LA ESTRATEGIA DE LA REACCIÓN EN CADENA
En Isfahán (en el actual Irán), hacia fines del siglo XI, Nizam al-Mulk, el poderoso visir del sultán Malik Sha, gobernante del gran imperio islámico de la época, reparó en una pequeña pero irritante amenaza. En el norte de Persia vivía la secta de los ismaelíes nizarios, seguidores de una religión en la que se combinaban el misticismo y el Corán. Su jefe, el carismático Hasán-i-Sabah, había reclutado a miles de conversos, disgustados por el estricto control del imperio ejercido sobre prácticas religiosas y políticas. La influencia de los ismaelíes aumentaba, y lo más preocupante para Nizam al-Mulk era el absoluto secreto en el que operaban: era imposible saber quién se había convertido a la secta, porque sus miembros lo hacían en privado y mantenían oculta su lealtad.
El visir monitoreaba sus actividades lo mejor posible, hasta que por fin se enteró de ciertas cosas que lo empujaron a la acción. Al paso de los años, aparentemente, miles de esos secretos conversos ismaelíes habían conseguido infiltrar castillos clave, y para entonces ya los habían tomado en nombre de Hasán-i-Sabah. Esto les daba control sobre parte del norte de Persia, una especie de Estado independiente dentro del imperio. Nizam al-Mulk era un administrador benévolo, pero sabía del peligro de permitir que sectas como la de los ismaelíes florecieran. Era preferible exterminarlas pronto a enfrentar la revolución. Así, en 1092, el visir convenció al sultán de enviar dos ejércitos para derribar los castillos y destruir a los ismaelíes nizarios.
“Hermanos”, dice un poeta ismaelí, “cuando llegue el momento del triunfo, con buena fortuna de ambos mundos como nuestra compañera, entonces con un solo guerrero a pie un rey podrá ser atacado por el terror, aunque posea más de cien mil hombres a caballo”.
CITADO EN THE ASSASSINS, BERNARD LEWIS, 1967.
Los castillos estaban firmemente defendidos y el campo a su alrededor rebosaba de simpatizantes. La guerra llegó a un punto muerto y al final los ejércitos del sultán fueron obligados a volver a casa. Nizam al-Mulk tendría que hallar otra solución, quizá una fuerza de ocupación para la región; pero meses después, mientras viajaba de Isfahán a Bagdad, un monje sufí se acercó a la litera en la que se le transportaba, sacó una daga debajo de sus ropas y mató al visir a puñaladas. El asesino reveló ser un ismaelí vestido como un pacífico sufí y confesó a sus captores que el propio Hasán le había asignado esa tarea.
La muerte de Nizam al-Mulk fue seguida semanas después por la muerte, por causas naturales, de Malik Sha. Su pérdida habría sido un golpe en cualquier momento, pero sin su hábil visir para supervisar la sucesión, el imperio cayó en un periodo de caos que duró varios años. Para 1105, sin embargo, se había restablecido cierto grado de equilibrio y la atención se dirigió de nuevo a los ismaelíes. Con un homicidio habían logrado hacer temblar a todo el imperio. Tenían que ser destruidos. Se lanzó entonces una nueva y vigorosa campaña contra esa secta. Y pronto se descubrió que el asesinato de Nizam al- Mulk no había sido un solitario acto de venganza, como pareció serlo en su momento, sino una política ismaelí, una nueva manera, extraña y aterradora, de librar una guerra. En los años siguientes, miembros clave del gobierno del nuevo sultán, Muhammad Tapar, fueron asesinados en la misma forma ritual: un asesino emergía de una multitud para dar un golpe mortal con una daga. El acto solía realizarse en público y a pleno sol; a veces, sin embargo, tenía lugar mientras la víctima estaba en la cama, habiendo infiltrado un ismaelí secreto el personal de la casa.
Una ola de temor se extendió por la jerarquía del imperio. Era imposible saber quién era ismaelí: los seguidores de la secta eran pacientes, disciplinados y dominaban el arte de mantener sus creencias para sí mismos y encajar en cualquier parte. De nada servía que, cuando los asesinos eran capturados y torturados, acusaran a diversas personas del círculo íntimo del sultán de ser espías a sueldo de los ismaelíes o conversos secretos. Nadie podía saber a ciencia cierta si decían la verdad, pero arrojaban sospechas sobre todos.
Entonces, visires, jueces y funcionarios locales tenían que viajar rodeados de guardaespaldas. Muchos de ellos empezaron a vestir gruesas e incómodas camisas de cota de malla. En ciertas ciudades, nadie podía ir de una casa a otra sin permiso, lo que esparció la deslealtad entre la ciudadanía y facilitó a los ismaelíes reclutar conversos. Muchos tenían dificultades para dormir de noche o confiar aun en sus mejores amigos. Todo tipo de rumores desenfrenados eran difundidos por quienes habían caído presa de la paranoia. Amargas divisiones surgieron dentro de la jerarquía, pues algunos abogaban por un método de línea dura contra Hasán, mientras que otros predicaban la adaptación como única respuesta.
Las pérdidas a las que nos acostumbramos nos afectan menos profundamente.
JUVENAL, SIGLOS I-II D.C.
Mientras el imperio se empeñaba en reprimir de alguna manera a los ismaelíes, los asesinatos continuaban, aunque eran muy esporádicos. Pasaban meses sin uno, y de pronto, había dos en una semana. Sucedían, y un alto administrador era seleccionado, sin ton ni son. Los funcionarios hablaban interminablemente de un patrón, analizando cada movimiento ismaelí. Sin darse cuenta, esa pequeña secta había terminado por dominar su pensamiento.
En 1120, Sanjar, el nuevo sultán, decidió actuar, planeando una campaña militar para capturar los castillos ismaelíes con una fuerza arrolladora y convertir la región circundante en un campo armado. Tomó precauciones extra para impedir un atentado contra su vida, cambiando sus disposiciones para dormir y sólo permitiendo acercársele a quienes conocía bien. Protegiéndose en lo personal, creía que podría librarse del pánico a su alrededor.
Mientras estaban en marcha los preparativos de la guerra, Hasán- i-Sabah envió un embajador tras otro a Sanjar ofreciéndole negociar el fin de los asesinatos. Todos fueron rechazados. La situación parecía haberse invertido: ya eran entonces los ismaelíes quienes estaban atemorizados.
Poco antes de lanzada la campaña, al despertar una mañana el sultán encontró una daga que había sido lanzada al suelo, a unos metros de donde su pecho yacía en la cama. ¿Cómo había llegado ahí? ¿Qué significaba? Entre más lo pensaba, más temblaba literalmente de miedo: era evidentemente una advertencia. No se lo dijo a nadie, pues ¿en quién podía confiar? Aun sus esposas eran sospechosas. Al cabo de aquel día, se hallaba en una crisis emocional. Esa noche recibió un mensaje de Hasán: “Si yo no apreciara al sultán, la daga fija en el duro suelo se habría plantado en su suave pecho”.
Sanjar había tenido suficiente. No podía pasar así un día más. No estaba dispuesto a vivir en constante temor, su mente trastornada por la incertidumbre y la sospecha. Era preferible, pensó, negociar con ese demonio. Canceló su campaña e hizo las paces con Hasán.
Al paso de los años, mientras el poder político de los ismaelíes aumentaba y la secta se expandía a Siria, sus asesinos se volvieron casi míticos. Los asesinos nunca habían intentado escapar; una vez cometido su acto, eran atrapados, torturados y ejecutados, pero seguían llegando nuevos, y nada parecía disuadirlos de ejecutar su tarea. Parecían poseídos, devotos absolutos de su causa. Algunos los llamaron hashshashin, de la palabra árabe hashish, porque actuaban como si estuvieran drogados. Cruzados europeos a Tierra Santa oyeron historias sobre esos diabólicos hashshashin y las transmitieron, de modo que esa palabra se transformó poco a poco en “asesino” y se incorporó para siempre al lenguaje.
En su viaje, Pisandro y los demás abolieron las democracias en las ciudades [griegas], como se había decidido. De algunos lugares también tomaron hoplitas para sumarlos a sus fuerzas, y así llegaron a Atenas. Ahí se encontraron con que la mayor parte del trabajo ya había sido realizada por miembros de su [antidemocrático] bando. Algunos de los jóvenes habían formado un grupo entre ellos y asesinado sin ser detectados a un tal Andrócles, uno de los principales líderes del bando [democrático]. [...]
Había también otras personas a las que consideraban indeseables y que eliminaban en secreto. [...] [Los atenienses] temieron cuando vieron su número, y nadie se atrevía a hablar en su contra. Si alguien se aventuraba a hacerlo, algún método apropiado se buscaba pronto para hacerlo matar, y nadie trataba de investigar tales crímenes o actuar contra los sospechosos. En cambio, la gente guardaba silencio, y se hallaba en tal estado de terror que se creía lo bastante afortunada de que se le dejara en paz aun si no había dicho nada en absoluto. Imaginaba que el bando revolucionario era mucho mayor de lo que era en realidad, y perdió toda seguridad en sí misma, incapaz de descubrir la verdad a causa del tamaño de la ciudad y del insuficiente conocimiento de los demás. [...]
Los miembros del bando democrático se acercaban unos a otros con desconfianza, pensando que el de junto tenía algo que ver con lo que sucedía.
HISTORIA DE LA GUERRA DEL PELOPONESO, TUCÍDIDES, CIRCA 460-CIRCA 399 A.C.
Interpretación
Hasán-i-Sabah tenía una meta: adueñarse de un Estado para su secta en el norte de Persia, que le permitiera a ésta sobrevivir y prosperar en el imperio islámico. Dado el relativamente escaso número de sus miembros y los poderes organizados en su contra, Hasán no podía aspirar a más, así que ideó una estrategia que fue sin duda la primera campaña terrorista organizada de la historia en pos de poder político. El plan de Hasán era engañosamente simple. En el mundo islámico, un líder que adquiría respeto era investido de considerable autoridad; y en la medida en que tenía autoridad, su muerte podía sembrar caos. Así, Hasán optó por atacar a esos líderes, aunque en forma un tanto casual: era imposible distinguir algún patrón en sus selecciones, y la posibilidad de ser la siguiente víctima era más inquietante de lo que muchos podían soportar. En verdad, excepto por los castillos en su poder, los ismaelíes eran sumamente débiles y vulnerables; pero infiltrando pacientemente a sus hombres en lo más profundo del corazón del gobierno del sultán, Hasán pudo crear la ilusión de que estaban en todas partes. Sólo unos cincuenta asesinatos se registraron en toda su vida, pero adquirió tanto poder político con ellos como si hubiera tenido un enorme ejército.
Este poder no podía proceder del solo hecho de hacer sentir temor a los individuos. Dependía del efecto que los asesinatos tendrían en el grupo social entero. Los funcionarios más débiles de la jerarquía eran los que sucumbían a la paranoia y esparcían dudas y rumores que contaminaban a los menos débiles. El resultado era un efecto de ondas: bruscos cambios emocionales, del enojo a la sumisión, de un lado a otro de la línea. Un grupo atrapado en este tipo de pánico no puede hallar su equilibrio y puede derrumbarse con el más leve empujón. Aun los más fuertes y determinados serán contagiados a la larga, como lo fue el sultán Sanjar: sus intentos de seguridad y la vida severa a la que se sometió por protección revelaban que estaba bajo la influencia de ese pánico. Una simple daga en el suelo fue suficiente para llevarlo al límite.
Entiende: tod@s somos extremadamente susceptibles a las emociones de quienes nos rodean. Suele resultarnos difícil percibir qué tan profundamente nos afectan los estados anímicos que recorren a un grupo. Esto es lo que vuelve al uso del terror tan efectivo y tan peligroso: con unos cuantos actos en momentos de violencia correctamente elegidos, un puñado de asesinos pueden suscitar toda clase de corrosivos pensamientos e incertidumbres. Los miembros más débiles del grupo atacado sucumbirán al mayor temor, diseminando rumores y angustias que poco a poco vencerán al resto. Los fuertes pueden responder colérica y violentamente a la campaña de terror, pero eso sólo muestra lo influidos que están por el pánico; reaccionan en vez de planear estrategias, un signo de debilidad, no de fuerza. En circunstancias normales, los individuos que se atemorizan pueden recobrar su equilibrio mental al paso del tiempo, en especial si están rodeados de individuos tranquilos. Pero esto es casi imposible en un grupo en estado de pánico.
Cuando la imaginación pública se desborda, los asesinos adquieren proporciones mucho mayores, pareciendo omnipotentes y omnipresentes. Como lo demostró Hasán, un puñado de terroristas pueden tomar como rehén a un enorme imperio con unos cuantos golpes bien calibrados contra la psique grupal. Y una vez que los líderes del grupo sucumben a la tensión emocional —rindiéndose o lanzando un contrataque poco estratégico—, el éxito de la campaña de terror es absoluto.
La victoria no se obtiene por el número de muertos, sino por el número de alarmados.
—Proverbio árabe.
En el curso de nuestra vida diaria estamos sujet@s a temores de muchos tipos. Estos temores se relacionan por lo general con algo específico: alguien podría hacernos daño, se gesta un problema particular, nos amenaza una enfermedad, o incluso la muerte. En medio de un temor profundo, nuestra fuerza de voluntad se paraliza momentáneamente mientras contemplamos lo malo que podría ocurrirnos. Si esa condición se prolonga demasiado o es demasiado intensa, la vida se volverá insoportable, así que buscamos maneras de evitar esos pensamientos y mitigar nuestros temores. Tal vez recurrimos a las distracciones de la vida cotidiana: trabajo, rutinas sociales, actividades con amigos. La religión u otro sistema de creencias, como la fe en la tecnología o la ciencia, también podrían ofrecer esperanza. Estas distracciones y creencias se convierten en nuestro sustento, manteniéndonos de pie y capaces de seguir adelante sin la parálisis que el temor puede provocar.
En ciertas circunstancias, sin embargo, ese sustento puede hundirse, y entonces no hay nada que podamos hacer para estabilizarnos. En el curso de la historia es posible rastrear una suerte de locura que vence a los seres humanos durante ciertos desastres: un gran temblor, una plaga feroz, una violenta guerra civil. Lo que más nos inquieta en esas situaciones no es un espantoso hecho específico ocurrido en el pasado reciente; tenemos una tremenda capacidad para vencer y adaptarnos a algo horrible. Es el incierto futuro, el temor de que sucedan más cosas terribles y de que pronto suframos una tragedia impredecible: esto es lo que nos acobarda. No podemos deshacernos de esos pensamientos con rutinas o religión. El temor se vuelve crónico e intenso, asediada nuestra mente por toda clase de pensamientos irracionales. Los temores específicos se vuelven generales. En un grupo, el pánico se instaura.
Seis en la cumbre significa: El estrépito provoca ruina y miradas de espanto. Avanzar trae desgracia consigo. Si todavía no ha tocado nuestro cuerpo sino que primero ha alcanzado el de nuestro prójimo, no hay nada censurable. Los compañeros de uno también tendrán algo de que hablar. Cuando el estrépito interior está en su apogeo, arrebata al hombre la reflexión y la claridad de visión. En tal estado de conmoción, naturalmente que es imposible actuar con presencia de espíritu. Entonces lo correcto es mantenerse en silencio hasta que se hayan recuperado la compostura y la claridad. Pero esto sólo puede hacerlo un hombre cuando no está contaminado por la agitación, aunque sus desastrosos efectos ya sean perceptibles en torno suyo. Si se retira del conflicto a tiempo, seguirá estando libre de errores y daños. Pero sus compañeros, que ya no necesitan advertencia, seguramente que en su agitación estarán disgustados con él. Sin embargo, esto no deberá tomarlo en cuenta.
I CHING, CHINA, CIRCA SIGLO VIII A.C.
En esencia, esto es el terror: un intenso, opresivo temor de no poder conducir o librar una situación en la forma normal. Hay demasiada incertidumbre, demasiadas cosas malas que nos pueden ocurrir.
Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los alemanes bombardearon Londres, los psicólogos advirtieron que cuando el bombardeo era frecuente y un tanto regular, la gente terminaba por no percibirlo; se acostumbraba al ruido, la molestia, la mortandad. Pero cuando el bombardeo era irregular y esporádico, el temor se convertía en terror. Era mucho más difícil enfrentar la incertidumbre de cuándo llegaría el siguiente.
Es una ley de la guerra y la estrategia que, en pos de una ventaja, todo puede ensayarse y probarse. Así, grupos e individuos, viendo el inmenso poder que el terror puede tener sobre los seres humanos, hallaron la manera de usar el terror como estrategia. Las personas son criaturas hábiles, ingeniosas y adaptables. La manera de paralizar su voluntad y destruir su capacidad de pensar con claridad es crear conscientemente incertidumbre, confusión y un temor inmanejable.
Tal terror estratégico puede adoptar la forma de ejemplares actos de destrucción. Los maestros de este arte fueron los mongoles. Arrasaban algunas ciudades aquí y allá, en la forma más horrible posible. La aterradora leyenda de las hordas mongolas se extendió rápidamente. Desde su aproximación misma a una ciudad, el pánico cundía mientras los habitantes sólo podían imaginar lo peor. Con demasiada frecuencia, la ciudad se rendía sin batalla, la meta de los mongoles desde el principio. Un ejército relativamente pequeño lejos de la patria no podía permitirse largos asedios ni guerras prolongadas.
Este terror estratégico también puede usarse con fines políticos, para unir a un grupo o nación. En 1792, la Revolución francesa se hallaba fuera de control. Ejércitos extranjeros se aprestaban a invadir Francia; el país estaba irremediablemente dividido en facciones. Los radicales, encabezados por Robespierre, enfrentaron esa amenaza iniciando una guerra contra los moderados, el Reino del Terror. Acusados de contrarrevolucionarios, miles fueron enviados a la guillotina. Nadie sabía quién sería el siguiente. Aunque los radicales eran de número relativamente reducido, creando tal incertidumbre y temor pudieron paralizar la voluntad de sus adversarios. Paradójicamente, el Reino del Terror —que nos ofrece el primer caso registrado del uso de las palabras “terrorismo” y “terrorista”— produjo cierto grado de estabilidad.
Aunque el terror como estrategia puede ser empleado por grandes ejércitos y hasta Estados enteros, es practicado con más efectividad por grupos reducidos. La razón es simple: el uso del terror suele requerir la disposición a matar a civiles inocentes en nombre de un bien mayor y por un propósito estratégico. Durante siglos, con escasas y notables excepciones, como la de los mongoles, los jefes militares se negaron a llegar tan lejos. Entre tanto, un Estado que infligiera terror masivo a su población desataría demonios y generaría un caos que le sería difícil controlar. Pero los grupos pequeños no tienen esos problemas. Siendo tan reducido el número de sus miembros, no pueden esperar librar una guerra convencional, y ni siquiera una campaña guerrillera. El terror es su estrategia de último recurso. Frente a un enemigo mucho mayor, a menudo están desesperados, y tienen una causa con la que están absolutamente comprometidos. Las consideraciones éticas empalidecen en comparación. Y crear caos es parte de su estrategia.
La base de la guerra mongola era el terror puro. Masacre, rapiña y tortura eran el precio de la derrota, ya fuera impuesta o negociada. [...] Todo el aparato del terror se aplicaba despiadadamente a minar la voluntad de resistencia de la víctima, y en términos prácticos esta política de “empavorecimiento” rendía sin falta dividendos a corto plazo. Se sabía que ejércitos completos se hacían añicos de miedo al enterarse de la proximidad de los toumans. [...] Muchos enemigos se paralizaban [...] antes de que un ejército [mongol] cruzara sus fronteras.
THE ART OF WARFARE ON LAND, DAVID CHANDLER, 1974.
El terrorismo estuvo limitado durante muchos siglos por sus instrumentos: la espada, la navaja, el revólver, todos ellos agentes de eliminación individual. Luego, en el siglo XIX, una campaña produjo una innovación radical, dando origen al terrorismo tal como lo conocemos hoy.
A fines de la década de 1870, un grupo de radicales rusos, en su mayoría de la intelligentsia, habían agitado durante cierto tiempo en favor de una revolución campesina. Al fin se dieron cuenta de que su causa estaba perdida: los campesinos no estaban preparados para emprender una acción de ese tipo y, sobre todo, el régimen zarista y sus fuerzas represivas eran demasiado poderosos. El zar Alejandro II había iniciado recientemente lo que se conoció como el Terror Blanco, un brutal aplastamiento de cualquier forma de disidencia. Era casi imposible para los radicales operar en forma abierta, y mucho menos ampliar su influencia. Pero si no hacían nada, la fuerza del zar no cesaría de aumentar.
Así, entre esos radicales surgió un grupo inclinado a librar una guerra terrorista. Se llamaron Narodnaya Volia, o “Voluntad del Pueblo”. Para conservar a su organización en la clandestinidad, la mantuvieron reducida. Vestían discretamente, confundiéndose entre la multitud. Y empezaron a fabricar bombas. Una vez que asesinaron a varios ministros gubernamentales, el zar se convirtió en virtual prisionero suyo en su palacio. Ansioso de capturar a los terroristas, dirigió todas sus energías a esa meta, con el resultado de que gran parte de su gobierno se volvió disfuncional.
En 1880, los radicales hicieron explotar una bomba en el Palacio de Invierno, la residencia del zar en San Petersburgo. Luego, por último, al año siguiente otra bomba mató al propio Alejandro. El gobierno respondió naturalmente con mayor represión, implantando un virtual estado policiaco. Pese a ello, en 1888, Alejandro Ulianov —hermano de Vladimir Lenin y miembro de Narodnaya Volia— estuvo a punto de asesinar al sucesor de Alejandro, el zar Alejandro III.
La captura y ejecución de Ulianov pusieron fin a las actividades de Narodnaya Volia, pero este grupo ya había empezado a inspirar una ola internacional de golpes terroristas, incluidos los asesinatos anarquistas de los presidentes estadunidenses James A. Garfield en 1881 y William McKinley en 1901. Y con Narodnaya todos los elementos del terrorismo moderno estaban en su sitio. Este grupo prefería las bombas a los revólveres, pues eran más drásticas y atemorizadoras. Creía que si mataba a suficientes ministros del gobierno, llegando hasta al propio zar, el régimen se derrumbaría o llegaría al extremo de tratar de defenderse. Esta reacción represiva, sin embargo, a largo plazo les haría el juego a los radicales, fomentando un descontento que finalmente encendería una revolución. Entre tanto, la campaña de bombas le valdría al grupo cobertura en la prensa, divulgando indirectamente su causa a simpatizantes de todo el mundo. Llamaron a esto “la propaganda de los hechos”.
Narodnaya Volia apuntaba principalmente al gobierno, pero estaba dispuesto a matar civiles en el proceso. La caída del gobierno zarista valía la pérdida de algunas vidas, y las bombas eran en definitiva menos mortales que su alternativa, la guerra civil. Narodnaya mostraría al menos al pueblo ruso que el gobierno no era el intocable poder monolítico por el que se hacía pasar; era vulnerable. Los miembros del grupo sabían que era muy probable que el régimen quisiera liquidarlos después, pero estaban dispuestos a morir por su causa.
Narodnaya Volia vio que podía usar un suceso relativamente pequeño —la explosión de una bomba— para desatar una reacción en cadena: el temor en el gobierno produciría una represión severa, lo que le conseguiría al grupo publicidad y simpatía y agudizaría la impopularidad del gobierno, lo que a su vez conduciría a más radicalismo, y esto a más represión, y así sucesivamente hasta que el ciclo entero se desplomara en la agitación. Narodnaya Volia era débil y pequeño, pero simples y dramáticos actos de violencia podían darle un desproporcionado poder para sembrar caos e incertidumbre, dando la apariencia de fuerza entre la policía y la población. De hecho, su pequeñez y discreción le representaba un tremendo beneficio: a enorme costo, una pesada fuerza de miles de policías tenía que perseguir a una diminuta banda clandestina con las ventajas de la movilidad, la sorpresa y la relativa invisibilidad. Aparte de dar a los terroristas la oportunidad de presentarse como víctimas heroicas, la asimetría de fuerzas los volvía casi imposibles de combatir.
Esta asimetría lleva a la guerra a su último extremo: un mínimo número de personas que libra batalla contra un poder inmenso, convirtiendo su pequeñez y desesperación en una potente arma. El dilema que todo terrorismo plantea, y la razón de que atraiga a tant@s y sea tan potente, es que los terroristas tienen mucho menos que perder que los ejércitos en su contra, y mucho más que ganar por medio del terror.
“Eso es lo que usted debería intentar. Un atentado contra una testa coronada o un presidente es bastante sensacional en cierto sentido, pero no tanto como antes. Ya ha entrado a la concepción general de la existencia de todos los jefes de Estado. Es algo casi convencional, especialmente puesto que tantos presidentes han sido asesinados.
”Ahora consideremos un ultraje contra... una iglesia, digamos. Bastante horrible a primera vista, sin duda, pero no tan eficaz como una persona de mente ordinaria podría pensar. Por más revolucionario y anarquista que sea en principio, habría locos suficientes para dar a ese ultraje el carácter de una manifestación religiosa. Y eso haría desmerecer la especial y alarmante significación que deseamos dar al acto. Un intento de asesinato en un restaurante o en un teatro sufriría igualmente de la sugestión de pasión no política; la exasperación de un hombre hambriento, un acto de venganza social. Todo esto está agotado; ya no es instructivo como lección objetiva de anarquismo revolucionario.
”Todos los periódicos tienen frases hechas para disculpar esas manifestaciones. Estoy por brindarle la filosofía del lanzamiento de bombas desde mi punto de vista; desde el punto de vista que usted pretende haber servido en los últimos once años. Intentaré no hablar por encima de su entendimiento. La sensibilidad de la clase a la que usted ataca se embota pronto. La propiedad les parece algo indestructible. Usted no puede contar con sus emociones, ya sea de piedad o de temor, por mucho tiempo. La explosión de una bomba que tenga ahora alguna influencia en la opinión pública debe ir más allá de la intención de venganza o terrorismo. Debe ser puramente destructiva. Debe ser eso, y nada más, más allá de la menor sospecha de cualquier otro objetivo. Ustedes los anarquistas deberían dejar en claro que están perfectamente determinados a limpiar por completo la creación social. [...]
”¿Qué puede decirse de un acto de ferocidad destructiva tan absurdo como para ser incomprensible, inexplicable, casi impensable, de hecho loco? La sola locura es verdaderamente aterradora, por cuanto que no puede aplacarse con amenazas, persuasión ni sobornos. Además, yo soy un hombre civilizado. Nunca soñaría en dirigirlo a organizar una mera carnicería, aun si esperara los mejores resultados de ella. Pero no esperaría de una carnicería los resultados que deseo. El asesinato siempre está con nosotros. Es casi una institución. La manifestación debe ser contra la enseñanza... de la ciencia. Pero no de cualquier ciencia. El ataque debe tener toda la espantosa insensatez de la blasfemia gratuita. [...]”
EL AGENTE SECRETO, JOSEPH CONRAD, 1857-1924.
Suele sostenerse que grupos terroristas como Narodnaya Volia están condenados al fracaso: invitando a una severa represión, hacen el juego a las autoridades, que efectivamente pueden reclamar carte blanche para combatir esa amenaza, y en definitiva no producen ningún cambio. Pero este argumento falla la puntería y malinterpreta el terrorismo. Narodnaya Volia abrió los ojos de millones de rusos a su causa, y sus técnicas fueron copiadas en el mundo entero. También trastornó en lo profundo al régimen zarista, que respondió irracional y autoritariamente, destinando a la represión recursos que aplicados a reformas le habrían permitido prolongar su permanencia en el poder. La represión también incubó un mucho más potente grupo revolucionario, el creciente movimiento comunista.
En esencia, los terroristas patean una roca a fin de iniciar una avalancha. Si no sigue un deslave, pierden poco, salvo quizá su propia vida, que están dispuestos a sacrificar en su devoción a su causa. Si siguen el pánico y el caos, sin embargo, tienen gran poder para influir en los acontecimientos. Los terroristas suelen reaccionar contra una situación extremadamente estática en la que el cambio por cualquier vía está bloqueado. En su desesperación, con frecuencia pueden destruir el statu quo.
Es un error juzgar la guerra por la rúbrica de victoria o derrota: ambos estados tienen matices y gradaciones. Pocas victorias en la historia son totales o producen una paz duradera; pocas derrotas conducen a la destrucción permanente. La capacidad de efectuar algún tipo de cambio, de alcanzar una meta limitada, es lo que vuelve tan atractivo al terrorismo, en particular para quienes de otra forma están indefens@s.
Por ejemplo, el terrorismo puede usarse muy eficazmente para la limitada meta de obtener publicidad para una causa. Una vez alcanzado esto, se establece una presencia pública que puede traducirse en poder político. Cuando terroristas palestinos secuestraron un avión de El Al en 1968, aseguraron la atención de los medios de información del mundo entero. En los años siguientes, montaron otros actos terroristas de impacto televisivo, como el infame ataque a los Juegos Olimpicos de Munich en 1972. Aunque esos actos los volvieron odiosos para la mayoría de los países no árabes, ellos estaban dispuestos a vivir con eso; la publicidad para su causa, y el poder que se desprendía de ello, era todo lo que buscaban. Como señala el escritor Brian Jenkins, “insurgentes combatieron en Angola, Mozambique y la Guinea portuguesa durante catorce años usando las tácticas estándar de la guerra de guerrillas rural. El mundo difícilmente notó su lucha, mientras que un número aproximadamente igual de comandos palestinos que emplearon tácticas terroristas se convirtieron en unos cuantos años en una importante preocupación mundial”.
En un mundo dominado por las apariencias, en el que el valor está determinado por la presencia pública, el terrorismo puede ofrecer un espectacular atajo a la publicidad, y por eso los terroristas ajustan su violencia a los medios de información, particularmente a la televisión. La vuelven demasiado horripilante, demasiado rotunda, como para ser ignorada. Reporteros y expertos pueden proclamar su conmoción e indignación, pero es inútil; su labor es difundir las noticias, pero en esencia propagan el virus, el cual sólo ayuda a los terroristas al concederles tal presencia. El efecto no pasa desapercibido para los pocos e indefensos, lo que vuelve al uso del terrorismo perversamente atractivo para una nueva generación.
Cuando el castillo de Odawara cayó en manos de sus atacantes en el periodo Meio (fines del siglo XV), Akiko, quien había sido doncella al servicio de Mori Fujiyori, el señor del castillo, escapó con un gato que había sido su mascota durante años, y entonces el gato se convirtió en un salvaje monstruo sobrenatural que aterrorizaba a la gente, incluso agobiando al fin a los niños de la villa. Los funcionarios locales se sumaron a la gente en intentos por atraparlo, pero, con sus extraños poderes de aparición y desaparición, los espadachines y arqueros no pudieron encontrar nada que atacar, y hombres y mujeres pasaban terribles días y noches.
Luego, en diciembre del segundo año de Eisho (1505), el sacerdote Yakkoku marchó al dais de Hokokuji y dibujó la imagen de un gato, que mostró a la congregación con estas palabras: “Así como lo he dibujado, lo mataré con un ¡Katzu!, para que el temor pueda ser retirado del corazón del pueblo”. Dio un grito y rompió en pedazos la figura del gato.
Ese día, un leñador en el valle cerca de la villa de Takuma oyó un espantoso chillido; guió a una compañía de arqueros hasta la parte superior del valle, donde encontraron el cadáver del gato-monstruo, tan grande como un osezno, muerto sobre una roca. La gente coincidió en que había sido resultado del ¡Katzu! del maestro. Pruebas:
1) ¿Cómo puede el despedazamiento de una imagen con un ¡Katsu! destruir a un monstruo vivo?
2) Ese demonio-gato anda ahora entre la gente, embrujándola y matándola. Mátalo rápidamente con un ¡Katzu! ¡Enseña la evidencia!
SAMURAI ZEN: THE WARRIOR KOANS, TREVOR LEGGETT, 1985.
Pese a todas sus fortalezas, sin embargo, el terrorismo también tiene limitaciones, que han sido fatídicas para muchas campañas violentas y que quienes se oponen a él deben conocer y explotar. La principal debilidad de esta estrategia es la ausencia de lazos entre los terroristas y la gente o base política real. A menudo aislados, viviendo en escondites, los terroristas tienden a perder contacto con la realidad, sobrestimando su poder y cometiendo excesos. Aunque su uso de la violencia debe ser estratégico para tener éxito, su distancia de la gente les dificulta mantener un sentido de equilibrio. Los miembros de Narodnaya Volia poseían conocimiento un tanto avanzado sobre los siervos rusos, pero grupos terroristas más recientes, como los Weathermen en Estados Unidos y las Brigadas Rojas en Italia, han estado tan divorciados de la gente que han lindado en la alucinación. Acentuar el aislamiento de los terroristas y privarlos de una base política debe ser parte de cualquier contraestrategia efectiva contra ellos.
El terrorismo suele surgir de sensaciones de debilidad y desesperación, combinadas con la convicción de que la causa que se defiende, ya sea pública o personal, vale infligir y sufrir cualquier daño. Un mundo en el que el rostro del poder suele ser gigantesco y aparentemente invulnerable sólo vuelve más seductora esa estrategia. En este sentido, el terrorismo puede convertirse en una suerte de estilo, una moda de conducta que se filtra a la sociedad misma.
En las décadas de 1920 y 1930, el psicoanalista francés Jacques Lacan rompió lanzas con las muy conservadoras sociedades médicas que dominaban casi todos los aspectos de la práctica psicoanalítica. Al darse cuenta de la futilidad de atacar a esas autoridades en forma convencional, Lacan desarrolló un estilo que con toda justicia puede describirse como terrorista. Sus sesiones con sus pacientes, por ejemplo, solían terminar antes de transcurridos los cincuenta minutos habituales; podían prolongarse lo que él considerara adecuado, y a veces eran tan breves que sólo duraban diez minutos. Esta deliberada provocación al establishment médico causó gran escándalo, lo que desató una reacción en cadena que sacudió durante años a la comunidad psicoanalítica. (Tales sesiones también eran tortuosas para los pacientes, quienes nunca sabían cuándo terminarían, así que debían concentrarse y hacer que cada momento contara, todo lo cual tenía gran valor terapéutico, según Lacan.) Habiendo obtenido mucha publicidad de esa forma, Lacan siguió agitando el bote con nuevos actos provocativos, culminando con la creación de su propia escuela y sociedad profesional rival. Sus libros están escritos con un estilo igual a su estrategia: violento y misterioso. Era como si le gustara lanzar al mundo ocasionales bombitas, beneficiándose del terror y la atención que le conseguían.
La gente que se siente débil e impotente suele verse tentada a estallidos de ira o de conducta irracional, lo que mantiene a los demás en suspenso acerca de cuándo llegará el siguiente ataque. Esos arranques de temperamento, como los tipos más serios de terror, pueden tener un estremecedor efecto en sus blancos, destruyendo la voluntad de combatir; cuando el más simple trato con esa gente puede ser tan desagradable, ¿para qué pelear? ¿Por qué no simplemente ceder? Un temperamento violento o un acto extremo, volcánico y pasmoso también puede crear la ilusión de poder, encubriendo de verdaderas debilidades e inseguridades. Y una respuesta emocional o descontrolada a ello sólo le hace el juego a la otra persona, creando el tipo de caos y atención del que ésta se beneficia. Si tienes que tratar con una pareja o jefe terrorista, defiéndete en forma determinada pero desapasionada, la respuesta que esos sujetos menos esperan.
Cuando un hombre ha entendido dentro de su corazón qué significan el temor y el temblor, está protegido contra cualquier terror producido por influencias externas. Que el trueno ruja y esparza el terror a cien kilómetros a la redonda: él permanecerá tan sereno y reverente en espíritu que el rito sacrificial no se interrumpirá. Éste es el espíritu que debe animar a líderes y gobernantes de hombres: una profunda seriedad interior ante la que todos los terrores externos resulten inofensivos.
I CHING, CHINA, CIRCA SIGLO VIII A.C.
Aunque el terrorismo organizado ha evolucionado y la tecnología ha incrementado su capacidad de violencia, su composición esencial no parece haber cambiado: los elementos explotados por Narodnaya Volia aún están en vigor. Pero la pregunta que hoy muchos se hacen es si acaso está en desarrollo un nuevo, más virulento tipo de terrorismo, muy superior a la versión clásica. Si, por ejemplo, los terroristas pudieran adueñarse de armas más potentes —nucleares o biológicas, digamos— y tuvieran el temple para usarlas, su tipo de guerra y poder podría llevarlos a un salto cualitativo hacia una nueva y apocalíptica forma. No obstante, quizá ya haya emergido una nueva forma de terrorismo no necesitada de la amenaza de armas atroces para producir un resultado más devastador.
El 11 de septiembre de 2001, un puñado de terroristas vinculados con el movimiento islámico Al Qaeda produjeron el acto terrorista más mortífero hasta la fecha, con sus ataques al World Trade Center de Nueva York y al Pentágono en las afueras de Washington, D.C. Este ataque tuvo muchas de las marcas distintivas del terrorismo clásico: un grupo reducido, con medios extremadamente limitados, usando la tecnología estadunidense a su disposición, fue capaz de agredir con el máximo efecto. Ahí estaba la conocida asimetría de fuerzas, en la que la pequeñez se convierte en una ventaja, por pasar inadvertida entre la población en general, y ser así muy difícil de detectar. El terror del acto en sí puso en marcha una reacción de pánico de la que Estados Unidos aún no se ha recuperado del todo. El drama y simbolismo de las Torres Gemelas mismas, para no hablar del Pentágono, produjo un espectáculo grotescamente persuasivo que concedió a los terroristas máxima exposición mientras demostraba de modo incisivo la vulnerabilidad de Estados Unidos, país descrito a menudo en años recientes como la única superpotencia sobreviviente del mundo. Había quienes en el mundo entero jamás imaginaron que esa nación pudiera ser tan fácil de perjudicar seriamente, pero a quienes les encantó descubrir que estaban equivocados.
“Tengo la impresión de que se considera insoluble este misterio por las mismísimas razones que deberían inducir a considerarlo fácilmente solucionable; me refiero a lo excesivo, a lo outré de sus características. La policía se muestra confundida por la aparente falta de móvil, y no por el asesinato en sí, sino por su atrocidad. [...] Han caído en el grueso pero común error de confundir lo insólito con lo abstruso. Pero, justamente a través de esas desviaciones del plano ordinario de las cosas, la razón se abrirá paso, si ello es posible, en la búsqueda de la verdad. En investigaciones como la que ahora efectuamos no debería preguntarse tanto ‘qué ha ocurrido’, como ‘qué hay en lo ocurrido que no se parezca a nada ocurrido anteriormente’. En una palabra, la facilidad con la cual llegaré o he llegado a la solución de este misterio se halla en razón directa de su aparente insolubilidad a ojos de la policía.”
AUGUSTE DUPIN EN “LOS ASESINATOS DE LA CALLE MORGUE”, EDGAR ALLAN POE, 1809-1849.
Muchos niegan que el 9/11 haya sido una nueva forma de terrorismo. Simplemente se distinguió, dicen, por el número de sus víctimas; el cambio fue cuantitativo, no cualitativo. Y, como en el terrorismo clásico, continúan estos analistas, Al Qaeda está en definitiva condenado al fracaso: el contrataque de Estados Unidos en Afganistán destruyó su base de operaciones, y ahora es blanco de la inflexible voluntad del gobierno de ese país, cuya invasión de Irak fue una etapa de una gran estrategia para librar a la región del terrorismo en general. Sin embargo, hay otra manera de ver aquel ataque, teniendo en mente la reacción en cadena que es siempre la meta de los terroristas.
El impacto económico completo del 9/11 es difícil de medir, pero el efecto de ondas de ese ataque es, desde cualquier punto de vista, inmenso e innegable: sustanciales incrementos en los costos de seguridad, incluido el financiamiento de nuevos programas gubernamentales con ese fin; enormes gastos militares por la invasión de dos naciones; un efecto depresivo en el mercado bursátil (siempre particularmente susceptible a la psicología del pánico), con la consecuente lesión de la confianza de los consumidores; golpes a industrias específicas, como la de viajes y turismo, y el reverberante efecto de todo esto en la economía global. Ese ataque también tuvo tremendos efectos políticos; de hecho, las elecciones estadunidenses de 2002 y 2004 estuvieron demostrablemente determinadas por él. Y conforme la reacción en cadena ha seguido desenvolviéndose, ha surgido una grieta creciente entre Estados Unidos y sus aliados europeos. (El terrorismo suele apuntar implícitamente a la creación de tales divisiones en alianzas, lo mismo que en la opinión pública, donde conviven halcones y palomas.) El 11 de septiembre ha tenido igualmente un definido y obvio impacto en el modo de vida en Estados Unidos, conduciendo en forma directa a la reducción de las libertades civiles que son la marca distintiva de ese país. Finalmente —aunque es imposible medirlo—, ha tenido un depresivo y estremecedor efecto en la sociedad en general.
Tal vez los estrategas de Al Qaeda no persiguieron ni imaginaron todo eso; nunca lo sabremos. Pero el terrorismo es por naturaleza un lance de dados, y el terrorista siempre espera el máximo efecto. Crear tanto caos, incertidumbre y pánico como sea posible es toda la idea. En este sentido, el ataque del 9/11 debe considerarse tal éxito que en realidad representa un salto cualitativo en la virulencia del terrorismo. Quizá físicamente no haya sido tan destructivo como la explosión de un arma nuclear o biológica, pero al paso del tiempo su reverberante poder ha rebasado con mucho el de cualquier ataque terrorista previo. Y su poder se deriva de la alterada naturaleza del mundo. Dadas las profundas interconexiones de la nueva escena global, ya sea comerciales, políticas o culturales, un poderoso ataque en un solo punto puede tener un efecto de reacción en cadena que terroristas de periodos anteriores jamás habrían imaginado. Un sistema de mercados interconectados que se beneficia de fronteras y redes abiertas es sumamente vulnerable a ese intenso efecto de ondas. El pánico que alguna vez pudo brotar en una multitud o una ciudad ahora puede extenderse a todo el mundo, espectacularmente alimentado por los medios de información.
Ya no podemos concebir la idea de un cálculo simbólico, como en el pókar o el potlatch: mínima apuesta, máximo resultado. Esto es exactamente lo que los terroristas han logrado con su ataque a Manhattan, que ilustra en forma más bien clara la teoría del caos: un impacto incial con incalculables consecuencias.
THE SPIRIT OF TERRORISM, JEAN BAUDRILLARD, 2002.
Considerar un fracaso el ataque del 9/11 porque no alcanzó la meta última de Al Qaeda de castigar a Estados Unidos por Medio Oriente o provocar una revolución panislámica es malinterpretar su estrategia y juzgarlo con los criterios de la guerra convencional. Los terroristas suelen tener una magna meta, pero saben que las posibilidades de alcanzarla de un solo golpe son sumamente remotas. Se limitan a hacer lo que pueden para poner en marcha una reacción en cadena. Su enemigo es el statu quo, y su éxito puede medirse por el impacto de sus acciones tal como se desenvuelve a lo largo de los años.
Para combatir el terrorismo —clásico o la nueva versión en el horizonte— siempre es tentador recurrir a la solución militar, combatiendo la violencia con violencia, demostrando al enemigo que tu voluntad no está quebrantada y que cualquier ataque futuro de su parte ocurrirá con un alto precio. El problema aquí es que los terroristas tienen por naturaleza mucho menos que perder que tú. Un contragolpe puede lastimarlos, pero no los disuadirá; de hecho, podría incluso envalentonarlos y ayudarles a conseguir reclutas. Los terroristas suelen estar dispuestos a dedicar años a abatirte. Herirlos con un drástico contragolpe sólo es mostrar tu impaciencia, tu necesidad de resultados inmediatos, tu vulnerabilidad a respuestas emocionales, signos todos ellos no de fuerza, sino de debilidad.
A causa de la extrema asimetría de fuerzas en juego en la estrategia terrorista, la solución militar suele ser la menos efectiva. Los terroristas son vaporosos, están dispersos, y unidos no físicamente, sino por una idea radical y fanática. Como dijo un frustrado Napoleón Bonaparte cuando luchaba con grupos nacionalistas alemanes que recurrían a actos de terror contra los franceses, “una secta no puede ser destruida con cañonazos”.
En general, la más efectiva respuesta a la provocación no convencional es la menor respuesta: hacer lo menos posible, y esto hábilmente ajustado a la arena. No hacer daño. Negar el propio yo, hacer menos antes que más. Esto es incompatible con los estadunidenses, quienes, por el contrario, desean desplegar más fuerza, rápidamente, para alcanzar un resultado veloz y definitivo. Lo que se necesita es un cambio en la percepción de los responsables en Washington: menos puede ser más, los demás no son como nosotros y un mundo limpio y ordenado no vale el costo.
DRAGONWARS, J. BOWYER BELL, 1999.
El escritor francés Raymond Aron define el terrorismo como un acto de violencia cuyo impacto psicológico excede con mucho al físico. Este impacto psicológico, sin embargo, se traduce después en algo físico —pánico, caos, división política—, todo lo cual hace que los terroristas parezcan más poderosos de lo que en realidad son. Una contraestrategia efectiva debe tomar esto en consideración. Tras un golpe terrorista, lo esencial es detener el efecto psicológico de ondas. Y este esfuerzo debe empezar por los líderes del país o grupo bajo ataque.
En 1944, cerca del final de la Segunda Guerra Mundial, la ciudad de Londres fue sometida a una feroz campaña de terror con cohetes V-1 y V-2 lanzados desde Alemania, desesperado acto con el que Hitler confiaba en propagar la división interna y paralizar la voluntad del pueblo británico de continuar la guerra. Más de seis mil personas perdieron la vida, muchas más resultaron heridas y millones de hogares fueron dañados o destruidos. Pero en vez de permitir el desaliento y ocuparse en fijarlo, el primer ministro, Winston Churchill, usó esa campaña de bombardeo en su beneficio como una oportunidad para unir al pueblo británico. Diseñó sus discursos y medidas para mitigar el pánico y acallar la angustia. En vez de dirigir la atención a los ataques de V-1, o de los más temibles V-2, enfatizó la necesidad de mantener la resolución. Los ingleses no le darían a Alemania la satisfacción de verlos ceder al terror.
Y es ese incontrolable efecto de reacción en cadena de retrocesos lo que constituye el verdadero poder del terrorismo. Este poder es visible en los obvios y menos obvios efectos del hecho; no sólo en la recesión económica y política a todo lo largo del sistema, y la recesión psicológica que se desprende de eso, sino también en la recesión del sistema de valores, en la ideología de la libertad, la libertad de movimiento, etc., que era el orgullo del mundo occidental y la fuente de su poder sobre el resto del mundo.
Se ha llegado a un punto en el que la idea de libertad, relativamente reciente, está en proceso de desaparecer de nuestras costumbres y conciencias, y la globalización de los valores liberales está a punto de realizarse en su forma exactamente opuesta: una globalización de las fuerzas policiacas, de total control, de un terror de medidas de seguridad. Este retroceso dirige a un máximo de restricciones, semejantes a las de una sociedad fundamentalista.
THE SPIRIT OF TERRORISM, JEAN BAUDRILLARD, 2002.
En 1961, cuando el presidente de Francia, Charles de Gaulle, enfrentó una maliciosa campaña derechista de terror por parte de fuerzas francesas en Argelia opuestas a su plan de conceder la independencia a esa colonia, usó una estrategia similar: apareció en televisión para decir que los franceses no podían rendirse a esa campaña, que los costos en vidas eran relativamente reducidos en comparación con los que habían sufrido recientemente en la Segunda Guerrra Mundial, que los terroristas eran pocos en número y que, para derrotarlos, los franceses no debían sucumbir al pánico, sino simplemente unirse. En estos dos casos, un líder fue capaz de aportar una influencia estabilizadora, un cimiento contra la latente histeria experimentada por una ciudadanía amenazada y atizada por los medios. La amenaza era real, reconocieron Churchill y De Gaulle, y se tomaron medidas de seguridad; pero lo importante era alejar las emociones públicas del temor y dirigirlas a algo positivo. Los líderes transformaron esos ataques en puntos de referencia, que usaron para unir a una sociedad fracturada, algo crucial, pues la polarización es siempre una meta del terrorismo. En vez de tratar de montar un drástico contragolpe, Churchill y De Gaulle incluyeron a la gente en su pensamiento estratégico y convirtieron a la ciudadanía en activa participante en la batalla contra esas fuerzas destructivas.
Mientras se empeña en detener el daño psicológico de un ataque, el líder debe hacer todo lo posible por frustrar un nuevo golpe. Los terroristas suelen operar de modo esporádico y sin ningún patrón, debido en parte a que la impredecibilidad es aterradora, y en parte también a que suelen ser demasiado débiles para montar un esfuerzo sostenido. Es preciso darse tiempo para desterrar pacientemente la amenaza terrorista. Más valiosa en este caso que la fuerza militar es una inteligencia sólida, la infiltración de las filas enemigas (trabajando por hallar disidentes desde adentro) y el lento y estable agotamiento del dinero y recursos de los que los terroristas dependen.
Al mismo tiempo, es importante ocupar el trono moral. Como víctima de un ataque, tienes la ventaja en esta situación, pero puedes perderla si contratacas agresivamente. El promontorio moral no es un pequeño lujo, sino una crítica táctica estratégica: la opinión mundial y las alianzas con otras naciones resultarán cruciales para aislar a los terroristas e impedirles sembrar división. Todo esto requiere la disposición a librar la guerra en el curso de muchos años, y principalmente tras bastidores. La paciente resolución y la negativa a reaccionar con desmesura servirán como disuasiones. Demuestra que hablas en serio y haz que tus enemigos lo sientan, no a través del frente bravucón usado con fines políticos —éste no es un signo de fuerza—, sino con las serenas y calculadas estrategias que empleas para acorralarlos.
En definitiva, en un mundo íntimamente entrelazado y dependiente de fronteras abiertas, nunca habrá seguridad perfecta. La pregunta es ¿con cuánta amenaza estamos dispuestos a vivir? Quienes son fuertes pueden manejar cierto nivel aceptable de inseguridad. Sensaciones de pánico e histeria revelan el grado en el que el enemigo ha triunfado, como lo hace un muy rígido intento de defensa, en el que una sociedad y cultura en general son convertidas en rehenes de un puñado de hombres.
Imagen: La marejada. Algo perturba el
agua mar adentro: un temblor, un volcán,
un derrumbe. Una pequeña ola empieza a exten-
derse, convirtiéndose en una ola mayor, y luego
más grande aún, impulsada por la profundidad
del mar, hasta romper en la playa con una
inimaginable fuerza destructiva.
Autoridad: No hay peor destino que estar continuamente en guardia, porque significa que siempre tienes miedo. —Julio César (100-44 a.C.).
Lo contrario del terrorismo sería una guerra directa y simétrica, un retorno a los orígenes mismos de la guerra, para pelear con lo que está al frente, una simple prueba de fuerza contra fuerza... en esencia una estrategia arcaica e inútil para los tiempos modernos.