LA ESTRATEGIA DE LA AGRESIVIDAD PASIVA
En diciembre de 1929, el grupo de ingleses que gobernaban la India se sentían un poco nerviosos. El Congreso Nacional Indio —principal movimiento por la independencia de ese país— acababa de abandonar las conversaciones sobre la propuesta de que Gran Bretaña devolviera gradualmente el gobierno autónomo al subcontinente. Llamaba entonces nada menos que a la independencia inmediata y total, y había pedido a Mahatma Gandhi encabezar una campaña de desobediencia civil para iniciar esa lucha. Gandhi, quien había estudiado derecho en Londres años antes, había inventado una forma de protesta de resistencia pasiva en 1906, mientras trabajaba como abogado en Sudáfrica. En la India, a principios de la década de 1920 había dirigido campañas de desobediencia civil contra los británicos que habían causado mucho revuelo, lo habían llevado a prisión y lo habían convertido en el hombre más venerado del país. Para los británicos, tratar con él nunca era fácil; pese a su frágil apariencia, era intransigente e implacable.
Aunque Gandhi creía en y practicaba una rigurosa forma de no violencia, los funcionarios coloniales del Raj británico tenían miedo: en un mal momento para la economía inglesa, lo imaginaban organizando un boicot contra bienes ingleses, por no mencionar manifestaciones masivas en las calles de ciudades de la India, una pesadilla policial.
Gandhi y sus socios deploraban repetidamente la incapacidad de su pueblo de ofrecer una resistencia organizada, efectiva y violenta contra la injusticia y la tiranía. Su experiencia era corroborada por una ininterrumpida serie de reiteraciones de todos los líderes de la India: que la India no podía practicar la guerra física contra sus enemigos. Se daban muchas razones, entre ellas debilidad, falta de armas, la reducción a la sumisión y otros argumentos de similar naturaleza. [...]
Frente a la cuestión de qué medios podía emplear Gandhi contra los británicos, llegamos a los otros juncriterios previamente mencionados: que el tipo de medios seleccionados y la forma en que pueden usarse dependen significativamente de la cara del enemigo, o del carácter de su oposición.
La oposición contra Gandhi no sólo hacía posible el uso efectivo de la resistencia pasiva, sino que prácticamente lo invitaba. Su enemigo era un gobierno británico caracterizado por una antigua y aristocrática tradición liberal, que concedía alto grado de libertad a sus colonias y que siempre había operado con base en un patrón de uso, absorción, seducción o destrucción, mediante el halago o la corrupción, de los líderes revolucionarios surgidos de las filas coloniales. Éste era el tipo de oposición que toleraría, y en definitiva capitularía ante, la táctica de la resistencia pasiva.
RULES FOR RADICALS, SAUL D. ALINSKY, 1971.
El hombre a cargo de la estrategia del Raj en el combate al movimiento independentista era el virrey de la India, lord Edward Irwin. Aunque Irwin admiraba a Gandhi en lo personal, había decidido reaccionar a él rápido y con fuerza; no podía permitir que la situación se le fuera de las manos. Esperaba ansiosamente ver qué haría Gandhi. Las semanas pasaron y, por fin, el 2 de marzo Irwin recibió una carta de Gandhi —más bien conmovedora en su honestidad— que revelaba los detalles de la campaña de desobediencia civil que estaba a punto de lanzar. Sería una protesta contra el impuesto de la sal. Los británicos ejercían un monopolio sobre la producción de sal de la India, aunque ésta podía ser fácilmente recolectada por cualquiera en la costa. También cobraban un impuesto más bien alto sobre ella. Esto era una pesada carga para los más pobres de la India, para quienes la sal era el único condimento. Gandhi planeaba encabezar una marcha de sus seguidores desde su ashram cerca de Bombay (la actual Mumbai) a la ciudad costera de Dandi, donde recogería sal de mar dejada en la playa por las olas y alentaría a los indios de todas partes a hacer lo mismo. Todo esto podría prevenirse, escribió a Irwin, si el virrey derogaba de inmediato el impuesto a la sal.
Irwin leyó su carta con una sensación de alivio. Imaginó a Gandhi, de sesenta años de edad, más bien frágil e inclinado sobre un bastón de bambú, dirigiendo a sus heterogéneos seguidores desde su ashram —menos de ochenta personas— en una marcha de trescientos kilómetros al mar, donde recogería algo de sal de la arena. En comparación con lo que Irwin y su equipo habían esperado, la protesta parecía de escala casi ridículamente reducida. ¿Qué pensaba Gandhi? ¿Había perdido contacto con la realidad? Incluso algunos miembros del Congreso Nacional Indio estaban profundamente desilusionados por la protesta que había elegido. En cualquier caso, Irwin tenía que repensar su estrategia. Le bastaría con no hostigar ni arrestar a ese piadoso anciano y a sus seguidores (muchos de ellos mujeres). Eso se vería muy mal. Era mejor dejarlo en paz, evitando la apariencia de una respuesta autoritaria y dejando que la crisis se desenvolviera y extinguiera. A la larga, la inefectividad de esa campaña desacreditaría un tanto a Gandhi, rompiendo su hechizo sobre las masas indias. El movimiento independentista se fracturaría, o al menos perdería parte de su impulso, dejando a Inglaterra en una posición más fuerte a largo plazo.
Mientras Irwin observaba los preparativos de Gandhi para la marcha, se convencía cada vez más de que había elegido la estrategia correcta. Gandhi otorgaba al evento una calidad casi religiosa, como la famosa marcha de lord Buda para alcanzar la sabiduría divina, o el retiro de lord Rama en el Ramayana. Su lenguaje era crecientemente apocalíptico: “Iniciamos una lucha de vida o muerte, una guerra santa”. Esto parecía resonar entre los pobres, quienes empezaban a juntarse en el ashram de Gandhi para oírlo hablar. Gandhi invitaba a camarógrafos de todo el mundo a filmar la marcha, como si fuera un acto histórico trascendental. El propio Irwin era un hombre religioso y se veía como representante de una nación civilizada temerosa de Dios. Redundaría en crédito de Inglaterra que se le viera dejar intacto a ese hombre piadoso en su procesión al mar.
Es imposible ganar una contienda con un adversario indefenso, porque si ganas, no ganas nada. Cada golpe que das no se te devuelve, así que todo lo que puedes sentir es culpa por haber golpeado, experimentando al mismo tiempo la desagradable sospecha de que esa indefensión es calculada.
STRATEGIES OF PSYCHOTHERAPY, JAY HALEY, 1963.
Gandhi y sus seguidores partieron de su ashram el 12 de marzo de 1930. Mientras el grupo iba de una villa a otra, sus filas empezaron a abultarse. Gandhi era cada día más osado. Llamó a los estudiantes de toda la India a abandonar las aulas y sumarse a su marcha. Miles respondieron. Grandes multitudes se reunían a lo largo del camino para verlo pasar; sus discursos ante éstas eran cada vez más ardientes. Parecía tratar de inducir a los ingleses a arrestarlo. El 6 de abril metió a sus seguidores al mar para purificarse, y luego recogió algo de sal de la playa. Por toda la India corrió rápidamente la noticia de que Gandhi había violado la ley de la sal.
Irwin siguió esos hechos con creciente alarma. Se dio cuenta de que Gandhi lo había engañado: en vez de responder con rapidez y decisión a esa aparentemente inocente marcha al mar, el virrey había dejado a Gandhi en paz, permitiendo que la marcha adquiriera impulso. De inofensiva apariencia inicial, el simbolismo religioso había agitado a las masas, y la cuestión de la sal se había convertido de un modo u otro en un pararrayos del descontento con la política inglesa. Gandhi había elegido arteramente un asunto que los ingleses no reconocerían como amenazador, pero que resonaría entre los indios. Si Irwin hubiera reaccionado arrestando a Gandhi de inmediato, todo se habría apagado. Pero ya era demasiado tarde; arrestarlo en ese momento sólo atizaría el fuego. Sin embargo, dejarlo en paz exhibiría debilidad y le cedería la iniciativa. Mientras tanto, manifestaciones no violentas surgían en ciudades y pueblos de toda la India, y responder con violencia a éstas sólo volvería a los indios moderados más solidarios con los manifestantes. Al parecer, cualquier cosa que Irwin hiciera empeoraría las cosas. Así que estaba preocupado, sostenía interminables reuniones, y no hacía nada.
En los días siguientes, aquella causa tuvo mayores repercusiones. Miles de indios viajaron a las costas del país para recolectar sal tal como Gandhi lo había hecho. Grandes ciudades atestiguaron manifestaciones masivas en las que esa sal ilegal era regalada o vendida a un precio mínimo. Una forma de protesta no violenta desembocaba en otra: un boicot promovido por el Congreso Nacional Indio contra bienes británicos, por ejemplo. Finalmente, por órdenes de Irwin, los británicos empezaron a responder con fuerza a las manifestaciones. Y el 4 de mayo arrestaron a Gandhi y lo metieron a la cárcel, donde permanecería nueve meses sin juicio.
El arresto de Gandhi encendió una conflagración de protesta. El 21 de mayo, un grupo de dos mil quinientos indios marchó pacíficamente contra los Dharasana Salt Works del gobierno, defendidos por policías indios y oficiales británicos armados. Cuando los marchistas se precipitaron contra la fábrica, fueron golpeados con macanas recubiertas de acero. Instruidos en los métodos de no violencia de Gandhi, los manifestantes no hicieron el menor intento de defenderse; simplemente se sometieron a los golpes que les llovían. Quienes no habían sido golpeados continuaron marchando, hasta que casi el último de ellos fue aporreado. Esta repulsiva escena recibió mucha atención en la prensa. Incidentes similares en toda la India contribuyeron a destruir el último lazo sentimental que los indios aún tuvieran con Inglaterra.
Para terminar con la espiral de inquietud, Irwin se vio finalmente obligado a negociar con Gandhi y, en varias cuestiones, a ceder terreno, hecho sin precedentes para un virrey imperialista inglés. Aunque el final del Raj tardaría varios años en llegar, la Marcha de la Sal resultaría el principio del fin, y en 1947 los ingleses salieron de la India sin que se hubiera librado una sola batalla.
Se dice que Huang Ti, el legendario Emperador Amarillo y supuesto ancestro de la dinastía Chou, el paradigma histórico de la concordia y la civilización, sacaba armonía del caos, domesticaba a los bárbaros y a las bestias salvajes, despejaba los bosques y pantanos e inventó los “cinco sonidos armoniosos”, no mediante un acto de épica matanza, sino mediante su virtud superior, adaptándose y rindiéndose a las “condiciones naturales” y la Voluntad Celestial. Así, el confucianismo repudia por impracticable la idea de soluciones militares a los problemas humanos. El más notable heredero de Huang Ti, se nos dice, fue Ti Yao, un caballero que “naturalmente y sin esfuerzo” abrazó la reverencia, la cortesía y la inteligencia.
No obstante, durante su reinado, el Diluvio, el símbolo universal de la anomia en la mitología, amenazó con inundar el territorio. Así, debió nombrar un sucesor que preservara el orden de su propio hijo. Ti Yao eligió al hombre más calificado para la labor, el venerable Shun, quien en varias pruebas ya había demostrado capacidad para armonizar los asuntos humanos a través de la rectitud. [...]
Shun seleccionó a su vez a Yu el Sabio para planear el fin de la inundación. Como Yu rechazaba el vino y actuaba siempre en forma apropiada, moviéndose con la naturaleza y no resistiéndose a ella, le fue revelado el Camino del Cielo (T’ien Tao).
Subsecuentemente arregló las aguas del río no combatiéndolas con un dique, sino rindiéndose y despejando para ellas un canal más amplio por el cual correr. De no haber sido por Yu, dice el relato, quien personificó en adelante la sabiduría tanto de Confucio como de Lao Tsé, el profeta taoísta, nos habríamos convertido en peces.
RELIGIOUS MYTHOLOGY AND THE ART OF WAR, JAMES A. AHO, 1981.
Interpretación
Gandhi era un estratega engañosamente astuto cuya frágil, e incluso piadosa, apariencia hacía constantemente que sus adversarios lo subestimaran. La clave de toda estrategia exitosa es conocer tanto al enemigo como a un@ mism@, y Gandhi, educado en Londres, conocía bien a los ingleses. Los juzgaba un pueblo esencialmente liberal que enarbolaba tradiciones de libertad política y conducta civilizada. Este concepto de sí mismos —aunque no exento de contradicciones, como lo indicaba su ocasional conducta brutal en sus colonias— era de suma importancia para los ingleses. Los indios, por su parte, se sentían humillados tras largos años de sometimiento a sus amos ingleses. Estaban en gran medida desarmados, sin posición para ocuparse de una insurrección o guerra de guerrillas. Si se rebelaban violentamente, como habían hecho otras colonias, los ingleses los aplastarían y afirmarían haber actuado en defensa propia; su civilizado concepto de sí mismos no sufriría daño. El uso de la no violencia, por otro lado —ideal y filosofía que Gandhi valoraba profundamente y con una rica tradición en la India—, explotaba a la perfección la reluctancia inglesa a responder con la fuerza a menos que fuera absolutamente necesario. Atacar a personas que protestaban en forma pacífica no armonizaba con la noción que tenían los ingleses de su pureza moral. Si se les hacía sentir confundidos y culpables, se paralizarían a causa de su ambivalencia y renunciarían a la iniciativa estratégica.
La Marcha de la Sal es quizá el mejor ejemplo de la brillantez estratégica de Gandhi. Primero, eligió deliberadamente un asunto que los británicos considerarían inofensivo, y aun risible. Responder con la fuerza a una marcha por la sal habría puesto en aprietos a los ingleses. Así, al identificar su aparentemente trivial asunto en su carta a Irwin, Gandhi se dio margen para desarrollar la marcha sin temor a la represión. Usó ese margen para enmarcar la marcha en un contexto indio que le daría a ésta gran atractivo. El simbolismo religioso que encontró para ello tenía también otra función: acentuar la parálisis de los británicos, muy religiosos a su manera, y por lo tanto incapaces de reprimir un acto espiritual. Por último, como cualquier buen showman, Gandhi confirió a la marcha gran dramatismo visual y usó a la prensa para su máxima difusión.
Una vez que la marcha adquirió impulso, ya era demasiado tarde para detenerla. Gandhi había encendido una hoguera, y las masas ya estaban profundamente involucradas en la lucha. Cualquier cosa que Irwin hiciera en ese momento empeoraría la situación. La Marcha de la Sal no sólo se convirtió en modelo de futuras protestas, sino que además fue claramente el momento decisivo en la lucha de la India por su independencia.
Hoy muchas personas son tan ambivalentes como lo eran los ingleses ante el poder y la autoridad. Necesitan poder para sobrevivir, pero al mismo tiempo tienen una necesidad igualmente grande de creer en su propia bondad. En este contexto, combatir a la gente con cualquier clase de violencia te hace parecer mal@ y agresiv@. Y si es más fuerte que tú, en realidad le haces el juego, justificando una respuesta autoritaria de su parte. La culminación de la sabiduría estratégica es, en cambio, aprovechar la latente ambivalencia de culpa y liberalidad de la gente haciéndote pasar por benign@, amable, incluso pasiv@. Esto la desarmará y atravesará sus defensas. Si actúas para retarla y resistirte a ella, debes hacerlo moral, virtuosa, pacíficamente. Si no puede evitar responder con la fuerza, se verá y sentirá mal; si titubea, tendrás la ventaja y la oportunidad de determinar la dinámica entera de la guerra. Es casi imposible combatir a la gente que levanta las manos y no se resiste a los usuales modos agresivos. Esto es completamente desconcertante e inhabilitador. Operando de esta manera, infliges culpa como si fuera un arma. En un mundo político, tu pasiva y moralista resistencia paralizará al enemigo.
Yo creía en la política de demandas, representaciones y negociaciones amistosas. Pero todo eso ya no sirve. Ahora sé que ésa no es la manera de persuadir a este gobierno. La sedición se ha convertido en mi religión. La nuestra es una guerra no violenta.
—Mahatma Gandhi (1869-1947).
A principios de 1820 estalló una revolución en España, seguida meses después por otra en Nápoles, entonces una ciudad-Estado incorporada al imperio austriaco. Forzados a aceptar constituciones liberales que seguían el modelo de la Francia revolucionaria de treinta años antes, los reyes de ambas naciones tenían razones para temer el destino del rey francés de aquel entonces, Luis XVI, quien fue decapitado en 1793. Mientras tanto, los líderes de las grandes potencias europeas —Inglaterra, Austria y Prusia— temblaban ante la idea de que la agitación y el radicalismo cruzaran sus fronteras, apenas recién estabilizadas por la derrota de Napoleón. Todos querían protegerse y detener la marea de la revolución.
En medio de la inquietud general, el zar Alejandro I de Rusia (1777-1825) propuso de súbito un plan que a muchos les pareció un remedio más peligroso que la enfermedad. El ejército ruso era el más grande y temido de Europa; Alejandro deseaba lanzarlo tanto contra España como contra Nápoles, para aplastar ambas revueltas. A cambio, insistía en que los reyes de esas dos naciones promulgaran reformas liberales que concedieran más libertades a sus ciudadanos, a fin de que, más satisfechos, su deseo de revolución se diluyera.
La devoción que le tenían sus soldados, declarada en numerosos testimonios, debe considerarse un hecho. [Julio César] no habría podido hacer lo que hizo sin ello. El discurso con el que, se dice una y otra vez, sofocó un motín con una sola palabra, llamando a sus hombres, no compañeros soldados como era su costumbre, sino ciudadanos, civiles, muestra mucho más acerca de sus métodos que el mero uso astuto de un término.
Era el momento más crítico para él. Se hallaba en Roma tras la derrota de Pompeyo, a punto de zarpar a África, para someter allá al poderoso ejército senatorial. En la ciudad estaba rodeado por férreos enemigos. Dependía por completo de su ejército, y su mejor y más confiable legión se amotinó. Estuvieron a punto de matar a su oficial; marcharon a Roma y exigieron su destitución; no servirían más a César. Él envió por ellos, diciéndoles que llevaran sus espadas consigo, instrucción perfectamente característica de él. Todo lo que se dice de él exhibe su despreocupación por el peligro que corría.
Frente a frente con ellos, les pidió exponer sus argumentos y escuchó mientras le contaban todo lo que habían hecho y sufrido por tan pobres recompensas, y exigieron que se les licenciara. Su discurso de respuesta también fue característico, muy amable, muy breve, justo al grano: “Tienen razón, ciudadanos. Han trabajado mucho; han sufrido mucho. Desean su licenciamiento. Lo tienen. Los licencio a todos. Tendrán su recompensa. Jamás se dirá de mí que haya hecho uso de ustedes cuando estaba en peligro, y que haya sido ingrato con ustedes cuando el peligro había pasado”. Eso fue todo, pero los legionarios que escuchaban quedaron completamente rendidos a su voluntad.
Exclamaron que jamás lo abandonarían; imploraron que los perdonara, que los recibiera de nuevo como sus soldados. Detrás de las palabras estaba su personalidad; y aunque eso jamás podrá rescatarse, algo de ello atraviesa sin embargo sus breves, escuetas oraciones: la fuerza que enfrentaba tranquilamente la deserción en un momento de gran necesidad; el orgullo que no pronunciaba una sola palabra de apelación o reproche; la suave tolerancia de quien conocía a los hombres y no contaba para nada con ellos.
THE ROMAN WAY, EDITH HAMILTON, 1932.
Alejandro veía su propuesta como algo más que un programa práctico para salvaguardar a las monarquías europeas; formaba parte de una gran cruzada, un sueño que había abrigado desde los primeros días de su reinado. Hombre profundamente religioso que veía todo en términos del bien y el mal, quería que las monarquías europeas se reformaran y crearan una suerte de hermandad cristiana de gobernantes sabios y benévolos, con él, el zar, como su timonel. Aunque los poderosos consideraban a Alejandro una especie de lunático ruso, muchos liberales y hasta revolucionarios de toda Europa lo veían como su amigo y protector, el raro líder solidario con su causa. Se rumoraba incluso que había hecho contactos y participado en intrigas con varios izquierdistas.
El zar llegó aún más lejos con su idea: deseaba ya una conferencia de las principales potencias para discutir el futuro de España, Nápoles y Europa misma. El ministro inglés del Exterior, lord Castlereagh, escribió varias cartas tratando de disuadirlo de la necesidad de esa reunión. Nunca era prudente entrometerse en asuntos de otros países, decía Castlereagh; Alejandro debía dejar que Inglaterra ayudara a detener el desorden en España, su cercano aliado, mientras Austria hacía lo propio en Nápoles. Otros ministros y gobernantes también escribieron a Alejandro, con argumentos similares. Era crucial mostrar un frente unificado contra su plan. Pero un hombre —el ministro austriaco del Exterior, el príncipe Klemens von Metternich— reaccionó ante el zar en forma muy distinta, e impactante, por decir lo menos.
Metternich era el más poderoso y respetado ministro de Europa. El realista por antonomasia, siempre era pausado para emprender acciones arrojadas o involucrar a Austria en cualquier clase de aventura; la seguridad y el orden eran sus preocupaciones primarias. Era un conservador, un creyente en las virtudes del statu quo. Si el cambio tenía que ocurrir, debía suceder lentamente. Pero Metternich era también un tanto enigmático: elegante cortesano, hablaba poco, pero, al parecer, siempre se salía con la suya. Entonces no sólo apoyó el llamado de Alejandro a la conferencia, sino que también pareció abierto a otras ideas del zar. ¿Acaso había sufrido un cambio de opinión y se desplazaba a la izquierda en sus últimos años? En cualquier caso, organizó personalmente la conferencia para octubre de ese año en la ciudad de propiedad austriaca de Troppau, en la actual República Checa.
Alejandro estaba encantado: con Metternich de su parte, podría realizar sus ambiciones, y de algunos más. Pero cuando llegó a Troppau para la conferencia, los representantes de las demás potencias asistentes se mostraron menos que amistosos con él. Franceses y prusianos estaban indiferentes; Castlereagh se había negado rotundamente a asistir. Sintiéndose un tanto aislado, Alejandro volvió a animarse cuando Metternich propuso que sostuvieran reuniones privadas para discutir las ideas del zar. Durante varios días, y por horas sin fin, se encerraron en una sala. El zar tomó la palabra casi todo el tiempo; Metternich escuchaba con su usual aire atento, afirmando y asintiendo con la cabeza. El zar, cuyo pensamiento era un poco vago, se esforzaba por explicar lo mejor que podía su visión de Europa, y la necesidad de que los líderes participantes en la conferencia exhibieran su unidad moral. No pudo menos que sentirse frustrado ante su incapacidad para hacer más específicas sus ideas.
Tras varios días de conversaciones, Metternich le confesó por fin al zar que también él veía que un peligro moral se gestaba en Europa. La revolución atea era el azote de la época; ceder al espíritu radical, mostrar cualquier indicio de arreglo, conduciría a la larga a la destrucción a manos de esas fuerzas satánicas. Durante la conferencia de Troppau, había estallado un motín en un regimiento de guardias rusos; Metternich le advirtió a Alejandro que ése era el primer síntoma de una infección revolucionaria que atacaba a la propia Rusia. Gracias a Dios, el zar, pilar de la fuerza moral, no cedería. Alejandro tendría que desempeñarse como líder de esa cruzada contrarrevolucionaria. Por eso a Metternich lo habían alentado tanto las ideas del zar sobre Nápoles y España, y así era como las interpretaba.
El zar se sintió arrebatado por el entusiasmo de Metternich: juntos se mantendrían firmes contra los radicales. De algún modo, sin embargo, el resultado de su conversación no fue un plan para que Rusia invadiera Nápoles y España; en efecto, Alejandro especuló en cambio que quizá no era el momento de presionar a los reyes de esas naciones para que reformaran su gobierno; que esto sólo debilitaría a ambos monarcas. Por lo pronto, la energía de los líderes debía dirigirse a detener la marea revolucionaria. De hecho, el zar empezó a arrepentirse de algunas de sus ideas más liberales, como se lo confesó en gran medida a Metternich. La conferencia terminó con una declaración del alto propósito común de las potencias —con un lenguaje que era en gran parte el del zar— y el acuerdo de que las tropas austriacas, no las rusas, restaurarían los plenos poderes del rey de Nápoles, y lo dejarían después para que aplicara las medidas de su elección.
Luego de que Alejandro volvió a Rusia, Metternich le escribió para elogiarlo por dar el ejemplo. El zar respondió con fervor: “Estamos comprometidos en un combate contra el reino de Satanás. No bastan embajadores para esta tarea. Sólo aquellos a quienes el Señor ha colocado a la cabeza de sus pueblos pueden, si Él les da Su bendición, sobrevivir a la contienda [...] con esa fuerza diabólica”. De hecho, el zar quería llegar más lejos: había retomado la idea de que su ejército sofocara la revolución en España. Metternich respondió que no era necesario —los británicos estaban manejando la situación—, pero que en una conferencia al año siguiente podría volver a tocarse el tema.
A principios de 1821 estalló otra revolución, esta vez en Piamonte, el único Estado italiano fuera del control austriaco. El rey fue obligado a abdicar. En este caso, Metternich recibió con beneplácito la intervención rusa, y noventa mil soldados rusos actuaron como reservas de un ejército austriaco en dirección a Piamonte. Una presencia militar rusa tan cercana a sus fronteras ahogó en alto grado el espíritu de los rebeldes y de sus simpatizantes en toda Italia. Los izquierdistas que habían visto al zar como su amigo y protector dejaron de creer que lo era.
El ejército austriaco aplastó la revolución en unas semanas. A solicitud de Metternich, los rusos retiraron educadamente sus fuerzas. El zar estaba orgulloso de su creciente influencia en Europa, pero de un modo u otro se había embarcado en los planes justamente contrarios a su plan original de una cruzada: en vez de encabezar la lucha por el progreso y la reforma, se había convertido en guardián del statu quo, un conservador en el molde del propio Metternich. Los que lo rodeaban no podían entender cómo había sucedido eso.
A veces uno tiene que tratar con enemigos ocultos, intangibles influencias que se escurren en las oscuras esquinas y desde ese escondite afectan a la gente por medio de la sugestión. En casos como éste, es necesario rastrear esas cosas hasta los más secretos escondrijos, para determinar la naturaleza de las influencias por enfrentar. [...] El anonimato mismo de tales maquinaciones requiere un esfuerzo especialmente vigoroso e infatigable, pero esto bien vale la pena. Porque cuando esas elusivas influencias salen a la luz y se identifican, pierden su poder sobre la gente.
I CHING, CHINA, CIRCA SIGLO VIII A.C
Interpretación
El príncipe Metternich ha sido quizá el más efectivo practicante público de la agresividad pasiva en toda la historia. Otros diplomáticos lo creían cauteloso a veces, incluso débil, pero a la larga, como por arte de magia, siempre conseguía lo que quería. La clave de su éxito fue su capacidad para ocultar su agresividad al punto de volverla invisible.
Metternich siempre tenía el cuidado de formarse una opinión de su adversario. En el caso del zar Alejandro, trataba con un hombre gobernado por la emoción y sujeto a los más variables estados de ánimo. Pero el zar, detrás de su moralista fachada cristiana, también era agresivo a su manera, y ambicioso: ansiaba dirigir una cruzada. A ojos de Metternich, era tan peligroso como lo había sido Napoleón: en afán de hacer algo bueno por Europa, podía hacer marchar sus tropas de un extremo a otro del continente, creando indecible caos.
Interponerse en el camino del poderoso ejército de Alejandro sería destructivo en sí mismo. Pero el sagaz Metternich sabía que tratar de persuadir al zar de que estaba equivocado tendría el indeseable efecto de alimentar sus inseguridades y empujarlo a la izquierda, volviéndolo más propenso a realizar acciones peligrosas por su cuenta. En cambio, el príncipe tendría que manejarlo como a un niño, dirigiendo sus energías a la derecha mediante una campaña agresiva-pasiva.
En aquellos días la fuerza y las armas prevalecían; pero ahora la astucia del zorro avanza en todas partes, así que difícilmente puede hallarse un hombre leal o virtuoso.
REINA ISABEL I, 1533-1603.
La parte pasiva era simple: Metternich fingía ser dócil, acceder a ideas que en realidad reprobaba en extremo. Aceptó la petición de Alejandro de un congreso, por ejemplo, aunque en lo personal se oponía a él. Luego, en sus conversaciones privadas con el zar en Troppau, al principio sólo escuchó, y más tarde mostró su entusiasta acuerdo. ¿El zar era partidario de demostrar unidad moral? Metternich también, aunque sus medidas siempre habían sido más prácticas que morales; era el maestro de la realpolitik. Aduló en el zar cualidades personales —fervor moral, por ejemplo— que en realidad creía peligrosas. También alentó al zar a llevar más lejos sus ideas.
Habiendo desarmado de ese modo las sospechas y resistencia del zar, Metternich operó al mismo tiempo en forma agresiva. En Troppau trabajó tras bastidores para aislar al zar de las demás potencias, a fin de que el líder de Rusia dependiera de él. Luego dispuso astutamente esas largas horas de reuniones privadas, en las que sutilmente contagió al zar de la idea de que la revolución era mucho más peligrosa que el statu quo y desvió la cruzada cristiana radical del ruso hacia un ataque contra el liberalismo. En fin, habiendo reflejado la energía de Alejandro, sus estados anímicos, su fervor y su lenguaje, Metternich logró inducirlo a enviar tropas contra la rebelión en Piamonte. Esta acción comprometió a Alejandro con la causa conservadora y lo enemistó con los liberales de Europa. Ya no podría emitir vagos y ambiguos pronunciamientos sobre la izquierda; por fin había pasado a la acción, en la dirección opuesta. El triunfo de Metternich era absoluto.
Aunque la frase “agresión pasiva” tiene connotaciones negativas para la mayoría de nosotr@s, como estrategia consciente la conducta agresiva-pasiva ofrece una vía insidiosamente poderosa para manipular a la gente y librar una guerra personal. Como Metternich, debes operar en dos frentes. Por fuera eres agradable, rindiéndote aparentemente a las ideas, energía y voluntad de los demás, cambiando de forma como Proteo. Recuerda: la gente es voluntariosa y perversa. Oponerse directamente a ella o tratar de cambiar sus ideas tendrá a menudo el efecto opuesto. Un frente pasivo y dócil, por otro lado, no le dará nada que combatir o resistir. Aceptar su energía te dará la posibilidad de desviarla en la dirección que desees, como si canalizaras un río más que tratar de bloquearlo. Entre tanto, la parte agresiva de tu estrategia adopta la forma de contagiar a la gente de cambios sutiles en sus ideas y de una energía que la haga actuar en tu nombre. Su incapacidad para entender lo que haces te da margen para operar tras bastidores, controlando sus progresos, aislándola de los demás, induciéndola a peligrosos movimientos que la hagan depender de tu apoyo. Cree que eres su aliad@. Detrás de un agradable, sumiso e incluso débil aspecto, tú mueves los hilos.
Ésa fue la verdadera proeza de la política de Metternich: acabar con el liberalismo ruso e imponer cierto dominio sobre el más poderoso rival de Austria mediante el disfraz de someterse a él.
—Henry Kissinger, Un mundo restaurado (1957).
Los seres humanos padecemos una limitación particular de nuestras facultades racionales que nos causa interminables problemas: cuando pensamos en alguien o en algo que nos ha ocurrido, generalmente optamos por la más simple, la más fácilmente digerible interpretación. Un conocido es bueno o malo, amable o grosero, con nobles o atroces intenciones; un hecho es positivo o negativo, benéfico o perjudicial; estamos contentos o tristes. Pero la verdad es que nada en la vida es tan simple. La gente es invariablemente una combinación de cualidades buenas y malas, fortalezas y debilidades. Sus intenciones al hacer algo pueden ser útiles y perjudiciales para nosotros al mismo tiempo, resultado de sus ambivalentes sentimientos hacia nosotros. Aun el hecho más positivo tiene un lado negativo. Y con frecuencia nos sentimos felices y tristes al mismo tiempo. Reducir las cosas a términos simples nos las hace más fáciles de manejar; pero como esto no tiene nada que ver con la realidad, también significa que constantemente incurrimos en malentendidos y malas interpretaciones. Sería de infinito beneficio para nosotros que nos permitiéramos más matices y ambigüedad en nuestros juicios sobre las personas y los hechos.
En esta posdata sobre la solución del problema de César, no es nuestra intención delinear el ascenso al poder de Octavio desde el momento en que llegó a Roma para reclamar su herencia hasta que, en 31 a.C., con la ayuda de Vipsanio Agripa, derrotó a Antonio y Cleopatra en Accio y se volvió dueño del mundo romano. Es describir en pocas palabras, en cambio, cómo resolvió el problema de César y estableció una paz que duraría más de doscientos años. Cuando contempló el imperio que había conquistado y sus heterogéneos gobiernos y pueblos locales, se dio cuenta de que era demasiado grande y complejo para ser regido por el consejo de una ciudad-Estado; que, por el contrario, exigía una forma de gobierno unipersonal, y que su problema era cómo disfrazarlo. Desde el principio decidió no alterar la constitución de la República, ni contemplar la monarquía. [...]
Primero, en 28 a.C., declinó todos los honores calculados para recordar a los romanos el poder real; adoptó el título de príncipe (“primer ciudadano”), y llamó a su sistema el Principado. Segundo, aceptó todas las antiguas convenciones: cónsules, tribunos, magistrados, elecciones, etc. Tercero, en vez de ignorar al senado e insultar a sus miembros como lo había hecho César, se tomó la molestia de consultarlo y aplacarlo. Finalmente, el 13 de enero de 27 a.C. en una sesión del senado, renunció a todas sus facultades extraordinarias y las puso a disposición del senado y el pueblo. Y cuando los senadores le rogaron que las retomara y no abandonara la comunidad a la que había salvado, se rindió a su solicitud y consintió en asumir la autoridad de procónsul sobre una provincia ampliada, que incluía a Hispania, Galia, Siria, Cilicia y Chipre, mientras que al senado le fueron dejadas las demás provincias. Así, en apariencia la soberanía del senado y el pueblo fue restaurada; pero de hecho, a causa de que la provincia ampliada de Octavio contenía a la mayoria de las legiones, y Egipto, sobre el que gobernaba como rey, [...] la base del poder político pasó a sus manos. Tres días después el senado decretó que debía conferírsele el título de “Augusto” (el Venerado).
JULIUS CAESAR, J. F. C. FULLER, 1965.
Esta tendencia nuestra a juzgar las cosas en términos simples explica por qué la agresividad pasiva es tan diabólicamente eficaz como estrategia y por qué tantas personas la usan, consciente o inconscientemente. Por definición, la gente que actúa en forma agresiva-pasiva es simultáneamente pasiva y agresiva. Por fuera es dócil, amigable, obediente, incluso cariñosa. Al mismo tiempo, por dentro trama y emprende acciones hostiles. Su agresividad suele ser muy sutil: pequeños actos de sabotaje, comentarios destinados a exasperarte. También puede ser flagrantemente perjudicial.
Cuando somos víctimas de esa conducta, nos resulta difícil imaginar que ambas cosas están sucediendo al mismo tiempo. Podemos manejar la idea de que alguien puede ser amable un día y descortés al siguiente; a esto se le llama ser sencillamente de ánimo voluble. Pero ser descortés y amable simultáneamente... eso nos confunde. Tendemos a tomar por real la apariencia pasiva de esas personas, y a involucrarnos emocionalmente con su aspecto agradable, no amenazador. Si notamos que algo no marcha del todo bien, que mientras que parecen amigables podrían estar haciendo algo hostil, realmente nos dejan perplej@s. Nuestra confusión da al@ guerrer@ agresiv@-pasiv@ mayor poder de manipulación sobre nosotr@s.
Hay dos tipos de agresividad pasiva. El primero es la estrategia consciente, tal como la practicaba Metternich. El segundo es una conducta semiconsciente o incluso inconsciente que la gente usa todo el tiempo en los pequeños y no tan pequeños asuntos de la vida diaria. Tú podrías verte tentad@ a perdonar a este segundo tipo agresivo-pasivo, que parece inconsciente de los efectos de sus acciones o incapaz de detenerlos; pero la gente suele saber lo que hace mucho mejor de lo que te imaginas, y es más que probable que te estés dejando engañar por su amigable e indefensa apariencia. Por lo general somos demasiado indulgentes con esta segunda variedad.
La clave para usar la agresividad pasiva como una positiva estrategia consciente es el frente que presentas a tus enemigos. Nunca deben poder detectar los hoscos, desafiantes pensamientos que ocurren en tu interior.
En 1802, el actual Haití era una posesión francesa desgarrada por una revuelta de los esclavos negros de ese país bajo la conducción de Toussaint-L’ouverture. Ese año un ejército enviado por Napoleón para aplastar la rebelión logró aprehender a Toussaint mediante traición y lo embarcó a Francia, donde finalmente murió en prisión. Entre los más condecorados generales de Toussaint estaba un hombre llamado Jean-Jacques Dessalines, quien se rindió entonces a los franceses y se desempeñó incluso en su ejército, ayudando a apagar focos aislados de revuelta y obteniendo mucho aprecio. Pero todo era una treta: cuando Dessalines sofocaba esos residuos de rebelión, entregaba las armas que capturaba a los franceses, pero siempre conservaba en secreto algunas de ellas, almacenándolas hasta que tuvo un gran arsenal. Mientras tanto, formó y adiestró a un nuevo ejército rebelde, en las remotas áreas a las que sus tareas lo llevaban. Luego, eligiendo el momento en que un brote de fiebre amarilla había diezmado al ejército francés, reanudó las hostilidades. En unos años había derrotado a los franceses y liberado a Haití para siempre del control colonial.
El uso por Dessalines de la agresividad pasiva tiene profundas raíces en la estrategia militar, en la que podría llamarse “rendición falsa”. En la guerra, tus enemigos nunca pueden descifrar tus ideas. Deben hacer de tu apariencia su guía, interpretando las señales que emites para deducir lo que piensas y planeas. Entre tanto, la rendición de un ejército tiende a ser seguida por un alud de emociones mientras todos bajan la guardia. El vencedor mantendrá vigiladas a las tropas derrotadas, pero, fatigado por el esfuerzo que tuvo que hacer para ganar, se sentirá profundamente tentado a ser menos precavido que antes. Un estratega astuto, entonces, puede rendirse en falso: anunciar que está derrotado en cuerpo y espíritu. Al no ver ninguna indicación contraria, e incapaz de leer su mente, es probable que el enemigo tome su sumisión al pie de la letra. El falso rendido tiene así tiempo y espacio para tramar nuevas hostilidades.
Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él: mas tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar. [...] Extendió sus manos contra sus pacíficos: violó su pacto. Ablanda más que manteca su boca, pero guerra hay en su corazón: suavizan sus palabras más que el aceite, mas ellas son cuchillos.
SALMO 55, 12-13, 20-21.
En la guerra como en la vida, la rendición falsa depende de la inconsútil apariencia de sumisión. Dessalines no sólo se rindió, sirvió activamente a sus antiguos enemigos. Para que esto funcione, debes hacer lo mismo: fingir debilidad, un espíritu destrozado, un deseo de amistad, treta emocional con gran poder de distracción. Debes ser un@ actor/actriz. Cualquier signo de ambivalencia arruinará el efecto.
En 1940, el presidente estadunidense Franklin D. Roosevelt enfrentó un dilema. Estaba por terminar su segundo periodo en el cargo y era una tradición no escrita de la política estadunidense que ningún presidente contendiera por un tercer periodo. Pero Roosevelt tenía muchas tareas pendientes. En el exterior, Europa estaba sumida en una guerra que casi sin duda acabaría involucrando a Estados Unidos; en el interior, el país había atravesado tiempos difíciles, y Roosevelt deseaba llevar hasta su conclusión sus programas para remediarlos. Si revelaba su deseo de un tercer periodo, sin embargo, incitaría oposición aun dentro de su propio partido. Muchos lo habían acusado ya de tendencias dictatoriales. Así que decidió lograr lo que quería mediante una forma de agresividad pasiva.
En los meses previos a la convención demócrata, que elegiría al candidato que el partido presentaría en la contienda, Roosevelt declaró repetidamente su falta de interés en un tercer periodo. También alentó activamente a otros en el partido a buscar la nominación para remplazarlo. Al mismo tiempo, modeló con todo cuidado su lenguaje para jamás cerrarse por completo la puerta de la contienda, y empujó a suficientes candidatos a la competencia de la nominación para que ninguno de ellos pudiera llegar como favorito a la convención. Luego, cuando se inició la convención, Roosevelt se retiró de la escena, dejando sentir su gran presencia por medio de su ausencia: sin él, las sesiones eran incomparablemente insípidas. Se le informó que la gente empezaba a exigir a gritos su presencia. Dejando que ese deseo llegara al máximo, el presidente hizo entonces que el senador Alben Barkley, su amigo, insertara en su propio discurso en la convención un mensaje de Roosevelt: “El presidente nunca ha tenido, ni tiene hoy, ningún deseo o propósito de continuar en el cargo de presidente, de ser candidato a ese cargo o de ser nominado por la convención para ese cargo”. Tras un momento de silencio, la sede de la convención empezó a resonar con el grito de los delegados: “¡QUEREMOS A ROOSEVELT!”. La conmoción se prolongó una hora. Al día siguiente votaron los delegados, y las consignas de “¡ROOSEVELT!” volvieron a llenar la sala. El nombre del presidente se introdujo en la nominación, y ganó por amplio margen en la primera ronda.
Recuerda: nunca es prudente parecer demasiado ansios@ de poder, riqueza o fama. Tu ambición puede llevarte a la cima, pero no se te apreciará y descubrirás que tu impopularidad es un problema. Es preferible que disfraces tus maniobras por el poder: no lo deseas, pero te ves obligad@ a aceptarlo. Ser pasiv@ y hacer que los demás se acerquen a ti es una brillante forma de agresividad.
Esta expresión representa un arquetipo de la literatura universal: a una persona con cara sonriente y corazón cruel se le llama “tigre sonriente” en el folclor chino.
THE WILES OF WAR: 36 MILITARY STRATEGIES FROM ANCIENT CHINA, TRADUCCIÓN DE SUN HAICHEN, 1991.
Sutiles actos de sabotaje pueden obrar maravillas en la estrategia agresiva-pasiva porque puedes camuflarlos bajo un amigable, dócil aspecto. Así fue como el director de cine Alfred Hitchcock maniobró mejor que el entrometido productor David O. Selznick, quien solía alterar el guión a su gusto y luego aparecía en el foro para cerciorarse de que se rodara lo que él quería. En esas ocasiones, Hitchcock podía disponer que la cámara se descompusiera, o dejarla correr sin que tuviera película; para el momento en que Selznick veía la versión editada, volver a rodar era costoso e imposible. Entre tanto, el director se mostraba feliz de ver a Selznick en el foro y se asombraba de que la cámara no rodara, o rodara pero no grabara película alguna.
La agresividad pasiva es tan común en la vida diaria que debes saber cómo ejercer la defensa tanto como el ataque. No dejes de usar esta estrategia por ningún motivo; es demasiado efectiva para eliminarla de tu arsenal. Pero también debes saber manejarla con l@s agresiv@ s-pasiv@s semiconscientes tan frecuentes en el mundo moderno, advirtiendo lo que se proponen antes de que te exasperen y siendo capaz de defenderte contra su extraña forma de ataque.
Primero, debes entender por qué la agresividad pasiva se ha vuelto tan omnipresente. En el mundo actual, la abierta expresión de críticas o sentimientos negativos hacia los demás se desalienta cada vez más. La gente tiende a tomar las críticas muy personalmente. Además, el conflicto ha de evitarse a toda costa. Existe una gran presión social para complacer y agradar a la mayor cantidad posible de personas. Pero es parte de la naturaleza humana tener impulsos agresivos, sentimientos negativos y pensamientos críticos sobre la gente. Incapaces de expresar abiertamente esos sentimientos sin temor a disgustar, cada vez más personas recurren a una especie de constante agresividad pasiva, justo bajo la superficie.
Con demasiada frecuencia su conducta es relativamente inofensiva: tal vez son crónicamente impuntuales, o hacen halagadores comentarios que esconden un filo sarcástico, u ofrecen ayuda pero nunca la hacen efectiva. Es mejor ignorar esas comunes tácticas; deja sencillamente que se te resbalen como parte de la corriente de la vida moderna y nunca las tomes personalmente. Tienes batallas más importantes que librar.
Hay, sin embargo, versiones más intensas y perjudiciales de agresividad pasiva, actos de sabotaje que causan verdaderos daños. Un colega es cordial frente a ti pero dice cosas a tus espaldas que te acarrean problemas. Permites que alguien entre a tu vida, sólo para que te robe algo que valoras mucho. Un empleado asume una importante función en tu lugar, pero la cumple lentamente y mal. Estos sujetos hacen daño porque son excelentes para eludir todo tipo de culpa. Su modus operandi consiste en generar suficientes dudas de que fueron ellos quienes realizaron el acto agresivo; nunca es su culpa. Por una u otra razón, son espectadores inocentes, indefensos, las auténticas víctimas de toda la dinámica. Sus negativas de responsabilidad son desconcertantes: tú sospechas que han hecho algo, pero no puedes probarlo; o peor aún, si son realmente hábiles, te sientes culpable de pensar siquiera que es su culpa. Y si en tu frustración estallas contra ellos, pagas un alto precio: dirigirán su atención a tu colérica, agresiva respuesta, tu reacción excesiva, distrayendo tus ideas de las maniobras agresivas-pasivas que tanto te irritaron en primera instancia. La culpa que sientes es un signo del poder que ellos tienen sobre ti. En efecto, prácticamente puedes reconocer la variedad nociva de la agresividad pasiva por la fuerza de las emociones que suscita en ti: no una molestia superficial, sino confusión, paranoia, inseguridad y enojo.
Para derrotar al@ guerrer@ agresiv@-pasiv@, primero debes trabajar en ti mism@. Esto significa ser agudamente consciente de la táctica de atribución de culpa tal como ocurre. Ahoga toda sensación de culpa que empieces a tener. Esos sujetos pueden ser muy congraciadores, usando el halago para atraerte a su telaraña, explotando tus inseguridades. Es a menudo tu propia debilidad la que te empuja a la dinámica agresiva-pasiva. Estáte alerta a eso.
Segundo, una vez que te des cuenta de que tratas con la variedad peligrosa, el movimiento más inteligente es desligarte, idealmente para echar a esa persona de tu vida, o al menos para no estallar y causar una escena, todo lo cual le haría el juego. Debes guardar la calma. Si ocurre que se trata de una pareja en una relación de la que no puedes desvincularte, la única solución es buscar la manera de hacer que esa persona se sienta cómoda para expresar sus sentimientos negativos hacia ti y alentar ese hecho. Esto puede ser difícil de aceptar en un principio, pero puede remediar su necesidad de actuar en secreto; y las críticas abiertas son más fáciles de manejar que el sabotaje encubierto.
No es patológico intentar obtener el control de una relación, todos lo hacemos; pero cuando se intenta obtener ese control mientras se niega hacerlo, la persona exhibe una conducta sintomática. En toda relación que se estabiliza, como entre esposo y esposa, ambas personas llegan a acuerdos sobre quién controla qué área de la relación. [...]
Una relación se vuelve psicopatológica cuando una de las dos personas maniobra para circunscribir la conducta de la otra mientras señala no hacerlo. La esposa en una relación así obligará al esposo a ocuparse de la casa en forma tal que niegue hacerlo. Puede, por ejemplo, tener extraños mareos, alergia al jabón o diversos tipos de ataques que le exigen acostarse regularmente. Esa esposa circunscribe la conducta del esposo mientras niega hacerlo; después de todo, no puede evitar sus mareos.
Cuando una persona circunscribe la conducta de otra mientras niega hacerlo, la relación empieza a ser un tanto peculiar. Por ejemplo, cuando la esposa pide al esposo llegar a cierta hora a casa todas las noches porque tiene ataques de angustia cuando está sola, él no puede advertir que ella está controlando su conducta, pues no le exige estar en casa; la angustia y conducta de ella son involuntarias. Tampoco puede negarse a permitir que ella controle su conducta, por la misma razón.
STRATEGIES OF PSYCHOTHERAPY, JAY HALEY, 1963.
El español Hernán Cortés tenía muchos soldados agresivos-pasivos en el ejército con el que conquistó México, hombres que aceptaban por fuera su liderazgo pero que por dentro eran traidores. Cortés nunca confrontó o acusó a esas personas, jamás explotó frente a ellas en absoluto; en cambio, deducía en silencio cómo eran y qué perseguían y luego combatía fuego contra fuego, manteniendo una apariencia amigable pero trabajando tras bastidores para aislarlos e inducirlos a ataques en los que se pusieran al descubierto. La más efectiva contraestrategia con el@ agresiv@-pasiv@ es a menudo ser a su vez sutil y solapad@ con él/ella, neutralizando sus poderes. También puedes intentar esto con l@s poco nociv@s, l@s crónicamente impuntuales, por ejemplo: darles una probadita de su propio chocolate puede abrirles los ojos a los irritantes efectos de su conducta.
En cualquier caso, nunca concedas al@ pasiv@-agresiv@ tiempo ni espacio en los cuales operar. Déjal@ echar raíces y hallará todo tipo de furtivas maneras para tirar de ti aquí y allá. Tu mejor defensa es ser sensible a toda manifestación agresiva-pasiva a tu alrededor y mantener tu mente lo más libre posible de su insidiosa influencia.
Imagen: El río. Corre con gran fuerza, a
veces desbor- dándose y produciendo
indecibles daños. Intenta bloquearlo y sólo
aumentarás su energía contenida y tu riesgo.
En cambio, des- vía su curso, canalízalo,
haz que su poder sirva a tus propósitos.
Autoridad: Así como la gota de agua perfora la roca, el débil y blando puede someter al firme y fuerte. —Wiles of War, Sun Haichen (1991).
El reverso de la agresividad pasiva es la pasividad agresiva, presentar un rostro aparentemente hostil pero permaneciendo tranquil@ por dentro sin emprender ninguna acción inhóspita. El propósito en este caso es la intimidación: tal vez sepas que eres la parte débil y esperes disuadir a tus enemigos de atacarte presentando un frente violento. Engañados por tu apariencia, a ellos les será difícil creer que no te propones hacer nada. En general, presentarte como lo opuesto de lo que realmente eres y pretendes puede ser una manera útil de disfrazar tus estrategias.