10 Crea una presencia amenazante

ESTRATEGIAS DE DISUASIÓN

La mejor manera de repeler agresores es impedir que te ataquen en primer término. Para lograrlo, debes crear la impresión de ser más poderos@ de lo que eres. Hazte fama de estar un poco loc@. No es prudente combatirte. Cuando pierdes, te llevas contigo a tus enemigos. Crea esa fama y vuélvela creíble con algunos actos impresionantes: impresionantemente violentos. A veces la incertidumbre es mejor que la amenaza abierta; si tus adversarios nunca están seguros de cuánto les costará meterse contigo, no querrán averiguarlo. Juega con los temores naturales y ansiedades de la gente, para que lo piense dos veces.

INTIMIDACIÓN INVERSA

Inevitablemente, en la vida te encontrarás con personas más agresivas que tú, personas astutas y crueles determinadas a conseguir lo que desean. Combatirlas de frente es generalmente disparatado; pelear es precisamente para lo que son buenas, y además son inescrupulosas. Es probable que pierdas. Tratar de detenerlas dándoles parte de lo que persiguen, o complaciéndolas o aplacándolas de otra manera, es una receta para el desastre: no harás sino mostrar tu debilidad, invitando más amenazas y ataques. Pero ceder por completo, rendirte sin pelear, les brinda la fácil victoria que anhelan y te vuelve resentid@ y amargad@. También puede convertirse en una mala costumbre, el camino de menor resistencia en el manejo de situaciones difíciles.

Si tu organización es pequeña en número, haz lo que Gedeón: oculta a sus integrantes en la oscuridad, pero produce un escándalo y clamor que haga creer a quien los escuche que tu organización es mucho mayor. [...] Recuerda siempre la primera regla de la táctica del poder: El poder no es sólo el que tienes, sino el que el enemigo cree que tienes.

RULES FOR RADICALS, SAUL D. ALINSKY, 1972.

En vez de tratar de evitar el conflicto o de quejarte de la injusticia de todo esto, considera una opción desarrollada a lo largo de los siglos por jefes y estrategas militares para enfrentar a vecinos violentos y codiciosos: la intimidación inversa. Este arte de disuasión se apoya en tres realidades básicas de la guerra y la naturaleza humana: primero, es más probable que la gente te ataque si te juzga débil o vulnerable. Segundo, no puede estar segura de que eres débil; depende de las señales que tú le das, por medio de tu conducta tanto presente como pasada. Tercero, la gente busca victorias fáciles, rápidas e incruentas. Por eso abusa de los vulnerables y los débiles.

La disuasión es simplemente cuestión de invertir esta dinámica, alterando cualquier percepción de ti como débil e ingenu@ y enviando el mensaje de que la batalla contigo no será tan fácil como se cree. Esto se logra por lo general emprendiendo una acción visible que confunda a los agresores y les haga creer que te malinterpretaron: tal vez seas vulnerable, pero ya no estarán tan seguros. Disfrazas tu debilidad y los distraes. La acción posee mucha mayor credibilidad que las palabras amenazadoras o ardientes; devolver un golpe, por ejemplo, aun en forma moderada, simbólica, demostrará que hablas en serio. Habiendo tantas otras personas tímidas que son presa fácil, es muy probable que el agresor dé marcha atrás y opte por otro individuo.

Esta forma de guerra defensiva es infinitamente aplicable a las batallas de la vida diaria. Aplacar a la gente puede ser tan extenuante como combatirla; disuadirla, haciéndola que tema atacarte o interponerse en tu camino, te ahorrará valiosa energía y recursos. Para disuadir a los agresores debes volverte adept@ al engaño, a la manipulación de las apariencias y de las percepciones sobre ti, valiosas habilidades que pueden aplicarse a todos los aspectos de la guerra diaria. Y, finalmente, practicando este arte cuando sea necesario, te harás fama de dur@, dign@ de respeto y un poco de temor. L@s obstruccionistas pasiv@s-agresiv@s que intenten minarte de modo encubierto también lo pensarán dos veces antes de contrariarte.

Los siguientes son cinco métodos básicos de disuasión e intimidación inversa. Puedes usar todos ellos en la guerra ofensiva, pero son particularmente eficaces en la defensa, en momentos en que te ves vulnerable y bajo ataque. Provienen de las experiencias y textos de los principales maestros de este arte.

Sorprende con una maniobra osada. La mejor manera de ocultar tu debilidad e inducir a tus enemigos a renunciar a su ataque es emprender una acción inesperada, osada y riesgosa. Quizá pensaron que eras vulnerable, pero ahora actúas como alguien intrépido y seguro de sí. Esto tendrá dos efectos positivos: primero, tenderán a pensar que tu acto se basa en algo real; no te creerán tan tont@ como para hacer algo audaz sólo para causar efecto. Segundo, empezarán a ver en ti fortalezas y amenazas que no habían imaginado.

Invierte la amenaza. Si tus enemigos te consideran asustadiz@, invierte la situación con un acto súbito, por modesto que sea, destinado a atemorizarlos. Amenaza algo que valoran. Dales donde crees que pueden ser vulnerables, y haz que les duela. Si esto los enfurece y los empuja a atacarte, retrocede un momento y vuelve a darles después, cuando no se lo esperen. Demuéstrales que no les temes y que eres capaz de una crueldad que no habían visto en ti. No tienes por qué llegar demasiado lejos; sólo inflige un poco de dolor. Envía un breve y amenazante mensaje para indicar que eres capaz de algo mucho peor.

Cierta persona dijo lo siguiente. Hay dos tipos de disposiciones, interna y externa, y una persona que carece de una u otra es inútil. Es, por ejemplo, como la hoja de una espada, que debe afilarse bien y guardarse después en su vaina, sacándola periódicamente y frunciendo las cejas como en un ataque, limpiando la hoja y colocándola de nuevo en su vaina. Si una persona saca su espada todo el tiempo, blandirá habitualmente una hoja inerme; la gente no se le acercará y no tendrá aliados. Si una espada siempre está envainada, se oxidará, la hoja perderá su filo y la gente pensará lo mismo de su dueño.

HAGAKURE. EL CAMINO DEL SAMURÁI, YAMAMOTO TSUNETOMO, 1659-1720.

Aparenta ser impredecible e irracional. En este caso haces algo que sugiera una vena ligeramente suicida, como si pensaras que no tienes nada que perder. Demuestras que estás preparad@ para hundirte con tus enemigos, destruyendo su fama en el proceso. (Esto es particularmente efectivo con personas que tienen mucho que perder: personas poderosas con una preciada reputación.) Derrotarte será costoso, y tal vez autodestructivo. Esto volverá muy poco atractivo combatirte. No actúas movid@ por la emoción; éste es un signo de debilidad. Simplemente insinúas que eres un poco irracional y que tu próximo paso podría ser casi cualquiera. Los adversarios dementes son aterradores; nadie quiere pelear con personas impredecibles y que no tienen nada que perder.

Juega con la paranoia natural de la gente. En vez de amenazar abiertamente a tus adversarios, emprende una acción indirecta destinada a hacerlos pensar. Esto podría significar usar un intermediario para enviarles un mensaje: contar una historia inquietante sobre lo que eres capaz de hacer. O tal vez podrías permitirles “inadvertidamente” que te espíen, sólo para oír algo que debería ser causa de preocupación. Hacer pensar a tus enemigos que han descubierto que planeas un contrataque es más efectivo que decírselo tú mism@; si lanzas una amenaza quizá tengas que cumplirla, pero hacerles creer que trabajas arteramente en su contra es otra historia. Cuantas más amenazas veladas e incertidumbre generes, más los atormentará su imaginación y más peligroso parecerá un ataque en tu contra.

Hazte una fama terrible. Esta fama puede ser de muchas cosas: de ser difícil, obstinad@, violent@, implacablemente eficiente. Crea esa imagen a lo largo de los años y la gente retrocederá ante ti, tratándote con respeto y un poco de temor. ¿Para qué obstruir o provocar una discusión con alguien que ha demostrado que peleará hasta el extremo? ¿Con alguien estratégico pero despiadado? Para crear esta imagen, quizá de vez en cuando debas ser un poco rud@, pero al final tu fama será una disuasión suficiente para volver raras esas ocasiones. Será un arma ofensiva que convencerá a la gente de someterse incluso antes de conocerte. En cualquier caso, debes crear tu fama con sumo cuidado, sin permitir inconsistencias. Todo defecto en este tipo de imagen la volverá inútil.

Lastimar los diez dedos de un hombre no es tan efectivo como cortarle uno.

—Mao Tse-tung (1893-1976).

DISUASIÓN E INTIMIDACIÓN INVERSA EN LA PRÁCTICA

1. En marzo de 1862, menos de un año después del inicio de la Guerra Civil estadunidense, la situación de los confederados lucía sombría: habían perdido una serie de importantes batallas, sus generales reñían, la moral había bajado y era difícil hallar reclutas. Percibiendo la enorme debilidad del sur, un gran ejército de la Unión al mando del general de división George B. McClellan se dirigió a la costa de Virginia, planeando marchar desde ahí al oeste, a Richmond, la capital del sur. En el área había suficientes tropas confederadas para contener al ejército de McClellan uno o dos meses, pero espías del sur informaron que las tropas de la Unión estacionadas cerca de Washington estaban a punto de ser transferidas a la marcha sobre Richmond. Si esas tropas alcanzaban a McClellan —como lo había prometido el propio Abraham Lincoln—, Richmond estaría perdida; y si Richmond caía, el sur tendría que rendirse.

Extremar es [...] crear deliberadamente un riesgo reconocible, un riesgo que no se controla por completo. Es la táctica de permitir en forma deliberada que la situación se escurra un poco entre las manos, sólo porque este escurrimiento entre las manos puede ser intolerable para la otra parte y forzar su ajuste. Significa hostigar e intimidar a un adversario exponiéndolo a un riesgo compartido, o disuadiéndolo al dejarle ver que si hace un acto contrario, podría molestarnos tanto como para despeñarnos, lo queramos o no, arrastrándolo con nosotros.

THINKING STRATEGICALLY, AVINASH K. DIXIT Y BARRY J. NALEBUFF, 1991.

El general confederado Stonewall Jackson estaba apostado en el Shenandoah Valley de Virginia a la cabeza de tres mil seiscientos hombres, un heterogéneo grupo de rebeldes a los que había reclutado y entrenado. Su labor era meramente defender ese fértil valle contra un ejército de la Unión en el área; pero cuando ponderó la campaña contra Richmond, vio la posibilidad de algo mucho mayor. Jackson había sido compañero de promoción de McClellan en West Point y sabía que, bajo su impetuosa y locuaz apariencia, McClellan era básicamente tímido, le obsesionaba su carrera y cometía muchos errores. McClellan tenía noventa mil hombres listos para la marcha sobre Richmond, casi el doble de los disponibles por las fuerzas confederadas, pero Jackson sabía que ese cauteloso hombre esperaría a pelear hasta que su ejército fuera abrumador; quería las tropas extra que Lincoln le había prometido. Lincoln, sin embargo, no liberaría esas fuerzas si veía peligro en otra parte. El Shenandoah Valley se hallaba al suroeste de Washington. Si Jackson podía crear suficiente confusión acerca de lo que sucedía ahí, entorpecería los planes de la Unión y quizá salvaría al sur del desastre.

El 22 de marzo, espías de Jackson informaron que dos terceras partes del ejército de la Unión estacionado en el Shenandoah Valley, al mando del general Nathaniel Banks, se dirigían al este para unirse a McClellan. Pronto un ejército cerca de Washington, dirigido por el general Irvin McDowell, también se desplazaría hacia Richmond. Jackson no perdió tiempo: hizo marchar rápidamente a sus hombres hacia el norte para atacar a los soldados de la Unión que aún se encontraban en el valle, cerca de Kernstown. La batalla fue feroz, y al cabo de la jornada los soldados de Jackson tuvieron que retirarse. Para ellos, ese combate parecía haber sido una derrota, e incluso un desastre: inferiores en número casi dos a uno, habían sufrido terribles bajas. Pero Jackson, siempre difícil de interpretar, parecía extrañamente satisfecho.

Días después, Jackson recibió la noticia que esperaba: Lincoln había ordenado al ejército de Banks retornar al valle, y al de McDowell permanecer donde estaba. La batalla en Kernstown había llamado su atención y le había preocupado; sólo un poco, pero lo suficiente. No sabía qué se proponía Jackson o qué tan grande era su ejército, pero quería paz en el Shenandoah Valley a cualquier costo. Sólo entonces lanzaría a Banks y McDowell. McClellan se vio forzado a coincidir con esa lógica; y aunque tenía los hombres necesarios para marchar de inmediato sobre Richmond, deseaba esperar los refuerzos que darían certidumbre al ataque.

Una reacción clásica a un lanzamiento imprudente particularmente malicioso fue ejemplificada por una jugada que Jackie Robinson hizo en el verano de 1953. Sal Maglie, de los Gigantes de Nueva York, era “Sal el Barbero”, porque sus rápidos y altos lanzamientos pegados “afeitaban” la barba de los bateadores. Maglie era franco y amigable cuando no pichaba. “Tienes que hacer que el bateador le tema a la pelota, o sepa de algún modo que puede salir lastimado”, me dijo Maglie fríamente una tarde de copas en su departamento en Riverdale. “Muchos pítchers creen lograrlo golpeando a un bateador cuando la cuenta es de dos strikes, cero bolas.
  El problema es que entonces ya se espera eso. Tú no asustas a un tipo golpeándolo cuando sabe que lo vas a golpear.” “¿Entonces cuándo, Sal?”, pregunté. “Un buen momento es cuando la cuenta es dos y dos. Él espera pegar. Tú lo rasuras entonces y él se queda temblando. Luego le tiras una curva y lo ponchas. Claro que para hacerlo tienes que lanzar una curva en el plato cuando la cuenta es de tres y dos. No todos los pítchers pueden.” Maglie podía lanzar tres diferentes curvas en el plato, en tres y dos. Tenía particular éxito contra bateadores de bateo largo como Roy Campanella y Gil Hodges. Pero sería simplista decir que Maglie intimidaba a Campanella y a Hodges. Más bien, sus impredecibles patrones alteraban el ritmo y concentración de estos bateadores. Tenía menos éxito con Pee Wee Reese y Jackie Robinson, y un día en Ebbets Field, al hacer un lanzamiento alto y rápido sobre el hombro de Robinson, Maglie llevó las cosas a su detonación.
  Los abrumadores lanzamientos a [Cookie] Lavagetto y el lanzamiento fatal a Ray Chapman pasaron rozando la sien. Un bateador se aleja de un lanzamiento así inclinándose hacia atrás. (La reacción congelada de Chapman, aunque no desconocida, es rara.) Enojado o frustrado por Robinson esa tarde en Brooklyn, Maglie lanzó su mejor bola rápida sobre el hombro del bateador. Eso era y es peligroso, e inexcusable. Cuando un bateador se coloca en posición, pierde altura. El reflejo lo hace inclinarse hacia atrás. Así, su cabeza se mueve directamente hacia la trayectoria de la bola rápida sobre su hombro.
  Robinson empezó a inclinarse ante el lanzamiento de Maglie, pero de pronto sus fenomenales reflejos le permitieron detenerse, por así decirlo, a media inclinación. La pelota le pasó justo detrás del cuello. Lanzó una mirada feroz, pero no perdió el equilibrio. Maglie lanzó entonces una curva a la esquina de afuera, y Robinson dio un toque de bola hacia Whitey Lockman, el primera base de los Gigantes. Al dirigir a Lockman ese toque, Robinson forzaba a Maglie a dejar el montículo para cubrir primera. Ahí se encontraría en la trayectoria de Robinson, en la que, a toda y vigorosa velocidad, éste intentaría atropellarlo, marcando su nombre con púas en la espinilla del pítcher. Pero taciturno, faustiano, absorto, Sal Maglie se rehusó a abandonar el montículo. En un momento crítico, el Barbero perdió su temple. Davey Williams, el segunda base de los Gigantes, corrió entonces, y cuando se esforzaba por atrapar el lanzamiento de Lockman, Robinson chocó con él, impactando una rodilla en la parte baja de la espalda de Williams. Robinson tenía tan inflamada la rodilla al día siguiente que no podía jugar. Williams nunca se recuperó del todo. Desertó de las Grandes Ligas dos temporadas después, a los veintiocho años de edad. [...]
  “En realidad”, dijo Robinson días más tarde, “lamento que Williams haya salido lastimado. Pero con ese lanzamiento sobre mí, Maglie puso en marcha algo muy peligroso, y yo iba a detenerlo antes de que golpeara a Gil o Campy o Pee Wee en la cabeza”. [...]
  Después vi a Maglie iniciar ocho partidos contra los Dodgers, pero nunca lo vi volver a lanzar una pelota rápida sobre un bateador. El severo, intimidatorio lanzador de bolas imprudentes había sido intimidado, y por un toque de bola.

THE HEAD GAME, ROGER KAHN, 2000.

Después de Kernstown, Jackson se retiró al sur, lejos de Banks, y se ocultó varias semanas. A principios de mayo, pensando que el Shenandoah Valley había sido asegurado, Lincoln envió a McDowell en dirección a Richmond, y Banks se preparó para sumársele. Jackson estaba listo otra vez: hizo marchar a su ejército en forma completamente anómala, primero al este, hacia McDowell; luego al oeste, de regreso al valle. Ni siquiera sus propios soldados sabían lo que hacía. Perplejo ante esas extrañas maniobras, Lincoln imaginó —sin estar seguro de ello— que Jackson marchaba a combatir a McDowell. Así que de nueva cuenta detuvo la marcha de McDowell al sur, dejó a la mitad del ejército de Banks en el valle y envió a la otra mitad a ayudar a McDowell a defenderse de Jackson.

De súbito, los planes de la Unión, que habían parecido casi perfectos, estaban en desorden, con sus tropas demasiado dispersas para apoyarse entre sí. Jackson procedió entonces al golpe final: se asoció con otras divisiones confederadas en el área, y el 24 de mayo, marchó contra el ejército de la Unión —para entonces dividido y peligrosamente disminuido— que permanecía en el valle. Jackson maniobró en su flanco y lo ahuyentó en precipitada retirada al norte, hacia el río Potomac. Su persecución de ese ejército esparció una ola de pánico hasta Washington: tan arrojado general, al mando de fuerzas que parecían haberse duplicado de la noche a la mañana, marchaba directamente contra la capital.

El secretario de Guerra, Edwin Stanton, telegrafió a gobernadores del norte para alertarlos de la amenaza y para que enrolaran tropas para la defensa de la ciudad. Rápidamente llegaron refuerzos para detener el avance confederado. Mientras tanto, Lincoln, determinado a eliminar a Jackson de una vez por todas, ordenó que la mitad del ejército de McDowell se desplazara al oeste a fin de sumarse al combate para destruir esa peste y que la otra mitad volviera a Washington para proteger la capital. McClellan no pudo menos que aceptar.

Jackson se retiró de nuevo, pero para entonces su plan había operado a la perfección. En tres meses, con apenas tres mil seiscientos hombres, había distraído a más de sesenta mil soldados del norte, ganado tiempo suficiente para que el sur coordinara la defensa de Richmond y alterado completamente el curso de la guerra.

Interpretación

La historia de Stonewall Jackson en el Shenandoah Valley ilustra una simple verdad: lo que importa en la guerra, como en la vida en general, no es necesariamente cuántos soldados tienes o qué tan bien provist@ estás, sino cómo te ven tus enemigos. Si ellos creen que eres débil y vulnerable, actuarán en forma agresiva, lo que por sí solo puede meterte en problemas. Si de repente creen que eres fuerte, o impredecible, o que tienes recursos ocultos, retrocederán y reevaluarán las cosas. Hacer que cambien sus planes y te traten con más consideración puede por sí mismo alterar la guerra. En cualquier contienda, algunas cosas estarán fuera de tu control; quizá no puedas formar un gran ejército o defender todos tus puntos débiles, pero siempre podrás afectar las percepciones de la gente sobre ti.

Jackson alteró las percepciones de la Unión principalmente mediante su atrevido ataque contra Kernstown, el cual hizo pensar a Lincoln y McClellan que tenía más tropas de las reales; no podían imaginar que alguien fuera tan estúpido para lanzar a sólo tres mil seiscientos hombres contra una fortaleza de la Unión. Si Jackson era más fuerte de lo que habían imaginado, eso quería decir que necesitaban más hombres en el Shenandoah Valley, lo que reduciría las tropas disponibles para la marcha sobre Richmond. Jackson comenzó a comportarse después en forma impredecible, dando la impresión de tener no sólo un gran ejército, sino también un extraño y preocupante plan. La incapacidad de Lincoln y McClellan para deducir ese plan los obligó a hacer un alto y a dividir sus fuerzas para prevenir los posibles peligros. Por último, Jackson atacó osadamente una vez más. No tenía ni por asomo hombres suficientes para amenazar a Washington, pero Lincoln no podía estar seguro de ello. Como un mago, Jackson creó un fantasma a partir de un ejército en esencia risiblemente reducido.

Tú debes tomar el control de las percepciones de la gente sobre ti jugando con las apariencias, para confundirla y engañarla. Al igual que Jackson, es mejor combinar audacia con impredecibilidad y heterodoxia y actuar arrojadamente en momentos de debilidad o peligro. Eso distraerá a la gente de cualquier orificio en tu armadura, y temerá que seas más de lo que pareces. Luego, si vuelves tu conducta difícil de interpretar, parecerás más poderos@, ya que las acciones que eluden la interpretación atraen atención, preocupación y un poco de espanto. De este modo, desbalancearás a la gente y la harás poner los pies en la tierra. Manteniéndote a distancia, no sabrá hasta dónde la engañas. Los agresores darán marcha atrás. La apariencia y la percepción —más vale que no se metan contigo— se harán realidad.

2. El rey Eduardo I de Inglaterra fue un feroz rey guerrero del siglo XIII determinado a conquistar todas las islas británicas. Primero sometió a los galeses; después puso la mirada en Escocia, sitiando ciudades y castillos y arrasando a las comunidades que osaban resistírsele. Fue todavía más brutal con los escoceses que se defendieron, incluido el famoso sir William Wallace: los capturó e hizo torturar y ejecutar públicamente.

Sólo un caballero escocés eludió a Eduardo: Robert Bruce, conde de Carrick (1274-1329), quien de alguna manera escapó a la remota fortaleza del norte de Escocia. Eduardo atrapó entonces a la familia y amigos del rebelde, matando a los hombres y apresando a las mujeres en jaulas. Pero Bruce persistió en su desafío. En 1306 se había coronado rey de Escocia; a como diera lugar, juró vengarse de Eduardo y expulsar a los ingleses de Escocia. Al saberlo, Eduardo resolvió firmemente capturar esa última pieza de sus guerras escocesas, pero murió en 1307, antes de cumplir su cometido.

El hijo de Eduardo, ya para entonces Eduardo II, no compartía el afán bélico de su padre. Eduardo I había dejado a salvo la isla. El nuevo rey no tenía que preocuparse por Escocia; Inglaterra era mucho más rica, y sus ejércitos estaban bien equipados, alimentados y remunerados y poseían gran experiencia. De hecho, sus recientes guerras los habían convertido en los más temidos combatientes de Europa. En cualquier momento Eduardo II podía lanzar un gran ejército contra los escoceses, cuyas armas y armaduras eran primitivas. Se sintió seguro de poder manejar a Robert Bruce.

A pocos meses de iniciado el reinado de Eduardo II, Bruce se las arregló para tomar algunos castillos escoceses ocupados por los ingleses y los redujo a cenizas. Cuando Eduardo envió fuerzas contra él, Bruce se rehusó a pelear y huyó al bosque con su reducido ejército. Eduardo envió más hombres para proteger sus fortalezas restantes en Escocia y cobrar venganza de Bruce, pero de pronto soldados escoceses empezaron a hacer incursiones en Inglaterra. Sumamente móviles, esos piratas a caballo devastaban el campo del norte inglés, destruyendo cultivos y ganados. La campaña inglesa en Escocia se había vuelto demasiado costosa, así que se suspendió; pero años después Eduardo hizo un nuevo intento.

Esta vez un ejército inglés penetró más en Escocia, pero, en respuesta, de nueva cuenta invasores escoceses se aventuraron en Inglaterra, al sur, causando aún más estragos en granjas y propiedades. Y en Escocia, el ejército de Bruce quemaba los cultivos de sus compatriotas, para dejar sin comer a los invasores ingleses. Como en la ocasión anterior, los ingleses se esmeraron en perseguir a Bruce, pero fue en vano: los escoceses no daban batalla. Reunidos en sus campamentos, los soldados ingleses oían gaitas y cornetas en la oscuridad de la noche, lo que les impedía dormir. Hambrientos, cansados e irritados, pronto se replegaron al norte de Inglaterra, sólo para encontrar sus propios territorios desprovistos de cultivos y ganado. La moral se desplomó. Nadie quería seguir combatiendo en Escocia. Poco a poco, un castillo tras otro volvieron a manos escocesas.

Otra anécdota que explica el iwao-nomi concierne a un consumado guerrero que había alcanzado la más alta cima del arte del combate con espadas. Habiendo sido ilustrado sobre el verdadero significado del arte del combate con espadas, que debía basarse en la promoción del bienestar de las personas más que en la destrucción o aniquilación de otros, a este gran maestro ya no le interesaba pelear. Su capacidad en el arte del combate con espadas era absolutamente incuestionable; era respetado y temido por todos. Recorría las calles con un bastón como un viejo aburrido, pero dondequiera que iba la gente lo miraba con intenso temor y respeto. La gente se cuidaba de no enojarlo y el viejo se mostraba imperturbable. Esto es semejante a suspender una enorme roca sobre un camino de montaña. La gente teme a la roca, que cree que puede caer en cualquier momento, y por lo tanto pasa silenciosa y cautelosamente bajo ella. Pero en realidad la roca es muy estable, pues está tan profundamente plantada en la tierra que jamás caerá. Mas la gente no lo sabe, y sigue temiendo que caiga si hace un ruido fuerte al pasar debajo. La roca sólo permanece ahí, completamente indiferente a sus circunstancias y al temor y admiración de la gente.

A WAY TO VICTORY: THE ANNOTATED BOOK OF FIVE RINGS, TRADUCCIÓN Y COMENTARIO DE HIDY OCHIAI, 2001.

En 1314, los escoceses trabaron al fin directo combate con los ingleses, en la Batalla de Bannockburn, y los derrotaron. Fue un descalabro humillante para Eduardo II, quien juró vengarse. En 1322 decidió terminar con Bruce de una vez por todas con una vigorosa campaña digna de su padre. Organizando y dirigiendo personalmente el mayor ejército que hubiera combatido hasta entonces a los rebeldes escoceses, Eduardo llegó hasta el castillo de Edimburgo. En cierto momento, envió forrajeadores a buscar comida en el campo; volvieron con un toro decrépito y una carreta vacía. La disentería barrió con las tropas inglesas. Eduardo se vio forzado a retirarse, y cuando llegó al norte de Inglaterra, vio que los escoceses habían arrasado una vez más con los campos, y más minuciosamente que antes. El hambre y la enfermedad acabaron con los restos de su ejército. La campaña fue tan desastrosa que provocó una rebelión entre los caballeros de Eduardo; él huyó, pero en 1327 fue capturado y ejecutado.

Al año siguiente, su hijo, Eduardo III, negoció la paz con los escoceses, concediendo a Escocia su independencia y reconociendo a Robert Bruce como su legítimo rey.

Interpretación

Los ingleses pensaban que podían abusar impunemente de Escocia cuando quisieran. Los escoceses estaban deficientemente equipados, y su jefatura, amargamente dividida; ante tal debilidad, ¿qué podía impedir la conquista inglesa? Tratando de detener lo que parecía inevitable, Robert Bruce elaboró una novedosa estrategia. Cuando los ingleses atacaban, él no los enfrentaba en forma directa; habría perdido. En cambio, los golpeaba indirectamente, pero donde les dolía, haciendo a los ingleses justo lo que le hacían a él: arruinar su país. Y siguió jugando al toma y daca hasta que los ingleses comprendieron que cada vez que atacaban Escocia, obtenían a cambio una nariz sanguinolenta: perdían valiosas tierras agrícolas, eran hostigados, combatían en condiciones espantosas. Perdieron lentamente sus ansias de batalla, y al final desistieron.

La esencia de esta estrategia de disuasión es la siguiente: cuando alguien te ataca o te amenaza, dejas en claro que sufrirá a cambio. Tal vez sea más fuerte, pueda ganar batallas, pero le harás pagar cada victoria. En lugar de acometerlo directamente, dañas algo que valora, algo cerca de ti. Le haces entender que cada vez que te moleste, puede esperar daños, aun a pequeña escala. La única forma de que dejes de atacarlo de tan irritante manera es que él deje de atacarte a ti. Eres como una avispa en su piel; la mayoría de la gente deja en paz a las avispas.

3. Una mañana de 1474, el rey Luis XI (1423-1483) —el infame Rey Araña de Francia, así llamado porque siempre tejía las más intrincadas e ingeniosas conjuras contra sus enemigos— cedió a un vehemente arranque contra el duque de Milán. Los cortesanos presentes ese día de enero escuchaban azorados mientras el normalmente sereno y prudente rey daba rienda suelta a sus sospechas: aunque el padre del duque había sido amigo, el hijo no podía ser de confiar; maquinaba contra Francia, quebrantando el trato entre los dos países. El rey prosiguió: quizá tendría que hacer algo contra el duque. De súbito, para desazón de los cortesanos, un hombre se escabulló silenciosamente de la sala. Era Christopher da Bollate, el embajador milanés en Francia. Bollate había sido amablemente recibido por el rey esa misma mañana, pero luego se había desplazado al fondo; seguramente Luis había olvidado que se encontraba ahí. La diatriba del rey podía causar un verdadero lío diplomático.

Una vez un grupo de cinco o seis pajes viajaron a la capital en el mismo bote, el cual chocó de noche con un barco regular. Cinco o seis marineros saltaron al bote y exigieron ruidosamente a los pajes entregarles el ancla, según el código de los marineros. Al oír esto, los pajes se precipitaron gritando: “¡El código de los marineros se aplica sólo a personas como ustedes! ¿Creen que nosotros, samurais, vamos a permitir que ustedes tomen equipo de un bote que transporta a guerreros? ¡Los destrozaremos y arrojaremos al mar hasta el último hombre!”. Los marineros regresaron de prisa a su barco. En momentos así, se debe actuar como samurai. En ocasiones de poca monta, es conveniente gritar. Al volver algo más significativo de lo que es, y arriesgarse, las cosas no llegarán al final ni habrá realización en absoluto.

HAGAKURE. EL CAMINO DEL SAMURÁI, YAMAMOTO TSUNETOMO, 1659-1720.

Luis invitó ese mismo día a Bollate a sus aposentos privados y, tendido en su lecho, inició una conversación aparentemente casual. Al derivar en política, se describió como partidario del duque de Milán: haría cualquier cosa, dijo, por ayudar al duque a aumentar su poder. Luego preguntó: “Dígame, Christopher, ¿le han informado sobre lo que dije esta mañana en el consejo? Dígame la verdad; ¿no se lo ha dicho un cortesano?”. Bollate confesó que en realidad se encontraba en la sala durante la andanada del rey y que había oído sus palabras. También afirmó que el duque de Milán era un leal amigo de Francia. Luis replicó que tenía sus dudas sobre el duque y motivos para estar enojado, pero pasó de inmediato a un tema más grato, y Bollate se retiró más tarde.

Al día siguiente el rey envió tres consejeros a visitar a Bollate. ¿Estaba cómodo en su alojamiento? ¿Se sentía satisfecho con el trato del rey? ¿Había algo que ellos pudieran hacer para mejorar su estancia en la corte francesa? También querían saber si transmitiría al duque las palabras del rey. Éste, le dijeron, consideraba a Bollate un amigo, un confidente; simplemente había dado libre curso a sus emociones. Esto no quería decir nada. Bollate debía olvidar el incidente entero.

Por supuesto, ninguno de aquellos hombres —los consejeros, los cortesanos y Bollate— sabía que el rey había hecho todo eso en forma deliberada. Luis estaba seguro de que el pérfido embajador —al que difícilmente consideraba un amigo, y mucho menos un confidente— informaría con todo detalle al duque de lo que él había dicho. Sabía que el duque era traidor, y así era precisamente como Luis quería enviarle una advertencia. Y todo indica que el mensaje llegó a su destino, pues en los años siguientes el duque fue un obediente aliado.

Interpretación

El Rey Araña era un hombre que siempre tramaba varios movimientos con anticipación. En este caso sabía que si hablaba cortés y diplomáticamente con el embajador sobre sus preocupaciones acerca del duque, sus palabras no tendrían ningún peso; parecerían un lamento. Si expresaba directamente su enojo al embajador, por otro lado, parecería fuera de control. Un embate directo también es fácil de esquivar: el duque sencillamente recitaría seguridades, y la traición continuaría. Al transmitir su amenaza en forma indirecta, sin embargo, Luis dio en el clavo. Que la intención no fuese que el duque supiera que estaba enojado hacía su enojo verdaderamente ominoso: significaba que planeaba algo y quería evitar que el duque lo sospechara y conociera sus verdaderos sentimientos. Hizo insidiosamente su amenaza para conseguir que el duque ponderara sus intenciones e infundir un incómodo temor.

Así fue como, durante la década de 1930, la diplomacia de la Italia de Mussolini se vio enormemente favorecida por una postura de incesante belicosidad y un espejismo de gran fuerza militar: un ejército de “ocho millones de bayonetas”, cuyos desfiles eran vistosas exhibiciones de bersaglieri en marcha y en rugientes columnas motorizadas; una fuerza aérea sumamente respetada, no en último término por sus espectaculares vuelos de largo alcance al Polo Norte y América del Sur, y una armada que podía adquirir muchos barcos impresionantes a causa de que una mínima parte de su presupuesto se gastaba en pruebas de artillería y navegación. Mediante una política militar en la que la teatralidad imperaba sobre las sórdidas necesidades de la preparación bélica, Mussolini sacrificó la verdadera fuerza en bien de las muy magnificadas imágenes de la escasa fuerza existente, aunque los resultados de persuasión que esas imágenes producían eran más que reales: Gran Bretaña y Francia fueron exitosamente disuadidas de interferir en la conquista de Etiopía por Italia, la intervención de este país en España y la subordinación de Albania; y nadie se atrevió a oponerse al reclamo de Italia de que se le aceptara como gran potencia, cuyos intereses debían ser complacidos a veces en forma tangible (como las licencias obtenidas por bancos italianos en Bulgaria, Hungría, Rumania y Yugoslavia). Sólo la decisión de último minuto de Mussolini de entrar a la guerra en junio de 1940 —cuando su considerable prudencia fue vencida por la irresistible tentación de participar en el despojo del derrumbe francés— puso fin a lustros de exitosos engaños (y autoengaños).

STRATEGY: THE LOGIC OF WAR AND PEACE, EDWARD N. LUTTWAK, 1987.

Cuando estamos bajo ataque, la tentación es ceder a nuestras emociones, pedir a los agresores que se detengan, proferir amenazas de lo que haremos si persisten. Eso nos pone en una posición débil: hemos revelado tanto nuestros temores como nuestros planes, y es raro que las palabras disuadan a los agresores. Enviarles un mensaje a través de un tercero o revelarlo indirectamente mediante una acción es mucho más efectivo. De ese modo señalas que ya estás maniobrando contra ellos. Mantén velada la amenaza: si sólo pueden vislumbrar lo que te propones, tendrán que imaginar el resto. Hacer que te vean como calculador@ y estratégic@ tendrá un estremecedor efecto en sus deseos de perjudicarte y atacarte. No vale la pena el riesgo de descubrir qué persigues.

4. A principios de la década de 1950, John Boyd (1927-1997) se desempeñó destacadamente como piloto de combate en la Guerra de Corea. A mediados de esa década, era el instructor de vuelo más respetado en la Nellis Air Force Base en Nevada. Era prácticamente invencible en las refriegas aéreas prácticas; tan bueno que se le pidió reescribir el manual de tácticas para pilotos de combate. Había desarrollado un estilo que desmoralizaba y aterraba, se metía en la cabeza del enemigo, entorpecía su capacidad de reaccionar. Boyd era astuto y arrojado. Pero ninguna de sus instrucciones y habilidades, ninguno de sus roces con la muerte como piloto, lo preparó para el apuñalamiento incruento por la espalda, maniobras políticas y guerra indirecta del Pentágono, donde se le asignó en 1966 para colaborar en el diseño de jets de combate ligeros.

Como pronto descubrió el mayor Boyd, los burócratas del Pentágono estaban más preocupados por su trayectoria que por la defensa nacional. Les interesaba menos el desarrollo del mejor avión de combate que satisfacer a los contratistas, a menudo comprando su nuevo instrumental tecnológico independientemente de su conveniencia. Como piloto, Boyd se había enseñado a ver cada situación como una especie de combate estratégico, y en este caso decidió transferir sus habilidades y estilo de guerra a las junglas del Pentágono. Intimidaría, desalentaría y burlaría a sus adversarios.

Boyd creía que un aerodinámico jet de combate que él estaba diseñando podía superar a cualquier avión del mundo. Pero los contratistas rechazaron su diseño, porque era muy poco costoso; no desplegaba la tecnología que ellos trataban de vender. Entre tanto, los colegas de Boyd en el Pentágono tenían sus propios proyectos favoritos. En competencia por el mismo montón de dinero, hacían todo lo que podían para sabotear o transformar el diseño de Boyd.

Éste desarrolló una defensa: ofrecía la apariencia de ser un poco tonto. Vestía trajes raídos, fumaba puros repulsivos, mantenía una mirada perdida. Parecía sencillamente otro irascible piloto de combate, ascendido demasiado rápido y demasiado pronto. Pero tras bastidores controlaba cada detalle. Se cercioraba de saber más que sus adversarios: podía citar estadísticas, estudios y teorías de ingeniería que fundamentaran su proyecto y hallaran defectos en los ajenos. Los contratistas se presentaban a las reuniones con brillantes exposiciones impartidas por sus principales ingenieros; hacían fantásticas afirmaciones que deslumbraban a los generales. Boyd escuchaba cortésmente, parecía impresionado y de repente, sin aviso, pasaba a la ofensiva, desinflando las optimistas aseveraciones de los contratistas, demostrando en detalle que las cifras no casaban, revelando exageraciones y falsedades. Cuanto más protestaban, más malicioso se volvía Boyd, haciendo pedazos poco a poco sus proyectos.

Golpeados en su lado vulnerable por un hombre al que habían subestimado en exceso, una y otra vez los contratistas salían de esas reuniones jurando vengarse. ¿Pero qué podían hacer? Él ya había echado por tierra sus cifras y convertido en humo sus propuestas. Sorprendidos en el acto de exagerar los méritos de un producto, habían perdido toda credibilidad. Tenían que aceptar su derrota. Pronto aprendieron a evitar a Boyd: en vez de tratar de sabotearlo, esperaban que fracasara solo.

En 1974, Boyd y su equipo habían concluido el diseño del jet en el que habían trabajado, y su aprobación parecía segura. Pero parte de la estrategia de Boyd había sido formar una red de aliados en diferentes sectores del Pentágono, y estos hombres le dijeron que había un grupo de generales de tres estrellas que aborrecían su proyecto y planeaban su derrota. Le permitirían ver a los diversos oficiales en la cadena de mando y todos le darían el visto bueno, pero después habría una última reunión con ellos, en la que frustrarían el proyecto, como lo habían planeado tiempo atrás. Habiendo llegado tan lejos, sin embargo, daría la impresión de que el proyecto había recibido un trato justo.

Además de su red de aliados, Boyd siempre trataba de cerciorarse de tener al menos un partidario poderoso. Éste era usualmente fácil de encontrar: en un medio político como el Pentágono, siempre había algún general u otro poderoso funcionario disgustado con el sistema y feliz de ser el protector secreto de Boyd. Esta vez Boyd recurrió a su más fuerte aliado, el secretario de Defensa, James Schlesinger, y obtuvo su aprobación personal del proyecto. Luego, en la reunión con los generales, a los que notó interiormente satisfechos de poder darle la puntilla final, anunció: “Caballeros, el Secretario de Defensa me ha autorizado informarles que ésta no es una reunión de toma de decisiones. Es exclusivamente para propósitos informativos”. El proyecto, dijo, ya había sido aprobado. Y procedió a impartir su exposición, que prolongó tanto como pudo, para retorcer el puñal en sus espaldas. Quería que se sintieran humillados y evitaran volver a meterse con él.

Como piloto de combate, Boyd se había enseñado a pensar en varias acciones antes que sus adversarios, siempre con la mira puesta en sorprenderlos con alguna maniobra aterradora. Incorporó esta estrategia a sus batallas burocráticas. Cuando un general le daba una orden claramente destinada a arruinar los planes de su jet ligero, él sonreía, sacudía la cabeza y decía: “Señor, cumpliré gustosamente esa orden. Pero quiero que la ponga por escrito”. A los generales les agradaba emitir órdenes verbales más que por escrito para cubrirse en caso de que las cosas marcharan mal. Tomado por sorpresa, el general en cuestión desechaba la orden o rechazaba la petición de ponerla por escrito, lo que, en caso de difundirse públicamente, podía hacerlo quedar muy mal. De cualquier forma estaba atrapado.

Luego de varios años de tratar con Boyd, los generales y sus secuaces aprendieron a evitarlo —lo mismo que a sus fétidos puros, excesos verbales y tácticas de retorcimiento de puñales— como a una plaga. Dado este amplio margen de maniobra, él pudo hacer avanzar sus diseños del F-15 y F-16 por el casi imposible proceso del Pentágono, dejando una huella perdurable en la fuerza aérea al crear dos de los más famosos y efectivos jets de combate.

Interpretación

Boyd pronto se dio cuenta de que su proyecto era impopular en el Pentágono y de que enfrentaría oposición y obstrucción a todo lo largo de la línea. Si intentaba combatir a todos, acometer a cada contratista y general, se agotaría y ardería en su propio fuego. Pero Boyd era un estratega de primer orden —sus ideas tendrían gran influencia en la Operación Tormenta del Desierto—, y un estratega nunca pelea fuerza contra fuerza; sondea, en cambio, las debilidades del enemigo. Además, una burocracia como la del Pentágono inevitablemente tiene debilidades, que Boyd sabía cómo identificar.

La gente del Pentágono quería encajar y complacer. Eran personas políticas, cuidadosas de su reputación; también estaban muy ocupadas y tenían poco tiempo que perder. La estrategia de Boyd fue simple: a lo largo de los años se hizo fama de difícil, e incluso de detestable. Meterse con él podía significar una desagradable batalla pública que mancharía la reputación, haría perder tiempo y perjudicaría políticamente. En esencia, Boyd se transformó en una especie de puercoespín. Ningún animal desea vérselas con una criatura capaz de hacer tanto daño, por pequeña que sea; aun los tigres la dejarán en paz. Y ser dejado en paz le dio a Boyd poder permanente, lo que le permitió sobrevivir lo suficiente para hacer prosperar el proyecto del F-15 y F-16.

La fama, sabía Boyd, es clave. La tuya puede no ser intimidatoria; después de todo, tod@s tenemos que encajar, jugar a la política, parecer afables y adaptarnos. En la mayoría de los casos esto funciona correctamente, pero en momentos de peligro y dificultad, ser vist@ como una persona tan afable obrará en tu contra: indicará que puedes ser presionad@, desalentad@ y obstruid@. Si nunca antes has estado dispuest@ a defenderte, ningún gesto amenazador que hagas será creíble. Entiéndelo: hay un enorme valor en hacerle saber a la gente que, en caso de ser necesario, puedes olvidar tu afabilidad y ser francamente difícil y detestable. Un par de claras demostraciones violentas serán suficientes. Una vez que la gente vea que eres un@ guerrer@, se acercará a ti con un poco de temor en el corazón. Y como dijo Maquiavelo, es más útil ser temid@ que amad@.

Imagen:

El puercoespín. Parece torpe

y  lento,  presa  fácil; pero  cuando es

amenazado o atacado, saca las púas. Si las

tocas,   perforarán   fácilmente  tu  piel, y  tratar

de  arrancarlas  hará  que  sus puntas arqueadas

se hundan más y causen mayor daño. Quienes se

las  ven  con  un  puercoespín  aprenden  a no repe-

tir  la  experiencia.  Aun  sin  haberlo  enfrentado,  la

mayoría  de  la gente sabe evitarlo y dejarlo en  paz.

Autoridad: Cuando el enemigo se niega a combatir contigo, es porque lo cree desventajoso para él, o porque lo has empujado a creerlo así. —Sun-tzu (siglo IV a.C.).

REVERSO

El propósito de las estrategias de disuasión es desalentar el ataque, y una presencia o acción amenazadora usualmente cumplirá ese cometido. En algunas situaciones, sin embargo, puedes lograr más eficazmente lo mismo haciendo lo contrario: fingiéndote tonto y retraído. Muéstrate inofensivo, o ya derrotado, y es probable que la gente te deje en paz. Un frente inocuo puede ganarte tiempo; así fue como Claudio sobrevivió al violento y traidor mundo de la política romana en el camino que lo llevó a ser emperador: parecía demasiado inofensivo para molestarse en él. Esta estrategia demanda paciencia, sin embargo, y no está exenta de riesgos: deliberadamente te haces pasar por oveja en medio de lobos.

En general, debes mantener bajo control tus intentos de intimidación. Evita embriagarte con el poder que da el temor: úsalo como defensa en momentos de peligro, no como tu ataque preferido. A largo plazo, atemorizar a la gente crea enemigos; y si no respaldas tu fama de dur@ con victorias, perderás credibilidad. Si tu contrincante se enoja tanto que decide devolverte el mismo juego, podrías convertir igualmente una querella en una guerra de represalias. Usa esta estrategia con precaución.