UF, ES el día más caluroso que recuerdo.
Ross dejó escapar un murmullo indefinido que quería decir que estaba de acuerdo. La humedad había transformado las ondas de su cabello en oscuros ricitos que enmarcaban su frente y lo hacían parecer una escultura clásica de un dios griego.
–Me parece que voy a ir a quitarme este traje –dijo al tiempo que aguzaba la vista bajo el cegador sol–. No puedo creer que lleves panties en un día como este, Ursula.
El que él la estuviese mirando así a las piernas era bastante perturbador.
–¡Y a mí me sorprende que sepas lo que llevo puesto desde donde estás!
–Sé que no llevas las piernas al aire, si eso es a lo que te refieres.
No, no era eso.
–Pero también podría llevar liguero, ¿no? –le retó ella.
Él esbozó una sonrisa lenta, casi sin querer.
–No –dijo moviendo la cabeza de lado a lado–, estoy seguro de que no son medias. Una mujer se mueve de otra forma cuando lleva liguero. Es más consciente de su cuerpo y, en consecuencia, los hombres que la observan también. Supongo que esa es la principal razón para ponérselo.
–¿Estás diciendo que las mujeres los usan para que los hombres las miren?
–Sí, estoy diciendo que esa es una de las razones –repuso él, sonriente–. Aunque también dan menos calor que los panties –dijo mirándole a las piernas otra vez–. ¿No te pican las piernas con el calor?
–¿No te pican a ti con esos pantalones? –contraatacó ella.
–Claro que sí –sonrió él–. Por eso voy a entrar a cambiarme. ¿Por qué no haces tú lo mismo?
–¿Y qué quieres que haga? ¿Que vuele hasta mi piso para ponerme unos pantalones cortos y luego vuele de nuevo hasta aquí?
Él dejó escapar una carcajada.
–No hace falta que demuestres tanta iniciativa, Ursula. Sé que tienes aquí un traje de baño para ponértelo cuando acompañas a Katy a nadar –dijo él con una mirada tan firme como su voz.
Era una observación curiosamente íntima y la hizo más consciente del latido que repentinamente sentía en su interior.
–¿Y por qué iba a querer ponerme un traje de baño? –preguntó ella paseando la vista por el jardín con exagerado interés–. A menos que hayas hecho una piscina sin que yo me entere…
Ross rio de nuevo.
–¡Vamos, Ursula, relájate un poco! Hace un calor sofocante, la gente se pasea por Londres sin llevar apenas ropa encima y nadie los mira dos veces. ¿Tan grave sería, de acuerdo con tu victoriano sentido del pudor? ¡Los días en que los hombres enloquecían de pasión ante la visión de un tobillo quedaron atrás, sabes!
–No era eso en lo que estaba pensando en absoluto –contestó ella rígidamente.
–Pues entonces… –observó él–. Siempre te vas a toda prisa, Ursula.
–No puedo pasarme todo el día aquí –objetó ella.
–No –admitió él–. Pero quedarte a comer de vez en cuando no te va a hacer ningún daño. Hoy, por ejemplo. ¿Por qué no te quedas? ¿Qué es lo que tienes que hacer hoy?
Ursula no pensaba confesar que sus planes eran ir a la biblioteca y luego al supermercado. Ni que tenía un paquete de caramelos de café con leche en el armario de la cocina y que pensaba comérselo entero mientras leía en su fresco jardín del patio.
–Ya sabes, las cosas que se suelen hacer los sábados: lavar, ir a la compra… Ponerme al día con todas esas cosas que no puedo hacer durante la semana.
–Pero hace demasiado calor y no te apetece, ¿a que sí? –sugirió él–. Y yo tengo aquí una nevera llena de comida de capricho y además una botella de Sancerre que estoy deseando compartir…
–¡Ya basta! Me has convencido, Ross –dijo secamente.
Además, él le había lanzado un reto que ella sabía que no podía dejar de aceptar. Iría a ponerse ese traje de baño y, sin duda, soportaría ver la cara de horror de él. Al menos puede que aquello la obligase a aceptar la realidad y dejarse de sueños inútiles.
El bañador estaba guardado en la habitación de Katy y era, naturalmente, negro liso. El negro tenía propiedades que ningún otro color tenía. Era sofisticado, se suponía que le hacía parecer milagrosamente más delgada y le iba bien a todo tipo de pieles.
Ross estaba en la terraza abriendo la botella de vino y no oyó acercarse a Ursula, que estaba descalza. Aquello le permitió contemplarlo unos instantes sin que él lo notase.
Se había puesto una camiseta vieja con el emblema de su universidad y unos pantalones cortos algo arrugados pero lo suficientemente amplios como para resultar modernos.
Sus desnudas piernas eran larguísimas: más de lo que nunca le había parecido en la oficina. La camiseta dejaba ver los fuertes brazos y le quedaba pegada, revelando los músculos de un torso liso y ancho.
Ursula se quedó pensando que podía pasar años trabajando con alguien y sin tener ni idea de cómo era su cuerpo. Ahora sí lo sabía y su cuerpo era… Tragó saliva.
Él alzó el rostro con una sonrisa de bienvenida, sonrisa que se le heló en los labios y dio paso a la incredulidad al verla.
Arrugó el ceño.
Puede que el verla en bañador le hubiera sorprendido tanto como a ella el verle a él en pantalones cortos y camiseta. Pero tenía aspecto de estar atónito.
¿Ross, atónito?
–B… bueno –comentó él mientras extraía el corcho de la botella y servía dos copas de vino–, sí que te has puesto… más fresca.
–Tú también.
–¿Quizá deberíamos hacer una barbacoa? –sugirió él con el decidido aire de un hombre que ha llegado a la conclusión de que necesita actividad–. ¿Te tienta el aroma del pescado asándose sobre carbón con romero y limón?
–Pero una barbacoa nos dará aún más calor, ¿no? –objetó ella a la vez que se dejaba caer en una de las dos tumbonas que él debía haber sacado mientras ella estaba arriba–. Y de todas maneras, tengo demasiado calor como para comer nada en este momento.
–¿No tienes hambre?
–No, en realidad no.
–¿Estás segura?
–Completamente.
–Yo tampoco –dijo él de repente.
Algo en su voz la hizo abrir los ojos para verlo allí con un gesto de extrema concentración. Era una expresión que normalmente solo adoptaba en la oficina, cuando algo lo desorientaba.
–¿Qué pasa? –preguntó ella.
Él agitó la cabeza como para aclarar sus ideas.
–Nada. Estaba pensando en que me encantaría tener una piscina. No hay quien piense con este calor.
–Pues beber vino y sentarse al sol no va a refrescarnos precisamente, ¿no? –dijo Ursula sensatamente–. Voy a ir a hacer más limonada. Los médicos siempre dicen que hay que beber mucho líquido cuando hace calor. Y aquí en Inglaterra no estamos acostumbrados a este clima.
–No –confirmó él lentamente–, supongo que no estamos acostumbrados.
El levantarse de una tumbona con cierta gracia cuando se llevaban sólo un bañador y un pareo no era fácil. Especialmente para alguien tan acomplejada por su figura. Pero hasta Amber le había dicho una vez que no había mujer en el mundo que estuviese contenta con su cuerpo.
Afortunadamente en la cocina hacía mucho más fresco. Las manos de Ursula temblaban mientras intentaba sacar los cubitos de hielo de la cubitera. Entonces salieron todos a un tiempo y se esparcieron por todo el suelo.
–Ayyyy…. –dijo en alto.
Estaba a punto de tomar unas servilletas de papel para secar el suelo cuando oyó que entraba Ross en la estancia.
No se movió. El instinto la hizo quedarse exactamente donde estaba. Lo oyó acercarse por detrás y entonces dio un gritito de placer cuando él le pasó un cubito de hielo por la piel de la espalda. Una deliciosa gota fría comenzó a caer y Ursula se removió de placer.
–¿Ya tienes menos calor? –murmuró él junto al cuello de ella.
–¿Tú qué crees? –dijo ella con la voz entrecortada.
Él no respondió inmediatamente y dejó el cubito de hielo en el mismo lugar hasta que se deshizo por completo. Lo que quedó fue el calor de la palma de su mano contra la piel de Ursula.
Ella cerró los ojos de placer, rogando que él no se detuviese fuese lo que fuese lo que estuviera a punto de hacer. Porque estaba bastante segura de qué era lo que él iba a hacer…
Él la tomó por la cintura y la hizo volverse hacia él.
–Estoy intentando –anunció él– comprender si he sido increíblemente ingenuo o increíblemente estúpido.
Ella no se atrevió a decir nada por miedo a estropear el momento.
–Ursula –dijo él en voz baja–, abre los ojos y dime: ¿tú también sientes lo mismo? ¿Es algo tan fuerte que no puedes y no quieres resistirte?
Los ojos de ella se abrieron con un mudo ruego y él asintió.
–Sí –dijo él–, sí –repitió al tiempo que acercaba su rostro al de ella.
Fue un momento con el que ella había soñado desde que conoció a Ross. Era su secreto. Un desesperanzado deseo que nunca pensó que se haría realidad. Pero la realidad superó a sus sueños y la inexplorada sexualidad de Ursula estalló con el primer beso de Ross.
Al principio fue un ligerísimo roce de sus labios contra los de ella. Un roce suave y provocativo. Y cuando aquello no fue suficiente los dos empezaron a explorarse el uno al otro. Abrieron los labios para darse la bienvenida mutuamente y Ursula tuvo que agarrarse a los hombros de él cuando sintió su lengua en el interior de su boca.
Ross pasó las manos de su cintura a su espalda, abrió los dedos y estos se enredaron en la salvaje cabellera de Ursula. Ella se acercó automáticamente a él y sus rodillas entrechocaron. La vida floreció en sus pechos, duros y pesados, y los pezones se irguieron con un placer casi doloroso.
Ella continuaba agarrada a los hombros de él, temiendo caer si se soltaba, mientras el deseo recorría su cuerpo como la sangre que le daba la vida. Se sintió devastada por el poder del deseo. Hacía que le cosquillease la piel y su pulso ya había iniciado una lenta y primitiva danza al tiempo que algo en su interior preveía lo que iba a ocurrir.
Sus párpados se abrieron en el mismo instante. Los ojos de Ross eran más oscuros que en sus sueños y parecieron quedarse vidriosos antes de volver a enfocar. Parecía confuso al agitar la cabeza como un hombre que ha visto algo que no puede creer. Entonces se echó a reír.
–¡Maldita sea! –exclamó suavemente, meneando aún la cabeza.
Ursula lo miró, desorientada, casi sin poder articular palabra.
–¿Ross?
–Escucha –dijo él con ternura–. Ha sido una estupidez por mi parte el sugerir que nos quitásemos la ropa en una tarde tan calurosa que me siento como si estuviese en medio de una obra de Tennessee Williams –explicó antes de detenerse a tomar aliento–. Pero solo porque nos hayamos llevado bien en la oficina durante los últimos nosecuántos años, y solo porque mi esposa me haya dejado y mis hormonas me estén recordando que echan de menos a una mujer no quiere decir que vaya a empezar algo contigo, Ursula O’Neil. ¿Lo entiendes?
Las pestañas de Ursula se agitaron como las imágenes de una película casera. Vio la atónita expresión de su rostro y casi retrocedió. Pero era una novata en todo aquello y tal vez aquello fue lo que le diese fuerza para responder con calma:
–Ross, ¿no te parece que estás exagerando? –dijo incluso encogiéndose de hombros–. No ha sido más que un beso.
Se hizo el silencio.
–¿Que no ha sido más que un beso? –repitió él lentamente frunciendo el ceño–. ¿De verdad? ¡Bueno, si esa es tu idea de «nada más que un beso», me gustaría saber como eres cuando te desinhibes!
Él hizo entonces una deliberada pausa.
–O quizá debiera descubrirlo por mí mismo… –añadió en un tono casi descontrolado–. ¿Qué te parece, Ursula?
Sin avisar y sin darle tiempo para responder él volvió a besarla. Sin embargo esta vez algo había cambiado.
Ella no supo qué fue lo que él hizo para que el beso resultase tan distinto. Estaba demasiado aturdida como para analizarlo. Pero él pareció estar haciendo lo posible por demostrarle su maestría erótica. Ella le echó los brazos alrededor del cuello y se pegó a él como una lapa mientras emitía pequeños gemidos que estaban a medio camino entre el placer y la protesta.
Ross deslizó una de sus manos para acariciarle un seno y un perezoso pulgar rozó el endurecido pezón. Ella arqueó la espalda con un intenso placer y murmurando su nombre en eufórica protesta.
Y entonces fue cuando él se detuvo. Solo que esta vez se detuvo por completo y dejó caer los brazos. En su rostro no se reflejaba emoción alguna. Ella, por su parte, se sentía como si él le hubiese robado las emociones y las hubiese enviado al espacio exterior.
Una temblorosa Ursula se llevó las manos a la espalda y se agarró al borde de la encimera temiendo que le fallasen las rodillas.
Los ojos de él le lanzaron una pregunta.
–¿Te habían besado antes?
–¡Por lo que más quieras, Ross! –rio Ursula entrecortadamente–. Por supuesto que sí. El que sea algo inexperimentada no quiere decir que me haya pasado toda mi vida en un convento. ¿O acaso creías que todas las solteronas…?
–¡No uses esa palabra, por favor! –la interrumpió él.
–¿Cuál? ¿Convento? –preguntó ella con sarcasmo.
–¡Solterona! –gruñó él.
–¿Por qué no? Es verdad. Así es como la gente aún llama a las mujeres que consideran que no tienen muchas esperanzas de casarse. ¡Búscalo en el diccionario si no me crees!
–¡Tonterías! Es una palabra anticuada y con connotaciones insultantes –dijo él sin apartar la mirada de ella–. A ti te han besado antes –repitió, aunque esta vez parecía estar buscando una explicación.
–¡Por supuesto, Ross! ¡Tengo veintiocho años! Ya he pasado unas cuantas veces por la experiencia de que me besasen en alguna fiesta.
Ella recordó esas ocasiones con disgusto y se preguntó cuánto más debía contarle, y si la verdad se le subiría a la cabeza.
Sin embargo aquel era un hombre que se había mantenido sereno cuando su mujer lo había dejado de repente. Un hombre que no había permitido que su orgullo se interpusiese en la felicidad de su hija. ¿Acaso un hombre así no se merecía que le dijesen la verdad?
–Pero nunca así –observó ella lentamente–. Nunca me habían besado de esta manera.
–Ya lo he notado –dijo en un acariciante tono–. Parecías estar entregando todo lo que llevas dentro.
–Bueno, ¡tú también!
Él la observó pensativamente.
–Sabes, aún no he recuperado el apetito –dijo al fin–. Creo que voy a trabajar un rato esta tarde.
Aquello era todo. Un sueño se había cumplido y roto en añicos en cuestión de minutos. Bueno, Ursula tenía años de práctica en poner buena cara ante los malos acontecimientos. Había cuidado a su enferma madre y se había debatido entre la esperanza y la tristeza. Y, en medio de todo, la carita asustada de Amber preguntaba si mamá se pondría bien alguna vez.
–Buena idea –respondió alegremente–. Creo que yo voy a ir a comprarme unos zapatos para la boda de Amber.