URSULA no volvió a saber nada de Ross hasta dos días después.
Se dijo a sí misma que tampoco se lo esperaba. Que él estaría demasiado ocupado con su hija. Que él ya sabía que ella estaría de vuelta en el trabajo a la semana siguiente y que, por lo tanto, en aquellos dos días no la llamaría.
Y se estaba engañando a sí misma.
Sí había esperado que él diese señales de vida. Claro que sí. Había muchas cosas que se habían dejado sin decir y debían ser dichas. Se había quedado con la sensación de que había asuntos pendientes entre ellos y con una sensación de futuro incierto. El comportamiento de Ross tanto antes como desde que fue a Irlanda la había desorientado y dejado perpleja, debatiéndose entre la esperanza y el desengaño.
Ursula pensó que podría enfrentarse a cualquier cosa que él le plantease. Ya había sufrido tantos golpes en la vida que tenía fe en su propia fuerza. Lo peor de todo era el no saber, porque su imaginación creaba todo tipo de situaciones en las que ella prefería ni pensar. Se sorprendió cuál sería la resolución que Ross y Jane adoptarían tras esta nueva crisis, aunque la lógica le decía que el matrimonio de ellos dos había terminado casi con seguridad.
Pero Ursula necesitaba hechos, no silencio. Igual que un pez que se ha quedado atrapado en aguas poco profundas necesitaba que lo liberasen. Y Ross era la única persona que podía hacerlo.
Y, ¿dónde se había metido?
A la segunda noche, cuando Ursula volvía a casa después de clase de francés, Ross había aparcado el coche a la puerta de su casa y estaba allí esperándola como un detective privado de película.
Ursula reconoció el coche al doblar la esquina y, para cuando llegó a su altura, el corazón parecía estar latiéndole en los oídos. No supo si fingir que no había reparado en él o si acercarse a la ventanilla y saludarlo con un aire desenvuelto e indiferente.
Pero al final no tuvo ocasión de hacer ninguna de las dos cosas. Debía de haberla visto por el espejo retrovisor, porque para cuando ella llegó hasta el coche él ya había salido de él y estaba apoyando en el capó con una inusual chispa en los oscuros ojos. Algo que vio en su rostro la desorientó y la excitó y su corazón comenzó a latir aún más fuerte.
–¿Dónde te has estado escondiendo los últimos dos días, Ross?
Sus negros ojos la estudiaron reflexivamente.
–¿Te importa que te conteste cuando estemos dentro? No creo que sea el tipo de conversación que se puede tener a la puerta de casa.
–Si no tengo elección…
Aquel comentario provocó una amarga sonrisa.
–Todo el mundo tiene elección, Ursula. Ahora mismo podrías entrar en tu casa, decirme que no quieres volver a verme nunca más y cerrarme la puerta en las narices y yo no intentaría disuadirte –dijo él antes de hacer una estudiada pausa–. Al menos si pensase que lo dices en serio.
Pero él la conocía demasiado bien, claro. Tanto como para saber que a ella jamás se le ocurriría cerrarle la puerta así a nadie. Y mucho menos a él.
Y aquel brillo de sus ojos empezaba a hacerla sentirse agitada.
–¿Dónde está Katy?
–Oliver ha accedido a quedarse con ella.
–¿Oliver, has dicho? ¿Don Organizado? ¿Desde cuando se dedica tu socio a cuidar niños?
–Desde que le dije que tenía algo que hacer urgentemente. ¿Dónde estabas? –dijo él sin sonreír.
Metió la mano en el bolso y sacó las llaves.
–He salido –replicó sucintamente.
–Eso ya lo sé –dijo él–. Llevo toda la tarde llamándote.
Algo muy parecido al enfado empezó a cobrar vida en el interior de Ursula.
–¿No me digas? –dijo en fingido tono de preocupación mientras metía la llave en la cerradura–. ¡Debe de haberte resultado aburridísimo!
–¿Dónde has estado? –insistió él entrando en el piso tras ella.
–He ido a clase de francés.
–Ah –dijo él mirándola a los ojos y con la boca torcida–, ¿todavía sigue detrás de ti el portero ese?
–No. Se va a casar con una argelina y a vivir a Marsella.
–Mala suerte.
Ella lo encaró.
–¡No me vengas con sarcasmos, Ross Sheridan! –le advirtió ella–. Hoy ni lo intentes. No estoy de humor.
–¿No? –preguntó él en voz baja–. ¿Y entonces para qué estás de humor, Ursula?
–¡Para la verdad! –lo desafió ella.
–Ah, la verdad… –repitió él con una leve sonrisa–. Es un tema vasto y complejo. ¿Por dónde quieres que empiece?
–¿Qué tal si empiezas donde lo dejaste el otro día? –sugirió ella–. Cuando Katy desapareció.
Cuando la conversación empezaba a ponerse interesante, tal y como él había dicho.
–Sí –dijo él pensativamente acercándose a la puerta del patio.
Se quedó allí un momento, completamente quieto, contemplando las estrellas que comenzaban a adornar el cielo color índigo. Cuando se volvió su expresión había cambiado y en su rostro solo se veía serenidad. Como si hubiese tomado ya una decisión sobre algo.
Regresó hasta donde estaba Ursula y se detuvo frente a ella.
–Sabes, solo ha pasado una semana desde que te besé, Ursula –dijo lentamente–. Y creo que jamás un beso me ha hechizado así. Llevo una semana casi sin dormir.
–¡No tienes por qué decirme eso para hacer que me sienta mejor!
Él continuó como si no lo hubiese oído.
–Me sentía culpable por dejar que ocurriese y me arrepentía de haberme detenido. Y cuando te fuiste a la boda de tu hermana no hacía más que preguntarme por qué demonios no había ido contigo.
A Ursula se le abrieron los ojos de sorpresa y satisfacción.
–¿En serio? –le preguntó–. ¿De verdad?
–Claro que sí. También me pasé los siguientes cuatro días torturándome pensando en lo que podría pasarte mientras estabas allí.
–¿Como qué? ¿Que me atropellase un tractor?
–No, que te enamorases de alguien –dijo él casi con indignación–. La gente hace cosas tontas en las bodas; se enamora. ¿Qué pasa si Ursula conoce a un irlandés guapísimo que anda buscando a una mujer con el corazón de oro y la piel de seda? Alguien que sabe reconocer un tesoro cuando lo ve y que se enamora de ella locamente… ¿Y si Ursula se enamora también de él?
–Bueno, pues no pasó –dijo ella con la voz apagada.
Él se permitió una pequeña sonrisa.
–No, ya lo sé. Al menos esta vez. Pero esto me ha hecho pensar en si estaba dispuesto a arriesgarme que eso ocurriera. Y no lo estaba. Decidí que ya era hora de tomar una decisión, por el bien de todos –relató él mientras miraba una foto de Amber vestida de novia–. ¿Te acuerdas que te conté que Katy parecía inquieta?
Ursula asintió tratando al mismo tiempo de asfixiar la esperanza que le nacía en el corazón.
–Bueno, mientras estabas fuera hablé con Katy y le dije que estaba pensando en pedirle el divorcio a su madre y le pregunté qué opinaba ella.
Ursula sintió una opresión en la garganta.
–¿Y?
–Me dio una sorpresa al contestar que por qué había tardado tanto –repuso él con una triste sonrisa.
–¿No le importó?
–En parte sí –admitió él–. A una parte de su ser le gustaría que todos los padres y madres del mundo vivieran felices y juntos hasta el fin de sus días. Pero sabe que eso no es lo que va a pasar. También me dijo que no me va a dejar casarme con nadie que ella no apruebe.
Hizo una pausa como si esperase un comentario de Ursula pero, como este no se produjo, continuó.
–Así es que llamé a Jane a Australia enseguida y le dije que quizá deberíamos empezar a atar los cabos sueltos y comenzar el proceso de divorcio. Decidimos que sería un divorcio rápido, de común acuerdo. Ella no tenía absolutamente ningún problema con nada. Pero entonces es cuando Katy debió de mandar el fax…
–¿El que decía que estabas enamorado de mí? –preguntó Ursula sonrojándose exageradamente–. Jane me lo contó –añadió mirándolo a los ojos–. ¿Qué más decía?
Él se encogió de hombros. Parecía estar reflexionando.
–Katy lo escribió con toda la inocencia de una niña. Le decía a su madre que se alegraba de que yo hubiese encontrado a alguien que me quería y a quien yo quería. Y que me haces muy feliz –añadió él haciendo una pausa–. Cosa que es verdad. Me haces y feliz. Siempre ha sido así.
Pero sus palabras la turbaron. Eran demasiado parecidas a sus fantasías y Ursula ya sabía lo suficiente de la vida para saber que los sueños de ese tipo no se hacían realidad. Trató de concentrarse en los hechos y no en los deseos y su boca comenzó a temblar.
–No sé por qué, por qué lo mandaría Katy…
–¿No lo sabes, Ursula? –preguntó él con ternura–. ¿Lo dices de verdad?
–No debería haberlo hecho –insistió ella obstinadamente.
–Es posible –admitió él con un candor que hizo que el desencanto entrase en el corazón de Ursula–. Pero lo hizo. Y Jane no pudo soportar la idea de que hubiese otra mujer en mi vida. Por eso tomó el avión y vino a Inglaterra.
Ursula arrugó el ceño.
–¿Para evitarlo?
–Para intentarlo.
La risa de Ursula sonó algo histérica.
–¿Aunque no hubiese nada a qué poner fin?
–¿Es que acaso no lo había?
–¡Claro que no! Nosotros no hemos hecho nada de lo que avergonzarnos.
–Puede que no, pero yo he tenido unos pensamientos un tanto pecaminosos –admitió él con un brillo risueño en los ojos–. ¿Tú no?
Ella no pensaba responder hasta que él hubiera contestado a un par de preguntas suyas.
–¿Qué… tipo de pensamientos?
–Pensamientos sobre todas las cosas que me apetecía hacerte…
Él dejó perderse su voz sugerentemente y sus ojos atraparon la mirada de Ursula de tal modo que no hubiera podido apartarla aunque hubiera querido.
Y, además, no quería.
Algo en el ambiente cambió y la tensión que había ido creciendo poco a poco estaba ya a punto de desbordarlos. Ursula sintió que el vello de los brazos se le erizaba. Algo estaba a punto de pasar entre ellos y ella sabía que debía recibirlo con los brazos abiertos. Porque era un caso de ahora o nunca…
Instintivamente entrecerró los ojos y le lanzó una mirada que jamás había usado antes. Era una mirada de provocación total.
–¿Qué tipo de cosas? –preguntó casi sin aliento.
Él sonrió y sus ojos se oscurecieron en respuesta a la tácita invitación que le hacían los de Ursula.
–Pues esto, para empezar…
La tomó en sus brazos con una desenvoltura que podría haberse tomado por arrogancia pero ella leyó la ternura en su mirada. Y eso fue lo que hizo decidirse a Ursula. Porque la ternura no se puede fingir. La ternura era real.
–Esa es la razón de que haya mantenido la distancia en los dos últimos días –le explicó él–. He estado hablando con mis abogados, que han estado hablando con los abogados de Jane. Les he dado instrucciones de que empiecen las gestiones para divorciarme hoy –dijo recorriéndole la comisura de los labios con la yema del dedo–. Quería hacer las cosas en el orden debido, Ursula. Y quería que tú supieses exactamente en qué situación estabas.
–¿Y cuál es esa situación? –se atrevió a preguntar ella.
–Conmigo –dijo él simplemente–. A mi lado. Eso es todo.
A su lado. El lugar dónde siempre había deseado estar. Y tenía que ser verdad, porque Ross jamás decía nada que no sintiese. Ella apoyó las manos en la sólida pared de su pecho como si quisiera asegurarse de que existía de verdad. Y sí, existía de verdad.
–¡Ross! –exclamó con la voz entrecortada–. Ross…
–Creo que lo mejor que puedo hacer ahora mismo es besarte –murmuró él–. ¿No crees?
–S… sí, claro.
Él bajó el rostro para reclamarla como suya con un lento beso que era un sello de auténtica posesión. El mundo se disolvió hasta que no quedó otra realidad que no fuese Ross. Ross tocándola, explorándola. Sus labios sobre su boca, su cara y su cuello, como si no pudiese cansarse de besarla. Y Ursula lo besó también, y le mordisqueó el lóbulo y su lengua jugueteó con las yemas de sus dedos. Igual que él estaba haciendo con ella.
Él la besó hasta que ella estuvo rendida y sin respiración. Recorrió los costados de su cuerpo con las manos como un escultor que estuviera modelando barro y sus dedos se deleitaban en sus curvas con un obvio placer.
–¿Te gusta? –susurró él.
–Más que eso. Estoy en la gloria –suspiró ella–. No puedo parar de pensar que me voy a despertar en cualquier momento.
Él la estrechó aún más fuerte entre sus brazos. Sus cuerpos se fundieron tanto que era natural que sus caderas se acomodasen en el duro hueco de su cuerpo. Él dejó escapar una risita al notar que ella temblaba.
–¿Estás asustada?
–Petrificada –admitió ella con sinceridad–. Pero es un sentimiento maravilloso, imposible de describir…
–No tienes que explicarlo, amor, yo también siento lo mismo –dijo él tomando su cara entre las manos–. Ursula. Mi dulce y bella Ursula. No se qué es mejor: tocarte o saborearte.
Ella tampoco lo sabía pero por suerte él era bien capaz de hacer las dos cosas al mismo tiempo. Sus párpados se cerraron y echó la cabeza hacia atrás cuando él empezó a cubrirle el cuello de pequeños besos. Y de repente el pánico la invadió.
Había esperado veintiocho años a aquel momento y quería hacer las cosas bien. No iba a pensar en Jane o compararse con ninguna otra de las muchas mujeres con las que él debía de haber estado antes de casarse. Pero tampoco le gustaba la idea de ellos dos arrebujados torpemente en el sofá como dos adolescentes.
–Ross…
–Dime, cariño –contestó él tras un momento.
–Aquí no.
Él lo comprendió al instante. Una sonrisa le afloró a los labios y, súbitamente, se agachó para levantarla del suelo en sus brazos.
–¿Dónde está el dormitorio?
–¡Ross! Por Dios, déjame en el suelo.
–¡No!
–¡Te vas a romper la espalda!
–Soy más fuerte de lo que tú te crees, cariño –se jactó él.
Él había descubierto por un proceso de eliminación cuál era la puerta del dormitorio.
–Me están dando ganas de tirar la puerta abajo de una patada como hacen en las películas de vaqueros –murmuró él.
–¿Y por qué no lo haces?
–Ahora sé que te tengo en mi poder, Ursula. ¡Si no jamás se te hubiera ocurrido algo tan poco sensato como eso!
Él la abrió en vez de tirarla y sus ojos se abrieron como platos al ver la cama, que estaba avergonzantemente cubierta de animales de peluche.
–¿Tienes una cama individual? –murmuró–. ¡Vaya!
–¿Crees que no vamos a caber? –preguntó ella ansiosamente.
Los ojos de él lanzaron chispas.
–No te preocupes por eso, cariño. Te aseguro que sí vamos a caber.
Él apartó con cuidado todos los animales de peluche. Ursula se sonrojó cuando él la dejó en el suelo y la tomó por la barbilla con dos dedos de modo que no pudiese escapar a su ardiente y comprensiva mirada.
–¿Todavía tienes miedo? –le preguntó.
¿Cómo iba a tenerlo con aquel hombre?
–No, ya no.
–¿Qué ha hecho que pierdas el miedo?
–Tú –contestó ella llanamente.
–Quiero hacer que esto sea maravilloso para ti, Ursula.
–¡Y así va a ser! –dijo ella, algo sorprendida.
–¿Te das cuenta de que hemos hecho casi todo tipo de cosas juntos? Hemos trabajado juntos, hemos ido juntos de vacaciones, casi hemos vivido juntos y hemos cuidado de una niña juntos. De hecho hemos hecho todo lo que una pareja hace, menos hacer el amor. Pero eso está a punto de cambiar –dijo él con una sonrisa y en un tono que a ella la hizo estremecerse–. ¿Quieres hacer el amor conmigo, Ursula?
–¡Sí, por favor! –dijo ella al instante.
Él rio y volvió a besarla. Ella vibraba de emoción mientras él le desabrochaba el vestido, conteniendo la respiración cuando él lo hizo caer de sus hombros. Gracias a Dios la boda de su hermana la había animado a comprarse algo de ropa interior nueva. Las hermosas prendas le habían dado una nueva seguridad en sí misma en lo que a su figura concernía. En aquel momento llevaba un conjunto en seda azul oscuro.
Pero aún así… Al fin y al cabo jamás había estado tan desnuda ante un hombre. Trató de cerrar los ojos por la vergüenza pero él no la dejó.
–Mírame, Ursula –le pidió–. Vamos, mírame.
Hechizada por su voz ella hizo lo que él le pedía, insoportablemente excitada por la forma en que la contemplaba.
–Eres una mujer preciosa, ¿sabes? Deliciosa como un melocotón maduro –dijo mientras le acariciaba la parte del seno que le sobresalía del sostén–. Con algo de albaricoque –dijo él suspirando–, y el más puro oro.
Se quitó la camiseta y la dejó caer al suelo. A esta le siguió el cinturón y estaba justo terminando con los vaqueros cuando una veloz mirada al rostro de Ursula hizo que la comprensión se hiciera presente en sus ojos.
–No te preocupes por ser tan tímida –susurró él llevándola a la cama y extendiendo el edredón sobre ambos–. Los hombres lo encuentran muy atrayente.
–¿Ah, sí?
–Sí, mucho.
–¿Y qué otras cosas encuentran tentadoras?
–Esto –contestó él agachando la cabeza para tomar un pezón en su boca a través del tejido de su sostén azul.
–Ahhh… –gimió ella.
El tiempo que él tardó en quitarle la ropa interior pareció una eternidad y, para cuando hubo terminado, Ursula tenía la impresión de que no había un solo centímetro de su piel que él no hubiese recorrido. Y aunque ella era una completa novata él le decía constantemente cosas hermosas que le daban valor para explorarlo a él.
Ella paseó las manos por los contornos de su cuerpo, descubriendo la firmeza de su trasero y la larga curva de su columna vertebral. Y enredó los dedos en el áspero vello que le cubría el pecho, acurrucándose su suave cuerpo junto a los firmes músculos de él.
–Amor mío… –gimió él para detenerla después agarrándola por las muñecas con cierta urgencia.
Ross le dio tiempo para que se acostumbrase al peso de su cuerpo. Ella se sentía segura bajo él, y sus miembros se relajaron para acogerlo y darle la bienvenida. Sintió la insistente llamada del deseo con su melosa humedad y se abrió a él y su cuerpo aprendió instintivamente todo lo que él le enseñaba.
Y cuando sucedió fue tan fácil… Tan natural como respirar, aparte de una brevísima punzada que la recordó que todo era nuevo para ella.
Pero se sentía tan bien… Tan increíblemente bien. Como si hubiera nacido simplemente para poder hacer aquello con Ross.
Y aquello otro…
Y…
Ursula cerró los ojos a medida que las sensaciones iban apoderándose de ella. Todo lo que él le hizo lo hizo con la actitud de un explorador, de un descubridor. Sus dedos se deslizaban, fascinados, por los rincones secretos del cuerpo de Ursula como si para él también fuese la primera vez. Y aquella actitud la hizo relajarse aún más de manera que, cuando su cuerpo al fin comenzó a estremecerse con una serie de pequeños espasmos la sorpresa fue total.
Y para Ross también.
Porque más tarde, bastante más tarde, cuando los dos yacían abrazados y él le acariciaba el sedoso y negro cabello que se extendía por la cama Ross comentó:
–Eso no le ocurre normalmente a una mujer, sabes. No la primera vez, en cualquier caso.
–¿No?
–No.
Ursula se acercó aún más a él y bostezó.
–Ross…
–Sí –contestó él, somnoliento–. La respuesta es sí.
–¡Pero si no sabes lo que te iba a preguntar! –protestó ella.
–Sí lo sé. Ibas a preguntarme si lo has hecho bien, o algo así.
A ella se le abrieron los ojos como platos.
–¿Es que puedes leer el pensamiento o qué?
–No –dijo él con una perezosa sonrisa de satisfacción en la cara–. Es solo instinto. Cuando estoy contigo confío en mi instinto.
Se acostó sobre un costado y dejó que sus ojos vagasen por el rostro aún encendido de Ursula. Le apartó un húmedo mechón de pelo de la frente.
–¿Por qué no habías hecho esto nunca?
Ella sintió que la última de sus barreras caía.
–Por muchas razones –le contó lentamente mientras jugueteaba con su ombligo–. Los hombres me asustaban. Sabía tan poco de ellos… Había crecido en una casa en que solo había mujeres, mi padre murió demasiado pronto –dijo con la voz perdiéndose al acordarse–. Y todos los demás hombres del barrio en que crecí parecían pensar que las mujeres solo servían para una cosa.
Aquel había sido el principio de su aumento de peso, comprendió ahora. Un cuerpo poco atractivo la había protegido, había conseguido que los muchachos de ansiosos ojos la dejasen en paz.
–Más tarde ya estaba demasiado ocupada tratando de ser independiente –explicó encogiéndose de hombros, cosa que Ross aprovechó para besarle ambos–. Nunca tuve en realidad tiempo para dedicárselo a los hombres. Hubo alguien, pero yo era muy joven…
No se había vuelto a acordar de Martin Doyle en mucho tiempo.
–Entonces a él le hicieron una oferta de trabajo en Estados Unidos. Y, bueno, yo no podía ir…
–¿Por tu madre? –adivinó él.
Ella asintió.
–Y por Amber. Ella todavía estaba en el colegio y no hubiera podido seguir yendo y ocuparse de mi madre. No podía dejarlas pero de ninguna manera podía llevarlas conmigo. Y tampoco hubiera sido justo hacerle cargar a Martin con mi familia cuando era tan joven.
–¿Pero él y tú nunca…?
Ursula rio al ver el gesto en su cara.
–A veces puedes ser bastante delicado, ¿no, Ross? No, nunca… ¡Jamás! Amber y yo habíamos conocido demasiadas chicas cuyas vidas se habían ido al traste por no pensar en las consecuencias de acostarse con alguien. Si quieres que te diga la verdad, me aterrorizaba.
–Pues hoy no te has comportado como si estuvieras aterrorizada –dijo él con una voz aterciopelada.
–Esto es diferente.
Tenía la sensación de que había llevado toda la vida esperando a que ocurriese lo que había pasado aquella noche y se preguntó si él lo sabía.
–¿Ross?
–¿Mmm?
–¿Cuál era ese… acuerdo que tenías con Jane?
El esbozó una sonrisa extraña.
–¿De verdad quieres hablar de eso ahora?
–No es que me apetezca, pero si no…
–Empiezas a imaginarte cosas peores.
–Eso es.
Él le recorrió con un reflexivo dedo la curva de la cintura y Ursula se revolvió.
–¿Te gusta esto?
–¡No, nada!
Él rio y entonces lanzó un suspiro. Aquella era una historia que no le gustaba contar.
–Cuando quedó claro que nuestro matrimonio estaba acabado, ninguno de los dos quería renunciar a Katy. Jane pensó que, al ser el hombre, yo debería ser el que se fuese de la casa familiar pero yo no estaba dispuesto. Sabía que si Jane obtenía la custodia la educación de Katy quedaría casi totalmente en manos de au pairs –explicó con un gesto duro–. Y yo no iba a dejar que eso pasase.
–O sea que llegasteis a un acuerdo.
–Lo intentamos. Los tres vivíamos en la misma casa y Jane y yo nos comportábamos civilizadamente el uno con el otro por el bien de Katy. Eso era todo. Hicimos lo que pudimos dadas las circunstancias: creo que ahora se le llama copaternidad. Pero en realidad no va bien. Si la relación entre una pareja es tan amigable, no veo por qué tienen que llevar vidas separadas.
Ross se detuvo, tomó un pesado mechón de negro cabello y se lo enrolló entre los dedos posesivamente.
–Nuestro acuerdo era que si alguno de los dos conocía a otra persona en la que estuviera interesado llevaríamos la situación de una manera adulta. Hablaríamos y contemplaríamos las opciones, en vez de desaparecer de repente y sin avisar.
Él aún no había respondido a la pregunta que ella temía pero aún así debía formular.
–Y, ¿era un matrimonio…. real?
–¿Te refieres a si aún había sexo?
Ursula se sonrojó.
–Bueno, sí.
–No. No nos acostábamos.
–¿Te puedo preguntar desde cuándo? –se oyó la voz de Ursula muy bajito.
Hubo una pausa.
–Desde hace cinco años –dijo Ross–. ¿Te cuesta creerlo, cielo? –añadió al ver la expresión de incredulidad en el rostro de ella.
–Sé que no me mentirías, Ross.
–Gracias.
–Pero…
–Crees que es imposible que un hombre viva sin el sexo tanto tiempo.
–Sí… ¡Eso es!
–Sin embargo tú te las has arreglado para hacerlo. Llevabas una vida satisfactoria, estabas ocupada y el sexo no tenía ningún papel en tu vida, ¿no? De hecho, tú nunca te has acostado con nadie en veintiocho años. Hasta ahora, claro… –murmuró él mirándola de un modo que la hizo estremecerse de placer.
–¡Eso es distinto!
Él negó con la cabeza.
–No, en realidad no. Los hombres podemos canalizar las energías hacia otras cosas, igual que las mujeres. Yo tenía mi hija y mi trabajo en que centrarme. Créeme cuando te digo que jamás tuve aventurillas para aliviar la frustración sexual. ¡Y sigues poniéndote roja! –se burló él.
–¿Te sorprende?
–Contigo me sorprendo constantemente –admitió él.
Ella estuvo tentada de, simplemente, deleitarse con su sonrisa. Pero también quería saber la historia completa.
–Así es que llevabais vidas separadas.
–Prácticamente.
–Pero no era una vida que te gustase.
–No, la verdad es que no –dijo él moviendo la cabeza–. Pero, como te he dicho, ese era el trato. Y las vidas de mucha gente se basan en un trato.
–¿Cuánto tiempo estabas dispuesto a vivir así?
–Hasta que Katy fuese lo suficientemente mayor para decidir con cuál de los dos quería vivir. Ese momento se acercaba cuando Jane fue a enamorarse de Julian. Lo vi venir todo. Creo que lo vi venir antes que Jane.
–¿Y no te importó? –preguntó Ursula con curiosidad.
–Desde un punto de vista sentimental, no. La gente que defiende su territorio porque sí no me inspira ningún respeto. El que yo no estuviera enamorado de Jane no significaba que la quisiera condenar a una vida sin amor. De hecho, tras la sorpresa inicial, me alegré de que se fuese. Por ella. Y mi vida se planteaba también más sencilla.
Hizo una pausa y le dirigió a Ursula una tierna mirada.
–Especialmente con tu ayuda. Aunque también entendía que la desaparición de Jane podía dar al traste con todos mis planes. Sobre todo si decidía luchar por la custodia de Katy.
–¿Pero sin esa crisis y, teniendo la opción, estás convencido de que Katy hubiera preferido vivir contigo en vez de Jane?
–Sí, y no por arrogancia. Las cosas como son: Jane podía ser divertidísima, pero era inestable. Yo siempre fui, de los dos, el que se ocupó de los aspectos prácticos y mi relación con Katy era más estrecha que la de ellas dos. Pero la huida de Jane podría haberlo arruinado todo.
–¿Por qué? –preguntó Ursula con los ojos clavados en él.
La voz de Ross tenía un inconfundible tono de rabia.
–Porque, incluso en estos avanzados tiempos, la madre a menudo gana la batalla por la custodia simplemente por ser la madre. Por eso decidí esperar sin hacer nada, porque cuanto más se alargase esta situación, y cuanto más acostumbrada estuviera Katy a ella… Bueno, los tribunales tienden a fallar a favor de la estabilidad. Si Katy era feliz conmigo hubiera parecido absurdo el arrancarla de su ambiente y enviarla a vivir con su madre a Australia, ¿no? Sobre todo si ella no quería ir.
Ursula asintió.
–O sea, que cuanto más tiempo hiciese que Jane se había ido, mejor.
–Exactamente.
Ella se quedó reflexionando sobre todo lo que él le había contado. Y sobre lo que no le había contado…
–Es decir que, en todos esos años, ¿nunca tuviste una amante?
–No hasta ahora –contestó él en un tono suave.
El corazón de Ursula iba a la carrera pero aún tenía que confesarle a Ross sus más profundos temores porque, si los ocultaba en su interior, florecerían.
–Me podrías contestar a una pregunta más, ¿Ross?
Él sonrió.
–Dime, corazón. Pregúntame lo que quieras y yo te contaré la verdad.
Ella le creía cuando decía aquello. Debía de ser la mujer más tonta del mundo, pero jamás dudaba de la palabra de Ross. De su honradez y su integridad. Nunca.
–Si Katy no hubiera existido, ¿crees que nosotros dos habríamos acabado en la cama igualmente?
A él pareció sorprenderle la pregunta.
–¡Si Katy no hubiera existido creo que esto habría pasado mucho antes! Porque mi matrimonio hubiera terminado hace años –le explicó recorriéndole la nariz con la yema del dedo–. Eso no es lo que pensaba que me ibas a preguntar. Creía que me ibas a preguntar si te quiero.
–¡No! –exclamó ella negando con la cabeza–. Eso es algo que no se tiene que preguntar nunca. Es algo que el otro debe decir libremente –anunció orgullosamente.
–Porque sí te quiero, ¿sabes?
Ella quedó con la vista fija en él, resistiéndose a creer a sus oídos por si lo que había creído escuchar resultaba ser una terrible equivocación.
Él debió de imaginarlo porque lo dijo de nuevo.
–Te quiero, Ursula O’Neil. Más de lo que te puedes imaginar. Y me voy a dar el gran placer de demostrártelo.
–¿Por qué yo, Ross? ¿Qué tengo de especial?
–Bueno, me gusta pasar el tiempo contigo –contestó él casi riendo–. Esa es la razón principal. Eres mi mejor amiga y te lo puedo contar todo. Y, como mujer, me vuelves loco…
–¡No puede ser!
–¿Qué te apuestas a que es verdad? –murmuró él comenzando a acariciarle el abdomen de un modo que debería ser relajante pero que tuvo exactamente el efecto opuesto en Ursula.
–A lo largo de todos estos años te has ido metiendo en mi corazón, me has invadido el alma y te has quedado a vivir ahí, señorita O’Neil. Y la única diferencia que Katy ha supuesto para esta relación es que me ha permitido ver el amor y la comprensión que eres capaz de darle a una confusa niña. Tú le abriste el corazón cuando más lo necesitaba y por eso ella también te quiere –dijo antes de hacer una pausa y Ursula percibió la emoción que pesaba en su voz–. Gracias, amor mío.
–Ha sido un placer –repuso ella acariciándole la mejilla–. Te quiero más de lo que soy capaz de explicar con palabras.
Él comenzó a besarla de nuevo. Eran besos dulces y ardientes, tan llenos de lealtad como de pasión. Besos que marcaban su unión, el lazo que existía entre ellos.
–¿A qué hora espera Oliver que vuelvas? –le preguntó Ursula casi sin aliento.
–A medianoche –contestó él con un gesto de desgana–. Pero también puedes venir conmigo a casa…
A Ursula le tentó mucho la idea pero la rechazó.
–Es demasiado pronto. Puede que parezca que Katy no tiene ningún problema con lo nuestro, pero creo que deberíamos darle tiempo para acostumbrarse. Prefiero no decirle nada hasta que esté preparada.
Se las arreglaron para mantener la relación en secreto durante un mes, hasta que un día Katy volvió temprano de sus clases de baile y los encontró en la cocina abrazados.
–¡Estupendo! –dijo con alegría– ¿Voy a ser dama de honor?