25 Ocupa el trono moral

LA ESTRATEGIA VIRTUOSA

En un mundo político, la causa que defiendes debe parecer más justa que la del enemigo. Concibe esto como un terreno moral que la otra parte y tú se disputan; cuestionando los motivos de tus adversarios y haciéndolos parecer malos, puedes reducir su base de apoyo y margen de maniobra. Pon la mira en los puntos débiles de su imagen pública, exponiendo sus hipocresías. Nunca supongas que la justicia de tu causa es evidente; hazla pública y promuévela. Cuando caigas bajo el ataque moral de un enemigo astuto, no te quejes ni enojes: pelea fuego contra fuego. De ser posible, sitúate como si fueras desvalid@, la víctima, el mártir. Aprende a infligir culpa como arma moral.

LA OFENSIVA MORAL

En 1513, Giovanni de Medici, de treinta y siete años de edad, hijo del ilustre florentino Lorenzo de Medici, fue elegido papa y adoptó el nombre de León X. La Iglesia que León encabezaba era entonces, en muchos sentidos, la potencia política y económica predominante en Europa, y León —amante de la poesía, el teatro y la pintura, como otros en su famosa familia— quería convertirla también en gran benefactora de las artes. Papas anteriores habían iniciado la construcción de la basílica de San Pedro en Roma, la eminente sede de la Iglesia católica, pero habían dejado inconclusa la estructura. León deseaba terminar ese magno proyecto, asociándolo permanentemente con su nombre, pero tenía que reunir una enorme suma de capital para poder pagar a los mejores artistas a fin de que trabajaran en él.

Así, en 1517 lanzó una campaña de venta de indulgencias. Entonces, como ahora, era práctica católica que los fieles confesaran sus pecados a un sacerdote, quien forzaba su contrición asignándoles una penitencia, una especie de castigo terrenal. Hoy esto podría ser simplemente una oración o el rezo del rosario, pero las penitencias eran en ese entonces más severas, e incluían ayunos y peregrinaciones, o pagos conocidos como indulgencias. La nobleza podía pagar una indulgencia en forma de una reliquia sagrada adquirida para su iglesia, un gasto enorme que se traducía en la promesa de una estancia más breve en el purgatorio tras la muerte (siendo el purgatorio una especie de morada intermedia para los no suficientemente malos para ir al infierno ni suficientemente buenos para ir al cielo, y obligados por lo tanto a esperar); las clases bajas podían pagar una cuota menor para comprar el perdón de sus pecados. Las indulgencias eran una importante fuente de ingresos para la Iglesia.

Para esa campaña particular, León envió a un escuadrón de expertos vendedores de indulgencias por toda Europa, y el dinero comenzó a fluir a manos llenas. Como principal arquitecto para la conclusión de San Pedro nombró al gran artista Rafael, quien planeaba hacer del edificio una espléndida obra de arte, el perdurable legado de León al mundo. Todo marchó bien hasta que, en octubre de 1517, el papa recibió la noticia de que un sacerdote llamado Martín Lutero (1483- 1546) —un tedioso teólogo alemán— había clavado a las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg un escrito llamado Las Noventa y cinco Tesis. Como muchos otros importantes documentos de la época, ese opúsculo estaba originalmente en latín, pero había sido traducido al alemán, impreso y distribuido entre la gente; y, al parecer, en unas cuantas semanas toda Alemania lo había leído. Las Noventa y cinco Tesis eran en esencia un ataque contra la práctica de venta de indulgencias. Correspondía a Dios, no a la Iglesia, perdonar a los pecadores, razonó Lutero, y tal perdón no podía comprarse. El opúsculo proseguía diciendo que la máxima autoridad era la Escritura: si el papa podía citar la Escritura para refutar los argumentos de Lutero, el sacerdote se retractaría gustosamente.

El papa no leyó el texto de Lutero; prefería la poesía a discusiones teológicas. Y un simple sacerdote alemán seguramente no representaba ninguna amenaza contra el uso de indulgencias para financiar respetables proyectos, y mucho menos contra la Iglesia misma. Pero Lutero parecía desafiar la autoridad de la Iglesia en un sentido amplio, y León sabía que una herejía fuera de control podía convertirse en el centro de una secta. En siglos recientes, en Europa, la Iglesia había tenido que someter a sectas disidentes de ese tipo con el uso de la fuerza; era mejor silenciar a Lutero antes de que fuera demasiado tarde.

León comenzó en forma relativamente comedida, pidiendo al respetado teólogo católico Silvestre Mazzolini, conocido como Prieras, que escribiera una respuesta oficial a Lutero, la que, esperaba, atemorizaría al sacerdote y lo reduciría a sumisión. Prieras proclamó que el papa era la máxima autoridad de la Iglesia, aun superior a la Escritura; de hecho, que era infalible. Citó varios textos teológicos elaborados a lo largo de los siglos en apoyo a esa afirmación. También atacó personalmente a Lutero, llamándolo bastardo y cuestionando sus motivos: ¿acaso el sacerdote alemán ambicionaba en realidad un obispado? Prieras concluyó con estas palabras: “Quien diga que la Iglesia de Roma no puede hacer lo que hace en forma de indulgencias es un hereje”. La advertencia era suficientemente clara.

[El coronel John] Boyd prestaba particular atención a la dimensión moral y el esfuerzo de atacar moralmente a un adversario demostrando la disyunción entre creencias profesadas y actos. El nombre del juego para un designio moral de gran estrategia es usar el poder moral para amplificar el propio espíritu y fortaleza mientras se exponen las fallas de los sistemas rivales del adversario. En el proceso, se debería influir en los adversarios potenciales y reales para que se tiendan a esa filosofía y sean empáticos con nuestro éxito.

THE MIND OF WAR: JOHN BOYD AND AMERICAN SECURITY, GRANT T. HAMMOND, 2001.

León tenía muchas cosas en la cabeza en esos años, entre ellas la agitación en el imperio otomano y un plan para lanzar una nueva cruzada, pero la respuesta de Lutero a Prieras llamó su atención de inmediato. Lutero escribió un texto en el que, sin la menor misericordia, hacía trizas el escrito de Prieras: la Iglesia, adujo, no había respondido a sus acusaciones ni basado sus argumentos en la Escritura. A menos que su autoridad para conceder indulgencias y excomulgar a los herejes echara raíces en la Biblia, no era de naturaleza espiritual, sino terrenal, política, y ese tipo de autoridad podía y debía ser desafiada. Lutero publicó su texto junto con el de Prieras, para permitir a los lectores compararlos y sacar sus propias conclusiones. Sus citas directas de Prieras, su tono audaz y burlón y su uso de la recién desarrollada imprenta para difundir ampliamente su mensaje resultaron muy impactantes y novedosos para los funcionarios de la Iglesia. Éstos se hallaban ante un hombre astuto y peligroso. A León le quedó claro entonces que la guerra entre la Iglesia y Lutero sería una guerra a muerte.

Mientras el papa ponderaba cómo llevar al sacerdote alemán a Roma y juzgarlo como hereje, Lutero aceleró su campaña, y siguió publicando a un ritmo alarmante, con un tono cada vez más vitriólico. En Carta Abierta a la Nobleza Cristiana de la Nación Alemana, aseguró que Roma había usado su autoridad espuria para amedrentar y atemorizar al pueblo alemán durante siglos, convirtiendo a los reinos de Alemania en Estados vasallos. La Iglesia, repitió, era un poder político, no espiritual, y para apuntalar su régimen terrenal había recurrido a mentiras, documentos falsos y cualquier otro medio necesario. En Sobre la Cautividad Babilónica de la Iglesia denostó el regalado estilo de vida del papa, la prostitución de la jerarquía eclesiástica, el arte blasfemo financiado por León. El papa había llegado al extremo de montar una inmoral y obscena obra de Maquiavelo, titulada La mandrágora, en el Vaticano mismo. Lutero yuxtapuso la virtuosa conducta defendida por la Iglesia con la manera en que vivían sus cardenales. Eran el papa y su cohorte, acusó Lutero, los verdaderos herejes, no él; de hecho, el papa era el Anticristo.

A León le pareció que Lutero había respondido a la amenaza de Prieras elevando la temperatura. Evidentemente, la amenaza había sido débil; el papa había sido demasiado clemente. Era momento de mostrar verdadera fuerza y poner fin a esa guerra. Así que León escribió una bula papal amenazando a Lutero con la excomunión. Envió asimismo a funcionarios eclesiásticos a Alemania para negociar el arresto y encarcelamiento del sacerdote. Estos funcionarios, sin embargo, volvieron con escandalosas noticias que lo alteraron todo: en los pocos años desde la publicación de Las Noventa y cinco Tesis, Martín Lutero, un desconocido cura alemán, se había vuelto una sensación, una celebridad, una figura apreciada en todo el país. Dondequiera que los funcionarios del papa fueron, se les insultó, e incluso se les amenazó con apedrearlos. Los aparadores de casi todas las ciudades alemanas contenían cuadros de Lutero con una aureola sobre la cabeza. “Nueve décimos de los alemanes claman ‘¡Viva Lutero!’”, informó un funcionario a León, “y el otro décimo ‘¡Muera Roma!’”. De un modo u otro, Lutero había incitado el latente resentimiento y odio del pueblo alemán contra la Iglesia. Y su fama era impecable: era un autor de éxito, pero rechazó los ingresos de sus textos, practicando a todas luces lo que predicaba. Cuanto más lo atacaba la Iglesia, más popular se volvía. Convertirlo entonces en mártir podía provocar una revolución.

No obstante, en 1521 León ordenó a Lutero presentarse en la ciudad de Worms ante la Dieta Imperial, asamblea de príncipes, nobles y clérigos alemanes organizada por el recién elegido sacro emperador romano, Carlos V. León esperaba lograr que los alemanes hicieran su trabajo sucio, y Carlos se mostró dispuesto: criatura política, preocupada por los sentimientos antiautoritarios que Lutero había despertado, deseaba poner fin a la disputa. En la Dieta exigió que el sacerdote se retractara de sus enseñanzas. Pero Lutero, como de costumbre, se negó, y lo hizo en forma dramática, pronunciando el memorable juicio “Así pienso. No puedo evitarlo. Dios me ayude”. El emperador no tenía opción; condenó a Lutero como hereje y le ordenó volver a Wittenberg a aguardar su destino. Camino a casa, sin embargo, Lutero fue secuestrado y llevado al castillo de Warburg. El secuestro en realidad había sido planeado y ejecutado por sus muchos partidarios entre la aristocracia; estaba a salvo. Viviendo en ese castillo bajo un nombre falso, pudo librar la tormenta.

León murió ese año, y meses después de su muerte las ideas de Lutero y las reformas que éste había defendido ya se habían extendido por Alemania como fuego. Para 1526, un grupo protestante ya era oficialmente reconocido en diferentes partes de Europa. Éste fue el nacimiento de la Reforma, y con él el vasto poder terrenal de la Iglesia católica, al menos tal como León lo había heredado, fue irrevocablemente debilitado. Por alguna razón, ese oscuro y pedante sacerdote de Wittenberg había ganado la guerra.

El rasgo central de la “maniobra externa” es asegurar para uno mismo la máxima libertad de acción, paralizando al mismo tiempo al enemigo con un sinnúmero de frenos disuasivos, en cierto modo como los liliputienses ataron a Gulliver. Al igual que todas las operaciones destinadas a disuadir, la acción será, desde luego, primariamente psicológica; medidas políticas, económicas, diplomáticas y militares se combinarán hacia el mismo fin.
  Los procedimientos empleados para lograr este efecto disuasivo van de lo más sutil a lo más brutal: se apelará a las fórmulas legales del derecho nacional e internacional, se jugará con las susceptibilidades morales y humanitarias y se harán intentos por sacudir la conciencia del enemigo haciéndolo dudar de la justicia de su causa. Con estos métodos se incitará la oposición de alguna sección de la opinión pública interna del enemigo, y se estimulará al mismo tiempo a algún sector de la opinión pública internacional; el resultado será una verdadera coalición moral, y se harán intentos por cooptar a los simpatizantes menos sofisticados con argumentos basados en sus ideas preconcebidas. Este clima de opinión se explotará en las Naciones Unidas, por ejemplo, o en otras agrupaciones internacionales; primariamente, sin embargo, se usará como amenaza para impedir que el enemigo emprenda alguna acción particular. [...]
  Cabe señalar que, así como en una operación militar se toma una posición en el terreno y por lo tanto se le niega al enemigo, en el plano psicológico es posible adoptar posiciones abstractas e igualmente negarlas a la otra parte. Los [líderes de la] Unión Soviética, por ejemplo, [...] han vuelto de su exclusiva propiedad la plataforma de la paz, la de la abolición de las armas atómicas (mientras ellos siguen desarrollándolas) y la del anticolonialismo, mientras ellos gobiernan el único imperio colonial aún en existencia. [...]
  Por lo tanto, podría ser que esas posiciones ideológicas ocupadas por las fuerzas del marxismo sean “conquistadas” algún día por Occidente; pero esto presupone que este último haya aprendido en su estrategia indirecta el valor de pensar y calcular en vez de intentar meramente aplicar principios jurídicos o morales que su enemigo puede usar contra él a cada paso.

INTRODUCCIÓN DE STRATEGY, ANDRÉ BEAUFRE, 1963.

Interpretación

La intención original de Lutero en sus Noventa y cinco Tesis fue explicar un aspecto de la teología: la relación, o falta de ella, entre el perdón de Dios y las indulgencias papales. Pero cuando leyó la respuesta de Prieras a su argumento, algo cambió en él. El papa y sus hombres no habían encontrado una justificación de las indulgencias en la Biblia. Había mucho más que tampoco podían justificar, como el ilimitado poder del papa para excomulgar. Lutero terminó por creer que la Iglesia necesitaba una drástica reforma.

La Reforma, sin embargo, requeriría poder político. Si Lutero simplemente vituperaba la maldad de la Iglesia desde el púlpito o entre sus compañeros sacerdotes, no llegaría a ningún lado. El papa y sus hombres lo habían atacado personalmente, cuestionando sus motivos; así, Lutero pasaría a su vez a la ofensiva, combatiendo fuego contra fuego.

La estrategia de Lutero fue hacer pública la guerra, transformando su causa moral en política. Lo hizo explotando los previos adelantos del siglo en la imprenta: sus opúsculos, escritos con un lenguaje vigoroso e iracundo que atrajo a las masas, fueron ampliamente difundidos. Eligió puntos de ataque que indignarían particularmente al pueblo alemán: el decadente estilo de vida del papa, financiado con la venta de indulgencias; el uso del poder de la Iglesia para intervenir en la política alemana, etc. Pero tal vez lo más devastador fue que Lutero puso al descubierto las hipocresías de la Iglesia. Mediante esas diversas tácticas, fue capaz de encender y atizar una cólera moral que se esparció como fuego, ensuciando siempre la visión de la gente no sólo sobre el papa, sino también sobre la propia Iglesia.

Lutero sabía que León no le respondería con argumentos basados en la Biblia, sino con una fuerza autoritaria, lo que, también lo sabía, sólo daría más brillo a su causa. Así, con lenguaje incendiario y argumentos que cuestionaban la autoridad de León, indujo al papa a apresurados contrataques. Lutero ya llevaba una vida ejemplar, pero llegó aún más lejos rechazando todos los ingresos de sus escritos. En realidad, este conocido gesto volvió teatral su bondad, un asunto de consumo público. En unos cuantos años, Lutero consiguió tanto apoyo entre las masas que el papa no podía combatirlo sin provocar una revolución. Usando la moral en forma tan consciente y pública, la transformó en una estrategia para obtener poder. La Reforma fue una de las mayores victorias políticas de la historia.

¿Cómo debe un régimen ejecutar una campaña antiguerrillera? [El coronel John] Boyd propuso un conjunto de instrumentos: minar la causa de los guerrilleros y destruir su cohesión demostrando integridad y competencia de gobierno para representar y satisfacer las necesidades del pueblo, más que explotarlo o empobrecerlo en beneficio de una elite codiciosa. (Si no es posible practicar este programa político, señalaba Boyd, ¡puede considerarse la posibilidad de cambiar de bando ahora para evitar la prisa después!). Tomar la iniciativa política de erradicar y castigar visiblemente la corrupción. Seleccionar a nuevos líderes de reconocida competencia, así como con atractivo popular. Verificar que impartan justicia, eliminen los principales agravios y vinculen al gobierno con sus bases.

THE MIND OF WAR: JOHN BOYD AND AMERICAN SECURITY, GRANT T. HAMMOND, 2001.

Entiende: no puedes ganar guerras sin apoyo público y político, pero la gente se negará a unirse a tu bando o causa a menos que ésta parezca recta y justa. Y como lo comprendió Lutero, presentar tu causa como justa implica estrategia y teatralidad. Primero, es prudente que elijas una pugna con un enemigo al que puedas describir como autoritario, hipócrita y sediento de poder. Usando todos los medios a tu disposición, lanza primero una ofensiva moral contra los puntos vulnerables de tu adversario. Haz que tu lenguaje sea fuerte y atractivo para las masas, y si puedes, moldéalo de tal forma que des a la gente la oportunidad de expresar una hostilidad que ya siente. Cita contra tus enemigos sus propias palabras, para hacer que tus ataques parezcan justos, casi desinteresados. Crea una mancha moral que se adhiera a ellos como pegamento. Inducirlos a un contrataque desmedido te atraerá aún más apoyo público. En vez de pregonar tu bondad —lo que te haría parecer presumid@ y arrogante—, demuéstrala mediante el contraste entre sus irracionales acciones y tus actos de cruzada. Lanza contra ellos la peor acusación: que persiguen el poder, mientras que a ti te motiva algo más alto y generoso.

No te preocupes por las manipulaciones a las que tendrás que recurrir para ganar esta batalla moral. Hacer pública demostración de que tu causa es más justa que la del enemigo distraerá ampliamente a la gente de los medios que emplees.

Siempre hay grupos humanos concretos que combaten a otros grupos humanos concretos en nombre de la justicia, la humanidad, el orden o la paz. Cuando se reprocha inmoralidad y cinismo, el espectador de fenómenos políticos siempre puede reconocer en esos reproches un arma política usada en el combate.

—Carl Schmitt (1888-1985).

CLAVES PARA LA GUERRA

En casi todas las culturas, la moral —la definición del bien y el mal— se originó como una manera de diferenciar a una clase de personas de otra. En la antigua Grecia, por ejemplo, la palabra para “bueno” se asoció primero con la nobleza, las clases superiores que servían al Estado y demostraban su valor en el campo de batalla; los malos —viles, egoístas y cobardes— eran generalmente las clases bajas. Con el tiempo evolucionó un sistema de ética que cumplía una función similar pero más sofisticada: mantener en orden a la sociedad separando lo antisocial y “malo” de lo social y “bueno”. Las sociedades usan ideas sobre lo que es y no es moral para crear valores que les sean útiles. Cuando esos valores caducan o dejan de servir por cualquier otro motivo, la moral cambia y evoluciona lentamente.

Hay individuos y grupos, sin embargo, que usan la moral con un propósito muy distinto: no para mantener el orden social, sino para extraer una ventaja en una situación competitiva, como la guerra, la política o los negocios. En sus manos, la moral se convierte en un arma por empuñar para dirigir la atención a su causa mientras se le desvía de las repulsivas, menos nobles acciones inevitables en toda lucha de poder. Esas personas tienden a aprovechar la ambivalencia que tod@s poseemos ante el conflicto y el poder, explotando nuestros sentimientos de culpa para sus fines. Por ejemplo, pueden situarse como víctimas de la injusticia, para que quienes se opongan a ellas parezcan malos o insensibles. O pueden hacer tal ostentación de superioridad moral que nos sintamos avergonzad@s por disentir de ellas. Son maestras en ocupar el trono moral y traducirlo en una suerte de poder o ventaja.

Llamemos a est@s estrategas “guerrer@s morales”. Hay generalmente dos tipos: inconscientes y conscientes. L@s guerrer@s morales inconscientes tienden a estar motivad@s por sensaciones de debilidad. Quizá no sean tan buen@s para el juego directo del poder, así que funcionan haciendo que otras personas se sientan culpables y moralmente inferiores: una inconsciente, reflexiva manera de nivelar el campo de juego. Pese a su aparente fragilidad, son peligros@s en el nivel individual, porque parecen sincer@s y pueden ejercer mucho poder sobre las emociones de la gente. L@s guerrer@s morales conscientes son aquell@s que usan la estrategia en forma intencional. Son más peligros@s en un nivel público, donde pueden tomar el trono moral manipulando los medios de información. Lutero era un guerrero moral consciente, pero, siendo también genuino creyente en la moral que predicaba, usó la estrategia sólo para ayudarse en su lucha contra el papa; guerrer@s morales más resbaladiz@s tienden a usarla más indiscriminadamente, adaptándola a cualquier causa que decidan adoptar.

Éste no es un mundo de ángeles sino de ángulos, donde los hombres hablan de principios morales pero se guían por principios de poder; un mundo donde nosotros siempre somos morales y nuestros enemigos siempre son inmorales.

RULES FOR RADICALS, SAUL D. ALINSKY, 1909-1972.

La manera de combatir a l@s guerrer@s morales en general está indicada por ciertas estrategias que han evolucionado en la guerra moderna. El oficial y escritor francés André Beaufre analizó el uso de la moral como estrategia militar en el contexto de las guerras entre Francia y Argelia, en la década de 1950, y de las guerras de Vietnam libradas primero por Francia y después por Estados Unidos. Tanto los argelinos como los norvietnamitas se esmeraron en enmarcar sus respectivos conflictos como una guerra de liberación de una nación en lucha por su libertad contra una potencia imperialista. Una vez que esta visión se difundió en los medios y fue aceptada por muchos en las sociedades francesa y estadunidense, los insurgentes pudieron cortejar el apoyo internacional, lo que sirvió a su vez para aislar a Francia y Estados Unidos en la comunidad mundial. Apelando directamente a grupos en esos países latente o abiertamente solidarios con su causa, o al menos ambivalentes ante ésta, fueron capaces de debilitar el apoyo a la guerra desde dentro. Al mismo tiempo, disfrazaron astutamente las muchas nefastas maniobras a las que ellos mismos recurrían para librar su guerra de guerrillas. Así, a ojos del mundo, dominaban el campo de batalla moral, inhibiendo enormemente la libertad de acción de Francia y Estados Unidos. Atravesando cautelosamente un campo minado político y moral, estas potencias no pudieron dar una guerra con espíritu de triunfo.

Beaufre llama al uso estratégico de la moral una “maniobra externa”, porque se ubica fuera del territorio en disputa y fuera de la estrategia en el campo de batalla. Tiene lugar en su propio espacio, su propio terreno moral. Para Beaufre, tanto Francia como Estados Unidos cometieron el error de ceder el trono moral al enemigo. A causa de que ambos países tenían ricas tradiciones democráticas y consideraban justificada su guerra, supusieron que los demás la percibirían del mismo modo. No vieron la necesidad de disputar el terreno moral, y ése fue un error fatal. Hoy las naciones deben entrar al juego público, desviando los intentos de sus enemigos por describirlas como malas. Sin parecer quejarse de lo que hace la otra parte, también deben mismas la guerra al ámbito moral: combatiendo en términos aparentemente morales. Cede el terreno moral a la otra parte y limitarás tu libertad de acción: entonces, cualquier cosa manipuladora pero necesaria que hagas alimentará la imagen de injust@ que el enemigo ha divulgado sobre ti, y dudarás en emprender tal acción.

La humanidad en cuanto tal no puede realizar ninguna guerra, puesto que no tiene enemigos, al menos sobre este planeta. El concepto de humanidad excluye el de enemigo, puesto que también el enemigo no deja de ser hombre y en esto no presenta ninguna diferencia específica. Que se realicen guerras en nombre de la humanidad no contradice esta simple verdad sino que tiene un significado político particularmente marcado. Si un Estado combate a su enemigo en nombre de la humanidad, la suya no es una guerra de la humanidad, sino una guerra por la cual un determinado Estado trata de adueñarse, contra su adversario, de un concepto universal, para poder identificarse con él (a expensas de su enemigo), del mismo modo que se pueden utilizar distorsionadamente los conceptos de paz, justicia, progreso, civilización, a fin de reivindicarlos para sí y expropiárselos al enemigo. La humanidad es un instrumento particularmente idóneo para las expansiones imperialistas y es también, en su forma ético-humanitaria, un vehículo específico del imperialismo económico. A ese respecto es válida, aunque con una necesaria modificación, una máxima de Proudhon: “Quien dice humanidad, quiere engañar”.
  Proclamar el concepto de humanidad, referirse a la humanidad, monopolizar esta palabra: todo esto podría expresar solamente —visto que no se pueden emplear semejantes términos sin determinadas consecuencias— la terrible pretensión de que al enemigo le sea negada la calidad de humano, de que se lo declare hors-la-loi y hors l’humanité y por consiguiente de que la guerra deba ser llevada hasta la extrema inhumanidad.

EL CONCEPTO DE LO POLÍTICO, CARL SCHMITT, 1932.

Esto tiene gran relevancia para todas las formas del conflicto. Cuando tus enemigos intentan presentarse como más justificados que tú, y por lo tanto más morales, debes ver ese movimiento como lo que suele ser: no un reflejo de moral, de lo bueno y lo malo, sino una astuta estrategia, una maniobra externa. Puedes reconocer una maniobra externa de varias maneras. Primero, el ataque moral procede a menudo del jardín izquierdo, así que no tiene nada que ver con lo que imaginas que es el conflicto. Algo que has hecho en una arena completamente diferente se rastrea a fin de restarte apoyo o infundirte culpa. Segundo, el ataque suele ser ad hominem; un argumento racional se combate con lo emocional y personal. Tu carácter, más que el asunto por el que peleas, se convierte en el terreno del debate. Tus motivos son cuestionados y reciben el más oscuro de los giros.

Una vez que te das cuenta de que estás bajo ataque de un@ guerrer@ moral que usa la maniobra externa, es vital que mantengas el control de tus emociones. Si te quejas o estallas iracundamente, sólo parecerás defensiv@, como si tuvieras algo que esconder. El@ guerrer@ moral está siendo estratégic@; la única respuesta efectiva es ser estratégic@ también. Aun si sabes que tu causa es justa, nunca puedes dar por supuesto que la gente la ve de la misma manera. Las apariencias y el prestigio gobiernan el mundo actual; permitir que el enemigo moldee esas cosas a su gusto es comparable a permitir que tome la posición más favorable en el campo de batalla. Una vez comenzada la pugna por el terreno moral, debes pelear por ocupar el promontorio tal como lo harías en una guerra a balazos.

Como cualquier otra forma de guerra, el conflicto moral tiene posibilidades tanto ofensivas como defensivas. Cuando estás a la ofensiva, te empeñas activamente en destruir el prestigio del enemigo. Antes y durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos, el gran propagandista Samuel Adams apuntó a la fama de Inglaterra como justa, liberal y civilizada. Abrió hoyos en esa imagen moral haciendo pública la explotación por Inglaterra de los recursos de las colonias y la simultánea exclusión del pueblo de éstas de los procesos democráticos. Los colonos tenían una alta opinión de Inglaterra, pero no después de la despiadada campaña de Adams.

Para tener éxito, Adams tuvo que recurrir a la exageración, seleccionando y enfatizando los casos en los que los ingleses eran prepotentes. La suya no era una descripción equilibrada; ignoró las ocasiones en que los ingleses habían dado buen trato a las colonias. Su meta no era ser justo, sino provocar una guerra, y sabía que los colonos no combatirían a menos que juzgaran justa la guerra y malos a los británicos. Al tratar de deteriorar la autoridad moral de tu enemigo, no seas sutil. Haz que tu lenguaje y distinciones de lo bueno y lo malo sean lo más fuertes posible; habla en términos de blanco y negro. Es difícil hacer que la gente pelee por un área gris.

Revelar las hipocresías de tu adversario es quizá el arma ofensiva más letal del arsenal moral: la gente odia naturalmente a los hipócritas. Pero esto sólo funcionará si la hipocresía es profunda, si repercute en sus valores. A pocos les importará un inocuo y contradictorio comentario o voto hecho mucho tiempo atrás, pero los enemigos que proclaman ciertos valores como inherentes a su bando mas no siempre se adhieren a ellos en la realidad son blancos muy jugosos. Las campañas de propaganda argelina y norvietnamita fueron tan destructivas debido en parte a la discrepancia que pudieron exhibir entre los valores de libertad abrazados por Francia y Estados Unidos y las acciones de esos países para aplastar a movimientos de independencia nacional. Ambas naciones parecieron hipócritas.

Si una pugna con tus enemigos es inevitable, haz siempre todo lo posible por lograr que sean ellos los que la empiecen. En 1861, el presidente Abraham Lincoln maniobró cuidadosamente para hacer que el sur disparara primero en Fort Sumter, iniciando la Guerra Civil. Esto colocó a Lincoln en el trono moral y conquistó a muchos norteños ambivalentes para su bando. De igual manera, aun si libras una guerra de agresión y tu meta es eliminar a tu enemigo, busca la manera de presentarte no como conquistador@, sino como libertador@. No peleas por territorios o dinero, sino para liberar a personas que sufren bajo un régimen opresor.

En general, en un conflicto potencialmente repugnante, en el que estás segur@ de que el enemigo recurrirá a casi todo, es mejor que pases a la ofensiva con tu campaña moral y no esperes sus ataques. Abrir hoyos en el prestigio de la otra parte es más fácil que defender el tuyo. Entre más permanezcas a la ofensiva, más podrás distraer a la gente de tus propias deficiencias y faltas, y las faltas son inevitables en la guerra. Si eres física y militarmente más débil que tu enemigo, con mayor razón monta una maniobra externa. Traslada la batalla al terreno moral, donde puedas paralizar y batir a un enemigo más fuerte.

La mejor defensa contra l@s guerrer@s morales es no darles blanco de ataque. Haz honor a tu buen nombre; practica lo que predicas, al menos en público; alíate a las causas más justas del momento. Haz que tus adversarios se empeñen tanto en minar tu fama que parezcan desesperados, y que sus ataques les exploten en la cara. Si tienes que hacer algo desagradable y desacorde con tu declarada posición o imagen pública, usa un instrumento: un agente que actúe por ti y esconda tu papel en la acción. Si esto no es posible, piensa por adelantado y planea una autodefensa moral. Evita a toda costa acciones que acarreen la mancha de la hipocresía.

Una mancha en tu autoridad moral puede propagarse como una infección. Mientras te afanas en reparar el daño, con frecuencia divulgarás inadvertidamente las dudas que esa mancha ha abierto, lo que sencillamente empeorará las cosas. Así que sé prudente: la mejor defensa contra un ataque moral es haberte vacunado contra él de antemano, identificando dónde puedes ser vulnerable y tomando medidas preventivas. Cuando Julio César cruzó el Rubicón e inició la Guerra Civil contra Pompeyo, era sumamente vulnerable al cargo de pretender usurpar la autoridad del senado romano para convertirse en dictador. Se vacunó contra esos cargos actuando benévolamente con sus enemigos en Roma, haciendo importantes reformas y llegando al extremo de mostrar respeto por la República. Abrazando algunos de los principios de sus enemigos, evitó que prosperaran sus intentos de infección moral.

La maldad exitosa ha obtenido el nombre de virtud [...] cuando es en beneficio del reino.

THOMAS HOBBES, 1588-1679.

Las guerras suelen librarse por interés propio: una nación se lanza a una guerra para protegerse de un enemigo invasor, o potencialmente peligroso, o para tomar territorios o recursos de un vecino. La moral es a veces un componente de esa decisión —en una guerra santa o cruzada, por ejemplo—, pero aun en este caso el interés propio suele desempeñar algún papel; a menudo, la moral es sólo una cubierta del deseo de más territorio, más riquezas, más poder. Durante la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética se volvió un apreciable aliado de Estados Unidos, desempeñando un papel clave en la derrota de Hitler, pero después de la guerra se convirtió en el peor enemigo de ese país. El interés propio estadunidense, no los soviéticos, había cambiado.

Las guerras por interés propio usualmente terminan cuando los intereses del vencedor han sido satisfechos. Las guerras por motivos morales suelen ser más largas y sangrientas: si al enemigo se le juzga malo, infiel, se le debe aniquilar antes de que la guerra pueda concluir. Las guerras por motivos morales también instigan emociones incontrolables. La campaña moral de Lutero contra Roma generó tanto odio que en la subsecuente invasión de la Ciudad Santa por las tropas de Carlos V, en 1527, soldados alemanes procedieron a una tremolina de seis meses contra la Iglesia y sus funcionarios, cometiendo muchas atrocidades en lo que se conoció como “el saco de Roma”.

Así en la vida como en la guerra. Cuando estás involucrad@ en un conflicto con otra persona o grupo, hay algo por lo que peleas, algo que cada parte quiere. Esto podría ser dinero, poder y posición, etc. Tus intereses están en juego, y no tienes por qué sentir culpa por defenderlos. Estos conflictos tienden a ser poco sangrientos; la mayoría de la gente es al menos algo práctica y ve el caso de impedir que una guerra se prolongue demasiado. Pero quienes pelean por una razón moral pueden ser a veces los más peligrosos. Quizá estén sedientos de poder y usen la moral como cubierta; tal vez los motive un oscuro y oculto agravio; en cualquier caso, persiguen algo más que su interés propio. Aun si los vences, o al menos si te defiendes exitosamente de ellos, la prudencia podría ser en estas circunstancias lo más valeroso. Evita las guerras morales si puedes; no valen el tiempo que quitan ni los sucios sentimientos que remueven.


Imagen: Gérmenes. Una vez

que se meten en el cuerpo

y lo atacan, se propagan rá-

pido. Tus intentos por des-

truirlos suelen volverlos más

fuertes y difíciles de ex-

pulsar. La mejor

defensa es la

prevención. Prevé el ataque

y vacúnate contra él. Con

estos organismos tienes que

pelear fuego contra fuego.

Autoridad: El eje de la guerra no es sino el nombre y la rectitud. Obtén buen nombre para ti y da uno malo al enemigo; proclama tu rectitud y revela la indignidad del enemigo. Luego tu ejército podrá marchar con gran impulso, sacudiendo el cielo y la tierra. —Tou Bi Fu Tan, A Scholar’s Dilettante Remarks on War (siglo XVI d.C.).

REVERSO

Una ofensiva moral tiene un peligro integrado: si la gente sabe lo que estás haciendo, tu virtuosa posición podría repugnarle y alejarla. A menos que enfrentes un enemigo nefasto, es mejor usar esta estrategia con mano ligera y nunca parecer estridente. Las batallas morales son para el consumo público, y constantemente debes medir el efecto, subiendo o bajando la temperatura en consecuencia.