URSULA miró a Ross con incredulidad.
–¿Puedes repetirme eso?
–Mi ex mujer ha dejado a su novio solo al otro lado del mundo –afirmó él sin emoción alguna.
Ursula pensó que aquel no era el momento adecuado para recordarle a Ross que Jane no era su ex nada, sino su esposa aún. Apartó de su mente los paralizantes celos que la invadían.
–¿Y eso que significado tiene?
–¿Poniéndonos en lo peor?
Ella deseó recuperar la intimidad y la calidez que había existido entre ellos aquella tarde, cuando parecían a punto de llegar a alguna parte. Pero aquello se había esfumado como si alguien hubiese apagado la luz de los ojos de Ross y los hubiese dejado fríos y indiferentes. Encontrasen a Katy o no…
Él siguió hablando sin reparar en el silencio de Ursula.
–Puede que Jane y Julian hayan roto.
El dolor traspasó la coraza de calma de Ursula.
–¿Y en ese caso quizá quiera volver contigo?
–¡Pero yo no quiero volver con ella, Ursula! –gruñó él, exasperado–. ¡No quería antes, y no quiero ahora! Ya te lo he dicho.
Decir las palabras que dijo le supuso un terrible esfuerzo, pero ella sabía que ensombrecerían su vida si no las pronunciaba en un momento crucial. En aquel momento.
–Pero puede que Katy sí quiera. Que prefiera las cosas de ese modo, con vosotros dos juntos como antes.
Él agitó la cabeza.
–Jamás he visto a Katy tan feliz como últimamente.
–Quizá lo haga adrede, para tenerte contento.
Vio la cara de desacuerdo de Ross y asintió con fuerza.
–¡Sí! Los niños son muy conservadores, ¿sabes? Como tú dijiste una vez, prefieren la estabilidad. Prefieren que sus padres estén juntos incluso si estos se llevan a matar. Y, si no me crees, lee algún libro sobre el divorcio y la separación.
–¿Por qué me estás diciendo todo esto, Ursula? –preguntó él–. ¿Me estás diciendo en realidad que tú preferirías que volviese con Jane?
–¡Qué tontería! Sabes que yo… Que…
–¿Sí? –preguntó él con ternura–. ¿Que tú qué?
Ella quería decirle que no pensaba que pudiera seguir trabajando con él si se reconciliaba con su mujer pero sospechaba que, en cualquier caso, no iba a poder seguir trabajando con él. Porque no podía desperdiciar el resto de sus días suspirando por su jefe, viviendo en una especie de limbo emocional en vez de tratar de encontrar un poco de felicidad real por sí misma.
Pero no se atrevió.
–Que solo quiero ayudarte a encontrar a Katy.
–¿Y tienes alguna idea genial sobre cómo hacerlo? –preguntó él con una voz sedosa–. ¿Qué me sugieres?
–Creo que deberíamos esperar.
–¿Esperar? –repitió él.
–A que Katy vuelva.
–¿Y si no vuelve? –dijo él con la voz casi quebrándosele al final.
–¡Claro que volverá! No puede esfumarse así como así en los tiempos que corren. ¡Y más vale que empieces a verlo así, Ross! Voy a hacerte un té bien caliente y con mucha azúcar –añadió con firmeza–, y mientras tanto tú puedes devanarte los sesos pensando en sitios donde Jane pueda haberla llevado. Tiene que tener amigos aquí en Londres.
Él movió la cabeza de lado a lado.
–No el tipo de amigos que le darían la bienvenida a una niña en su casa.
Ursula acababa de poner la tetera al fuego cuando sonó el teléfono y corrió de vuelta al salón justo para ver cómo Ross contestaba.
–¿Dígame?
Esta vez Ursula supo que se trataba de Katy porque la sonrisa de felicidad que apareció en los labios de Ross fue como un amanecer.
–¿Estás bien? –preguntó al tiempo que le hacía un gesto triunfal a Ursula y la sonrisa se hacía aún más abierta–. Está bien. No, claro que no estoy enfadado contigo, chiquitina –dijo antes de hacer una extraña pausa cargada de frialdad–. ¿Puedo hablar con tu madre, por favor?
Ursula se giró y volvió apresuradamente a la cocina. Lo último que quería era oír un acalorada discusión entre Jane y Ross. Puede que su presencia hiciese que Ross no dijese lo que realmente deseaba. Aunque, por el sonido de su voz…
Ella se sintió invadida por la incertidumbre mientras hacía el té pero, al menos en apariencia, permanecía serena. Cuando Ross entró en la cocina ella percibió que la tensión había desaparecido de su cuerpo.
Ella no dijo una palabra, solo lo miró.
–¿Lo has oído?
–En parte –reconoció ella.
–Katy está bien. Jane la va a llevar a casa de Sophie Jo. Estará allí en media hora.
–¿Por qué no la trae aquí?
–Dice que no podría soportar venir a esta casa en este momento –contestó él con una expresión dura–. Por mi parte no hay ningún problema.
–¿Te ha dicho dónde ha llevado a Katy o por qué?
–Parece ser que han ido de compras. No ha dicho más. No me ha dicho por qué se le ha ocurrido hacer esta insensatez y a mí tampoco me apetecía preguntárselo. Al menos no hasta que Katy esté otra vez a mi lado, sana y salva. No quiero que la poca relación que queda entre nosotros se deteriore hasta convertirse en un enfrentamiento abierto.
Ursula le acercó una taza de té.
–Aquí tienes. Tómatelo.
–Mejor no –contestó él–. Estoy demasiado agitado como para quedarme aquí sentado tomando un té. Creo que voy a irme hacia allá ya. Puede que haya algún atasco.
Ursula asintió. De repente se sentía de sobra. Sabía que no había lugar para ella en aquella reunión de padre e hija. No con Jane.
–Yo… Yo me voy a casa, Ross.
–No –repuso él lanzándole una rápida mirada que la hizo albergar esperanzas–. No te vayas. Quiero que te quedes aquí hasta que yo vuelva.
Y entonces lo estropeó todo añadiendo:
–Vamos a tratar de hacerle sentir a Katy que todo es tan normal como siempre. Y eso incluye el que tú estés aquí, como siempre.
–Sí –contestó Ursula en voz baja tragándose la decepción que sentía–. Supongo que tienes razón.
Se sentía como un mueble antiguo, un recuerdo de familia. Un sentimiento que se hizo más fuerte cuando Ross cerró de un portazo al salir sin siquiera decir adiós.
Decidió hacer una bandeja de galletas para Katy. Llenarían la casa de un delicioso aroma y además le darían algo que hacer mientras esperaba.
Se puso un delantal y empezó a mezclar ingredientes, a amasar… Acababa de meterlas en el horno cuando oyó la puerta de la calle.
Se dirigió inmediatamente al recibidor desatándose el delantal al tiempo. Su ilusionada sonrisa de bienvenida se truncó en incredulidad cuando vio que no era Ross quien estaba en el recibidor.
Era Jane.
Jane, con un impecable vestido de lino blanco que milagrosamente no tenía una sola arruga. Con las bronceadas piernas al aire y las uñas de los pies pintadas de escarlata asomando de las blancas sandalias. Una Jane despectiva que la miraba fría y casi obsesivamente.
–¿Has estado cocinando? –dijo con desdén.
–¿Dónde está Katy? –preguntó.
Jane fingió sorprenderse.
–Ah, la echas de menos, ¿no? ¡No me extraña! Debes de notar que tu presencia aquí no es tan imprescindible cuando Katy no está –dijo mirándola con desprecio–. Porque espero que no hayas pensado ni por un instante que Ross se hubiera siquiera fijado en ti de no ser porque tiene el pequeño problema de una hija a quien cuidar.
–¿Dónde está Katy ahora mismo? –repitió Ursula con calma.
Jane miró nerviosamente hacia la puerta.
–Con Ross, supongo. La dejé en casa de Sophie Jo justo después de llamar. He estado esperando ahí fuera hasta que Ross se ha ido…
–¿Para qué?
–Para poder tener una conversación cara a cara contigo, por supuesto. ¡Para averiguar más sobre la mujer que mi hija está tan ansiosa por tener como madrastra! ¡Para descubrir cómo te las has arreglado para convencerla de que mandase un fax a Australia diciéndome que piensa que su padre está enamorado de ti!
–¿Un fax?
–¡Sí, un fax!
–Y… ¿Has dicho enamorado de mí?
Jane torció la boca.
–Eso parece.
Ursula la observó sin comprender nada.
–Me temo que no sé de qué me hablas.
–¡Vamos! El papel de virgencita inocente puede haber funcionado con Ross pero… –se detuvo Jane.
La estudió entonces con suspicacia mientras Ursula se sonrojaba. De pronto su delgada cara se arrugó como una hoja de papel.
–¡Dios mío! –exclamó–. ¡No puedo creerlo! ¿No me digas que de verdad eras virgen?
–¡Y lo soy! –le espetó una indignada Ursula.
Jane rio.
–No debería sorprenderme. Tampoco creo que hayas tenido millones de ofertas…
Ursula dejó escapar un suspiro.
–¿Hay algún motivo para que tengamos esta conversación, Jane?
–¡Hay muchos! –repuso Jane blandiendo furiosamente un dedo en dirección a Ursula–. ¿Estás planeando tener una aventura con mi marido?
–Tener aventuras con los maridos de otras mujeres es algo que nunca he tenido intención de hacer –repuso Ursula con la mirada firme–. Evidentemente.
Jane le devolvió una mirada igualmente firme.
–No me has contestado.
–Esa es la única respuesta que te voy a dar –anunció Ursula dignamente.
Aquella conversación, sorprendentemente, en vez de ofenderla la estaba dando renovadas fuerzas. ¡Era obvio que Jane Sheridan la veía como una rival!
Jane estudió a Ursula parpadeando rápidamente, como si no pudiera dar crédito a sus ojos.
–Me he preguntado a menudo cuando perdería al fin la aureola –comentó con incredulidad–. ¡Sin embargo jamás me imaginé que sería con alguien como tú!
Se detuvo para humedecerse los labios color cereza.
–Pero por lo que más quieras –continuó–, no cometas el error de creer que quiere que formes parte de su vida permanentemente. Si Ross te está prestando atención es porque le conviene. Y acostarse con la niñera es una forma de mantener su vida doméstica bajo control. ¡Aunque sea una gorda solterona como tú!
Ursula sintió que las rodillas le flaqueaban. La garganta se le secó y sentía un zumbido en los oídos. Pero no iba a desmayarse ni a vengarse. Aunque la idea la tentase mucho. No, señor. En aquel momento lo que más le importaba no era ella misma. Ni Ross.
Era Katy.
Porque Katy era una niña. Una niña inocente en medio de todo aquello. Y Ursula no pensaba dejar que el caótico mundo de los adultos le hiciese aún más daño.
¿Qué sería lo mejor para Katy en aquel caso?
–No creo que sea buena idea que estemos las dos aquí cuando vuelvan –le dijo a Jane en un tono que sonó milagrosamente calmado y controlado.
De repente Jane pareció estar incómoda, como si la falta de reacción de Ursula no fuese lo que esperaba.
Su mirada se volvió más dura.
–Así que… –dijo Ursula con dificultad–. Así que me voy a casa.
Pero Jane negó con la cabeza violentamente.
–No, por Dios, no te vayas. Quédate aquí y así me voy yo. No quiero ver a Ross de momento.
Ursula comprendía perfectamente por qué no quería ver a su marido pero…
–¿Es que no quieres ver a Katy? –le preguntó, confusa.
Jane la miró y sus ojos se llenaron repentinamente de lágrimas.
–Eres una zorra –susurró–. ¡Una zorra calculadora y falsa!
Y dicho esto abrió la puerta impulsivamente y se alejó por el sendero sin molestarse siquiera en cerrarla.
Ursula se obligó a sí misma a comportarse con normalidad. Se lavó las manos y la cara, se cepilló el pelo y se hizo una cola de caballo. Después se quitó el delantal y lo colgó en el gancho detrás de la puerta de la cocina. Incluso se las arregló para sacar las galletas del horno en el momento indicado. Estaban enfriándose sobre una rejilla cuando oyó llegar a casa a Ross y Katy.
–¡Ursula, ya estás aquí! ¡Te he echado de menos!
–¡Hola, cariño! –dijo mirando a Ross sobre la cabeza de Katy, a la cual abrazó con fuerza–. ¿Te lo has pasado bien con mamá?
–No ha estado mal –dijo Katy encogiéndose de hombros y volviéndose a mirar a su padre–. Pero estaba muy rara, como nerviosa. ¿Cómo fue la boda de Amber?
–¡La cosa más bonita que te puedas imaginar!
–¿Y el vestido, era bonito?
–¡Precioso!
–Ursula tiene fotos –anunció Ross con una sonrisa–. Me imagino que te las enseñará luego.
Katy olfateó el aire con hambrienta curiosidad y entonces vio las galletas en la mesa.
–¡Ah! ¿Son para nosotros?
–Eso es –asintió Ursula tratando de comportarse con toda normalidad, aunque no le resultase fácil.
Sobre todo con Ross con la mirada clavada en ella, lo cual le estaba alterando el pulso.
Él alzó las cejas al reparar en su sofocada cara.
–Katy quiere ir al centro a comer una pizza. ¿Quieres venir con nosotros? –la invitó Ross.
La idea le parecía divina pero Ursula se obligó a decir que no. Había un momento para cada cosa. Katy acababa de pasar por una experiencia algo traumática y necesitaba tiempo para hablarlo con su padre. A solas.
–No puedo, Ross. Ni siquiera he deshecho aún las maletas.
–¿Estás segura?
–Sí –dijo ella armándose de firmeza.
Él la estudió unos instantes pensativamente y luego se volvió a su hija.
–Chiquitina, ¿quieres…?
–Sí, papá –lo interrumpió ella en el tono de alguien que se sabía bien su guión–. Voy a subir a lavarme la cara y cambiarme.
Ross esperó a que Katy estuviera arriba en su habitación antes de acercarse a Ursula y quedarse contemplándola unos instantes más.
–Jane ha estado aquí –dijo él repentinamente.
–Sí. ¿Cómo lo sabes? –contestó ella con sorpresa.
–Por la gravilla del sendero. Parece que alguien ha corrido por ella. O puede que por que me mintió sobre la hora en que iba a dejar a Katy en casa de Sophie Jo. Pero sobre todo por la expresión de tu cara cuando hemos entrado –contestó él en voz baja–. ¿Qué te ha dicho, Ursula?
–Nada.
–No pienso moverme de aquí hasta que me lo hayas dicho –insistió él.
¿Y qué más daba decirlo? ¿A quién estaba protegiendo con no hacerlo?
–Nada que no fuese verdad –dijo tragando saliva–. ¡Ya sé que no soy nada más que una niñera mal pagada! ¡Sé que solo soy parte de vuestras vidas porque siempre se puede contar conmigo! Porque soy una aburrida y rolliza solterona a la que le sobra el tiempo y que nunca tiene nada mejor que hacer.
Él movía la cabeza de arriba abajo, como entendiéndolo al fin.
–¿Eso es lo que te ha dicho?
Ursula se alejó de él y se detuvo junto a la ventana. Estaba mirando al jardín pero sin verlo realmente.
–Más o menos –contestó girándose entonces para encararse con Ross–. De todas maneras es verdad, ¿no?
En la cara de Ross no apareció expresión alguna. Seguía con la serena y firme mirada clavada en la cara de ella.
–No me insultes, Ursula –dijo lentamente–. No sin darme la oportunidad de responderte. Y no te puedo responder aquí y ahora.
Que era precisamente la razón de que ella quisiera marcharse. Abrió la boca para hablar pero no supo qué decir.
Ross aguzó la vista y observó los caídos y tensos hombros de Ursula. Asintió brevemente con la cabeza.
–Está bien, Ursula –suspiró–. Ya veo que quieres irte a tu casa.