LA ESTRATEGIA DE LA ECONOMÍA PERFECTA
En 281 a.C. estalló la guerra entre Roma y la ciudad de Tarento, en la costa este de Italia. Tarento había empezado como colonia de la ciudad griega de Esparta; sus ciudadanos aún hablaban griego, se consideraban espartanos cultos y juzgaban bárbaras a otras ciudades italianas. Roma era entre tanto una potencia emergente, enfrascada en una serie de guerras con ciudades vecinas.
Los prudentes romanos se resistían a tomar Tarento. Ésta era entonces la ciudad más rica de Italia, lo suficiente para financiar a sus aliados en una guerra contra Roma; asimismo, estaba demasiado lejos, en el sureste, como para representar una amenaza inmediata. Pero los tarentinos habían hundido algunos barcos romanos que habían derivado en su puerto, matando al almirante de la flota; y cuando Roma trató de negociar un arreglo, sus embajadores fueron ofendidos. El honor romano estaba en juego, y se preparaba para la guerra.
En el uso estratégico del teatro de guerra, lo mismo que en todo lo demás, existe una administración apropiada de los recursos. Cuantos menos recursos necesitemos, será tanto mejor, pero debemos estar seguros de que sean realmente suficientes, y en este terreno, lo mismo que en el comercio, hay que pensar en algo más que en la mera tacañería.
CARL VON CLAUSEWITZ, 1780-1831.
Tarento tenía un problema: era rica, pero no tenía ejército. Sus ciudadanos se habían acostumbrado a la vida fácil. La solución fue acudir a un ejército griego para que combatiera en su nombre. Los espartanos estaban ocupados, así que los tarentinos recurrieron al rey Pirro de Epiro (319-272 a.C.), el más grande rey guerrero griego desde Alejandro Magno.
Epiro era un pequeño reino en el centro oeste de Grecia. Era un territorio pobre, escasamente poblado y de magros recursos, pero Pirro —educado en las historias de Aquiles, de quien su familia decía descender, y de Alejandro Magno, primo lejano— estaba determinado a seguir los pasos de sus ilustres ancestros y parientes, expandiendo Epiro y forjando su propio imperio. Cuando joven se había desempeñado en los ejércitos de otros grandes militares, como Tolomeo, general del ejército de Alejandro que para entonces gobernaba Egipto. Pirro había demostrado pronto su valor como guerrero y líder. En batalla había cobrado fama por dirigir peligrosos ataques, lo que le valió el apodo de El Águila. De vuelta en Epiro había formado un pequeño ejército y lo había adiestrado intensamente, al grado de derrotar al mucho mayor ejército macedonio en varias batallas.
La fama de Pirro iba en ascenso, pero era difícil que un pequeño país como el suyo adquiriera ascendencia sobre vecinos griegos más poderosos como los macedonios, los espartanos y los atenienses. Además, el ofrecimiento de los tarentinos era tentador: primero, le prometieron dinero y un gran ejército provisto por Estados aliados. Segundo, derrotando a los romanos él podría convertirse en amo de Italia, desde donde podría tomar primero Sicilia y luego Cartago, en el norte de África. Alejandro se había desplazado al este para crear su imperio; Pirro podría desplazarse al oeste y dominar el Mediterráneo. Aceptó el ofrecimiento.
En la primavera de 280 a.C., Pirro zarpó con el mayor ejército griego que jamás hubiera cruzado a Italia: veinte mil soldados rasos, tres mil jinetes, dos mil arqueros y veinte elefantes. Una vez en Tarento, sin embargo, comprendió que había sido engañado: los tarentinos no sólo no tenían ejército, sino que además no habían hecho el menor esfuerzo por reunir uno, dejando a Pirro hacerlo por sí solo. Pirro no perdió tiempo: declaró una dictadura militar en la ciudad y empezó a formar y entrenar de inmediato un ejército entre los tarentinos.
La llegada de Pirro a Tarento inquietó a los romanos, quienes conocían su fama como estratega y combatiente. Tras decidir que no le darían tiempo para prepararse, enviaron rápidamente un ejército, forzando a Pirro a arreglárselas con lo que tenía y hacerles frente. Los ejércitos chocaron cerca de la ciudad de Heraclea. Pirro y sus tropas eran inferiores en número pero, al borde de la derrota, él liberó su arma secreta: sus elefantes, de extraordinario peso y ruidoso y temible trompeteo, con soldados encima que disparaban flechas a todas partes. Los romanos jamás habían enfrentado elefantes en batalla, y el pánico se apoderó de ellos, alterando el curso de la contienda. Pronto las disciplinadas legiones romanas se hallaban en precipitada retirada.
El Águila había obtenido una gran victoria. Su fama se extendió por la península italiana; era en verdad la reencarnación de Alejandro Magno. Entonces, otras ciudades le enviaron refuerzos, más que compensando sus bajas en Heraclea. Pero Pirro estaba preocupado. Había perdido a muchos veteranos en la batalla, incluidos generales clave. Más aún, la fuerza y disciplina de las legiones romanas lo habían impresionado; no eran como otras tropas que había enfrentado. Decidió tratar de negociar un arreglo pacífico con los romanos, ofreciendo compartir la península con ellos. Al mismo tiempo, sin embargo, marchó sobre Roma, para ejercer presión sobre las negociaciones y dejar en claro que, a menos que los romanos pidieran la paz, se las verían nuevamente con él.
Mientras tanto, la derrota en Heraclea había tenido un poderoso efecto en los romanos, que no se dejaban intimidar fácilmente ni tomaban la derrota a la ligera. Inmediatamente después de la batalla, se solicitaron reclutas, y los jóvenes respondieron en masa. Los romanos rechazaron orgullosamente el ofrecimiento de un arreglo; nunca compartirían Italia.
Los ejércitos chocaron esta vez cerca de la ciudad de Asculum, no lejos de Roma, en la primavera de 279 a.C. En esta ocasión eran casi iguales en número. El primer día de la batalla fue feroz, y una vez más los romanos parecían llevar la delantera, pero al segundo día Pirro, maestro de la estrategia, consiguió atraer a las legiones romanas a terreno más apto para su propio estilo de maniobra, y tomó ventaja. Como solía hacerlo, casi al cabo de la jornada dirigió personalmente un violento ataque contra el corazón de las legiones romanas, con los elefantes al frente. Los romanos se dispersaron y Pirro salió victorioso de nuevo.
El rey Pirro llegó entonces a las mayores alturas, aunque sólo para sentir abatimiento y malos presagios. Sus bajas habían sido terribles; las filas de los generales de los que dependía habían sido diezmadas, y él mismo estaba gravemente herido. Los romanos, por su parte, parecían vigorosos, impertérritos ante su derrota. Cuando se le felicitó por su victoria en Asculum, Pirro replicó: “Si derrotáramos a los romanos en otra batalla así, quedaríamos totalmente arruinados”.
Pirro, sin embargo, ya estaba arruinado. Sus bajas en Asculum fueron demasiadas para ser rápidamente repuestas, y sus fuerzas restantes eran demasiado reducidas para volver a pelear con los romanos. Su campaña en Italia había terminado.
Interpretación
De la historia del rey Pirro y su famoso lamento tras la Batalla de Asculum procede la expresión “victoria pírrica”, en alusión a un triunfo que equivale a derrota, por el altísimo costo que entraña. El vencedor está demasiado exhausto para explotar su victoria, demasiado vulnerable para acometer la siguiente batalla. Y, en efecto, luego de la “victoria” en Asculum, Pirro pasó de un desastre a otro, pues su ejército nunca fue lo bastante fuerte para derrotar al creciente grupo de sus enemigos. Esto culminó en su prematura muerte en batalla, poniendo fin a las esperanzas de Epiro de convertirse en una potencia en Grecia.
Pirro habría podido evitar esta espiral descendente. La inteligencia de avanzada le habría informado tanto de la disciplinada ferocidad de los romanos como de la decadencia y traición de los tarentinos, y, sabiendo esto, habría dedicado más tiempo a formar un ejército o habría cancelado por completo la expedición. Una vez que vio que se le había engañado, habría podido dar marcha atrás; después de Heraclea, aún había tiempo para reatrincherarse, consolidarse, mientras estaba a la cabeza. Si hubiera hecho cualquiera de estas cosas, su historia hubiera tenido un final diferente. Pero Pirro no pudo detenerse; el sueño era demasiado seductor. ¿Por qué preocuparse por los costos? Podría recuperarse después. Una batalla más, una victoria más, sellarían el destino.
Las victorias pírricas son mucho más comunes de lo que crees. El entusiasmo por las perspectivas de un negocio es natural antes de que éste comience; y si la meta es atractiva, inconscientemente vemos lo que queremos ver: más ganancias posibles, menos dificultades posibles. Cuanto más avanzamos, más difícil resulta retroceder y reevaluar racionalmente la situación. En esas circunstancias, los costos tienden no sólo a aumentar: forman una espiral que se sale de control. Si las cosas marchan mal, nos agotamos, lo que nos induce a cometer errores, lo cual lleva a su vez a nuevos e imprevistos problemas, lo que por su parte conduce a nuevos costos. Las victorias que hayamos podido tener sobre la marcha carecen de significado.
Compréndelo: entre más desees el premio, más deberás compensar examinando qué implica conseguirlo. Ve más allá de los costos obvios y piensa en los intangibles: la buena disposición que podrías malbaratar librando una guerra, la furia del perdedor si ganas, el tiempo que la victoria puede reclamar, tu deuda con tus aliados. Siempre puedes esperar un mejor momento; siempre puedes intentar algo más acorde con tus recursos. Recuerda: la historia está llena de cadáveres de quienes ignoraron los costos. Ahórrate batallas innecesarias y vive para luchar otro día.
Si tus armas han perdido el filo, si tu ardor se extingue, si tus fuerzas se agotan y si tu tesorería ha quedado reducida a nada, los soberanos vecinos se aprovecharán de tu apuro para actuar. Y aunque tengas consejeros sagaces, ninguno de ellos será capaz de trazar planes adecuados para el futuro.
—Sun-tzu, El arte de la guerra (siglo IV a.C.)
Cuando la reina Isabel I (1533-1603) subió al trono de Inglaterra en 1558, heredó una potencia de segunda clase: el país había sido asolado por la guerra civil y sus finanzas eran un caos. Isabel soñaba con producir un largo periodo de paz en el que pudiera reconstruir poco a poco los cimientos de Inglaterra, y en particular su economía: un gobierno con dinero era un gobierno con opciones. Inglaterra, pequeña isla con recursos limitados, no podía esperar competir en la guerra con Francia y España, las grandes potencias europeas. En cambio, obtendría fuerza del comercio y la estabilidad económica.
En la antigüedad los que eran llamados expertos en el arte de la guerra ganaban a un enemigo fácil de vencer. Por este motivo las victorias conseguidas por un maestro del arte militar no le proporcionaban ni la reputación de ser sabio, ni el mérito de ser valiente. Porque consigue sus victorias sin divagaciones. “Sin divagaciones” significa que, haga lo que haga, tiene asegurada la victoria; vence a un enemigo ya derrotado.
EL ARTE DE LA GUERRA, SUN-TZU, SIGLO IV A.C.
Un año tras otro durante dos decenios, Isabel consiguió progresos. Luego, a fines de la década de 1570, su situación pareció opacarse de pronto: una inminente guerra con España amenazaba con cancelar todos los avances de los veinte años previos. El rey de España, Felipe II, era un católico devoto que consideraba como su misión personal frenar la propagación del protestantismo. Los Países Bajos (hoy Holanda y Bélgica) pertenecían entonces a España, pero una creciente rebelión protestante amenazaba ese predominio, y Felipe declaró la guerra a los rebeldes, determinado a aplastarlos. Entre tanto, su más caro sueño era restaurar el catolicismo en Inglaterra. Su estrategia a corto plazo era un complot para asesinar a Isabel y llevar a su hermanastra, la católica María de Escocia, al trono británico. En caso de que este plan fallara, su estrategia a largo plazo era crear una gran armada e invadir Inglaterra.
Felipe no mantuvo del todo ocultas sus intenciones, y los ministros de Isabel juzgaron que la guerra era inevitable. Le aconsejaron enviar un ejército a los Países Bajos, para forzar a Felipe a destinar ahí sus recursos en vez de atacar Inglaterra, pero Isabel rechazó la idea; enviaría fuerzas reducidas para ayudar a los rebeldes protestantes a impedir un desastre militar, pero no se comprometería a nada más. Temía a la guerra; mantener un ejército era un gasto enorme, y toda suerte de adicionales costos ocultos emergerían sin duda, amenazando la estabilidad que ella había forjado. Si la guerra con España era realmente inevitable, quería pelear bajo sus propias condiciones; quería una guerra que arruinara financieramente a España y dejara intacta a Inglaterra.
Desafiando a sus ministros, Isabel hizo todo lo que pudo para mantener la paz con España, rehusándose a provocar a Felipe. Eso le concedió tiempo para reservar fondos con los cuales crear la flota británica. Mientras tanto, operaba en secreto para dañar la economía de España, que veía como el único punto débil de ese país. El enorme y creciente imperio español en el Nuevo Mundo lo volvía poderoso, pero ese imperio estaba demasiado lejos. Para mantenerlo y beneficiarse de él, Felipe dependía por entero de la navegación, una vasta flota que pagaba con enormes préstamos de banqueros italianos. Su crédito en esos bancos dependía del seguro trayecto de los navíos que transportaban oro desde el Nuevo Mundo. El poder de España descansaba en un fundamento muy débil.
Así, la reina Isabel desencadenó a su principal capitán, sir Francis Drake, contra los navíos que transportaban los tesoros españoles. Aparentaría operar por su cuenta, un pirata en beneficio propio. Nadie debía saber de su relación con la reina. Con cada barco que capturaba, aumentaba la tasa de interés de los préstamos a Felipe, hasta que, al fin, los banqueros italianos subieron la tasa a causa de la amenaza de Drake más que de cualquier pérdida específica. Felipe había esperado lanzar su armada contra Inglaterra para 1582; escaso de dinero, tuvo que posponer su proyecto. Isabel había ganado tiempo.
Entre tanto, para enfado de los ministros de finanzas de Felipe, el rey se negaba a reducir las dimensiones de la armada invasora. Completarla podría llevar más tiempo, pero sencillamente pediría prestado más dinero. Viendo su pugna con Inglaterra como una cruzada religiosa, no se arredraría por meros asuntos financieros.
A continuación Aquiles derrotó a los troyanos y los persiguió hacia la ciudad, pero su destino estaba ya también decidido. Poseidón y Apolo se comprometieron a vengar la muerte de Cicno y Troilo y a castigar ciertas jactancias insolentes que Aquiles había pronunciado sobre el cadáver de Héctor, y se consultaron. Velado con una nube y apostado junto a la Puerta Escea, Apolo buscó a Paris en lo más reñido del combate, dirigió su arco y guió la flecha fatal. Fue a clavarse en la única parte vulnerable del cuerpo de Aquiles, el talón derecho, y murió con terribles dolores.
LOS MITOS GRIEGOS, VOL. 2, ROBERT GRAVES, 1955.
Mientras operaba para arruinar el crédito de Felipe, Isabel destinó parte importante de sus magros recursos a establecer la red de espionaje de Inglaterra; de hecho, la convirtió en la más sofisticada agencia de inteligencia de Europa. Con agentes por toda España, se le mantenía informada de cada acción de Felipe. Sabía exactamente qué tan grande iba a ser la armada y cuándo se le lanzaría. Eso le permitió aplazar el llamado a su ejército y reservas hasta el último momento, ahorrando dinero al gobierno.
Finalmente, la armada española estuvo lista en el verano de 1588. Comprendía 128 barcos, incluidos veinte grandes galeones, y un vasto número de marineros y soldados. De igual tamaño que la marina inglesa, había costado una fortuna. La armada zarpó de Lisboa la segunda semana de julio. Pero los espías de Isabel la habían tenido plenamente al tanto de los planes de España, así que pudo enviar una flota de barcos ingleses menores y más ágiles para hostigar a la armada en su trayecto por la costa francesa, hundiendo sus barcos de abastecimiento y provocando un caos general. Como informó el comandante de la flota inglesa, lord Howard of Effingham, “la fuerza española es prodigiosamente grande y vigorosa, pero la desplumamos poco a poco”.
La armada española terminó por anclar en el puerto de Calais, donde se encontraría con los ejércitos españoles estacionados en los Países Bajos. Determinados a impedir que obtuviera esos refuerzos, los ingleses reunieron ocho grandes naves, cargadas con sustancias inflamables, y las dirigieron a la flota española, anclada en estrecha formación. Cuando las naves británicas se acercaron al puerto a toda vela, su tripulación les prendió fuego y las evacuó. El resultado fue espantoso, con docenas de barcos españoles en llamas. Otros navíos reñían en busca de aguas seguras, a menudo chocando entre sí. En su prisa por hacerse a la mar, prescindieron de todo orden.
La pérdida de barcos y provisiones en Calais devastó la disciplina y moral españolas, y la invasión se suspendió. Para evitar nuevos ataques en el regreso a España, los barcos restantes no se encaminaron al sur sino al norte, con la intención de navegar hasta su país rodeando Escocia e Irlanda. Los ingleses ni siquiera se molestaron en perseguirlos; sabían que el mal tiempo en esas aguas les causaría suficiente daño. Cuando la destrozada armada volvió a España, cuarenta y cuatro de sus barcos se habían perdido y la mayoría de los restantes estaban demasiado dañados para ser útiles. Casi dos terceras partes de sus marineros y soldados habían perecido en el mar. Por su parte, Inglaterra no había perdido un solo barco, y apenas un centenar de sus hombres había muerto en acción.
Las limitaciones acarrean trastornos, pero son efectivas. Si vivimos económicamente en tiempos normales, estaremos preparados para tiempos de penuria. Ser ahorrativos nos salva de la humillación. Las limitaciones son también indispensables en la regulación de las condiciones del mundo. En la naturaleza hay límites para el verano y el invierno, el día y la noche, y estos límites dan su sentido al año. De la misma manera, la economía, al imponer determinados límites a los gastos, actúa para preservar la propiedad e impedir daños al pueblo.
I CHING, CHINA, CIRCA SIGLO VIII A.C.
Fue un gran triunfo, pero Isabel no perdió tiempo contemplándolo. Para ahorrar dinero, desmanteló de inmediato la marina. Se negó asimismo a escuchar a los consejeros que la instaban a complementar su victoria atacando a los españoles en los Países Bajos. Las metas de la reina eran limitadas: agotar los recursos y finanzas de Felipe, forzándolo a abandonar sus sueños de dominio católico e implantando un delicado equilibrio de poder en Europa. Y, en efecto, éste fue a la larga su principal triunfo, porque España jamás se recuperó financieramente del desastre de su armada y pronto renunció por completo a sus designios sobre Inglaterra.
Interpretación
La derrota de la armada española debe considerarse una de las de costo más eficiente en la historia militar: una potencia de segunda clase que apenas si mantenía un ejército permanente fue capaz de anular al mayor imperio de la época. Lo que hizo posible la victoria fue la aplicación de un axioma militar básico: ataca sus debilidades con tus fortalezas. Las fortalezas de Inglaterra eran su pequeña y móvil armada y su elaborada red de inteligencia; sus debilidades eran sus limitados recursos en hombres, armamento y dinero. Las fortalezas de España eran su vasta riqueza y gran ejército y flota; sus debilidades, la precaria estructura de sus finanzas, pese a su magnitud, y la excesiva dimensión y lentitud de sus barcos.
Isabel se negó a pelear bajo las condiciones de España, manteniendo a su ejército fuera de la refriega. Atacó en cambio las debilidades de España con sus fortalezas: hostilizando a los galeones españoles con sus pequeñas naves, causando estragos en las finanzas de ese país, recurriendo a operaciones especiales para poner un alto a su máquina de guerra. Fue capaz de controlar la situación preservando las costas de Inglaterra al tiempo que volvía el esfuerzo bélico cada vez más costoso para España. Al final llegó el momento en que Felipe sólo podía fracasar: si la armada se hundía, quedaría arruinado durante años por venir; y aun si la armada triunfaba, la victoria sería tan apreciada que él se arruinaría tratando de explotarla en suelo inglés.
Entiende: ninguna persona o grupo es completamente débil o fuerte. Cada ejército, sin importar qué tan invencible parezca, tiene un punto débil, un lugar desprotegido o subdesarrollado. El propio tamaño puede ser a la larga una debilidad. Entre tanto, aun el grupo más débil tiene algo en lo que apoyarse, alguna fortaleza oculta. Tu meta en la guerra no es simplemente acumular una pila de armas, incrementar tu potencia de fuego para que puedas destrozar a tu enemigo. Eso es ruinoso, demasiado caro y te hace vulnerable a ataques de estilo guerrillero. Dar a tus enemigos golpe por golpe, fuerza contra fuerza, es igualmente poco estratégico. En cambio, evalúa primero sus puntos débiles: problemas políticos internos, baja moral, finanzas tambaleantes, control excesivamente centralizado, megalomanía de su líder. Mientras mantienes cuidadosamente tus propias debilidades fuera de la refriega y preservas tu fortaleza para el largo plazo, golpea una y otra vez su talón de Aquiles. La exposición de sus debilidades y su opresión desmoralizará a tus enemigos y, al tiempo que se extenúan, emergerán nuevas debilidades. Calibrando meticulosamente fortalezas y debilidades, puedes derribar a tu Goliat con una honda.
La abundancia me hace pobre.
—Ovidio (43 a.C.-17 d.C.).
La realidad puede definirse como una incisiva serie de limitaciones sobre cada ser vivo, siendo la muerte la última frontera. Nuestra energía tiene un tope antes de cansarnos; los alimentos y recursos a nuestra disposición son limitados; nuestras habilidades y capacidades sólo pueden llegar hasta cierto punto. Un animal vive dentro de esos límites: no intenta volar más alto o correr más rápido o gastar demasiada energía acumulando una pila de alimentos, porque eso lo agotaría y lo haría vulnerable al ataque. Intenta simplemente sacar el mayor provecho de lo que tiene. Un gato, por ejemplo, practica instintivamente una economía de movimientos y ademanes, sin desperdiciar jamás su esfuerzo. La gente que vive en la pobreza, de igual manera, está agudamente consciente de sus límites: obligada a sacar el mayor provecho de lo que tiene, es incesantemente inventiva. La necesidad ejerce un poderoso efecto sobre su creatividad.
El problema que enfrentamos quienes vivimos en sociedades de abundancia es que perdemos el sentido de los límites. Nos resguardamos cuidadosamente contra la muerte y podemos pasar meses, y hasta años, sin contemplarla. Imaginamos un tiempo infinito a nuestra disposición, y poco a poco nos alejamos de la realidad; imaginamos poseer una energía infinita, pensando que podemos lograr lo que queramos con sólo esforzarnos más. Empezamos a verlo todo como ilimitado: la bondad de los amigos, la posibilidad de riqueza y fama. Unos cuantos cursos y libros más y podremos ampliar nuestros talentos y habilidades hasta el punto de ser otr@s. La tecnología lo vuelve alcanzable todo.
En todo esto —en la selección de nutrimiento, de lugar y clima, de recreación— reina un instinto de autopreservación que se manifiesta más inequívocamente como instinto de autodefensa.
No ver muchas cosas, no oírlas, no dejar que se acerquen: primera pieza del ingenio, primera prueba de que uno no es un accidente, sino una necesidad. La palabra común para ese instinto autodefensivo es gusto. Su orden imperativa, no sólo decir no cuando sí sería una pieza de “desprendimiento”, sino también decir no lo menos posible.
Separarse, alejarse de aquello para lo que “no” se requeriría una y otra vez. La lógica es que los gastos defensivos, no siendo nunca reducidos, se vuelven una regla, un hábito, y conducen a un extraordinario y perfectamente superfluo empobrecimiento.
Nuestros mayores gastos son los menores y más frecuentes. Apartarse, no dejar que se acerquen, es un gasto —no hay que engañarse a este respecto—, una fuerza derrochada en objetivos negativos. Uno puede, sólo por la constante necesidad de apartarse, volverse demasiado débil para defenderse. [...]
Otra forma de sagacidad y autodefensa consiste en reaccionar tan raramente como sea posible y retirarse de situaciones y relaciones en las que uno estaría condenado por las circunstancias a suspender su libertad, su iniciativa, y convertirse en un mero reactivo.
ECCE HOMO, FRIEDRICH NIETZSCHE, 1888.
La abundancia nos hace ric@s en sueños, puesto que en los sueños no hay límites. Pero nos hace pobres en realidades. Nos vuelve bland@s y decadentes, hart@s de lo que tenemos y en necesidad de constantes sacudidas para recordarnos que estamos viv@s. En la vida debes ser un@ guerrer@, y la guerra requiere realismo. Aunque hay quienes encuentran belleza en sueños interminables, l@s guerrer@s la hallan en la realidad, en la conciencia de los límites, en sacar el mayor provecho de lo que tienen. Como el gato, buscan la perfecta economía de movimientos y ademanes, el modo de dotar a sus golpes del mayor vigor con la menor inversión de esfuerzo. Su conciencia de que sus días están contados —de que podrían morir en cualquier momento— l@s ubica en la realidad. Hay cosas que nunca podrán hacer, talentos que jamás tendrán, elevadas metas que nunca alcanzarán; eso difícilmente l@s perturba. L@s guerrer@s se concentran en lo que tienen, en las fortalezas que poseen y que deben usar creativamente. Saber cuándo detenerse, renovarse y reatrincherarse les permite sobrevivir a sus adversarios. Juegan para el largo plazo.
En los últimos años del régimen colonial francés en Vietnam y durante la Guerra de Vietnam, el jefe militar de los insurgentes vietnamitas fue el general Vo Nguyen Giap. Primero en los franceses y luego en los estadunidenses, Giap enfrentó a un enemigo con recursos, potencia de fuego y entrenamiento muy superiores. Su ejército era una heterogénea colección de campesinos; tenían moral, una profunda sensación de propósito, pero poco más. Giap no contaba con camiones para transportar provisiones, y sus comunicaciones eran del siglo XIX. Otro general habría intentado actualizarse, y Giap tuvo la oportunidad de hacerlo; recibió el ofrecimiento de camiones, radios, armas y entrenamiento de China, pero lo juzgó una trampa. No fue sólo que no quisiera gastar sus limitados fondos en esas cosas; a largo plazo, creía, todo lo que ellas harían sería convertir a los norvietnamitas en una débil versión de su enemigo. Optó en cambio por sacar el mayor provecho de lo que tenía, convirtiendo en virtudes las debilidades de su ejército.
Los camiones podían ser detectados desde las alturas, y los estadunidenses podían bombardearlos. Pero no podían bombardear líneas de aprovisionamiento que no veían. Explotando sus recursos, así, Giap usó una vasta red de campesinos que se echaban las provisiones a la espalda. Cuando llegaban a un río, lo cruzaban en puentes colgantes suspendidos justo bajo la superficie del agua. Hasta el fin de la guerra, los estadunidenses no dejaron de tratar de descubrir cómo abastecían los norvietnamitas a sus ejércitos en el campo de operaciones.
Mientras tanto, Giap desarrolló tácticas guerrilleras de ataques sorpresa que le dieron enorme potencial de perturbación de las líneas estadunidenses de aprovisionamiento. Para combatir, desplazar tropas y transportar provisiones, los estadunidenses empleaban helicópteros, que les daban tremenda movilidad. Pero la guerra tenía que librarse en última instancia en tierra, y Giap fue inagotablemente inventivo en el uso de la selva para neutralizar la potencia aérea de Estados Unidos, desorientar a los soldados de ese país y camuflar a sus propias tropas. No podía esperar ganar una batalla campal contra el superior armamento estadunidense, así que dirigió su esfuerzo a espectaculares, simbólicos y desmoralizantes ataques que mostraran la futilidad de la guerra al aparecer en la televisión de Estados Unidos. Con el mínimo que tenía, creó el máximo efecto.
Los ejércitos que parecen tener ventaja en dinero, recursos y potencia de fuego tienden a ser predecibles. Al depender de su equipo, no del conocimiento y la estrategia, se desmadejan mentalmente. Cuando surgen problemas, su solución es acumular más de lo que ya tienen. Pero no es lo que tienes lo que te da la victoria, sino cómo lo uses. Cuando tienes menos, eres naturalmente más inventiv@. La creatividad te da una ventaja sobre enemigos que dependen de la tecnología; aprenderás más, serás más adaptable y los burlarás. Imposibilitad@ de desperdiciar tus limitados recursos, los usarás bien. El tiempo será tu aliado.
Si tienes menos que tu enemigo, no desesperes. Siempre puedes cambiar la situación practicando la economía perfecta. Si tu enemigo y tú son iguales, asegurar más armamento importa menos que hacer mejor uso de lo que tienes. Si tienes más que tu enemigo, combatir económicamente es más importante que nunca. Como dijo Pablo Picasso, aun si eres ric@, actúa como pobre. Los pobres son más inventivos, y a menudo se divierten más, porque valoran lo que tienen y conocen sus límites. En la estrategia a veces tienes que ignorar tu mayor fortaleza y obligarte a obtener lo máximo de lo mínimo. Aun si tienes tecnología, libra la guerra del campesino.
Esto no significa desarmarte o dejar de explotar las ventajas que puedas tener en matériel. En la Operación Tormenta del Desierto, la campaña de Estados Unidos contra Irak en 1991, los estrategas militares estadunidenses hicieron pleno uso de su tecnología superior, particularmente en aire, pero no dependieron de eso para la victoria. Habían aprendido la lección de su debacle veinte años antes en Vietnam, y sus maniobras exhibieron el tipo de engañosas fintas y el uso de la movilidad asociados con fuerzas menores de estilo guerrillero. Esta combinación de tecnología avanzada e instinto creativo resultó devastadora.
La guerra es un equilibrio de fines y medios: un general podría tener el mejor plan para alcanzar cierto fin, pero a menos que disponga de los medios para cumplirlo, su plan es inútil. Así pues, los generales prudentes de todas las épocas han aprendido a comenzar por examinar los medios que tienen a la mano y a desarrollar su estrategia a partir de esos instrumentos. Eso fue lo que hizo de Aníbal un brillante estratega; siempre pensaba primero en lo dado: la composición de su ejército y el del enemigo, sus respectivas proporciones de caballería e infantería, el terreno, la moral de sus tropas, el clima. Esto le daba el fundamento no sólo para su plan de ataque, sino también para los fines que quería alcanzar en un choque en particular. En vez de encerrarse en una forma de combatir, como tantos generales, ajustaba constantemente sus fines a sus medios. Ésta fue la ventaja estratégica que usó sin cesar.
La siguiente vez que lances una campaña, prueba un experimento: no pienses en tus sólidas metas ni en tus grandes sueños, ni planees tu estrategia sobre el papel. En cambio, piensa profundamente en lo que tienes: los instrumentos y materiales con que trabajarás. No te bases en sueños y planes, sino en la realidad: piensa en tus propias habilidades, cualquier ventaja política que puedas tener, la moral de tus tropas, qué tan creativamente puedes usar los medios a tu disposición. Luego, a partir de ese proceso, deja que tus planes y metas florezcan. Tus estrategias serán no sólo más realistas, sino también más inventivas y vigorosas. Soñar primero en lo que quieres y tratar de encontrar después los medios para alcanzarlo es una receta para el agotamiento, el desperdicio y la derrota.
No confundas baratura con economía perfecta; ejércitos han fracasado por gastar poco tan a menudo como por gastar mucho. Cuando los británicos atacaron Turquía en la Primera Guerra Mundial, esperando sacarla de la guerra para atacar después a Alemania desde el este, empezaron mandando una flota que se abriera paso por el Estrecho de los Dardanelos y se dirigiera a la capital turca de Constantinopla. Esa flota logró progresos, pero tras varias semanas algunas naves habían sido hundidas, más vidas de las esperadas se habían perdido y el proyecto en general estaba resultando demasiado costoso. Los británicos suspendieron entonces la campaña naval, decidiendo en cambio desembarcar un ejército en la península de Gallípoli para combatir en tierra. Esa ruta parecía más segura y barata, pero resultó un fiasco de varios meses que costó miles de vidas y no condujo a la larga a ninguna parte, ya que los aliados terminaron por desistir y sacar a sus tropas. Años después se descubrieron documentos turcos que revelaban que la flota británica había estado al borde del éxito: uno o dos días más y lo habría logrado, y Constantinopla probablemente habría caído. El curso entero de la guerra habría cambiado. Pero los británicos economizaron en exceso; a último momento, retiraron los puños, preocupados por los costos. A la larga, el precio de tratar de ganar a lo barato resultó punitivamente elevado.
Economía perfecta no significa entonces atesorar tus recursos. Eso no es economía sino miseria, mortal en la guerra. Economía perfecta significa buscar un punto intermedio, un nivel en el que tus golpes cuenten pero sin extenuarte. Economizar en exceso te desgastará más, porque la guerra se prolongará, sus costos aumentarán, sin que puedas dar siquiera un puñetazo noqueador.
Toda limitación tiene su valor, pero una limitación que exija un esfuerzo persistente acarrea consigo un desgaste de gran energía. Sin embargo, cuando la limitación es natural (como, por ejemplo, la limitación por la cual el agua fluye sólo hacia abajo de la montaña), necesariamente conduce al éxito, porque entonces significa un ahorro de energía. La energía que, de otra manera, se consumiría en una lucha vana con el objeto, se aplica totalmente en beneficio del asunto de que se trata y entonces el éxito es seguro.
I CHING, CHINA, CIRCA SIGLO VIII A.C.
Varias tácticas se prestan a la economía en el combate. La primera es el uso del engaño, que cuesta relativamente poco pero puede rendir poderosos resultados. Durante la Segunda Guerra Mundial los aliados usaron una complicada serie de engaños para hacer esperar a los alemanes un ataque desde diferentes direcciones, forzándolos a dispersarse demasiado. La campaña de Hitler en Rusia se vio muy debilitada por la necesidad de mantener tropas en Francia y los Balcanes, para repeler ataques ahí, los cuales jamás ocurrieron. El engaño puede ser un gran compensador para el bando débil. Sus artes incluyen la recolección de inteligencia, la difusión de información falsa y el uso de propaganda para volver la guerra más impopular dentro del campamento enemigo.
Segundo, busca adversarios que puedas batir. Evita enemigos que no tengan nada que perder; se empeñarán en derribarte a cualquier costo. En el siglo XIX, Otto von Bismarck erigió la potencia militar de Prusia sobre las espaldas de adversarios más débiles como los daneses. Victorias fáciles elevan la moral, desarrollan tu fama, te dan impulso y, sobre todo, no te cuestan mucho.
Habrá ocasiones en que tus cálculos sean errados; una campaña aparentemente fácil se vuelve difícil. No todo puede preverse. Así, no sólo es importante que elijas cuidadosamente tus batallas, sino también que sepas cuándo aceptar tus pérdidas y retirarte. En 1971, los boxeadores Muhammad Alí y Joe Frazier, ambos en la cúspide de su carrera, se enfrentaron por el campeonato mundial de peso completo. Fue un encuentro agotador, uno de los más emocionantes de la historia; Frazier ganó por decisión tras casi noquear a Alí en el decimoquinto round. Pero los dos sufrieron terriblemente en la liza; ambos lanzaron gran cantidad de magníficos puñetazos. Buscando la revancha, Alí consiguió un nuevo encuentro en 1974 —otro agotador combate de quince rounds—, y ganó por decisión. Pero ninguno de los dos boxeadores quedó satisfecho, querían un resultado más concluyente, así que volvieron a enfrentarse en 1975, en la famosa Thrilla in Manila. Esta vez Alí ganó en el decimocuarto round, pero ninguno de los contendientes volvió a ser el mismo: esas tres peleas los habían fatigado demasiado y acortaron sus carreras. El orgullo y la ira se habían impuesto sobre las facultades de la razón. No caigas en esa trampa; aprende cuándo parar. No actúes por frustración u orgullo. Es demasiado lo que está en juego.
Por último, nada en materia humana permanece. A lo largo del tiempo tus esfuerzos tenderán a disminuir —se desarrollará una especie de fricción, a partir ya sea de imprevistos hechos externos o de tus propias acciones—, o bien el impulso te permitirá seguir adelante. Desperdiciar lo que tienes producirá fricción, reduciendo tu energía y moral. En esencia, te frenas a ti mism@. Combatir económicamente, por otro lado, generará impulso. Concibe esto como buscar tu propio nivel, un equilibrio perfecto entre aquello de lo que eres capaz y la tarea en cuestión. Cuando la labor que realizas no es superior ni inferior a tus talentos sino que está a tu nivel, no te sentirás exhaust@, aburrid@ ni deprimid@. Dispondrás de pronto de nueva energía y creatividad. Combatir con perfecta economía es como atinar en ese nivel: menos resistencia a tu paso, mayor energía liberada. Por extraño que parezca, conocer tus límites ampliará tus límites; sacar el mayor provecho de lo que tienes te permitirá tener más.
Imagen: El nadador. El agua ofrece resistencia;
no puedes moverte más rápido. Algunos golpean
el agua tratando de generar velocidad, pero sólo
hacen olas y crean resistencia a su paso. Otros son
muy delicados; patean tan suavemente que apenas
se mueven. Los nadadores consumados tocan la su-
perficie con perfecta economía, manteniendo el agua
lisa y nivelada frente a ellos. Se mueven tan rápido como
el agua se lo permite y cubren grandes distancias a un
ritmo sostenido.
Autoridad: El valor de una cosa no reside a veces en lo que se alcanza con ella, sino en lo que se paga por ella: lo que nos cuesta. —Friedrich Nietzsche (1844-1900).
Jamás tendrá valor combatir antieconómicamente, pero siempre es un curso sensato hacer que tu adversario desperdicie los mayores recursos posibles. Esto puede lograrse mediante tácticas de ataque sorpresa, para forzarlo a gastar energía persiguiéndote. Indúcelo a pensar que una gran ofensiva te arruinará; empantana después esa ofensiva en una guerra prolongada en la que pierda tiempo y recursos valiosos. Un adversario frustrado que agota su energía en golpes sin sentido pronto cometerá errores y se expondrá a un feroz contrataque.