29 Muerde poco a poco

LA ESTRATEGIA DEL FAIT ACCOMPLI

Si pareces demasiado ambicios@, provocarás resentimiento en los demás; los aumentos explícitos de poder y bruscos ascensos a la cima son peligrosos, porque despiertan envidia, desconfianza y sospechas. A menudo la mejor solución es morder poco a poco, tragar pequeños territorios y jugar con los márgenes de atención, relativamente cortos, de la gente. Permanece bajo el radar y ella no verá tus movimientos. Y si lo hace, quizá ya sea demasiado tarde; el territorio es tuyo, un fait accompli. Siempre podrás afirmar que actuaste en defensa propia. Antes de que la gente se dé cuenta, habrás acumulado un imperio.

CONQUISTA POR PARTES

El 17 de junio de 1940, Winston Churchill, primer ministro de Inglaterra, recibió una visita sorpresa del general francés Charles de Gaulle. Los alemanes habían iniciado la invasión de blitzkrieg de los Países Bajos y Francia apenas cinco semanas antes, y en tan poco tiempo habían llegado tan lejos que no sólo el ejército sino también el gobierno de Francia ya se habían desplomado. Las autoridades francesas habían huido, a partes de Francia aún no ocupadas por los alemanes o a colonias francesas en el norte de África. Nadie, sin embargo, había huido a Inglaterra, pero ahí estaba el general De Gaulle, un exiliado solitario en busca de refugio y que ofrecía sus servicios a la causa aliada.

Estos dos hombres ya se conocían, cuando De Gaulle se había desempeñado brevemente como subsecretario de Guerra de Francia durante las semanas del blitzkrieg. Churchill había admirado su valor y resolución en ese difícil momento, pero De Gaulle era un sujeto extraño. De cincuenta años de edad, tenía un expediente militar poco distinguido y difícilmente podía considerársele una figura política importante. Sin embargo, siempre actuaba como si todo girara a su alrededor. Y ahí estaba entonces, presentándose como el hombre que podía ayudar a salvar a Francia, aunque muchos otros franceses podían considerarse más aptos para ese papel. No obstante, Churchill podría moldear a De Gaulle y usarlo para sus fines.

Horas después del arribo de De Gaulle a Inglaterra, el ejército francés pidió paz a los alemanes. Conforme al acuerdo establecido entre ambas naciones, las partes no ocupadas de Francia serían regidas por un gobierno francés cordial con los invasores y con sede en Vichy. Esa misma noche De Gaulle se presentó ante Churchill con un plan: a través de BBC Radio, él se dirigiría a los franceses aún leales a una Francia libre y los instaría a no perder el ánimo. También llamaría a cualquiera que hubiera logrado llegar a Inglaterra a ponerse en contacto con él. Churchill se mostró renuente: no quería ofender al nuevo gobierno francés, con el que quizá tendría que tratar. Pero De Gaulle prometió no decir nada que pudiera interpretarse como traición al gobierno de Vichy, y de último minuto recibió la autorización.

De Gaulle pronunció un discurso acorde con lo perfilado, salvo que terminó con la promesa de que volvería al aire al día siguiente. Eso era nuevo para Churchill; pero una vez hecha la promesa, se vería mal dejar a De Gaulle fuera del aire, y cualquier cosa que alentara a los franceses durante esos oscuros días parecía valiosa.

En la siguiente emisión, De Gaulle fue mucho más arrojado. “Cualquier francés que todavía tenga armas”, anunció, “tiene el absoluto deber de continuar la resistencia”. Llegó incluso al extremo de instruir a los generales que aún estaban en Francia a que desobedecieran al enemigo. Quienes se le unieran en Inglaterra, dijo, formarían parte de una nación sin territorio que se llamaría Francia Libre, y de un nuevo ejército llamado Francia Combativa, punta de lanza de una eventual liberación de la Francia continental contra los alemanes.

Ocupado en otros asuntos y creyendo que el público de De Gaulle era reducido, Churchill pasó por alto las indiscreciones del general y le permitió continuar con sus mensajes, sólo para descubrir que cada nuevo programa dificultaba más hacer un alto. De Gaulle estaba transformándose en una celebridad. La actuación del ejército y gobierno franceses durante el blitzkrieg había sido ampliamente vista como una deshonra, y después nadie había alterado esa percepción de cobardía, excepto De Gaulle. Su voz irradiaba confianza, y su rostro y alta figura sobresalían en fotografías y noticieros de cine. Pero, sobre todo, sus llamamientos surtieron efecto: su Francia Combativa pasó de unos cuantos centenares de soldados en julio de 1940 a varios miles un mes después.

Pronto De Gaulle proclamaba que lanzaría sus fuerzas a una campaña para liberar del gobierno de Vichy a las colonias francesas en el África central y ecuatorial. Esa área constaba principalmente de desiertos y bosques tropicales y estaba lejos de las más estratégicas regiones del norte de África sobre el Mediterráneo, pero contenía algunos puertos marítimos que podían ser útiles, así que Churchill dio su respaldo a De Gaulle. Las fuerzas francesas tomaron Chad, Camerún, el Congo francés y Gabón con relativa facilidad.

Cuando De Gaulle regresó a Inglaterra a fines de 1940, tenía miles de kilómetros cuadrados de territorio bajo su control. Su mando, entre tanto, abarcaba ya a cerca de veinte mil soldados, y su audaz aventura había cautivado la imaginación de la sociedad británica. Ya no era el general de bajo rango que había buscado refugio meses atrás, sino un líder militar y político. Y De Gaulle se puso a la altura de ese cambio de categoría: ya hacía demandas a los ingleses y actuaba en forma más bien agresiva. Churchill empezaba a lamentar haberle dado tanto margen de acción.

Chien/Desarrollo (Progreso gradual) Este hexagrama está formado por Sun (madera, penetración) arriba, es decir, afuera, y Ken (montaña, tranquilidad) abajo, esto es, adentro. Un árbol plantado sobre una montaña evoluciona lentamente de acuerdo con la ley de su ser y, por consiguiente, está firmemente anclado en el suelo con sus raíces. Esto da la idea de un desarrollo que avanza gradualmente, paso a paso. Los atributos de los trigramas también apuntan a esto: adentro hay tranquilidad que protege contra las acciones precipitadas y afuera hay penetración que hace posible el desarrollo y el progreso.

I CHING, CHINA, CIRCA SIGLO VIII A.C.

Al año siguiente la inteligencia británica descubrió que De Gaulle había hecho importantes contactos con el creciente movimiento de la Resistencia francesa. La Resistencia, dominada por comunistas y socialistas, había empezado en forma caótica y sin una estructura coherente. De Gaulle había elegido personalmente a un oficial del gobierno socialista anterior a la guerra, Jean Moulin, llegado a Inglaterra en octubre de 1941, para que ayudara a la unificación de esa fuerza clandestina. De todas las maniobras de De Gaulle, ésta era la que podía beneficiar más directamente a los aliados; una Resistencia eficiente sería invaluable. Así, con la bendición de Churchill, Moulin fue lanzado en paracaídas en el sur de Francia a principios de 1942.

Para fines de ese año, el crecientemente imperioso De Gaulle ya había ofendido tanto a varios miembros de los gobiernos y ejércitos aliados —en particular al presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt— que se habló de un plan para remplazarlo por alguien más maleable. Los estadunidenses creían haber encontrado al hombre perfecto para el puesto: el general Henri Giraud, uno de los más respetados oficiales de Francia, un hombre con un expediente mucho más distinguido que el de De Gaulle. Churchill lo aprobó, y Giraud fue nombrado comandante en jefe de las fuerzas francesas en el norte de África. Percibiendo la conspiración aliada, De Gaulle solicitó una entrevista personal con Giraud para discutir la situación; luego de abundantes forcejeos burocráticos, se le concedió el permiso y llegó a Argel en mayo de 1943.

Ambos se arrojaron uno sobre otro casi de inmediato, haciendo demandas con las que el otro jamás podría estar de acuerdo. Por fin De Gaulle accedió a un arreglo: proponiendo un comité que se prepararía para dirigir a Francia en la posguerra, elaboró un documento en el que nombraba a Giraud comandante en jefe de las fuerzas francesas y copresidente de Francia con él mismo. A cambio, De Gaulle consiguió que el comité creciera en tamaño y fuera depurado de oficiales con conexiones con Vichy. Giraud quedó satisfecho y lo firmó. Poco después, sin embargo, salió de Argel para una visita a Estados Unidos, y en su ausencia De Gaulle llenó el comité ampliado de simpatizantes y miembros gaulistas de la Resistencia. A su regreso, Giraud descubrió que se le había despojado de gran parte de su poder político. Aislado en un comité que había ayudado a formar, no tenía manera de defenderse, y en cuestión de meses De Gaulle fue nombrado presidente único, y luego comandante en jefe. Giraud fue silenciosamente jubilado.

Roosevelt y Churchill vieron esos acontecimientos con creciente alarma. Trataron de intervenir, haciendo varias amenazas, pero a la larga fueron ineficaces. Tan inocentemente iniciadas, las emisiones de la BBC ya eran ávidamente escuchadas por millones de franceses. A través de Moulin, De Gaulle había obtenido casi completo control de la Resistencia francesa; una ruptura con De Gaulle pondría en peligro la relación de los aliados con la Resistencia. Y el comité que De Gaulle había ayudado a formar para gobernar la Francia de la posguerra ya era reconocido por gobiernos alrededor del mundo. Enfrentar al general en cualquier tipo de pugna política sería una pesadilla de relaciones públicas destructiva para el esfuerzo bélico.

De un modo u otro, ese antes poco distinguido general había forjado una especie de imperio bajo su control y nadie podía hacer nada al respecto.

Interpretación

Cuando el general Charles de Gaulle huyó a Inglaterra, tenía una meta: restaurar el honor de Francia. Se proponía hacerlo dirigiendo una organización militar y política empeñada en liberar a Francia. Quería que su país fuera visto como igual entre los aliados, no como una nación vencida dependiente de otros para recuperar su libertad.

Si De Gaulle hubiera anunciado sus intenciones, se le habría visto como una peligrosa mezcla de ilusión y ambición. Y si hubiera tomado el poder demasiado pronto, habría exhibido esas intenciones. En cambio, sumamente paciente y con la vista fija en su meta, mordió poco a poco. La primera mordida —siempre la más importante— fue conseguir exposición pública con una primera transmisión en la BBC, y luego, mediante una astuta maniobra, una serie radial permanente. Por este medio, explotando su agudo instinto dramático e hipnótica voz, estableció rápidamente una presencia descomunal. Esto le permitió crear y desarrollar su grupo militar Francia Combativa.

Dio la siguiente mordida poniendo aquellos territorios africanos bajo control de Francia Combativa. Su control de una gran área geográfica, por aislada que estuviera, le dio inexpugnable poder político. Luego se congració con la Resistencia, apoderándose de un grupo que había sido un bastión comunista. Finalmente creó —y, mordida a mordida, obtuvo el completo control— un comité para gobernar la Francia libre del futuro. Dado que procedió por partes, en realidad nadie se dio cuenta de qué perseguía. Cuando Churchill y Roosevelt comprendieron cuánto se había infiltrado en la Resistencia, y en la mente de las sociedades británica y estadunidense como líder predestinado de la Francia de la posguerra, ya era demasiado tarde para detenerlo. Su preminencia era un fait accompli.

No es fácil abrirse paso en este mundo, pugnar con energía para lograr lo que quieres, sin incurrir en la envidia o antipatía de quienes pueden verte como agresiv@ o ambicios@, alguien por obstruir. La respuesta es no reducir tus ambiciones sino disfrazarlas. Un método por partes para conquistar cualquier cosa es perfecto para estos tiempos políticos, la máscara suprema de la agresividad. La clave para que funcione es tener una noción clara de tu objetivo, el imperio que quieres forjar, e identificar después las pequeñas y remotas áreas del imperio que primero devorarás. Cada mordida debe tener lógica en una estrategia general, pero debe ser suficientemente pequeña para que nadie perciba tus altas intenciones. Si tus mordidas son demasiado grandes, tomarás más de aquello para lo que estás preparad@ y te verás abrumad@ de problemas; si muerdes demasiado rápido, otras personas verán lo que te propones. Deja que el paso del tiempo disfrace magistralmente tus intenciones y da la impresión de ser alguien con ambiciones modestas. Cuando tus rivales se den cuenta de lo que has consumido, se arriesgarán a ser consumidos ellos mismos si se interponen en tu camino.

La ambición puede reptar tanto como volar.

—Edmund Burke (1729-1797).

CLAVES PARA LA GUERRA

A primera vista, los seres humanos podríamos parecer irremediablemente violentos y agresivos. ¿Cómo explicar si no la interminable serie de guerras de la historia, que continúa en el presente? Pero de hecho esto es casi una ilusión. Drásticamente distintos de la vida diaria, la guerra y el conflicto imponen una desproporcionada atención. Lo mismo puede decirse de los individuos agresivos en el ámbito público que constantemente pugnan por más.

La verdad es que la mayoría de la gente es conservadora por naturaleza. Desesperada por mantener lo que tiene, teme las imprevistas consecuencias y situaciones que el conflicto inevitablemente acarrea. Odia la confrontación y trata de evitarla. (Por eso tanta gente recurre a la agresión pasiva para obtener lo que quiere.) Recuerda siempre esta realidad de la naturaleza humana al planear tu paso por la vida. También es el fundamento de toda estrategia de fait accompli.

Esta estrategia opera de la siguiente forma: supongamos que hay algo que tú quieres o necesitas para tu seguridad y poder. Tómalo sin discusión ni advertencia y pondrás en un dilema a tus enemigos: pelear o aceptar la pérdida y dejarte en paz. ¿Lo que tomaste, y tu acción unilateral para hacerlo, valen la molestia, el costo y el peligro de librar una guerra? ¿Qué cuesta más: la guerra (que fácilmente podría intensificarse hasta convertirse en algo de grandes proporciones) o la pérdida? Toma algo de verdadero valor y tus enemigos deberán decidir con todo cuidado; tendrán que tomar una importante decisión. Toma en cambio algo pequeño y marginal y es casi imposible que tus adversarios opten por la batalla. Es probable que haya muchas más razones para dejarte en paz que para pelear por algo reducido. Has jugado de acuerdo con los instintos conservadores de tu enemigo, los que por lo general son más fuertes que los adquisitivos. Y pronto tu apropiación de ese bien se convierte en fait accompli, parte del statu quo, al que siempre es mejor dejar en paz.

Tarde o temprano, como parte de esta estrategia, darás otra pequeña mordida. Esta vez tus rivales estarán precavidos; habrán empezado a ver un patrón. Pero, de nuevo, tomarás poco, y deberán preguntarse una vez más si combatirte vale el dolor de cabeza. No lo hicieron antes; ¿por qué ahora sí? Ejecuta una estrategia de fait accompli sutil y correctamente, como lo hizo De Gaulle; y aunque llegue el momento en que tu meta quede al descubierto, y en que tus rivales lamenten su pacifismo previo y consideren la posibilidad de la guerra, para entonces habrás alterado el terreno de juego: ya no serás pequeñ@ ni fácil de derrotar. Atacarte implicará un tipo diferente de riesgo; habrá una diferente, más poderosa razón de evitar el conflicto. Mordisquea lo que quieres y nunca provoques enojo, temor o desconfianza suficiente para hacer que la gente venza su natural renuencia a pelear. Deja pasar tiempo suficiente entre una mordida y otra y aprovecharás asimismo el corto alcance de la atención de la gente.

La clave de la estrategia del fait accompli es actuar rápido y sin discusión. Si revelas tus intenciones antes de emprender una acción, te expondrás a un montón de críticas, análisis y preguntas: “¡¿Cómo te atreves a pensar en dar esa mordida!? ¡Confórmate con lo que tienes!”. Forma parte del conservadurismo de la gente preferir la interminable discusión a la acción. Tú debes sortear esto con una rápida toma de tu objetivo. La discusión está cerrada. Por pequeña que sea tu mordida, darla también te distinguirá de la muchedumbre y te ganará respeto e influencia.

Cuando Federico el Grande se convirtió en rey de Prusia en 1740, Prusia era una potencia europea menor. El padre de Federico había reforzado el ejército prusiano, a muy alto costo, pero en realidad nunca lo había usado; en cuanto lo pusiera en juego, lo sabía, las demás potencias europeas se unirían en su contra, temiendo cualquier amenaza al statu quo. Aunque sumamente ambicioso, Federico comprendió lo que había refrenado a su padre.

El mismo año en que subió al trono, sin embargo, se presentó una oportunidad por sí sola. La gran némesis de Prusia era Austria, donde un nuevo líder, María Teresa, se había convertido recientemente en emperatriz. Muchos cuestionaban su legitimidad, sin embargo, y Federico decidió explotar esa inestabilidad política introduciendo su ejército en la pequeña provincia austriaca de Silesia. María Teresa, deseando mostrar su firmeza, decidió pelear para recuperarla. La guerra duró varios años, pero Federico había juzgado bien el momento; finalmente amenazó con tomar más territorios aparte de Silesia, y la emperatriz pidió paz.

Todas las concepciones nacidas de la impaciencia y destinadas a obtener una victoria rápida podrían ser sólo grandes errores. [...] Fue necesario acumular miles de pequeñas victorias para convertirlas en un grandioso éxito.

GENERAL VO NGUYEN GIAP (1911).

Federico repetiría esta estrategia una y otra vez, apoderándose aquí y allá de pequeños Estados por los que no valiera la pena pelear, al menos no con energía. De esta manera, casi antes de que cualquiera lo notara, hizo de Prusia una gran potencia. Si hubiera empezado invadiendo un territorio más grande, habría exhibido sus ambiciones claramente y se habría echado encima una alianza de potencias determinadas a mantener el statu quo. La clave de su estrategia por partes fue una oportunidad que le cayó en las manos. Austria pasaba por un mal momento; Silesia era pequeña, pero incorporando ese Estado vecino, Prusia enriqueció sus recursos y se colocó en posición de un mayor crecimiento. Estos dos factores combinados le dieron impulso y le ofrecieron espacio para pasar poco a poco de lo pequeño a lo grande.

El problema que much@s de nosotr@s enfrentamos es que tenemos grandes sueños y ambiciones. Atrapad@s en las emociones de nuestros sueños y en la vastedad de nuestros deseos, hallamos muy difícil concentrarnos en los pequeños, tediosos pasos usualmente necesarios para alcanzarlos. Tendemos a pensar en términos de saltos gigantescos hacia nuestras metas. Pero en el mundo social, como en la naturaleza, todo lo que tiene tamaño y estabilidad crece lentamente. La estrategia por partes es el perfecto antídoto contra nuestra natural impaciencia: nos concentra en algo pequeño e inmediato, una primera mordida, y luego en cómo y dónde una segunda mordida podrá acercarnos a nuestro objetivo último. Nos obliga a pensar en términos de un proceso, una secuencia de pasos y acciones entrelazados, por pequeños que sean, con inconmensurables beneficios psicológicos también. Muy a menudo la magnitud de nuestros deseos nos abruma; dar ese pequeño primer paso los hace parecer realizables. No hay nada más terapéutico que la acción.

Al planear esta estrategia, presta atención a repentinas oportunidades y momentáneas crisis y debilidades de tus enemigos. No caigas en la tentación, sin embargo, de tratar de tomar algo más grande; muerde más de lo que puedes masticar y te verás replet@ de problemas, y desproporcionadamente desalentad@ si no puedes manejarlos.

La estrategia del fait accompli suele ser la mejor manera de tomar el control de un proyecto que se arruinaría a causa del liderazgo dividido. En casi todas las películas que Alfred Hitchcock hizo, tuvo que pasar por las mismas guerras, arrebatando gradualmente el control de la película de manos del productor, los actores y el resto del equipo. Sus riñas con guionistas eran un microcosmos de la guerra mayor. Hitchcock siempre quería que su visión de una película se reflejara exactamente en el guión, pero una mano demasiado firme en el cuello de su guionista no le ofrecería nada, excepto resentimiento y un trabajo mediocre. Así, procedía lentamente, empezando por dar margen al guionista para que trabajara con libertad a partir de sus notas, y luego solicitando revisiones que daban al guión la forma que él deseaba. Su control se volvía obvio sólo en forma gradual; y para el momento en que el guionista estaba emocionalmente atado al proyecto, él mismo promovía su aprobación, por frustrado que se sintiera. Hombre de enorme paciencia, Hitchcock dejaba que su poder se desplegara al paso del tiempo, para que el productor, el guionista y las estrellas comprendieran la cabalidad de su dominio sólo cuando la película estuviera terminada.

Para obtener el control de un proyecto, debes estar dispuest@ a hacer del tiempo tu aliado. Si empiezas con un control absoluto, apagarás el espíritu de la gente y causarás envidia y resentimiento. Así que comienza generando la ilusión de que todos colaboran en un esfuerzo en equipo, y luego mordisquea poco a poco. Si en el proceso haces enojar a la gente, no importa. Esto es sólo una señal de que sus emociones están comprometidas, lo que significa que es posible manipularla.

Por último, el uso de la estrategia por partes para disfrazar tus agresivas intenciones es invaluable en estos tiempos políticos, pero en el encubrimiento de tus manipulaciones nunca podrás llegar demasiado lejos. Así, cuando des una mordida, aun si es pequeña, pretende actuar en defensa propia. También es útil parecer la víctima. Da la impresión de que tus objetivos son limitados haciendo una pausa sustancial entre una mordida y otra —explotando el corto alcance de la atención de la gente— mientras proclamas ante todos que eres una persona pacífica. De hecho, sería el colmo de la sabiduría que en ocasiones dieras una mordida un poco más grande y luego devolvieras parte de lo que has tomado. La gente sólo verá tu generosidad y limitadas acciones, no el imperio sostenidamente creciente que estás formando.

Imagen:

La alcachofa.

A primera vista,

parece poco apetitosa,

aun repulsiva, con su

magra materia comestible y

duro aspecto. Pero el premio

llega al desintegrarla, devo-

rándola hoja por hoja. Sus

hojas son cada vez más tiernas

y sabrosas, hasta que llegas al

suculento corazón.

Autoridad: Multiplicar los pequeños éxitos es precisamente conseguir un tesoro tras otro. Con el tiempo, uno se vuelve rico sin saber cómo ocurrió. —Federico el Grande (1712-1786).

REVERSO

Si ves o sospechas que se te ataca mordida a mordida, tu única contraestrategia es impedir todo nuevo progreso o faits accomplis. Una respuesta rápida y enérgica usualmente será suficiente para desalentar a los comelones, quienes suelen recurrir a esta estrategia por debilidad y no pueden darse el lujo de muchas batallas. Si son más tenaces y ambiciosos, como Federico el Grande, esa enérgica respuesta será aún más crucial. Permitir sus mordidas, por pequeñas que sean, es demasiado peligroso: córtalas en botón.