LA ESTRATEGIA DEL FRENTE INTERNO
A fines de 1933, Adolfo Hitler nombró al contralmirante Wilhelm Canaris, de cuarenta y seis años de edad, jefe del Abwehr, el servicio secreto de inteligencia y contraespionaje del estado mayor alemán. Hitler había obtenido poco antes facultades dictatoriales como gobernante de Alemania y, con un ojo puesto en futuras conquistas en Europa, quería que Canaris hiciera del Abwehr un órgano tan eficiente como el servicio secreto británico. Canaris era una elección algo extraña para el puesto. Procedía de la aristocracia, no era miembro del Partido Nazi y no había tenido una carrera militar particularmente sobresaliente. Pero Hitler vio en Canaris rasgos que lo convertirían en maestro supremo del espionaje: astuto en extremo, un hombre hecho para la intriga y el engaño, sabía cómo obtener resultados. Y, de igual forma, debería su ascenso exclusivamente a Hitler.
En los años siguientes, Hitler tendría motivos para sentirse orgulloso de su decisión. Canaris reorganizó rigurosamente el Abwehr y extendió sus redes de espionaje por toda Europa. Luego, en mayo de 1940, proporcionó excepcional inteligencia para la invasión de blitzkrieg de Francia y los Países Bajos a principios de la Segunda Guerra Mundial. Así, en el verano de ese mismo año, Hitler dio a Canaris su más importante tarea hasta entonces: suministrar inteligencia para la Operación León Marino, un plan para conquistar Inglaterra. Después del blitzkrieg y la evacuación del ejército aliado en Dunkerque, los británicos parecían sumamente vulnerables, y sacarlos de la guerra en ese momento aseguraría la conquista de Europa por Hitler.
Atenea inspiró a Prilis, hijo de Hermes, la sugestión de que se podría entrar en Troya por medio de un caballo de madera; y Epeo, hijo de Panopeo, un focense del Parnaso, se ofreció voluntariamente para construir uno bajo la inspección de Atenea. Luego, por supuesto, Odiseo reclamó el mérito de esta estratagema. [...]
[Epeo] construyó un enorme caballo hueco con tablones de pino, con un escotillón en un costado y grandes letras talladas en el otro que lo dedicaban a Atenea: “En agradecida anticipación del regreso a salvo a sus hogares, los griegos dedican esta ofrenda a la Diosa”. Odiseo convenció a los más valientes de los griegos para que subieran al caballo, completamente armados, por una escala de cuerdas y se introdujeran por el escotillón en su vientre. [...] Entre ellos estaban Menelao, Odiseo, Diomedes, Esténelo, Acamante, Toante y Neoptólemo. Engatusado, amenazado y sobornado, Epeo se unió también al grupo. Subió el último, introdujo la escala de cuerdas tras de sí y, como era el único que sabía hacer funcionar el escotillón, se sentó junto a la cerradura.
Al anochecer, los demás griegos que estaban a las órdenes de Agamenón siguieron las instrucciones de Odiseo, que consistían en incendiar su campamento, hacerse a la mar y esperar frente a Ténedos y las islas Calidnes hasta la noche siguiente. [...]
Al amanecer los exploradores troyanos informaron que el campamento griego estaba reducido a cenizas y que su ejército se había ido dejando un caballo gigantesco en la costa. Príamo y varios de sus hijos salieron para verlo y se quedaron contemplándolo con asombro. Timetes fue el primero que rompió el silencio. “Puesto que esto es un don para Atenea —dijo—, propongo que lo introduzcamos en Troya y lo subamos a su ciudadela.” “¡No, no! —exclamó Capis—, Atenea ha favorecido a los griegos durante demasiado tiempo; debemos quemarlo inmediatamente o abrirlo para ver qué contiene su vientre.”
Pero Príamo declaró: “Timetes tiene razón. Lo llevaremos sobre rodillos para que nadie profane la propiedad de Atenea”. El caballo resultó demasiado ancho para que pudiera pasar por las puertas. Incluso cuando ensancharon la brecha en la muralla se atrancó cuatro veces. Con enormes esfuerzos los troyanos lo subieron a la ciudadela, pero al menos tomaron la precaución de volver a cerrar la brecha en la muralla. [...] A la medianoche, [...]
Odiseo ordenó a Epeo que abriera la puerta. [...] Entonces, los griegos se deslizaron en silencio por las calles iluminadas por la luna, entraron en las casas indefensas y cortaron la garganta a los troyanos que dormían.
LOS MITOS GRIEGOS, VOL. 2, ROBERT GRAVES, 1955.
A varias semanas de iniciada esa labor, sin embargo, Canaris informó que los alemanes habían subestimado el tamaño del ejército y fuerza aérea británicos. León Marino requeriría recursos mucho mayores de los que el Führer había anticipado; a menos que Hitler estuviera dispuesto a comprometer muchas más tropas, el proyecto podía convertirse en un caos. Ésa fue una noticia muy decepcionante para Hitler, quien había deseado noquear a Inglaterra de un rápido golpe. Con la mira puesta en la inminente invasión de Rusia, no estaba dispuesto a comprometer gran número de tropas en León Marino o a dedicar años a someter a los británicos. Habiendo terminado por confiar en Canaris, abandonó la planeada invasión.
Ese mismo verano, el general Alfred Jodl dio con un brillante plan para perjudicar a Inglaterra de otro modo: usando a España como base de operaciones, invadiría la isla de Gibraltar, de propiedad inglesa, bloqueando así las vías marítimas de Inglaterra en el Mediterráneo y el Canal de Suez a su imperio en la India y otros puntos de Oriente: un golpe desastroso. Pero los alemanes tendrían que actuar rápido, antes de que los ingleses captaran la amenaza. Estimulado por la perspectiva de arruinar a Inglaterra de esa manera indirecta, también esta vez Hitler pidió a Canaris evaluar el plan. El jefe del Abwehr fue a España, estudió la situación y entregó su informe. En cuanto el ejército alemán entrara en España, dijo, los ingleses comprenderían el plan, y Gibraltar tenía complejas defensas. Los alemanes también necesitarían la cooperación de Francisco Franco, el dictador de España, quien, según Canaris, no sería suficientemente servicial. En suma: Gibraltar no valía el esfuerzo.
Había muchos alrededor de Hitler que creían que tomar Gibraltar era eminentemente factible y podía significar una victoria total en la guerra contra Gran Bretaña. Extrañados por el informe de Canaris, expresaron abiertamente sus dudas sobre la inteligencia que aquél había provisto desde siempre. Su enigmática naturaleza —hablaba poco y era imposible de descifrar— sólo alimentaba las sospechas de que no era de confiar. Hitler oyó a su equipo, pero una reunión con el generalísimo Franco para discutir el plan de Gibraltar corroboró indirectamente todo lo que Canaris había dicho. Franco era difícil y hacía toda clase de ridículas demandas; los españoles serían imposibles de tratar; la logística era demasiado complicada. Hitler perdió pronto el interés en el plan de Jodl.
En los años siguientes, un creciente número de oficiales alemanes terminaron por sospechar que Canaris era desleal al Tercer Reich, pero nadie podía acusarlo de nada concreto. Y el propio Hitler tenía mucha fe en el jefe del Abwehr y lo enviaba a misiones críticas ultrasecretas. Una de esas tareas tuvo lugar en el verano de 1943, cuando el mariscal Pietro Badoglio, exjefe del estado mayor italiano, arrestó a Benito Mussolini, dictador de Italia y el más firme aliado de Hitler. Los alemanes temían que Badoglio iniciara conversaciones secretas con el general Dwight D. Eisenhower para la rendición de Italia, un golpe devastador para el eje que Hitler podría impedir, de ser necesario, enviando un ejército a Roma, arrestando a Badoglio y ocupando la capital. Pero, ¿era necesario?
Los ejércitos de Hitler hacían falta en otras partes, así que se despachó a Canaris para evaluar la probabilidad de la rendición de Italia. Canaris se reunió con su homólogo en el gobierno italiano, el general Cesare Amé, y luego concertó una reunión entre miembros de alto rango de los servicios de inteligencia de ambos países. En la reunión, Amé negó enfáticamente que Badoglio tuviera intención de traicionar a Alemania; de hecho, el mariscal era ardientemente leal a la causa. Amé fue rotundo. Así, Hitler dejó a Italia en paz. Semanas después, sin embargo, Badoglio se rindió en efecto a Eisenhower y la valiosa flota italiana pasó a manos aliadas. Canaris había sido engañado. ¿O había engañado él?
El general Walter Schellenberg, jefe de la división de inteligencia extranjera de las SS, empezó a investigar el fiasco de Badoglio y descubrió que dos hombres al servicio de Amé habían escuchado una de las conversaciones de Canaris con su jefe. Canaris, informaron, había sabido desde el principio de la intención de Badoglio de rendirse, y había colaborado con Amé para engañar a Hitler. Seguramente esta vez el jefe del Abwehr sí había sido sorprendido en el acto, y pagaría con su vida. Schellenberg acumuló un grueso dossier de otras acciones que podían arrojar más dudas sobre Canaris. Se lo presentó a Heinrich Himmler, director de las SS, quien, sin embargo, dijo a su subordinado que guardara silencio; él presentaría el dossier a Hitler en el momento indicado. Pero, para consternación de Schellenberg, pasaron los meses y Himmler no hizo nada, excepto retirar por fin del servicio a Canaris, con honores.
Poco después del retiro de Canaris, sus diarios cayeron en manos de las SS. Revelaban que había conspirado contra Hitler desde el principio de su servicio como jefe del Abwehr, conjurando incluso para asesinar al Führer en planes que habían fallado por un pelo. Canaris fue enviado a un campo de concentración, donde, en abril de 1945, fue torturado y muerto.
Interpretación
Wilhelm Canaris era un hombre devotamente patriótico y conservador. En los primeros días del ascenso al poder del Partido Nazi, había llegado a creer que Hitler llevaría a su amada Alemania a la destrucción. ¿Pero qué podía hacer? Era sólo un hombre, y alzar la voz contra Hitler le conseguiría apenas un poco de publicidad y una pronta muerte. A Canaris sólo le importaban los resultados. Así que guardó silencio y, cuando se le ofreció el puesto de jefe del Abwehr, aprovechó la oportunidad. Al principio ganó tiempo, adquiriendo credibilidad por su labor en el Abwehr y llegando a conocer el funcionamiento interno del gobierno nazi. Mientras tanto, organizaba en secreto un grupo de conspiradores de mentalidad afín a la suya, la Schwarze Kapelle (Orquesta Negra), que fraguaría varios planes para matar a Hitler. Desde su posición en el Abwehr, Canaris podría proteger hasta cierto punto a la Schwarze Kapelle de ser investigada. También reunió sigilosamente inteligencia sobre los más sucios secretos de nazis de alto rango como Himmler, y les hizo saber que cualquier movimiento en su contra resultaría en revelaciones que los arruinarían.
Cuando se le ordenó preparar la Operación León Marino, Canaris falsificó la inteligencia para hacer parecer a Inglaterra mucho más formidable de lo que era. Encargado de investigar la invasión a Gibraltar, les dijo en secreto a los españoles que permitir a Alemania usar su país significaría el desastre: Alemania no se marcharía jamás. De ahí el hosco trato de Franco hacia Hitler. En ambos casos, Canaris explotó la impaciencia de Hitler de rápidas y fáciles victorias para desalentarlo de proyectos que fácil e irrevocablemente habrían vuelto la guerra en su favor. Finalmente, en el caso de Badoglio, Canaris comprendió el punto débil de Hitler —una preocupación paranoica por la lealtad de los demás— y asesoró a Amé sobre cómo apelar a esa debilidad y hacer gala de la devoción de Italia por la causa del eje. Los resultados de la labor de Canaris desde adentro son asombrosos: un solo hombre desempeñó un importante papel para salvar a Inglaterra, España e Italia del desastre, cambiando así el cauce de la guerra. Los recursos de la maquinaria de guerra alemana estaban en esencia a su disposición, para obstruir y descarrilar sus esfuerzos.
Como lo demuestra el caso de Canaris, si quieres combatir o destruir algo, suele ser preferible que reprimas tu deseo de poner en práctica tu hostilidad, revelando tu posición y dejando saber a la otra parte tus intenciones. Lo que ganes en publicidad, y quizá en sentirte bien por haberte expresado abiertamente, lo perderás en disminución de tu capacidad para causar verdadero daño, en particular si el enemigo es fuerte.
La estrategia suprema es en cambio permanecer en el bando enemigo, para sumergirte hasta su corazón. Desde ahí puedes reunir valiosa información: debilidades por atacar, incriminadoras evidencias por divulgar. En estas circunstancias, maniobras sutiles como transmitir información falsa o guiar a tu adversario a una política autodestructiva pueden tener grandes efectos, mucho mayores que cualquier cosa que pudieras hacer desde afuera. Los poderes del enemigo se convierten en armas que puedes usar contra él, una especie de arsenal a tu disposición como renegad@. A la mayoría de la gente se le dificulta imaginar que alguien que interpreta por fuera el papel de leal partidario o amigo pueda ser un enemigo en secreto. Esto vuelve tus hostiles intenciones y maniobras relativamente fáciles de ocultar. Cuando eres invisible para el enemigo, no hay límite a las capacidades destructivas a tu alcance.
Habla con deferencia, escucha con respeto, sigue sus órdenes y concuerda con él en todo. Nunca imaginará que podrías estar en conflicto con él. Nuestras alevosas medidas se determinarán entonces.
—Tai Kung, (circa siglo IV a.C.).
En el verano de 1929, André Breton, líder del movimiento vanguardista surrealista de París, entonces de treinta y tres años de edad, asistió a una exhibición privada de una película titulada Un Chien Andalou (Un perro andaluz). Había sido dirigida por un miembro español del grupo, Luis Buñuel, y su primera imagen mostraba a un hombre rebanando el ojo de una mujer con una navaja. Ése, exclamó Breton, era el primer filme surrealista. Un Chien Andalou causó sensación debido en parte a la contribución en ella de un nuevo artista en el escenario, Salvador Dalí, amigo y colaborador de Buñuel. El director le habló bien a Breton de su amigo español, cuyos cuadros, dijo, sin duda podían considerarse surrealistas, y cuya personalidad era sumamente peculiar. Pronto, también otros hablaban de Dalí, comentando lo que él llamaba su método “paranoico-crítico” de pintar: se hundía en sus sueños y su inconsciente e interpretaba las imágenes que encontraba ahí, sin importar su contenido, en delirante detalle. Dalí aún vivía en España, pero Breton veía de súbito su nombre dondequiera que iba. Luego, en noviembre de 1929, Dalí, de veinticinco años, realizó su primera gran exposición en una galería de París, y Breton quedó transfigurado por sus imágenes. Escribió de la exposición: “Por primera vez las ventanas de la mente han sido abiertas de par en par”.
Los últimos años de la década de 1920 fueron un periodo difícil para Breton. El movimiento que había fundado cinco años antes se había estancado; sus miembros reñían constantemente por cuestiones ideológicas que aburrían a Breton hasta las lágrimas. En verdad, el surrealismo estaba a punto de volverse passé. Quizá Dalí podría ofrecerle la sangre nueva que necesitaba: su arte, sus ideas y su provocativo carácter podrían hacer del surrealismo algo de lo que la gente volviera a hablar. Con todo eso en mente, Breton invitó a Dalí al movimiento, y el español aceptó con gusto. Dali se trasladó a París y se estableció ahí.
En los años siguientes, la estrategia de Breton pareció funcionar. Los escandalosos cuadros de Dalí eran la comidilla en París. Sus exposiciones causaban tumultos. De repente, todos estaban interesados otra vez en el surrealismo, aun los artistas jóvenes. Pero para 1933, Breton empezó a lamentar haber incluido a Dalí. El español le escribía cartas que expresaban gran interés en Hitler como fuente de inspiración paranoica. Sólo los surrealistas, creía Dalí, eran capaces de “decir cosas bonitas sobre el tema” de Hitler; incluso escribió de sueños de contenido sexual sobre Hitler. Cuando la noticia de la fascinación de Dalí por el Führer se difundió dentro del movimiento, provocó grandes discusiones. Muchos surrealistas tenían simpatías comunistas y se disgustaron por las lucubraciones del pintor español. Para empeorar las cosas, éste incluyó en un enorme cuadro una imagen de Lenin en una pose grotesca: mostrando nalgas de gran tamaño (de tres metros de largo) sostenidas por una horqueta. Muchos en el grupo surrealista admiraban a Lenin; ¿Dalí era deliberadamente provocativo? Cuando Breton le dijo a Dalí que le desagradaba esa versión de las nalgas y el ano humanos, una delirante profusión de imágenes de anos empezó a poblar de pronto los cuadros del artista.
En sus viajes revolucionarios y misionales, Hasán [jefe de los ismaelíes nizarios] buscaba una fortaleza inexpugnable desde la cual dirigir su resistencia al imperio de Seljuk. Alrededor de 1088, eligió finalmente el castillo de Alamut, construido en la estrecha elevación de una roca alta en el corazón de los montes Elburz, en una región conocida como Rudbar. Este castillo dominaba un cerrado valle cultivado de cincuenta kilómetros de largo y cinco de ancho en su punto más amplio, a aproximadamente mil ochocientos treinta metros sobre el nivel del mar. Varias localidades salpicaban el valle, y sus habitantes fueron particularmente receptivos a la ascética piedad de Hasán. El castillo sólo era accesible, con la mayor dificultad, por una angosta garganta del río Alamut. [...]
Hasán empleó una cuidadosa estrategia para apoderarse del castillo, que había sido otorgado a su entonces dueño chiíta, llamado Mahdi, por el sultán Malikshah de Seljuk. Primero, Hasán envió a su confiable dai Husayn Qai-ni y a otros dos a obtener conversos en las localidades vecinas. Luego, muchos de los residentes y soldados de Alamut se convirtieron en secreto al ismaelismo. Finalmente, en septiembre de 1090, el propio Hasán fue introducido de contrabando en el castillo. Cuando Mahdi se dio cuenta de que Hasán había tomado calladamente su fortaleza, se marchó en forma pacífica. [...]
THE TEMPLARS AND THE ASSASSINS, JAMES WASSERMAN, 2001.
Para principios de 1934, Breton ya no podía más y emitió una declaración, firmada junto con otros miembros de su grupo, proponiendo la expulsión de Dalí del movimiento surrealista. Éste se dividió; Dalí tenía tanto partidarios como enemigos. Por fin se convocó a una reunión para debatir el asunto. Dalí tenía fiebre y dolor de garganta; llegó a la reunión vistiendo media docena de capas de ropa y con un termómetro en la boca. Mientras Breton recorría la sala, enlistando las razones de su condena, Dalí empezó a quitarse y ponerse su abrigo, chamarra y suéteres, tratando de regular su temperatura. Nadie podía prestar mucha atención a Breton.
Al fin se pidió a Dalí responder. “Pinté a Lenin y a Hitler a partir de sueños”, dijo, con el termómetro en la boca obligándolo a escupir muchas de sus palabras. “Las anamórficas nalgas de Lenin no fueron insultantes, sino la prueba misma de mi fidelidad al surrealismo.” Seguía poniéndose y quitándose ropa. “Todos los tabúes están prohibidos, o si no habrá que hacer una lista de los que deben observarse, y que Breton declare formalmente que el reino de la poesía surrealista no es sino un pequeño dominio usado para el arresto domiciliario de los delincuentes convictos puestos bajo vigilancia por la liga de la decencia o el Partido Comunista.”
Los miembros del círculo se quedaron perplejos, por decir lo menos: Dalí había convertido su reunión en una especie de performance surrealista, tanto burlándose de la libertad creativa que defendían como reclamándola para sí. También los había hecho reír. Una votación para excluirlo sólo confirmaría las acusaciones que les había lanzado. Por lo pronto, decidieron dejarlo en paz, pero después de la reunión resultó claro que el movimiento surrealista estaba más dividido que nunca.
A fines de ese año, Dalí se marchó a Nueva York. Se supo en París que había conquistado el mundo del arte estadunidense, convirtiendo al surrealismo en el movimiento de moda. En los años siguientes emigraría formalmente a Estados Unidos, y su rostro honraría la portada de la revista Time. Desde Nueva York, su fama se esparció por todo el mundo. Mientras tanto, los surrealistas desaparecían calladamente de la vista pública, marginados por otros movimientos artísticos. En 1939, Breton, molesto por su falta de control sobre Dalí, expulsó al fin al artista español del grupo, pero para entonces eso difícilmente importaba: Dalí se había convertido en sinónimo del surrealismo, y lo seguiría siendo mucho después de que el movimiento surrealista se hubiera extinguido.
Interpretación
Salvador Dalí era un hombre sumamente ambicioso. Aunque parecía excéntrico, por decir lo menos, sus diarios muestran el grado en que aplicaba la estrategia para obtener lo que quería. Languideciendo en España a principios de su trayectoria, vio la importancia de cautivar al mundo del arte de París, el centro del movimiento del arte moderno, para llegar a las alturas de la fama. Y para triunfar en París, su nombre tenía que estar vinculado a algún tipo de movimiento; eso demostraría su condición vanguardista y le daría publicidad gratis. Considerando la naturaleza de su obra y de su método paranoico-crítico, el surrealismo era la única opción lógica. Por supuesto que sirvió el hecho de que Buñuel, su buen amigo, ya fuera miembro del grupo, y de que su amante, Gala, fuera esposa de Paul Eluard, uno de los principales autores y pensadores del surrealismo. A través de Buñuel, Gala y otros (a quienes Dalí llamaba “mensajeros” y “cargadores”), difundió estratégicamente su nombre por todo París y apuntó directo a Breton. La verdad era que Dalí desdeñaba todo tipo de grupo organizado y despreciaba abiertamente a Breton, pero uno y otro podían serle útiles. Insinuando su presencia por medio de terceros y sugiriendo que era un surrealista avant la lettre, se las arregló astutamente para conseguir que Breton lo invitara al grupo.
Entonces, como genuino surrealista, miembro oficial, Dalí pudo seguir librando su insidiosa guerra. Al principio hizo gala de su lealtad al grupo, plataforma de su estancia de varios años de conquista en París con sus impresionantes cuadros. Los surrealistas estaban agradecidos por la nueva vida que les había dado, pero en realidad él usaba el nombre y presencia de ellos para impulsar su carrera. Luego, una vez asegurada la fama, procedió a dinamitar al grupo desde adentro. Entre más débiles fueran internamente los surrealistas, más podría dominarlos públicamente. Dalí eligió deliberadamente a Hitler y Lenin como imágenes que sabía que disgustarían a muchos en el grupo. Eso sacaría a relucir el lado totalitario de Breton y causaría gran división entre los miembros. El performance de Dalí en la reunión para expulsarlo fue en sí mismo una obra maestra surrealista, y un golpe estratégico para los vestigios de la unidad del grupo. Por último, cuando el movimiento ya estaba desgarrado por la división, él huyó a Nueva York para completar su campaña. Apropiándose del seductor nombre del surrealismo, pasaría a la historia como su miembro más famoso, mucho más que Breton.
Es difícil abrirte paso solo en el mundo. Las alianzas pueden ayudar, pero si estás empezando, es difícil interesar a la gente indicada en una alianza contigo: no tienes nada que ofrecerle. La estrategia más sensata suele ser unirte al grupo que puede servir mejor a tus intereses de largo plazo, o con el que tienes más afinidad. En vez de tratar de conquistar a ese grupo desde afuera, te abres camino en él. Como miembro, puedes reunir valiosa información sobre cómo funciona, y en particular sobre las hipocresías y debilidades de sus integrantes, conocimientos que puedes usar para librar una insidiosa guerra intraorganizacional. Desde adentro puedes dividir y vencer.
Recuerda: tu ventaja en este caso es que, a diferencia de los demás miembros, tú no tienes ningún apego sentimental al grupo; tu única lealtad es contigo mismo. Eso te da la libertad que necesitas para efectuar las maniobras manipuladoras y destructivas que te pondrán al frente a expensas de los demás.
Si decides librar una guerra para el triunfo total de tu individualidad, debes comenzar por destruir inexorablemente a quienes tienen mayor afinidad contigo.
—Salvador Dalí (1904-1989).
La forma más común de defensa en la guerra a la antigua era la fortaleza o ciudad amurallada, y durante siglos los jefes militares hicieron estrategias sobre cómo tomar esas estructuras. La fortaleza planteaba un problema simple: estaba diseñada para ser impenetrable, para ser tan difícil de tomar que, a menos que hacerlo fuera estratégicamente esencial, un ejército tendiera a ignorarla. La estrategia convencional contra la fortaleza era escalar u horadar sus muros, usando artillería de sitio y arietes. Esto solía significar sitiarla primero, formando a su alrededor círculos conocidos como “líneas de circunvalación y contravalación”, que impedían la llegada de provisiones y refuerzos y la salida de los defensores. Los habitantes de la ciudad desfallecían de hambre y se debilitaban poco a poco, lo que a la larga hacía posible horadar las paredes y tomar el castillo. Estos asedios tendían a ser muy prolongados y sangrientos.
Al paso de los siglos, sin embargo, ciertos estrategas instruidos dieron con una diferente manera de derribar los muros. Su estrategia se basaba en una sencilla premisa: la aparente fuerza de la fortaleza es una ilusión, porque detrás de sus muros la gente está atrapada, temerosa, incluso desesperada. Los líderes de la ciudad han agotado en esencia las opciones; sólo pueden poner su fe en la arquitectura de la fortaleza. Tender un cerco a esas murallas es creer real la apariencia de fuerza. Si lo cierto es que los muros ocultan la gran debilidad del interior, la estrategia adecuada es pasarlos por alto y apuntar adentro. Esto puede hacerse en forma literal, cavando túneles bajo los muros, minando su fuerza, una estrategia militar convencional. Pero una ruta mejor y más malévola es infiltrar personas por ellos o trabajar con los habitantes desafectos de la ciudad. Esto se llama “abrir un frente interno”: hallar un grupo en el interior que opere en tu nombre para propagar el descontento y traicionar finalmente la fortaleza para ponerla en tus manos, ahorrándote un largo sitio.
Asaltar o invadir.— Cometemos frecuentemente la falta de tratar como enemiga una tendencia, un partido o una época, porque no llegamos sino por casualidad a ver su lado exterior o los “defectos de sus cualidades”, que están en ella necesariamente unidos, quizá porque nosotros mismos hemos tomado una dirección opuesta cuando lo mejor sería buscarle su lado bueno o crearlo en nosotros mismos. Es verdad que es necesaria una mirada muy fuerte y una voluntad mejor para hacer progresar lo que evoluciona y no está concluido que para penetrarlo y relegarlo en su imperfección.
HUMANO, DEMASIADO HUMANO, FRIEDRICH NIETZSCHE, 1878.
A fines de enero de 1968, los norvietnamitas lanzaron la famosa Ofensiva del Tet contra los ejércitos sudvietnamita y estadunidense. Entre sus objetivos estaba Hue, la antigua capital de Vietnam y ciudad de gran significación religiosa para el pueblo vietnamita. En el centro de Hue se halla un inmenso fuerte llamado la Ciudadela, dentro del cual se alza el compuesto del Palacio Imperial, el alma y corazón de Hue. La Ciudadela tiene muros increíblemente gruesos y altos, y está rodeada por agua en sus cuatro costados. En 1968 estaba protegida por soldados estadunidenses y sus aliados. Pero, por alguna razón, los norvietnamitas la tomaron con notable facilidad. La conservaron varias semanas y luego desaparecieron de Hue como por arte de magia, tras un gran contrataque estadunidense. La Ciudadela no les importaba como posesión física o estratégica; lo que perseguían era el simbolismo de ser capaces de tomarla, mostrando al mundo que la invencibilidad estadunidense era un mito.
La captura de la Ciudadela fue una hazaña notable y se consiguió de la siguiente manera: meses antes del Tet, los norvietnamitas empezaron a infiltrar hombres en la ciudad y a organizar a sus simpatizantes que ya vivían en Hue y trabajaban dentro de la Ciudadela. Se apoderaron de detallados planos de la fortaleza, lo que les permitió cavar elaborados túneles bajo sus muros. También acumularon armas en puntos clave. Durante la festividad del Tet, infiltraron a más hombres en la ciudad, vestidos como campesinos. Aliados suyos dentro de la fortaleza les ayudaron a pasar los puestos de guardia y les abrieron las puertas. Confundiéndose con la población local, impidieron a los defensores de la Ciudadela distinguir al amigo del enemigo. Por último, habiendo reconocido la ubicación de la estructura concentrada de mando dentro de la Ciudadela, los norvietnamitas pudieron tomarla de inmediato, dejando a los defensores sin posibilidad de comunicarse entre sí. Esto creó gran confusión, y en el proceso, la defensa de la Ciudadela se desplomó.
Los norvietnamitas llamaron a esta estrategia el “loto floreciente”. Esta maniobra echa hondas raíces en el pensamiento militar asiático, y sus aplicaciones van más allá de la guerra. En vez de apuntar al formidable frente del enemigo, la captura de puntos clave en la periferia de sus defensas y la búsqueda de una vía entre ellas (el método occidental tradicional), la estrategia del loto apunta antes que nada al centro: las suaves y vulnerables partes interiores. La meta es canalizar soldados y aliados a esa área central por cualquier medio posible, y atacarla primero, a fin de sembrar confusión. Más que tratar de penetrar las defensas, se les infiltra. Esto incluye la mente de los soldados y oficiales enemigos: planear estrategias para exasperarlos, trastornar sus facultades racionales, ablandarlos desde adentro. Como en el caso de la flor de loto, todo se desdobla desde el centro del blanco de ataque.
Un príncipe debe inquietarse poco de las conspiraciones cuando le tiene buena voluntad el pueblo; pero cuando éste le es contrario y le aborrece, tiene motivos de temer en cualquier ocasión y por parte de cada individuo.
NICOLÁS MAQUIAVELO, 1469- 1527.
El principio básico es que resulta más fácil derribar una estructura —una pared, un grupo, una mente defensiva— desde adentro. Cuando algo empieza a deteriorarse o a destruirse desde adentro, cae por su propio peso, mucho mejor manera de derribarlo que chocar contra sus paredes. Al atacar a un grupo, el estratega del loto piensa primero en abrir un frente interno. Aliados en el interior proveerán valiosa inteligencia sobre las vulnerabilidades del enemigo. Lo sabotearán callada y sutilmente. Esparcirán la disensión y división internas. Esta estrategia puede debilitar al enemigo al punto de que te sea posible liquidarlo con un golpe de penetración; también puede derribar al enemigo por sí solo.
Una variante de la estrategia del loto es amistar con tus enemigos, abriéndote paso en forma subrepticia hasta su corazón y su mente. Como amigo de tus blancos de ataque, naturalmente conocerás sus necesidades e inseguridades, el suave interior que se esfuerzan tanto en ocultar. Bajarán la guardia con un amigo. Y aun después, cuando cumplas tus pérfidas intenciones, la perdurable resonancia de tu amistad continuará confundiéndolos, permitiéndote seguir manipulándolos y jugando con sus emociones o empujándolos a reacciones exageradas. Para un efecto más inmediato, puedes probar un súbito acto de bondad y generosidad que lleve a la gente a bajar sus defensas: la estrategia del caballo de Troya. (Durante diez largos años, los griegos atacaron en vano las murallas de Troya; el simple obsequio de un caballo de madera les permitió escurrir a algunos hombres dentro de Troya y abrir las puertas desde ahí.)
La estrategia del loto es ampliamente aplicable. Cuando enfrentes algo difícil o espinoso, no te distraigas o desalientes por su formidable apariencia; piensa en la manera de llegar al blando núcleo, el centro del que brota el problema. Tal vez la fuente de tu problema sea una persona en particular; quizá seas tú mismo y tus anticuadas ideas; tal vez sea la disfuncional organización de un grupo. Conocer el núcleo del problema te dará gran poder para cambiarlo desde adentro. Tu primera idea debe ser siempre infiltrar el centro —ya sea con el pensamiento o la acción—, nunca aplastar en la periferia o sólo aporrear las paredes.
Si debes librarte o frustrar a alguien de tu propio bando, la tendencia natural es considerar la posibilidad de conspirar con otros de tu grupo que sientan lo mismo. En la mayoría de las conspiraciones, la meta es una acción de gran escala para derribar al líder y tomar el poder. Es mucho lo que está en juego, y por eso las conspiraciones suelen ser difíciles y peligrosas. La principal debilidad de toda conspiración es usualmente la naturaleza humana: a mayor número de personas implicadas, mayores probabilidades de que alguien traicione, deliberada o accidentalmente. Como dijo Benjamin Franklin: “Tres pueden guardar un secreto, si dos están muertos”. Por segur@ que estés de los demás conspiradores, nunca sabrás a ciencia cierta qué ocurre en su mente: las dudas que pueden tener, la gente con la que hablan.
Puedes tomar algunas precauciones. Mantén el número de conspiradores lo más reducido posible. Involúcralos en los detalles del complot sólo de ser necesario; entre menos sepan, menos tendrán para decir. Revelar el calendario de tu plan lo más tarde posible antes de actuar no les dará tiempo para incumplir. Luego, una vez descrito el plan, apégate a él. Nada siembra más dudas en la mente de los conspiradores que cambios de último minuto. Aun dadas todas estas garantías, ten en mente que la mayoría de los conspiradores fracasan y que, en su fracaso, generan toda clase de consecuencias imprevistas. Aun la exitosa conjura para asesinar a Julio César no derivó en la restauración de la República romana, como querían los conspiradores, sino en el antidemocrático régimen del emperador Augusto. Muy pocos conspiradores, y carecerás de la fuerza necesaria para controlar las consecuencias; muchos, y la conspiración será expuesta antes de dar fruto.
Al destruir algo desde adentro, debes ser paciente y resistir la tentación de una acción drástica de gran escala. Como demostró Canaris, la realización de pequeñas dislocaciones en la maquinaria es igualmente destructiva a largo plazo, y más segura, porque es más difícil de rastrear. Considera la capacidad para disuadir a tus adversarios de actuar agresivamente o la de hacer que sus planes fallen como una victoria en el campo de batalla, aun si tu triunfo es subrepticio. Unas cuantas de esas victorias y tu enemigo caerá en pedazos desde adentro.
En fin, la moral desempeña un papel crucial en cualquier guerra, y siempre es sabio empeñarse en minar la moral de las tropas enemigas. Los chinos llaman a esto “quitar la leña bajo el caldero”. Puedes intentarlo desde afuera, mediante la propaganda, pero esto suele tener el efecto contrario, reforzando la cohesión de soldados y civiles de cara a una fuerza extraña que trata de conquistarlos. Es mucho más efectivo buscar simpatizantes en las filas enemigas, quienes propaguen el descontento entre ellas como una enfermedad. Cuando los soldados ven que miembros de su bando tienen dudas sobre la causa por la que luchan, generalmente se desmoralizan y se vuelven vulnerables a más deslealtad. Si sus líderes reaccionan con excesivo rigor a esa amenaza castigando a los gruñones, les harán el juego, pues pasarán por injustos y autoritarios; si ignoran el problema, éste crecerá; y si empiezan a ver enemigos por todas partes, su paranoia opacará sus capacidades estratégicas. Usar un frente interno para extender la disensión suele bastar para darte la ventaja que necesitas para arrollar al enemigo.
Imagen: La termi-
ta. Desde lo más
hondo de
la estructu-
ra de la casa, la
termita corroe en
silencio la made-
ra, y sus ejércitos
recorren pacien-
temente vigas y
soportes. La labor
no se nota, no
así el resultado.
Autoridad: La peor política [militar] consiste en atacar las ciudades. [...] Si el general es incapaz de contener su impaciencia y ordena a sus hombres aglomerarse en los alrededores del muro como un enjambre de abejas, morirán un tercio de ellos sin que la ciudad caiga. [...] De esta forma, los que son expertos en el arte de la guerra someten al ejército enemigo sin combate. Toman las ciudades sin efectuar el asalto. —Sun-tzu (siglo IV a.C.)
Siempre es probable que haya personas descontentas en tu grupo capaces de volverse contra ti desde adentro. El peor error es ser paranoic@, sospechando de todos y tratando de seguir cada uno de sus pasos. Tu única verdadera salvaguarda contra conspiraciones y saboteadores es mantener satisfechas a tus tropas, ocupadas en su labor y unidas por su causa. Tenderán a vigilarse solas y entregarán a cualquier alborotador que intente fomentar problemas desde adentro. Sólo en cuerpos insanos y decadentes pueden echar raíces las células cancerosas.