LA ESTRATEGIA DEL VACÍO
En 1807, Napoleón Bonaparte, de Francia, y el zar Alejandro I, de Rusia, firmaron un tratado de alianza. Se vinculaban así las dos grandes potencias militares de la época. Pero ese tratado fue impopular en la corte rusa; entre otras cosas, brindaba a Napoleón casi rienda libre en Polonia, el tradicional “patio delantero” de Rusia. Los aristócratas rusos se dedicaron a influir en el zar para repudiarlo. Poco después, Alejandro empezó a efectuar acciones que sabía que desagradarían a los franceses, y para agosto de 1811 Napoleón ya había tenido suficiente: era hora de dar una lección a Rusia. Así, comenzó a hacer planes para una invasión. La adquisición de ese vasto territorio al este lo convertiría en soberano del imperio más grande de la historia.
Algunos de los ministros de Napoleón le advirtieron de los peligros de invadir un país tan vasto, pero el general emperador se sentía sumamente seguro. El ejército ruso era indisciplinado y sus oficiales reñían entre sí. Dos fuerzas estaban situadas en Lituania para bloquear una invasión desde el oeste, pero la inteligencia había revelado que estaban impreparadas. Napoleón marcharía hacia una posición central entre esas fuerzas y las derrotaría minuciosamente. Aseguraría la victoria movilizando un ejército tres veces mayor que cualquiera que hubiera dirigido antes: seiscientos cincuenta mil hombres marcharían a Rusia, cuatrocientos cincuenta mil como parte de la principal fuerza de ataque, el resto para proteger las líneas de comunicación y abastecimiento. Con un ejército de tal magnitud, podría dominar aun los grandes espacios de Rusia, arrollando al débil enemigo no sólo con sus brillantes maniobras usuales, sino también con superior potencia de fuego.
Napoleón puede haberse sentido seguro de la victoria, pero no era un hombre temerario. Como siempre, estudió la situación desde todos los ángulos. Sabía, por ejemplo, que los caminos rusos eran notoriamente malos, y las provisiones alimenticias locales, magras que el clima tendía a los extremos, y que las vastas distancias hacían mucho más difícil cercar al enemigo: siempre había margen para el repliegue. Leyó sobre la fallida invasión de Rusia por el rey de Suecia Carlos XII en 1709, y anticipó que los rusos podrían retornar a una política de tierra abrasada. Su ejército tendría que ser lo más autosuficiente posible (las distancias eran demasiado grandes para tener extensas líneas de abastecimiento desde Europa), pero, dado su tamaño, eso implicaría increíble planeación y organización.
Para contribuir al abastecimiento de su ejército, Napoleón disponía de inmensas bodegas llenas de trigo y arroz cerca de las fronteras de Rusia. Sabía que sería imposible suministrar forraje a los ciento cincuenta mil caballos de su ejército, así que, tomando previsiones, decidió que tendría que esperar hasta junio para la invasión, cuando los pastos de las llanuras rusas fueran ricos y verdes. De último minuto se enteró de que Rusia tenía muy pocos molinos para la elaboración de harina de cereales, así que a su creciente lista añadió la necesidad de llevar materiales para construir molinos sobre la marcha. Con los problemas logísticos resueltos y su bien planeada estrategia usual a la mano, Napoleón dijo a sus ministros que preveía una rotunda victoria en tres meses. En el pasado, estas predicciones suyas habían sido misteriosamente exactas.
En junio de 1812, el vasto ejército de hombres y provisiones de Napoleón partió a Rusia. Napoleón siempre planeaba lo inesperado, pero esta vez dificultades inmanejables empezaron a acumularse casi de inmediato: lluvia, los malos caminos y el intenso calor del verano reducían al arrastre los movimientos del ejército. Días después, más de diez mil caballos comieron pastos fétidos y murieron. Las provisiones no llegaban a las tropas de avanzada lo bastante rápido, y éstas tenían que recurrir al saqueo, pero los poco cooperativos campesinos rusos en el camino no sólo se negaban a vender su alimento a cualquier precio, sino que además quemaban su heno antes que permitir que los franceses se apropiaran de él. Más caballos franceses murieron cuando tuvieron que comer la paja de las techumbres de las casas, sólo para que éstas se desplomaran sobre ellos. Los dos ejércitos rusos en Lituania se retiraron demasiado pronto para ser atrapados, y a su paso quemaban cultivos y destruían todas las bodegas de alimentos. La disentería se propagó pronto entre las tropas francesas; unos novecientos hombres morían cada día.
Además de la pérdida de una siempre creciente proporción de efectivos franceses, las elusivas tácticas rusas también contribuyeron al agotamiento tanto mental, como físico, de las fuerzas de Napoleón. Los ataques sorpresa de pequeñas bandas de cosacos eran continuos, y ejercieron una perniciosa influencia muy superior al peligro militar que representaban. El ejército francés estaba crecientemente sujeto a ataques de nerviosismo. El capitán Roeder dio un ejemplo representativo en su diario. Las tropas hessianas se disponían a desfilar ante el cuartel del emperador en Vitebsk el 17 de agosto cuando “de pronto todo estalló en un ridículo rugido por haberse visto a algunos cosacos, de los que se decía que habían matado a un saqueador. La guarnición entera se puso en guardia, y cuando pasó el peligro se descubrió que en realidad había sido rodeada por apenas una docena de cosacos que merodeaban aquí y allá. Con este método, podrán llevar a la guarnición entera al hospital en catorce días sin perder un solo hombre”.
THE CAMPAIGNS OF NAPOLEON, DAVID G. CHANDLER, 1966.
En su afán de alcanzar y destruir a al menos una parte de su elusivo enemigo, Napoleón se vio obligado a marchar aún más al este. A momentos se acercaba tentadoramente a aquel de los dos ejércitos rusos que se hallaba más al norte, pero sus fatigados hombres y caballos no podían avanzar con suficiente rapidez para alcanzarlo o cercarlo, así que escapaba fácilmente de sus trampas. Junio dio paso a julio. Quedó claro entonces que los rusos podrían unir a sus dos ejércitos en Smolensk, a más de trescientos kilómetros al este de donde Napoléon se había propuesto combatirlos y a apenas cuatrocientos cincuenta kilómetros de Moscú. Napoleón tuvo que mandar hacer alto y replantear su plan.
Miles de soldados franceses habían sucumbido a la enfermedad y el hambre sin haber librado una sola batalla. El ejército se tendía a lo largo de una línea de ochocientos kilómetros, partes de la cual eran constantemente hostigadas por reducidas tropas de cosacos a caballo, sembrando terror con sus sangrientas correrías. Napoleón no podía permitir que esa caza continuara; haría marchar a sus hombres a Smolensk y libraría ahí la batalla decisiva. Smolensk era una ciudad sagrada, con gran significado emocional para el pueblo ruso. Seguramente los rusos lucharían para defenderla antes que permitir que se le destruyera. Él sabía que si podía enfrentar a los rusos en batalla, ganaría.
Así, los franceses se trasladaron a Smolensk, donde llegaron a mediados de agosto, reducida su fuerza de ataque de cuatrocientos cincuenta mil hombres a ciento cincuenta mil, y desgastada por el intenso calor. Por fin, como Napoleón había predicho, los rusos hicieron escala ahí... pero muy brevemente; tras varios días de combate, se retiraron una vez más, dejando tras de sí una ciudad quemada y arruinada con nada en ella que comer o pillar. Napoleón no entendía al pueblo ruso, al que juzgaba suicida; destruiría su país antes que entregarlo.
Tuvo que decidir entonces si marchar a Moscú. Parecía prudente esperar en Smolensk a que pasara el invierno, pero eso daría tiempo al zar de reunir un ejército mayor, que a Napoleón le sería más difícil manejar con sus agotadas fuerzas. El emperador francés estaba seguro de que el zar defendería Moscú, el corazón y alma mismos de Rusia. Una vez caída Moscú, Alejandro tendría que pedir la paz. Así que Napoleón hizo marchar a sus demacradas tropas aún más al este.
Entonces, al fin, los rusos dieron la cara a los franceses en batalla, y el 7 de septiembre ambos ejércitos chocaron cerca de la ciudad de Borodino, a apenas ciento veinte kilómetros de Moscú. Napoleón ya no tenía fuerzas ni caballería suficientes para intentar su usual maniobra de flanqueo, así que se vio forzado a atacar al enemigo de frente. Los rusos pelearon ferozmente, con mayor vigor que el que cualquier ejército de Napoleón hubiera encontrado antes. Aun así, luego de horas de brutal combate, los rusos se retiraron de nueva cuenta. El camino a Moscú estaba abierto. Pero el ejército ruso seguía intacto, y Napoleón había sufrido terribles bajas.
Siete días después, el ejército de Napoleón, reducido para entonces a cien mil hombres, llegó disperso a una indefensa Moscú. Un mariscal francés escribió a su esposa que “la alegría [del emperador] era desbordante. ‘Los rusos’, cree, ‘pedirán paz, y yo cambiaré la faz del mundo’”. En años anteriores, cuando Napoleón había marchado a Viena y Berlín, se le había recibido como a un héroe conquistador, con dignatarios que le entregaban las llaves de sus ciudades. Pero Moscú estaba vacía: sin ciudadanos, sin alimentos. Un terrible incendio se declaró casi de inmediato y duró cinco días; todas las bombas de agua de la ciudad habían sido retiradas: un elaborado sabotaje para volver a Moscú aún más inhóspita.
Napoleón envió cartas al zar, ofreciendo generosas condiciones de paz. Al principio los rusos parecieron dispuestos a negociar, pero las semanas pasaron hasta que al fin resultó claro que los rusos alargaban las conversaciones para ganar tiempo y reforzar a su ejército... y para permitir la llegada del invierno.
Napoleón no podía arriesgarse a permanecer en Moscú un día más; pronto los rusos podrían cercar su ahora magra fuerza. El 19 de octubre sacó lo que quedaba de su ejército de la capital rusa. Su meta era llegar a Smolensk lo más rápido posible. Para entonces, las indisciplinadas bandas de cosacos que lo habían hostigado en su camino al este habían formado divisiones más grandes —fuerzas de quinientos guerrilleros—, y cada día mataban a más y más soldados franceses. Marchando en medio de un constante temor, las tropas de Napoleón rara vez dormían. Miles sucumbieron a la fatiga y el hambre. Napoleón tuvo que atravesar con ellas los pesadillescos campos de Borodino, aún repletos de cadáveres franceses, muchos a medio comer por los lobos. La nieve empezó a caer: había llegado el invierno ruso. Los caballos franceses morían de frío, y hasta el último soldado tenía que arrastrarse a pie entre la nieve. Apenas cuarenta mil llegaron a Smolensk.
El frío empeoraba. No había tiempo para demorarse en Smolensk. Mediante una hábil maniobra, Napoleón logró que sus tropas atravesaran el río Berezina, lo que les ofreció una despejada vía de retirada al oeste. Entonces, a principios de diciembre, al enterarse de un fallido coup d’état en Francia, el emperador dejó atrás a sus tropas y se dirigió a París. De los cuatrocientos cincuenta mil hombres de su principal fuerza de ataque, unos veinticinco mil lograron volver. Del resto del ejército también pocos sobrevivieron. Napoleón había escapado milagrosamente de la necesidad de librar más batallas, pero jamás se recuperaría de sus bajas en efectivos y caballos. Rusia fue realmente su tumba.
Interpretación
Cuando Napoleón invadió Rusia, el zar Alejandro I se había reunido con él en varias ocasiones en los años previos y había terminado por conocerlo muy bien. El emperador, descubrió Alejandro, era un hombre agresivo que gustaba de cualquier clase de combate, aun si las probabilidades estaban en su contra. Necesitaba batallas como una oportunidad de poner en juego su genio. Rehusándose a enfrentarlo en batalla, Alejandro podría frustrarlo y atraerlo a un vacío: vastos pero vacíos territorios sin alimentos ni forraje, ciudades vacías sin nada por pillar, negociaciones vacías, tiempo vacío en el que no pasaba nada, y finalmente la inclemencia del invierno. El severo clima de Rusia convertiría en ofuscación el genio organizativo de Napoleón. Y en efecto, la estrategia de Alejandro funcionó a la perfección. La imposibilidad de Napoleón de combatir a su enemigo lo exasperó: unos cuantos kilómetros más al este, una batalla real, y podría darle a su cobarde enemigo una lección. Sus emociones —irritación, enojo, confusión— ahogaron su capacidad de idear estrategias. ¿Cómo fue posible que creyera, por ejemplo, que la caída de Moscú obligaría al zar a rendirse? El ejército de Alejandro seguía intacto, los franceses se habían debilitado de modo alarmante y el invierno se acercaba. La mente de Napoleón había sucumbido a la poderosa atracción del vacío al que había entrado, y eso lo perdió.
La estrategia de Alejandro también causó estragos en los soldados franceses, renombrados por su superior disciplina y espíritu combativo. Un soldado puede resistir casi cualquier cosa, excepto la expectativa de una batalla que nunca llega y una tensión que nunca se alivia. En vez de batalla, los franceses recibieron interminables irrupciones y ataques llegados de ninguna parte, continua amenaza que gradualmente se convirtió en pánico. Mientras miles de soldados caían enfermos, muchos más simplemente perdían la voluntad de pelear.
Es parte de la naturaleza humana que no podamos soportar ninguna clase de vacío. Odiamos el silencio, largos periodos de inactividad, la soledad. (Quizá esto se relacione con nuestro temor al último vacío de la muerte.) Tenemos que llenar y ocupar el espacio vacío. Al no darle a la gente nada que atacar, al ser lo más vaporos@ posible, explotas esa debilidad humana. Furiosa por la ausencia no sólo de combate, sino de todo tipo de interacción, la gente tenderá a perseguirte alocadamente, perdiendo toda capacidad de pensamiento estratégico. Es la parte elusiva, por débil y reducida que sea su fuerza, la que controla la dinámica.
Entre más grande sea el enemigo, mejor funciona esta estrategia: al pugnar por alcanzarte, el desmedido adversario te ofrece sustanciosos blancos. Para crear la máxima perturbación psicológica, haz pequeños pero incesantes ataques, manteniendo en constante ebullición el enojo y frustración de tu enemigo. Produce un vacío total: negociaciones huecas, conversaciones que no llevan a ningún lado, el paso del tiempo sin victoria ni derrota. En un mundo de ritmo y actividad acelerados, esta estrategia tendrá un eficaz efecto extenuante en el temple de la gente. Cuanto menos pueda atacar, más duro caerá.
La mayoría de las guerras son guerras de contacto, empeñadas ambas fuerzas en mantenerse cerca. [...] La guerra árabe debía ser una guerra de separación: contener al enemigo mediante la silenciosa amenaza de un vasto desierto desconocido, no revelarse hasta el momento del ataque. [...] De esta teoría se desprendió en última instancia un hábito inconsciente de no combatir al enemigo en absoluto. Esto concordaba con el argumento numérico de no ofrecer jamás un blanco de ataque a los soldados enemigos.
—T. E. Lawrence, Los siete pilares de la sabiduría (1926).
A lo largo de los siglos, la guerra organizada —en todas sus infinitas variaciones, de la primitiva a la moderna, de la asiática a la occidental— ha tendido siempre a seguir cierta lógica, tan universal que casi parece inherente al proceso. Esta lógica es la siguiente: un líder decide llevar a su país a la guerra y forma un ejército con ese propósito. La meta de ese ejército es enfrentar y derrotar al enemigo en una batalla decisiva que imponga una rendición y favorables condiciones de paz. El estratega que guía la campaña debe hacerse cargo de un área específica, el teatro de guerra. Esta área suele ser relativamente limitada; maniobrar en vastos espacios abiertos complica la posibilidad de llevar la guerra a su conclusión. Operando dentro del teatro de guerra, entonces, el estratega idea conducir a su ejército a la batalla decisiva de tal forma que sorprenda al enemigo o lo ponga en desventaja: acorralado, atacado por el frente y la retaguardia u obligado a combatir colina arriba. Para mantener el vigor de sus fuerzas a fin de que den un golpe mortal, las concentra antes que dispersarlas. Una vez iniciada la batalla, el ejército formará naturalmente un flanco y retaguardia que debe proteger contra el cerco, así como líneas de comunicación y abastecimiento. Quizá suponga varias batallas terminar la guerra, pues cada parte se empeñará en dominar las posiciones clave que le den el control del teatro, pero los jefes militares deben intentar terminarla lo más pronto posible. Cuanto más se prolongue, más se tensarán los recursos del ejército hasta un punto límite en que la capacidad de combatir se vendrá abajo. También la moral de los soldados decae con el tiempo.
Ése fue el sistema que España usó contra nosotros. Entre ciento cincuenta y doscientas bandas guerrilleras esparcidas por toda España habían jurado matar a treinta o cuarenta franceses al mes cada una; esto equivalía en total a entre seis y ocho mil hombres al mes. La orden fue no atacar nunca a soldados que viajaran en grupo, a menos que los guerrilleros fueran superiores en número. Pero disparaban contra todos los rezagados, atacaban a pequeñas escoltas e intentaban echar mano de fondos, correos y especialmente convoys del enemigo. Dado que todos los habitantes actuaban como espías de sus conciudadanos, los guerrilleros sabían cuándo saldrían los convoys y qué tan fuertes serían sus escoltas, y las bandas se cercioraban de ser del doble de ese tamaño. Conocían muy bien el país, y atacaban furiosamente en el lugar más favorable. El éxito coronaba a menudo sus empeños; pero siempre mataban a muchos hombres, y la meta se alcanzaba. Dados doce meses, perdíamos a unos ochenta mil hombres al año, sin ninguna batalla campal. La guerra en España duró siete años, así que más de quinientos mil hombres fueron ejecutados. [...]
Pero eso sólo incluye a los eliminados por los guerrilleros. Si se añaden las batallas de Salamanca, Talavera y Vitoria, y otras que nuestras tropas perdieron; los sitios, [...] el infructuoso ataque contra Cádiz; y si se añaden también la invasión y evacuación de Portugal, las fiebres y varias enfermedades que la temperatura causó que nuestros soldados sufrieran, se verá que podrían añadirse trescientos mil soldados a esa cifra durante esos siete años. [...]
De lo dicho hasta aquí se desprende que el primer propósito de este tipo de guerra es causar la destrucción del enemigo casi sin que éste lo note; y así como una gota de agua que cae en una piedra terminará por abrir un hoyo en ella, la paciencia y la perseverancia son necesarias, siguiendo siempre el mismo sistema. A largo plazo, el enemigo sufrirá más por esto de lo que sufriría por perder batallas campales.
Partisanos y fuerzas irregulares, J. F. A. LE MIÈRE DE CORVEY, 1823.
Como en cualquier otra actividad humana, sin embargo, este positivo lado ordenado genera un negativo lado oscuro que contiene su propia forma de poder y lógica inversa. El lado oscuro es la guerra de guerrillas. Los rudimentos de la guerra de guerrillas se originaron hace miles de años, cuando naciones pequeñas eran invadidas por vecinos poderosos; para sobrevivir, sus ejércitos se veían forzados a huir del invasor, pues todo combate directo los habría destruido. Pronto quedó claro que entre más eludieran la batalla, más arruinarían las estrategias del enemigo y lo confundirían al no ajustarse a la lógica usual de combate.
El siguiente paso fue llevar esto más lejos: esos primeros guerrilleros conocieron el valor de operar en bandas pequeñas y dispersas en oposición a un ejército concentrado, manteniéndose en constante movimiento, nunca formando un frente, flanco o retaguardia que la otra parte atacara. El enemigo querría mantener confinada la guerra a un espacio particular; era preferible entonces extenderla al mayor territorio posible y llevarla a la campiña, lo que obligaba al enemigo a dispersarse a causa de la persecución; esto, a su vez, lo exponía a irrupciones y ataques sorpresa. El enemigo desearía naturalmente un rápido fin a la guerra, así que era deseable prolongarla lo más posible, haciendo del tiempo un arma ofensiva que consumiera al enemigo con fricción y moral decreciente.
De esta manera, durante miles de años y a través de prueba y error, el arte de la guerra de guerrillas se desarrolló y fue refinado hasta alcanzar su forma actual. El adiestramiento y pensamiento militar convencional gira en torno a la concentración para la batalla, la maniobra en áreas limitadas y el empeño en una rápida aniquilación. La inversión por la guerra de guerrillas de este orden natural de la guerra la vuelve imposible de combatir por un ejército convencional, y de ahí su poder. En el oscuro territorio de la guerra inversa, donde no se aplica ninguna de las reglas normales, el ejército convencional tropieza. Bien ejecutada, la guerra de guerrillas es prácticamente invencible.
La palabra “guerrilla” se acuñó en referencia a la Guerra Peninsular de 1808-1814, iniciada cuando Napoleón invadió España. Confundiéndose entre las montañas y el inhóspito terreno de su país, los españoles torturaron a los franceses, impidiéndoles beneficiarse de su superior número y armamento. Napoleón fue agobiado por un enemigo que atacaba sin formar frente ni retaguardia. Los cosacos que lo arruinaron en Rusia en 1812 habían aprendido mucho de los españoles y perfeccionado el uso de la guerra de guerrillas; su hostigamiento causó mucho mayor daño que el que habría podido infligir el más bien incompetente ejército ruso.
Esta estrategia se ha convertido en el más poderoso y frecuente instrumento de la guerra moderna por varias razones: primero, explotando adelantos tecnológicos en armamento y explosivos, una pequeña banda guerrillera puede causar un daño desproporcionado. Segundo, la guerra napoleónica amplió enormemente el tamaño de los ejércitos convencionales, volviéndolos mucho más vulnerables a tácticas de ataque sorpresa por fuerzas ligeras y móviles. Finalmente, la guerra de guerrillas ha sido adoptada para propósitos políticos, con gran efecto. Infundiendo a la población local el fervor de una causa, un líder revolucionario puede multiplicar su fuerza en forma encubierta: sus partidarios civiles pueden sabotear la fuerza invasora del enemigo, brindar valiosa inteligencia y convertir la campiña en un campamento armado.
El poder de la guerra de guerrillas es en esencia psicológico. En la guerra convencional, todo converge en la acción de dos ejércitos en batalla. Para esto se idea toda estrategia, y esto es lo que el instinto marcial requiere para liberar la tensión. Al posponer indefinidamente esa convergencia natural, el estratega guerrillero produce intensa frustración. Cuanto más dure esta corrosión mental, más extenuante será. Napoleón perdió ante los rusos a causa de que sus recursos estratégicos fueron rebasados; su mente cayó antes que su ejército.
Por ser tan psicológica, la estrategia guerrillera es infinitamente aplicable al conflicto social. En la vida como en la guerra, nuestras ideas y emociones convergen en forma natural en momentos de contacto y combate con los demás. Nos topamos con personas deliberadamente elusivas, que evaden el contacto, extremadamente desconcertantes. Ya sea porque queramos asirlas e inmovilizarlas o porque nos incomodan tanto que quisiéramos agredirlas, nos atraen hacia ellas, así que de cualquier modo es la persona elusiva la que controla la dinámica. Algunas personas llevan esto más lejos, atacándonos en forma evasiva e impredecible. Estos adversarios pueden obtener un inquietante poder sobre nuestra mente, y entre más lo preserven, más condicionad@ s estaremos a pelear bajo sus propias condiciones. Con adelantos tecnológicos que facilitan mantener una presencia vaporosa, y con el uso de los medios de información lo mismo como pantalla que como una especie de guerrilla adjunta, el poder y efectividad de este tipo de guerra en la batalla política o social aumenta enormemente. En exaltados momentos políticos, una campaña de estilo guerrillero —aliada con alguna causa— puede usarse para librar una guerra popular contra grandes entidades, corporaciones, poderes atrincherados. En este tipo de combate público, a tod@s les gusta pelear del lado de los guerrilleros, porque en este último caso los participantes están más profundamente involucrados en la batalla, no son meras piezas de una gigantesca maquinaria.
Franklin D. Roosevelt fue una suerte de guerrillero político. Le agradaba pelear en forma evasiva y hacía estrategias para privar a los republicanos de blancos de ataque. Usaba los medios de información para dar la impresión de que estaba en todas partes y para librar una especie de guerra popular contra los intereses económicos. Al clásico modo guerrillero, también reorganizó el Partido Demócrata para volverlo menos centralizado, más móvil y fluido para batallas locales. Para Roosevelt, sin embargo, el método guerrillero no fue tanto una estrategia coherente como un estilo. Al igual que tantos otros, percibía inconscientemente el poder de la evasividad y peleaba de esa manera con gran efecto; pero para hacer que esta estrategia funcione de verdad, es preferible usarla consciente y racionalmente. La estrategia guerrillera puede ser el lado contrario de la guerra, pero tiene su propia lógica, inversa pero rigurosa. No puedes improvisarla en forma anárquica; debes pensar y planear de un modo nuevo: móvil, dimensional y abstracto.
La principal consideración debe ser siempre si una campaña de estilo guerrillero es apropiada para las circunstancias que enfrentas. Este estilo es especialmente eficaz, por ejemplo, contra un adversario agresivo pero astuto, un hombre como Napoleón. Estos individuos no pueden soportar la falta de contacto con el enemigo. Viven para maniobrar y vencer con el ingenio y la acción. No tener nada que atacar neutraliza su astucia, y su agresión se convierte en su ruina. Cabe señalar que esta estrategia opera en el amor tanto como en la guerra, y que ahí, también, Napoleón fue su víctima: fue mediante una seducción de estilo guerrillero —incitándolo a perseguirla, dándole tentadores atracciones pero sin ofrecerle nada sólido que tomar— que la emperatriz Josefina lo convirtió en su esclavo.
Esta estrategia del vacío obra maravillas sobre quienes están acostumbrad@ s a la guerra convencional. La falta de contacto es tan ajena a su experiencia que pervierte cualquier potencia estratégica que tengan. Las grandes burocracias suelen ser blancos perfectos para una estrategia guerrillera por la misma razón: son capaces de responder sólo de la manera más ortodoxa. En cualquier caso, los guerrilleros generalmente necesitan un contrincante grande, lerdo y bravucón.
Una vez que hayas determinado que una guerra de guerrillas es apropiada, echa un vistazo al ejército que usarás. Un gran ejército convencional nunca es conveniente; la fluidez y la capacidad de atacar desde muchos ángulos son lo que cuenta. El modelo organizativo es la célula: un grupo relativamente reducido de hombres y mujeres, cohesionado, dedicado, automotivado y disperso. Estas células deben penetrar el propio campamento enemigo. Así fue como Mao Tse-tung organizó su ejército en la Revolución China, infiltrando el bando nacionalista, causando sabotajes en las ciudades, dejando la engañosa y aterradora impresión de que sus hombres estaban en todas partes.
Cuando el coronel de la Fuerza Aérea de Estados Unidos John Boyd se integró al Pentágono a fines de la década de 1960 para colaborar en el desarrollo de los aviones de combate, se topó con una burocracia reactiva dominada por intereses comerciales más que militares. El Pentágono estaba en extrema necesidad de una reforma, pero una guerra burocrática tradicional —un intento por convencer directa y frontalmente al personal clave de la importancia de la causa de Boyd— habría sido una aventura sin esperanza: Boyd simplemente habría sido aislado y expulsado del sistema. Decidió librar en cambio una guerra de guerrillas. Su primer y más importante paso fue organizar células dentro del Pentágono. Estas células eran pequeñas y difíciles de detectar, así que no dieron a los sujetos reactivos nada que atacar cuando éstos se percataron de que estaban en una guerra. Boyd reclutó a sus guerrilleros entre quienes estaban insatisfechos con el statu quo, especialmente los jóvenes; los jóvenes siempre son más receptivos al cambio y gustan de este estilo de pelear.
Con sus células en su sitio, Boyd tenía constante inteligencia de lo que sucedía en el Pentágono y podía anticipar el momento y contenido de los ataques en su contra. También podía usar las células para ampliar su influencia corriendo la voz, infiltrando cada vez más hondo la burocracia. El punto principal es evitar los canales formales de una organización y la tendencia al gigantismo y la concentración. Opta en cambio por la movilidad; haz que tu ejército sea ligero y clandestino. También puedes enlazar tus células guerrilleras con un ejército regular, tal como los cosacos rusos apoyaron a los ejércitos de Alejandro. Esta mezcla de lo convencional y lo no convencional puede resultar sumamente efectiva.
Una vez que hayas organizado tus células, debes buscar la manera de inducir al enemigo a atacarte. En la guerra esto se logra por lo general mediante el repliegue y el viraje posterior para atacar al enemigo con constantes correrías y emboscadas menores que no puedan ser ignoradas. Ésta fue la estrategia clásica practicada por T. E. Lawrence en Arabia durante la Primera Guerra Mundial. El genio estadunidense de las finanzas del siglo XIX Jay Gould, quien libró muchas guerras de guerrillas en su vida de negocios, hacía algo similar en sus batallas diarias. Su meta era generar máximo desorden en los mercados, desorden que él podía anticipar y explotar. Uno de sus principales adversarios fue el muy agresivo magnate y comodoro Cornelius Vanderbilt, con quien combatió por el control del Erie Railroad a fines de la década de 1860. Gould mantenía una presencia increíblemente elusiva; operaba tras bastidores para obtener influencia en, por ejemplo, la legislatura de Nueva York, la que después promulgaba leyes que minaban los intereses de Vanderbilt. El furioso Vanderbilt se lanzaba entonces al contrataque, pero para entonces Gould ya se había movido a otro inesperado blanco. Para privar a Vanderbilt de iniciativa estratégica, Gould lo fastidiaba, alimentaba sus impulsos competitivos y agresivos y luego lo instigaba aún más sin darle blanco de contrataque.
Gould también hacía hábil uso de los medios de información. Podía sembrar un artículo periodístico que golpeara súbitamente de costado a Vanderbilt, describiéndolo como nocivo monopolista; Vanderbilt tenía que contestar, pero eso sólo esparcía la acusación, mientras que el nombre de Gould no aparecía en ninguna parte. Los medios son perfectos en este caso lo mismo como cortina de humo para ocultar tácticas guerrilleras que como vehículo para conducirlas. Usa los medios para instigar a tus enemigos, haciendo que dispersen sus energías en su defensa mientras tú observas, o mientras buscas un nuevo blanco por atacar y emboscar. Careciendo de una batalla real por enfrentar, su frustración aumentará y los inducirá a costosos errores.
En la guerra convencional la manera de abastecer a tu ejército es un asunto crítico. En la guerra de guerrillas, por el contrario, vives de tus enemigos lo más posible, usando sus recursos, energía y poder como una especie de base de abastecimiento. Mao abastecía a su ejército principalmente con equipo y alimentos capturados. Gould comenzó en realidad infiltrando el círculo íntimo de Vanderbilt como socio financiero, y luego usó los inmensos recursos de Vanderbilt para financiar su caos. Usar el matériel del enemigo te ayudará a aguantar la larga duración de toda exitosa campaña guerrillera. En cualquier caso, debes planear vivir frugalmente, ordenando lo que tienes para el largo plazo.
En la mayoría de los conflictos, el tiempo es un peligro, pues pone en operación la ley de Murphy: si algo puede marchar mal, lo hará. Si tu ejército es reducido y relativamente autosuficiente, sin embargo, hay menos cosas que pueden marchar mal, y entre tanto podrás ocuparte de que el paso del tiempo sea una pesadilla para el enemigo. La moral se hunde, los recursos se tensan e incluso grandes planificadores como Napoleón se ven en problemas que no pueden prever. El efecto es exponencial: al surgir problemas inesperados, el enemigo empieza a cometer errores, lo que produce más problemas, y así sucesivamente.
Haz del tiempo un arma ofensiva al elaborar tus estrategias. Idea tus maniobras para mantener a tus enemigos en marcha, creyendo siempre que una batalla más resolverá el problema. Deterióralos poco a poco; un repentino y agudo revés, una clara visión de la trampa que les has tendido, y se librarán antes de que el daño esté hecho. Deja que tomen posiciones clave que les den la ilusión de éxito. Se aferrarán tenazmente a ellas cuando tus correrías y ataques sorpresa aumenten en número. Luego, cuando ellos se debiliten, intensifica el ritmo de esos ataques. Déjalos abrigar esperanzas, déjalos pensar que todo sigue teniendo sentido, hasta que la trampa esté puesta. Entonces destruye su ilusión.
Así como amplías el tiempo, contrariamente a las convenciones, amplía también el espacio. Traslada el combate a áreas fuera del teatro de guerra, para incluir a la opinión pública e internacional, convirtiendo la guerra en un asunto político y global y dando al enemigo un espacio demasiado grande por defender. El apoyo político es invaluable para una campaña guerrillera popular; cuanto más se prolongue el combate, el enemigo parecerá más moralmente injustificado y políticamente aislado. Trata siempre de aliar tu campaña guerrillera con una causa que puedas defender como justa y meritoria.
Ganarás tu guerra de guerrillas en una de dos formas. La primera ruta es incrementar el nivel de tus ataques mientras tus enemigos se deterioran, y liquidarlos después, como los rusos acabaron a Napoleón. El otro método es beneficiarte del agotamiento extremo: deja sencillamente que el enemigo se rinda cuando el combate ya no justifique el agravamiento de la situación. Esta última forma es la mejor. Te cuesta menos en recursos y da mejor impresión: el enemigo ha caído bajo su propia espada. Pero ni siquiera una campaña guerrillera puede durar siempre; en cierto momento, el tiempo empezará a obrar en tu contra también. Si el final tarda demasiado en llegar, debes pasar a la ofensiva y liquidar al enemigo. En la Guerra de Vietnam, los norvietnamitas prolongaron la guerra hasta un momento en que también a ellos les costaba demasiado. Por eso lanzaron la Ofensiva del Tet en 1968: para acelerar enormemente el deterioro del esfuerzo bélico estadunidense.
La esencia de la guerra de guerrillas es la fluidez. El enemigo siempre tratará de ajustarse a lo que hagas, intentando ubicarse en ese terreno desconocido. Debes estar preparad@ para cambiar y adoptar lo contrario de lo esperado: esto podría significar ocasionalmente combatir en forma convencional, concentrando tu ejército para atacar aquí o allá, y luego dispersándolo de nuevo. Tu meta es el desorden máximo y la falta de familiaridad. Recuerda: esta guerra es psicológica. No hay cosa más estratégica que no dar al enemigo nada que asir, nada tangible por atacar. Su mente quedará en el aire y será la primera en caer.
Imagen: El mosquito. Casi todos los animales
ofrecen un frente, retaguardia y lados por ata-
car o amenazar. Los mosquitos, en cambio, sólo
te brindan un zumbido irritante, por todos la-
dos y ángulos. No puedes perjudicarlos ni
verlos. Tu piel, entre tanto, les ofrece ina-
gotables blancos. Suficientes piquetes
y sabrás que la única solución es de-
jar de pelear y alejarte lo más posible.
Autoridad: Todo lo que tiene forma puede ser vencido; todo lo que cobra forma puede ser atacado. Por eso los sabios esconden sus formas en la nada y dejan que su mente vuele en el vacío. —Huainanzi (siglo II a.C.).
Una estrategia guerrillera es extremadamente difícil de combatir, y esto es lo que la vuelve eficaz. Si te ves en una batalla con guerrilleros y usas medios convencionales para pelear, les harás el juego; ganar batallas y tomar territorio no significa nada en este tipo de guerra. La única contraestrategia efectiva es invertir el reverso de los guerrilleros, neutralizando sus ventajas. Debes negarles la libertad de tiempo y espacio que necesitan para generar caos. Debes empeñarte en aislarlos: física, política y moralmente. Sobre todo, nunca respondas en forma gradual, aumentando tus fuerzas poco a poco, como hizo Estados Unidos en la Guerra de Vietnam. Necesitas una rápida, decisiva victoria sobre un adversario así. Si esto parece imposible, es mejor que te retires mientras aún puedes en vez de hundirte en la larga guerra que el guerrillero trata de inducirte a dar.