo que repensarlo todo, recuperaba su energía creativa. Eso era lo más cerca que podía estar, en forma deliberada, de la sensación de éxtasis que tenía mediante la epilepsia.
Saber que se está en cierta condición, en cierto estado, es ya un proceso de liberación; pero un hombre que no está consciente de su condición, de su empeño, trata de ser algo que no es, lo que se vuelve hábito. Así, tengamos en mente que debemos examinar lo que es, observar y tomar conciencia de qué es exactamente lo real, sin darle ningún sesgo, sin darle una interpretación.
Se precisa de una mente extraordinariamente astuta, de un corazón extraordinariamente flexible, para tomar conciencia y seguir lo que es; porque lo que es está en constante movimiento, en constante proceso de transformación; y si la mente se ata a una creencia, a un conocimiento, deja de buscar, deja de seguir el ágil movimiento de lo que es. Lo que es no es estático, sin duda; está en constante movimiento, como lo comprobarás si observas muy atentamente. Para seguirlo necesitas una mente muy ágil y un corazón flexible, los cuales se niegan cuando la mente está estática, fija en una creencia, en un prejuicio, en una identificación; y una mente y un corazón secos no pueden seguir fácil ni ágilmente a lo que es.
JIDDU KRISHNAMURTI, 1895-1986.
El método de Dostoyevsky era un poco extremoso, pero a veces tienes que sacudirte, librarte de la sujeción del pasado. Esto puede adoptar la forma de invertir tu rumbo, haciendo lo contrario de lo que normalmente harías en una situación dada, poniéndote en una circunstancia inusual o literalmente volviendo a empezar. En estas situaciones, la mente tiene que vérselas con una nueva realidad, y esto da vida. El cambio puede ser alarmante, pero también es renovador, y hasta estimulante.
Las relaciones suelen desarrollar cierta tediosa predecibilidad. Tú haces lo que acostumbras hacer, los demás reaccionan como suelen hacerlo y todo sigue igual. Si inviertes el rumbo y actúas de una manera nueva, alterarás toda la dinámica. Haz esto de vez en cuando para romper los viejos patrones de la relación y abrirla a nuevas posibilidades.
Concibe tu mente como un ejército. Los ejércitos deben adaptarse a la complejidad y caos de la guerra moderna volviéndose más fluidos y maniobrables. La prolongación última de esta evolución es la guerra de guerrillas, que explota el caos convirtiendo el desorden y la impredecibilidad en estrategia. Un ejército guerrillero nunca se detiene a defender un lugar o ciudad en particular; gana moviéndose siempre, manteniéndose un paso adelante. Al no seguir un patrón fijo, no ofrece ningún blanco al enemigo. El ejército guerrillero nunca repite la misma táctica. Responde a la situación, al momento, al terreno donde casualmente se encuentra. No hay frente, línea concreta de comunicación o suministro, furgón lento. El ejército guerrillero es movilidad pura.
Éste es el modelo para tu nueva manera de pensar. No apliques rígidamente ninguna táctica; no permitas que tu mente se estanque en posiciones estáticas, defendiendo un lugar o idea particular, repitiendo las mismas maniobras sin vida. Ataca los problemas desde nuevos ángulos, adaptándote al paisaje y al estado de cosas. Al mantenerte en constante movimiento, no ofrecerás a tus enemigos ningún blanco de ataque. Explotarás el caos del mundo en vez de sucumbir a él.
Imagen: El agua.
Adaptando su forma
a su cauce,
quitando
rocas del
camino, alisando
piedras,
nunca se detiene,
nunca es igual.
Entre más rápido se mueve,
más clara es.
Autoridad: Algunos de nuestros generales
fallaron porque todo lo hacían según las reglas.
Sabían lo que había hecho Federico en cierto lu-
gar, y Napoleón en otro. Siempre pensaban en lo
que Napoleón haría. [...] No subestimo el valor del
conocimiento militar; pero si los hombres hacen la
guerra observando servilmente las reglas, fracasarán. [...]
La guerra es progresiva. —Ulysses S. Grant (1822-1885).
Dar la guerra pasada no tiene nunca ningún valor. Pero mientras eliminas esa perniciosa tendencia, debes imaginar que tu enemigo está tratando de hacer lo mismo: él también intenta aprender y adaptarse al presente. Algunos de los peores desastres militares de la historia se han debido no a dar la guerra pasada, sino a suponer que el adversario lo hará. Cuando Saddam Hussein, de Irak, invadió Kuwait en 1990, creyó que Estados Unidos aún se recuperaba del “síndrome de Vietnam” —el temor a bajas y pérdidas, tan traumáticas en el periodo de Vietnam—, y que evitaría por completo la guerra o combatiría como antes, tratando de ganar por aire, no por tierra. No comprendió que el ejército estadunidense ya estaba listo para un nuevo tipo de guerra. Recuerda: el perdedor de una batalla puede estar demasiado traumatizado para volver a pelear, pero también puede aprender de la experiencia y seguir adelante. Equivócate del lado de la precaución; estar preparado. Nunca permitas que tu enemigo te sorprenda en la guerra.