LA ESTRATEGIA DEL CAMPO DE LA MUERTE
En 1504, un ambicioso español de diecinueve años de edad llamado Hernán Cortés dejó sus estudios de derecho y partió a las colonias de su país en el Nuevo Mundo. Deteniéndose primero en Santo Domingo (isla que hoy comprende a Haití y República Dominicana), después en Cuba, pronto supo de un lugar al oeste llamado México, un imperio rebosante de oro y dominado por los aztecas, con su magnífica y alta capital de Tenochtitlán. Desde entonces, Cortés sólo tuvo una idea: algún día conquistaría y poblaría el territorio de México.
Cortés hizo encallar las diez naves. Cuba, desde luego, seguía ahí, en el mar azul, con sus fincas, sus vacas y sus mansos indígenas; pero el camino a Cuba ya no pasaba por las soleadas olas azules, mecidas por la suave indolencia, ajenas a peligros y afanes; era a través de la corte de Moctezuma, que había de ser conquistada con ardides, a la fuerza o por ambos medios; a través de un mar de indios belicosos que devoraban a sus prisioneros y vestían sus pieles como trofeo; con un magistral golpe de mano de su capitán, los quinientos hombres perdieron el flujo de recuerdos y esperanzas vitales que unían a sus almas con su isla madre; de un golpe, sus espaldas se agostaron y perdieron todo sentido de la vida. En lo sucesivo, tenían toda la vida por delante, hacia esos prohibitivos picos que se alzaban gigantescos en el horizonte, como para vedar todo acceso a lo que entonces ya no era meramente su ambición, sino su único destino posible: México, misterioso y poderoso más allá de las conflictivas tribus.
HERNÁN CORTÉS, SALVADOR DE MADARIAGA, 1942.
En los diez años siguientes, Cortés ascendió poco a poco hasta convertirse en secretario del gobernador español de Cuba y, después, en tesorero del rey en la isla. En su mente, sin embargo, sólo esperaba su oportunidad. Aguardaba pacientemente mientras España enviaba a otros hombres a México, muchos de los cuales nunca regresarían.
Por fin, en 1518, el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, lo puso al mando de una expedición para indagar lo ocurrido con esos anteriores exploradores, buscar oro y sentar las bases para la conquista del país. Pero Velázquez mismo quería realizar esa futura conquista, así que para tal expedición necesitaba a un hombre al que pudiera controlar, y pronto tuvo dudas de Cortés, quien era quizá demasiado astuto. Cortés se enteró de que el gobernador reconsideraba enviarlo a México. Tras decidir no dar tiempo a Velázquez de alimentar su desconfianza, una noche se escurrió de Cuba con once naves. Después se explicaría con el gobernador.
La expedición desembarcó en la costa este de México en marzo de 1519. En los meses siguientes, Cortés puso en operación sus planes: fundación de la ciudad de Veracruz, formación de alianzas con tribus locales enemigas de los aztecas y establecimiento del contacto inicial con el emperador azteca, cuya capital se hallaba unos cuatrocientos kilómetros al oeste. Pero un problema importunaba al conquistador: entre los quinientos soldados que habían zarpado con él de Cuba había un puñado incrustado por Velázquez para espiar y causarle problemas si abusaba de su autoridad. Estos partidarios de Velázquez acusaron a Cortés de malversar el oro que reunía; y cuando quedó claro que se proponía conquistar México, esparcieron rumores de que estaba loco, acusación más que convincente contra un hombre que planeaba lanzar a quinientos soldados contra medio millón de aztecas, feroces guerreros de quienes se sabía que comían la carne de sus prisioneros y vestían su piel como trofeo. Un hombre razonable tomaría el oro que ya tenían, volvería a Cuba y regresaría después con un ejército. ¿Para qué permanecer entonces en ese aborrecible país, con sus enfermedades e incomodidades materiales, cuando se les superaba tanto en número? ¿Por qué no marchar a Cuba y volver a casa, donde los esperaban sus fincas y esposas y una buena vida?
Cortés hizo lo que pudo con esos revoltosos, sobornando a algunos, vigilando muy de cerca a otros. Mientras tanto, intentó establecer una firme armonía con el resto de sus hombres, que los descontentos no pudieran dañar. Todo parecía bien hasta la noche del 30 de julio, cuando lo despertó un marinero español que, suplicando clemencia, confesó haberse sumado a una conjura para robar una nave y retornar esa misma noche a Cuba, donde los conspiradores informarían a Velázquez de la meta de Cortés de conquistar México.
Cortés comprendió que ése era el momento decisivo de la expedición. Podía sofocar fácilmente la conspiración, pero habría otras. Sus hombres eran rudos, y su mente estaba en el oro, Cuba, sus familias; todo menos combatir a los aztecas. No podría conquistar un imperio con hombres tan divididos y poco confiables, pero ¿cómo podía llenarlos de energía y concentración para la inmensa tarea que encaraba? Luego de pensarlo, decidió emprender una acción rápida. Capturó a los conspiradores e hizo colgar a los dos cabecillas. Más tarde sobornó a sus pilotos para que abrieran hoyos en las naves y dijeran después que los gusanos habían corroído los maderos de las embarcaciones, dejándolas inservibles.
La meditación sobre la inevitable muerte debe realizarse a diario. Cada día cuando el cuerpo y mente están en paz, se debe meditar en ser desgarrado por flechas, rifles, lanzas y espadas; ser arrastrado por impetuosas olas; ser arrojado a un gran incendio; ser golpeado por un rayo; ser sacudido a muerte por un gran terremoto; caer de peñascos de mil metros; morir de enfermedad, o cometer seppuku a la muerte del maestro. Y cada día, sin falta, uno debe considerarse muerto.
HAGAKURE. EL CAMINO DEL SAMURÁI, YAMAMOTO TSUNETOMO, 1659-1720.
Fingiendo alterarse por la noticia, Cortés ordenó que lo recuperable de las naves se llevara a tierra y luego se hundieran los cascos. Los pilotos obedecieron; pero no se habían abierto hoyos suficientes, creíble, y los soldados aceptaron con ecuanimidad la noticia de las cinco naves. Pero cuando días después ya habían encallado más naves y sólo una seguía a flote, resultó claro para ellos que Cortés lo había dispuesto todo. Cuando convocaron a una reunión, su ánimo era rebelde y sanguinario.
No era momento para sutilezas. Cortés se dirigió a sus hombres: era responsable del desastre, lo admitió; lo había ordenado, pero ya no había marcha atrás. Podían colgarlo, pero estaban rodeados de indígenas hostiles y no tenían embarcaciones; divididos y sin jefe, perecerían. La única opción era seguirlo a Tenochtitlán. Sólo conquistando a los aztecas, volviéndose amos de México, podrían regresar a Cuba vivos. Para llegar a Tenochtitlán tendrían que pelear con todas sus fuerzas. Tendrían que estar unidos; cualquier disensión llevaría a la derrota y a una terrible muerte. La situación era desesperada; pero si, a su vez, combatían con desesperación, Cortés les aseguró que los conduciría a la victoria. Como su ejército era tan reducido, la gloria y riqueza serían mucho mayores. Los cobardes que no estuvieran a la altura del desafío podían partir a casa en la única nave restante.
Hay algo en la guerra que te arrebata de tal forma que la muerte deja de ser el enemigo, meramente otro participante en un juego que no quieres terminar.
PHANTOM OVER VIETNAM, JOHN TROTTI, USMC, 1984.
Nadie aceptó el ofrecimiento, y la última nave fue hundida. En los meses siguientes, Cortés mantuvo a su ejército lejos de Veracruz y la costa. La atención de todos se centró en Tenochtitlán, el corazón del imperio azteca. El descontento, el interés propio y la codicia desaparecieron. Comprendiendo el riesgo de su situación, los conquistadores lucharon despiadadamente. Dos años después de la destrucción de las naves españolas, y con la ayuda de sus aliados indígenas, el ejército de Cortés sitió Tenochtitlán y conquistó el imperio azteca.
Interpretación
En la noche de la conspiración, Cortés tuvo que pensar rápido. ¿Cuál era la raíz del problema que enfrentaba? No eran los espías de Velázquez, ni los hostiles aztecas, ni las increíbles circunstancias en su contra. La raíz del problema eran sus propios hombres y las naves en el puerto. Sus soldados estaban divididos entre corazón y mente. Pensaban en las cosas equivocadas: sus esposas, sus sueños de oro, sus planes para el futuro. Y en el fondo de su mente estaba siempre una escapatoria: si la labor de la conquista marchaba mal, podían irse a casa. Esas naves en el puerto eran más que medios de transporte; representaban a Cuba, la libertad de partir, la opción de enviar por refuerzos, muchas posibilidades.
Para los soldados las naves eran un soporte, algo de lo cual echar mano si las cosas se ponían feas. Una vez que Cortés identificó el problema, la solución fue simple: destruir las naves. Poniendo a sus hombres en una situación desesperada, los haría pelear con todas sus fuerzas.
Una sensación de urgencia resulta de una eficaz relación con el presente. En vez de soñar con la salvación o esperar un mejor futuro, tienes que enfrentar el asunto inmediato. Si fallas, perecerás. Las personas que se embeben por completo en el problema inmediato son intimidantes; como se concentran tan intensamente, parecen más poderosas de lo que son. Su sensación de urgencia multiplica su fuerza y les da impulso. En vez de quinientos hombres, Cortés tenía de pronto el peso de un ejército mucho mayor sobre sus espaldas.
“No tienes tiempo para ese desplante, necio”, dijo en tono severo. “Éste, hagas lo que hagas ahora, podría ser tu último acto en la tierra. Bien podría ser tu última batalla. No hay poder que pueda garantizar que vayas a vivir un minuto más. [...].”
“Los actos tienen poder”, dijo. “Especialmente cuando la persona que actúa sabe que esos actos son su última batalla. Hay una extraña y consumada felicidad en actuar con pleno conocimiento de que uno hace el que bien podría ser su último acto en la tierra. Te recomiendo reconsiderar tu vida y ver tus actos bajo esa luz. [...] Dirige tu atención al vínculo entre tú y tu muerte, sin remordimiento ni tristeza ni preocupación. Centra tu atención en el hecho de que no tienes tiempo, y deja que tus actos fluyan en consecuencia.
Que cada uno de tus actos sea tu última batalla en la tierra. Sólo en esas condiciones tus actos tendrán legítimo poder. De lo contrario, serán, mientras vivas, los actos de un hombre tímido.”
“¿Es tan terrible ser un hombre tímido?”
“No. Pero no eres inmortal; así que si vas a morir, no hay tiempo para la timidez, simplemente porque la timidez te hace apegarte a algo que sólo existe en tus pensamientos.
Te calma mientras todo está sosegado; pero luego el imponente, misterioso mundo abrirá su boca para ti, como la abrirá para cada uno de nosotros, y te darás cuenta de que tus medios seguros no eran seguros para nada. Ser tímido te impide examinar y explotar nuestra suerte como hombres.”
LAS ENSEÑANZAS DE DON JUAN, CARLOS CASTANEDA, 1972.
Como Cortés, debes identificar la raíz de tu problema. No es la gente que te rodea; eres tú, y el espíritu con que te enfrentas al mundo. En el fondo de tu mente, conservas una escapatoria, un soporte, algo a lo cual recurrir si las cosas marchan mal. Tal vez sea un pariente rico en quien puedes confiar para pagar tu salida; tal vez sea una gran oportunidad en el horizonte, las inagotables perspectivas que parecen estar frente a ti; tal vez sea un trabajo familiar o una relación confortable que siempre está ahí si fallas. Así como los hombres de Cortés veían sus naves como garantía, tú podrías ver ese refugio como una bendición, pero en realidad es una maldición. Te divide. Como crees tener una opción, nunca te involucras lo suficiente en algo para hacerlo concienzudamente, y nunca consigues lo que quieres. A veces necesitas hundir tus naves, quemarlas, y dejarte una sola opción: triunfar o naufragar. Haz la quema de tus naves lo más real posible: elimina tu red de protección. A veces tienes que desesperarte un poco para poder llegar a algún lado.
Los antiguos comandantes de ejércitos, quienes conocían bien la poderosa influencia de la necesidad, y cómo ésta inspiraba en los soldados el más temerario valor, no descuidaban nada para someter a sus hombres a esa presión.
—Nicolás Maquiavelo (1469-1527).
En 1845, el escritor Fyodor Dostoyevsky, entonces de veinticuatro años de edad, sorprendió al mundo literario ruso con la publicación de su primera novela, Pobres gentes. Se volvió la comidilla de la sociedad de San Petersburgo. Pero algo en su pronta fama le pareció vacío. Derivó entonces en los márgenes de la política de izquierda, asistiendo a reuniones de varios grupos socialistas y radicales. Uno de esos grupos giraba en torno al carismático Mijaíl Petrashevsky.
Tres años después, en 1848, la revolución estalló en toda Europa. Inspirados por lo que sucedía en Occidente, grupos radicales rusos como el de Petrashevsky querían seguir el ejemplo. Pero agentes del zar Nicolás I habían infiltrado muchos de esos grupos, y se elaboraban informes sobre las barbaridades de las que se hablaba en casa de Petrashevsky, entre ellas la incitación de revueltas campesinas. Dostoyevsky era un apasionado de la liberación de los siervos, y el 23 de abril de 1849 él y veintitrés miembros más del grupo de Petrashevsky fueron arrestados.
Luego de ocho meses de languidecer en la cárcel, una fría mañana se despertó a los prisioneros y se les dijo que ese día conocerían al fin sus sentencias. Un exilio de unos meses era el castigo usual por su crimen; pronto, pensaron, su ordalía habría terminado.
Se les apiñó en carruajes y se les condujo por las heladas calles de San Petersburgo. Al bajar de los carruajes en la Plaza Semyonovsky, fueron recibidos por un sacerdote; detrás de él pudieron ver filas de soldados y, atrás de ellos, a miles de espectadores. Se les llevó a un cadalso cubierto con una tela negra en el centro de la plaza. Frente al cadalso había tres postes, y junto una hilera de carretas cargadas de ataúdes.
Lord Naoshige dijo: “El Camino del Samurai está en la desesperación. Diez hombres o más no pueden matar a un hombre así. El sentido común no logrará grandes cosas. Simplemente vuélvete loco y desesperado”.
HAGAKURE. EL CAMINO DEL SAMURÁI, YAMAMOTO TSUNETOMO, 1659-1720.
Dostoyevsky no podía creer lo que veía. “No es posible que quieran ejecutarnos”, le murmuró a su vecino. Se les hizo marchar hasta el cadalso y se les colocó en dos filas. El día era increíblemente frío, y los prisioneros llevaban la ropa ligera con la que habían sido arrestados el abril anterior. Sonó un redoble de tambor. Un oficial dio un paso al frente y leyó las sentencias: “Todos los acusados son culpables de intentar alterar el orden nacional, y por lo tanto se les condena a muerte ante un pelotón de fusilamiento”. Los prisioneros se quedaron mudos.
Mientras el oficial leía los cargos y sentencias individuales, Dostoyevsky se descubrió mirando la dorada cúspide de una iglesia cercana y la luz del sol que rebotaba en ella. Los destellos desaparecieron cuando una nube cruzó el cielo, y a Dostoyevsky se le ocurrió la idea de que él estaba a punto de sumergirse en la oscuridad con igual rapidez, y para siempre. De repente tuvo otra idea: “Si no muriera, si no me mataran, mi vida me parecería infinita de pronto, toda una eternidad; cada minuto, un siglo. Repararía en todo lo que ocurre; no volvería a perder un solo segundo de vida”.
Los prisioneros recibieron camisas con capucha. El cura se presentó a leerles sus últimos ritos y oír sus confesiones. Se dijeron adiós unos a otros. Los tres primeros por fusilar fueron atados a los postes y se les cubrió la cara con la capucha. Dostoyevsky estaba al frente del siguiente grupo. Los soldados alzaron sus rifles, apuntaron... y de súbito un carruaje entró galopando a la plaza. De él bajó un hombre con un sobre. En el último segundo, el zar había conmutado las sentencias de muerte.
Esa misma mañana se comunicó a Dostoyevsky su nueva sentencia: cuatro años de trabajos forzados en Siberia, seguidos por una estancia en el ejército. Apenas afectado, escribió ese día a su hermano: “Cuando vuelvo la mirada al pasado y pienso en todo el tiempo que derroché en el error y el ocio, [...] mi corazón sangra. La vida es un don; [...] ¡cada minuto podría haber sido una eternidad de dicha! ¡Si los jóvenes lo supieran! Ahora mi vida cambiará; he vuelto a nacer”.
Días después, grilletes de cinco kilogramos fueron puestos en los brazos y piernas de Dostoyevsky —permanecerían ahí durante todo su periodo en prisión— y se le transportó a Siberia. Durante los cuatro años siguientes soportó las peores condiciones carcelarias. Sin privilegios para escribir, creaba novelas en su cabeza y las memorizaba. Por fin, en 1857, cumpliendo aún el periodo militar de su sentencia, se le permitió empezar a publicar su obra. Mientras que antes se torturaba en cada página y pasaba la mitad del día hundido en sus pensamientos, ahora escribía y escribía. Sus amigos lo veían recorrer las calles de San Petersburgo mascullando diálogos para sí mismo, perdido en sus personajes y sus tramas. Su nuevo lema era: “Haz lo más en el menor tiempo posible”.
Se sabía desde hacía mucho tiempo, por supuesto, que un hombre que, a través de una disciplinada formación, había renunciado a todo deseo o esperanza de sobrevivencia y sólo tenía una meta —la destrucción de su enemigo—, podía ser un temible adversario y un combatiente realmente formidable que no pidiera ni diera cuartel una vez desenfundada su arma. De esta forma, un hombre aparentemente ordinario, que, por la fuerza de las circunstancias, más que por profesión, había sido puesto en la situación de tener que tomar una decisión desesperada, podía resultar peligroso, aun para un experimentado maestro de esgrima.
Un episodio célebre, por ejemplo, concierne a un maestro del arte de la espada al que un superior le pidió rendir a un sirviente culpable de un delito castigable con la muerte. El maestro, queriendo probar una teoría suya concerniente al poder de la condición que llamaríamos “desesperación”, retó a duelo al condenado.
A sabiendas de la irrevocabilidad de su sentencia, al sirviente ya nada le importaba, y el duelo consecuente demostró que aun un esgrimista experimentado y maestro de ese arte podía verse en grandes dificultades al enfrentar a un hombre que, a causa de la aceptación de su muerte inminente, podía llegar al límite (y más allá aún) de su estrategia, sin vacilar ni distraerse. El sirviente, de hecho, peleó como un poseso, obligando a su maestro a retroceder hasta ponerlo casi contra la pared. Al final el maestro tuvo que abatirlo con un esfuerzo último, en el que la propia desesperación del maestro produjo la más plena coordinación de su valor, habilidad y determinación.
SECRETS OF THE SAMURAI, OSCAR RATTI Y ADELE WESTBROOK, 1973.
Algunos compadecían a Dostoyevsky por su periodo en la cárcel. Eso le enojaba; estaba agradecido por esa experiencia y no sentía rencor. Pero hasta ese día de diciembre de 1849, creía, había desperdiciado su vida. Desde entonces y hasta su muerte, en 1881, siguió escribiendo a un ritmo frenético, produciendo novela tras novela — Crimen y castigo, Demonios, Los hermanos Karamazov— como si cada una fuera la última.
Interpretación
El zar Nicolás había decidido sentenciar a los radicales de Petrashevsky a trabajos forzados poco después de su arresto. Pero también quería darles una lección más severa, así que ideó la cruel escena de la sentencia de muerte, con sus esmerados detalles: el cura, las capuchas, los ataúdes, el indulto de último minuto. Esto, pensó, realmente los avergonzaría y humillaría. De hecho, algunos de los prisioneros se volvieron locos a causa de los acontecimientos de ese día. Pero el efecto en Dostoyevsky fue diferente: durante años lo había aquejado una sensación de delirio, de extravío, de no saber qué hacer con su tiempo. Extremadamente sensible, ese día sintió literalmente su muerte en lo más profundo de su ser. Y experimentó su “indulto” como un renacimiento.
El efecto fue permanente. Por el resto de su vida, Dostoyevsky regresaría conscientemente a ese día, recordando su promesa de no volver a perder nunca otro momento. O, si sentía que se había hecho demasiado comodín y complaciente, iba a un casino y perdía todo su dinero jugando. La pobreza y las deudas eran para él una suerte de muerte simbólica, que lo devolvía a la posible insignificancia de su vida. En uno u otro caso, tenía que escribir, y no como escribían otros novelistas, como si se tratara de una agradable carrera artística, con sus implícitos deleites de salones, conferencias y otros adornos. Dostoyevsky escribía como si su vida estuviera en juego, con una intensa sensación de urgencia y seriedad.
La muerte es imposible de entender para nosotros: es tan inmensa, tan alarmante, que haremos casi cualquier cosa para no pensar en ella. La sociedad está organizada para hacer invisible a la muerte, para mantenerla a varios pasos de distancia. Esta distancia puede parecer necesaria para nuestra comodidad, pero impone un terrible precio: la ilusión de una vida ilimitada, y una consecuente falta de seriedad en la vida diaria. Huimos de la realidad que nos espera a todos.
Como guerrer@ en la vida, debes alterar esa dinámica: haz de la idea de la muerte algo no de lo cual escapar, sino abrazar. Tus días están contados. ¿Los pasarás medio despiert@ y desanimad@ o vivirás con una sensación de urgencia? Crueles escenas montadas por un zar son innecesarias; la muerte te llegará sin ellas. Imagina que te persigue, sin dejarte escapatoria; porque no hay escapatoria. Sentir que la muerte te pisa los talones volverá todas tus acciones más seguras, más enérgicas. Ésta podría ser la última vez que lanzas los dados: haz que cuente.
Aunque sabemos que algún día moriremos, creemos que los demás morirán antes que nosotros, y que seremos los últimos en irnos. La muerte parece muy lejos. ¿No es éste un pensamiento superficial? Es inútil, y es sólo una broma dentro de un sueño. [...] Puesto que la muerte está siempre a nuestra puerta, deberíamos esforzarnos lo suficiente y actuar con rapidez.
—Yamamoto Tsunetomo, Hagakure. El camino del samurái (1659-1720).
Muy a menudo nos sentimos algo perdidos en nuestras acciones. Podríamos hacer esto o aquello: tenemos muchas opciones, pero ninguna de ellas parece del todo necesaria. Nuestra libertad es una carga; ¿qué haremos hoy, adónde iremos? Nuestros patrones y rutinas diarios nos ayudan a evitar sentirnos sin dirección, pero siempre está la insidiosa idea de que podríamos hacer mucho más. Perdemos mucho tiempo. En algún momento todos hemos tenido una sensación de urgencia. Lo más frecuente es que se nos imponga desde fuera: nos atrasamos en nuestro trabajo, asumimos inadvertidamente más de lo que podemos manejar, la responsabilidad de algo se arroja a nuestras manos. Todo cambia entonces; no más libertad. Tenemos que hacer esto; debemos resolver aquello. La sorpresa es siempre cuánto más animados y más vivos nos hace sentir eso; entonces todo nos parece necesario. Pero al cabo volvemos a nuestros patrones normales. Y cuando esa sensación de urgencia desaparece, en realidad no sabemos cómo recuperarla.
Los jefes militares han pensado en este asunto desde que los ejércitos existen: ¿cómo motivar a los soldados, volverlos más agresivos, más temerarios? Algunos generales han confiado en la oratoria ardiente, y los particularmente buenos en esto han alcanzado cierto éxito. Pero hace más de dos mil años, el estratega chino Sun-tzu terminó por creer que escuchar discursos, por vehementes que fueran, era una experiencia demasiado pasiva para tener un efecto duradero. Sun-tzu se refirió en cambio al “campo de la muerte”, un lugar en el cual poner a un ejército contra un accidente geográfico como una montaña, río o bosque y sin vía de escape. Sin una vía de retirada, argumentaba Sun-tzu, un ejército pelea con el doble o triple del espíritu que tendría en descampado, porque la muerte está visceralmente presente. Sun-tzu abogaba por apostar deliberadamente a los soldados en el campo de la muerte para darles el filo temerario que hace que los hombres peleen como demonios. Esto fue lo que hizo Cortés en México, y es la única forma segura de producir verdadero fuego en el vientre. El mundo está regido por la necesidad: la gente cambia de conducta sólo si tiene que hacerlo. Sentirá urgencia sólo si su vida depende de eso.
Aprovechando la oportunidad, empezaron a cuestionar a Han Hsin. “SegúnEl arte de la guerra, cuando uno combate debe mantener las colinas a su derecha o atrás, y extensiones de agua frente a él o a la izquierda”, dijeron. “Pero, por el contrario, hoy usted nos ordenó ascender eminencias con nuestras espaldas al río, diciendo: ‘¡Derrotemos a Chao y festejémoslo!’. Nosotros nos opusimos a la idea, pero esto ha culminado en victoria. ¿Qué clase de estrategia es ésa?”
“También está en El arte de la guerra”, replicó Han Hsin. “¡Sólo que ustedes no la han visto! ¿No dice en El arte de la guerra: ‘Llévalos a una posición fatal y saldrán vivos; ponlos en un sitio desesperado y sobrevivirán’? Además, yo no tenía a mi disposición tropas que hubiera entrenado y dirigido en el pasado, sino que fui obligado, como dice el proverbio, a juntar hombres en el mercado y usarlos para el combate. En esas circunstancias, si yo no los hubiera puesto en una situación desesperada en la que cada hombre se viera obligado a pelear por su vida, sino que les hubiese permitido permanecer en un lugar seguro, habrían huido. Entonces, ¿qué bien me habrían hecho?” “¡Cierto!”, exclamaron sus generales, admirados.
“Nunca habríamos pensado en eso.”
MEMORIAS HISTÓRICAS, SZUMA CHIEN, CIRCA 145 A.C.-CIRCA 86 A.C.
El campo de la muerte es un fenómeno psicológico que va mucho más allá del campo de batalla: es cualquier serie de circunstancias en las que te sientes encerrad@ y sin opciones. Hay una presión muy real a tu espalda y no puedes huir. El tiempo se acaba. El fracaso —una forma de muerte psíquica— te mira a la cara. Debes actuar o sufrirás las consecuencias.
Comprende: somos criaturas íntimamente ligadas a nuestro entorno; respondemos visceralmente a nuestras circunstancias y a la gente que nos rodea. Si nuestra situación es fácil y relajada, si la gente es amigable y cordial, nuestra tensión natural se desvanece. Incluso podemos aburrirnos y cansarnos; nuestro medio no nos desafía, aunque quizá no nos demos cuenta de ello. Pero ponte en una situación en la que estén en juego muchas cosas —un campo psicológico de la muerte— y la dinámica cambia. Tu cuerpo responde al peligro con un aumento súbito de energía; tu mente se afina. La urgencia se te impone; te ves obligad@ a no perder más tiempo.
El truco es usar deliberadamente este efecto de vez en cuando, practicarlo como una especie de llamado de alerta. Las cinco acciones siguientes están destinadas a colocarte en un campo psicológico de la muerte. Leerlas y pensar en ellas no basta; debes llevarlas a la práctica. Son formas de presión por aplicar en ti mism@. Dependiendo de si deseas una sacudida de baja intensidad para su uso regular o un auténtico choque, puedes subir o bajar el nivel. La escala es decisión tuya.
Juégalo todo en un solo lance. En 1937, Lyndon B. Johnson, entonces de veintiocho años de edad y director en Texas de la National Youth Administration, enfrentó un dilema. El congresista de Texas James Buchanan había muerto repentinamente. Como los leales votantes texanos solían mantener a los políticos en sus puestos, un asiento en el Congreso texano únicamente solía estar disponible cada diez o veinte años, y Johnson quería estar en el Congreso al cumplir los treinta; no podía esperar diez años. Pero era muy joven, y prácticamente desconocido en el antiguo distrito de Buchanan, el décimo. Se enfrentaría a políticos de peso pesado cuyos votantes los favorecían fuertemente. ¿Para qué intentar algo que parecía condenado al fracaso? La contienda no sólo sería una pérdida de dinero, sino que además la humillación, si Johnson perdía desastrosamente, podía descarrilar sus ambiciones a largo plazo.
Johnson consideró todo eso... y decidió contender. En las semanas siguientes realizó una intensa campaña, visitando cada pueblo y ciudad del distrito, estrechando la mano de hasta los agricultores más pobres, sentándose en farmacias a entrevistarse con personas que nunca antes habían conversado siquiera con un candidato. Aplicó todos los trucos del manual: mítines y parrilladas al viejo estilo, novedosos anuncios de radio. Trabajó noche y día, y con ahínco. Al terminar la contienda, Johnson estaba en el hospital, bajo tratamiento por fatiga extrema y apendicitis. Pero, en uno de los grandes vuelcos de la historia política estadunidense, había ganado.
Posibilidades ilimitadas no convienen al hombre; si existieran, su vida se disolvería en lo ilimitado. Para hacerse fuerte, la vida de un hombre necesita las limitaciones dispuestas por el orden y voluntariamente aceptadas. Este individuo logra ser importante como espíritu libre rodeándose únicamente de estas limitaciones y determinando por sí mismo cuál es su deber.
I CHING, CHINA, CIRCA SIGLO VIII A.C.
Jugándose su futuro en un lance, Johnson se puso en una situación de campo de la muerte. Su cuerpo y espíritu respondieron con la energía que necesitaba. Con frecuencia intentamos hacer demasiadas cosas al mismo tiempo, pensando que una de ellas nos traerá éxito, pero en tales situaciones nuestra mente está dispersa, y nuestros ímpetus, fríos. Es mejor aceptar un reto imponente, aun si los demás lo creen disparatado. Nuestro futuro está en juego; no nos podemos permitir perder. Así que no perdemos.
Actúa antes de estar preparad@. En 49 a.C., un grupo de senadores romanos, aliados de Pompeyo y temerosos del creciente poder de Julio César, ordenaron al gran general disolver su ejército, o de lo contrario se le consideraría traidor a la República. Cuando César recibió ese mandato, estaba en el sur de Galia (hoy Francia) con sólo cinco mil hombres; el resto de sus legiones se encontraba en el norte, donde había estado en campaña. No tenía la menor intención de obedecer el mandato —eso habría sido suicida—, pero pasarían semanas antes de que el grueso de su ejército pudiera unírsele. Reacio a esperar, dijo a sus capitanes: “La suerte está echada”, y, junto con sus cinco mil hombres, cruzó el Rubicón, el río que marcaba la frontera entre Galia e Italia. Introducir tropas en suelo italiano significaba la guerra con Roma. Ya no había marcha atrás; era pelear o morir. César estaba obligado a concentrar sus fuerzas, no desperdiciar un solo hombre, actuar con rapidez y ser lo más creativo posible. Marchó sobre Roma. Al tomar la iniciativa, atemorizó a los senadores, forzando a Pompeyo a huir.
La muerte es la nada, pero vivir derrotado es morir cada día.
NAPOLEÓN BONAPARTE, 1769-1821.
Con frecuencia esperamos demasiado tiempo para actuar, en particular cuando nos enfrentamos a una presión externa. A veces es mejor actuar antes de creer que estás preparad@: forzar las cosas y cruzar el Rubicón. No sólo tomarás por sorpresa a tus adversarios; también tendrás que sacar el máximo provecho de tus recursos. Te has comprometido y no puedes dar marcha atrás. Bajo presión, tu creatividad florecerá. Haz esto seguido y desarrollarás tu capacidad para pensar y actuar rápido.
Cuando el peligro es mayor. —Es raro romperse una pierna cuando en el curso de la vida uno se afana en subir —esto sucede mucho más a menudo cuando se empiezan a tomar las cosas con calma y a elegir los caminos fáciles.
FRIEDRICH NIETZSCHE, 1844-1900.
Entra a nuevas aguas. El estudio MGM de Hollywood había sido positivo para Joan Crawford: la había descubierto, vuelto estrella, moldeado su imagen. Para principios de la década de 1940, sin embargo, Crawford había tenido suficiente. Todo era demasiado cómodo; MGM la seguía incluyendo en el mismo tipo de papeles, ninguno de los cuales representaba un desafío. Así, en 1943, Crawford hizo lo impensable y canceló su contrato.
Las consecuencias para Crawford habrían podido ser terribles; desafiar al sistema de estudios se consideraba muy imprudente. Cuando, en efecto, firmó después con Warner Brothers, se le ofreció el mismo tipo de guiones mediocres, como era de esperar. Los rechazó. A punto de que la despidieran, encontró al fin el personaje que buscaba: el papel titular de Mildred Pierce (El suplicio de una madre), que, sin embargo, no se le había ofrecido. Decidida a persuadir al director, Michael Curtiz, logró hacerlo cambiar de opinión y consiguió el papel. Dio la actuación de su vida, ganó su único Oscar a la mejor actriz y resucitó su carrera.
Apegaos resueltamente a la muerte; lo que os está destinado será lo más dulce, sea la vida o sea la muerte. Razonad así con la vida: Si te pierdo, pierdo una cosa que sólo los locos quisieran guardar; no eres más que un soplo, expuesto a todas las influencias del aire que, hora por hora, deterioran esta vivienda en que habitas; para hablar con propiedad, no eres sino el juguete de la muerte, pues buscas siempre el evitarla por la huida, y, sin embargo, corres siempre delante de ella. No eres noble, porque todas las voluptuosidades que son patrimonio tuyo se nutren de bajezas. Estás lejos de ser valiente, pues temes la punta tierna y floja de un pobre gusano. Lo que tienes de mejor en ti es el sueño, y a menudo le provocas; sin embargo, temes groseramente la muerte, que no es otra cosa que un sueño.
MEDIDA POR MEDIDA, WILLIAM SHAKESPEARE, 1564-1616.
Al dejar MGM, Crawford corrió un gran riesgo. Si no triunfaba en Warner Brothers, y rápido, su carrera estaría acabada. Pero ella se crecía en el riesgo. Cuando se le desafiaba, cuando se sentía en el límite, rebosaba energía y estaba en su elemento. Como Crawford, a veces tienes que ponerte en el campo de la muerte: dejar atrás relaciones caducas y situaciones cómodas, cortar tus lazos con el pasado. Si no te ofreces una salida, tendrás que hacer funcionar tu nuevo intento. Dejar el pasado por terreno desconocido es una especie de muerte; y sentir esta definitividad te volverá súbitamente a la vida.
Conviértelo en “tú contra el mundo”. Comparado con deportes como el futbol americano, el beisbol es lento y brinda pocas salidas a la agresión. Éste era un problema para el bateador Ted Williams, quien jugaba mejor cuando estaba enojado, cuando sentía que era él contra el mundo. Crear ese ánimo en el campo era difícil para Williams, pero pronto descubrió un arma secreta: la prensa. Adoptó la costumbre de insultar a los periodistas deportivos, así fuera sólo negándose a cooperar con ellos u ofendiéndolos verbalmente. Los reporteros le devolvían el favor escribiendo mordaces artículos sobre su carácter, cuestionando su talento, exagerando hasta el menor tropiezo en su promedio de bateo. Cuando Williams era golpeado por la prensa, sin embargo, jugaba mejor. Tenía una racha de triunfos, como para demostrar que aquélla estaba equivocada. En 1957, tras una enemistad de años con los diarios, jugó quizá su mejor temporada y ganó el título de bateo a la avanzada edad, para un beisbolista, de cuarenta años. Como escribió un periodista: “El odio parece activar sus reflejos como la adrenalina estimula al corazón. ¡La animosidad es su incentivo!”.
¡Eh, caballeros, el tiempo de la vida es corto! Gastar ese bravo periodo villanamente fuera demasiado largo, cuando la misma vida, galopando sobre la manecilla de un reloj, acabaría su viaje llegando en una hora. Si vivimos, viviremos para arrastrarnos a los pies de los reyes; si morimos, ¡bella muerte cuando la compartimos con los príncipes!
EL REY ENRIQUE IV, PARTE I, WILLIAM SHAKESPEARE, 1564-1616.
Para Williams, la animosidad de la prensa y, con la prensa, del público era una especie de constante presión que podía leer, oír y sentir. Lo detestaban, dudaban de él, querían verlo fracasar; él les enseñaría quién era. Y lo hacía. Un espíritu combativo necesita un poco de estímulo, algo de enojo y odio para alimentarse. Así que no te sientes a esperar que la gente se ponga agresiva; irrítala y enfurécela deliberadamente. Sintiéndote acorralad@ por una multitud que te detesta, pelearás como el demonio. El odio es una emoción muy poderosa. Recuerda: en toda batalla pones en juego tu nombre y tu fama; tus enemigos gozarán tu fracaso. Usa esa presión para pelear con más ímpetu.
Mantente incansable e insatisfech@. Napoleón tenía muchas cualidades que hicieron de él quizá el mayor general de la historia, pero la que lo llevó a las alturas y lo mantuvo ahí fue su ilimitada energía. Cuando estaba en campaña trabajaba jornadas de dieciocho a veinte horas. Si era necesario, no dormía en varios días, y la falta de sueño rara vez reducía sus capacidades. Trabajaba en el baño, en el teatro, durante una fiesta. Con la vista fija en cada detalle de la guerra, viajaba interminables kilómetros a caballo sin cansarse ni quejarse.
Ciertamente, Napoleón tenía una extraordinaria resistencia, pero había más que eso: nunca se permitía descansar, nunca estaba satisfecho. En 1796, en su primer puesto real de mando, llevó a los franceses a una admirable victoria en Italia, y partió de inmediato a otra campaña, esta vez en Egipto. Ahí, descontento con la forma en que marchaba la guerra y con una falta de poder político que creía que reducía su control de los asuntos militares, volvió a Francia y conspiró para convertirse en primer cónsul. Logrado esto, emprendió al instante su segunda campaña en Italia. Y así siguió, sumergiéndose en nuevas guerras, nuevos desafíos, que le exigían apelar a su vasta energía. Si no enfrentaba cada crisis, perecería.
Cuando estamos cansad@s, es a menudo porque estamos aburrid@s. Cuando no nos aguarda ningún desafío real, una letargia mental y física nos invade. “A veces la muerte llega sólo por falta de energía”, dijo una vez Napoleón, y la falta de energía llega por falta de retos, cuando asumimos menos de lo que somos capaces. Corre un riesgo y tu cuerpo y mente responderán con un torrente de energía. Haz del riesgo una práctica constante; nunca te apagues. Pronto, recurrir al campo de la muerte se te convertirá en una suerte de adicción: no querrás estar sin él. Cuando los soldados sobreviven al abrazo de la muerte, suelen sentir un regocijo que desean volver a tener. La vida posee más significado de cara a la muerte. Los riesgos que no dejas de correr, los desafíos que no cesas de vencer, son como muertes simbólicas que agudizan tu aprecio por la vida.
Imagen:
El fuego. En sí mis-
mo no tiene fuerza; de-
pende de su medio. Dale
aire, madera seca, viento
que avive la flama y adqui-
rirá un impulso aterrador,
se desatará, se a limentará a
sí mismo, consumirá todo a
su paso. Nunca dejes ese
poder al azar.
Autoridad: Cuando tu supervivencia depende de que combatas con celeridad, pues de lo contrario perecerás, te encuentras en el campo [de la muerte]. [...] Ponlos donde no haya escapatoria, y morirán sin posibilidad de huir. Si han de morir ahí, ¿qué no serían capaces de hacer? Los guerreros empeñarán toda su fuerza. Cuando se hallan en peligro extremo, no temen. Cuando no tienen dónde ir, se mantienen firmes; cuando fijan en algo su atención, logran lo que se proponen. Si no tienen otra alternativa, combatirán. —El arte de la guerra, Sun-tzu (siglo IV a.C.).
Si la sensación de no tener nada que perder puede impulsarte, también puede hacer lo mismo con los demás. Debes evitar todo conflicto con personas en esa posición. Quizá vivan en condiciones terribles o, por cualquier razón, sean suicidas; en cualquier caso, están desesperadas, y las personas desesperadas lo arriesgarán todo en una contienda. Esto les da una gran ventaja. Ya derrotadas por las circunstancias, no tienen nada que perder. Tú sí. Déjalas en paz.
A la inversa, atacar a enemigos cuando su moral es baja te da la ventaja a ti. Tal vez pelean por una causa que saben injusta o para un jefe que no respetan. Busca la manera de reducir aún más su temple. Los soldados de baja moral se desaniman ante el menor revés. Una demostración de fuerza ahogará su espíritu combativo.
Trata siempre de reducir la sensación de urgencia de la otra parte. Haz que tus enemigos piensen que tienen todo el tiempo del mundo; cuando de pronto aparezcas en su frontera, se hallarán en un estado inactivo y los destruirás fácilmente. Mientras afilas tu espíritu combativo, haz siempre todo lo que puedas por embotar el suyo.