LA ESTRATEGIA DE ANIQUILACIÓN
En diciembre de 1878, los británicos declararon la guerra a los zulús, tribu guerrera de la actual Sudáfrica. El más bien endeble pretexto fue el de problemas fronterizos entre Zululandia y el estado británico de Natal; el verdadero propósito era destruir al ejército zulú, la última fuerza nativa que amenazaba los intereses británicos en el área, y absorber los territorios zulús en una confederación británica de estados. El comandante británico, el teniente general lord Chelmsford, trazó un plan para invadir Zululandia con tres columnas, la central de las cuales apuntaría a la capital de Ulundi, el corazón del reino.
A muchos ingleses en Natal les emocionaron la perspectiva de guerra y los posibles beneficios de la toma de Zululandia, pero ninguno estaba tan entusiasmado como el coronel Anthony William Durnford, de cuarenta y ocho años de edad. Durante décadas, Durnford había pasado de un solitario puesto de avanzada del imperio británico a otro, y terminado en Natal. En todos sus años de servicio en el ejército, no había visto acción una sola vez. Ansiaba demostrar su valor y méritos como soldado, pero se acercaba a la edad en que esos sueños juveniles ya no podrían cumplirse. De pronto, la inminente guerra le ofrecía la oportunidad.
Según la leyenda, Shaka alteró para siempre la naturaleza del combate en la región, inventando una pesada lanza de hoja ancha diseñada para soportar las tensiones de la lucha de cerca. Tal vez sea así; ciertamente, tanto fuentes zulús como los relatos de viajeros y oficiales blancos en el siglo XIX le acreditan ese logro. [...] Sus innovaciones militares tuvieron impacto en el folclor zulú, al menos, pues es indudable que Shaka desarrolló técnicas bélicas en un grado sin precedente, y abundan las anécdotas concernientes a sus destrezas como guerrero; quizá haya sido, en efecto, uno de los grandes genios militares de su tiempo. En lugar de vagas tácticas de refriega con lanzas ligeras, Shaka adiestró a sus guerreros para avanzar rápidamente en ceñida formación y combatir cuerpo a cuerpo, batiendo al enemigo con grandes escudos y traspasándolo después con la nueva lanza, cuando perdía el equilibrio. A juzgar por los resultados, la capacidad conquistadora de Shaka era drástica. Para 1824, los zulús habían eclipsado a todos sus rivales y extendido su influencia sobre un área muchas veces mayor que la de su patria original.
THE ANATOMY OF THE ZULU ARMY, IAN KNIGHT, 1995.
Deseoso de impresionar, Durnford se ofreció a organizar una fuerza de elite de soldados nativos de Natal para que combatieran junto a los británicos. Su ofrecimiento fue aceptado; pero cuando los británicos invadieron Zululandia a principios de enero de 1879, se le excluyó de la acción principal. Lord Chelmsford no confiaba en él, pues pensaba que su ansia de gloria lo volvía impetuoso; asimismo, para alguien sin experiencia en batalla, ya era viejo. Por tanto, Durnford y su compañía fueron estacionados en Rorke’s Drift, en el oeste de Zululandia, para ayudar a monitorear las áreas fronterizas con Natal. Obediente pero amargamente, Durnford cumplió sus órdenes.
En los primeros días tras la invasión, los británicos no pudieron localizar al principal ejército zulú, sólo grupos de hombres aquí y allá. Se sentían frustrados. El 21 de enero Chelmsford tomó la mitad de la columna central, la cual había acampado al pie de una montaña llamada Isandlwana, y la condujo al este en busca de los zulús. Una vez que hubiera encontrado al enemigo, lanzaría al frente al resto de su ejército; pero los elusivos zulús podían atacar el campamento mientras él estaba lejos, y los hombres en Rorke’s Drift eran las reservas más próximas. En necesidad de reforzar Isandlwana, mandó decir a Durnford que llevara allá su compañía. Como coronel, Durnford sería entonces el oficial de más alto rango en el campamento, pero Chelmsford no podía detenerse en las cualidades de liderazgo de Durnford: la inminente batalla era lo único en su mente.
A primera hora del 22 de enero, Durnford recibió la noticia que había esperado toda su vida. Apenas capaz de contener su emoción, dirigió a sus cuatrocientos hombres a Isandlwana, al este, llegando al campamento alrededor de las diez de la mañana. Al inspeccionar el territorio, entendió por qué Chelmsford había instalado ahí su principal campamento: al este y al sur se extendían kilómetros de ondulantes praderas; los zulús que se acercaran por ahí serían vistos con toda anticipación. Al norte estaba Isandlwana, y más allá las llanuras de Nqutu. Este lado era un poco menos seguro, pero en puntos clave de las llanuras y los pasos montañosos se habían colocado exploradores; un ataque por esa dirección casi sin duda se detectaría a tiempo.
Poco después de su llegada, Durnford recibió un informe de que una fuerza zulú aparentemente grande había sido vista en las llanuras de Nqutu en dirección al este, quizá para atacar a la mitad de la columna central de Chelmsford por la retaguardia. Chelmsford había dejado órdenes explícitas de mantener juntos en Isandlwana a los mil ochocientos hombres ahí apostados. En caso de ataque, tenían suficiente potencia de fuego para derrotar a todo el ejército zulú, siempre y cuando se mantuvieran concentrados y preservaran sus líneas en orden. Pero para Durnford era más importante hallar a la principal fuerza zulú. Los soldados británicos empezaban a inquietarse, sin saber dónde se encontraba su vaporoso enemigo. Los zulús no tenían caballería, y muchos de ellos peleaban con lanzas; una vez descubierto su escondite, lo demás sería fácil: el superior armamento y disciplina de los soldados británicos prevalecerían. Durnford pensó que Chelmsford era demasiado precavido. Como oficial de más alto rango en el campamento, decidió desobedecer las órdenes y conducir a sus cuatrocientos hombres al noreste, en paralelo a las llanuras de Nqutu, para descubrir qué tramaban los zulús.
El meticuloso uso de la cobertura por los zulús durante su avance fue observado una y otra vez por los británicos. Otro sobreviviente anónimo de Isandlwana señaló que cuando los zulús coronaron las cimas de Nyoni y estuvieron a la vista del campamento, “parecían salir casi de la tierra. De rocas y arbustos en las cumbres surgió una infinidad de hombres; algunos con rifles, otros con escudos y assegais”. El teniente Edward Hutton, del Sexagésimo, dejó una muy completa descripción del despliegue del ejército zulú para el ataque en Gingindlovu: “Las oscuras masas de hombres, en formación abierta y con admirable disciplina, se seguían unas a otras en rápida sucesión, corriendo a paso firme por los altos pastizales. Habiéndose movilizado sostenidamente en todas direcciones con tanta exactitud para quedar frente a nosotros, la mayor porción de los zulús se dividió en tres líneas, en células y grupos de cinco a diez hombres, que avanzaron hacia nosotros. [...]
Siguieron avanzando, aún corriendo, hasta llegar a unos setecientos metros de nosotros, donde comenzaron a abrir fuego. Pese a la agitación del momento, no pudimos menos que admirar la perfecta manera en que los zulús combatían. Un grupo de cinco o seis se erguían y cruzaban a toda prisa los altos pastizales, deslizándose de un lado a otro con la cabeza gacha y los rifles y escudos abajo, fuera de la vista. Luego se hundían de pronto en los elevados pastos, y nada sino bocanadas de ondulante polvo indicaba su ubicación. Después volvían a avanzar. [...]”.
La rapidez de este último avance era aterradora. Cuando los británicos dieron la orden de cese al fuego y retroceso en Isandlwana, los zulús se inmovilizaron a unos doscientos o trescientos metros de la posición británica. El teniente Curling, de la artillería, refirió que mientras sus experimentados hombres acomodaban sus armas, los zulús se precipitaron tan rápidamente que un artillero fue atravesado antes de que terminara de montar el soporte del eje de carretón. Un veterano zulú de esa batalla, uMhoti de los uKhandempemvu, dijo que el ataque final fue tan veloz que “toda la fuerza zulú se alzó sobre sus pies como una flama y se arrojó al instante sobre ellos”.
THE ANATOMY OF THE ZULU ARMY, IAN KNIGHT, 1995.
Mientras Durnford se marchaba del campamento, un explorador en las llanuras de Nqutu vio a unos zulús pastoreando ganado a unos seis kilómetros de distancia. Los persiguió en su caballo, pero los zulús se hicieron humo. Cabalgando hacia el punto donde se habían desvanecido, detuvo el potro justo a tiempo: bajo él se extendía una barranca ancha y profunda completamente invisible desde la superficie de las llanuras, y apiñados en ella, hasta donde alcanzaba a ver en ambas direcciones, estaban guerreros zulús en pleno atavío de combate, con una misteriosa intensidad en los ojos. Parecían haber estado meditando en la inminente batalla. Por un segundo, el jinete se sorprendió demasiado como para poder moverse; pero cuando cientos de lanzas le apuntaron de súbito, se volvió y partió a todo galope. Los zulús enfilaron al instante a la superficie y empezaron a salir de la barranca.
Pronto los demás exploradores en las llanuras vieron el mismo aterrador espectáculo: una amplia línea de zulús que cubría el horizonte, unos veinte mil hombres en total. Aun a la distancia, era claro que se movían en formación y que ambos extremos de la línea avanzaban como cuernos. De inmediato, los exploradores enviaron noticias al campamento de que los zulús se acercaban. Para el momento en que Durnford recibió la noticia, ya podía ver que una línea de zulús bajaba en torrente por la ladera de la cumbre frente a él. Rápidamente formó en líneas a sus hombres para repeler a los zulús mientras se replegaban al campamento. Los zulús maniobraron con increíble precisión. Lo que Durnford no pudo ver fue que los hombres de la punta izquierda del cuerno atravesaban los altos pastizales hacia la parte trasera del campamento, para unirse con el otro extremo del cuerno y completar el cerco.
Los zulús frente a Durnford y sus hombres parecían salir de la tierra, emergiendo de rocas o de los pastizales en número creciente. Un grupo de cinco o seis de ellos atacaban de pronto, arrojando lanzas o disparando rifles, y luego desaparecían en los pastizales. Cada vez que los británicos hacían una pausa para volver a cargar, los zulús se acercaban, hasta que ocasionalmente uno de ellos llegaba hasta las líneas de Durnford y destripaba a un soldado británico con la poderosa lanza zulú, la cual hacía un insoportable sonido de succión al entrar y salir.
Durnford logró que sus hombres volvieran al campamento. Los británicos estaban rodeados, pero cerraron filas y disparaban sin cesar, matando a muchos zulús y manteniéndolos a raya. Era como una práctica de tiro: tal como Durnford había predicho, su superior armamento hacía la diferencia. Miró alrededor; el combate había llegado a un punto muerto, y sus soldados respondían con relativa seguridad. Casi imperceptiblemente, sin embargo, Durnford notó un leve relajamiento en el fuego. Los soldados se quedaban sin municiones; y en el tiempo que tardaron en abrir un nuevo paquete y volver a cargar, los zulús estrecharon el círculo y una ola de terror se esparció entre los hombres mientras, aquí y allá, un soldado de las líneas del frente era traspasado por una lanza. Los zulús pelearon con una intensidad que los británicos no habían visto nunca; precipitándose como si las balas no pudieran hacerles daño, parecían estar en trance.
De repente, sintiendo el momento decisivo de la batalla, los zulús empezaron a golpear sus escudos con sus lanzas y a emitir su grito de guerra: “¡Usuthu!”. Era un estrépito aterrador. En el extremo norte del campamento, un grupo de soldados británicos retrocedió; eran apenas unos cuantos, horrorizados por la vista y el ruido de los zulús, ya entonces a sólo unos metros de distancia, pero los nativos entraron a montones por la grieta. Como si respondieran a una señal, quienes estaban en el círculo entre los dos cuernos hicieron llover lanzas sobre los británicos, matando a muchos y causando estragos en sus líneas. Salida de la nada, se precipitó entonces una fuerza de reserva, reforzando el círculo y duplicando su agobiante poder. Durnford trató de mantener el orden, pero era demasiado tarde: en cuestión de segundos se impuso el pánico. Era ya sálvese quien pueda.
Durnford corrió a la única brecha en el cerco y trató de mantenerla abierta para que sus restantes hombres pudieran replegarse a Rorke’s Drift. Minutos después fue atravesado por una lanza zulú. Pronto, la batalla en Isandlwana había terminado. Unos cientos lograron escapar por la brecha que Durnford defendía al morir; el resto, más de mil cuatrocientos hombres, murió.
Luego de tan devastadora derrota, las fuerzas británicas salieron de inmediato de Zululandia. Por lo pronto, la guerra había llegado a su fin, aunque no como los británicos hubieran esperado.
Interpretación
Meses después de la derrota en Isandlwana, los británicos montaron una invasión mayor y finalmente derrotaron a los zulús. Pero la lección de Isandlwana sigue siendo instructiva, considerando en particular la increíble discrepancia en tecnología.
La manera zulú de combatir había sido perfeccionada decenios atrás por el rey zulú Shaka, quien para la década de 1820 había transformado una tribu relativamente menor en la mayor fuerza combativa de la región. Shaka inventó la pesada lanza zulú de hoja ancha, la assegai, devastadora en batalla. Impuso una rigurosa disciplina, adiestrando a los zulús en el avance y cerco de sus enemigos con la precisión de una máquina. El círculo era extremadamente importante en la cultura zulú, como símbolo de unidad nacional, motivo de obras de arte y patrón dominante en la guerra. Los zulús no podían pelear durante periodos largos, pues su cultura exigía prolongados rituales de purificación tras el derramamiento de sangre en batalla. Durante esos rituales, eran completamente vulnerables al ataque; ningún zulú podía volver a combatir, y ni siquiera reintegrarse a la tribu, hasta haber sido purificado. El inmenso ejército zulú también era costoso de mantener en el campo. Así, una vez movilizado, tenía no sólo que derrotar a sus enemigos en batalla, sino también aniquilar hasta al último de ellos, para eliminar la posibilidad de un contrataque durante el vulnerable periodo de purificación y permitir una rápida desmovilización. El cerco era el método zulú de obtener esa completa victoria.
Tan pronto como amaneció, Aníbal envió por delante a los baleares y la demás infantería ligera. Luego cruzó el río en persona y, cuando cada división atravesaba, le asignaba su lugar en la línea. A los caballos galos e hispanos los apostó cerca de la orilla, en el ala izquierda, frente a la caballería romana; el ala derecha fue asignada a los soldados de caballería númidas. El centro consistía en una vigorosa fuerza de infantería, galos e hispanos en medio, los africanos a ambos lados de ellos. [...]
Estas naciones, más que ninguna otra, inspiraban terror por la vastedad de su estatura y su temible apariencia; los galos iban desnudos de la cintura para arriba, los hispanos habían tomado su posición vistiendo túnicas blancas bordadas de púrpura, de deslumbrante brillo. El número total de soldados de infantería en el campo [en Cannas] era de cuarenta mil, y había diez mil de caballería. Asdrúbal estaba al mando del ala izquierda, Marhabal de la derecha; el propio Aníbal, con su hermano Mago, dirigía el centro. Fue de gran utilidad para ambos ejércitos que el sol cayera oblicuamente sobre ellos, ya sea porque deliberadamente se hubieran colocado así o por accidente, pues los romanos veían al norte; los cartagineses, al sur.
El viento, llamado Vulturno por los pobladores, estaba contra los romanos, y levantaba grandes nubes de polvo ante sus rostros, impidiéndoles ver hacia delante. Cuando la batalla [en Cannas] se desató, las tropas auxiliares marcharon al frente, y la batalla dio inicio con la infantería ligera. Luego los galos e hispanos de la izquierda trabaron combate con la caballería romana de la derecha; la batalla no era del todo una pugna de caballería, porque no había margen de maniobra; el río a un lado y la infantería al otro los encerraban, y los compelían a pelear cara a cara.
Cada bando trataba de abrirse paso, hasta que por fin los caballos formaron una apretada masa, y los jinetes prendieron a sus adversarios e intentaron derribarlos de sus caballos. Aquello se había convertido principalmente en una contienda de infantería, feroz pero breve, y la caballería romana fue repelida y esquivada.
Justo cuando la batalla de caballería terminó, la infantería entró en combate, y mientras los galos e hispanos mantuvieron intactas sus filas, ambos bandos estuvieron equilibrados en fuerza y valor. Al fin, luego de prolongados y repetidos esfuerzos, los romanos cerraron filas, escalonaron su frente y, por el enorme peso de su profunda columna, se abatieron sobre la división del enemigo que estaba estacionada frente a la línea de Aníbal, demasiado diluida y débil para resistir la presión. Sin hacer una pausa, persiguieron a sus quebrantados y huidizos enemigos hasta ahuyentarlos. Abriéndose paso entre la masa de los fugitivos, que no ofrecían resistencia, penetraron hasta donde estaban los africanos, estacionados en ambas alas, un poco más atrás que los galos e hispanos que habían formado la avanzada central. Cuando éstos retrocedieron, el frente se aplanó; y cuando continuaron cediendo, se volvió cóncavo y en forma de media luna, formando los africanos los cuernos en cada extremo. Al arrojarse imprudentemente entre ellos, los romanos fueron enfilados por las dos alas, que se extendieron y se cerraron sobre ellos en la retaguardia.
En ese momento, los romanos, que habían dado una batalla sin propósito, dejaron a los galos e hispanos, cuya retaguardia habían sacrificado, e iniciaron una nueva batalla con los africanos. La contienda era muy desigual, ya que los romanos no sólo estaban encerrados por todas partes, sino que además, exhaustos por el combate previo, enfrentaban nuevos y vigorosos adversarios.
HISTORIA DE ROMA, TITO LIVIO, 59 A.C.-17 D.C.
Antes de una batalla, los zulús exploraban el terreno en busca de escondites. Cuando se observan las praderas y llanuras de Sudáfrica, da la impresión de que ofrecen amplia visibilidad, pero suelen ocultar barrancas y cañadas imposibles de detectar a cualquier distancia. Aun de cerca, pastos y rocas brindan excelente cobertura. Los zulús se desplazaban velozmente a sus escondites; los pies duros como cuero luego de años de correr entre los pastizales. Enviaban partidas de exploradores como distracciones para encubrir los movimientos de la fuerza principal.
Una vez que emergían de su escondite y se dirigían a la batalla, formaban lo que ellos mismos llamaban los “cuernos, pecho y lomo”. El pecho era la parte central de la línea, que contenía e inmovilizaba a la fuerza enemiga. Entre tanto, los cuernos a cada lado la cercaban, desplazándose por los lados y la retaguardia. A menudo la punta de un cuerno permanecía oculta detrás de altos pastos o rocas; cuando emergía para completar el cerco, propinaba al mismo tiempo al enemigo un atroz impacto psicológico. El lomo era una fuerza de reserva escondida para ser lanzada en el coup de grâce. Estos hombres solían dar la espalda a la batalla, para no exaltarse demasiado y arrojarse a ella antes de tiempo.
Años después de Isandlwana una comisión atribuyó la responsabilidad del desastre a Durnford, pero en realidad no fue culpa suya. Ciertamente los británicos permitieron que se les rodeara, pero se las arreglaron para formar líneas en decoroso orden y se defendieron bien y valientemente. Lo que los destruyó fue lo que destruyó a todos los adversarios de los zulús: el terror producido por la precisión de los movimientos de éstos, la sensación de encierro en un espacio cada vez más estrecho, la ocasional vista de un compañero sucumbiendo a la espantosa lanza zulú, los gritos de guerra, la lluvia de lanzas en el momento de mayor debilidad, la pesadillesca visión de una fuerza de reserva de pronto sumada al círculo. Pese a la superioridad de su armamento, los británicos se desplomaron bajo esa calculada presión psicológica.
Los seres humanos somos criaturas extremadamente astutas: en el desastre o la desgracia, solemos encontrar una manera de adaptarnos, de dar un giro radical a la situación. Buscamos una grieta, y con frecuencia la hallamos; prosperamos en la esperanza, el ingenio y la voluntad. La historia de la guerra está llena de anécdotas de drásticos vuelcos y ajustes, excepto en un caso: el envolvimiento. Ya sea físico o psicológico, ésta es la única excepción real a la posibilidad de alterar radicalmente las cosas.
Apropiadamente ejecutada, esta estrategia no da a tus adversarios grietas que explotar, ni esperanza alguna. Están rodeados, y el círculo es cada vez más estrecho. En el espacio abstracto de la guerra social y política, el cerco puede ser cualquier maniobra que les dé a tus adversarios la sensación de ser atacados por todas partes, arrinconados y sin esperanzas de realizar un contrataque. Sintiéndose rodeados, su fuerza de voluntad se debilitará. Como los zulús, mantén una fuerza en reserva, el lomo que opere después con tus cuernos; hiere a tus enemigos con esa fuerza cuando sientas que su debilidad aumenta. Deja que lo desesperado de su situación cerque su mente.
Debes hacer que tu contrincante reconozca la derrota desde el fondo de su corazón.
—Miyamoto Musashi (1584-1645).
Hace miles de años, los seres humanos vivíamos una vida nómada, vagando por desiertos y llanuras, cazando y recolectando. Luego decidimos vivir en asentamientos y cultivar nuestros alimentos. Este cambio nos dio bienestar y control, pero en una parte de nuestro espíritu seguimos siendo nómadas: no podemos menos que asociar el espacio para errar y vagar con una sensación de libertad. Para un gato, los estrechos espacios cerrados pueden significar bienestar, pero para nosotros evocan ahogo. A través de los siglos este reflejo se ha vuelto más psicológico: la sensación de tener opciones en una situación, un futuro con perspectivas, se traduce en algo semejante a la sensación del espacio abierto. Nuestra mente prospera con la noción de que hay posibilidades y un margen estratégico de maniobra.
A la inversa, la sensación de encierro psicológico nos molesta sobremanera, lo que a menudo nos hace reaccionar en forma desproporcionada. Cuando alguien o algo nos cerca —reduciendo nuestras opciones, acosándonos por todas partes—, perdemos el control de nuestras emociones y cometemos errores que vuelven más desesperada la situación. En los grandes asedios militares de la historia, el mayor peligro procede casi siempre del pánico y la confusión entre los defensores. Sin posibilidad de ver qué pasa más allá del sitio, habiendo perdido contacto con el mundo exterior, también pierden la comprensión de la realidad. Un animal que no puede observar el mundo a su alrededor está perdido. Cuando lo único que ves son zulús que se aproximan, sucumbes al pánico y a la confusión.
Las batallas de la vida diaria no ocurren en un mapa, sino en un tipo de espacio abstracto definido por la capacidad de la gente para maniobrar, actuar en tu contra, limitar tu poder y reducir tu tiempo para responder. Concede a tus adversarios cualquier margen en ese espacio abstracto o psicológico y lo explotarán, por poderos@ que seas o por brillantes que sean tus estrategias, así que hazlos sentirse rodeados. Contrae sus posibilidades de acción y cierra sus vías de escape. Así como los habitantes de una ciudad sitiada pueden perder poco a poco la cabeza, tus adversarios enloquecerán al carecer de espacio para maniobrar contra ti.
Hay muchos modos de envolver a tus adversarios, pero quizá el más simple sea hacer pleno uso en una estrategia de cercamiento de cualquier fortaleza o ventaja que poseas naturalmente.
En su pugna por conseguir el control de la caótica industria petrolera estadunidense en la década de 1870, John D. Rockefeller —fundador y presidente de Standard Oil— se empeñó primero en obtener el monopolio de los ferrocarriles, entonces el principal medio de transporte del petróleo. Luego procedió a conseguir el control de los oleoductos que unían a las refinerías con los ferrocarriles. Los productores independientes de petróleo reaccionaron asociándose entre sí para financiar un oleoducto propio que corriera de Pensilvania a la costa, con lo que eludirían la necesidad de ferrocarriles y de la red de oleoductos de Rockefeller. Éste intentó acaparar los terrenos situados en el trayecto de ese ducto, bajo construcción por una compañía llamada Tidewater, pero sus contendientes lo entramparon, construyendo una tubería en zigzag en todo el recorrido hasta el mar.
Rockefeller enfrentó el paradigma clásico en la guerra: un enemigo motivado utilizaba cada grieta en sus defensas para evitar que adquiriera el control, ajustándose y aprendiendo a combatirlo sobre la marcha. Su solución fue una maniobra de envolvimiento. Primero, Rockefeller construyó su propio oleoducto hasta el mar, más grande que el de Tidewater. Después inició una campaña de compra de acciones de Tidewater, obteniendo una participación minoritaria en ella y operando desde dentro para dañar su crédito y provocar disensión. Entonces emprendió una guerra de precios, minando el interés en el oleoducto de Tidewater. Y compró refinerías antes de que se hicieran clientes de Tidewater. Para 1882, su envolvimiento era completo: Tidewater se vio obligada a llegar a un arreglo que dio a Standard Oil mayor control sobre el embarque de petróleo que el que tenía antes de esta guerra.
El método de Rockefeller fue crear incesante presión desde todas las direcciones posibles. El resultado fue confusión de parte de los productores independientes de petróleo: no podían saber hasta dónde llegaba el control de Rockefeller, pero parecía enorme. Aún tenían opciones en el momento en que se rindieron, pero estaban desgastados y se les había hecho creer que la batalla estaba perdida. El envolvimiento de Tidewater fue posible gracias a los inmensos recursos a disposición de Rockefeller, pero usó estos recursos no sólo práctica, sino también psicológicamente, generando una imagen de sí mismo como enemigo implacable que no dejaría grietas por las que el enemigo pudiera escabullirse. Ganó no sólo por lo mucho que gastó, sino también por el uso que dio a sus recursos para producir presión psicológica.
Para envolver a tus enemigos, debes usar lo que tengas en abundancia. Si tienes un gran ejército, úsalo para dar la apariencia de que tus fuerzas están en todas partes, causar una presión de cercamiento. Así fue como Toussaint l’Ouverture terminó con la esclavitud en el actual Haití, a fines del siglo XVIII, y liberó a esa isla del dominio de Francia: usó el gran número de negros para hacer sentir a los blancos en la isla que estaban irremediablemente rodeados por una fuerza hostil. Ninguna minoría puede soportar mucho tiempo esa sensación.
Esa noche Ren Fu estacionó las tropas [del ejército de Song] junto al río Haoshui, mientras que Zhu Guan y Wu Ying acamparon en un afluente de ese río. Los separaban unos cinco li. Exploradores informaron que las fuerzas de Xia eran inferiores en número y parecían algo temerosas. Ren Fu perdió entonces su cautela y sintió desdén por los hombres de Xia. No impidió a sus oficiales y hombres perseguir al ejército de Xia y capturar sus abandonadas provisiones.
Geng Fu le recordó que los hombres de Xia siempre habían sido falaces y le aconsejó someter las tropas a disciplina y avanzar lentamente en formación regular. También debían despacharse exploradores a inspeccionar mejor las áreas circundantes para descubrir qué tretas urdía el enemigo. Sin embargo, Ren Fu ignoró este consejo. Hizo arreglos con Zhu Guan para avanzar por rutas separadas en persecución del enemigo y unir sus fuerzas en la desembocadura del río Haoshui al día siguiente.
Los jinetes de Xia simularon derrota, emergiendo aquí y allá a cuatro o cinco li frente al ejército de Song. Ren Fu y Zhu Guan se precipitaron tras ellos, llegando al cabo al norte de la ciudad de Longgan. Ahí los soldados de Xia desaparecieron repentinamente de su vista. Ren Fu se percató por fin de que había sido engañado y decidió sacar a las tropas de esa montañosa región.
Al día siguiente condujo a sus hombres al oeste, a lo largo del río Haoshui. Finalmente abandonaron las montañas Liupan y avanzaron hacia la ciudad de Yangmulong. En ese trance, Ren Fu recibió informes de actividad enemiga en los alrededores. Tuvo que mandar hacer alto a sus tropas a unos cinco li de esa ciudad y ordenarlas en formación defensiva. Justo en ese momento se descubrieron junto al camino grandes cajas de madera. Estaban bien cerradas y un sonido crujiente emanaba de ellas. Curiosamente, Ren Fu ordenó que fueran abiertas. De súbito, docenas de palomas salieron revoloteando de las cajas y se elevaron al cielo, con ruidosos tintineos que procedían de los cascabeles atados a sus patas. Entonces, los soldados de Song contemplaron, pasmados, que grandes huestes de Xia aparecían por todas direcciones hasta formar un cerco completo.
Al oír los cascabeles de las palomas, Yuanhao supo que el ejército de Song había entrado en el anillo de su emboscada. Así, envió un general asistente con cincuenta mil hombres a rodear y atacar la banda dirigida por Zhu Guan, y condujo personalmente a la otra mitad de sus tropas contra Ren Fu, al que creía más difícil adversario que Zhu Guan. [...]
Los soldados de Song no podían penetrar el cerco y se veían compelidos a continuar la embrollada lucha. Muchos murieron, y algunos, desesperados, se arrojaron incluso al precipicio. El propio Ren Fu fue alcanzado por más de una docena de flechas. Uno de sus guardias lo instó a rendirse, la que parecía la única manera de salvar su vida y la del resto de sus hombres. Pero Ren Fu suspiró y dijo: “Soy general de Song y pagaré esta derrota con mi vida”. Blandió así su mazo y luchó con vehemencia hasta ser mortalmente herido en la cara con una lanza. Entonces se quitó la vida estrangulándose. Todos los oficiales subordinados de Ren Fu murieron en combate, y su ejército fue totalmente aniquilado.
THE WILES OF WAR: 36 MILITARY STRATEGIES FROM ANCIENT CHINA, TRADUCCIÓN DE SUN HAICHEN, 1991.
Recuerda: el poder del envolvimiento es en última instancia psicológico. Hacer que la otra parte se sienta vulnerable al ataque por muchos lados es tan eficaz como envolverla físicamente.
En la secta chiíta ismaelita durante los siglos XI y XII d.C., un grupo más tarde conocido como los Asesinos aplicó la estrategia de matar a líderes islámicos clave que habían intentado perseguir a esa secta. Su método era infiltrar un Asesino en el círculo íntimo de su blanco de ataque, reclutando incluso a su guardaespaldas. Pacientes y eficientes, los Asesinos fueron capaces a lo largo de los años de infundir el temor de que podían atacar en cualquier momento y a cualquier persona. Ningún califa ni visir se sentía seguro. Esta técnica fue una obra maestra de economía, ya que a la larga los Asesinos mataron en realidad a muy pocas personas, pero la amenaza que representaban dio a los ismaelitas gran poder político.
Unos cuantos golpes oportunos para hacer que tus enemigos se sientan vulnerables en múltiples formas y desde múltiples direcciones harán lo mismo por ti. A menudo, de hecho, menos es más en este caso: demasiados golpes te darán forma, personalidad: algo ante lo que la otra parte puede responder y desarrollar una estrategia de combate. Por el contrario, da la impresión de ser vaporoso. Haz que tus maniobras sean imposibles de anticipar. Tu cercamiento psicológico será absolutamente siniestro y completo.
Los mejores cercos son aquellos que aprovechan las vulnerabilidades preexistentes e inherentes del enemigo. Estáte alerta, así, a signos de arrogancia, precipitación u otras desventajas psicológicas. Una vez que Winston Churchill descubrió la vena paranoica de Adolfo Hitler, se esmeró en dar la impresión de que el eje podía ser atacado por cualquier parte: los Balcanes, Italia, el oeste de Francia. Los recursos de Churchill eran magros; sólo podía insinuar esas posibilidades mediante el engaño. Pero con eso bastó: un hombre como Hitler no podía soportar la idea de ser vulnerable por cualquier dirección. Para 1942, sus fuerzas estaban desplegadas en vastas partes de Europa, y las estratagemas de Churchill lo hicieron diluirlas aún más. En cierto momento, un mero amago en los Balcanes lo indujo a retirar fuerzas de la invasión a Rusia, lo que a la larga le costó muy caro. Alimenta los temores de los paranoicos y empezarán a imaginar ataques en los que ni siquiera habías pensado; su exaltado cerebro hará gran parte del cerco por ti.
Cuando el general cartaginés Aníbal planeaba lo que resultó quizá el más devastador envolvimiento de la historia —su victoria en la Batalla de Cannas en 216 a.C.—, supo por sus espías que uno de los generales romanos, Varrón, era arrebatado, arrogante y bravucón. Aníbal era inferior en número dos a uno, pero tomó dos decisiones estratégicas que alteraron ese hecho. Primero, atrajo a los romanos a terreno estrecho, donde su mayor número les dificultaría maniobrar. Segundo, debilitó el centro de sus propias líneas, colocando a sus mejores tropas y caballería en los extremos de esas líneas. Dirigidos por el arrojado Varrón, los romanos atacaron por el centro, el cual cedió. Avanzaban cada vez más. Luego, así como los zulús rodearon a los británicos con dos cuernos, los extremos de la línea cartaginesa se lanzaron hacia el centro, encerrando a los romanos en un ceñido y fatal abrazo.
Los impetuosos, violentos y arrogantes son particularmente fáciles de atraer a las trampas de las estrategias de envolvimiento: hazte pasar por débil o tont@ y te atacarán sin detenerse a pensar adónde van. Sin embargo, cualquier desventaja emocional de parte del adversario, o cualquier gran deseo o anhelo incumplido, puede ser ingrediente del cercamiento.
Así fue como los iraníes envolvieron al gobierno del presidente Ronald Reagan en 1985-1986, en lo que se llamó el caso Irán-contras. Estados Unidos encabezaba un embargo internacional contra la venta de armas a Irán. Al combatir ese boicot, los iraníes percibieron dos debilidades estadunidenses: primero, el congreso había suspendido el financiamiento a la guerra de los contras con el gobierno sandinista en Nicaragua —causa valiosa para el gobierno de Reagan—, y segundo, al gobierno le preocupaba mucho el creciente número de estadunidenses mantenidos como rehenes en Medio Oriente. Aprovechando esos deseos, los iraníes atrajeron a los estadunidenses a una trampa similar a la de Cannas: ellos trabajarían por la liberación de los rehenes y financiarían en secreto a los contras, a cambio de armas.
Parecía demasiado bueno para rechazarlo; pero conforme los estadunidenses se sumergían en esa red de duplicidad (acuerdos clandestinos, reuniones secretas), veían reducirse su margen de maniobra: los iraníes pedían más a cambio de menos. Al final recibieron muchas armas, mientras que los estadunidenses sólo consiguieron un puñado de rehenes y poco dinero como para que hiciera la diferencia en Nicaragua. Peor aún, los iraníes confiaron a otros diplomáticos la existencia de tales acuerdos “secretos”, con lo que cerraron el círculo al asegurar que también le serían revelados a la sociedad estadunidense. Para los funcionarios gubernamentales implicados en el caso, no había posible vía de escape del embrollo al que se les había atraído. Bajo intensa presión por todas partes a medida que la noticia sobre el acuerdo se hacía pública, sus intentos por encubrirlo o explicarlo sólo empeoraron la situación.
Al atraer a tus enemigos a una trampa así, siempre intenta hacerles sentir que están al control de la situación. Avanzarán tanto como tú desees. Muchos de los estadunidenses implicados en el caso Iráncontras creían estar engañando a los ingenuos iraníes.
Por último, no te limites a envolver las fuerzas de tu adversario o sus emociones inmediatas: envuelve más bien su estrategia entera; en realidad, todo su marco conceptual. Esta forma suprema de envolvimiento implica estudiar primero las predecibles partes rígidas de la estrategia de tus adversarios y elaborar después una novedosa estrategia propia que sea ajena a la experiencia de ellos. Al enfrentar a los ejércitos del Islam, Rusia, Polonia, Hungría y la Orden Teutónica, los mongoles no sólo los derrotaron: los aniquilaron; habiendo inventado una guerra móvil, desecharon métodos de combate con siglos de antigüedad. Este tipo de desajuste estratégico puede conducir a la victoria no sólo en una batalla específica, sino también en campañas a gran escala: la meta por excelencia de cualquier modalidad de guerra.
Imagen:
El nudo corredizo.
Una vez en su lugar,
no hay es- capatoria ni
espera- nza. Ante la
sola idea de verse
atrapado en él, el
enemigo se deses-
perará y luchará,
pero sus frenéticos
esfuerzos por esca-
par sólo apresurarán
su destrucción
Autoridad: Mete un mono a una jaula y será como un cerdo; no porque no sea listo y ágil, sino porque no tendrá espacio para ejercer libremente sus capacidades. —Huainanzi (siglo II a.C.).
El peligro del envolvimiento es que, a menos que sea completamente exitoso, puede dejarte en una posición vulnerable. Has anunciado tus planes. El enemigo sabe que intentas aniquilarlo; y a menos que puedas lanzar pronto tu puñetazo para noquear, se empeñará furiosamente no sólo en defenderse, sino también en destruirte; para entonces, tu destrucción será su única salvaguarda. Algunos ejércitos que han fracasado en sus envolvimientos se han visto rodeados más tarde por sus enemigos. Usa esta estrategia sólo cuando tengas una razonable posibilidad de llevarla hasta la conclusión que deseas.