LA ESTRATEGIA DE LA ALIANZA
En 1467, Carlos, conde de Charlois, de treinta y cuatro años de edad, recibió la noticia que en secreto anhelaba: su padre, el duque de Borgoña —conocido como Felipe el Bueno— había muerto, lo que convertía a Carlos en el nuevo duque. Padre e hijo habían chocado a lo largo de los años. Felipe era paciente y práctico, y durante su reinado había logrado extender poco a poco el ya impresionante dominio de Borgoña. Carlos era más ambicioso y belicoso. El imperio que heredó era inmenso: incluía a Flandes, Holanda, Zelanda y Luxemburgo, al norte de la actual Francia, así como al importante ducado de Borgoña, en el noreste de Francia. Como duque, Carlos tenía ya a su disposición el poder y los recursos necesarios para realizar sus sueños de conquista en Alemania y más allá.
Dos obstáculos se interponían en su camino. El primero eran los cantones suizos independientes al este de Borgoña. Carlos tendría que incorporar este territorio, por la fuerza, para poder desplazarse al sur de Alemania. Los suizos eran feroces guerreros que no tomarían a bien ninguna invasión. Pero, en definitiva, difícilmente podrían igualar el tamaño y poder del ejército del duque. El segundo obstáculo era el rey Luis XI de Francia, primo de Carlos y su archirrival desde la infancia. Francia seguía siendo entonces un Estado feudal, compuesto por varios ducados como Borgoña, cuyos duques debían lealtad al rey. Pero estos ducados eran en realidad poderes independientes y podían formar su propia liga si el rey se atrevía a provocarlos. Borgoña era el ducado más poderoso, y todos sabían que Luis soñaba con devorarlo y hacer de Francia un poder unido.
EL PERRO, EL GALLO Y EL ZORRO
Un perro y un gallo que habían trabado amistad caminaban juntos. Al echarse la noche encima, el gallo dormía subido a un árbol; el perro, al pie del mismo en un hueco que tenía. Cuando el gallo, según su costumbre, cantó al amanecer, una zorra que lo oyó corrió hacia él y parándose le pidió que bajase con ella, pues deseaba abrazar a un animal que tenía tan buena voz. El gallo le dijo que antes despertara al guardián de la puerta, que dormía junto al tronco del árbol y que, cuando éste le hubiera abierto, bajaría. Cuando la zorra trató de hablar con él, el perro súbitamente dio un salto y la despedazó. La fábula muestra que los hombres precavidos ante la proximidad de los enemigos los envían con engaño a otros más fuertes.
FÁBULAS, ESOPO, SIGLO VI A.C.
Carlos, sin embargo, se sentía seguro de poder superar a su primo, mayor que él, tanto en la diplomacia como en la guerra. Después de todo, Luis era débil, e incluso un poco tonto. ¿Cómo explicar si no su extraña predilección por los cantones suizos? Casi desde el principio de su reinado, Luis los había cortejado asiduamente, tratándolos casi como si fueran iguales que Francia. Había muchos Estados más poderosos con los que habría podido aliarse para aumentar el poder de su nación, pero parecía obseso con los suizos. Quizá sentía una afinidad con su sencillo estilo de vida; para ser rey, él mismo tenía gustos algo rústicos. Luis también sentía aversión por la guerra, y prefería comprar la paz, aun a alto precio, que financiar un ejército.
Era imperativo que Carlos atacara en ese momento, antes de que Luis abriera los ojos y empezara a actuar como rey. Elaboró entonces un plan para cumplir sus ambiciones y algunas más: primero se introduciría en Alsacia, entre Francia y Alemania, y devoraría los débiles reinos de esa área. Luego establecería una alianza con el gran rey guerrero de Inglaterra, Eduardo IV, al que persuadiría de desembarcar un gran ejército en Calais. Su propio ejército se uniría con el inglés en Reims, en el centro de Francia, donde Eduardo sería coronado nuevo rey del país. El duque y Eduardo eliminarían fácilmente al débil ejército de Luis. El duque podría marchar entonces al este, al otro lado de los cantones suizos, en tanto que Eduardo marcharía al sur. Juntos formarían la potencia dominante en Europa.
Para 1474, todo estaba en su lugar. Eduardo había aceptado el plan. El duque empezó marchando hacia el alto Rin, pero justo cuando iniciaba sus maniobras se enteró de que un gran ejército suizo había invadido su territorio de Borgoña. Este ejército estaba financiado por el propio Luis XI. Con esta acción, Luis y los suizos emitían evidentemente una advertencia al duque de que no verían con buenos ojos cualquier invasión futura de los cantones, pero Carlos tenía fuerzas suficientes en Borgoña para expulsar a los suizos. No era un hombre a quien se pudiera inducir de esa manera; ambas partes pagarían cara su apresurada invasión.
En el verano de 1475, el ejército inglés —el mayor jamás congregado para una invasión a Francia— desembarcó en Calais bajo el mando personal de Eduardo IV. Carlos fue a recibir a Eduardo para concluir sus planes y brindar por sus inminentes conquistas. Luego volvió rápidamente con sus tropas, que atravesaban Lorena, en el sur, en preparación para la gran reunión con las fuerzas inglesas en Reims.
De pronto, inquietantes noticias alcanzaron a Carlos en el campo: sus espías en la corte francesa le informaron que Luis había iniciado negociaciones secretas con Eduardo. Al parecer, Luis había persuadido al rey inglés de que Carlos lo utilizaba y no era de confiar. Sabiendo que las finanzas de Inglaterra eran débiles, Luis había ofrecido generosas condiciones de paz, equivalentes a una gran pensión anual a pagar directamente al rey y su corte. Había recibido a los ingleses con grandes banquetes de manjares y cerveza. Y luego, para sumo asco y sorpresa del duque, Eduardo había caído en la trampa, firmado el tratado y regresado con sus fuerzas a su patria.
El duque apenas había tenido tiempo para asimilar esas amargas noticias cuando Luis le envió de repente emisarios para negociar una tregua de largo plazo entre Francia y Borgoña. Esto era típico del rey: todo lo que hacía era inconsistente y contradictorio. ¿Qué pensaba? Pero firmar la tregua significaba que el duque podría marchar confiadamente contra los suizos, a sabiendas de que Francia no interferiría. ¿Acaso lo que guiaba al rey era su gran temor a la guerra? Carlos aprobó gustoso la tregua.
Los suizos se indignaron: Luis había sido su amigo, y entonces, en un momento de inminente peligro, los abandonaba. Pero estaban acostumbrados a pelear por su cuenta; simplemente tendrían que movilizar a todos los hombres disponibles.
Puesto que en la totalidad de sus decisiones, ya sea por casualidad o por elección, Roma daba todos los pasos necesarios para engrandecerse, no pasó por alto el fraude. Para comenzar, no habría podido ser más engañosa de lo que era en los medios que adoptaba, como venimos diciéndolo aquí, para adquirir aliados, ya que bajo este título los convertía a todos en siervos, como fue el caso con los latinos y otros pueblos a su alrededor. Porque primero se valía de las armas para subyugar a pueblos vecinos y acrecentar su prestigio como Estado, y luego, habiéndolos sometido, ella crecía a tal grado que podía batir a cualquiera. Tampoco los latinos se habrían dado cuenta nunca de que en realidad eran meros esclavos si no hubieran visto a los samnitas dos veces derrotados y forzados a aceptar las condiciones de Roma.
DISCURSOS, NICOLÁS MAQUIAVELO, 1520.
En lo más crudo del invierno de 1477, el duque, impaciente por la victoria, cruzó las montañas del Jura hacia el este. Los suizos lo esperaban cerca de la ciudad de Grandson. Ésta era la primera vez que el duque libraba batalla con los suizos, y le sorprendió lo que encontró. Todo empezó con el alarmante bramido de los cuernos de batalla suizos, que resonaban en las montañas, produciendo un estrépito aterrador. Luego, miles de soldados suizos avanzaron ladera abajo hacia los borgoñones. Marchaban con perfecta precisión, apretados en falanges de las que sobresalían enormes picas como púas de un gigantesco puerco espín en movimiento. Sus flancos y retaguardia estaban protegidos por alabarderos que blandían hachas de armas con púas. Aquél era un espectáculo espantoso. El duque ordenó un ataque tras otro de su caballería para dividir las falanges, sólo para ver sacrificadas a sus tropas. Su artillería era difícil de maniobrar en ese montañoso terreno. Los suizos pelearon con increíble ferocidad, y sus falanges resultaron impenetrables.
Una fuerza de reserva suiza, oculta en el bosque a la derecha de los borgoñones, emergió y atacó de súbito. El ejército del duque se precipitó en una desordenada retirada; la batalla terminó en masacre, de la que, sin embargo, el duque logró escapar.
Meses más tarde, llegó el turno de los suizos de pasar a la ofensiva marchando contra Lorena. En enero de 1478, el duque contratacó con sus ya para entonces debilitadas fuerzas; los borgoñones fueron batidos de nuevo, y esta vez el duque no pudo escapar. Su cadáver fue finalmente identificado en el campo de batalla, la cabeza partida en dos por una alabarda suiza, el cuerpo perforado por picas.
En los meses posteriores a la muerte de Carlos, Luis XI se apropió de Borgoña, eliminando así la última gran amenaza feudal contra una Francia unificada. El duque había caído presa, sin saberlo, de un elaborado plan de Luis para destruirlo sin perder un solo soldado francés.
Seis en el tercer lugar significa: Encuentra un compañero. A veces toca el tambor, a veces deja de hacerlo. A veces suspira, a veces canta. Aquí el manantial de la fuerza del hombre se encuentra, no en él mismo, sino en su relación con los demás. No importa cuán cerca de ellos esté, si su centro de gravedad depende de ellos, inevitablemente lo arrastrarán aquí y allá, entre la alegría y las cuitas. Regocijado hasta los cielos, después triste hasta la muerte —éste es el destino de quienes dependen de un acuerdo interno con otras personas a quienes aman. [...]
I CHING, CHINA, CIRCA SIGLO VIII A.C.
Interpretación
Al rey Luis XI se le conocería más tarde como el Rey Araña, a causa de las elaboradas telarañas que tejía para atrapar a sus adversarios. Su genio consistía en prever y planear un camino indirecto a sus metas, la mayor de las cuales fue transformar a Francia de Estado feudal en gran potencia unificada. Borgoña era su mayor obstáculo, y no podía atacarlo de frente: su ejército era más débil que el de Carlos y no quería provocar una guerra civil. Antes de ser rey, sin embargo, Luis había librado una breve campaña contra los suizos, y había visto la brutal eficiencia con la que sus falanges peleaban y cómo usaban su terreno montañoso en su absoluto beneficio. Los juzgó invencibles en la guerra. Luis ideó entonces un plan para inducir a Carlos a invadir los cantones, donde su maquinaria militar sería destruida.
Los hilos de la telaraña de Luis fueron finamente tejidos. Primero pasó años enteros cortejando a los suizos, forjando lazos que los cegaran respecto de su ulterior propósito. Esta alianza confundió al arrogante duque, quien no podía imaginar la forma en que Luis planeaba hacer uso de ella. El rey sabía asimismo que, logrando que los suizos invadieran Borgoña en 1474, enfurecería tanto al duque que éste perdería toda paciencia en su deseo de venganza.
Cuando Eduardo desembarcó en Calais, el rey había previsto la invasión y ya estaba preparado para ella. En vez de tratar de eliminar a su poderoso adversario, se dedicó a distanciar al rey inglés de su alianza con Borgoña apelando a su interés propio: sin arriesgar una sola batalla tan lejos de su patria, Eduardo recibiría un pago financiero demasiado generoso como para ser rechazado. Previendo nuevamente, Luis supo que cuando se apropiara por fin del rico ducado de Borgoña, recuperaría con creces lo que tenía que pagar a Eduardo. Abandonado por los ingleses, Carlos quedó aislado, aunque determinado aún a vengar la invasión de Borgoña. Luis procedió en ese momento a firmar un tratado con el duque, quitando el último posible obstáculo en el camino de Carlos a los cantones suizos. Este nuevo tratado enfurecería a sus amigos suizos, pero, ¿qué le importaba eso? La amistad significaba poco para él; los suizos lucharían para defender su territorio con o sin él. Paciente y claro en sus metas, Luis usaba las alianzas como una forma de guerra incruenta, aplastando a sus adversarios al conseguir que otros hicieran el trabajo en su lugar.
Casi todos entendemos instintivamente la importancia de los aliados. Pero como a menudo operamos movid@s por el sentimiento y la emoción más que por la estrategia, solemos hacer las peores alianzas. Un error común es creer que entre más aliados tengamos, mejor; pero la calidad es más importante que la cantidad. Tener muchos aliados aumenta la probabilidad de que terminemos enredad@s en guerras ajenas. En el otro extremo, a veces creemos que un solo aliado poderoso es todo lo que necesitamos; pero aliados así tienden a tomar de nosotr@s lo que pueden y a desecharnos cuando dejamos de serles útiles, tal como Luis desechó a los suizos. En cualquier caso, es un error depender de una persona. En fin, a veces elegimos a quienes parecen más amigables, porque pensamos que serán leales. Nuestras emociones nos despistan.
LA ZORRA Y EL MACHO CABRÍO
Una zorra que había caído en un pozo llevaba largo rato en él. Un macho cabrío, forzado por la sed, llegó junto al mismo pozo y al verla le preguntó si estaba buena el agua. Ella, contenta por la coincidencia, se deshacía en elogios del agua, diciendo que era excelente y le animaba a que bajara. Después que bajó despreocupadamente movido por su deseo, apenas hubo apaciguado la sed, miraba con la zorra la forma de subir. Y la zorra, tomando la palabra, dijo: “Sé algo útil si lo único que quieres es la salvación de ambos. Así pues, apoya tus patas delanteras en el muro y endereza los cuernos, y yo, luego de trepar por encima, también te sacaré”. Atendió éste a la propuesta de buena gana y la zorra, escalando por sus patas, lomo y cuernos, llegó hasta la boca del pozo y, tras salir, se alejó. El macho cabrío le reprochó que hubiera incumplido el pacto. [...]
FÁBULAS, ESOPO, SIGLO VI A.C.
Comprende: los aliados perfectos son aquellos que te dan algo que no puedes conseguir por ti mism@. Tienen recursos de los que careces. Harán el trabajo sucio por ti o librarán tus batallas. Como los suizos, no siempre son los más obvios ni los más poderosos. Sé creativ@ y busca aliados a los que tengas algo que ofrecerles, creando un lazo de interés propio. Perder a esos aliados por conveniencia no te destruirá ni te hará sentirte traicionad@. Concíbelos como instrumentos temporales. Cuando ya no necesites esos instrumentos, no habrá amor perdido al descargarte de ellos.
Las fuerzas de un poderoso aliado pueden ser útiles y buenas para quienes recurren a ellas, [...] pero son peligrosas para quienes dependen de ellas.
—Nicolás Maquiavelo, El príncipe (1513).
En noviembre de 1966, Murray Bowen, profesor de psiquiatría clínica de la Georgetown University y uno de los terapeutas familiares más influyentes del mundo, enfrentó una complicada crisis dentro de su familia en Waverly, Tennessee. Bowen era el mayor de cinco hijos. Su familia había operado una importante empresa en Waverly durante varias generaciones. El tercer hijo, apodado June, había dirigido la empresa cierto tiempo. Continuamente fatigado de tanto trabajar y sintiéndose subestimado, June exigió entonces una participación de control en la empresa. Su padre lo apoyó, su madre no. Miembros de la familia extensa tomaban partido. La situación era tensa.
Al mismo tiempo, una muerte en la familia de la esposa de June la había abatido tanto que eso empezaba a afectar la salud de su esposo. Un efecto de ondas se esparcía en el resto de la familia, y la hermana de Bowen, el cuarto de los miembros de la familia y el más inestable de ellos, comenzó a mostrar toda clase de síntomas nerviosos. Sin embargo, Bowen temía principalmente por su padre, de corazón débil. Como terapeuta familiar, Bowen había estudiado un fenómeno que llamó “ola de angustia”, en el que un hecho periférico podía provocar suficiente aflicción emocional para conducir a la muerte del mayor o más vulnerable miembro de la familia. De un modo u otro, Bowen tenía que encontrar la manera de desactivar esa ola de angustia en su familia.
El problema para Bowen era que en esa época él también atravesaba una crisis personal y profesional. Una de sus más influyentes teorías sostenía que los miembros de una familia eran sanos en la medida en que podían diferenciarse de sus hermanos y sus padres, estableciendo su propia identidad, siendo capaces de tomar decisiones por sí solos e integrándose e involucrándose activamente al mismo tiempo con el resto de la familia. Veía esto como una difícil tarea psíquica para cualquiera. Una familia posee una suerte de ego grupal y una intrincada red emocional; se precisa de mucho esfuerzo y práctica para establecer autonomía fuera de este sistema. Pero hacerlo, creía Bowen, si bien crucial para todos, era profesionalmente indispensable para los terapeutas familiares, quienes no podían ayudar adecuadamente a otros si habían sido incapaces de diferenciarse de su familia. Llevaban sus problemas personales a su práctica profesional.
He ahí entonces al profesor Bowen, un hombre poco mayor de cincuenta años que había dedicado mucho tiempo a su relación con su familia pero que se sentía absorbido por la dinámica de ese grupo, en regresión emocional e incapaz de pensar claramente cada vez que iba a su casa en Tennessee. Esto lo hacía sentirse profundamente frustrado y deprimido. Había llegado el momento, decidió, de probar un radical experimento personal en su próxima visita a casa.
Heracles había realizado esos diez trabajos en el término de ocho años y un mes, pero Euristeo, descontando el segundo y el quinto, le impuso dos más. El undécimo trabajo consistió en conseguir los frutos del manzano de oro, regalo de bodas de la Madre Tierra a Hera con el que ésta se había mostrado tan complacida que lo plantó en su jardín divino. Este jardín se hallaba en las laderas del monte Atlas, donde los jadeantes caballos del carro del Sol terminaban su viaje y donde las ovejas y las vacas de Atlante, mil rebaños de cada clase de esos animales, vagaban por los pastos de su innegable propiedad.
Cuando un día Hera descubrió que las hijas de Atlante, las Hespérides, a quienes había confiado el árbol, hurtaban las manzanas, hizo que el dragón Ladón, siempre vigilante, se enroscara alrededor del árbol como su guardián. [...]
Cuando por fin Heracles llegó al Po, las ninfas del río, hijas de Zeus y Temis, le mostraron a Nereo dormido. Él asió al viejo y venerable dios marino y, sujetándolo a pesar de sus muchas transformaciones proteicas, le obligó a profetizar cómo se podían conseguir las manzanas de oro. [...]
Nereo había aconsejado a Heracles que no arrancase las manzanas personalmente, sino que emplease a Atlante como su agente, aliviándolo entretanto de su carga fantástica; en consecuencia, cuando llegó al Jardín de las Hespérides le pidió a Atlante que le hiciera ese favor. Atlante habría realizado casi cualquier trabajo con tal de tener una hora de respiro, pero temía a Ladón, al que Heracles mató inmediatamente con una flecha que disparó por encima de la pared del jardín. Heracles inclinó la espalda para recibir el peso del globo celestial y Atlante se alejó y volvió poco después con tres manzanas arrancadas por sus hijas. La sensación de libertad le pareció deliciosa. “Yo mismo llevaré sin falta estas manzanas a Euristeo —dijo— si tú sostienes el firmamento durante unos pocos meses más.”
Heracles simuló que accedía pero como Nereo le había advertido que no debía aceptar oferta alguna de esa clase pidió a Atlante que soportase el globo durante sólo un momento más, mientras él se ponía un almohadón en la cabeza. Atlante se dejó engañar fácilmente, dejó las manzanas en el suelo y volvió a ponerse el firmamento en los hombros; inmediatamente Heracles recogió las manzanas y se alejó con una despedida irónica.
LOS MITOS GRIEGOS, VOL. 2, ROBERT GRAVES, 1955.
A fines de enero de 1967, June Bowen recibió una extensa carta de su hermano Murray. No se habían escrito durante cierto tiempo; de hecho, June no se llevaba bien con su hermano y había evitado encuentros personales con él durante varios años, pues sentía que su madre siempre tomaba partido por Murray, aunque era June quien dirigía la empresa. En esa carta, Murray le reveló muchos chismes sobre él que otros miembros de la familia le habían comunicado al paso de los años, cuidando siempre de añadir que habría preferido no hacérselos saber a su “sensible” hermano. Murray le dijo que estaba harto de esas historias y de que se le dijera cómo dirigir a su hermano. Era mejor, pensaba, comunicarse directamente con él. Terminaba la carta diciendo que sería innecesario que se vieran en su siguiente visita a casa, pues él ya había dicho todo lo que quería decir. Firmó la carta como “tu entrometido hermano”.
Entre más pensaba June en esa carta, más enojado se ponía. Murray había promovido deliberadamente la división entre June y su familia. Días después, la hermana de ambos también recibió una carta de Murray, en la que éste le decía que estaba al tanto de su malestar emocional y que había escrito pidiéndole a June que se hiciera cargo de ella hasta que él llegara a casa. Firmó la carta como “tu preocupado hermano”. Esta carta resultó tan enfadosa para su hermana como la de June lo había sido para él: estaba harta de que la gente la tratara como si estuviera enferma; eso sólo la ponía más ansiosa de lo que ya se sentía. Tras otro corto intervalo, Murray envió una tercera carta, esta vez a su madre. En ella mencionó las cartas que había escrito a los otros. Estaba tratando de remediar la crisis de la familia, dijo, atrayendo toda la atención hacia sí. Escribió que había querido hacer enojar a su hermano, y que tenía el material necesario para apretar aún más los botones de ser preciso; pero, advertía, nunca es prudente compartir la inteligencia con “el enemigo”, así que su madre debía guardarse todo eso para ella. Firmó la carta como “tu estratégico hijo”. Pensando que él había perdido la cabeza, su madre quemó la carta.
La noticia de esas cartas voló entre la familia, atizando el fuego con acusaciones, preocupaciones y angustias. Todos estaban exaltados por ellas, pero June era el centro de la tormenta. Le mostró la carta de Murray a su madre, a quien le inquietó bastante. June prometió que en la inminente visita de Murray a casa, él no sólo no lo evitaría, sino que lo confrontaría y se las tendría que ver con él.
Murray llegó a Waverly a principios de febrero. En la segunda noche de su visita, en una cena en casa de su hermana, June se presentó con su esposa; sus padres también estaban presentes. El encuentro duró unas dos horas, siendo sus principales participantes Murray, June y su madre. Fue una amarga confrontación familiar. Un furioso June amenazó con un juicio por las insolentes historias de Murray y acusó a su madre de conspirar con su favorito. Cuando Murray confirmó que él y su madre estaban en confabulación, que todo se había planeado años antes entre él y su madre, ella se indignó, negó saber de ningún plan y dijo que jamás volvería a decirle nada a Murray. June relató sus propias historias sobre su hermano profesor; Murray respondió que eran divertidas, pero que él se sabía unas mejores. Toda la conversación se centró en asuntos personales, y muchas emociones reprimidas salieron a la superficie. Pero Murray permaneció extrañamente indiferente. Se cercioró de no tomar partido; a nadie le gustó mucho lo que dijo.
Al día siguiente Murray apareció en casa de June; y a June, por alguna razón, le dio mucho gusto verlo. Murray le platicó más chismes, incluido uno acerca de lo bien que June estaba manejando la situación considerando todo el estrés bajo el que se encontraba. June, sintiéndose muy emocionado, empezó a sincerarse con su hermano acerca de sus problemas: en verdad estaba muy preocupado por su hermana, dijo, y pensaba incluso que podría sufrir un retraso mental. Murray visitó ese mismo día a su hermana y le dijo lo que June había dicho sobre ella; ella era más que capaz de hacerse cargo de sí misma, replicó la hermana, y ya había tenido suficiente con la intrusa preocupación de la familia. Siguieron más visitas a otros miembros de la familia. En todos los casos, cada vez que alguien intentaba contarle un chisme a Murray o lograr que éste se pusiera de su parte en la constelación familiar, él desviaba el intento con un comentario neutral o transmitía el chisme a la persona implicada.
El día en que Murray se fue, todos se presentaron a despedirse de él. La hermana parecía más relajada; lo mismo el padre. El ánimo familiar había cambiado notablemente. Una semana después, la madre de Murray le envió una carta que terminaba así: “En medio de todos estos altibajos, tu último viaje a casa fue el mejor de todos”. June empezó a escribirle regularmente a su hermano. El conflicto por el control de la empresa familiar amainó y se resolvió. Las visitas de Murray a casa se convirtieron en algo que todos deseaban, aunque siguiera evitando los chismes y esas cosas.
Murray escribió más tarde sobre tal incidente e incorporó lo que éste le había enseñado a la formación de otros terapeutas familiares. Lo consideró el momento decisivo de su carrera.
Yo veía a la mayoría de las personas que conocía única y exclusivamente como criaturas que podía usar como cargadores en mis viajes de ambición. Casi todos esos cargadores tarde o temprano se cansaban. Incapaces de soportar las largas marchas que yo les imponía a toda velocidad y bajo todas las condiciones climáticas, desfallecían en el camino. Tomaba a otros. Para agregarlos a mi servicio, prometía llevarlos adonde yo mismo iba, a esa estación terminal de la gloria que los trepadores desean desesperadamente alcanzar. [...].
LA VIDA SECRETA DE SALVADOR DALÍ, SALVADOR DALÍ, 1942.
Interpretación
La estrategia de Bowen en el experimento que realizó en su familia fue simple: impedir que cualquier miembro de su familia lo obligara a tomar partido o lo enganchara en cualquier clase de alianza. También causó deliberadamente una tempestad emocional para romper la viciada dinámica familiar, dirigiéndose particularmente a June y su madre, las fuerzas centrífugas de esa dinámica. Hizo que su familia viera las cosas de otra manera logrando que hablara de asuntos personales en vez de evitarlos. Trabajó en él mismo para mantenerse tranquilo y racional, anulando todo deseo de complacer o huir de la confrontación.
Y en medio de ese experimento, Bowen tuvo una increíble sensación de ligereza, casi de euforia. Por primera vez en su vida se sintió relacionado con su familia sin sumergirse en sus jalones emocionales. Pudo pelear, discutir y bromear sin regresión a los berrinches de la infancia ni pugna por ser falsamente agradable. Entre más trataba con su familia de ese modo, más fácil se le volvía hacerlo.
Bowen notó también el efecto que su conducta tenía en los demás. Primero, ya no podían interactuar en la forma usual: June ya no podía eludirlo, su débil hermana ya no podía internalizar todos los problemas de la familia, la madre ya no podía usarlo como soporte. Luego se sintieron atraídos hacia él. La negativa de Murray a tomar partido facilitaba abrirse con él. La viciada dinámica familiar de chismes, comunicaciones secretas e irritantes alianzas se rompió en una sola visita. Y, de acuerdo con Bowen, las cosas siguieron así el resto de su vida.
Bowen llevó su teoría y práctica más allá del ámbito familiar. Reflexionó en su lugar de trabajo, el cual poseía un ego grupal semejante al de la familia y un sistema emocional que lo contaminaba a él cada vez que estaba ahí: la gente lo arrastraba a alianzas, criticaba a colegas ausentes, le impedía mantenerse indiferente. Evitar tales conversaciones no resolvía nada; significaba que él seguía siendo afectado por la dinámica del grupo, y que sencillamente era incapaz de enfrentarla. Escuchar con paciencia los chismes de la gente y desear al mismo tiempo que se detuviera era igualmente frustrante. Bowen tenía que hacer algo para poner fin a esa dinámica, y descubrió que podía aplicar la misma táctica que había usado en su familia, con gran éxito. Agitaba deliberadamente las cosas al tiempo que se mantenía libre de alianzas. Y, como en el caso de su familia, advirtió el tremendo poder que su autonomía le daba en el grupo.
EL LEÓN Y EL ONAGRO
Un león y un onagro cazaban fieras: el león por medio de la fuerza y el onagro gracias a la rapidez de sus patas. Tras haber cazado unos animales, el león los distribuyó e hizo tres partes. Y dijo: “Cogeré la primera en calidad de jefe, pues soy el rey. La segunda como socio a medias; y la tercera parte te hará un gran mal, si no quieres huir”. Es bueno que uno se mida en todo conforme a su propia fuerza y no se una ni se asocie con otros más poderosos que él.
FÁBULAS, ESOPO, SIGLO VI A.C.
Nadie puede llegar lejos en la vida sin aliados. El truco, sin embargo, es distinguir entre falsos y verdaderos aliados. Una falsa alianza se crea a partir de una inmediata necesidad emocional. Te obliga a renunciar a algo esencial de ti mism@ y te impide tomar tus propias decisiones. Una verdadera alianza se forma a partir del mutuo interés propio, pues cada participante brinda lo que el otro no puede obtener solo. No te obliga a fundir tu identidad con la de un grupo ni a prestar atención a las necesidades emocionales de los demás. Te concede autonomía.
A lo largo de la vida te verás en grupos que te exigirán fusionarte con ellos, forzándote a todo tipo de falsas alianzas que dirijan tus emociones. Así, debes hallar una vía a la posición de fuerza y poder: capaz de interactuar y combatir con la gente mientras permaneces autónom@. Evita hábilmente las falsas alianzas emprendiendo desafiantes acciones que impidan a los demás entramparte. Sacúdete esa dinámica lo más que puedas, apuntando contra los liosos y los controladores. Una vez en una posición en la que puedas mantenerte racional dentro del grupo, podrás simular unirte a una alianza sin temer que tus emociones te arrollen. Y descubrirás que, como persona simultáneamente autónoma y parte del grupo, te convertirás en un centro de gravedad y atención.
Entra en acción bajo la cubierta de contribuir a los intereses de otro, sólo para promover en definitiva los tuyos. [...] Ésta es la estratagema y máscara perfecta para cumplir tus ambiciones, porque las ventajas que pareces ofrecer sólo sirven como señuelo para influir en la voluntad de la otra persona. Ésta cree que se fomentan sus intereses, cuando en verdad abre camino a los tuyos.
—Baltasar Gracián (1601-1658).
Para sobrevivir y avanzar en la vida, nos vemos en la constante necesidad de usar a los demás con algún propósito, alguna urgencia: obtener recursos que no podemos conseguir por nosotr@s mism@s, disponer de algún tipo de protección, compensar una habilidad o talento que no poseemos. Como descripción de relaciones humanas, sin embargo, la palabra “usar” tiene connotaciones desagradables, y en cualquier caso siempre nos gusta hacer que nuestras acciones parezcan más nobles de lo que son. Preferimos pensar en esas interacciones como relaciones de asistencia, asociación, amistad.
Ésta no es una cuestión de mera semántica; es la fuente de una peligrosa confusión que a la larga te perjudicará. Cuando buscas un aliado es porque tienes una necesidad, un interés que deseas satisfacer. Éste es un asunto práctico, estratégico, del que depende tu éxito. Si permites que las emociones y las apariencias contaminen las alianzas que estableces, estás en peligro. El arte de establecer alianzas depende de tu capacidad para separar la amistad de la necesidad.
El Estado de Jin, localizado en la moderna Shaanhsi, se fortaleció sostenidamente absorbiendo a sus limitados vecinos.
Había dos pequeños Estados, Hu y Yu, al sur. En la primavera del decimonoveno año del reinado de Hui de Zhou (658 a.C.), el duque Xian de Jin envió por un ministro de su confianza, Xun Xi, y declaró su intención de atacar Hu. “Tenemos pocas posibilidades de tomar ventaja”, observó Xun Xi luego de una pausa. “Hu y Yu siempre han sido muy próximos.
Cuando ataquemos a uno de ellos, el otro seguramente saldrá en su ayuda. Enfrentados uno por uno, ninguno de ellos es rival digno de nosotros, pero el resultado está lejos de ser cierto si combatimos con los dos al mismo tiempo.” “¿Acaso me estás diciendo que no hay manera de que enfrentemos a esos dos pequeños Estados?”, preguntó el duque. Xun Xi pensó un momento antes de contestar. [...] “He ideado un plan con el que podremos someter tanto a Hu como a Yu.
Como primer paso, debemos ofrecer al duque de Yu generosos regalos y pedirle que nos provea un camino por el que podamos atacar a Hu.”
El duque dijo: “Pero acabamos de ofrecer regalos a Hu y de firmar un acuerdo de amistad con él. Difícilmente podremos hacerle creer a Yu que queremos atacar a Hu en vez de a Yu mismo”. “Eso no es difícil de resolver”, replicó Xun Xi. “Podemos ordenar en secreto a nuestros hombres en la frontera que hagan incursiones en Hu. Cuando los hombres de Hu vengan a protestar, podremos usar eso como pretexto para atacarlos. De esta manera Yu se convencerá de nuestra aparente intención.”
El duque consideró que era un buen plan. Poco después, conflictos armados estallaron a lo largo de la frontera entre Jin y Hu, en el sur. Entonces el duque dijo: “Ahora tenemos buenas razones para convencer a Yu de nuestra intención de atacar a Hu. Pero no nos proveerá un camino a menos que reciba un gran beneficio a cambio. ¿Qué usaremos entonces para sobornar al duque de Yu?”. Xun Xi respondió: “Aunque el duque de Yu es famoso por su codicia, no se inmutará a menos que nuestros regalos sean en extremo preciosos. ¿Por qué no ofrecerle finos caballos de Qu y jade de Chuiji?”. El duque miró reluctante: “¡Pero ésos son los mejores tesoros que tengo! Difícilmente podría deshacerme de ellos”. “No me sorprenden tus recelos”, dijo Xun Xi. “No obstante, estamos obligados a someter a Hu ahora que ha perdido la protección de Yu. Después de que Hu sea conquistado, Yu no podrá sobrevivir por sí solo. Así, cuando envíes esos regalos al duque de Yu, simplemente estarás consignando el jade a tu mansión exterior y los caballos a tu cuadra exterior. [...]”
Cuando Xun Xi fue introducido en la corte de Yu y presentó los regalos, los ojos del duque de Yu saltaron. de Hu han causado repetidos desórdenes en nuestra frontera”, [dijo Xun Xi]. “Para proteger a nuestro pueblo de la calamidad de la guerra, hemos ejercido la mayor moderación y celebrado un tratado de paz con Hu. Sin embargo, el impúdico Hu toma nuestra moderación por debilidad, y ahora está creando nuevos problemas lanzando ofensivas acusaciones contra nosotros. Así, mi señor se vio obligado a ordenar una expedición punitiva contra Hu, y me despachó a pedir la autorización de usted para que nuestras tropas pasen por su territorio. De ese modo podremos evitar nuestra frontera con Hu, donde su defensa es fuerte, y lanzar un ataque sorpresa en su punto débil. Cuando hayamos derrotado a los hombres de Hu, ofreceremos a usted espléndidos trofeos para testimoniar nuestra mutua alianza y amistad.” [...]
Ese verano, las tropas de Jin atacaron Hu pasando por Yu. El duque de Yu encabezó en persona una banda de soldados para unirse a la expedición. Derrotaron al ejército de Hu y capturaron Xiayang, una de las dos principales ciudades de Hu. El duque de Yu recibió su parte del botín y pensó que no tenía nada que lamentar. [...]
En el otoño del vigesimosegundo año del reinado de Hui de Zhou (655 a.C.), el duque de Jin envió de nuevo un emisario para pedir prestado un camino a Yu [en dirección a Hu], y el duque de Yu volvió a dar su consentimiento. [...] En el octavo mes, el duque de Jin se puso al frente de seiscientos carros de guerra y procedió, pasando por Yu, a atacar a Hu. Sitiaron Shangyang, la capital de Hu. [...] La ciudad, después de resistir cerca de cuatro meses, finalmente se rindió. El duque de Hu huyó, [...] y Hu fue destruido como Estado feudal. De regreso, las tropas de Jin hicieron alto en Yu. El duque de Yu fue a darles la bienvenida, y recibió al duque de Jin en la capital. Las tropas de Jin aprovecharon la oportunidad para tomar por asalto la ciudad. Tomado totalmente por sorpresa, el ejército de Yu se rindió con escasa resistencia, y el duque de Yu fue hecho prisionero. El duque Xian de Jin se sintió sumamente complacido cuando Xun Xi se presentó para entregarle los caballos y el jade, así como al capturado duque de Yu.
THE WILES OF WAR: 36 MILITARY STRATEGIES FROM ANCIENT CHINA, TRADUCCIÓN DE SUN HAICHEN, 1991.
El primer paso es entender que tod@s usamos constantemente a otras personas para ayudarnos y favorecernos. (Bowen llegó al extremo de usar a su familia en un experimento para resolver un dilema profesional.) No hay vergüenza en esto, ni motivo para sentirse culpable. Tampoco deberíamos tomar personalmente el hecho de darnos cuenta de que alguien nos usa; usar a la gente es una necesidad humana y social. Luego, con esta comprensión en mente, debes aprender a volver estratégicas esas necesarias alianzas, alineándote con gente que pueda darte algo que tú no puedes conseguir por tu cuenta. Esto implica resistirte a la tentación de dejar que tus decisiones sobre tus alianzas sean regidas por tus emociones; tus necesidades emocionales atañen a tu vida personal, y debes dejarlas atrás al entrar a la arena de la batalla social. Las alianzas que más te ayudarán son las que involucran un mutuo interés propio. Las alianzas contaminadas por emociones, o por lazos de lealtad y amistad, no son sino problemas. Ser estratégic@ en tus alianzas también te impedirá los enredos que arruinan a tantas personas.
Concibe tus alianzas como piedras para cruzar un río hacia una meta. En el curso de tu vida, saltarás constantemente de una piedra a otra para satisfacer tus necesidades. Tras cruzar un río particular, las dejarás atrás. Este siempre variable pero impulsor uso de aliados se llama el “juego de las alianzas”.
Muchos principios clave del juego de las alianzas se originaron en la antigua China, la cual estaba compuesta por numerosos Estados en continuo flujo: ya débiles, ya poderosos, otra vez débiles. La guerra era una cuestión peligrosa, pues un Estado que invadía a otro despertaba mucha desconfianza en los demás y solía perder terreno a largo plazo. Mientras tanto, un Estado que permanecía demasiado leal a un aliado podía verse arrastrado a una guerra de la que le fuera imposible zafarse y se deterioraba en el proceso. La formación de las alianzas adecuadas era en cierto sentido un arte más importante que el de la guerra misma, y los estadistas expertos en ese arte eran más poderosos que los jefes militares.
Fue a través del juego de las alianzas que el Estado de Chin pudo expandirse poco a poco durante el peligroso periodo de los Estados Guerreros, de 403-221 a.C. Chin hacía alianzas con Estados distantes y atacaba a los cercanos; el Estado cercano que Chin invadía no podía obtener ayuda de su vecino, porque éste se había aliado con Chin. Si Chin enfrentaba un enemigo que tenía un aliado clave, se esmeraba en principio en entorpecer esa alianza —sembrando la disensión, esparciendo rumores, cortejando a una de las dos partes con dinero— hasta que la alianza se rompía. Luego Chin invadía primero a uno de los dos Estados, después al otro. Gradualmente, se apoderó de los Estados vecinos, hasta que, a fines del siglo III a.C., fue capaz de unificar a China, una hazaña notable.
Para practicar correctamente el juego de las alianzas, hoy, como en la antigua China, debes ser profundamente realista, prever y mantener la situación lo más fluida posible. El aliado de hoy puede ser el enemigo de mañana. El sentimiento no cabe en este panorama. Si eres débil pero astut@, puedes adoptar lentamente una posición de fuerza pasando de una alianza a otra. El método contrario es hacer una alianza clave y aferrarte a ella, valorando la confianza y una relación establecida. Esto puede funcionar en periodos de estabilidad; pero en periodos de flujo, más comunes, puede resultar tu ruina: inevitablemente emergerán diferencias de intereses, y al mismo tiempo te será difícil desafanarte de una relación en la que has invertido tantas emociones. Es más seguro dar por hecho el cambio, mantener abiertas tus opciones y basar tus alianzas en la necesidad, no en la lealtad o en valores compartidos.
En la época de oro de Hollywood, las actrices tenían menos poder que casi todos. Las carreras eran breves; incluso una gran estrella era remplazada en poco años por una mujer más joven. Una actriz se mantenía fiel a su estudio, y luego veía indefensa que sus papeles se agotaban. La actriz que mejor se opuso a esa tendencia fue Joan Crawford, quien practicó su propia versión del juego de las alianzas. En 1933, por ejemplo, conoció al guionista John Mankiewicz, entonces un tímido joven que apenas iniciaba la que sería una ilustre carrera. Crawford reconoció de inmediato su talento y se tomó la molestia de amistar con él, para gran sorpresa de Mankiewicz. Éste procedió entonces a escribir nueve guiones para ella, lo que prolongó enormemente la carrera de Crawford.
Crawford también cortejaba a camarógrafos y fotógrafos, quienes luego trabajaban horas extras para iluminarla bien y hacerla lucir magníficamente. Podía hacer lo mismo con un productor que controlaba un guión con un papel que ella codiciaba. Crawford solía hacer alianzas con jóvenes talentos que valoraban una relación con la estrella. Después rompía u olvidaba garbosamente la relación cuando ya no servía a sus necesidades. Tampoco se mantuvo leal a su estudio, a ninguno en realidad; sólo a sí misma. Su poco sentimental enfoque de su variable red de alianzas le permitió evitar la trampa en la que la mayoría de las actrices cayeron en ese sistema.
La clave para practicar este juego es reconocer a quien puede hacer avanzar mejor tus intereses en un momento dado. Ésta no es necesariamente la persona más poderosa en la escena, la que parece capaz de hacer más por ti; las alianzas que satisfacen necesidades específicas o responden a deficiencias particulares suelen ser más útiles. (Las solemnes alianzas entre dos grandes potencias son por lo general las menos efectivas.) Dado que Luis XI tenía un ejército débil, los suizos, aunque participantes menores en la escena europea, eran los aliados que necesitaba. Al reconocer esto con varios años de anticipación, cultivó una alianza que intrigó a sus enemigos. Como ambicioso joven asistente del congreso, en Washington, Lyndon Johnson se dio cuenta de que carecía de toda clase de facultades y talentos para llegar a la cima. Así que se convirtió en un astuto usuario del talento de otras personas. Habiéndose percatado de la importancia de la información en el congreso, se empeñó en amistar y aliarse con quienes ocupaban puestos clave —altos o bajos— en la cadena de la información. Era particularmente afable con los hombres maduros, quienes disfrutaban de la compañía de un joven avispado y del papel de figura paterna dadora de consejos. Poco a poco, tras haber sido un niño pobre en Texas desprovisto de relaciones, Johnson se elevó hasta la cima, a través de su red de convenientes alianzas.
En las carreras ciclistas una estrategia común es no precipitarse al frente, sino mantenerse justo detrás del líder, posición que reduce la resistencia del viento; el líder enfrenta el viento por ti y te ahorra energía. En el último minuto, tomas la delantera a toda velocidad. Dejar que otros reduzcan la resistencia por ti y pierdan su energía en tu beneficio es el culmen de la economía y la estrategia.
Una de las mejores estratagemas en el juego de las alianzas es comenzar dando la impresión de ayudar a otra persona en una causa o pugna, con el único propósito de promover a la larga tus propios intereses. Es fácil encontrar a personas en esa situación: tienen una necesidad urgente, una debilidad temporal que tú puedes ayudar a remediar. Las pones así bajo una sutil obligación contigo, que puedes usar como te plazca: para dominar sus asuntos, desviar su energía en la dirección que desees. Las emociones que creas al ofrecer ayuda cegarán a la otra persona respecto de tu propósito ulterior.
El artista Salvador Dalí fue un gran experto en esta versión del juego: si alguien necesitaba reunir fondos, por decir algo, él salía en su ayuda, organizando un baile de beneficencia u otro acto para recaudar dinero. La persona necesitada difícilmente podía resistirse: Dalí amistaba con la realeza, estrellas de Hollywood y celebridades. Pronto estaba ordenando toda suerte de elaborados decorados para el baile. Para su famosa “Noche en un Bosque Surrealista” en Pebble Beach, California, en 1941, destinada a beneficiar a artistas que morían de hambre en Europa, desgarrada entonces por la guerra, Dalí solicitó una jirafa viva, pinos suficientes para crear un bosque falso, la cama más grande del mundo, un automóvil chocado y miles de pares de zapatos en los cuales servir el primer platillo. La fiesta fue una sensación y atrajo todo tipo de publicidad, pero, como solía ocurrirle a Dalí, las cuentas excedieron con mucho a los ingresos; no quedó nada de dinero para los hambrientos artistas en Europa. Y por extraño que parezca, toda la publicidad se concentró en Dalí, lo que aumentó su fama y le valió más aliados poderosos.
Una variación del juego de las alianzas es fungir como mediador@, el centro alrededor del cual giran otros poderes. Mientras te mantienes furtivamente autónom@, haces que quienes te rodean peleen por tu lealtad. Así fue en esencia como el príncipe Klemens von Metternich, el ministro austriaco del Exterior en la época de Napoleón y después, logró la restauración de Austria como principal potencia europea. A Austria le fue de suma utilidad estar ubicada en el centro de Europa y ser tan estratégicamente vital para las naciones a su alrededor. Aun durante el reinado de Napoleón, cuando Austria se hallaba en su punto más débil y Metternich tenía que quedar bien con los franceses, el príncipe mantuvo a su país libre de enredos duraderos. Sin obligar a Austria con Francia por medio de una alianza legal, por ejemplo, ligó a Napoleón emocionalmente con él al disponer que el emperador se vinculara por vía matrimonial con la familia real austriaca. Manteniendo a las grandes potencias —Inglaterra, Francia, Rusia— a prudente distancia, hizo que todo girara en torno a Austria, aunque esta nación ya no fuera una gran potencia militar.
El brillo de esta variación es que por el solo hecho de asumir una posición central, puedes ejercer tremendo poder. Por ejemplo, colócate en un punto crítico en la cadena de la información, para tener acceso a ella y controlarla. O produce algo de lo que otras personas dependan, lo cual te concederá increíble influencia. O actúa como el@ mediador@ que todos necesitan para resolver una disputa. Sea lo que fuere, sólo preservarás poder en esta posición central si no te comprometes con nadie y te dejas cortejar por tod@s. En cuanto forjes cualquier alianza perdurable, tu poder se verá enormemente reducido.
Un componente clave del juego de las alianzas es la capacidad de manipular, e incluso destruir, las alianzas de otras personas, sembrando la disensión entre tus contrincantes para que riñan entre sí. Romper las alianzas de tu enemigo es tan bueno como hacer alianzas tú mism@. Cuando Hernán Cortés desembarcó en México en 1519, enfrentó a cientos de miles de aztecas con quinientos hombres. Sabiendo que muchas tribus mexicanas menores se sentían agraviadas por el poderoso imperio de los aztecas, operó poco a poco para destrabarlas de su alianza con ellos. Llenando los oídos del jefe de una tribu, por ejemplo, de horribles historias sobre los planes del emperador azteca, podía inducirlo a arrestar a los emisarios aztecas en su siguiente visita. Esto enfurecía al emperador, por supuesto, y la tribu quedaba aislada y en peligro, así que recurría a Cortés en busca de protección. Una y otra vez Cortés aplicó esta versión negativa del juego de las alianzas, hasta que los aliados de los aztecas se convirtieron en suyos.
Tu objetivo en este caso es provocar desconfianza. Haz que un socio sospeche del otro, difunde rumores, arroja dudas sobre los motivos de la gente, sé amable con uno de los aliados para poner celoso al otro. Divide y vencerás. De esta manera crearás una marea de emociones, golpeando primero este lado, luego aquél, hasta que la alianza se tambalee. Entonces, los antiguos miembros de la alianza se sentirán vulnerables. Mediante la manipulación o la invitación expresa, haz que acudan a ti en busca de protección.
Cuando la parte enemiga que enfrentas se componga de aliados, no les temas, por grandes o formidables que sean. Como dijo Napoleón, “denme aliados para pelear”. En la guerra, los aliados suelen tener problemas de mando y control. El peor tipo de liderazgo es el dividido; obligados a debatir y llegar a un acuerdo antes de actuar, los generales aliados tienden a moverse como caracoles. Cuando combatía a un gran grupo de aliados, como lo hizo a menudo, Napoleón siempre atacaba primero el eslabón más débil, al socio menor. El derrumbe de éste podía provocar que la tela entera de la alianza se despedazara. Buscaba también una rápida victoria en batalla, por pequeña que fuera, porque ninguna otra fuerza es más fácil de desalentar con una derrota que la fuerza aliada.
Finalmente, claro que se te atacará por practicar el juego de las alianzas. La gente te acusará de irresponsable, amoral, traicioner@. Recuerda: estos cargos son estratégicos en sí mismos. Forman parte de una ofensiva moral (véase capítulo 25). Para promover sus intereses, tus acusadores tratarán de hacerte sentir culpable o quedar mal. No se lo permitas. El único peligro verdadero es que tu fama evite a la larga que la gente haga alianzas contigo, pero el interés propio rige al mundo. Pese a que digan que en el pasado te has beneficiado de otros y que podrías hacer lo mismo en el presente, tendrás aspirantes a aliados y compañeros de juego. Además, sé leal y generos@ cuando exista una necesidad mutua. Y cuando muestres que no se te puede atrapar con el falso señuelo de la lealtad y la amistad permanentes, en realidad se te tratará con más respeto. Much@s se sentirán atraíd@s por tu realista y fogosa manera de practicar el juego.
Imagen: Piedras para cruzar un
río. La corriente es veloz y pe-
ligrosa, pero debes atravesarla
en algún punto. Ahí se tienden
piedras en línea caprichosa
que pueden llevarte al otro
lado. Si te detienes demasia-
do en una de ellas, perderás
el equilibrio. Si la pasas muy
rápido o la esquivas, resbala
rás. Salta ligeramente de una
a otra y nunca mires atrás.
Autoridad: Cuídate de las alianzas sentimentales en las que la conciencia de las buenas obras es la única compensación de nobles sacrificios. —Otto von Bismarck (1815-1898).
Si practicas el juego de las alianzas, lo mismo harán quienes te rodean, así que no puedes tomar su conducta como algo personal: debes seguir tratando con ell@s. Pero hay individuos con los que cualquier clase de alianza te perjudicará. A menudo podrás reconocerlos por su afán de perseguirte: tomarán la iniciativa, tratando de cegarte con tentadores ofrecimientos y resplandecientes promesas. Para evitar que se te use en forma negativa, analiza siempre los beneficios tangibles que obtendrás de una alianza. Si los beneficios parecen vagos o difíciles de alcanzar, piensa dos veces antes de unir fuerzas. Analiza el pasado de tus posibles aliados en busca de señales de codicia o de uso de los demás sin dar nada a cambio. Ten cuidado de la gente demasiado hábil para expresarse, de personalidad aparentemente encantadora y que habla de amistad, lealtad y desinterés: suele ser artista del engaño e intentará explotar tus emociones. Mantén fija la vista en los intereses implicados en ambas partes, y jamás permitas que te distraigan de ellos.