24 Adopta la línea menos esperada

LA ESTRATEGIA DE LO ORDINARIO-EXTRAORDINARIO

La gente espera que tu conducta se ajuste a los patrones y convenciones establecidos. Tu tarea como estratega es arruinar sus expectativas. Sorpréndela y el caos y lo impredecible —que ella trata desesperadamente de mantener a raya— entrarán a su mundo; y en el consecuente desorden mental, caerán sus defensas y ella será vulnerable. Haz primero algo ordinario y convencional para fijar su imagen de ti, y sorpréndela después con lo extraordinario. El terror es mayor por repentino. Nunca confíes en una estrategia heterodoxa que haya funcionado antes; será convencional para la segunda ocasión. A veces lo ordinario es extraordinario por inesperado.

GUERRA NO CONVENCIONAL

Hace miles de años, los jefes militares —sabedores de las increíblemente altas apuestas implicadas en la guerra— buscaban por todas partes cualquier cosa que pudiera dar una ventaja a su ejército en el campo de batalla. Algunos generales particularmente astutos ideaban novedosas formaciones de tropas o un innovador uso de la infantería o la caballería: la novedad de la táctica impedía al enemigo preverla. Siendo inesperada, creaba confusión en el enemigo. Un ejército que había obtenido de este modo la ventaja de la sorpresa a menudo podía convertirla en victoria en el campo de batalla, y tal vez en una cadena de victorias.

El enemigo, sin embargo, se empeñaba en dar con una defensa contra la nueva estrategia, cualquiera que fuera, y con frecuencia encontraba una muy rápido. Así que lo que alguna vez había brindado un brillante éxito y era el epítome de la innovación, pronto dejaba de funcionar, y de hecho se volvía convencional. Además, en el proceso de elaborar una defensa contra una novedosa estrategia, el propio enemigo solía verse obligado a innovar; era entonces su turno de introducir algo sorpresivo y terriblemente eficaz. Y así continuaba el ciclo. La guerra siempre ha sido despiadada; nada es no convencional por mucho tiempo. Todo se reduce a innovar o morir.

Todo lo que el enemigo espera menos resultará ser lo mejor. Si confía para su seguridad en una cadena montañosa que cree impracticable, y tú cruzas esas montañas por caminos desconocidos para él, para empezar se confundirá, y si lo apremias no tendrá tiempo para recuperarse de su consternación. De igual manera, si se coloca detrás de un río para defender el cruce y encuentras un vado arriba o abajo por el cual cruzar que sea desconocido para él, esta sorpresa lo descompondrá y confundirá. [...]

FEDERICO EL GRANDE, 1712-1786.

En el siglo XVIII, nada fue más pasmoso que las tácticas del rey prusiano Federico el Grande. Para superar el éxito de Federico, teóricos militares franceses ingeniaron ideas radicalmente nuevas que finalmente fueron probadas en el campo de batalla por Napoleón. En 1806, Napoleón aplastó a los prusianos —quienes seguían usando las alguna vez no convencionales tácticas de Federico el Grande, ya para entonces anticuadas— en la Batalla de Jena-Auerstadt. La derrota de los prusianos fue humillante; entonces les correspondía a ellos innovar. Estudiaron a fondo el éxito de Napoleón, adaptaron sus mejores estrategias y las llevaron más lejos todavía, sembrando las semillas para la formación del estado mayor alemán. Este nuevo ejército prusiano desempeñó un importante papel en la derrota de Napoleón en Waterloo y procedió a dominar por décadas la escena militar.

En la época moderna, el constante reto a exceder al enemigo con algo nuevo y no convencional ha dado un giro hacia la guerra sucia. Relajando los códigos de honor y moral que en el pasado limitaron lo que un general podía hacer (al menos hasta cierto punto), los ejércitos modernos han abrazado poco a poco la idea de que todo se vale. Tácticas guerrilleras y terroristas se han conocido desde tiempos antiguos; ahora se han vuelto no sólo más comunes, sino también más estratégicas y refinadas. La propaganda, la desinformación, la guerra psicológica, el engaño y los medios políticos para librar guerras se han convertido en ingredientes activos de toda estrategia no convencional. Una contraestrategia suele desarrollarse para hacer frente a lo más reciente en la guerra sucia, pero a menudo implica caer en el nivel del enemigo, combatiendo fuego con fuego. El enemigo sucio se adapta a ello hundiéndose en un nivel más sucio todavía, creando así una espiral descendente.

Esta dinámica es particularmente intensa en la guerra, pero permea todos los aspectos de la actividad humana. Si tú te mueves en el medio de la política y los negocios y tus adversarios o competidores dan con una estrategia novedosa, debes adaptarte a ella para tus propósitos, o mejor aún, superarla. Su alguna vez nueva táctica se vuelve convencional entonces, y en última instancia inútil. Nuestro mundo es tan ferozmente competitivo que una parte terminará casi siempre recurriendo a algo sucio, fuera de los antiguos códigos de conducta aceptada. Ignora esa espiral por un sentido moral o de orgullo y te pondrás en severa desventaja; estás condenad@ a responder, con toda probabilidad para pelear un poco sucio tú mism@.

Esta espiral domina no sólo la política y los negocios, sino también la cultura, con su desesperada búsqueda de lo impactante y novedoso para atraer atención y conseguir una aclamación momentánea. Todo se vale. La celeridad de este proceso ha aumentado exponencialmente al paso del tiempo; lo que hace unos años era no convencional en las artes, ahora parece insoportablemente trillado y el colmo del conformismo.

Lo que consideramos no convencional ha cambiado a lo largo de los años, pero las leyes que vuelven efectivo lo no convencional, basadas como están en la psicología elemental, son eternas. Y esas leyes inmutables se revelan en la historia de la guerra. Hace casi dos mil quinientos años, el gran estratega chino Sun-tzu expresó su esencia al ocuparse de los medios ordinarios y extraordinarios; su análisis es tan relevante para la política y cultura modernas como lo es para la guerra, limpia o sucia. Y una vez que tú comprendas la esencia de la guerra no convencional, podrás usarla en tu vida diaria.

La guerra no convencional tiene cuatro importantes principios, tomados de los grandes practicantes de este arte:

Opera fuera de la experiencia del enemigo. Los principios de la guerra se basan en precedentes: una especie de canon de estrategias y contraestrategias se ha desarrollado a través de los siglos, y como la guerra es tan peligrosamente caótica, los estrategas terminan por depender de esos principios a falta de otra cosa. Filtran entonces lo que sucede por medio de lo que sucedió en el pasado. Los ejércitos que han estremecido al mundo, sin embargo, siempre han encontrado la manera de operar fuera de ese canon, y por lo tanto fuera de la experiencia del enemigo. Esta capacidad impone caos y desorden en el enemigo, el cual no puede orientarse a la novedad y se desploma en el proceso.

Tu tarea como estratega es conocer bien a tus enemigos y usar después ese conocimiento para forjar una estrategia que vaya más allá de su experiencia. Lo que hayan podido leer o saber sobre el asunto importa menos que su experiencia personal, la cual domina su vida emocional y determina sus reacciones. Cuando los alemanes invadieron Francia en 1940, los franceses tenían conocimientos de segunda mano de su estilo de blitzkrieg a causa de la invasión de Polonia el año anterior, pero jamás lo habían experimentado personalmente y fueron aplastados. Una vez que se usa una estrategia y ésta deja de ser ajena a la experiencia de tu enemigo, sin embargo, no tendrá el mismo efecto si la repites.

Desprende lo extraordinario de lo ordinario. Para Sun-tzu y los antiguos chinos, hacer algo extraordinario tenía poco efecto sin una preparación con algo ordinario. Tenían que combinarse las dos cosas: fijar las expectativas de los contrincantes con una maniobra banal y ordinaria, un patrón cómodo cuyo seguimiento dieran por supuesto. Suficientemente hipnotizado el enemigo, se le atacaba después con lo extraordinario, una admirable demostración de fuerza desde un ángulo enteramente nuevo. Enmarcado en lo predecible, el golpe tenía doble impacto.

La maniobra no convencional que confundía a los enemigos, sin embargo, se había vuelto convencional para la segunda o tercera vez. Así, el general artero podía volver a la estrategia ordinaria que había usado antes para fijar la atención de los enemigos, y usarla ahora para su principal ataque, porque eso sería lo último que el enemigo esperaría. De este modo, lo ordinario y lo extraordinario sólo son efectivos si se turnan es una espiral incesante. Esto se aplica a la cultura tanto como a la guerra: para llamar la atención con un producto cultural, tienes que crear algo nuevo; pero algo sin ninguna referencia a la vida ordinaria no es algo no convencional, sino algo meramente extraño. Lo verdaderamente impactante y extraordinario se desprende de lo ordinario. El entrelazamiento de lo ordinario y lo extraordinario es la definición misma de surrealismo.

Haz un movimiento en falso, no para que pase por genuino, sino para transformarlo en genuino luego de que el enemigo se haya convencido de su falsedad.

THE WILES OF WAR: 36 MILITARY STRATEGIES FROM ANCIENT CHINA, TRADUCCIÓN DE SUN HAICHEN, 1991.

Actúa tan extravagantemente como un zorro. Pese a las apariencias, un profundo desorden e irracionalidad acecha bajo la superficie de la sociedad y los individuos. A eso se debe que nos esforcemos tan desesperadamente por mantener el orden y que la gente que actúa en forma irracional pueda ser tan aterradora: demuestra que ha traspasado los muros que erigimos para mantener fuera lo irracional. No podemos predecir qué hará después, y tendemos a evitarla; no vale la pena enredarse con esas fuentes de caos. Por otro lado, esa gente también puede inspirar admiración y respeto, porque en secreto tod@s deseamos tener acceso a los mares irracionales que se agitan en nuestro interior. En tiempos antiguos, se creía que los locos eran objeto de la posesión divina; hoy sobrevive un residuo de esa actitud. Los más grandes generales siempre han tenido un toque de divina locura estratégica.

El secreto es mantener esa vena bajo control. Permítete operar en ocasiones en forma deliberadamente irracional, pero menos es más: hazlo demasiado y podrías acabar encerrad@. En cualquier caso, atemorizarás más a la gente mostrando un ocasional destello de locura, justo lo suficiente para trastornar a tod@s y hacer que se pregunten qué vendrá después. Como opción, actúa en forma algo casual, como si lo que haces estuviera determinado por una tirada de dados. La casualidad es sumamente perturbadora para los seres humanos. Concibe esta conducta como una especie de terapia, una oportunidad para ceder de vez en cuando a lo irracional, un alivio de la opresiva necesidad de parecer siempre normal.

Mantén las ruedas en constante movimiento. Lo no convencional es generalmente dominio de los jóvenes, quienes no están conformes con las convenciones y derivan gran placer de burlarse de ellas. El peligro es que, cuando maduramos, necesitamos más comodidad y predecibilidad y perdemos el gusto por lo heterodoxo. Así fue como Napoleón declinó como estratega: terminó por depender más del tamaño de su ejército y su superioridad en armamento que de estrategias novedosas y fluidas maniobras. Perdió el gusto por el espíritu de la estrategia y sucumbió al creciente peso de los años. Debes combatir el proceso del envejecimiento psicológico aún más que el físico, pues una mente llena de estratagemas, trucos y maniobras fluidas te mantendrá joven. Proponte romper los hábitos que has desarrollado, o actuar en forma contraria a como has operado en el pasado; practica una especie de guerra no convencional en tu propia mente. Mantén girando las ruedas y hollado el suelo para que nada se estanque ni ahogue en lo convencional.

Nadie es tan valiente como para que no lo perturbe algo inesperado.

—Julio César (100-44 a.C.).

EJEMPLOS HISTÓRICOS

1. En 219 a.C., Roma decidió que ya había tenido suficiente con Cartago, que le había estado causando problemas en Hispania, donde ambas ciudades-Estado tenían valiosas colonias. Los romanos declararon la guerra a Cartago y se prepararon para enviar un ejército a Hispania, donde las fuerzas del enemigo eran encabezadas por el general Aníbal, entonces de veintiocho años de edad. Pero antes de que los romanos llegaran hasta Aníbal, recibieron la alarmante noticia de que él iba hacia ellos: ya había marchado al este, cruzando la parte más traicionera de los Alpes hacia el norte de Italia. Como Roma nunca había imaginado que un enemigo atacaría por esa dirección, no había guarniciones en el área, y la marcha de Aníbal hacia Roma, al sur, transcurrió sin impedimentos.

Su ejército era relativamente reducido: sólo unos veintiséis mil soldados habían sobrevivido al cruce de los Alpes. Los romanos y sus aliados podían desplegar un ejército de casi setecientos cincuenta mil hombres; sus legiones eran las más disciplinadas y temidas del mundo, y ya habían derrotado a Cartago en la Primera Guerra Púnica, veintitantos años antes. Pero un ejército extranjero marchando sobre Italia era una absoluta sorpresa, y suscitaba las más crudas emociones. Era imperativo dar una lección a esos bárbaros por su atrevimiento.

Legiones fueron rápidamente despachadas al norte para destruir a Aníbal. Luego de algunas escaramuzas, un ejército al mando del cónsul romano Sempronio Longo se preparó para enfrentar a los cartagineses en batalla directa cerca del río Trebia. Sempronio ardía lo mismo de odio que de ambición: deseaba aplastar a Aníbal, y también ser visto como el salvador de Roma. Pero Aníbal actuaba en forma extraña. Su caballería ligera cruzaba el río como si fuera a atacar a los romanos, y luego retrocedía: ¿los cartagineses tenían miedo? ¿Sólo estaban preparados para realizar incursiones y salidas menores? Al fin Sempronio tuvo suficiente y salió en su persecución. Para cerciorarse de tener bastantes fuerzas para derrotar al enemigo, hizo cruzar a todo su ejército las heladas aguas del río (era invierno), lo cual consumió muchas horas y resultó agotador. Finalmente, sin embargo, los dos ejércitos se encontraron justo al oeste del río.

Al principio, tal como Sempronio había esperado, a sus fuertes y disciplinadas legiones les fue bien contra los cartagineses. Pero un lado de las líneas romanas se componía de galos que combatían para los romanos, y ahí los cartagineses soltaron de repente un grupo de elefantes montados por arqueros. Los galos nunca habían visto a bestias como ésas; aterrados, se dieron a una caótica retirada. Al mismo tiempo, como salidos de la nada, unos dos mil cartagineses, ocultos tras la densa vegetación junto al río, cayeron sobre la retaguardia de los romanos. Éstos pelearon valientemente para salir de la trampa que Aníbal les había tendido, pero miles de ellos se ahogaron en las gélidas aguas del Trebia.

Se supone que Alejandro acampó en Haranpur; frente a él, en la margen oriental del Hidaspes, estaba Porus, quien, pudo verse, tenía consigo gran número de elefantes. [...] Como todos los vados estaban tomados por piquetes y elefantes, Alejandro se percató de que sus caballos no podrían cruzar el río a nado ni en balsas, porque no resistirían los berridos de los elefantes y se pondrían frenéticos en el agua o en las balsas. Recurrió entonces a una serie de fintas.
  Mientras que reducidos destacamentos eran despachados para reconocer todos los posibles sitios de cruce, dividió a su ejército en columnas, que hizo marchar de un lado a otro del río como si buscara un lugar para cruzar. Luego, cuando poco antes del solsticio de verano llegaron las lluvias y el río se engrosó, hizo transportar cereales desde todas partes a su campamento, para que Porus creyera que había resuelto permanecer donde se encontraba hasta la temporada de secas. En el ínterin, reconoció el río con sus naves y ordenó rellenar de heno forros de tiendas para convertirlos en balsas. Pero, como escribe Arriano, “todo el tiempo aguardaba en celada para saber si, con un rápido movimiento, podía hurtar el paso en cualquier parte sin ser visto”.
  Al fin, y podríamos cerciorarnos de ello luego de un detallado reconocimiento personal, Alejandro resolvió hacer el intento en el promontorio e isla descritos por Arriano, y en preparación se decidió por una maniobra casi idéntica a la que adoptó el general Wolfe en su campaña en Quebec en 1759. Al amparo de la noche, envió a su caballería a varios puntos a lo largo de la orilla oeste del río con órdenes de hacer ruido, y de vez en cuando lanzar el grito de guerra; durante varias noches, Porus hizo marchar sus elefantes a un lado y otro de la orilla este para bloquear un intento de cruce hasta que se cansó, guardó a sus elefantes en el campamento y apostó exploradores en la orilla este. Luego, “cuando Alejandro había causado que la mente de Porus ya no abrigara ningún temor de sus asaltos nocturnos, ideó la siguiente estratagema”: río arriba y a lo largo de la orilla oeste apostó una cadena de centinelas, cada puesto a la vista y oído del siguiente, con órdenes de armar alboroto y mantener encendidas sus fogatas mientras en el campamento se hacían visibles preparativos para efectuar un cruce. [...] Habiendo sido inducido Porus a una sensación de falsa seguridad y concluidos todos los preparativos en el campamento y el lugar del cruce, Alejandro partió en secreto y se mantuvo a cierta distancia de la orilla oeste del río, para que su marcha no fuera observada. [...]

THE GENERALSHIP OF ALEXANDER THE GREAT, J. F. C. FULLER, 1960.

La batalla fue un desastre, y en Roma las emociones pasaron del ultraje a la angustia. Legiones fueron prestamente despachadas para bloquear los pasos más accesibles de los Apeninos, las montañas que atraviesan el centro de Italia, pero una vez más Aníbal desafió las expectativas: cruzó los Apeninos en su punto más improbable e inhóspito, por el que nunca antes había pasado ningún ejército a causa de los traidores pantanos del otro lado. Pero tras cuatro días de bregar en el blando lodo, Aníbal llevó a los cartagineses a terreno seguro. Luego, en una astuta celada más, derrotó a un ejército romano en el lago Trasimeno, en la actual Umbría. Su camino a Roma estaba despejado. En un estado cercano al pánico, la república romana recurrió entonces a la antigua tradición de nombrar un dictador que la condujera a través de la crisis. El nuevo líder, Fabio Máximo, reforzó de inmediato las murallas de la ciudad y aumentó el ejército romano, sólo para, después, ver perplejo que Aníbal pasaba Roma por alto y se dirigía al sur, a Apulia, la parte más fértil de Italia, y empezaba a devastar el campo.

Determinado antes que nada a proteger a Roma, Fabio dio con una novedosa estrategia: apostaría a sus legiones en áreas montañosas en las que la caballería de Aníbal fuera inofensiva, y hostigaría a los cartagineses con una campaña de estilo guerrillero, privándolos de suministros y aislándolos en su posición, lejos de su patria. Evitando a toda costa la batalla directa con su formidable líder, los derrotaría cansándolos. Pero muchos romanos juzgaron deshonrosa y cobarde la estrategia de Fabio. Peor aún, en sus incursiones en el campo Aníbal no tocó ninguna de las muchas propiedades de Fabio, lo que hizo parecer que estaban en contubernio. Fabio se volvió cada vez más impopular.

Habiendo arrasado con Apulia, Aníbal se introdujo en una fértil llanura de Campania, al sur de Roma, terreno que Fabio conocía bien. Decidiendo por fin que si no actuaba sería depuesto, el dictador ideó una trampa: estacionó a ejércitos romanos en todos los puntos de salida de esa llanura, lo bastante cerca unos de otros para apoyarse. Pero Aníbal había entrado a Campania por el paso montañoso oriental de Alifas, y Fabio había notado que nunca se marchaba por la misma ruta por la que entraba. Aunque mantuvo una abundante guarnición romana en Alifas sólo por si acaso, Fabio reforzó los otros pasos con gran cantidad de tropas. La bestia, pensó, estaba enjaulada. Finalmente las provisiones de Aníbal se agotarían, y él se vería obligado a tratar de avanzar. Fabio aguardaría.

En las semanas siguientes, Aníbal lanzó su caballería al norte, quizá tratando de romper el cerco en esa dirección. También saqueó las más ricas fincas en el área. Fabio entrevió sus trucos: intentaba inducir a los romanos a librar una batalla de su elección. Pero Fabio estaba determinado a pelear bajo sus propias condiciones, y sólo cuando el enemigo tratara de salir de la trampa. De cualquier forma, sabía que Aníbal intentaría avanzar al este, la única dirección que le ofrecía una salida clara, hacia una región que los romanos no controlaban.

Una noche, los soldados romanos que resguardaban el paso de Alifas vieron cosas y oyeron ruidos que les hicieron creer que estaban perdiendo la cabeza: un enorme ejército, señalado por miles de antorchas, parecía dirigirse al paso, cubriendo sus laderas, acompañado por estridentes bramidos como si estuviera poseído por un demonio. Era un ejército que parecía irresistible, mucho mayor que el máximo estimado de la fuerza de Aníbal. Temerosos de que trepara por encima de ellos y los rodeara, los romanos huyeron de su guarnición, abandonando el paso, demasiado asustados para voltear siquiera. Horas después atravesó por ahí el ejército de Aníbal, escapando del cordón de Fabio.

Ningún líder romano pudo inferir qué había ideado Aníbal en las laderas esa noche, y para el año siguiente Fabio ya había sido destituido. El cónsul Terencio Varrón ansiaba vengar la deshonra de Alifas. Los cartagineses estaban acampados cerca de Cannas, en el sureste de Italia, no lejos de la actual Bari. Varrón marchó para hacerles frente ahí, y mientras ambos ejércitos formaban filas para trabar combate, no pudo menos que sentirse sumamente seguro: el terreno estaba despejado, el enemigo se hallaba a plena vista, no podía haber ejércitos ocultos ni trucos de último minuto y los romanos excedían a los cartagineses dos a uno.

Empezó la batalla. Al principio los romanos parecían llevar la ventaja: el centro de la línea cartaginesa resultó sorpresivamente débil y cedió con facilidad. Los romanos atacaron con fuerza ese centro, esperando avanzar y consiguiéndolo en efecto, cuando, para su conmoción y horror, al voltear vieron que los dos extremos exteriores de las líneas cartaginesas los rodeaban para cercarlos. Fueron atrapados en un abrazo letal; aquello fue una masacre. Cannas pasaría a la historia como la más devastadora y humillante derrota de Roma.

La guerra con Aníbal se prolongaría durante años. Cartago nunca le envió los refuerzos que habrían podido invertir la situación, y el mucho mayor y más poderoso ejército romano fue capaz de recuperarse de sus muchas derrotas a manos suyas. Pero Aníbal se había hecho de una fama aterradora. Pese a su superior número, los romanos le temían tanto que evitaban pelear con él como a una plaga.

Para cruzar el mar sin conocimiento del cielo, uno debe moverse abiertamente sobre el mar, pero actuar como si no pretendiera cruzarlo. Cada maniobra militar tiene dos aspectos: el movimiento superficial y el propósito de fondo. Ocultando ambos, es posible tomar al enemigo completamente por sorpresa. [...] [Si] es altamente improbable que el enemigo pueda ser mantenido ignorante de nuestras acciones, a veces podemos hacer trampa justo frente a sus narices.

THE WILES OF WAR: 36 MILITARY STRATEGIES FROM ANCIENT CHINA, TRADUCCIÓN DE SUN HAICHEN, 1991.

Interpretación

Aníbal debe ser considerado como el antiguo maestro del arte militar de la heterodoxia. Al atacar a los romanos en su propio suelo, nunca se propuso tomar Roma; eso habría sido imposible. Sus murallas eran muy altas, su pueblo feroz y unido en su odio contra él, y sus propias fuerzas reducidas. Su meta era más bien causar estragos en la península italiana y minar las alianzas de Roma con ciudades-Estado vecinas. Debilitada en su propio territorio, Roma tendría que dejar a Cartago en paz y poner fin a su expansión imperial.

Para sembrar ese caos con el minúsculo ejército que había sido capaz de conducir por los Alpes, Aníbal tenía que volver inesperada cada una de sus acciones. Psicólogo adelantado a su época, comprendía que un enemigo tomado por sorpresa pierde su disciplina y sensación de seguridad. (Cuando el caos afecta a quienes son, para comenzar, particularmente rígidos y ordenados, como el pueblo y ejércitos de Roma, tiene un doble poder destructivo.) Y la sorpresa nunca puede ser mecánica, repetitiva ni rutinaria; eso sería una contradicción en los términos. La sorpresa implica una constante adaptación y creatividad y un malicioso placer en hacer trampas.

Así, Aníbal siguió siempre la ruta que Roma menos esperaba de él; el cruce de los Alpes, por ejemplo, considerados intraspasables por un ejército, y por lo tanto desprotegidos. A la larga, inevitablemente, los romanos lo entendieron y empezaron a esperar que siguiera la ruta menos obvia; en ese punto, lo obvio era lo inesperado, como ocurrió en Alifas. En batalla, Aníbal fijaba la atención del enemigo en un asalto frontal —la forma ordinaria, usual, en que los ejércitos combatían en ese tiempo—, y después desataba lo extraordinario bajo la forma de elefantes o de una fuerza de reserva oculta a espaldas del enemigo. En sus incursiones en la campiña romana, protegió deliberadamente las propiedades de Fabio, causando la impresión de que estaban coludidos y obligando al fin al avergonzado líder a pasar a la acción, heterodoxo uso de la política y de medios extramilitares en la guerra. En Alifas, Aníbal hizo atar montones de leña en los cuernos de bueyes, que luego encendió para mandar de noche a los asustados y bramadores animales laderas arriba hacia el paso, produciendo así una indescifrable y aterradora imagen para los centinelas romanos, literalmente en tinieblas.

En Cannas, donde para entonces los romanos esperaban lo heterodoxo, Aníbal disfrazó su estratagema a pleno sol, formando a su ejército como cualquier otro de ese periodo. La fuerza romana ya estaba impelida por la violencia del momento y el deseo de venganza; él le permitió hacer rápidos progresos por el deliberadamente débil centro, donde se atascó. Luego, las ágiles alas externas de su línea se cerraron sobre ella y la ahogó. Una y otra vez, cada una de las ingeniosamente heterodoxas maniobras de Aníbal brotaba de la anterior, en una constante alternancia entre lo misterioso y lo banal, lo oculto y lo obvio.

Adaptar el método de Aníbal a tus batallas diarias te brindará indecible poder. Usando tu conocimiento de la psicología y manera de pensar de tus enemigos, debes calcular tus movimientos iniciales para que sean lo que ellos menos esperan. La línea menos esperada es la línea de menor resistencia; la gente no puede defenderse contra lo que no puede prever. Con menos resistencia en tu camino, el progreso que logres aumentará su impresión de tu poder; el reducido ejército de Aníbal les pareció a los romanos mucho mayor de lo que realmente era. Una vez que tus enemigos terminen por esperar una maniobra extraordinaria de tu parte, golpéalos con lo ordinario. Hazte fama de no convencional y tendrás a tus adversarios a tus pies: saber anticipar lo inesperado no es lo mismo que saber qué será lo inesperado. En poco tiempo, tus adversarios retrocederán ante tu sola fama.

Caos: donde nacen los sueños brillantes.

I CHING, CHINA, CIRCA SIGLO VIII A.C.

2. En 1962, Sonny Liston se convirtió en campeón mundial de peso completo al derrotar a Floyd Patterson. Poco después vio a un brillante joven, Cassius Clay, acometer y batir en forma más bien decisiva al veterano Archie Moore. Al terminar esa pelea, Liston visitó el vestidor de Clay. Rodeó con su brazo el cuello del muchacho —entonces de veinte años de edad, diez menos que Liston— y le dijo: “Cuídate, chamaco. Te voy a necesitar. Pero te voy a tener que dar una tunda como si fuera tu papi”. Liston era el mejor y más demoledor púgil del mundo; según los conocedores, parecía invencible. Sin embargo, se dio cuenta de que Clay era un boxeador suficientemente retorcido para desear pelear con él tiempo después. Era mejor infundir en él desde entonces un poco de temor.

Pero ese temor no prendió: como había supuesto Liston, Clay empezó a reclamar pronto una pelea con el campeón y a alardear ante todos de que lo vencería en ocho rounds. En programas de televisión y radio, se burlaba del veterano boxeador: tal vez era Liston quien temía enfrentarse a Cassius Clay. Liston intentó ignorar al recién llegado: “Si alguna vez se hace esa pelea”, decía, “me van a encarcelar por homicidio”. Consideraba a Clay demasiado bonito, e incluso afeminado, para ser un campeón de peso completo.

Pasó el tiempo y las bufonadas de Clay provocaron en el público el deseo de esa pelea: la mayoría quería ver a Liston darle un susto a Clay y taparle la boca. A fines de 1963, los dos púgiles se reunieron para firmar una pelea de campeonato en Miami Beach en febrero siguiente. Clay dijo después a los reporteros: “No le tengo miedo a Liston. Ya está viejo. Le voy a enseñar a hablar y a boxear. Aunque lo que más necesita es que le enseñen a caer”. Conforme se acercaba la pelea, la retórica de Clay se volvía cada vez más insultante y estridente.

La mayoría de los periodistas deportivos encuestados acerca de la inminente pelea predecían que Clay no podría ni caminar al terminar el encuentro. A algunos les preocupaba que sufriera lesiones permanentes. “Parece difícil convencer a Clay de que no debe pelear ahora con ese monstruo”, dijo el boxeador Rocky Marciano, “pero estoy seguro de que lo entenderá después de habérselas visto con él”. Lo que más inquietaba a los expertos era el inusual estilo pugilístico de Clay. No era el típico golpeador de peso completo: bailaba en su sitio con las manos a los costados; rara vez empleaba todo el cuerpo en sus puñetazos, pues sólo golpeaba con los brazos; su cabeza estaba en constante movimiento, como si quisiera mantener intacto su hermoso rostro; se resistía a meterse, a arrojar y echar el cuerpo, el modo habitual de cansar a un peso completo. Clay prefería en cambio bailar y arrastrar los pies, como si sus peleas fueran ballet, no boxeo. Era demasiado bajo para ser un peso completo, carecía del obligado instinto asesino... las críticas de la prensa eran interminables.

En la ceremonia de pesaje la mañana del encuentro, todos esperaban las usuales payasadas de Clay antes de cada pelea. Rebasó sus expectativas. Cuando Liston bajó de la báscula, Clay empezó a gritarle: “¡Ey, mamón, baboso! Te engañaron, baboso... ¡Sí que estás feo!... ¡Te voy a apalear!”. Clay saltaba y vociferaba, sacudiendo todo el cuerpo, saltones los ojos, temblorosa la voz. Parecía como poseído. ¿Tenía miedo o estaba completamente loco? Para Liston, ésa fue simplemente la gota que derramó el vaso. Quería acabar con Clay y callar para siempre al retador.

Al juntarse en el ring antes de la campanada inicial, Liston trató de intimidar a Clay, como lo había hecho con otros, lanzándole una mirada malévola. Pero a diferencia de otros boxeadores, Clay se la devolvió. Saltando ágilmente en su sitio, repetía: “¡Te tengo, baboso!”. La pelea comenzó y Liston se arrojó sobre su presa, lanzando un largo izquierdazo que falló por un kilómetro. Siguió acometiendo, una mirada de intensa ira en el rostro, pero Clay eludía cada puñetazo, y en cierto momento incluso se burló de él bajándole las manos. Parecía capaz de anticipar cada movimiento de Liston. Y seguía devolviéndole la mirada: antes de que ambos se retiraran a su esquina al final del round, los ojos de Clay se mantuvieron siempre fijos en los de su contendiente.

El segundo round fue más de lo mismo, salvo que Liston, en vez de parecer asesino, empezó a parecer frustrado. El ritmo era mucho más rápido que el de cualquiera de sus peleas anteriores, y la cabeza de Clay no dejaba de revolotear y orbitar en inquietantes patrones. Liston se arrojaba al frente para pegarle en el mentón, sólo para fallar o verse golpeado en el mentón por Clay, con un golpe corto que, a la velocidad del rayo, lo hizo tambalearse sobre sus pies. Al final del tercer round, una ráfaga de puñetazos llegó de quién sabe dónde y abrió una profunda herida bajo el ojo izquierdo de Liston.

Clay era ya entonces el agresor y Liston peleaba para sobrevivir. En el sexto round empezó a recibir golpes por todas partes, abriendo más heridas y haciéndolo parecer débil y apagado. Cuando sonó la campana para el séptimo round, el poderoso Liston se quedó sentado en su banco, mirando; se negó a levantarse. La pelea había terminado. El mundo del boxeo estaba pasmado: ¿había sido una chiripa? ¿O, dado que Liston había causado la impresión de pelear bajo el efecto de un hechizo, fallando golpes, con movimientos rendidos y desganados, sencillamente había tenido una mala noche? El mundo tendría que esperar quince meses para descubrirlo, hasta la revancha en Lewiston, Maine, en mayo de 1965.

Consumido por su sed de venganza, Liston entrenó como un demonio para esta segunda pelea. En el round inicial, se lanzó al ataque, pero parecía cauteloso. Seguía a Clay —ya conocido entonces como Muhammad Alí— alrededor del ring, tratando de alcanzarlo con golpes cortos. Uno de ellos rozó finalmente el rostro de Alí mientras éste daba un paso atrás, pero, en un movimiento tan rápido que pocos en el público pudieron verlo siquiera. Alí respondió con un derechazo que mandó a Liston a la lona. Éste permaneció ahí un momento y luego se puso vacilantemente de pie, pero ya era demasiado tarde: había estado tendido más de diez segundos, y el réferi dio por terminada la pelea. Muchos en la multitud gritaron que el combate estaba arreglado, reclamando que aún no se había asestado ningún puñetazo. Pero Liston no pensaba lo mismo. Tal vez no fue el más potente de los golpes, pero lo tomó completamente por sorpresa, antes de que pudiera tensar los músculos y prepararse. Llegado de ninguna parte, lo envió al suelo.

Liston siguió peleando cinco años más, pero nunca volvió a ser el mismo.

Quien estudia tácticas antiguas y emplea el ejército de acuerdo con esos métodos no se diferencia de quien pega los trastes de afinación pero aun así trata de tocar la cítara. Nunca he sabido de nadie que haya tenido éxito de ese modo. La agudeza de los estrategas reside en penetrar lo sutil en medio del desenvolvimiento del cambio y discernir lo concordante y lo contrario. Entonces, cada vez que te movilices, primero debes emplear espías para investigar si el comandante general del enemigo es talentoso o no. Si en vez de implementar tácticas simplemente confías en el valor para emplear el ejército, puedes recurrir a métodos antiguos para vencerlo. Pero si ese comandante general destaca en el empleo de tácticas antiguas, debes usar tácticas que contradigan los antiguos métodos para derrotarlo.

HSÜ TUNG, CHINA, 976-1018.

Interpretación

Aun de niño, Muhammad Alí sentía un placer perverso por el hecho de ser diferente. Le gustaba la atención que eso le atraía, pero sobre todo le gustaba ser él mismo: singular e independiente. Cuando empezó a entrenar boxeo, a los doce años de edad, ya se resistía a pelear en la forma usual, burlando las reglas. Un boxeador suele mantener los guantes arriba, en dirección a la cabeza y la parte superior del cuerpo, listo para detener un golpe. A Alí le gustaba tener las manos abajo, aparentemente invitando el ataque; pero pronto había descubierto que era más rápido que los demás boxeadores, y que la mejor manera de beneficiarse de su rapidez era atraer lo suficiente el mentón del contrincante para estamparle un golpe corto que causaba mucho más dolor por tan próximo y veloz. Mientras se desenvolvía, también le dificultaba al otro boxeador acercársele explotando sus piernas, aún más que el poder de sus puños. En vez de replegarse a la manera de la mayoría de los púgiles, un pie a la vez, Alí se sostenía en los dedos de los pies, arrastrándose hacia atrás y bailando, en perpetuo movimiento para lograr su peculiar ritmo. Más que cualquier otro boxeador, era un blanco en movimiento. Incapaz de atinar un puñetazo, el otro púgil se frustraba; y entre más frustrado se sentía, más se esforzaba por alcanzar a Alí, abriendo así su guardia y exponiéndose al golpe salido de ninguna parte que podía noquearlo. El estilo de Alí era contrario al saber boxístico convencional en casi todo sentido, pero esa heterodoxia era exactamente lo que lo hacía tan difícil de combatir.

Las poco convencionales tácticas de Alí en la primera pelea contra Liston empezaron mucho antes del encuentro. Sus irritantes bufonadas y berrinches públicos —una forma de guerra sucia— estaban destinados a enfurecer al campeón, nublar su mente, llenarlo de un odio asesino que lo hiciera acercarse lo suficiente a Alí para ser noqueado. La conducta de Alí en la ceremonia de pesaje, auténticamente demente en apariencia, se reveló después como teatro puro. Su efecto fue poner a Liston inconscientemente a la defensiva, inseguro de lo que aquel hombre haría en el ring. En el round inaugural, como en tantas de sus peleas posteriores, Alí adormeció a Liston peleando a la defensiva, una táctica ordinaria al enfrentar a un boxeador como Liston. Esto atrajo cada vez más a su rival; y entonces el extraordinario movimiento, el veloz puñetazo salido de quién sabe dónde, tuvo el doble de fuerza. Incapaz de alcanzar a Alí con sus puñetazos, desconcertado por el baile, la bajada de las manos, las irritantes burlas, Liston cometió un error tras otro. Y Alí se deleitaba con los errores de sus contendientes.

La principal característica de la moda es imponer y aceptar súbitamente como nueva regla o norma lo que hasta un minuto antes era una excepción o capricho, y abandonarlo en cuanto se ha convertido en lugar común, en “cosa” de todos. La tarea de la moda consiste, en suma, en mantener un continuo proceso de estandarización: dar uso general y universal a una rareza o novedad, y pasar a otra rareza o novedad cuando la primera haya dejado de serlo. [...] Sólo el arte moderno, porque expresa la vanguardia en su momento extremo o supremo, o simplemente porque es obra de la estética romántica de la originalidad y la novedad, puede considerarse la típica —y quizá única— forma de lo feo que podríamos llamar belleza ci-devant, la belleza del ancien régime, exbelleza.
  El arte clásico, mediante el método de la imitación y la práctica de la repetición, tiende al ideal de la renovación, en el sentido de integración y perfección. Pero para el arte moderno en general, y para la vanguardia en particular, el único error estético irremediable y absoluto es una creación artística tradicional, un arte que imita y se repite. Del angustioso anhelo moderno de lo que Rémy de Gourmont optó por llamar, sugestivamente, le beau inédit se deriva la insomne y febril experimentación que es una de las manifestaciones más características de la vanguardia; su asidua labor es una eterna tela de Penélope, pues el tejido de sus formas vuelve a hacerse cada día y a deshacerse cada noche. Quizá Ezra Pound intentó sugerir tanto la necesidad como la dificultad de tal empeño cuando definió la belleza del arte como “un breve suspiro entre un cliché y otro”.
  La relación entre la vanguardia y la moda es por lo tanto evidente: la moda también es una tela de Penélope; la moda también pasa por la fase de novedad y extrañeza, sorpresa y escándalo, antes de abandonar las nuevas formas cuando se vuelven clichés, kitsch, estereotipo. De ahí la profunda verdad de la paradoja de Baudelaire, que asigna al genio la tarea de crear estereotipos. Y de eso se sigue, por el principio de contradicción inherente al obsesivo culto al genio en la cultura moderna, que la vanguardia esté condenada a conquistar, mediante la influencia de la moda, la misma popularidad que alguna vez desdeñó; y éste es el principio de su fin. De hecho, éste es el inevitable, inexorable destino de cada movimiento: alzarse contra la moda recién rebasada de una antigua vanguardia y morir cuando una nueva moda, movimiento o vanguardia aparece.

THE THEORY OF THE AVANTGARDE, RENATO POGGIOLI, 1968.

Comprende: de niñ@s y jóvenes se nos enseña a ajustarnos a ciertos códigos de conducta y maneras de hacer las cosas. Aprendemos que ser diferentes implica un precio social. Pero hay un mayor precio a pagar por el esclavizante conformismo: perdemos el poder que procede de nuestra individualidad, de una manera de hacer las cosas que es auténticamente nuestra. Peleamos como los demás, lo que nos vuelve predecibles y convencionales.

La manera de ser verdaderamente heterodox@s es no imitar a nadie, pelear y operar de acuerdo con tus propios ritmos, adaptando las estrategias a tu idiosincrasia, no al revés. Rehusarte a seguir los patrones comunes le dificultará a la gente saber qué harás después. Serás realmente un individuo. Tu heterodoxo método podrá enfurecer y molestar, pero las personas emocionales son personas vulnerables sobre las que fácilmente puedes ejercer poder. Si tu peculiaridad es auténtica, te atraerá la atención y el respeto que la muchedumbre suele sentir por lo no convencional y lo extraordinario.

3. A fines de 1862, durante la Guerra Civil estadunidense, el general Ulysses S. Grant hizo varios intentos por tomar la fortaleza confederada en Vicksburg. Esa fortaleza era un punto crítico en el río Mississippi, la línea vital del sur. Si el ejército de la Unión de Grant tomaba Vicksburg, obtendría el control del río, cortando así al sur por la mitad. La victoria ahí podía ser el momento decisivo de la guerra. Pero para enero de 1863, el comandante de esa fortaleza, el general James Pemberton, se sintió seguro de haber resistido la tormenta. Grant había tratado de tomar el fuerte desde varios ángulos al norte y había fracasado. Parecía haber agotado todas las posibilidades y renunciado al esfuerzo.

La fortaleza se localizaba en lo alto de un acantilado de sesenta metros sobre la orilla del río, donde cualquier bote que intentara pasar estaba expuesto a su artillería pesada. Al oeste se tendían el río y los riscos. Al norte, donde Grant había acampado, la fortaleza estaba protegida por un pantano prácticamente infranqueable. No lejos al este, se hallaba la ciudad de Jackson, eje ferroviario hasta donde era fácil llevar provisiones y refuerzos, y Jackson estaba firmemente en manos del sur, lo que concedía a la Confederación el control de todo el corredor, al norte y sur, de la orilla este del río. Vicksburg parecía segura en todas direcciones, y el fracaso de los ataques de Grant sólo daba mayor comodidad a Pemberton. ¿Qué más podía hacer el general del norte? Aparte, se hallaba en apuros entre los enemigos del presidente Abraham Lincoln, quienes veían su campaña en Vicksburg como una monumental pérdida de dinero y efectivos. Los periódicos describían a Grant como un borracho incompetente. Se le presionaba intensamente para que desistiera y retornara a Memphis, al norte.

Pero Grant era un hombre obstinado. Conforme transcurría el invierno, intentó toda clase de maniobras, sin que ninguna de ellas diera resultado... hasta que, la noche sin luna del 16 de abril, exploradores confederados informaron que una flotilla de naves de transporte y cañoneras de la Unión, con las luces apagadas, trataba de pasar a toda prisa frente a las baterías de Vicksburg. Los cañones rugieron, pero de un modo u otro las naves lograron pasar ante ellos con mínimos daños. Las semanas siguientes presenciaron varias incursiones más río abajo. Al mismo tiempo, fuerzas de la Unión en el lado oeste del río fueron reportadas en dirección al sur. Todo quedó claro entonces: Grant usaría las naves de transporte que había escurrido frente a Vicksburg para cruzar el Mississippi unos cincuenta kilómetros río abajo. Luego marcharía contra la fortaleza desde el sur.

Pemberton pidió refuerzos, pero la verdad es que no estaba demasiado preocupado. Aun si Grant conseguía que miles de hombres atravesaran el río, ¿qué podía hacer una vez ahí? Si se trasladaba a Vicksburg, al norte, la Confederación podía enviar ejércitos desde Jackson y puntos al sur para atacarlo por el flanco y la retaguardia. La derrota en ese corredor sería un desastre, porque Grant no dispondría de vía de retirada. Se había lanzado a una aventura arriesgada. Pemberton esperó pacientemente su siguiente movimiento.

Me obligué a contradecirme para no conformarme con mi gusto.

MARCEL DUCHAMP, 1887-1968.

Grant cruzó efectivamente el río al sur de Vicksburg, y en unos cuantos días su ejército ya se desplazaba al noreste, siguiendo la línea ferroviaria de Vicksburg a Jackson. Ésa era su más audaz acción hasta entonces: si tenía éxito, separaría a Vicksburg de su línea vital. Pero el ejército de Grant, no siendo diferente a ningún otro, necesitaba líneas de comunicación y abastecimiento. Esas líneas tenían que unir con una base en el lado este del río, que Grant había establecido en efecto en la ciudad de Grand Gulf. Todo lo que Pemberton tenía que hacer era enviar fuerzas al sur desde Vicksburg para destruir, o incluso sólo amenazar Grand Gulf, poniendo en peligro las líneas de abastecimiento de Grant. Éste se vería obligado a retirarse al sur o a correr el riesgo del aislamiento. Aquélla era una partida de ajedrez que Pemberton no podía perder.

Así, mientras el general del norte maniobraba sus ejércitos a toda prisa hacia la línea ferroviaria entre Jackson y Vicksburg, Pemberton se desplazó a Grand Gulf. Pero para su absoluta consternación, Grant lo ignoró. Lejos de hacer frente a la amenaza contra su retaguardia, se lanzó directamente sobre Jackson, tomándola el 14 de mayo. En lugar de depender de líneas de abastecimiento para alimentar a su ejército, saqueó las ricas extensiones agrícolas del área. Además, se movió tan rápido y cambió de dirección en forma tan fluida que Pemberton no pudo saber qué parte de su ejército era el frente, la retaguardia o el flanco. Antes que pelear por defender líneas de comunicación o abastecimiento, Grant no mantuvo ninguna. Nadie había visto nunca comportarse a un ejército de esa manera, rompiendo todas las reglas de los manuales militares.

Días después, con Jackson bajo su control, Grant dirigió sus tropas hacia Vicksburg. Pemberton hizo volver apresuradamente a sus hombres de Grand Gulf para bloquear al general de la Unión, pero ya era demasiado tarde: batido en la Batalla de Champion Hill, fue obligado a retroceder a la fortaleza, donde su ejército fue rápidamente sitiado por las fuerzas de la Unión. El 4 de julio, Pemberton entregó Vicksburg, golpe del que el sur jamás se recuperaría.

Interpretación

Los seres humanos somos convencionales por naturaleza. Una vez que alguien tiene éxito en algo con una estrategia o método específico, éste es rápidamente adoptado por otros y se petrifica en un principio, a menudo en detrimento de todos cuando se le aplica en forma indiscriminada. Este hábito es un problema particular en la guerra, porque es una actividad tan riesgosa que los generales suelen verse tentados a seguir el camino más transitado. Cuando tanto es necesariamente inseguro, lo que ha resultado seguro en el pasado posee mayor atractivo. Así, durante siglos las reglas han sido que un ejército debe tener líneas de comunicación y abastecimiento y, en batalla, asumir una formación con flancos y frente. Napoleón relajó estos principios, pero su influencia en los pensadores militares siguió siendo tan fuerte que durante la Guerra Civil estadunidense, cuarenta años después de la muerte de Napoleón, oficiales como Pemberton no podían imaginar un ejército que se comportara de acuerdo con otro plan.

Requirió gran valor de Grant desobedecer esas convenciones y prescindir de toda base, viviendo en cambio de las ricas tierras de la cuenca del Mississippi. Requirió gran valor de él movilizar a su ejército sin formar un frente. (Aun sus propios generales, incluido William Tecumseh Sherman, pensaron que había perdido la cabeza.) Esta estrategia fue ocultada de la vista de Pemberton, porque Grant guardó las apariencias ordinarias estableciendo una base en Grand Gulf y formando frente y retaguardia para marchar hacia la línea ferroviaria. Para el momento en que captó la extraordinaria naturaleza del ataque de libre flujo de Grant, Pemberton ya había sido tomado por sorpresa y la partida había concluido. A nuestros ojos, la estrategia de Grant podría parecer obvia, pero estaba completamente fuera de la experiencia de Pemberton.

Seguir las convenciones, conceder un peso desusado a lo que ya ha funcionado antes, es una tendencia natural. Con frecuencia ignoramos alguna simple pero poco convencional idea que perturbaría en todo sentido a nuestros adversarios. A veces es cuestión de romper con el pasado y vagar libremente. Marchar sin una red de protección es peligroso e incómodo, pero el poder de asombrar a la gente con lo inesperado vale con creces el riesgo. Esto es particularmente importante cuando nos hallamos a la defensiva o en un estado débil. Nuestra tendencia natural en esos momentos es ser conservadores, lo que sólo facilita a nuestros enemigos prever nuestros movimientos y aplastarnos con su fuerza superior; les hacemos el juego. Es cuando la marea está en nuestra contra que debemos olvidarnos de los manuales, los precedentes y el saber convencional y arriesgarlo todo en lo no probado e inesperado.

4. La tribu ojibwa de las praderas de América del Norte contenía una sociedad guerrera conocida como los windigokan (“contrarios que no huyen”). Sólo los hombres más valientes, quienes habían demostrado su valor al desestimar por completo el peligro en el campo de batalla, eran admitidos entre los windigokan. De hecho, a causa de que no temían morir, ya no se les consideraba entre los vivos: dormían y comían por separado y no estaban sujetos a los usuales códigos de conducta. Como criaturas vivas pero entre los muertos, hablaban y actuaban al revés: llamaban joven al viejo, y cuando uno de ellos decía a los demás que se mantuvieran quietos, quería decir que atacaran. Estaban tristes en momentos de prosperidad, contentos en lo profundo del invierno. Aunque había un lado bufonesco en su comportamiento, los windigokan podían inspirar enorme temor. Nadie sabía nunca qué harían.

Se creía que los windigokan estaban habitados por aterradores espíritus llamados Tronadores, que aparecían en forma de aves gigantescas. Esto los volvía algo inhumanos. En el campo de batalla eran desordenados e impredecibles, y en partidas de ataque francamente sobrecogedores. En uno de esos ataques, atestiguado por un extraño, primero se congregaron ante la choza del jefe ojibwa y gritaron: “¡No vamos a la guerra! ¡No mataremos a los sioux! ¡No raparemos a cuatro de ellos y dejaremos escapar al resto! ¡Partiremos de día!”. Esa noche salieron de su campamento vistiendo harapos, embarrado el cuerpo de lodo y pintado con manchones de color extraño, el rostro cubierto con espantosas máscaras de gigantesca nariz como pico. Se abrieron paso entre la oscuridad, tropezando unos con otros —era difícil ver a través de las máscaras— hasta topar con una enorme banda de guerreros sioux. Aunque inferiores en número, no huyeron, sino que danzaron en medio del enemigo. La grotecidad de su danza los hacía parecer poseídos por demonios. Algunos de los sioux retrocedieron; otros se acercaron, curiosos y confundidos. El líder de los windigokan gritó: “¡No disparen!”. Los guerreros ojibwas sacaron entonces las armas ocultas bajo sus andrajos, mataron a cuatro sioux y los raparon. Luego se marcharon danzando, el enemigo estaba demasiado aterrorizado por su aparición como para perseguirlos.

Después de un acto como ése, la mera aparición de los windigokan era suficiente para que el enemigo los evitara y no arriesgara ninguna clase de encuentro con ellos.

Interpretación

Lo que hacía tan temibles a los windigokan era el hecho de que, como las fuerzas de la naturaleza de las que aseguraban derivar sus poderes, podían ser destructivos sin razón aparente. La ejecución de un ataque no estaba regida por la necesidad ni era ordenada por un jefe; su apariencia no guardaba relación con nada conocido, como si se hubieran revolcado en la tierra o en bandejas de pintura. Podían vagar en la oscuridad hasta topar casualmente con un enemigo. Sus danzas no se parecían a nada que alguien hubiera visto o imaginado. De pronto podían empezar a matar y rapar, y detenerse luego en un número arbitrario. En una sociedad tribal gobernada por el más estricto de los códigos, ellos eran espíritus de impensada destrucción e irracionalidad.

El uso de lo no convencional puede sorprender y darte una ventaja, pero no suele producir una sensación de terror. Lo que te brindará supremo poder en esta estrategia es seguir a los windigokan y adaptar una especie de azar que vaya más allá de los procesos racionales, como si estuvieras poseíd@ por un espíritu de la naturaleza. Haz esto a todo trance y te encerrarán; pero hazlo correctamente, dando muestras de lo irracional y casual en el momento oportuno, y quienes te rodean siempre tendrán que preguntarse qué harás después. Inspirarás un respeto y temor que te dará gran poder. Una apariencia ordinaria salpicada de un toque de locura divina es más impactante y alarmante que una persona completamente loca. Recuerda: tu locura, como la de Hamlet, debe ser estratégica. La locura real es totalmente predecible.

Una visión similar entre las tribus siouan convierte al guerrero en un heyoka, quien también exhibe la conducta bufonesca del windigokan, el uso de arpillera como camisa de guerra y el embarramiento del cuerpo con lodo. [...] Psicológicamente, el heyoka era de inmensa importancia, como lo eran también personajes similares entre otras numerosas tribus. Durante periodos de felicidad y abundancia, sólo veía tristeza y desesperanza, y podía ser inducido a proporcionar horas de inofensiva diversión cuando devoraba costillas de búfalo mientras se quejaba de que no había comida en el campamento, o cuando declaraba estar sucio y procedía a darse un baño de lodo. [...]
  Pero detrás de ese benigno rostro del heyoka acechaba el temor siempre presente de que estuviera poseído por el espíritu de Iktomi, y fuera por lo tanto impredecible y potencialmente peligroso. Después de todo, él era la única persona que se atrevía a desafiar lo sobrenatural aun si le temía a un perro común en el campamento y corría gritando de miedo si alguien se acercaba demasiado a él. Así, se burlaba de las pretensiones de algunos de los guerreros, pero al mismo tiempo enfatizaba el hecho de que los poderes que los guiaban y protegían en batalla poseían tanta fuerza que sólo un heyoka podía oponerse a ellos.

WARRIORS: WARFARE AND THE NATIVE AMERICAN INDIAN, NORMAN BANCROFT HUNT, 1995.

5. En abril de 1917, la New York’s Society of Independent Artists se preparaba para su primera exposición. Ésta sería un gran escaparate del arte moderno, el mayor en Estados Unidos hasta entonces. La participación en la exposición se abrió a todo artista que perteneciera a esa sociedad (cuyas cuotas eran mínimas), y la respuesta había sido abrumadora, con la presencia de más de mil doscientos artistas y más de dos mil piezas.

La mesa directiva de esa sociedad incluía a coleccionistas como Walter Arensberg y a pintores como Man Ray y Marcel Duchamp, francés de veintinueve años de edad entonces residente en Nueva York. Fue Duchamp, como presidente del Hanging Committee, quien decidió volver radicalmente democrática la exposición: colgó las obras en orden alfabético, comenzando por una letra extraída de un sombrero. Este sistema hizo que naturalezas muertas cubistas quedaran colgadas junto a paisajes tradicionales, fotografías amateurs y la ocasional obra libidinosa de alguien aparentemente loco. A algunos de los organizadores les encantó este plan, mientras que a otros les repugnó y se retiraron.

Días antes de que se inaugurara la exposición, la sociedad recibió la obra más extraña hasta ese momento: un orinal apoyado sobre su parte posterior, con las palabras R. MUTT 1917 pintadas con grandes letras negras en la orilla. La obra se llamaba Fountain, y al parecer había sido presentada por un tal Mr. Mutt, junto con la obligada cuota de inscripción. Al ver por primera vez esa pieza, el pintor George Bellows, miembro de la mesa directiva de la sociedad, afirmó que era indecente y que la sociedad no podía exhibirla. Arensberg no estuvo de acuerdo: dijo que podía discernir una interesante obra de arte por su forma y presentación. “De eso trata toda la exposición”, le dijo a Belows. “De dar una oportunidad para que el artista mande lo que quiera, porque el artista decide qué es arte, nadie más.”

Bellows no se inmutó. Horas antes de que se abriera la exposición, la mesa directiva se reunió y votó por un estrecho margen contra la exhibición de esa pieza. Arensberg y Duchamp renunciaron de inmediato. En artículos periodísticos que informaron de esta controversia, el objeto fue educadamente descrito como un “accesorio de baño”. Despertó mucha curiosidad, y un aire de misterio envolvió todo el asunto.

Al momento de la exposición, Duchamp formaba parte de un grupo de artistas que publicaban la revista The Blind Man. El segundo número de esa revista incluyó una fotografía de Fountain tomada por el gran fotógrafo Alfred Stieglitz, quien iluminó bellamente el orinal de tal modo que una sombra cayera sobre él como una suerte de velo, dándole una apariencia ligeramente religiosa, junto con una vaga insinuación sexual en la demostrable forma de vagina del orinal tendido sobre su parte posterior. The Blind Man también publicó un editorial, “The Richard Mutt Case”, que defendía la obra y criticaba su exclusión de la exposición: “La fuente de Mr. Mutt no es inmoral, [...] no más que una tina de baño. [...] Si Mr. Mutt hizo o no con sus propias manos la fuente carece de importancia. Le GUSTÓ. Tomó un artículo ordinario de la vida, y lo colocó de tal manera que su significación útil desapareció bajo el nuevo título y punto de vista; creó un nuevo concepto de ese objeto”.

Pronto quedó claro que el “creador” de Fountain no era otro que Duchamp. Y al paso de los años esa obra empezó a cobrar vida por sí sola, pese a que desapareció misteriosamente del estudio de Stieglitz y nunca se le volvió a ver. Por algún motivo, la fotografía y la historia de Fountain inspiraron interminables ideas sobre el arte y la ejecución artística. La obra misma tenía el extraño poder de escandalizar e imponer. En 1953, la Sidney Janis Gallery de Nueva York fue autorizada por Duchamp para exhibir una réplica de Fountain sobre su puerta de entrada, una rama de muérdago emergiendo del cuenco. Pronto aparecieron más réplicas en galerías, exposiciones retrospectivas de la obra de Duchamp y colecciones museográficas. Fountain se convirtió en fetiche, algo por coleccionar. Réplicas de ella se han vendido por más de un millón de dólares.

Al parecer, cada quien ve lo que quiere ver en esa pieza. Exhibida en museos, a menudo sigue violentando al público, perturbado por el orinal mismo o por su presentación como arte. Los críticos han escrito extensos artículos sobre el orinal, con todo tipo de interpretaciones: al exhibir Fountain, Duchamp orinó sobre el mundo del arte; jugó con nociones de género; la pieza es un elaborado juego de palabras, etc. Lo que algunos de los organizadores de la exposición de 1917 creyeron que no pasaba de ser un objeto indecente indigno de ser considerado arte, se convirtió por alguna razón en una de las más controvertidas, escandalosas y analizadas obras del siglo XX.

Interpretación

A lo largo del siglo XX, muchos artistas ejercieron influencia siendo poco convencionales: los dadaístas, los surrealistas, Pablo Picasso, Salvador Dalí... la lista es larga. Pero de todos ellos, es Marcel Duchamp quien probablemente tuvo el mayor impacto en el arte moderno, y lo que él llamó sus readymades son quizá sus obras más influyentes. Los readymades son objetos cotidianos —a veces exactamente como fueron hechos (una pala para nieve, un portabotellas), otras ligeramente alterados (el orinal tendido sobre su parte posterior, el bigote y la barba de chivo dibujados sobre una reproducción de la Mona Lisa)— del “gusto” del artista colocados después en una galería o museo. Duchamp daba a las ideas de arte prioridad sobre las imágenes de éste. Sus readymades, banales y carentes de interés en sí mismos, inspiraban todo tipo de asociaciones, preguntas e interpretaciones; un orinal puede ser un gastado lugar común, pero presentarlo como arte era absolutamente poco convencional y suscitó coléricas, irritantes y delirantes ideas.

Entiéndelo: en la guerra, la política y la cultura, lo no convencional, trátese de los elefantes y bueyes de Aníbal o del orinal de Duchamp, nunca es material; o más bien, nunca es sólo material. Lo no convencional sólo puede surgir de la mente: algo sorprende, no es lo que esperábamos. Usualmente basamos nuestras expectativas en familiares convenciones, clichés, hábitos visuales, lo ordinario. Muchos artistas, escritores y otros productores de cultura parecen creer el culmen de lo no convencional crear imágenes, textos y otras obras meramente extrañas, pasmosas o de alguna manera impactantes. Esas obras pueden generar momentánea sensación, pero carecen por completo del poder de lo no convencional y extraordinario porque no tienen ningún contexto al cual oponerse; no operan contra nuestras expectativas. Apenas extrañas, desaparecen pronto de nuestra memoria.

Al pugnar por crear lo extraordinario, recuerda siempre: lo crucial es el proceso mental, no la imagen o maniobra en sí. Lo que verdaderamente impacta y permanece en la mente son las obras e ideas que surgen del terreno de lo ordinario y banal, las inesperadas, que nos hacen cuestionarnos y rebatir la naturaleza misma de la realidad que vemos a nuestro alrededor. En forma por demás definitiva en el arte, lo no convencional sólo puede ser estratégico.

Imagen:

El arado.

El suelo debe

prepararse. Las

cuchillas del arado

baten la tierra en cons-

tante movimiento, llevando

aire al suelo. El proceso debe seguir

cada  año,  o  se  esparcerá  la  más  per-

niciosa maleza y el suelo hacinado ahogará

toda   vida.   De   la   tierra,   arada   y  fertilizada,

pueden emerger las más nutritivas y prodigiosas plantas.

Autoridad: Por regla general, en batalla se hace frente al enemigo de forma ortodoxa y se le vence de manera heterodoxa. [...] Heterodoxia y ortodoxia se producen recíprocamente, en un ciclo sin fin. ¿Quién podría acabar con ellas? —Sun-tzu (siglo IV a.C.).

REVERSO

Nunca hay valor en atacar a adversarios por una dirección o en una forma que esperan, permitiéndoles robustecer su resistencia; claro, a menos que tu estrategia sea suicida.