ESTRATEGIAS DE FORZAMIENTO
El control está presente en todas las relaciones. Es propio de la naturaleza humana aborrecer la sensación de impotencia y procurar el poder. Cada vez que dos personas o grupos interactúan, hay un constante forcejeo entre ellos para definir la relación, para determinar quién tiene el control sobre esto y aquello. Esta batalla de voluntades es inevitable. Tu tarea como estratega es doble: primero, reconoce la lucha por el control en todos los aspectos de la vida, y nunca seas de quienes aseguran que el control no les interesa. Tales personas suelen ser las más manipuladoras. Segundo, debes dominar el arte de mover a la parte contraria como pieza en un tablero de ajedrez, con propósito y dirección. Este arte ha sido cultivado por los más creativos generales y estrategas militares a través de los siglos.
“Apretar la almohada” se refiere a los esfuerzos por impedir que el contrincante levante la cabeza. En batallas basadas en la estrategia marcial, es tabú permitir que el contrincante tome la iniciativa, poniéndote así a la defensiva. Debes tratar a toda costa de dirigir a tu contrincante, tomando completo control de él. Durante el combate, tu contrincante trata de dominarte tanto como tú quieres dominarlo a él, así que es vital que captes sus intenciones y tácticas, para controlarlo. [...] Según el principio de la estrategia marcial, debes ser capaz de controlar a tu(s) contrincante(s) en todo momento. Estudia bien este punto.
THE BOOK OF FIVE RINGS, MIYAMOTO MUSASHI, 1584-1645.
La guerra es antes que nada una pugna sobre quién puede controlar en mayor medida las acciones de la otra parte. Genios militares como Aníbal, Napoleón y Erwin Rommel descubrieron que la mejor manera de obtener el control es determinar el paso, dirección y forma general de la guerra misma. Esto significa lograr que tus enemigos combatan de acuerdo con tu tempo, atrayéndolos a un terreno desconocido para ellos y adecuado para ti, a fin de aprovechar tus fortalezas. Pero principalmente significa obtener influencia sobre la mentalidad de tus adversarios, adaptando tus maniobras a sus debilidades psicológicas.
El estratega superior comprende que es imposible controlar exactamente cómo responderá un enemigo a tal o cual movimiento. Intentar eso sólo conducirá a la frustración y al agotamiento. Gran parte de la guerra y de la vida es impredecible. Pero si el estratega puede controlar el ánimo y mentalidad de sus enemigos, no importa cómo reaccionen a sus maniobras. Si puede asustarlos, aterrarlos, enardecerlos y enojarlos, controlará el más amplio alcance de sus acciones y podrá atraparlos mentalmente antes de acorralarlos físicamente.
El control puede ser agresivo o pasivo. Puede ser una presión inmediata sobre el enemigo, haciéndolo retroceder y perder la iniciativa. Puede ser fingir debilidad para lograr que el enemigo baje la guardia o para inducirlo a un ataque impulsivo. El artista del control convierte esas dos situaciones en un patrón devastador: golpe, retroceso, inducción, arrollamiento.
Este arte es infinitamente aplicable a las batallas de la vida cotidiana. Muchas personas tienden a practicar juegos inconscientes de dominación o caen atrapadas en el intento de controlar cada movimiento de alguien más. Al tratar de manejar y determinar demasiado, se agobian, cometen errores, ahuyentan a la gente y pierden en definitiva el control de la situación. Si tú comprendes y dominas este arte, serás inmediatamente más creativ@ en tu método para influir y controlar a la otra parte. Determinando el ánimo de la gente, el ritmo al que debe moverse, los intereses implicados, descubrirás que casi cualquier cosa que ella haga en respuesta a tus maniobras encaja en la dinámica general que has conformado. Tal vez sabe que está siendo controlada pero no puede oponerse, o sigue la dirección que deseas sin darse cuenta. Éste es el control fundamental.
Los siguientes son los cuatro principios básicos de este arte:
Mantenlos a raya. Antes de que el enemigo se mueva, antes de que el elemento del azar o las acciones inesperadas de tus adversarios puedan arruinar tus planes, haz un movimiento agresivo para tomar la iniciativa. Mantén después una intensa presión, explotando al máximo esa momentánea ventaja. No esperes a que se presenten las oportunidades; créalas tú mism@. Si eres la parte débil, con frecuencia esto emparejará el terreno de juego. Mantener a tus enemigos a la defensiva y en modo de reacción tendrá en ellos un efecto desmoralizador.
Cambia el campo de batalla. Un enemigo naturalmente desea combatirte en terreno conocido. Terreno significa en este caso todos los detalles de la batalla: tiempo y lugar, qué se disputa exactamente, quién está implicado en la contienda, etc. Desplazando sutilmente a tus enemigos a lugares y situaciones desconocidos para ellos, controlarás la dinámica. Sin darse cuenta de lo que pasa, tus contrincantes se verán peleando bajo tus condiciones.
En suma, creo, como Federico [el Grande], que siempre se debe ser el primero en atacar.
NAPOLEÓN BONAPARTE, 1769-1821.
Induce errores. Tus enemigos dependen de la ejecución de una estrategia que haga uso de sus ventajas, que haya funcionado en el pasado. Tu tarea es doble: librar batalla de tal forma que no puedan poner en juego su fortaleza o estrategia y crear tal nivel de frustración que cometan errores en el proceso. No les des suficiente tiempo para hacer nada; explota sus debilidades emocionales, irritándolos lo más posible; indúcelos a caer en trampas mortales. Es menos tu acción que sus pasos en falso lo que te dará el control.
Asume un control pasivo. La forma última de la dominación es hacer que la otra parte crea tener el control. Si cree estar al mando, es menos probable que se resista o se vuelva defensiva ante ti. Crea esta impresión moviéndote con la energía de la otra parte, cediendo terreno pero desviándola lenta y sutilmente en la dirección que deseas. Ésta es a menudo la mejor manera de controlar a l@s demasiado agresiv@s y a l@s pasiv@s-agresiv@s.
El que sobresale en las victorias sobre sus enemigos triunfa antes de que las amenazas de éstos se concreten.
—Sun-tzu (siglo IV a.C.).
1. A fines de 1940, las fuerzas británicas en Medio Oriente ya habían sido capaces de asegurar su posición en Egipto y recuperar una buena parte de Libia que los italianos (aliados de Alemania) habían tomado a comienzos de la Segunda Guerra Mundial. Habiendo capturado la importante ciudad portuaria de Bengasi, los británicos estuvieron en condiciones de avanzar aún más al oeste, hasta Trípoli, lo que les permitió expulsar para siempre de ese país a los italianos. Luego, inesperadamente, se les mandó hacer alto en su avance. El general Archibald Wavell, comandante en jefe de las fuerzas británicas en Medio Oriente, daba batalla en demasiados frentes. Puesto que los italianos habían demostrado ser más bien ineptos en la guerra en el desierto, los británicos pensaron que podían permitirse crear una línea defensiva en Libia, consolidar sus fuerzas en Egipto y lanzar una ofensiva mayor contra los italianos en abril del año siguiente.
Noticias de que una brigada blindada alemana al mando del general Erwin Rommel había llegado a Trípoli en febrero de 1941 no alteraron los planes británicos. Rommel había sido un magnífico comandante durante el blitzkrieg en Francia el año anterior. Pero ahí estaba bajo el mando italiano, dependía de los incompetentes italianos para sus provisiones y su fuerza era demasiado reducida para poner nerviosos a los británicos. Además, informes de inteligencia revelaban que Hitler lo había enviado ahí con órdenes de no hacer más que impedir a los británicos avanzar a Trípoli.
Después, sin que mediara aviso, a fines de marzo de 1941 los tanques de Rommel se precipitaron al este. Rommel había dividido su pequeña fuerza en columnas, y las lanzó en tantas direcciones contra la línea defensiva británica que era difícil adivinar sus intenciones. Esas columnas mecanizadas se movían con increíble rapidez; avanzando de noche con las luces atenuadas, una y otra vez tomaron al enemigo por sorpresa, apareciendo súbitamente en su flanco o retaguardia. Cuando su línea fue traspasada en múltiples lugares, los británicos se vieron obligados a retirarse cada vez más al este. Para Wavell, quien seguía estos hechos desde El Cairo, eso fue absolutamente escandaloso y humillante; Rommel causaba caos con un número de tanques desproporcionadamente reducido y severas limitaciones de abastecimiento. En unas cuantas semanas, los alemanes habían avanzado hasta la frontera de Egipto.
Lo más devastador de esa ofensiva era la novedosa manera en que Rommel combatía. Usaba el desierto como si fuera un océano. Pese a problemas de suministro y la dificultad del terreno, mantenía a sus tanques en perpetuo movimiento. Los británicos no podían bajar la guardia en ningún momento, y eso los agotaba mentalmente. Pero los movimientos de Rommel, aunque aparentemente casuales, tenían siempre un propósito. Si quería tomar una ciudad particular, enfilaba en la dirección contraria, luego daba media vuelta y atacaba desde un lado inesperado. Llevaba consigo una armada de camiones para levantar suficiente polvo a fin de que los británicos no pudieran ver adónde se dirigía y dar la impresión de una fuerza mucho mayor que la que realmente se lanzaba al ataque. Rommel viajaba con la línea frontal, corriendo riesgo de muerte para poder hacer rápidos juicios sobre la marcha, enviando a sus columnas aquí y allá antes de que los británicos tuvieran tiempo de deducir el juego. Y usaba sus tanques en forma contraria a los británicos, con mortal efecto. En vez de lanzarlos a horadar las líneas enemigas, mandaba a sus tanques más débiles, y los hacía retirarse al primer contacto; los tanques británicos invariablemente tragaban el anzuelo y los perseguían, levantando tanto polvo en el proceso que no veían que corrían directo a una línea de armas antitanques alemanas. Una vez atraído un número suficiente de tanques británicos, Rommel avanzaba de nuevo, causando estragos detrás de las líneas británicas.
En constante tensión, forzados a tomar rápidas decisiones en respuesta a los movimientos de Rommel, los británicos cometían interminables errores. No sabiendo dónde podía volver a presentarse Rommel, o desde qué dirección, desplegaban sus fuerzas en áreas peligrosamente vastas. Poco después, a la sola mención de que se acercaba una columna alemana, con Rommel a la cabeza, los británicos abandonaban sus posiciones, pese a su gran superioridad numérica. En definitiva, lo único que detuvo a Rommel fue la obsesión de Hitler con Rusia, lo que lo privó de los suministros y refuerzos que necesitaba para conquistar Egipto.
En la guerra, la pusilanimidad es mil veces más perniciosa que el arrojo, dado un grado igual de inteligencia.
CARL VON CLAUSEWITZ, 1780-1831.
Interpretación
Así es como Rommel analizó la situación que enfrentaba en un principio: el enemigo tenía una sólida posición en el este, que sólo se fortalecería conforme llegaran de Egipto más hombres y provisiones. Rommel tenía una fuerza mucho menor, y entre más esperara, más inútil se volvería ésta. Así que decidió desobedecer las órdenes de Hitler, arriesgando su carrera con base en una verdad que había aprendido en el blitzkrieg en Francia: dar el primer golpe al enemigo altera completamente la dinámica. Si el enemigo es la parte fuerte, resulta enfadoso y desalentador ser puesto de repente a la defensiva. Ser más grande y no estar preparado dificulta organizar una retirada ordenada.
Para que esa estrategia funcionara, Rommel tenía que crear el máximo desorden en el enemigo. En la confusión consiguiente, los alemanes parecerían más formidables de lo que eran. Rapidez, movilidad y sorpresa —como agentes de ese caos— se convertirían en fines en sí mismos. Una vez alterado el enemigo, una maniobra engañosa —seguir cierta dirección y atacar después desde otra— tenía el doble de efecto. Un enemigo en retirada y sin tiempo para pensar cometerá interminables errores si se le sigue presionando. A la larga, la clave del éxito de Rommel fue tomar la iniciativa con una maniobra osada, y después explotar al máximo esa ventaja momentánea.
Todo en este mundo conspira para ponerte a la defensiva. En el trabajo, quizá tus superiores desean la gloria para ellos y te disuaden de tomar la iniciativa. La gente te presiona y ataca sin cesar, manteniéndote en modo de reacción. Continuamente se te recuerdan tus limitaciones y lo que no puedes esperar lograr. Se te hace sentir culpa por esto y lo otro. Esta defensiva de tu parte puede convertirse en una profecía que se cumple sola. Antes que nada, debes librarte de esa sensación. Actuando intrépidamente, antes de que los demás estén preparados, moviéndote para tomar la iniciativa, creas tus propias circunstancias más que esperar simplemente lo que la vida te ofrezca. Tu empuje inicial altera la situación, bajo tus condiciones. La gente se ve obligada a reaccionar ante ti, lo que hace que parezcas más grande y poderos@ de lo que podría ser el caso. El respeto y temor que inspiras se traducirá en poder ofensivo, una fama que te preceda. Como Rommel, también debes tener un toque de locura: estar dispuest@ a desorientar y confundir por el solo gusto de hacerlo, a seguir avanzando sin importar las circunstancias. La decisión es tuya: estar constantemente a la defensiva o hacer que sean otros quienes lo sientan.
Así que los teucros llegaron al vado del voraginoso Janto, río de hermosa corriente a quien el inmortal Zeus engendró, Aquileo los dividió en dos grupos. A los del primero echólos el héroe por la llanura hacia la ciudad, por donde los aqueos huían espantados el día anterior, cuando el esclarecido Héctor se mostraba furioso; por allí se derramaron entonces los teucros en su fuga, y Hera, para detenerlos, los envolvió en una densa niebla.
Los otros rodaron al caudaloso río de argénteos vórtices, y cayeron en él con gran estrépito: resonaba la corriente, retumbaban ambas orillas y los teucros nadaban acá y acullá, gritando, mientras eran arrastrados en torno de los remolinos.
Como las langostas, acosadas por la violencia de un fuego que estalla de repente, vuelan hacia el río y se echan medrosas en el agua, de la misma manera la corriente sonora del Janto de profundos vórtices se llenó, por la persecución de Aquileo, de hombres y caballos que en él caían confundidos.
Aquileo, vástago de Zeus, dejó su lanza arrimada a un tamariz de la orilla; saltó al río, cual si fuese una deidad, con sólo la espada y meditando en su corazón acciones crueles; y comenzó a herir a diestra y a siniestra. Al punto levantóse un horrible clamoreo de los que recibían los golpes, y el agua bermejeó con la sangre.
Como los peces huyen del ingente delfín y, temerosos, llenan los senos del hondo puerto, porque aquél devora a cuantos coge, de la misma manera los teucros iban por la impetuosa corriente del río y se refugiaban, temblando, debajo de las rocas.
LA ILIADA, HOMERO, CIRCA SIGLO IX A.C.
2. En 1932, Paramount Pictures, siguiendo una fiebre de películas de gángsters, inició la producción de Night After Night. Esta cinta sería estelarizada por George Raft, quien poco antes se había dado a conocer en Scarface (Cara cortada). Raft caracterizaría a un típico gángster. Pero Night After Night también tendría, novedosamente, un filo cómico. El productor, William Le Baron, temía que no hubiera nadie en el reparto con un toque suficientemente gracioso para lograr ese propósito. Raft, al enterarse de su preocupación, le sugirió contratar a Mae West.
West era una celebridad del vodevil y en Broadway, donde protagonizaba obras escritas por ella misma. Se había hecho fama de rubia insolente y agresiva con un ingenio devastador. Productores de Hollywood habían pensado en ella antes, pero era demasiado obscena para el cine. Y en 1932 tenía treinta y nueve años, era rolliza y se le consideraba demasiado vieja para hacer un debut cinematográfico. Aun así, Le Baron estaba dispuesto a correr el riesgo para animar la película. Ella causaría sensación, ofrecería un ángulo para la promoción y después sería devuelta a Broadway, donde pertenecía. Paramount le ofreció un contrato de dos meses a cinco mil dólares por semana, un trato generoso entonces. West aceptó encantada.
Al principio West fue un poco difícil. Le habían pedido que bajara de peso, pero detestaba hacer dieta y desistió rápidamente. En cambio, se hizo teñir el cabello de un rubio platinado más bien indecente. El guión le disgustó: los diálogos eran planos y su personaje carecía de importancia. El papel debía reescribirse, y West ofreció sus servicios como escritora. La gente de Hollywood estaba acostumbrada a tratar con actrices difíciles y tenía una panoplia de tácticas para domarlas, particularmente a las que querían que se reescribiera su papel. Lo inusual era que una actriz se ofreciera a reescribir sus parlamentos. Extrañados por esa petición, aun procedente de alguien que había escrito para Broadway, los ejecutivos del estudio respondieron con una firme negativa. Darle a West ese privilegio sentaría un terrible precedente. West reaccionó rehusándose a continuar con el filme hasta que se le permitiera reescribir los diálogos.
El jefe de Paramount, Adolph Zukor, había visto la prueba cinematográfica de West y le habían gustado su apariencia y porte. La película la necesitaba. Zukor dispuso que un ejecutivo del estudio la llevara a cenar el día de su cumpleaños para tratar de engatusarla; la meta era aplacarla lo suficiente para que pudieran comenzar a filmar. Una vez que las cámaras empezaran a rodar, pensó Zukor, encontrarían la manera de lograr que West se comportara. Pero esa noche en la cena, West sacó un cheque de su bolsa y se lo tendió al ejecutivo. Era por veinte mil dólares, la cantidad que ella había ganado hasta ese momento. Devolvía el dinero al estudio y, agradeciendo a Paramount la oportunidad, le dijo al ejecutivo que salía a Nueva York a la mañana siguiente.
Zukor, de inmediato informado de la noticia, se desconcertó enormemente. West parecía dispuesta a perder una cantidad sustancial, arriesgarse a un juicio por incumplimiento de contrato y garantizar que jamás volvería a trabajar en Hollywood. Zukor le echó otro vistazo al guión; tal vez ella tenía razón y los diálogos eran deficientes. ¡Prefería renunciar al dinero y a una carrera que estar en una película de mala calidad! Decidió ofrecerle un arreglo: ella podría escribir sus diálogos, y ellos rodarían dos versiones de la película, la suya y la del estudio. El costo aumentaría un poco, pero se quedarían con West en la cinta. Si la versión de ella era superior, lo que Zukor juzgaba improbable, mejor para la película; si no, ellos mantendrían la versión original. Paramount no perdería de uno u otro modo.
West aceptó el arreglo y el rodaje comenzó. Pero alguien no estaba contento: el director, Archie L. Mayo, hombre de amplio currículum. West no sólo había cambiado el guión para adecuarlo a su gracioso estilo, sino que además insistía en alterar el marcaje y los emplazamientos de cámara para sacar el máximo provecho a sus parlamentos. Peleaban y peleaban, hasta que un día West se negó a proseguir. Había pedido una toma en la que ella desaparecía en lo alto de una escalera luego de pronunciar una de sus patentadas agudezas. Eso le daría al público tiempo para reír. Mayo la creyó innecesaria y se negó a rodarla. West salió del foro, y la producción se detuvo. Ejecutivos del estudio aceptaron que los parlamentos de West habían aligerado la película; “déjala que haga lo que quiera con la dirección y rueda la toma”, le dijeron a Mayo. La editarían después.
La producción se reanudó. La otra actriz en las escenas de West, Alison Skipworth, tenía la nítida impresión de que West estaba determinando el ritmo de los parlamentos, logrando que la cámara la enfocara, robándose las escenas. Al protestar que West se había apoderado de la dirección de la película, a Skipworth también se le dijo que no se preocupara; todo se resolvería en la edición.
Cuando llegó el momento de editar la película, sin embargo, West había alterado tanto el ánimo y ritmo de sus escenas que ninguna edición podría devolverlas a su estado original; más todavía, su sentido del ritmo y la dirección era sólido. En realidad había mejorado toda la película.
La cinta se estrenó en octubre de 1932. Las reseñas fueron variadas, pero casi todas coincidían en que había nacido una estrella. El agresivo estilo e ingenio sexual de West fascinó al público masculino. Aunque aparecía en pocas escenas, el suyo era el único papel de la película que se imprimía en la memoria. Parlamentos que ella había escrito —“Soy una joven que perdió su reputación y nunca la ha echado de menos”— se citaban sin cesar. Como admitió Raft más tarde, “Mae West se robó todo, menos las cámaras”.
Pronto el público clamaba por más Mae West, y Paramount, en problemas financieros en esa época, no podía ignorarlo. A los cuarenta años de edad, más rolliza que nunca, West firmó un contrato de largo plazo por el sueldo más alto que cualquier estrella en el estudio. Para su siguiente película, Diamond Lil, ella tendría completo control creativo. Ninguna otra actriz —ni actor, si a ésas vamos— había llegado nunca tan lejos en tan poco tiempo.
Interpretación
Cuando Mae West puso el pie en Hollywood, todo atentaba en su contra. Era vieja y passée. El director y un ejército de ejecutivos del estudio tenían una sola meta: usarla en una o dos escenas para animar una película aburrida y luego enviarla de regreso a Nueva York. Ella no tenía ningún poder real, y si hubiera accedido a combatir en el campo de batalla de ellos —en el que las actrices eran más baratas por docena y se les explotaba al máximo—, no habría llegado a ningún lado. El genio de West, su forma de guerra, fue desplazar lenta pero segura el campo de batalla al terreno de su elección.
Comenzó su guerra haciendo el papel de la rubia explosiva, con el que fascinó y sedujo a los hombres de Paramount. Su prueba cinematográfica los enganchó: ella era difícil, ¿pero qué actriz no lo era? Luego pidió reescribir sus parlamentos y, tras recibir la esperada negativa, se retiró de la apuesta sin hacer ninguna jugada. La devolución del dinero que le habían pagado fue el momento clave de su campaña: esto desplazó sutilmente la atención de una batalla con una actriz al guión mismo. Al mostrarse dispuesta a renunciar a tanto, Zukor empezó a preguntarse más sobre los diálogos que sobre ella. Tras su arreglo, West efectuó su siguiente maniobra, objetando el marcaje, los ángulos de cámara, el ritmo de las tomas. Su texto se había convertido en parte aceptada del panorama; la batalla era ahora por la dirección. Otro arreglo, que se tradujo en otra victoria. En vez de pelear con los ejecutivos del estudio bajo las condiciones de ellos, West había desplazado sutilmente la batalla a un campo desconocido para los jefes: pelear con una actriz por el texto y la dirección de una película. En ese terreno, contra una mujer inteligente y seductora, el ejército de hombres de Paramount estaba perdido e indefenso.
Tus enemigos optarán naturalmente por pelear en un terreno de su agrado, que les permita usar su poder en su beneficio. Si les otorgas ese poder, terminarás peleando bajo sus condiciones. Tu meta es desplazar sutilmente el conflicto a un terreno de tu elección. Aceptas la batalla, pero alteras su naturaleza. Si se trata de dinero, desplaza la batalla a algo moral. Si tus adversarios quieren pelear por un asunto particular, replantea el conflicto para que abarque algo mayor y más difícil de manejar para ellos. Si desean un paso lento, busca la manera de acelerarlo. No permitas a tus enemigos sentirse cómodos o pelear en la forma usual. Y un enemigo atraído a terreno desconocido ha perdido el control de la dinámica. Una vez que ese control se le vaya de las manos, negociará, se retirará, cometerá errores y obrará su propia destrucción.
Admítase que, en la guerra, la osadía posee incluso sus prerrogativas. Hemos de reconocerle determinada autoridad sobre los exitosos cálculos referentes al espacio, el tiempo y la magnitud de las fuerzas; porque, cuando es superior, sean cuales fueren las circunstancias, explotará la debilidad del enemigo. Para decirlo de otro modo, se trata de una potencia auténticamente generativa.
Esta verdad podría probarse aun científicamente con relativa facilidad. Cuantas veces se encuentra la osadía con la pusilanimidad, vence ella en forma casi infaltable, dado que la pusilanimidad es en sí desequilibrio. La osadía sólo se verá en desventaja frente a la precaución intencionada, a la que es posible juzgar osada por mérito propio, e igualmente eficaz y potente, si bien un caso como éste suele resultar excepcional.
En la mayoría de los individuos, la osadía es el manantial de la prudencia. [...] Cuanto más elevado sea el puesto que ocupan en la cadena de mando, tanto más necesario será que la osadía se funde en la reflexión inteligente, a efecto de que no derive en desatinados arrebatos de ciego apasionamiento.
DE LA GUERRA, CARL VON CLAUSEWITZ, 1780-1831.
3. A principios de 1864, la Guerra Civil estadunidense había llegado a un punto muerto. El ejército de Virginia del Norte de Robert E. Lee había conseguido mantener a las fuerzas de la Unión lejos de Richmond, capital de la Confederación. Al oeste, los confederados habían establecido una posición defensiva inexpugnable en la ciudad de Dalton, Georgia, bloqueando todo avance de la Unión sobre Atlanta, la principal ciudad industrial del sur. El presidente Abraham Lincoln, enfrentado a la reelección ese año y gravemente preocupado por sus posibilidades si el estancamiento persistía, decidió nombrar a Ulysses S. Grant comandante general de las fuerzas de la Unión. Aquél era un hombre que proseguiría la ofensiva.
La primera acción de Grant fue asignar a su principal lugarteniente, el general William Tecumseh Sherman, al mando de las fuerzas de la Unión en Georgia. Cuando Sherman llegó a la escena, se dio cuenta de que cualquier intento de tomar Dalton estaba condenado de antemano al fracaso. El comandante confederado, el general John Johnston, era un maestro de la guerra defensiva. Con montañas en la retaguardia y una sólida posición al frente, Johnston podía simplemente quedarse inmóvil. Un cerco demandaría mucho tiempo, y un ataque frontal sería demasiado costoso. La situación parecía irremediable.
Sherman decidió entonces que si no podía tomar Dalton, se apoderaría de la mente de Johnston, infundiendo temor en un hombre famoso por su moderación y cautela. En mayo de 1864, Sherman lanzó a tres cuartas partes de su ejército a un ataque directo contra Dalton. Habiendo atraído así la atención de Johnston, Sherman escurrió después al ejército del Tennessee por las montañas hasta la ciudad de Resaca, veinticinco kilómetros al sur de Dalton, bloqueando la única vía real de retirada de Johnston y su única línea de abastecimiento. Aterrado al verse súbitamente rodeado, Johnston no tuvo otra opción que renunciar a su posición en Dalton. Sin embargo, no le haría el juego a Sherman; simplemente se retiró a otra posición defensiva que le diera máxima seguridad, invitando de nuevo a Sherman a atacarlo de frente. Esto se convirtió pronto en una danza: Sherman fingía marchar en una dirección, luego desviaba una parte de su ejército hacia el sur de Johnston, quien seguía retrocediendo... y así sucesivamente hasta llegar a Atlanta.
El presidente confederado, Jefferson Davis, molesto por la renuencia de Johnston a combatir, lo remplazó por el general John Hood. Sherman sabía que Hood era un comandante agresivo, e incluso temerario. También sabía que no había tiempo ni hombres para sitiar Atlanta; Lincoln necesitaba una victoria rápida. Su solución fue enviar destacamentos a amenazar las defensas de Atlanta, aunque mandó para ello a fuerzas tentadoramente pequeñas y débiles. Hood no podría resistir la tentación de dejar su fuerte en la ciudad y lanzarse al ataque, sólo para arrojarse a una emboscada. Esto ocurrió varias veces; y con cada derrota, el ejército de Hood se reducía y la moral de sus hombres se deterioraba velozmente.
Los olímpicos pudieron sumarse entonces a la batalla con los gigantes. Heracles soltó su primera flecha contra Alcioneo, el líder del enemigo. Éste cayó al suelo, pero se levantó al instante, revivido de nuevo, porque ése era su suelo nativo de Flegra. “¡Rápido, noble Heracles!”, gritó Atenea. “¡Arrástralo a otro país!” Heracles se echó a Alcioneo en hombros y lo arrastró a la frontera con Tracia, donde lo despachó con un mazo.
LOS MITOS GRIEGOS, VOL. 1, ROBERT GRAVES, 1955.
Entonces, cansado el ejército de Hood y esperando el desastre, Sherman aplicó un truco más. A fines de agosto hizo marchar a su ejército al sureste, más allá de Atlanta, abandonando sus líneas de abastecimiento. Para Hood esto sólo podía significar que Sherman había desistido de disputar Atlanta. Bulliciosas celebraciones estallaron por toda la ciudad. Pero Sherman había calculado astutamente esta marcha para que coincidiera con la maduración del maíz, y habiendo alimentado a sus hombres y logrado que Hood se confiara, cortó la última línea ferroviaria aún abierta a Atlanta y dio media vuelta para atacar a la desprevenida ciudad. Hood se vio forzado a abandonar Atlanta. Ésta fue la gran victoria que aseguraría la reelección de Lincoln.
Luego vino la maniobra más extraña de Sherman. Dividió a su ejército en cuatro columnas y, separándose por completo de sus líneas de abastecimiento, inició una marcha al este, de Atlanta a Savannah y el mar. Sus hombres se alimentaban del campo, destruyendo todo a su paso. Libres de carretas de abastecimiento, se movían con increíble velocidad. Las cuatro columnas paralelas se hallaban a suficiente distancia entre sí como para que las fuerzas del sur supieran adónde se dirigían. La columna del sur parecía encaminarse a Macon, la del norte a Augusta. Las fuerzas confederadas se apresuraron a cubrir ambos lugares, dejando abierto el centro, justo por donde Sherman planeaba avanzar. Manteniendo a las fuerzas del sur en lo que él mismo llamó “los cuernos de un dilema”, desbalanceadas y confundidas acerca de sus intenciones, Sherman marchó hasta Savannah sin librar prácticamente una sola batalla.
El efecto de esta marcha fue devastador. Para los soldados confederados que aún combatían en Virginia, la ruina de Georgia —donde muchos habían dejado hogares— fue un terrible golpe moral. La marcha de Sherman impuso un ánimo de profundo abatimiento en todo el sur. Lenta pero segura, éste perdía su voluntad de seguir luchando, lo cual había sido la meta de Sherman desde el principio.
Interpretación
En todo conflicto, suele ser la parte débil la que de hecho controla la dinámica. En este caso, el sur controlaba el sentido tanto de la estrategia como de la gran estrategia. En su inmediata estrategia local, los confederados se habían atrincherado en poderosas posiciones defensivas en Georgia y Virginia. La tentación para el norte era pelear bajo las condiciones del enemigo, lanzar división tras división contra esas posiciones, con una tremenda pérdida de vidas y pocas posibilidades de avanzar. En la gran estrategia del sur, cuanto más tiempo prevaleciera este punto muerto, más probabilidades habría de que Lincoln fuera depuesto. Así, la guerra terminaría con una negociación. El sur fijaba el tempo de la batalla (lento y agobiante) y controlaba los intereses en juego.
Como lo entendió Sherman, su meta no era capturar una ciudad o vencer en batalla a los confederados. En su opinión, la única forma de ganar la guerra era recuperar el control de la dinámica. En vez de brutales y frontales ataques contra Dalton o Atlanta, con lo que le haría el juego al sur, operó de modo indirecto. Atemorizó al tímido Johnston hasta obligarlo a abandonar su plaza fuerte e incitó al atropellado Hood a ataques absurdos, jugando en ambos casos con la psicología del adversario para forzar las cosas. Al poner constantemente a su enemigo en los cuernos de un dilema, donde tanto la inmovilidad como el movimiento eran igualmente peligrosos, tomó el control de la situación sin tener que desperdiciar hombres en batalla. Más aún, al demostrar con su destructiva marcha que, cuanto más se prolongara la guerra, peor le iría al sur, recuperó el control de la gran estrategia de la guerra. Para los confederados, seguir combatiendo sería un lento suicidio.
La peor dinámica en la guerra, y en la vida, es el punto muerto. En esas circunstancias, parece que todo lo que haces sólo afianza el estancamiento. Una vez que esto ocurre, te vence una especie de parálisis mental. Pierdes la capacidad de pensar o de reaccionar de diferentes maneras. En este punto, todo está perdido. Si caes en esa dinámica —por tratar con un adversario defensivo y atrincherado o por estar atrapad@ en una relación reactiva—, debes ser tan creativ@ como el general Sherman. Sacúdete deliberadamente el ritmo de vals lento haciendo algo aparentemente irracional. Opera fuera de la experiencia del enemigo, como lo hizo Sherman al alejarse de sus provisiones. Muévete rápido aquí y lento allá. Una buena sacudida a la dinámica viciada la agitará, forzará al enemigo a hacer algo diferente. Con el menor cambio, tendrás margen para un cambio mayor y para tomar el control. Inyectar novedad y movilidad suele bastar para trastornar la mente de tus contrincantes rígidos y defensivos.
4. En 1833, el señor Thomas Auld, dueño esclavista de una plantación en la costa de Maryland, llamó a su esclavo Frederick Douglass, de entonces quince años de edad, desde Baltimore, donde acababa de pasar siete años sirviendo al hermano de Auld. Se le necesitaba para trabajar en los campos de la plantación. Pero la vida en la ciudad había cambiado a Douglass en muchos sentidos, y para su desazón descubrió que le era muy difícil ocultar ese hecho a Auld. En Baltimore se las había arreglado en secreto para aprender a leer y escribir, algo prohibido a los esclavos para no estimular pensamientos peligrosos. En la plantación Douglass intentó enseñar a leer a la mayor cantidad posible de esclavos; este esfuerzo fue rápidamente aplastado. Pero lo peor para él fue que había desarrollado una actitud más bien desafian te, que el esclavista llamó descaro. Le respondía a Auld, cuestionaba algunas de sus órdenes y hacía toda clase de trucos para obtener más comida. (Auld era famoso por mantener a sus esclavos al borde de la inanición.)
Bien, mi querido lector, esta batalla con el señor Covey —indecorosa como fue, y como temo que también lo sea mi relato de ella— fue el momento decisivo de mi “vida como esclavo”. Volvió a encender en mi pecho las humeantes brasas de la libertad; sacó a colación mis sueños de Baltimore, y revivió una sensación de mi propia humanidad. Fui otro después de esa pelea. Antes era nada; AHORA ERA UN HOMBRE. Llamó a la vida a mi oprimido respeto y seguridad en mí mismo, y me inspiró una renovada determinación de ser UN HOMBRE LIBRE. Un hombre sin fuerza se encuentra sin la esencial dignidad de la humanidad. La naturaleza humana está constituida de tal manera que no puede honrar a un hombre desvalido, si bien puede compadecerse de él; e incluso esto no puede hacerse durante mucho tiempo, si los signos de la fuerza no surgen.
Sólo podrá entender el efecto de este combate en mi espíritu quien por sí mismo haya incurrido en algo, peligrado en algo, al repeler las injustas y crueles agresiones de un tirano. Covey era un tirano, y cobarde, además. Tras resistirlo, me sentí como no me había sentido nunca antes. Fue una resurrección desde la oscura y pestífera tumba de la esclavitud al paraíso de la libertad comparada. Yo ya no era un cobarde servil, temblando bajo el ceño fruncido de un bicho hermano del polvo, sino que mi largamente amilanado espíritu se elevó a una actitud de viril independencia. Había llegado a un punto en que no temía morir. Este espíritu me convirtió en un hombre libre en los hechos, aunque siguiera siendo esclavo en la forma. Cuando un esclavo no puede ser azotado, es más que libre a medias. Tiene un dominio tan amplio como el de su viril corazón por defender, y es realmente “una fuerza sobre la tierra”. Mientras los esclavos prefieran su vida, con azotes, a la muerte instantánea, siempre encontrarán cristianos como Covey que aprovechen esa preferencia.
A partir de ese momento, y hasta el de mi fuga de la esclavitud, nunca fui auténticamente azotado. Se hicieron varios intentos por azotarme, pero siempre infructuosos. Recibí golpes, como informaré más adelante al lector; pero el caso que he descrito fue el final del embrutecimiento al que la esclavitud me había sometido.
MY BONDAGE AND MY FREEDOM, FREDERICK DOUGLASS, 1818-1895.
Un día Auld informó a Douglass que lo alquilaría un año al señor Edward Covey, arrendatario agrícola vecino que tenía fama de consumado “domador de jóvenes negros”. Los dueños de esclavos le enviaban a sus siervos más difíciles, y a cambio del trabajo gratuito de éstos, Covey les sacaba a golpes hasta la última pizca de rebelión. Covey trató a Douglass especialmente mal, y luego de unos meses éste estaba deshecho de cuerpo y espíritu. Ya no quería leer libros ni participar en conversaciones con los demás esclavos. En sus días libres, se arrastraba bajo la sombra de un árbol y caía dormido por el agotamiento y la desesperanza.
Un día especialmente caluroso de agosto de 1834, Douglass cayó enfermo y desfalleciente. Cuando recobró el conocimiento, Covey revoloteaba sobre él, palo de nogal en mano, ordenándole volver al trabajo. Pero Douglass estaba demasiado débil. Covey lo golpeó en la cabeza, abriendo una profunda herida. Lo pateó un par de veces, pero Douglass no podía moverse. Covey se fue por fin, aunque con la intención de encargarse de él más tarde.
Douglass logró ponerse de pie, se dirigió tambaleante al bosque y de un modo u otro se abrió paso hasta la plantación de Auld. Ahí rogó al amo Auld que le permitiera quedarse, explicando la crueldad de Covey. Auld se mostró imperturbable. Douglass podría pasar ahí la noche, pero regresaría después a la granja de Covey.
De vuelta en la granja, Douglass temió lo peor. Se dijo que haría un gran esfuerzo por obedecer a Covey y sobrevivir de alguna manera las semanas siguientes. Al llegar a los establos donde se suponía que debía trabajar ese día, iniciaba sus deberes cuando, sin más, como serpiente, Covey se deslizó hasta él, soga en mano. Arremetió contra Douglass, tratando de fijar un nudo corredizo en su pierna y amarrarlo. Era obvio que pretendía darle la paliza definitiva.
Arriesgando una golpiza aún peor, Douglass empujó a Covey y, sin pegarle, impidió que le pusiera la soga en la pierna. En ese momento, algo ocurrió en la cabeza de Douglass. Todas las desafiantes ideas sofocadas por meses de trabajo brutal volvieron a él. No tenía miedo. Covey podía matarlo, pero eso era mejor que dejar de pelear por su vida.
De pronto llegó un primo en ayuda de Covey y, viéndose rodeado, Douglass hizo lo impensable: se arrojó violentamente sobre Covey y lo tiró al suelo. Golpear a un hombre blanco lo conduciría muy probablemente a la horca. Una “locura belicosa” se apoderó de él. Devolvía los golpes de Covey. La pelea se prolongó dos horas hasta que, sanguinolento, exhausto y jadeante, Covey se rindió y regresó lenta y vacilantemente a su casa.
Douglass sólo podía suponer que Covey lo perseguiría entonces con un arma o hallaría alguna otra manera de matarlo. Pero esto nunca sucedió. Comprendió poco a poco: matarlo, o castigarlo en forma severa, implicaba un gran riesgo. Correría la voz de que Covey había fracasado esta vez en la doma de un negro, que había tenido que recurrir a un arma al no funcionar sus tácticas de terror. La mera sugerencia de ello arruinaría su reputación en todas partes, y su trabajo dependía de ésta. Era mejor dejar en paz al salvaje esclavo de dieciséis años que arriesgar la loca o impredecible respuesta de la que Douglass había demostrado ser capaz. Era mejor dejar que se calmara y se marchara tranquilamente cuando su periodo de servicio hubiera terminado.
Durante el resto de la estancia de Douglass con Covey, el hombre blanco no volvió a ponerle la mano encima. Douglass había notado que los esclavistas a menudo “prefieren azotar a los que son más fáciles de azotar”. Para entonces había aprendido la lección: nunca volvería a ser sumiso. Esta debilidad sólo alentaba a los tiranos a llegar más lejos. Se arriesgaría en cambio a morir, devolviendo golpe por golpe con los puños o el ingenio.
Interpretación
Al reflexionar en ese momento años después en su libro My Bondage and My Freedom, tras haber huido al norte y convertirse en un importante defensor del movimiento abolicionista, Douglass escribió: “Esta batalla con el señor Covey [...] fue el momento decisivo de mi vida como esclavo. [...] Fui otro después de esa pelea. [...] Había llegado a un punto en que no temía morir. Este espíritu me convirtió en un hombre libre en los hechos, aunque siguiera siendo esclavo en la forma”. Por el resto de su vida, Douglass adoptó esta actitud combativa: sin temor a las consecuencias, obtuvo cierto grado de control de su situación, tanto física como psicológicamente. Una vez que desterró de sí el temor, abrió posibilidades de acción, a veces defendiéndose abiertamente, otras siendo astuto y engañoso. De esclavo sin control, pasó a ser un hombre con algunas opciones y cierto poder, todo lo cual él transformó, llegado el momento, en auténtica libertad.
Para controlar la dinámica, debes ser capaz de controlarte a ti y a tus emociones. Enojarte y atacar sólo limitará tus opciones. Y en el conflicto, el temor es la emoción más desgastante de todas. Aun antes de que cualquier cosa haya pasado, tu temor te rebaja, cede la iniciativa al enemigo. La otra parte tiene interminables posibilidades de usar tu temor para controlarte, obligarte a permanecer a la defensiva. Los tiranos y dominadores pueden percibir tu ansiedad, y esto los hace aún más tiránicos. Antes que nada, debes perder tu temor: a la muerte, a las consecuencias de una maniobra atrevida, a la opinión de los demás sobre ti. Ese momento abrirá de pronto vastas posibilidades. Y a la larga, la parte que tiene más posibilidades de acción positiva tiene mayor control.
No es lo mismo cuando un boxeador se mueve porque quiere moverse que cuando se mueve porque tiene que hacerlo.
JOE FRAZIER, 1944.
5. Al inicio de su carrera, el psiquiatra estadunidense Milton H. Erickson (1901-1980) notó que los pacientes tenían incontables maneras de controlar la relación entre paciente y terapeuta. Podían ocultarle información o resistirse a caer en trance hipnótico (Erickson solía usar la hipnosis en su terapia); podían cuestionar las habilidades del terapeuta, insistir en que hiciera algo más que hablar, o enfatizar lo irremediable de sus problemas y la futilidad de la terapia. Estos intentos de control reflejaban de hecho el problema que tenían en la vida diaria: recurrían a todo tipo de juegos de dominación inconscientes y pasivos mientras se negaban, y negaban a los demás, que fueran capaces de esas tretas. Así, al paso de los años, Erickson desarrolló lo que llamó su “técnica de utilización”: el uso literal de la agresión pasiva de los pacientes, sus astutas manipulaciones, como instrumentos para hacerlos cambiar.
Erickson solía tratar a pacientes a los que otra persona —la pareja, uno de los padres— había obligado a buscar ayuda. Resentidos por esto, se vengaban ocultando deliberadamente información sobre su vida. Erickson comenzaba diciéndoles que era natural, y aun sano, que no quisieran revelarle todo al terapeuta. Insistía en que retuvieran toda su información delicada. Los pacientes se sentían atrapados entonces: al mantener secretos, obedecían al terapeuta, que era exactamente lo contrario de lo que querían hacer. Usualmente, en la segunda sesión se sinceraban, rebelándose al punto de confesarlo todo sobre sí mismos.
Un hombre, en su primera visita al consultorio de Erickson, se puso a caminar ansiosamente por la sala. Negándose a sentarse y relajarse, impedía a Erickson hipnotizarlo o que trabajara con él de cualquier forma. Erickson empezó preguntándole: “¿Está dispuesto a cooperar conmigo mientras sigue caminando como lo está haciendo ahora?”. El paciente accedió a esa extraña petición. Erickson le preguntó entonces si él podía decirle hacia dónde caminar y qué tan rápido. El paciente no vio ningún problema en eso. Minutos después, Erickson comenzó a titubear al dar sus instrucciones; el paciente esperaba hasta oír cómo debía caminar entonces. Luego de que esto ocurriera varias veces, Erickson le dijo por fin que se sentara en una silla, donde pronto cayó en trance.
Con quienes eran patentemente cínicos ante la terapia, Erickson probaba deliberadamente un método de hipnosis que no daba resultado, y después se disculpaba por haber usado esa técnica. Hablaba de sus insuficiencias y las muchas veces que había fallado. Sabía que esas personas necesitaban ganarle al terapeuta, y que una vez que sintieran que habían obtenido ventaja, se abrirían inconscientemente a él y caerían fácilmente en trance.
Una mujer acudió una vez a Erickson quejándose de que su esposo usaba su corazón supuestamente débil para mantenerla en constante alerta y dominarla en todo sentido. Los médicos no habían detectado nada imperfecto en él, pero parecía débil y siempre creía inminente un ataque al corazón. La mujer se sentía preocupada, enojada y culpable al mismo tiempo. Erickson le aconsejó seguir siendo compasiva con su esposo, pero que la siguiente vez que él hablara de un ataque al corazón, ella le dijera cortésmente que debía ordenar la casa. Colocaría entonces por toda la casa folletos obtenidos en funerarias. Si él reincidía, ella iría al escritorio de la sala y se pondría a sumar las cifras de las pólizas de seguro de vida de su esposo. Al principio él se puso furioso, pero pronto terminó por temer a esos folletos y al ruido de la sumadora. Dejó de hablar de su corazón y se vio obligado a tratar a su esposa en forma más directa.
Interpretación
En algunas relaciones quizá tengas la corrosiva sensación de que la otra persona ha obtenido el control de la dinámica, pero te resulte difícil saber cómo o cuándo ocurrió eso. Lo único cierto es que te sientes incapaz de mover a la otra persona, de influir en el curso de la relación. Todo lo que haces parece aumentar únicamente el poder del controlador. La razón de esto es que la otra persona ha adoptado sutiles e insidiosas formas de control, fáciles de disfrazar y tanto más efectivas cuanto pasivas e inconscientes. Ese tipo de personas ejercen control deprimiéndose, mostrándose excesivamente ansiosas o sobrecargándose de trabajo: son víctimas de constantes injusticias. No pueden evitar su situación. Demandan atención; y si no se la concedes, te hacen sentir culpable. Son elusivas e imposibles de combatir, porque a cada oportunidad dan la impresión de no buscar el control de ninguna manera. Son más voluntariosas que tú, pero prefieren disimularlo. Eres tú quien se siente impotente y confundid@ por sus tácticas de estilo guerrillero.
Para alterar esta dinámica, primero debes reconocer que la conducta de esas personas es mucho menos irremediable de lo que dicen. Segundo, tienen necesidad de sentir que todo sucede bajo sus condiciones; amenaza ese deseo y se defenderán en formas solapadas. No fomentes inadvertidamente sus rebeliones discutiendo, quejándote, tratando de empujarlas en cierta dirección. Esto las hará sentirse más bajo ataque, más como víctimas, y alienta la venganza pasiva. Entra en cambio en su sistema de control, aplicando la técnica de utilización de Erickson. Sé compasivo con ellas, pero da la impresión de que, hagan lo que hagan, en realidad cooperan con tus propios deseos. Eso las trastornará; si se rebelan entonces, te harán el juego. La dinámica cambiará sutilmente, y tú tendrás margen para sugerir el cambio. De igual modo, si la otra persona esgrime como arma una debilidad fundamental (la táctica del ataque al corazón), vuelve imposible de usar contra ti esa amenaza llevándola más lejos, al punto de la parodia o el dolor. La única manera de batir a adversarios pasivos es superarlos en el control sutil.
Imagen: El boxeador. El púgil superior no
depende de su poderoso puño o rápidos
reflejos. En cambio, crea en la pelea el rit-
mo que más le aco- moda, avanzan-
do y retirándo- se al paso fija-
do por él; con- trola el ring,
conducien- do al advers-
ario al centro, a las cuerdas,
hacia o lejos de él. Maestro
del tiempo y el espacio, genera
frustración, induce errores y engendra un
derrumbe mental que precede al físico. Gana
no con los puños, sino controlando el ring.
Autoridad: Para poder estar en paz, es preciso man-
tener ocupado al enemigo. Esto lo pone a la defensi-
va; y una vez así, no podrá volver a levantarse en toda
la campaña. —Federico el Grande (1712-1786).
Esta estrategia no tiene reverso. Todo esfuerzo por semejar no controlar una situación, rehusarse a influir en una relación, es de hecho una forma de control. Al ceder el poder a los demás, adquieres una especie de autoridad pasiva que puedes usar después para tus propios fines. Eres también quien, cediéndolo a la otra parte, determina quién tiene el control. No hay escape de la dinámica del control. Quienes dicen tenerlo, practican el más insidioso de los juegos del control.