LA GRAN ESTRATEGIA
Durante su desarrollo en la corte de Macedonia, Alejandro (356-322 a.C.) fue considerado un joven más bien extraño. Gustaba de las actividades juveniles usuales, como los caballos y la guerra; habiendo combatido junto a su padre, el rey Filipo II, en varias batallas, había demostrado su valentía. Pero también le agradaban la filosofía y la literatura. Su tutor fue el gran pensador Aristóteles, bajo cuya influencia dio en discutir sobre política y ciencia, juzgando el mundo lo más desapasionadamente posible. Después estaba su madre, Olimpia: mujer mística y supersticiosa, cuando nació Alejandro tuvo visiones de que un día él gobernaría el mundo conocido. Se lo dijo, y lo llenó de historias de Aquiles, de quien su familia decía descender. Alejandro adoraba a su madre (y odiaba a su padre), y se tomó muy en serio sus profecías. Desde muy temprana edad se condujo como si fuera algo más que el hijo de un rey.
La presteza lo es todo. La resolución está indisolublemente vinculada con la precaución. Si un individuo es cauto y mantiene siempre su lucidez, no tiene por qué perturbarse o alarmarse. Si en todo momento está vigilante, incluso antes de que se presente el peligro, estará armado cuando éste se acerque y no tendrá razón para temer. El hombre superior está en guardia contra lo que todavía no divisa y está alerta para lo que todavía no puede oír; por eso, vive en medio de las dificultades como si no existieran. [...] Si la razón triunfa, las pasiones se retiran por sí mismas.
I CHING, CHINA, CIRCA SIGLO VIII A.C.
Alejandro fue educado para ser el sucesor de Filipo, y el Estado que iba a heredar había crecido considerablemente durante el reinado de su padre. A lo largo de los años el rey había logrado convertir al ejército macedonio en la fuerza suprema en toda Grecia. Había derrotado a Tebas y Atenas y unido a todas las ciudades-Estado griegas (excepto Esparta) en una liga helénica bajo su jefatura. Era un gobernante astuto e intimidatorio. Después, en 336 a.C., un noble descontento lo asesinó. Viendo de pronto vulnerable a Macedonia, Atenas declaró su independencia de la liga. Las demás ciudades-Estado la siguieron. Tribus del norte amenazaron entonces con invadir. Casi de la noche a la mañana, el pequeño imperio de Filipo se desintegraba.
Cuando Alejandro llegó al trono, tenía apenas veinte años, y muchos lo consideraron falto de preparación. Era un mal momento para aprender sobre la marcha; los generales y líderes políticos macedonios tendrían que tomarlo bajo su protección. Le aconsejaron proceder lentamente, consolidar su posición tanto en el ejército como en Macedonia y después reformar gradualmente la liga mediante la fuerza y la persuasión. Eso era lo que Filipo habría hecho. Pero Alejandro no escuchó; tenía otro plan, o al menos así parecía. Sin dar tiempo a sus enemigos dentro y fuera de Macedonia de organizarse en su contra, condujo al ejército al sur y reconquistó Tebas en una serie de maniobras relámpago. Luego marchó contra los atenienses, que, temerosos de su venganza, imploraron perdón y pidieron ser admitidos de nuevo en la liga. Alejandro cedió a su deseo.
El excéntrico joven príncipe se había demostrado a sí mismo que era un rey valiente e impredecible, atacando cuando no pretendía hacerlo, pero exhibiendo inesperada piedad por Atenas. Era difícil interpretarlo, pero sus primeras maniobras como rey le habían ganado muchos admiradores. Su siguiente paso, sin embargo, fue aún más extraño y audaz: en vez de ocuparse de consolidar sus victorias y fortalecer la frágil liga, propuso lanzar una cruzada contra el imperio persa, el gran enemigo de los griegos. Ciento cincuenta años antes, los persas habían tratado de invadir Grecia. Casi lo habían logrado y continuaban soñando con intentarlo y conseguirlo. Con Persia como constante amenaza, los griegos nunca podrían estar tranquilos, y su comercio marítimo era entorpecido por el poder de la armada persa.
En 334 a.C., Alejandro condujo a un ejército unido de treinta y cinco mil griegos por el Estrecho de los Dardanelos en dirección al Asia menor, el extremo occidental del imperio persa. En su primer encuentro con el enemigo, en la Batalla del Gránico, los griegos vencieron a los persas. Los generales de Alejandro no pudieron menos que admirar su audacia: parecía resuelto a conquistar Persia, cumpliendo en tiempo récord la profecía de su madre. Triunfó gracias a la celeridad y la toma de la iniciativa. Entonces, soldados y generales por igual esperaban que se arrojara directamente al este sobre Persia para liquidar al ejército enemigo, que parecía sorprendentemente débil.
Pero Alejandro confundió una vez más sus expectativas, decidiendo de súbito hacer lo que nunca antes había hecho: tomarse su tiempo. Eso habría parecido prudente cuando llegó al poder, pero entonces daba la impresión de que concedía a los persas lo único que necesitaban: tiempo para recuperarse y reabastecerse. Aun así, Alejandro guió a su ejército no al este sino al sur, hacia la costa del Asia menor, librando a las ciudades locales del dominio persa. Después zigzagueó al este, y luego otra vez al sur, por Fenicia y hasta Egipto, derrotando rápidamente a la débil guarnición persa ahí. Los egipcios detestaban a sus gobernantes persas y recibieron a Alejandro como su libertador. Éste pudo usar entonces las vastas bodegas de granos de los egipcios para alimentar al ejército griego y para ayudar a mantener estable la economía griega, mientras privaba a Persia de valiosos recursos.
LA ZORRA Y EL MONO ELEGIDO REY
En una asamblea de animales un mono se puso a bailar, se ganó a los demás y lo eligieron rey. La zorra, sintiendo envidia de él, al encontrar en una trampa un trozo de carne, lo llevó allí y le dijo que había hallado un tesoro, pero que ella no lo podía aprovechar, y que se lo ofrecía como presente de su realeza; y le invitó a cogerlo. El mono se acercó descuidadamente y fue atrapado por la trampa, y, al acusar a la zorra de haberle engañado, aquélla dijo: “¡Mono!, ¿con tal necedad eres tú el rey de los animales?”.
Así, los que emprenden proyectos irreflexivamente se exponen al ridículo, además de fracasar.
FÁBULAS, ESOPO, SIGLO VI A.C.
Al tiempo que los griegos se alejaban de su país, la armada persa, capaz de desembarcar un ejército en casi cualquier parte del Mediterráneo para atacarlos desde atrás o por un flanco, era una amenaza preocupante. Antes de que Alejandro iniciara su expedición, muchos le habían aconsejado formar la armada griega y librar batalla con los persas tanto por mar como por tierra. Alejandro los había ignorado. En cambio, mientras recorría Asia menor y después la costa de Fenicia, simplemente capturó los principales puertos de Persia, volviendo así inútil la armada de esta nación.
Esas pequeñas victorias perseguían, entonces, un alto propósito estratégico. Aun así, habrían significado poco si los griegos hubieran sido incapaces de derrotar a los persas en batalla, y Alejandro parecía volver más difícil esa victoria. El rey persa, Darío, concentraba sus fuerzas al este del río Tigris; eran muy numerosas, el lugar era excelente, y él podía esperar con calma a que Alejandro cruzara el río. ¿Había perdido éste el gusto por la batalla? ¿La cultura persa y egipcia lo habían suavizado? Así parecía: había empezado a vestir prendas persas y a adoptar costumbres persas. Se le vio incluso adorar a dioses persas.
Mientras el ejército persa se replegaba al este del Tigris, grandes áreas del imperio persa habían caído bajo control griego. Alejandro pasaba entonces gran parte de su tiempo no en guerra, sino en política, tratando de ver cómo gobernar mejor esas regiones. Decidió apoyarse en el sistema persa ya existente, manteniendo los mismos títulos de los puestos en la burocracia gubernamental, recolectando el mismo tributo que Darío había recaudado. Sólo cambió los aspectos severos e impopulares del régimen persa. Pronto corrió la noticia de su generosidad y gentileza con sus nuevos súbditos. Una ciudad tras otra se rendían a los griegos sin batalla, gustosas de formar parte del creciente imperio de Alejandro, que trascendía Grecia y Persia. Él era el factor unificador, el benevolente dios vigilante.
Finalmente, en 331 a.C., Alejandro marchó contra la principal fuerza persa en Arbela. Lo que sus generales no habían comprendido era que, privado del uso de su armada, sus ricos territorios en Egipto y el apoyo y tributo de casi todos sus súbditos, el imperio persa ya se había desmoronado. La victoria de Alejandro en Arbela sólo confirmó militarmente lo que él ya había logrado meses atrás: que gobernaba el antes poderoso imperio persa. Cumpliendo la profecía de su madre, controlaba casi todo el mundo conocido.
Interpretación
Las maniobras de Alejandro Magno asombraron a su estado mayor: no parecían tener ninguna lógica, ninguna consistencia. Sólo más tarde los griegos pudieron mirar atrás y ver realmente su magnífica proeza. La razón de que no hayan podido comprenderlo fue que Alejandro había inventado una manera completamente nueva de pensar y actuar en el mundo: el arte de la gran estrategia.
En la gran estrategia ves más allá del momento, más allá de tus batallas y preocupaciones inmediatas. Te concentras en cambio en lo que quieres alcanzar a la larga. Controlando la tentación de reaccionar a los hechos conforme ocurren, determinas cada una de tus acciones de acuerdo con tus metas últimas. No piensas en términos de batallas particulares, sino de una campaña.
Epistemológicamente hablando, la fuente de todas las opiniones erróneas sobre la guerra radica en las tendencias idealista y mecanicista. [...] Las personas con tales tendencias son subjetivas y parciales en su enfoque de los problemas. Se complacen en un discurso infundado y puramente subjetivo, basándose en un solo aspecto o manifestación temporal [y] magnificándolo con subjetividad similar hasta hacer de él la totalidad del problema. [...] Sólo oponiéndose a las tendencias idealista y mecanicista y adoptando una visión imparcial y objetiva al hacer un estudio de la guerra, podemos extraer conclusiones correctas sobre la cuestión de la guerra.
MAO TSE-TUNG, 1893-1976.
Alejandro debió su novedoso estilo de elaboración de estrategias a su madre y a Aristóteles. Su madre le había dado un sentido de destino y una meta: gobernar el mundo conocido. Desde los tres años de edad, él pudo ver en su imaginación el papel que desempeñaría cuando tuviera treinta. De Aristóteles aprendió el poder de controlar sus emociones, viendo las cosas desapasionadamente, pensando de antemano en las consecuencias de sus actos.
Sigue los zigzags de las maniobras de Alejandro y verás la consistencia de su gran estrategia. Sus prontas acciones primero contra Tebas y después contra Persia obraron psíquicamente sobre sus soldados y sus críticos. Nada aquieta más rápido a un ejército que una batalla; la repentina cruzada de Alejandro contra los odiosos persas fue la manera perfecta de unir a los griegos. Una vez en Persia, sin embargo, la rapidez era la táctica incorrecta. Si Alejandro hubiera avanzado, se habría visto controlando demasiado territorio muy pronto; dominarlo habría agotado sus recursos, y en el consecuente vacío de poder habrían aparecido enemigos por todas partes. Era preferible proceder con lentitud, aprovechar lo que ya existía, ganar los corazones y las mentes. En lugar de desperdiciar dinero creando una armada, era mejor volver simplemente inutilizable la armada persa. Para pagar la extensa campaña que rendiría éxito a largo plazo, era preciso tomar primero los ricos territorios de Egipto. Ninguna de las acciones de Alejandro era en vano. Quienes veían que sus planes daban fruto, en formas que ellos mismos habían sido totalmente incapaces de predecir, lo concebían como una especie de dios, y ciertamente su control sobre hechos futuros parecía más divino que humano.
Para ser un@ gran estratega en la vida, debes seguir el camino de Alejandro. Primero, aclara tu vida —descifra tu laberinto personal—, determinando qué estás destinado a alcanzar, la dirección en la que tus habilidades y talentos parecen empujarte. Visualízate cumpliendo ese destino en glorioso detalle. Como aconsejaba Aristóteles, empéñate en dominar tus emociones y aprende a pensar por adelantado: “Esta acción me acercará a mi meta, esta otra no me llevará a ninguna parte”. Guiad@ por estas normas, podrás mantener el curso.
Existe, sin embargo, una gran diferencia entre Oriente y Occidente en herencias culturales, en valores y en maneras de pensar. En la manera oriental de pensar, se empieza por el todo, se toma todo como un todo y se procede a una completa e intuitiva síntesis [combinación]. En la manera occidental de pensar, en cambio, se empieza por las partes, se toma [divide] un asunto complejo en sus partes componentes y después se les aborda una por una, con énfasis en el análisis lógico. Así, el pensamiento militar occidental tradicional aboga por un enfoque militar directo, con acento en el uso de las fuerzas armadas.
THE STRATEGIC ADVANTAGE: SUN ZI & WESTERN APPROACHES TO WAR, CAO SHAN, ED., 1997.
Ignora el saber convencional acerca de lo que debes o no debes hacer. Tal vez tenga sentido para algunos, pero eso no quiere decir que tenga alguna relación con tus metas y tu destino. Debes ser suficientemente paciente para planear varios pasos; para librar una campaña en vez de batallas. El camino a tu meta podría ser indirecto, tus acciones podrían ser extrañas para otras personas, pero entre más sea así, mejor: cuanto menos te entiendan, más fácil te será engañarlas, manipularlas y persuadirlas. Siguiendo este camino, obtendrás la serena perspectiva de Olimpia que te distinguirá de los demás mortales, ya sea soñadores que nunca logran nada o personas prácticas y prosaicas que sólo consiguen pequeñeces.
Lo que admiro particularmente de Alejandro no son tanto sus campañas, [...] sino su sentido político. Poseía el arte de conquistar el afecto de la gente.
—Napoleón Bonaparte (1769-1821).
En 1967, los jefes del esfuerzo bélico estadunidense en Vietnam creían que por fin estaban obteniendo progresos. Habían lanzado una serie de operaciones para buscar y destruir al Vietcong, los soldados norvietnamitas infiltrados en Vietnam del Sur y que habían terminado por controlar gran parte del campo de este último país. Esos guerrilleros eran elusivos, pero los estadunidenses les habían infligido grandes pérdidas en las pocas batallas que habían logrado imponerles ese año. El nuevo gobierno sudvietnamita, apoyado por los estadunidenses, parecía relativamente estable, lo que podía contribuir a ganarle aprobación entre el pueblo vietnamita. Al norte, inesperados bombardeos habían inutilizado muchos campos de aterrizaje de Vietnam del Norte y dañado gravemente su fuerza aérea. Y aunque en Estados Unidos habían brotado masivas manifestaciones antibélicas, las encuestas indicaban que la mayoría de los estadunidenses apoyaba la guerra y creía que el fin estaba a la vista.
Dado que el Vietcong y el ejército norvietnamita habían demostrado ser ineficaces en la batalla frente a frente contra las poderosas potencia de fuego y tecnología estadunidenses, la estrategia era atraerlos de algún modo a un gran combate. Ése sería el momento decisivo de la guerra. Y para fines de 1967, la inteligencia señalaba que los norvietnamitas estaban a punto de caer justo en esa trampa: su comandante, el general Vo Nguyen Giap, planeaba una gran ofensiva contra el puesto de avanzada de los marines de Estados Unidos en Khe Sanh. Aparentemente quería repetir su mayor éxito: la batalla en Dien Bien Phu en 1954, en la que había derrotado al ejército francés, echando de Vietnam a los franceses para siempre.
Khe Sanh era un puesto estratégico clave. Se hallaba a sólo veintidós kilómetros de la zona desmilitarizada que separaba a Vietnam del Norte y del Sur. Estaba asimismo a diez kilómetros de la frontera con Laos, sede de uno de los tramos de la famosa Vereda Ho Chi Minh, la ruta de abastecimiento norvietnamita al Vietcong en el sur. El general William C. Westmoreland, comandante general estadunidense, usaba Khe Sanh para monitorear la actividad del enemigo en el norte y el oeste. Dien Bien Phu había cumplido un papel similar para los franceses, y Giap había sido capaz de aislarlo y destruirlo. Westmoreland no permitiría que Giap repitiera la hazaña. Construyó protegidas pistas aéreas alrededor de Khe Sanh, asegurando el pleno uso de sus helicópteros y el control del aire. Llamó a un número sustancial de tropas del sur al área de Khe Sanh, por si las necesitaba. Ordenó también que seis mil marines adicionales reforzaran el puesto. Pero no quería desalentar en absoluto un gran ataque contra Khe Sanh; en una batalla frontal, el enemigo finalmente se expondría a una severa derrota.
En las primeras semanas de 1968, todos los ojos estaban puestos en Khe Sanh. La Casa Blanca y los medios de información de Estados Unidos estaban seguros de que la batalla decisiva de la guerra estaba a punto de comenzar. Por fin, en el amanecer del 21 de enero de 1968, el ejército norvietnamita efectuó un despiadado asalto. Conforme ambas partes se atrincheraban, la batalla se convirtió en sitio.
Poco después de iniciado el combate, los vietnamitas se dispusieron a celebrar su Año Nuevo lunar, la festividad llamada Tet. Era un periodo de diversión, y en tiempo de guerra era también un momento tradicional para declarar una tregua. Ese año no fue diferente; ambas partes aceptaron suspender los combates durante el Tet. A primera hora del 31 de enero, sin embargo, el primer día del Año Nuevo, empezaron a llegar reportes de todo Vietnam del Sur: prácticamente todos los grandes pueblos y ciudades, así como las más importantes bases estadunidenses, habían caído bajo ataque del Vietcong. Un general del ejército, al rastrear el patrón de los ataques en un mapa, dijo que “parecía una máquina de billar romano, resplandeciendo en cada asalto”.
Partes de la propia ciudad de Saigón habían sido destruidas por soldados enemigos, algunos de los cuales habían hecho volar un muro de la embajada de Estados Unidos, símbolo mismo de la presencia estadunidense en Vietnam. Los marines recuperaron el control de la embajada en un sangriento episodio, ampliamente difundido por la televisión estadunidense. El Vietcong también atacó la estación de radio de esa ciudad, el palacio presidencial y el propio compuesto de Westmoreland en la base aérea de Tan Son Nhut. La ciudad pronto cayó presa del enfrentamiento callejero y el caos.
Fuera de Saigón, también ciudades provinciales se hallaban bajo sitio. La acción más destacada fue la captura norvietnamita de Hue, antigua capital vietnamita y ciudad venerada por los budistas. Los insurgentes tomaron el control de prácticamente toda la ciudad.
Entre tanto, los ataques contra Khe Sanh continuaban en oleadas. Era difícil para Westmoreland saber cuál era el blanco principal: ¿las batallas en el sur eran simplemente un medio para distraer fuerzas de Khe Sanh, o al revés? En un par de semanas, en todas partes de Vietnam del Sur los estadunidenses recuperaron la ventaja, retomando el control de Saigón y asegurando sus bases aéreas. Los sitios de Hue y Khe Sanh duraron más tiempo, aunque grandes bombardeos de artillería y por aire doblegaron finalmente a los insurgentes y arrasaron secciones enteras de Hue.
Cuando la tenebrosa inercia aumenta, oscuridad e inactividad, negligencia e ilusión crecen. Cuando la lucidez prevalece, el ser cuyo cuerpo muere entra en los inmaculados mundos de aquellos que conocen la realidad. Cuando muere en pasión, nace entre los amantes de la acción; así, cuando muere en la tenebrosa inercia, nace en los vientres de la insensatez. El fruto de la buena conducta es puro e inmaculado, dicen, pero el sufrimiento es el fruto de la pasión; la ignorancia, el fruto de la tenebrosa inercia. De la lucidez, el conocimiento nace; de la pasión surge la codicia; de la tenebrosa inercia brotan la negligencia, la ilusión y la ignorancia. Los hombres lúcidos ascienden; los hombres de pasión se quedan en medio; los hombres de la tenebrosa inercia, atrapados en sus viles maneras, se hunden en lo profundo.
BHAGAVAD GITA: CONSEJO DE KRISHNA EN TIEMPO DE GUERRA, CIRCA SIGLO I D.C.
Terminada la que después se conocería como Ofensiva del Tet, Westmoreland la comparó con la Batalla del Bulge, casi a fines de la Segunda Guerra Mundial. Ahí, los alemanes habían sorprendido a los aliados montando una audaz incursión en el este de Francia. En los primeros días habían avanzado rápidamente, produciendo pánico; pero una vez que los aliados se recuperaron, repelieron a los alemanes, hasta que al fin quedó claro que esa batalla había sido el tiro de gracia del ejército alemán, su último disparo. Lo mismo había ocurrido, argumentó Westmoreland, con el ejército norvietnamita en Khe Sanh y el Vietcong en el sur: habían sufrido terribles bajas, muchas más que los estadunidenses; de hecho, toda la infraestructura del Vietcong había sido aniquilada. Jamás se recuperarían; por fin el enemigo había dado la cara, y había sido cruelmente apaleado.
Los estadunidenses pensaban que el Tet había sido un desastre táctico para el norte. Pero de su país empezaba a llegar otro punto de vista: el drama de la embajada estadunidense, el sitio de Hue y los ataques contra bases aéreas habían mantenido a millones de estadunidenses pegados a sus televisores. Hasta entonces, el Vietcong había operado principalmente en el campo, apenas visible para el público estadunidense. De pronto, por primera vez, era visto en grandes ciudades, causando estragos y destrucción. A los estadunidenses les habían dicho que la guerra iba a la baja y sería ganada; esas imágenes decían otra cosa. De repente, el propósito de la guerra pareció menos claro. ¿Cómo podía permanecer estable Vietnam del Sur de cara a ese ubicuo enemigo? ¿Cómo podrían clamar los estadunidenses una victoria clara en algún momento? Lo cierto era que no había ningún final a la vista.
Sonrióse Atenea, la deidad de ojos de lechuza, le halagó con la mano y transfigurándose en una mujer hermosa, alta y diestra en eximias labores, le dijo estas aladas palabras: “Astuto y falaz habría de ser quien te aventajara [Odiseo] en cualquier clase de engaños, aunque fuese un dios el que te saliera al encuentro. ¡Temerario, artero, incansable en el dolo! ¿Ni aun en tu patria habías de renunciar a los fraudes y a las palabras engañosas [...]? [...] Ambos somos peritos en astucias, pues si tú sobresales mucho entre los hombres por tu consejo y tus palabras, yo soy celebrada entre todas las deidades por mi prudencia y mis astucias.
LA ODISEA, HOMERO, CIRCA SIGLO IX A.C.
Las encuestas de opinión estadunidenses registraron un marcado viraje contra la guerra. Manifestaciones antibélicas estallaron en todo el país. Los asesores militares del presidente Lyndon Johnson, quienes le habían dicho que Vietnam del Sur estaba cada vez más bajo su control, confesaron entonces que ya no podían ser tan optimistas. En las elecciones primarias demócratas en New Hampshire, en marzo de ese año, a Johnson le asombró verse derrotado por el senador Eugene McCarthy, quien había galvanizado el creciente sentimiento antibélico. Johnson anunció poco después que no buscaría la reelección en la venidera contienda presidencial y que retiraría poco a poco a las fuerzas estadunidenses de Vietnam.
La Ofensiva del Tet fue efectivamente el momento decisivo de la Guerra de Vietnam, pero no en la dirección que Westmoreland y su estado mayor habían previsto.
Interpretación
Para los estrategas estadunidenses, el éxito de la guerra dependía principalmente de lo militar. Usando su ejército y superior armamento para acabar con la mayor cantidad posible de miembros del Vietcong y obtener el control del campo, garantizarían la estabilidad del gobierno survietnamita. Una vez fortalecido el sur, Vietnam del Norte abandonaría la lucha.
Los norvietnamitas veían la guerra de manera muy distinta. Por naturaleza y práctica, percibían el conflicto en términos mucho más amplios. Tomaban en cuenta la situación política en el sur, donde las misiones de inspección y destrucción estadunidenses alienaban a los campesinos survietnamitas. Los norvietnamitas, entre tanto, hacían todo lo que podían para conquistar a los campesinos, y se ganaron un ejército de millones de simpatizantes silenciosos. ¿Cómo podía estar seguro el sur cuando los estadunidenses no habían cautivado los corazones y las mentes de los agricultores vietnamitas? Los norvietnamitas también tomaban en cuenta la escena política de Estados Unidos, donde en 1968 habría una elección presidencial. Y consideraban la cultura estadunidense, ámbito en el que el apoyo a la guerra era amplio, pero no profundo. La Guerra de Vietnam era la primera guerra televisada de la historia; el ejército intentaba controlar la información sobre la guerra, pero las imágenes en la televisión hablaban por sí solas.
Los norvietnamitas persistieron, ampliando continuamente su perspectiva y analizando el contexto global de la guerra. Y con base en ese estudio elaboraron su más brillante estrategia: la Ofensiva del Tet. Usando su ejército de simpatizantes campesinos en el sur, fueron capaces de infiltrar cada parte del país, metiendo de contrabando armas y provisiones bajo el pretexto de la festividad del Tet. Los blancos que afectaron fueron no sólo militares, sino también televisivos: sus ataques en Saigón, base de la mayoría de los medios estadunidenses (incluido el periodista de la CBS Walter Cronkite, de visita entonces), fueron espectaculares; Hue y Khe Sanh también eran sitios intensamente cubiertos por reporteros estadunidenses. Atacaron asimismo localidades simbólicas —embajadas, palacios, bases aéreas— que atrajeron la atención de los medios. En la televisión todo eso creó la drástica (y engañosa) impresión de que el Vietcong estaba en todas partes, mientras que los bombardeos y programas de pacificación estadunidenses no habían llegado a ningún lado. En efecto, la meta de la Ofensiva del Tet no fue un blanco militar, sino el público estadunidense frente a sus televisiones. Una vez que los estadunidenses perdieron la fe —y en un año electoral—, la guerra estaba condenada al fracaso. Los norvietnamitas no tenían que ganar una sola batalla campal, y de hecho nunca lo hicieron. En cambio, ampliando su visión más allá del campo de batalla, a la política y la cultura, ganaron la guerra.
Siempre tendemos a ver lo más inmediato a nosotr@s, tomando la ruta más directa hacia nuestras metas y tratando de ganar la guerra ganando la mayor cantidad de batallas posible. Pensamos en pequeños términos de micronivel y reaccionamos a hechos presentes, pero esto es estrategia menuda. En la vida nada ocurre en aislamiento; todo se relaciona con lo demás y tiene un contexto más amplio. Este contexto incluye a las personas fuera de tu círculo inmediato a quienes afectan tus acciones, la gente en general, el mundo entero; incluye a la política, porque toda decisión en la vida moderna tiene ramificaciones políticas; incluye a la cultura, los medios de información, la manera en que la gente te ve. Tu tarea como gran estratega es ampliar tu visión en todas direcciones; no sólo ver hacia el futuro, sino también ver más del mundo que te rodea, más que tu enemigo. Tus estrategias se volverán insidiosas e imposibles de frustrar. Podrás aprovechar las relaciones entre hechos, una batalla como preparación de la siguiente, un golpe cultural como preparación de un golpe político. Llevarás la guerra a arenas que tus enemigos han ignorado, tomándolos por sorpresa. Sólo la gran estrategia puede dar grandes resultados.
La guerra es la mera continuación de la política por otros medios.
—Carl von Clausewitz (1780-1831).
Hace miles de años, los seres humanos nos elevamos sobre el mundo animal y jamás miramos atrás. En sentido figurado, la clave de ese avance evolutivo fueron los poderes de nuestra visión: el lenguaje, y la capacidad para razonar que éste nos dio, nos permite ver más del mundo que nos rodea. Para protegerse de un depredador, un animal dependía de sus sentidos e instintos; no podía ver a la vuelta de la esquina o al otro extremo del bosque. Los seres humanos, en cambio, podemos cartografiar el bosque completo, estudiar los hábitos de animales peligrosos e incluso a la naturaleza misma, adquiriendo así un más amplio y profundo conocimiento de nuestro medio. Podemos ver peligros acercarse antes de que lleguen. Esa amplia visión era abstracta: mientras que un animal está encerrado en el presente, nosotros podíamos ver el pasado y vislumbrar el futuro tan lejos como nuestra razón pudiera llevarnos. Nuestra vista se amplió cada vez más en el tiempo y en el espacio, y terminamos dominando el mundo.
Fijando la vista en Odiseo, el anciano volvió a preguntar:
“Ea, dime también, hija querida, quién es aquél, menor en estatura que Agamenón Atrida, pero más ancho de espaldas y de pecho. Sus armas están en el fértil suelo y él recorre las filas como un carnero: lo asemejo a un carnero de apretado vellón, que atraviesa un gran rebaño de cándidas ovejas”.
Al momento le respondió Helena, hija de Zeus: “Aquél es el hijo de Laertes, el ingenioso Odiseo que se crió en la áspera Ítaca; tan hábil en urdir engaños de toda especie como en dar prudentes consejos”.
El sensato Antenor replicó al momento: “Mujer, mucha verdad es lo que dices. Odiseo vino por ti, como embajador, con Menelao, caro a Ares; yo los hospedé y agasajé en mi palacio y pude conocer la condición y los prudentes consejos de ambos. Entre los troyanos reunidos, de pie, sobresalía Menelao por sus anchas espaldas; sentados, era Odiseo más majestuoso. Cuando hilvanaban razones y consejos para todos nosotros, Menelao hablaba de prisa, poco, pero muy claramente: pues no era verboso, ni con ser el más joven, se apartaba del asunto; el ingenioso Odiseo, después de levantarse, permanecía en pie con la vista baja y los ojos clavados en el suelo, no meneaba el cetro que tenía inmóvil en la mano, y parecía un ignorante: lo hubieras tomado por un iracundo o por un estúpido. Mas tan pronto como salían de su pecho las palabras pronunciadas con voz sonora, como caen en invierno los copos de nieve, ningún mortal hubiera disputado con Odiseo. Y entonces ya no le mirábamos tanto la figura de héroe”.
LA ILÍADA, HOMERO, CIRCA SIGLO IX A.C.
En algún punto a lo largo de esa línea, sin embargo, dejamos de evolucionar como criaturas racionales. A pesar de nuestro progreso, siempre hay una parte de nosotr@s que sigue siendo animal, y esa parte animal sólo puede responder a lo más inmediato en nuestro medio; es incapaz de pensar más allá del momento. Este dilema aún nos afecta: los dos lados de nuestro carácter, racional y animal, están constantemente en guerra, volviendo torpes casi todas nuestras acciones. Razonamos y planeamos para alcanzar una meta, pero al calor de la acción cedemos a nuestras emociones y perdemos perspectiva. Usamos la astucia y la estrategia para tomar lo que queremos, pero no dejamos de pensar si lo que queremos es necesario, o cuáles serán las consecuencias de obtenerlo. La amplia visión que la racionalidad nos brinda suele ser eclipsada por el reactivo, emocional animal dentro de nosotr@ s, la parte más fuerte de nuestra naturaleza.
Más que nosotr@s ahora, los antiguos griegos estaban cerca de la transición de la raza humana de lo animal a lo racional. Para ellos, nuestra naturaleza dual nos hacía trágic@s, y la fuente de la tragedia era la visión limitada. En tragedias griegas clásicas como Edipo rey, el protagonista puede creer que sabe la verdad y que conoce el mundo lo suficiente para actuar en él, pero su visión está limitada por sus emociones y deseos. Tiene sólo una perspectiva parcial de la vida y de sus propias acciones e identidad, así que actúa en forma imprudente y causa sufrimiento. Cuando Edipo entiende al fin su papel en todas sus desgracias, se arranca los ojos, símbolos de su trágica limitación. Puede ver fuera, el mundo, pero no dentro de él.
Los griegos, sin embargo, también reconocieron el potencial de una posibilidad humana superior. Muy por encima de la esfera de los mortales estaban los dioses en el Monte Olimpo, quienes poseían una perfecta visión del mundo y tanto del pasado como del futuro; y la raza humana compartía algo tanto con ellos como con los animales: no éramos sólo en parte animales, sino también en parte divin@s. Además, quienes eran capaces de ver más que los demás, de controlar su naturaleza animal y pensar antes de actuar, eran seres humanos de la especie más profundamente humana, los más aptos para usar las facultades racionales que nos distinguen de los animales. En oposición a la estupidez humana (visión limitada), los griegos imaginaron una prudencia humana ideal. Su símbolo era Odiseo, quien siempre pensaba antes de actuar. Habiendo visitado el Hades, el país de los muertos, Odiseo estaba en contacto con la historia ancestral y el pasado; y siempre era curioso, estaba ansioso de conocimientos y era capaz de ver los actos humanos, propios y ajenos, con una mirada desapasionada, considerando sus consecuencias a largo plazo. En otras palabras, como los dioses, aunque en menor medida, poseía la habilidad de ver el futuro. Realista consumado, hombre de visión, Odiseo fue un personaje de la poesía épica de Homero, pero también existen versiones históricas de ese ideal: el político y militar Temístocles, por ejemplo, y Alejandro Magno, elevado por Aristóteles hasta las alturas del intelecto y la acción combinados.
El hombre prudente podría parecer frío, con una racionalidad que le quita el placer a la vida. Pero no es así. Como los dioses amantes del placer en el Monte Olimpo, tiene la perspectiva, el sereno desapego, la capacidad para reír que acompañan a la verdadera visión, lo que le da a todo lo que hace una cualidad de ligereza, abarcando esos rasgos lo que Nietzsche llama el “ideal apolíneo”. (Sólo las personas que no pueden ver más allá de sus narices vuelven pesadas las cosas.) Alejandro, el gran estratega y hombre de acción, también fue famoso por su gracia y espíritu festivo. Odiseo amaba la aventura; nadie era mejor que él en la experiencia del placer. Era simplemente más razonable, más equilibrado, menos vulnerable a sus propias emociones y estados de ánimo, y dejó menos tragedia y turbulencia a su paso.
Esa criatura serena, despegada, racional, previsora, llamada “prudente” por los griegos, es lo que aquí llamaremos “gran estratega”.
Tod@s nosotr@s somos hasta cierto punto estrategas: deseamos naturalmente controlar nuestra vida, y tramamos en pos de poder, anhelando consciente o inconscientemente conseguir lo que queremos. En otras palabras, usamos estrategias, pero tienden a ser lineales y reactivas, y a menudo son fracturadas y desviadas por reacciones emocionales. L@s estrategas astut@s pueden llegar lejos, pero casi tod@s cometen errores. Si tienen éxito, pierden el sentido y se exceden; si enfrentan reveses —y los reveses son inevitables en la vida—, son fácilmente arrollad@s. Lo que coloca aparte a l@s grandes estrategas es la capacidad de ver más profundamente tanto en sí mism@s como en los demás, de comprender y aprender del pasado y tener un claro sentido del futuro, al grado de poder predecirse. Simplemente ven más, y su amplia visión les permite ejecutar planes durante, a veces, largos periodos, tan largos que quienes l@s rodean quizá ni siquiera se dan cuenta de que tienen un plan en mente. Llegan a la raíz de un problema, no sólo a sus síntomas, y dan limpiamente en el blanco. Para convertirte en un@ gran estratega, sigue el camino de Odiseo y elévate a la condición de los dioses. No se trata tanto de que tus estrategias sean más astutas o manipuladoras como de que existan en un plano superior. Habrás dado entonces un salto cualitativo.
En un mundo en el que la gente es crecientemente incapaz de pensar en forma lógica y es más animal que nunca, la práctica de la gran estrategia te elevará al instante sobre los demás.
Convertirte en un@ gran estratega no implica años de estudio ni una total transformación de tu personalidad. Simplemente significa un uso más efectivo de lo que tienes: tu mente, tu racionalidad, tu visión. Habiendo evolucionado como una solución a los problemas de la guerra, la gran estrategia es un concepto militar. Y un examen de su desarrollo histórico revelará la clave para hacerla funcionar en tu favor en la vida diaria.
Olvido de nuestros objetivos.— Durante el trayecto comúnmente olvidamos su meta. Casi toda profesión se elige e inicia como un medio para un fin, pero se continúa como un fin en sí misma. Olvidar nuestros objetivos es el más frecuente de todos los actos de estupidez.
FRIEDRICH NIETZSCHE, 1844-1900.
En la historia antigua de la guerra, un gobernante o general que comprendía la estrategia y maniobra podía ejercer poder. Podía ganar batallas, erigir un imperio, o al menos defender su ciudad o Estado. Pero con la estrategia en ese nivel llegaron problemas. Más que cualquier otra actividad humana, la guerra causa estragos en la emoción, incita al animal que llevamos dentro. Al planear una guerra, un rey dependía de cosas como su conocimiento del terreno y su comprensión tanto de las fuerzas del enemigo como de las suyas propias; su éxito dependía de su capacidad para ver esas cosas claramente. Pero era probable que esta visión se empañara. Él tenía emociones a las cuales responder, deseos por realizar; no podía reflexionar en sus metas. Queriendo ganar, subestimaba la fuerza del enemigo o sobreestimaba la propia. Cuando Jerjes de Persia invadió Grecia en 480 a.C., pensó tener un plan perfectamente racional. Pero no había tomado en cuenta muchas cosas y sobrevino el desastre.
Otros gobernantes ganaban batallas embriagándose con la victoria y sin saber detenerse, incitando a su alrededor implacable odio, desconfianza y deseo de venganza, lo que culminaba en una guerra en varios frentes y la absoluta derrota, como en el caso de la destrucción del belicoso imperio asirio, cuya capital, Nínive, yace eternamente sepultada en la arena. En casos como éste, la victoria en la batalla sólo traía peligro, pues exponía al vencedor a ruinosos ciclos de ataque y contrataque.
En tiempos antiguos, estrategas e historiadores —de Sun-tzu a Tucídides— tomaron conciencia de ese recurrente patrón autodestructivo en la guerra y empezaron a idear maneras más racionales de combatir. El primer paso fue pensar más allá de la batalla inmediata. Suponiendo que obtuvieras la victoria, ¿cómo te dejaría eso: mejor o peor? Para responder esta pregunta, el paso lógico era pensar por adelantado, hasta la tercera o cuarta batallas sucesivas, relacionadas entre sí como los eslabones de una cadena. El resultado fue el concepto de campaña, en el que el estratega fija una meta realista y planea varios pasos para alcanzarla. Las batallas particulares sólo importan por el camino que preparan a las siguientes; un ejército puede incluso perder deliberadamente una batalla como parte de un plan a largo plazo. La victoria que importa es la de la campaña general, y todo se subordina a esa meta.
Este tipo de estrategia representó un avance cualitativo. Piensa en el ajedrez, donde el gran maestro, en lugar de concentrarse sólo en la jugada inmediata y realizarla únicamente en reacción a lo que el otro jugador acaba de hacer, debe visualizar todo el tablero en el futuro, trazando una estrategia general, usando ahora los movimientos de los peones para preparar los de las piezas más poderosas después. Pensar en términos de la campaña dio a la estrategia una nueva profundidad. El estratega usaba el mapa cada vez más.
La guerra en este nivel requería que el estratega pensara profundamente en todas direcciones antes de lanzar la campaña. Tenía que conocer el mundo. El enemigo era sólo parte del panorama; el estratega también tenía que prever las reacciones de aliados y Estados vecinos; cualquier paso en falso en relación con ellos y el plan entero podía desgajarse. Tenía que imaginar la paz después de la guerra. Tenía que saber de qué era capaz su ejército al paso del tiempo y no pedir más que eso. Tenía que ser realista. Su mente tenía que ampliarse para satisfacer las complejidades de la tarea, y todo esto antes de intercambiar un solo golpe.
Planea contra lo difícil cuando sigue siendo fácil, actúa contra lo grande mientras aún es menudo. Los asuntos difíciles a todo lo largo del reino invariablemente comienzan por lo fácil; los grandes asuntos a todo lo largo del reino inevitablemente comienzan por lo pequeño. Por esta razón, el Sabio nunca actúa contra lo grande, y puede por tanto completar la grandeza. Lo que es tranquilo permanece fácil de tomar; lo que aún no se ha delatado es fácil de conjurar. Lo frágil es fácil de dividir; lo menudo, fácil de disipar. Actúa sobre ellos antes de que alcancen el ser, contrólalos antes de que se vuelvan caóticos. Los árboles que requieren ambos brazos para ser abrazados nacen de retoños insignificantes. Una torre de nueve plantas comienza por un poco de tierra acumulada; un viaje de mil kilómetros empieza bajo tus pies.
TAO TE CHING, LAO-TSÉ, CIRCA 551-479 A.C.
Pero el pensamiento estratégico en este nivel rindió ilimitados beneficios. Una victoria en el campo de batalla no tentaba al líder a un movimiento desconsiderado que en definitiva pudiera hacer retroceder la campaña, ni una derrota lo acobardaba. Cuando sucedía algo inesperado —y lo inesperado es de esperarse en la guerra—, la solución que él improvisaba para remediarlo tenía que ajustarse a las metas en el horizonte. La subordinación de sus emociones al pensamiento estratégico la daba más control en el curso de la campaña. Mantenía su perspectiva en medio del calor de la batalla. No caía en el patrón reactivo y autodestructivo que había acabado con tantos ejércitos y Estados.
Este principio de la realización de campañas fue bautizado sólo en fecha relativamente reciente como “gran estrategia”, pero ha existido en diversas formas desde tiempos antiguos. Es claramente visible en la conquista de Persia por Alejandro, en el control por los imperios romano y bizantino de vastos territorios con pequeños ejércitos, en las disciplinadas campañas de los mongoles, en la derrota de la armada española por la reina Isabel I, en las brillantemente concebidas campañas del duque de Marlborough contra los Habsburgo. En tiempos modernos, la derrota por Vietnam del Norte primero de Francia y luego de Estados Unidos —en el último caso sin haber ganado una sola gran batalla— debe considerarse un uso consumado de este arte.
La historia militar enseña que la clave de la gran estrategia —lo que la distingue de la simple estrategia común— es su particular cualidad de previsión. L@s grandes estrategas piensan y planean el futuro antes de entrar en acción. Su planeación no se reduce a acumular conocimientos e información; implica examinar el mundo con una mirada desapasionada, pensando en términos de la campaña, planeando indirectos, sutiles pasos a lo largo del camino, cuyo propósito sólo gradualmente podría volverse visible para otros. Este tipo de planeación no sólo confunde y desorienta al enemigo; al estratega le ofrece los efectos psicológicos de serenidad, sentido de perspectiva, flexibilidad para cambiar al instante teniendo en mente la meta última. Las emociones son más fáciles de controlar; la visión es más amplia y clara. La gran estrategia es el ápice de la racionalidad.
EL JABALÍ Y LA ZORRA
Un jabalí, parado junto a un árbol, se afilaba los dientes. Al preguntarle una zorra por qué, sin que le amenazara ningún cazador ni ningún peligro, aguzaba sus dientes, dijo: “No lo hago vanamente, pues si me sobreviene un peligro no tendré entonces que afilarlos y los utilizaré, pues ya estarán dispuestos”. La fábula enseña que los preparativos deben hacerse antes de los peligros.
FÁBULAS, ESOPO, SIGLO VI A.C.
La gran estrategia posee cuatro principios esenciales, destilados a continuación de historias de caso de l@s más exitos@s practicantes de este arte. Cuanto más incorpores de estos principios a tus planes, mejores resultados obtendrás.
Concéntrate en tu mayor meta, tu destino. El primer paso para ser un@ gran estratega —el paso que hará que todo lo demás ocupe el lugar que le corresponde— es comenzar con una clara, detallada, deliberada meta en mente, fincada en la realidad. Solemos creer que generalmente operamos de acuerdo con una especie de plan, que tenemos metas que tratamos de alcanzar. Pero usualmente nos engañamos; lo que tenemos no son metas sino deseos. Nuestras emociones nos contaminan con vagos deseos: queremos fama, éxito, seguridad... algo grande y abstracto. Esta vaguedad desbalancea nuestros planes desde el principio y los coloca en un curso caótico. Lo que ha distinguido a todos los grandes estrategas de la historia y también puede distinguirte a ti son metas específicas, detalladas, concentradas. Contémplalas día tras día e imagina qué se sentiría y en qué consistiría alcanzarlas. Por una peculiar ley psicológica humana, visualizarlas de esa manera las convertirá en una profecía que se cumple sola.
Tener objetivos claros fue crucial para Napoleón. Visualizaba sus metas con intenso detalle; al principio de una campaña podía ver con claridad en su mente su última batalla. Al examinar un mapa con sus asistentes, señalaba el punto exacto donde la campaña terminaría; una predicción ridícula, podría decirse, ya que en cualquier periodo la guerra no sólo está sujeta al azar y a todo aquello con que el enemigo quiera sorprenderte, sino que además los mapas de la época de Napoleón eran notoriamente poco confiables. Pero una y otra vez sus predicciones resultaban increíblemente correctas. También visualizaba las consecuencias de la campaña: la firma del tratado, sus condiciones, cómo luciría el derrotado zar ruso o emperador austriaco y cómo exactamente el cumplimiento de una meta particular lo pondría respecto de su siguiente campaña.
Cuando joven, Lyndon B. Johnson, a pesar de sus limitados estudios, estaba determinado a ser presidente algún día. El sueño se convirtió en obsesión: podía imaginarse como presidente, recorriendo el escenario mundial. Conforme avanzaba en su carrera, nunca hacía nada sin un ojo puesto en ese objetivo último. En 1957, Johnson, para entonces senador por Texas, apoyó una ley de derechos civiles. Esto lo perjudicó en Texas, pero lo elevó nacionalmente; al parecer, un senador del sur se había expuesto al fracaso, arriesgando su puesto. El voto de Johnson llamó la atención de John F. Kennedy, quien, en la campaña de 1960, lo nominó para la vicepresidencia, el puesto que finalmente le serviría de escalón a la presidencia.
Claros objetivos de largo plazo dan dirección a todas tus acciones, grandes y pequeñas. Las decisiones importantes se vuelven más fáciles de tomar. Si una deslumbrante perspectiva amenaza con distraerte de tu meta, sabrás resistirla. Sabrás cuándo sacrificar un peón, e incluso perder una batalla, si esto sirve a tu propósito final. Tus ojos se concentrarán en ganar la campaña y nada más.
Tus metas deben echar raíces en la realidad. Si están simplemente más allá de tus medios, esencialmente fuera de tu alcance, te desalentarás, y el desaliento puede convertirse rápidamente en actitud derrotista. Por otra parte, si tus metas carecen de cierta dimensión y grandeza, podría ser difícil que te mantengas motivad@. No temas ser audaz. En sentido amplio, forjas para ti lo que Alejandro experimentó como su destino y lo que Friedrich Nietzsche llamó tu “tarea vital”: aquello hacia lo que tus naturales inclinaciones y aptitudes, talentos y deseos, parecen dirigirte. Asignarte una tarea vital te inspirará y guiará.
La naturaleza de la meta es crítica: algunos objetivos, si se cumplen, te perjudicarán a largo plazo. En estricto sentido, los objetivos de la gran estrategia son sentar una base sólida para la expansión futura, hacerte más segur@, incrementar tu poder. Cuando Israel tomó el Desierto del Sinaí durante la Guerra de los Seis Días, en 1967, la intención parecía ser crear una especie de zona intermedia entre ese país y Egipto. Pero lo cierto es que sólo significó más territorio por patrullar y controlar, y dio motivo a una duradera hostilidad en el pueblo egipcio. El Sinaí también era vulnerable a ataques sorpresa, que fue lo que terminó sucediendo en la Guerra del Yom Kippur de 1973. Dado que vigilar el desierto, aunque atractivo, dañaba en definitiva las necesidades de seguridad, en términos de la gran estrategia fue probablemente un error. A veces es difícil saber cuáles serán los efectos a largo plazo del cumplimiento de una meta; pero cuanto más realista y seriamente examines las posibilidades que el viento ofrece, será menos probable que cometas errores de cálculo.
Amplía tu perspectiva. La gran estrategia está en función de la visión, de ver más allá en el tiempo y en el espacio que el enemigo. El proceso de previsión es antinatural: sólo podemos vivir en el presente, el ámbito de nuestra conciencia, y nuestras experiencias y deseos subjetivos reducen el alcance de nuestra visión; son como una prisión en la que habitamos. Tu tarea como gran estratega es forzarte a ampliar tu visión, a captar más del mundo que te rodea, a ver las cosas como son y pueden ser en el futuro, no como quisieras que fueran. Todo acontecimiento tiene una razón, una cadena causal de relaciones que lo hacen suceder; tú tienes que cavar hondo en esa realidad, en vez de ver sólo la superficie de las cosas. Entre más te aproximes a la objetividad, mejores serán tus estrategias y más fácil el camino a tus metas.
Puedes dar un paso en esta dirección tratando siempre de ver el mundo a través de los ojos de otras personas —incluido, definitivamente, tu enemigo— antes de librar una guerra. Tus prejuicios culturales son un gran obstáculo para ver el mundo con objetividad. Ver por los ojos de otras personas no es cuestión de corrección política o de delicada y vaga sensibilidad; hace más efectivas tus estrategias. Durante la Guerra de Vietnam, los norvietnamitas estudiaron intensamente la escena cultural estadunidense. Buscaban cambios en la opinión pública y se esforzaron por entender el sistema político estadunidense y los efectos sociales de la televisión. Los estrategas estadunidenses, por su parte, revelaron una mínima comprensión de las culturas ajenas de Vietnam, ya sea la survietnamita a la que apoyaban o la norvietnamita que trataban de combatir. Cegados por su obsesión de detener la difusión del comunismo, no advirtieron las mucho más profundas influencias de la cultura y la religión en el modo de combatir de los norvietnamitas. El suyo fue un error de gran estrategia del mayor orden.
L@s grandes estrategas mantienen sintonizadas sus sensibles antenas con la política de cualquier situación. La política es el arte de promover y proteger los propios intereses. Tal vez creas que es en gran medida cuestión de partidos y facciones, pero cada individuo es, entre otras cosas, una criatura política que busca asegurar su posición. Tu conducta en el mundo siempre tiene consecuencias políticas, en cuanto que la gente que te rodea la analizará en términos de si le ayuda o le perjudica. Ganar la batalla al costo de alienar a posibles aliados o de crear enemigos obstinados nunca es sensato.
Tomando en cuenta la política, debes deducir tu gran estrategia con la idea de obtener apoyo de otras personas; de crear y fortalecer una base. En la Guerra Civil romana en 49 a.C., Julio César se enfrentó a Pompeyo, entonces el militar más experimentado. César tomó ventaja planeando sus maniobras con la mira puesta en su efecto en la opinión pública de Roma. Careciendo de apoyo en el Senado, se creó apoyo entre la gente en general. César era un brillante animal político, y la causa de ello era su conocimiento de la psique colectiva: entendía el interés propio de la gente y formó sus estrategias en consecuencia. Ser político significa entender a la gente: ver a través de sus ojos.
Corta la raíz. En una sociedad dominada por las apariencias, la verdadera fuente de un problema es a veces difícil de advertir. Para elaborar una gran estrategia contra un enemigo, tienes que saber qué lo motiva o cuál es la fuente de su poder. Demasiadas guerras y batallas se prolongan tediosamente a causa de que ninguna de las partes sabe cómo afectar las raíces de la otra. Como gran estratega, debes ampliar tu visión no sólo a los lados, sino también abajo. Piensa mucho, cava hondo, no confundas las apariencias con la realidad. Descubre la raíz del problema y podrás hacer una estrategia para cortarla, poniendo fin a la guerra o al problema en forma concluyente.
Cuando el general cartaginés Aníbal invadió Italia en 218 a.C., varios generales romanos se empeñaron en derrotarlo, pero ninguno fue eficaz. El general romano más tarde llamado Escipión el Africano vio la situación de otra manera: el problema no era el propio Aníbal, ni su base en Hispania, ni su capacidad para reabastecerse por mar desde Cartago; el problema era Cartago mismo. Éste era un país con un odio obstinado contra Roma, y una extensa lucha de poder se había prolongado entre las dos naciones. Así, en vez de atacar a Aníbal, un militar brillante, en Italia, Escipión invadió Cartago, forzando a aquél a abandonar Italia en defensa de su patria. El ataque contra Cartago fue más que un mero engaño para distraer a Aníbal; fue una invasión considerable. La gran estrategia de Escipión funcionó a la perfección: no sólo derrotó a Aníbal en la batalla; destruyó a Cartago como potencia rival, terminando permanentemente con la posibilidad de que se alzara contra Roma.
Una parte de la gran estrategia relacionada con cortar la raíz es notar los peligros cuando empiezan a brotar y cortarlos antes de que se vuelvan demasiado grandes para manejarlos. Un@ gran estratega conoce el valor de la acción preventiva.
Resulta imposible idear un solo proyecto bélico si se ignoran los factores de orden político implicados en él. Y cuando, como ocurre con demasiada frecuencia, se habla de la nociva injerencia de la política en la dirección de la guerra, se ignora lo que se dice.
La pulla debería apuntar a la política, no a su influencia. Si la política es acertada —esto es, exitosa—, su deliberado efecto, cualquiera que éste sea, en la dirección de la guerra no puede ser sino benéfico. Si el efecto es el contrario, la política es desacertada.
Las decisiones políticas repercuten negativamente en las operaciones militares únicamente si los estadistas acuden a determinados movimientos y actos bélicos con objeto de generar efectos extraños a la naturaleza de dichas operaciones. De igual forma en que un aprendiz de un idioma extranjero no se expresa siempre en él con la corrección debida, en ocasiones los estadistas transmiten órdenes que malogran los propósitos que en teoría deberían perseguir. La frecuente ocurrencia de este hecho indica que es vital que quienes se ocupan de la política en general posean así sea sólo cierta comprensión de las cuestiones relativas a la milicia.
Valga atajar aquí, de una vez, un posible equívoco. Distamos mucho de suponer que un ministro de la guerra embebido en sus documentos, un ingeniero docto o aun un soldado con sobrados méritos habría de ser el responsable ideal de la política militar, a causa nada más de su experiencia y considerando que el propio príncipe no esté al mando. Para ocupar esa posición se precisa de una inteligencia notable y un temperamento fuerte.
Quien cubra ambos requisitos podrá adquirir en cualquier momento, y por cualquier medio, la información militar indispensable. Los intereses militares y políticos de Francia no estuvieron nunca en peores manos que cuando los hermanos Belle-Isle y el duque de Choiseul asumieron la responsabilidad sobre ellos, aun habiendo sido magníficos soldados.
DE LA GUERRA, CARL VON CLAUSEWITZ, 1780-1831.
Toma la ruta indirecta a tu meta. El mayor peligro que enfrentas en la estrategia es perder la iniciativa y verte reaccionando constantemente a lo que la otra parte hace. La solución, por supuesto, es planear, pero planear sutilmente: tomar la ruta indirecta. Impedir que tu adversario vea el propósito de tus acciones te brinda una enorme ventaja.
Así que tu primer paso debe ser sencillamente un sondeo, destinado a obtener una respuesta de tu adversario que lo exponga a lo que vendrá después. Golpéalo directamente y reaccionará, asumiendo una posición defensiva que quizá le permita esquivar tu siguiente golpe; pero si no puede ver el objetivo de tu golpe, o si se confunde acerca del lugar de procedencia del siguiente, estará indefenso y ciego. La clave es mantener el control de tus emociones y tramar tus movimientos con anticipación, viendo el tablero completo.
El director de cine Alfred Hitchcock hizo de esta estrategia un principio de vida. Cada acción suya era una preparación destinada a dar resultados sobre la marcha, así que tranquilamente pensaba con anticipación y avanzaba paso a paso. Su meta era hacer una película idéntica a su visión original, no corrompida por la influencia de los actores, productores y otras personas que necesariamente aparecían después. Controlando cada detalle del guión, hacía casi imposible que el productor interfiriera. Si el productor trataba de entrometerse durante el rodaje, Hitchcock tenía lista en el foro una cámara sin película. Podía fingir que hacía las tomas extras que el productor quería, permitiéndole sentirse poderoso sin riesgo para el resultado final. Hitchcock procedía igual con los actores: en lugar de decirles directamente qué debían hacer, los contagiaba de la emoción que deseaba —temor, enojo, deseo— por la manera como los trataba en el foro. Cada paso en el transcurso de la campaña encajaba perfectamente con el siguiente.
Al trabajar en el nivel no de la batalla sino de la campaña, tu primer paso es crucial. Por lo común debe ser engañosamente suave e indirecto, para dificultar su interpretación. El bombardeo japonés de Pearl Harbor durante la Segunda Guerra Mundial fue una sorpresa devastadora, pero como primer movimiento de una campaña fue un desastre. Los japoneses revelaron muy pronto sus designios; al llevar a la opinión pública estadunidense a un intenso nivel de ira, aseguraron la permanencia de Estados Unidos en la guerra hasta las últimas consecuencias, y este país tenía mayores recursos militares. Siempre presta atención al primer paso de la campaña. Este paso fija el tempo, determina la mentalidad del enemigo y te lanza en una dirección que más vale que sea la correcta.
El teórico militar prusiano Carl von Clausewitz argumentó célebremente que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Quiso decir que cada nación tiene metas —seguridad, bienestar, prosperidad— que ordinariamente persigue a través de la política; pero cuando otra nación o fuerza interna estorba con la política el cumplimiento de esas metas, la guerra es el resultado natural. La guerra nunca se reduce meramente a la victoria en el campo de batalla o a la simple conquista de territorio; alude a la persecución de una política que no puede realizarse de otra manera que mediante la fuerza.
Cuando se pierde una guerra, sin embargo, todos los dedos suelen apuntar al ejército. Quizá a veces pedimos la cabeza de los generales, de los políticos que declararon la guerra en primera instancia; durante y después de la Guerra de Vietnam, por ejemplo, algunos culparon de la derrota a la renuencia del gobierno a comprometerse plenamente con la guerra. Más a menudo, sin embargo, el análisis tras la partida es militar; escudriñamos las batallas de la guerra, criticando las acciones de los oficiales. Claro que fue el ejército el que planeó y libró la guerra, pero aun así el verdadero problema es de gran estrategia. De acuerdo con Von Clausewitz, el fracaso en la guerra es político. Las metas de esa guerra, y las políticas que la impulsaron, fueron poco realistas, impropias, ciegas a otros factores.
Esta idea es la filosofía del gran estratega. Cada vez que algo marcha mal, es propio de la naturaleza humana culpar a tal o cual persona. Deja que los demás incurran en esta estupidez, limitados por sus narices, mirando sólo lo inmediatamente visible para el ojo. Tú ve las cosas de otra manera. Cuando una acción marche mal —en los negocios, la política, la vida—, atribúyelo a la política que la inspiró en primer término. La meta fue descaminada.
Esto significa que tú eres en gran medida el agente de todo lo malo que te pasa. Con más prudencia, políticas más sabias y mayor visión, habrías podido evitar el peligro. Así que cuando algo marche mal, mira profundamente dentro de ti, no en forma emocional, para culparte o ceder a tus sentimientos de culpa, sino para cerciorarte de que comenzarás tu siguiente campaña con un paso más firme y una visión más amplia.
Imagen:
La cima de
la montaña. En
el campo de ba-
talla, todo es humo
y confusión. Es difícil
distinguir al amigo del
enemigo, saber quién va ga-
nando, prever la siguiente acción
del enemigo. El general debe elevarse
sobre la refriega, en la cima de la montaña,
donde todo es más claro y nítido. Ahí puede
ver más allá del campo de batalla: los movi-
mientos de las reservas, el campamento enemigo,
la futura forma de la batalla. Sólo desde la cima
de la montaña el general puede dirigir la guerra.
Autoridad: Al entrar en guerra es un error común empezar por el extremo equivocado: actuar primero y esperar el desastre para discutir el asunto. —Tucídides (entre 460 y 455 a.C.-circa 400 a.C.).
La gran estrategia implica dos peligros que debes considerar y combatir. Primero, los éxitos que te brinda en tus primeras campañas quizá tengan el mismo efecto en ti que el que la victoria fácil en el campo de batalla tiene en un general: ebri@ de triunfo, podrías perder el sentido del realismo y de la proporción del que dependen tus futuras acciones. Aun grandes estrategas como Julio César y Napoleón cayeron finalmente víctimas de esta dinámica: habiendo perdido su sentido de la realidad, empezaron a creer que sus instintos eran infalibles. Cuanto mayor la victoria, mayor el peligro. Cuando maduras, cuando procedes a tu siguiente campaña, debes reatrincherarte, esforzarte el doble por refrenar tus emociones y mantener tu sentido del realismo.
Segundo, el desapego necesario para la gran estrategia puede llevarte a un punto en que te resulte difícil actuar. Conociendo demasiado bien el mundo, ves demasiadas opciones y te vuelves tan indecis@ como Hamlet. Sin importar qué tanto hayamos progresado, seguimos siendo animales en parte, y es el animal en nosotr@s el que enciende nuestras estrategias, les da vida, nos anima a pelear. Sin el deseo de combate, sin la capacidad para la violencia que la guerra incita, no podemos manejar el peligro.
Los prudentes Odiseos están en paz con ambas partes de su naturaleza. Planean lo mejor que pueden, ven lejos, pero cuando llega el momento de proceder, lo hacen. Saber controlar tus emociones no significa reprimirlas por completo, sino usarlas para su mejor efecto.