LA ESTRATEGIA DEL CONTRATAQUE
En septiembre de 1805, Napoleón Bonaparte enfrentó la mayor crisis hasta ese momento en su trayectoria: Austria y Rusia se habían unido en una alianza en su contra. Al sur, tropas austriacas atacaban a los soldados franceses que ocupaban el norte de Italia; al este, el general austriaco Karl Mack conducía una enorme fuerza a Baviera. Un considerable ejército ruso al mando del general Mijaíl Kutusov se hallaba en camino para unirse al ejército de Mack, y esta fuerza aliada, una vez fundida y ampliada, enfilaría hacia Francia. Al este de Viena, más tropas rusas y austriacas esperaban a ser desplegadas donde fuera necesario. Los ejércitos de Napoleón eran inferiores en número dos a uno.
El plan de Napoleón fue tratar de derrotar uno por uno a cada ejército de la alianza, usando sus menores pero más móviles corps para combatirlos antes de que unieran fuerzas. Mientras comprometía suficientes tropas para producir un punto muerto en Italia, se dirigió a Baviera antes de que Kutusov llegara y forzó la ignominiosa rendición de Mack en Ulm, sin haber disparado prácticamente un solo tiro (véase capítulo 6). Esta incruenta victoria fue una obra maestra, pero para explotarla al máximo Napoleón tenía que capturar a Kutusov antes de que el general ruso recibiera refuerzos de más tropas rusas o austriacas. Con ese fin, envió al grueso de su ejército al este, hacia Viena, con la esperanza de atrapar a las fuerzas rusas en retirada. Pero la persecución se empantanó: el tiempo era malo, las tropas francesas estaban fatigadas, sus mariscales cometían errores y, sobre todo, el astuto Kutusov resultó más listo en la retirada que en el ataque. Arreglándoselas para eludir a los franceses, llegó a la ciudad de Olmütz, al noreste de Viena, donde estaban estacionadas las restantes fuerzas austro-rusas.
La técnica del “de acuerdo con” las expectativas y deseos del enemigo requiere determinar primero qué piensa y quiere éste, y luego ajustarse aparentemente a eso hasta que la situación pueda ser explotada. Definición: cuando el enemigo quiere tomar algo y tú se lo das, esto se llama “de acuerdo con”. [...]
En general, cuando ir contra algo simplemente lo solidifica, es mejor estar de acuerdo con ello para inducir errores. Si el enemigo quiere avanzar, sé completamente flexible y muestra debilidad a fin de inducir un avance. Si el enemigo quiere retirarse, dispérsate y abre una vía de escape para su repliegue.
Si el enemigo depende de un frente fuerte, establece tu propio frente a varias líneas de distancia, asumiendo sólidamente una posición defensiva para observar su arrogancia. Si el enemigo se apoya en su grandiosidad, sé vacuamente respetuoso, pero sustancialmente planea mientras esperas su lasitud. Atráelo y cúbrelo, libéralo y captúralo. Explota su arrogancia, capitaliza su lasitud.
TEXTO DE LA DINASTÍA MING DEL SIGLO XVII, CITADO EN THE TAO OF SPYCRAFT, RALPH D. SAWYER.
La situación se invirtió entonces: de pronto era Napoleón quien se hallaba en grave peligro. La fortaleza de sus corps era su movilidad; relativamente pequeños, eran vulnerables individualmente y funcionaban mejor cuando operaban suficientemente cerca unos de otros para salir rápido en su ayuda. Pero para ese momento estaban dispersos en una larga línea de Munich a Viena, que Napoleón había tomado tras su victoria sobre Mack en Ulm. Los hombres estaban hambrientos, cansados y faltos de provisiones. Los austriacos que combatían a los franceses en el norte de Italia habían abandonado la batalla ahí e iban en retirada, pero eso los ponía en dirección al noreste, así que representaban una amenaza para el flanco sur de Napoleón. Al norte, los prusianos, viendo que éste se hallaba en aprietos, consideraban la posibilidad de integrarse a la alianza. Si eso sucedía, podrían causar estragos en las extensas líneas de comunicación y abastecimiento de Napoleón, y los dos ejércitos que se acercaban por el norte y el sur podrían asfixiarlo hasta morir.
Las opciones de Napoleón eran terribles. Continuar la persecución de Kutusov extendería aún más las líneas francesas. Aparte, los rusos y austriacos se contaban ya en noventa mil, y se encontraban en una excelente posición en Olmütz. Quedarse donde estaba, por otra parte, era arriesgarse a ser lentamente devorado por ejércitos desde todas partes. La retirada parecía la única solución, y eso fue lo que sus generales le aconsejaron; pero con el clima en deterioro (era mediados de noviembre) y la certeza de que el enemigo lo hostigaría, también eso sería costoso. Y la retirada significaría que su victoria en Ulm se había desaprovechado, un golpe tremendo para la moral de sus hombres. Eso prácticamente incitaría a los prusianos a sumarse a la guerra; y los ingleses, inveterados enemigos de Napoleón, viéndolo vulnerable, podrían llegar al extremo de invadir Francia. Cualquier camino que eligiera parecía conducir al desastre. Durante varios días se sumió en profundas reflexiones, ignorando a sus consejeros y escudriñando mapas.
Mientras tanto, en Olmütz, los líderes austriacos y rusos —entre ellos el emperador austriaco Francisco I y el joven zar Alejandro I— observaban las acciones de Napoleón con intensa curiosidad y animación. Lo tenían donde querían; seguramente podrían recuperarse del desastre de Ulm y algunos más.
El 25 de noviembre, exploradores de la alianza informaron que Napoleón había trasladado a gran parte de su ejército a Austerlitz, a medio camino entre Viena y Olmütz. Ahí parecía que sus fuerzas ocupaban los picos de Pratzen, posición que indicaba preparación para la batalla. Pero Napoleón sólo tenía unos cincuenta mil hombres consigo; era inferior en número casi dos a uno. ¿Cómo podía esperar enfrentar a los aliados? Aun así, el 27 de noviembre Francisco I le ofreció un armisticio. Napoleón era formidable, y aun en esas circunstancias combatirlo era un riesgo. En realidad, Francisco intentaba ganar tiempo para envolver por completo al ejército francés, pero ninguno de los generales de la alianza creyó que Napoleón caería en esa trampa.
Una transición rápida y vigorosa hacia el ataque —la espada centelleante de la venganza— es el punto más brillante de la defensa.
CARL VON CLAUSEWITZ, 1780-1831.
Para su sorpresa, sin embargo, Napoleón se mostró ansioso de llegar a un acuerdo. De repente el zar y sus generales tenían otra impresión: estaba aterrado, prendido de un clavo ardiendo. Esa sospecha pareció confirmarse casi de inmediato, cuando, el 29 de noviembre, Napoleón abandonó los picos de Pratzen casi tan rápido como los había tomado, asumiendo una posición al oeste y reubicando repetidamente a su caballería. Parecía sumamente confundido. Al día siguiente solicitó una reunión con el propio zar. Éste envió un emisario, quien a su retorno informó que Napoleón no había podido disimular su temor e incertidumbre. Había parecido nervioso, irascible y aun aturdido. Las condiciones del emisario para el armisticio habían sido severas; y aunque Napoleón no las había aceptado, había escuchado en silencio, aparentemente mortificado, incluso intimidado. Esto fue música para los oídos del joven zar, quien ardía en deseos de trabar su primer combate con Napoleón. Estaba cansado de esperar.
Al abandonar los picos de Pratzen, Napoleón pareció haberse puesto en una posición vulnerable: sus líneas en el sur eran débiles, y su vía de retirada, en el suroeste hacia Viena, estaba expuesta. Un ejército aliado podía tomar los picos de Pratzen, virar al sur a fin de penetrar ese punto débil en las líneas de Napoleón y obstruir su retirada, para después volver al norte con objeto de rodear a su ejército y destruirlo. ¿Para qué esperar? Nunca llegaría una oportunidad mejor. El zar Alejandro y sus jóvenes generales prevalecieron sobre el vacilante emperador austriaco y se lanzaron al ataque.
Éste comenzó a primera hora del 2 de diciembre. Mientras dos divisiones menores enfrentaban a los franceses por el norte, inmovilizándolos, un torrente de soldados rusos y austriacos se desplazaron a los picos de Pratzen, los tomaron y giraron después al sur, en dirección al punto débil francés. Aunque hallaron resistencia en el enemigo, inferior en número, penetraron rápidamente y pronto fueron capaces de tomar las posiciones clave que les permitirían virar al norte y rodear a Napoleón. Pero a las nueve de la mañana, cuando las últimas tropas aliadas (unos sesenta mil hombres en total) se abrían paso hacia los picos y se encaminaban al sur, los comandantes aliados se enteraron de algo inesperado: una enorme fuerza francesa, invisible para ellos más allá de los picos de Pratzen, se enfilaba de súbito al este, directamente contra la ciudad de Pratzen y el centro de las líneas aliadas.
Kutusov advirtió el peligro: los aliados habían introducido tantos hombres en la brecha de las líneas francesas que habían dejado expuesto su propio centro. Intentó hacer volver a las últimas tropas que se dirigían al sur, pero ya era demasiado tarde. A las once de la mañana, los franceses habían retomado los picos. Peor aún, tropas francesas habían emergido del suroeste para reforzar la posición sur e impedir a los aliados rodear a los franceses. Todo había cambiado. A través de la ciudad de Pratzen, los franceses se esparcían entonces en el centro aliado y se movían rápidamente para obstruir la retirada de las tropas aliadas al sur.
Una súbita inspiración tocó entonces a Guillermo [en la Batalla de Hastings, 1066 d.C.], sugerida por el desastre acontecido a los ingleses desde el primer conflicto.
Determinó probar el expediente de una fuga fingida, una estratagema no desconocida por los bretones y normandos de anteriores épocas.
Por orden suya, una considerable porción de los agresores giró de pronto y se retiró en aparente desorden. Los ingleses pensaron, con más excusa en esta ocasión que en la previa, que el enemigo realmente se daba a la fuga, y por segunda vez un gran conjunto de ellos rompió la línea y se precipitó tras los escuadrones en retirada. Avanzado el camino ladera abajo, Guillermo repitió su anterior procedimiento.
La porción intacta de sus huestes cayó sobre los flancos de los perseguidores, mientras que quienes habían simulado la fuga se volvieron y los atacaron de frente. El resultado fue de nuevo una conclusión ineludible: los desordenados milicianos fueron hechos pedazos, y pocos o ninguno de ellos escaparon a sus camaradas en lo alto.
HISTORY OF THE ART OF WAR IN THE MIDDLE AGES, SIR CHARLES OMAN, 1898.
Cada parte del ejército aliado —norte, centro y sur— fue entonces efectivamente aislada de las demás. Los rusos en la posición más al sur intentaron retirarse aún más al sur, pero miles de ellos perdieron la vida en los lagos y pantanos helados que se cruzaron en su camino. A las cinco de la tarde, el caos era total y se declaró una tregua. El ejército austro-ruso había sufrido terribles bajas, muchas más que los franceses. La derrota era tan grande que la alianza se derrumbó; la campaña había terminado. De algún modo Napoleón había arrebatado la victoria de manos de la derrota. Austerlitz fue el mayor triunfo de su carrera.
Interpretación
En la crisis que derivó en la Batalla de Austerlitz, los consejeros y mariscales de Napoleón sólo habían pensado en la retirada. A veces es mejor, creían, aceptar voluntariamente un revés y pasar a la defensiva. Al otro lado estaban el zar y sus aliados, que tenían debilitado a Napoleón. Ya sea que esperaran a envolverlo o lo atacaran de inmediato, estaban a la ofensiva.
En medio estaba Napoleón, quien, como estratega, se hallaba muy por encima tanto de sus propios consejeros y mariscales como del zar y los generales de la alianza. Su superioridad residía en la fluidez de su pensamiento: no concebía la guerra en términos mutuamente excluyentes de defensa y ataque. En su mente, éstos estaban inextricablemente entrelazados: una posición defensiva era la manera perfecta de disfrazar una maniobra ofensiva, un contrataque; una maniobra ofensiva era a menudo la mejor manera de defender una posición débil. Lo que Napoleón orquestó en Austerlitz no fue retirada ni ataque, sino algo mucho más sutil y creativo: fundió defensa y ataque para montar la trampa perfecta.
Primero, habiendo tomado Viena, Napoleón avanzó a Austerlitz, tomando aparentemente la ofensiva. Eso sorprendió a austriacos y rusos, aunque seguían superándolo considerablemente en número. Pero luego retrocedió y adoptó una posición defensiva; más tarde pareció oscilar entre ataque y defensa, dando sobradas muestras de confusión. En su entrevista con el emisario del zar, pareció personal y estratégicamente confundido. Todo era alto drama, escenificado por Napoleón para parecer débil y vulnerable e invitar al ataque.
Estas maniobras indujeron a los aliados a abandonar la prudencia, lanzarse vigorosamente contra Napoleón y exponerse en el proceso. Su posición defensiva en Olmütz era tan fuerte y dominante que sólo dejándola se arruinaría, y eso fue precisamente lo que Napoleón los incitó a hacer. Después, en vez de defenderse contra su precipitado ataque, pasó súbitamente a la ofensiva, el contrataque. Alteró así la dinámica de la batalla, no sólo física sino también psicológicamente: cuando un ejército al ataque tiene que pasar de pronto a la defensiva, su espíritu se desmorona. Y, en efecto, las tropas de la alianza se aterraron, retirándose a los lagos helados que Napoleón había previsto mucho antes como su cementerio.
Cuando el enemigo se halla en un predicamento y quiere comprometernos en una batalla decisiva, aguarda; cuando es ventajoso para el enemigo pero no para nosotros pelear, aguarda; cuando es conveniente permanecer quieto y quienquiera que se mueva primero caerá en peligro, aguarda; cuando dos enemigos participan en una contienda que resultará en derrota o daño, aguarda; cuando las fuerzas del enemigo, aunque numerosas, sufren desconfianza y tienden a conspirar unas contra otras, aguarda; cuando el comandante del enemigo, aunque sabio, es estorbado por una parte de su cohorte, aguarda.
THE WILES OF WAR: 36 MILITARY STRATEGIES FROM ANCIENT CHINA, TRADUCCIÓN DE SUN HAICHEN, 1991.
La mayoría de nosotr@s sólo sabemos actuar ofensiva o defensivamente. O bien asumimos el modo de ataque, cargando contra nuestro blanco en un arranque desesperado para conseguir lo que deseamos, o bien tratamos frenéticamente de evitar el conflicto y, si éste se nos impone, de apartarnos de nuestros enemigos lo más posible. Pero ninguno de estos métodos funciona cuando excluye al otro. Al hacer del ataque nuestra regla, creamos enemigos y nos arriesgamos a actuar atolondradamente y a perder el control de nuestra conducta, en tanto que la constante defensa nos acorrala y se convierte en un mal hábito. En uno u otro caso, somos predecibles.
Considera en cambio una tercera opción, el modo napoleónico. Muéstrate a veces vulnerable y defensiv@, para que tus adversarios te descarten como amenaza, bajen la guardia. Llegado el momento, y cuando sientas una brecha, opta por el ataque. Haz que tu agresión sea controlada, y tu debilidad, una treta para disfrazar tus intenciones. En un momento peligroso, cuando quienes te rodean sólo vean derrota y la necesidad de retirarse, olerás una oportunidad. Fingiéndote débil puedes inducir a tus agresivos enemigos a estrangularte. Sorpréndelos optando por el ataque cuando menos se lo esperen. Combinando ataque y defensa de esa fluida manera, te mantendrás un paso adelante de tus inflexibles adversarios. Los mejores golpes son los que ellos nunca ven venir.
Por extremosas que sean las circunstancias, no desesperes. Cuando hay todo que temer, sé imperturbable. Cuando te rodeen los peligros, no tengas miedo. Cuando se agoten tus recursos, confía en tu perspicacia. Cuando seas sobresaltado, toma por sorpresa al enemigo.
—Sun-tzu, El arte de la guerra (siglo IV a.C.)
En 1920, el Partido Demócrata nominó al gobernador de Ohio, James Cox, como su candidato a suceder al presidente saliente, Woodrow Wilson. Al mismo tiempo, nombró a Franklin Delano Roosevelt, de treinta y ocho años de edad, como su nominado a la vicepresidencia. Roosevelt se había desempeñado como secretario asistente de Marina bajo Wilson; más aún, era primo de Theodore Roosevelt, todavía muy popular tras su presidencia en la primera década del siglo.
El nominado republicano fue Warren G. Harding, y la campaña resultó agobiadora. Los republicanos tenían mucho dinero; evitaron hablar de problemas y se concentraron en la informal imagen de Harding. Cox y Roosevelt respondieron a los republicanos pasando a una vigorosa ofensiva, basando su campaña en una sola cuestión relativa a Wilson: la participación estadunidense en la Liga de Naciones, que esperaban que produjera paz y prosperidad. Roosevelt hizo campaña por todo el país, pronunciando un discurso tras otro; la idea era oponer al dinero de los republicanos un esfuerzo fenomenal. Pero la contienda fue un desastre: Harding ganó la presidencia en una de las victorias más aplastantes de la historia electoral estadunidense.
Al año siguiente, Roosevelt fue atacado por la polio y perdió el uso de sus piernas. Al llegar justo después de la desastrosa campaña de 1920, su enfermedad marcó un momento decisivo en su vida: consciente de pronto de su fragilidad física y su mortalidad, se examinó y reevaluó. El mundo de la política era brusco y violento. Para ganar una elección, la gente hacía cualquier cosa, prestándose a todo tipo de ataques personales. El funcionario público que se introducía en ese mundo era presionado para ser tan inescrupuloso como los demás y sobrevivir lo mejor posible, pero ese método no iba con Roosevelt y lo fatigaba demasiado. Decidió crear un estilo político distinto, que lo alejara del común y le brindara constante ventaja.
En 1932, luego de un periodo como gobernador de Nueva York, Roosevelt contendió como nominado presidencial demócrata contra el presidente republicano Herbert Hoover. El país se hallaba en medio de la Gran Depresión y Hoover parecía incapaz de manejarla. Dada la debilidad de su expediente, era riesgoso que jugara a la defensiva y, como los demócratas en 1920, pasó vigorosamente a la ofensiva, calificando a Roosevelt de socialista. Este último recorrió a su vez el país exponiendo sus ideas para sacar a Estados Unidos de la depresión. No dio muchos detalles específicos ni respondió directamente a los ataques de Hoover, pero irradiaba seguridad y capacidad. Mientras tanto, Hoover parecía estridente y agresivo. Es probable que la depresión lo hubiera condenado a la derrota de cualquier modo, pero perdió peor de lo que se esperaba: la magnitud de la victoria de Roosevelt —casi arrasadora— asombró a todos.
En las semanas posteriores a la elección, Roosevelt se ocultó esencialmente de la vista pública. Sus enemigos de la derecha empezaron a usar su ausencia para atacarlo, haciendo circular especulaciones de que no estaba preparado para el desafío del puesto. Las críticas se volvieron agudas y agresivas. En su toma de posesión, sin embargo, Roosevelt pronunció un encendido discurso, y en sus primeros meses en el cargo, ya conocidos entonces como los “Cien días”, pasó de la apariencia de inactividad a una poderosa ofensiva, promoviendo tantas leyes que el país sintió que por fin se hacía algo. Las insolencias terminaron.
Estos dos importantes principios de aplicación se relacionan específicamente con el valor táctico asignado a la personalidad del adversario en combate. De acuerdo con el principio de aplicación unilateral, la personalidad del adversario se consideraba el principal blanco de ataque o contrataque, con el propósito de total o parcial subyugación. De acuerdo con el principio de aplicación bilateral, por otra parte, la personalidad del adversario era vista no sólo como un blanco, sino también (y por ciertos maestros bujutsu, principalmente) como un instrumento; esto es, como el indeseable pero útil vector de su propia subyugación. [...]
Es el principio de aplicación bilateral el que parece representar una diferenciación táctica entre el bujutsu japonés y las artes marciales de Occidente. Lafcadio Hearn, por ejemplo, consideraba a este principio “una idea peculiarmente oriental”, y preguntaba: “¿Qué cerebro occidental habría podido elaborar esta extraña enseñanza: nunca oponer fuerza a la fuerza, sino sólo dirigir y utilizar el poder del ataque; derribar al enemigo únicamente con su propia fuerza: vencerlo sólo con sus propios empeños?” (Smith, 128). [...]
Takuan, al escribir sobre el arte de la espada en particular, se refirió al valor estratégico del principio bilateral en la estrategia del contrataque contra un adversario al aconsejar a su pupilo “hacer uso del ataque del enemigo dirigiéndolo contra él mismo. Así, su espada destinada a matarte se vuelve tuya, y el arma caerá sobre el adversario. En Zen esto se conoce como ‘tomar la lanza del enemigo y usarla como arma para matarlo’” (Suzuki, 96). Las antiguas escuelas de jujitsu eran muy empáticas con este tema. [...]
El jujitsu (literalmente “arte suave”), como implica su nombre, se basa en el principio de oponer la suavidad o elasticidad a la dureza o rigidez. Su secreto radica en mantener el propio cuerpo lleno de ki, con elasticidad en los miembros, y en estar siempre alerta para convertir la fortaleza del enemigo en ventaja propia con el mínimo empleo de fuerza muscular.
SECRETS OF THE SAMURAI, OSCAR RATTI Y ADELE WESTBROOK, 1973.
En los años siguientes, este patrón se presentó repetidamente. Roosevelt enfrentaba resistencia: la Suprema Corte, por decir algo, derogaba sus programas, y enemigos de todas partes (el senador Huey Long y el líder obrero John L. Lewis en la izquierda, el padre Charles Coughlin y ricos hombres de negocios en la derecha) lanzaban hostiles campañas en la prensa. Roosevelt se replegaba, cediendo los reflectores. En su ausencia, los ataques parecían cobrar fuerza, y sus consejeros se aterraban; pero Roosevelt sólo aguardaba su oportunidad. A la larga, sabía, la gente se cansaría de esos interminables ataques y acusaciones, particularmente porque, al rehusarse a contestarlos, él los volvía inevitablemente parciales. Después —usualmente uno o dos meses antes de una elección— pasaba a la ofensiva, defendiendo su expediente y atacando a sus adversarios en forma tan repentina y vigorosa que los tomaba por sorpresa. La acertada selección del momento también repercutía en el público, que dirigía su atención a Roosevelt.
En los periodos en que éste guardaba silencio, los ataques de sus contrincantes arreciaban y se volvían más ruidosos, pero eso sólo le proporcionaba a Roosevelt material que podía usar más tarde, aprovechando la histeria de sus adversarios para ridiculizarlos. El más famoso ejemplo de esto ocurrió en 1944, cuando el nominado presidencial republicano de ese año, Thomas Dewey, lanzó una serie de ataques personales contra Roosevelt, cuestionando las actividades de su esposa, sus hijos y hasta su perro, el scotch terrier Fala, a quien Dewey acusó de que se le mimaba a expensas de los contribuyentes. Roosevelt repuso en un discurso de campaña:
Los líderes republicanos, no contentos con lanzar ataques personales contra mí —o contra mis hijos—, incluyen ahora a mi perrito, Fala. A diferencia de los miembros de mi familia, Fala resiente esto. Cuando se enteró de que los escritores republicanos de ficción habían confeccionado una historia según la cual lo dejé en una isla Aleutiana y envié un destructor a buscarlo —a un costo para los contribuyentes de dos o tres u ocho o veinte millones de dólares—, su alma escocesa se enfureció. No es el mismo perro desde entonces. Yo ya estoy acostumbrado a oír maliciosas falsedades contra mí, pero creo tener derecho a objetar afirmaciones difamatorias contra mi perro.
Devastadoramente divertido, este discurso también fue implacablemente eficaz. ¿Y cómo podían sus adversarios responderle cuando usaba sus propias palabras directamente contra ellos? Año tras año, los adversarios de Roosevelt se extenuaban atacándolo, ganando puntos en los momentos en que no importaba y perdiendo aplastantemente ante él una elección tras otra.
Interpretación
Roosevelt no soportaba sentirse acorralado, no tener opciones. Esto se debía en parte a su flexible naturaleza; prefería adaptarse a las circunstancias, cambiando de dirección sin esfuerzo cuando era necesario. También se debía a sus limitaciones físicas; aborrecía sentirse sitiado e indefenso. Al principio, cuando hizo campaña al usual estilo agresivo de la política estadunidense, presentando sus argumentos y atacando a sus adversarios, se sintió irremediablemente restringido. Mediante experimentos conoció el poder de la contención. Permitía entonces que sus adversarios dieran el primer paso: ya sea que lo atacaran o detallaran su propia posición, se exponían, ofreciéndole brechas para usar después sus propias palabras contra ellos. Al guardar silencio bajo sus ataques, los incitaba a llegar demasiado lejos (nada es más enojoso que embestir a alguien y no obtener respuesta) y a terminar mostrándose estridentes e irracionales, lo que los hacía quedar mal ante la gente. Una vez que su propia agresividad los había vuelto vulnerables, Roosevelt aparecía para darles el golpe final.
Para ejecutar las operaciones militares, el ejército debe preferir la quietud al movimiento. No revela ninguna forma cuando está quieto, pero expone su forma en movimiento. Cuando un movimiento brusco conduce a la exposición de la forma del ejército, éste caerá víctima del enemigo. A no ser por el movimiento, el tigre y el leopardo no caerían en la trampa, el venado no correría a la celada, las aves no serían timadas por la red y los peces y las tortugas no serían atrapados con anzuelos. Todos estos animales son presa del hombre a causa de su movimiento. Así, el hombre sabio atesora la quietud. Manteniéndose quieto, puede disipar la temeridad y hacer frente al enemigo temerario. Cuando el enemigo expone una forma vulnerable, aprovecha la oportunidad para someterlo. El libro del maestro Weiliao observa: “El ejército alcanza la victoria mediante la quietud”. En efecto, el ejército no debe moverse sin detenida consideración, y mucho menos emprender una acción imprudente.
THE WILES OF WAR: 36 MILITARY STRATEGIES FROM ANCIENT CHINA, TRADUCCIÓN DE SUN HAICHEN, 1991.
El estilo de Roosevelt puede compararse con el jujitsu, el arte japonés de autodefensa. En el jujitsu, un combatiente atrae adversarios manteniéndose tranquilo y paciente, logrando así que den el primer paso agresivo. Cuando se acercan a él y lo golpean o sujetan —ya sea empujándolo o jalándolo—, el combatiente se mueve junto con ellos, usando la fuerza de sus contrincantes contra ellos mismos. Cuando él avanza o retrocede hábilmente en el momento indicado, la fuerza del impulso de los contrincantes hace que pierdan el equilibrio, cayendo a menudo o exponiéndose al menos a un contragolpe. Su agresión se convierte en su debilidad, ya que los compromete a un ataque obvio, exhibiendo su estrategia y dificultándoles detenerse.
En política, el estilo jujitsu rinde incontables beneficios. Te da la posibilidad de pelear sin parecer agresiv@. Te ahorra energía, pues tus adversarios se cansan mientras tú te mantienes por encima de la refriega. Y amplía tus opciones, permitiéndote basarte en lo que ellos te dan.
La agresión es engañosa: oculta inherentemente debilidad. Los agresores no pueden controlar sus emociones. No pueden esperar el momento indicado, intentar diferentes métodos, dejar de pensar en cómo tomar por sorpresa a sus enemigos. En esa primera oleada de agresión, parecen fuertes; pero cuanto más se prolonga su ataque, más claras se vuelven su debilidad e inseguridad subyacentes. Es fácil ceder a la impaciencia y dar el primer paso, pero hay mayor fortaleza en contenerse, permitiendo con paciencia que el otro conduzca el juego. Esa fortaleza interior prevalecerá casi siempre sobre la agresión exterior.
LA TRAMPA DE HEFFALUMP
Piglet y Pooh han caído en un hoyo en el bosque. Convienen en que es en realidad una trampa de Heffalump, lo que pone nervioso a Piglet. Imagina que un Heffalump anda cerca.
Heffalump (maliciosamente satisfecho): “¡Ja, ja!”.
Piglet (indiferente): “Trala- lá, tra-la-lá”.
Heffalump (sorprendido, y no muy seguro de sí mismo): “¡Ja, ja!”.
Piglet (más indiferente aún): “Tidel-um-tum, tidel-um-tum”.
Heffalump (la risa atropelladamente convertida en tos): “¿Qué es todo esto?”.
Piglet (sorprendido): “¡Hola! Es una trampa que hice y estoy esperando a que un Heffalump caiga en ella”.
Heffalump (muy deconcertado): “¡Oh!”. (Luego de un largo silencio): “¿Estás seguro?”.
Piglet: “Sí”.
Heffalump: “¡Oh!”. (Nerviosamente): “Yo... Creí que era una trampa que yo había hecho para atrapar Piglets”.
Piglet (sorprendido): “¡Oh, no!”.
Heffalump: “¡Oh!”. (Apologéticamente): “Yo... Me he de haber equivocado, entonces”.
Piglet: “Me temo que sí”. (Cortésmente): “Lo siento”. (Continúa tarareando.)
Heffalump: “Bueno... bueno... yo... bueno. Supongo que es mejor que me vaya”.
Piglet (volteando con indiferencia): “¿Tienes que hacerlo? Bueno, si ves a Christopher Robin en algún lado, dile que lo necesito”.
Heffalump (ansioso de agradar): “¡Claro! ¡Claro!”. (Se marcha a toda prisa.)
Pooh (quien no debería estar aquí, pero sin quien, ahora lo sabemos, no podemos estar): “¡Oh Piglet, qué valiente y listo eres!”.
Piglet (modestamente): “No es para tanto,
Pooh”. (Y luego, cuando Christopher Robin llega, Pooh le cuenta todo lo ocurrido.)
THE HOUSE AT POOH CORNER, A. A. MILNE, 1928.
El tiempo está de tu lado. Haz que tus contrataques sean rápidos y súbitos, como el gato que camina sigilosamente sobre sus mullidas patas para lanzarse de repente contra su presa. Haz del jujitsu tu estilo en casi todo lo que emprendas: tu manera de responder a la agresión en la vida diaria, tu forma de hacer frente a las circunstancias. Deja que los hechos se te presenten, ahorrando valioso tiempo y energía para los breves momentos en que habrás de brillar con el contrataque.
La estrategia bélica más sensata es posponer las operaciones hasta que la desintegración moral del enemigo vuelva tanto posible como fácil la ejecución del golpe mortal.
—Vladimir Lenin (1870-1924).
Hace miles de años, en el amanecer de la historia militar, varios estrategas de diferentes culturas percibieron un fenómeno peculiar: en la batalla, el bando que estaba a la defensiva solía ganar al final. Parecía haber varias razones de esto. Primero, una vez que el agresor pasaba al ataque, no tenía más sorpresas en reserva; el defensor podía ver claramente su estrategia y emprender acciones de protección. Segundo, si por cualquier motivo el defensor podía repeler ese ataque inicial, el agresor quedaba en posición débil; su ejército estaba desorganizado y exhausto. (Se requiere más energía para tomar un territorio que para preservarlo.) Si los defensores aprovechaban esa debilidad para dar un contragolpe, a menudo podían forzar al agresor a retirarse.
Con base en esas observaciones se desarrolló el arte del contrataque. Sus preceptos básicos eran permitir que el enemigo dé el primer paso, inducirlo activamente a un ataque agresivo que agote su energía y desequilibre sus líneas y luego aprovechar su debilidad y desorganización. Este arte fue refinado por teóricos como Sun-tzu y practicado a la perfección por líderes como Filipo de Macedonia.
El contrataque es, de hecho, el origen de la estrategia moderna. Primer ejemplo real de método bélico indirecto, representa un gran adelanto intelectual: en vez de ser brutal y directo, el contrataque es sutil y engañoso, usando la energía y agresión del enemigo para causar su ruina. Aunque es una de las estrategias más antiguas y esenciales en la guerra, sigue siendo en muchos sentidos la más eficaz, y ha demostrado ser sumamente adaptable a condiciones modernas. Fue la estrategia preferida de Napoleón Bonaparte, T. E. Lawrence, Erwin Rommel y Mao Tse-tung.
El principio del contrataque es infinitamente aplicable a cualquier medio competitivo o forma de conflicto, ya que se basa en ciertas verdades de la naturaleza humana. Somos criaturas inherentemente impacientes. Nos resulta difícil esperar; queremos que nuestros deseos se cumplan lo más pronto posible. Ésta es una debilidad tremenda, pues significa que, en una situación dada, a menudo nos comprometemos sin pensar lo suficiente. Al atacar limitamos nuestras opciones y nos metemos en problemas. La paciencia, por el contrario, particularmente en la guerra, rinde ilimitados dividendos: nos permite oler oportunidades, elegir el momento adecuado para un contragolpe que tome al enemigo por sorpresa. Una persona que puede contenerse y esperar el momento indicado para entrar en acción casi siempre tendrá una ventaja sobre quienes ceden a su impaciencia natural.
El primer paso para dominar el contrataque es dominarte a ti mism@, y en particular tu tendencia a ceder a tus emociones en el conflicto. Cuando el gran beisbolista Ted Williams llegó a las Grandes Ligas con los Medias Rojas de Boston, miró a su alrededor. Ya era miembro de una elite: los mejores bateadores del país. Todos ellos poseían una aguda visión, rápidos reflejos y fuertes brazos, pero relativamente pocos podían controlar su impaciencia en la caja de bateo, y los pítchers aprovechaban esa debilidad haciéndolos abanicar lanzamientos perdidos. Williams se distinguió —convirtiéndose quizá en el mayor bateador puro en la historia del beisbol— mediante el hecho de desarrollar su paciencia y una especie de contrataque del bateador: esperaba, y seguía esperando, el mejor lanzamiento por responder. Los buenos pítchers son maestros en hacer sentir frustrado e irascible a un bateador, pero Williams no se dejaba seducir: hicieran lo que hicieran, esperaba el lanzamiento indicado para él. De hecho, invertía la situación: dada su capacidad para esperar, era el pítcher, no Williams, quien terminaba por impacientarse y hacer un lanzamiento erróneo.
La noción de “pillar” (utsuraseru) se aplica a muchas cosas: al bostezo y la somnolencia, por ejemplo. El tiempo también puede “pillar”. En una batalla a gran escala, cuando el enemigo es inquieto e intenta dar rápida conclusión a la batalla, no prestes atención. Intenta fingir en cambio que estás tranquilo y sereno, sin la imperiosa necesidad de terminar la batalla. El enemigo se verá afectado entonces por tu tranquila y moderada actitud y estará menos alerta. Cuando este “pillar” ocurra, ejecuta rápidamente un fuerte ataque para derrotarlo. [...] También existe un concepto llamado “embriagarse”, similar a la noción de “pillar”. Puedes hacer que tu adversario se sienta aburrido, despreocupado o de ánimo débil. Deberías estudiar bien estas materias.
THE BOOK OF FIVE RINGS, MIYAMOTO MUSASHI, 1584-1645.
Una vez que aprendes a ser paciente, tus opciones súbitamente se amplían. En vez de desgastarte en guerritas, puedes ahorrar tu energía para el momento indicado, aprovechar los errores de los demás y pensar con claridad en situaciones difíciles. Verás oportunidades de contrataque donde otros sólo ven rendición o retirada.
La clave para el contrataque exitoso es mantener la calma mientras tu adversario se frustra e irrita. En el Japón del siglo XVI emergió una novedosa manera de pelear llamada shinkage: el espadachín iniciaba el combate reproduciendo cada movimiento del adversario, copiando cada una de sus pisadas, cada parpadeo, cada gesto, cada crispadura. Esto volvía loco al enemigo, ya que no podía interpretar los movimientos del samurai practicante de shinkage ni tener idea de qué pretendía. En cierto momento, el adversario perdía la paciencia y acometía, bajando la guardia. El samurai practicante de shinkage inevitablemente evadía ese ataque y proseguía con un contragolpe fatal.
El samurai practicante de shinkage creía que la ventaja en un encuentro de vida o muerte con espadas no estribaba en la agresión, sino en la pasividad. Al reproducir los movimientos de su enemigo, podía comprender su estrategia y pensamiento. Manteniéndose tranquilo y en observación —paciente—, podía detectar el momento en que su adversario decidía atacar: ese momento se registraba en sus ojos o en un ligero movimiento de sus manos. Entre más se irritaba y más se empeñaba en lastimar al practicante de shinkage, mayores eran su desequilibrio y vulnerabilidad. El samurai que dominaba el shinkage era prácticamente invencible.
La otra mejora fue inspiración de su padre. Lyndon Johnson estaba muy abatido al tomar asiento, el día en que apareció la encuesta del Express, en casa de sus padres en Johnson City luego de horas de campaña, para conversar con sus padres, su hermano, su tío Tom, su prima Ava Johnson Cox y el hijo de ésta, William, de ocho años de edad y a quien llamaban “Corky”. Casi todos los líderes estaban contra él, dijo; tenía programados grandes mítines, y no había podido persuadir a un solo individuo distinguido de presentarlo. Así, recuerda Ava —y el hermano de Lyndon lo confirma—, “su papá le dijo: ‘Si no puedes seguir esa ruta, ¿por qué no sigues la otra?’”. “¿Cuál otra?”, preguntó Lyndon, y su papá se la describió. Había una táctica, dijo Sam Johnson, que podía hacer que la oposición de los líderes obrara en su favor, no en su contra. Esa misma táctica, dijo Sam, podía hacer que las adversas encuestas periodísticas obraran en su favor, no en su contra. Incluso podía hacer que la cuestión de su juventud obrara en su favor. Si los líderes estaban contra él, le dijo a su hijo, debía dejar de tratar de ocultar ese hecho y enfatizarlo en forma drástica. Si iba atrás en la contienda, que lo enfatizara en forma drástica. Si era más joven que los demás candidatos, que lo enfatizara.
Lyndon preguntó a su padre qué quería decir, y su padre se lo dijo. Si ningún líder lo presentaba, dijo Sam, debía dejar de buscar a adultos mediocres como sustitutos y ser presentado por un chico sobresaliente. Y el chico debía presentarlo no como lo presentaría un adulto, sino con un poema, un poema muy especial. [...]
Y cuando Lyndon preguntó quién debía ser ese chico, Sam sonrió y señaló al hijo de Ava. En un área en la que montar a caballo era uno de los talentos más estimados, Corky Cox, a sus ocho años, ya era muy conocido por las proezas al montar y lazar becerros con las que había arrasado en los eventos infantiles en rodeos recientes; el mejor vaquero joven en Hill County, decía la gente. “Corky puede hacerlo”, dijo Sam.
Sam lo entrenó todo el día siguiente. “Quería que Corky gritara ‘miles’”, recuerda Ava. “Quería que azotara la mano cada vez que dijera esa palabra. Aún puedo ver al tío Sam azotando la mano en la mesa de la cocina para enseñarle a Corky.” Y esa noche, en un mitin en Henly, en Hays County, Lyndon Johnson dijo a los asistentes: “Dicen que soy un candidato joven. Bueno, también tengo a un joven coordinador de campaña”, y llamó a Corky al pódium, y Corky, azotando la mano, recitó un poema de Edgar A. Guest, “Que no se podía”:
Miles te dirán que no se puede, miles preverán tu fracaso; miles marcarán, uno a uno, los peligros que te esperan. Pero persiste y sonríe, quítate el abrigo y arrójate; mientras atacas, canta “no se puede”... y podrás.
THE PATH TO POWER: THE YEARS OF LYNDON JOHNSON, VOL. 1, ROBERT A. CARO, 1990.
Imitar a la gente —devolverle justo lo que te da— es un eficaz método de contrataque. En la vida diaria, la imitación y la pasividad pueden deleitar a la gente, induciéndola a reducir sus defensas y exponerse al ataque. También pueden irritarla y desconcertarla. Sus ideas se vuelven tuyas; te alimentas de ella como un vampiro, y tu frente pasivo disfraza el control que ejerces sobre su mente. Entre tanto, no le das nada de ti; no puede conocer tus verdaderas intenciones. Tu contrataque llegará como una absoluta sorpresa para ella.
El contrataque es una estrategia particularmente efectiva contra lo que podría llamarse “el bárbaro”: el hombre o mujer especialmente agresiv@ por naturaleza. No te dejes intimidar por ese tipo de personas; en realidad son débiles y fáciles de desestabilizar y engañar. El truco es incitarlas mostrándote débil o estúpid@ mientras agitas frente a ellas la perspectiva de fáciles avances.
Durante la época de los Estados guerreros en la antigua China, el Estado de Qi se vio amenazado por los poderosos ejércitos del Estado de Wei. El general de Qi consultó al famoso estratega Sun Pin (descendiente de Sun-tzu), quien le dijo que el general de Wei subestimaba a los ejércitos de Qi, creyendo que sus soldados eran cobardes. Ésa, dijo Sun Pin, era la clave para la victoria. Propuso un plan: entrar a territorio de Wei con un gran ejército y encender miles de hogueras en campamentos. Al día siguiente encender la mitad de las hogueras, y al día siguiente la mitad de estas últimas. Depositando su confianza en Sun Pin, el general de Qi hizo lo que se le dijo.
El general de Wei, desde luego, monitoreó atentamente la invasión y reparó en las hogueras decrecientes. Dada su predisposición a ver a los soldados de Qi como cobardes, ¿qué podía significar eso sino que estaban desertando? Avanzaría con su caballería y aplastaría a ese débil ejército; seguiría después su infantería, que marcharía hasta el propio Qi. Sun Pin, al oír que se aproximaba la caballería de Wei y calcular la rapidez con que avanzaba, retiró y estacionó el ejército de Qi en un angosto paso en las montañas. Hizo cortar y descortezar un gran árbol y luego escribió en el tronco desnudo: “El general de Wei morirá en este árbol”. Tendió el tronco en el camino del perseguidor ejército de Wei, y luego escondió arqueros a ambos lados del paso. En medio de la noche, el general de Wei, a la cabeza de su caballería, llegó al lugar donde el tronco bloqueaba el camino. Algo estaba escrito en él; ordenó encender una antorcha para leerlo. La antorcha fue la señal y el anzuelo: los arqueros de Qi hicieron llover flechas sobre los atrapados jinetes de Wei. El general de Wei, al percatarse de que había sido engañado, se quitó la vida.
Sun Pin basó su inducción del general de Wei en su conocimiento de la personalidad de este hombre, arrogante y violento. Convirtiendo esos atributos en su ventaja, incitando la codicia y agresión del enemigo, Sun Pin pudo controlar la mente del hombre. Tú también debes buscar la emoción que tus enemigos son menos capaces de controlar, y hacerla salir a la superficie. Con un poco de trabajo de tu parte, ellos se expondrán por completo a tu contrataque.
En nuestra época, el terapeuta familiar Jay Haley ha observado que, para muchas personas difíciles, desinhibirse es una estrategia, un método de control. Se dan permiso de ser imposibles y neuróticas. Si tú reaccionas enojándote y tratando de detenerlas, haces justo lo que ellas quieren: comprometer tus emociones y someter tu atención. Si, por otra parte, simplemente les permites excederse, les cedes aún más control. Pero Haley descubrió que si alientas su conducta difícil, coincides con sus ideas paranoides y las empujas para que lleguen un poco más lejos, inviertes la dinámica. Eso no es lo que quieren o esperan; hacen entonces lo que tú quieres, y el caso deja de ser divertido. Ésta es la estrategia del jujitsu: usas su energía contra ellos. En general, incitar a la gente a seguir su dirección natural, a ceder a su codicia o sus neurosis, te dará más control sobre ella que la resistencia activa. Se meterá en problemas terribles o se confundirá irremediablemente, todo lo cual está en tus manos.
Cada vez que te pones a la defensiva o estás en problemas, tu mayor riesgo es el impulso a exagerar. Exagerarás a menudo la fuerza de tu enemigo, viéndote más débil de lo que en realidad eres. Un principio clave del contrataque es no ver nunca una situación como irremediable. Sin importar qué tan fuertes parezcan tus enemigos, tienen vulnerabilidades que puedes explotar y usar para desarrollar un contrataque. Tu propia debilidad puede convertirse en fortaleza si actúas correctamente; con una pequeña y astuta manipulación, siempre puedes invertir las circunstancias. Así es como debes ver cada aparente problema y dificultad.
Un enemigo parece poderoso porque tiene una fortaleza o ventaja particular. Tal vez sea su dinero y recursos; tal vez el tamaño de su ejército o de su territorio; tal vez, más sutilmente, su postura moral y su buena fama. Sea cual fuere su fortaleza, en realidad es una debilidad potencial, simplemente porque depende de ella: neutralízala y será vulnerable. Tu tarea es ponerlo en una situación en que no pueda usar su ventaja.
En 480 a.C., cuando el rey persa Jerjes invadió Grecia, tenía una enorme ventaja en el tamaño de su ejército, y en particular de su armada. Pero el general ateniense Temístocles fue capaz de convertir esa fortaleza en debilidad: atrajo a la flota persa a los angostos estrechos frente a la isla de Salamina. En esas agitadas y difíciles aguas, el tamaño mismo de la flota, su aparente fortaleza, se convirtió en pesadilla: fue completamente incapaz de maniobrar. Los griegos contratacaron y la destruyeron, poniendo fin a la invasión.
Si la ventaja de tu adversario procede de un superior estilo para combatir, la mejor manera de neutralizar ese estilo es aprenderlo, adaptándolo a tus propósitos. En el siglo XIX, los apaches del suroeste de Estados Unidos fueron capaces durante muchos años de atormentar a las tropas estadunidenses a través de tácticas de estilo guerrillero perfectamente acordes con el terreno. Nada parecía dar resultado, hasta que el general George Crook contrató a apaches desafectos para que le enseñaran su manera de combatir y sirvieran de exploradores. Adaptando su estilo de guerra, Crook neutralizó las fortalezas de los apaches y finalmente los derrotó.
Mientras neutralizas las fortalezas de tu enemigo, debes revertir de igual manera tus debilidades. Si tus fuerzas son reducidas, por ejemplo, también son móviles; usa esa movilidad para contratacar. Quizá tu buena fama sea menor que la de tu adversario; esto simplemente significa que tienes menos que perder. Arroja lodo; parte de él se adherirá, y gradualmente tu enemigo se hundirá hasta estar a tu nivel. Busca siempre maneras de convertir tu debilidad en ventaja.
Las dificultades con los demás son inevitables; debes estar dispuest@ a defenderte, y a veces a tomar la ofensiva. El dilema moderno es que hoy es inaceptable tomar la ofensiva: ataca y tu fama sufrirá, te verás políticamente aislad@ y crearás enemigos y resistencia. El contrataque es la respuesta. Deja que tu enemigo dé el primer paso, y luego juega a la víctima. Sin una manipulación abierta de tu parte, puedes controlar la mente de tus contrincantes. Indúcelos a un ataque apresurado; cuando éste culmine en desastre, sólo podrán culparse a sí mismos, y todos a su alrededor los culparán también. Ganarás tanto la batalla de las apariencias como la batalla en el campo. Muy pocas estrategias ofrecen tanta flexibilidad y poder.
Imagen: El toro. Es enorme, de mirada intimidatoria, y
sus cuernos pueden perforar tu piel. Atacarlo y tra-
tar de huir es igualmente fatal. No te muevas; de-
ja que cargue contra tu capote, sin darle con
qué topar, volviendo inútiles sus cuernos.
Enójalo e irrítalo; entre más intensa y
furiosamente ataque, más pronto se
cansará. Llegará un momento en
que puedas invertir el juego y
pasar a la acción, trinchan-
do a la antes temible bestia.
Autoridad: Todo el arte de la guerra se reduce a una razonada y extremadamente circunspecta defensiva, seguida por un rápido y audaz ataque. —Napoleón Bonaparte (1769-1821).
La estrategia del contrataque no puede aplicarse a todas las situaciones: siempre habrá veces en que sea mejor iniciar el ataque, obteniendo el control mediante el hecho de poner a tus adversarios a la defensiva antes de que tengan tiempo de pensar. Examina los detalles de la situación. Si el enemigo es demasiado listo para perder la paciencia y atacarte, o si tienes mucho que perder al esperar, pasa a la ofensiva. También es conveniente que varíes tus métodos, teniendo siempre más de una estrategia a la cual recurrir. Si tus enemigos piensan que invariablemente esperas a contratacar, tienes la ocasión perfecta para dar el primer paso y sorprenderlos. Así que combina. Observa la situación y vuelve imposible para tus adversarios predecir lo que harás.
Tales son las condiciones, que están avanzando las fuerzas hostiles, favorecidas por el tiempo. En este caso el camino correcto es la retirada, y por medio de ésta se logra el triunfo, el cual consiste en saber emprender correctamente la retirada. Ésta no debe ser confundida con la huida, que significa salvarse a sí mismo en cualquier circunstancia, en tanto que la retirada es un signo de fortaleza. Debemos estar alertas para no perder el momento propicio en tanto que estamos en completa posesión del poder y la posición. Entonces estaremos capacitados para interpretar los signos del tiempo antes de que sea demasiado tarde y prepararnos para una retirada provisional en lugar de ser llevados a una lucha de vida o muerte. Por ello, no abandonamos simplemente el campo al oponente; le hacemos el avance difícil al mostrar perseverancia en actos aislados de resistencia. De esta manera nos preparamos, mientras nos retiramos, para la contraofensiva. No es una cosa fácil entender las leyes de una retirada constructiva. Es de suma importancia el significado que yace escondido en un tiempo semejante.
I CHING, CHINA, CIRCA SIGLO VIII A.C.