SE OYÓ un «clic» al establecerse la conexión.
–¿Sí?
Ursula hizo una pausa antes de preguntar:
–¿Eres tú, Amber?
–¡Claro que soy yo! Ya deberías ir conociendo mi voz, soy tu hermana…
–Es que tenías la voz, no sé, rara.
Amber dejó escapar un profundo suspiro.
–Es que estoy harta. Finn está otra vez trabajando a todas horas. ¿Y tú qué tal estás?
–Bueno, bien –dijo una dubitativa Ursula–. Ross me ha invitado a una fiesta en su casa el sábado.
–Vaya, vaya… ¿Y su mujer qué opina de eso?
Ursula contó hasta diez para sí misma. Quería muchísimo a su hermana pero a veces le daban ganas de…
–No tengo ni idea –respondió fríamente–. Pero me imagino que ya se lo habrá consultado a ella antes de invitarme. Y preferiría que no sacases conclusiones, Amber. Yo no puedo competir con ella y además Jane me cae bien.
–Sí, sí, claro.
Ursula decidió que tenía que poner freno a las erróneas ideas de Amber sobre qué tipo de fiesta era aquella.
–Sí, me cae bien –insistió más por obligación que por convicción–. Por lo poco que la conozco. Y, de todas formas, la fiesta es por el cumpleaños de su hija Katy.
–Ah…
–¿Por qué lo dices con ese tono?
–Por nada. Me imagino que porque había pensado que te iba a llevar a alguna fantástica fiesta del mundo de la publicidad.
–Pues no es así. De todas formas, yo nunca voy a esas fiestas.
–O sea, que te han invitado a una fiesta de niños.
–En realidad es una cena, aunque temprano.
–Me impresionas…
–Amber, no seas tan irónica.
–No lo soy. Estoy siendo objetiva. Y protectora.
–¿Cómo que protectora?
–Me parece un tanto preocupante que esa… fiesta sea lo más interesante de tu vida social este mes.
–¡No lo es!
–A ver, ¿qué más has hecho este mes?
Incluso Ursula se espantó al oír la respuesta que le dio a su hermana.
–La semana pasada salí a cenar con mis compañeros de la clase de francés…
–¿Había algún hombre?
–¡Había muchos!
–Me refiero a hombres que merezcan la pena –añadió Amber con algo de brusquedad.
–Eso es algo tan subjetivo que no te podría contestar –le contestó una serena Ursula.
–Entonces, si todo te va tan bien, ¿para qué me llamas?
–Porque no tengo nada que ponerme –se quejó Ursula.
Hubo un corto silencio.
–No creas que quiero que me prestes algo –añadió Ursula enseguida al darse cuenta de que su hermana no sabía qué decir–. No creo que disfrutase mucho tratando de enfundarme una de tus minifaldas elásticas de la talla 38.
–Ya no uso la 38, sino la 40 –dijo Amber con una tristeza en la voz que sonaba a desastre nacional.
–¡Qué horror, querida! –se burló Ursula tras reprimirse para no decir lo primero que le había venido a la mente: que más quisiera ella usar una talla parecida al menos. Jamás había conseguido deshacerse de los kilos que ganó en la adolescencia–. Pero eso no me ayuda a decidir qué me pongo –terminó por decir Ursula.
–Ponte unos vaqueros –le aconsejó Amber–. Siempre te vendrán bien si hay niños en la fiesta.
–¡Vaqueros! Si me pongo unos vaqueros van a ir todos a sacar el traje de safari: parezco un hipopótamo en vaqueros.
–Pues no pienso seguir con la lista de sugerencias para que las rechaces una a una. ¿A ti que te gustaría ponerte?
La voz de Ursula se tornó extrañamente dubitativa y apocada.
–¿Crees que iría bien con aquellos pantalones color crema con la blusa a juego que me compré contigo? Aún no los he estrenado.
–Perfecto –dijo Amber enseguida–. El color te realza el negro del pelo y te alegra mucho la cara. Ah, y recógete el pelo un poco con las horquillas de madreperla que te regalé cuando cumpliste veintiún años.
–Muy bien.
–Otra cosa, Ursula.
–Dime…
–¡Pórtate bien!
Las palabras de Amber aún resonaban en la mente de Ursula cuando, el sábado por la tarde, se encontró ante la casa de Ross tratando de hacer acopio de valor para llamar a la puerta. ¡Que se portase bien, había dicho! No creía que la costase mucho seguir aquel consejo. Seguramente no habría en aquella fiesta ningún hombre del que Amber hubiera dicho que «merecía la pena». Y aunque los hubiera tampoco iban a perder un minuto fijándose en ella.
Tragó saliva deseando haberse tomado una copa antes de salir de casa.
Ni siquiera se había molestado en preguntarle a Ross cuánta gente más iba a ir o quiénes eran. Lo único que deseaba desesperadamente era que no todas las mujeres fuesen del tipo Jane.
Se miró los dedos de los pies que le asomaban de las sandalias de tiras, el calzado más veraniego que tenía y algo absolutamente necesario en una tarde tan calurosa. Aunque el sol ya estaba bastante bajo todavía pegaba fuerte.
Ursula se pasó el dorso de la mano por la frente para secarse el sudor disimuladamente. De repente se sintió observada y se le erizó el vello. Aguzó la vista y contempló la imponente casa de un estilo victoriano tardío.
¡Alguien la estaba observando, de hecho!
Vio una oscura figura bajo el arco de una de las ventanas del primer piso y supo, incluso a tanta distancia, que se trataba de Ross. Lo contempló detenidamente, segura en la distancia, y se le ocurrió pensar que su postura reflejaba la complejidad que yacía en su interior. Parecía relajado y alerta a un tiempo.
Observándolo todo. Esperando…
No había manera de que siguiese mirando para arriba sin parecer una completa idiota, o sea que se colocó bien el bolso, agarró con más fuerza el regalo de Katy y cruzó la calle. Subió entonces los escalones que conducían a la puerta principal y llamó.
Le abrió la misma Katy que parecía muy crecida para sus diez años. Llevaba una falda vaquera corta y una camiseta azul con brillos que parecía cara. Era alta para su edad y los zapatos de plataforma que calzaba la hacían parecerlo aún más.
Katy tenía los ojos castaño oscuro de su padre y el mismo color de cabello, aunque el de ella formaba tirabuzones y el de él se ondulaba apenas en la nuca. La esbeltez se la debía enteramente a su madre, igual que la respingona nariz y los bonitos labios rosas.
–¡Feliz cumpleaños, Katy! –le dijo una alegre Ursula tendiéndole el regalo–. ¡Me encanta tu camiseta!
–¡Ursula! –chilló–. ¡Eres la primera que llega! Me alegro tanto de que hayas venido… Fui yo quien le dijo a papá que te invitara.
Ursula trató de que su rostro no la delatase, pero no puedo evitar que el corazón le diese un vuelco. O sea, que había sido idea de Katy y no de él… Esperaba no desentonar demasiado del resto de los invitados.
–Yo también me alegro de estar aquí. Y me halaga mucho que me hayáis invitado –le dijo con sinceridad–. Últimamente no voy a demasiadas fiestas de cumpleaños.
–¿Por qué no?
Ursula se encogió de hombros.
–Porque los mayores solo suelen hacer fiestas cuando cumplen veintiún años o cuarenta.
–¡Qué aburrido!
–Sí, muy aburrido –confirmó Ursula en tono serio–. Venga, abre el regalo y dime si te gusta –añadió con ternura–. Si no te gusta podemos cambiarlo.
Katy no necesitó más. Inmediatamente se sentó en el suelo y rasgó el reluciente papel con toda la energía de una niña ilusionada.
Dentro había una caja de acuarelas, otra de lápices de colores y un grueso álbum de dibujo. Katy se quedó mirándolo todo.
–¿Te gusta? –le preguntó Ursula nerviosamente–. Pensé que, como se te da tan bien dibujar, igual que a tu padre…
–¡Me encanta! –dijo Katy muy convencida mirándola con los ojos chispeantes–. Me encanta de verdad.
Ursula sonrió de oreja a oreja.
–La tarjeta que me mandaste las navidades pasadas estaba tan bien hecha que la he guardado. Eso fue lo que me dio la idea de regalarte estas pinturas. Incluso había pensado en ponerle un marco para colgarla en la pared.
–¿En serio?
–Claro –asintió Ursula–. Tienes mucho talento como dibujante, Katy.
–¿Y papá también tiene talento?
–Desde luego. Tu padre es el mejor.
–Muchas gracias, Ursula –se oyó decir a una voz burlona.
Las dos miraron hacia lo alto de la escalera y vieron allí a Ross contemplándolas, lo cual le hizo preguntarse a Ursula cuánto tiempo llevaría allí.
–Me anima mucho oír ese halago, especialmente en boca de la mujer que siempre me está regañando por ser tan desordenado.
–Solo porque si no lo hiciera tus montañas de papeles no me dejarían ni llegar a mi mesa –dijo ella con soltura, aunque se le había acelerado el corazón.
Le resultaba extraño el estar viendo el ambiente en que él vivía. Su relación siempre había transcurrido dentro de la oficina y cuando salían a comer con un cliente en algún elegante restaurante seguían de hecho trabajando. Allí, sin nada que le recordase al trabajo, Ursula se sintió como pez fuera del agua.
Notó cómo se iba azorando, pero esperó que no se notase demasiado y se puso de nuevo en pie con tanta gracia como pudo.
–Tienes una casa impresionante, Ross.
¿Por qué la estaría mirando así, como si se acabaran de conocer? De repente se sintió insegura y se preguntó qué sería lo que él veía: ¿a su desarreglada ayudante o a una joven bastante presentable?
Los pantalones y la blusa de seda eran de color crema y Amber tenía razón: realzaban la negrura de su cabellera. El diseño era engañosamente simple y le marcaba las curvas suavemente. El tacto de la seda era, además, delicioso sobre la piel desnuda. Y aunque era un traje práctico también resultaba muy femenino. Era el tipo de ropa que jamás hubiera soñado con llevar a la oficina.
¿Sería por eso que los ojos de él parecían salirse de las órbitas?
–Hola, Ursula –dijo él–. Me gusta tu traje.
–Gracias… –sonrió ella algo indecisa.
–Es increíble –murmuró él–. Pareces otra vestida así.
–Pues tú pareces exactamente el mismo –repuso ella al tiempo que se preguntaba qué iban a hacer a partir de ese momento. ¿Y qué hacía Katy allí mirándolos tan tranquilamente? ¿Por qué no les interrumpía como hubiera hecho cualquier niño?
En la oficina Ursula podía esconder sus sentimientos bajo un exceso de actividad, pero allí no había nada tras lo que esconderse del impacto que Ross como hombre le producía. ¿Acaso él no era consciente de que era un hombre muy deseable?
–¿Dónde está Jane? –preguntó rápidamente.
–Mamá va a llegar tarde –replicó Katy en tono de disgusto–. Otra vez…
–Por desgracia Jane está enredadísima con un trabajo –dijo Ross.
–Está haciendo el vestuario para la gira de los Connection –le informó Katy tomándole la mano a Ursula tímidamente.
A Ursula se le abrieron los ojos como platos.
–¡Los Connection! ¡Vaya! Su último disco era impresionante.
–Pues no te dejes impresionar. Están todos obsesionados consigo mismos y además abusan de sustancias químicas.
–¡Katy! –exclamó un sorprendido Ross.
–¡Bueno, fuiste tú quien dijo eso de ellos, papá!
–No delante de ti –observó él severamente.
El sonido del timbre trajo la salvación y Katy resplandeció de alegría al ver a cinco de sus amigas del colegio a la puerta.
–¡Hemos venido todas en el coche de mi madre! –exclamó una de ellas–. ¡Y Polly te ha comprado la banda sonora de Mosqueteros!
–Gracias por estropearme la sorpresa –dijo Polly con un gesto.
–Bueno, no importa: ya soy demasiado mayor para sorpresas –dijo Katy dignamente–. Venga, vamos a la habitación de al lado a escucharla.
–¡Venga!
–¡Y Sally te ha comprado el vídeo de Mosqueteros!
–¡Qué bien!
Las niñas se alejaron gritando de emoción y Ursula se quedó sola en el recibidor con Ross, un espacio probablemente tan grande como la oficina que compartían pero que de repente parecía claustrofóbicamente pequeño.
–Parecen muy simpáticas –comentó ella deseando no parecer tan incómoda como se sentía–, las amigas de Katy.
–Sí.
Ella percibió la rapidísima mirada que él lanzó a su reloj de pulsera.
–¿Te puedo ayudar en algo, Ross?
Él esbozó una sonrisa ligeramente forzada.
–Claro que sí. Puedes venir conmigo a tomar algo al salón.
Ella movió la cabeza.
–No, me refería a si puedo ir haciendo los sándwiches o decorando los pasteles…
–Ya, ya sé lo que querías decir pero no, no quiero que hagas nada. Gracias de todas maneras –dijo con una sonrisa más natural esta vez–. Las fiestas de cumpleaños infantiles han cambiado mucho desde nuestros tiempos. Me temo que tu predicción de que no habría ni gelatina ni helados fue muy acertada. ¡Se lo sugerí a Katy e hizo un gesto como si fuese a vomitar! Y entonces me informó de que pedirían que les trajesen unas pizzas –dijo con un gran suspiro–. ¡Las fiestas infantiles ya no son lo que eran!
–No sabría decirte –contestó Ursula sin pensarlo–. Yo nunca tuve fiestas de cumpleaños de pequeña.
Él pareció no creerlo.
–¡Cómo! ¿Nunca?
–Nunca –dijo Ursula con la boca torcida–. ¿Tan terrible te parece?
–Pues bastante raro sí que es. ¿Por qué no?
–Bah, mejor que no te lo cuente.
–¡No me digas lo que es mejor o peor para mí! Y aquí no vas a poder escaparte, Ursula. Ya no estamos en la oficina.
–Ya lo sé.
Porque si hubieran estado en la oficina no estarían hablando así. Suave e íntimamente. Con todas las posesiones de Ross alrededor, contribuyendo a aquella incómoda sensación de familiaridad…
–¿Por qué no tuviste fiestas de cumpleaños?
Ursula lo miró con censura.
–Eres un hombre muy insistente.
–No tengo más remedio –dijo él contemplándola con atención–, porque nunca me quieres hablar de tu niñez.
–Ya que estamos, tú tampoco –repuso ella–. ¡Y pensaba que a la oficina íbamos a trabajar y no a someternos a sesiones de terapia profunda!
–Tuviste una niñez difícil, ¿no? –le interrogó él con delicadeza.
–A veces –se defendió ella, sin querer que la tuviese lástima–. Mi madre era viuda y se pasó la vida combinando trabajos para poder sacarnos adelante a Amber y a mí. Casi siempre estaba agotada y cada penique hacía falta en casa, o sea que las fiestas no entraban en nuestros planes. Pero a veces mamá nos hacía una tarta, poníamos unas velas y luego nos la comíamos toda entre las tres –dijo antes de hacer una larga pausa–. La última vez que hizo una tarta Amber tenía más o menos la edad de Katy.
–¿Qué paso entonces?
Ella le clavó la vista.
–¿Quieres que te lo cuente todo?
–¿No quieres contármelo?
Ursula dudó un instante.
–Cuando éramos adolescentes mi madre enfermó –dijo llanamente–. Estuvo enferma mucho tiempo. Murió el año pasado.
–Y tú la cuidaste, me imagino.
Ella lo miró con sorpresa y luego asintió.
–Sí, la atendí en casa casi hasta el día de su muerte.
–Ya veo –contestó él lentamente–. Eso explica muchas cosas.
–¿Ah, sí? –dijo ella mientras se llevaba la mano a una de las horquillas de madreperla para asegurarse de que seguía en su sitio–. ¿Qué cosas?
–Tu amabilidad. Tu madurez. Y otras cosas pero tienes razón: esto no es una sesión de terapia –sonrió él–. Vamos a tomar algo. Me parece que te está haciendo falta.
–Buena idea.
Pero la verdad es que sus preguntas no la habían incomodado. Casi había sido un alivio poder contarle todo aquello. A veces ocultamos las cosas más tristes y oscuras de nuestra vida y así las heridas jamás se cierran.
Lo siguió hasta uno de los salones. Era una habitación con ventanas de vidrio emplomado que le daban un aire antiguo, aire que el jardín que se veía a través de ellas contribuía a aumentar. La decoración era tan sencilla como la del recibidor donde acababan de estar: suelos de madera, alfombras y algunos muebles cuidadosamente elegidos que no iban a juego y le daban modernidad a la estancia.
Había una botella de champán ya abierta metida en hielo y Ross la señaló con la mano.
–Estoy preparado, como buen boy scout. ¿Te apetece una copa?
Ursula no era del tipo de personas que beben champán helado antes de que caiga el sol pero ¡tampoco le iba a pedir una cerveza!
–Sí, gracias –contestó ella.
Él sirvió dos copas y le pasó una a ella, que se acercó entonces a una puerta ventana para ver mejor el jardín. Era lo bastante grande como para requerir pasión y dedicación en su cuidado, pensó.
–¿Quién se ocupa del jardín? –le preguntó–. ¿Tú o Jane?
–No, Jane odia la jardinería –repuso él con una sonrisa–. A ella lo que le gustan son la flores ya cortadas y envueltas en un papel bonito de alguna floristería cara. ¡Le espantan el barro y los insectos!
–¿Y a ti? –dijo ella con curiosidad–. ¿También te espantan el barro y los insectos?
Él sonrió.
–Todo lo contrario: a mí me gusta sentir la tierra en las manos. Me da mucha satisfacción plantar algo y ver luego como echa raíz y crece. Mi excusa para no ocuparme de él y pagar a otra persona para que lo haga es que el poco tiempo libre que tengo prefiero pasarlo con mi hija.
Se había acercado casi imperceptiblemente a ella y a Ursula le llegó el leve aroma de su colonia, que, misteriosamente, parecía más embriagadora allí al aire libre de lo que le había parecido nunca en la oficina. Debía de haberse duchado poco tiempo antes de que ella llegase porque aún tenía el cabello algo húmedo.
Ursula se estremeció a pesar del calor del sol, que aún era mucho. Empezó a desear que llegase alguien más casi tanto como deseaba que nadie apareciese.
Bebió apresuradamente un sorbo de champán.
–Y, ¿va a venir alguien más a la fiesta?
–¿Quieres decir más niñas?
–No, quiero decir más adultos.
–Sólo Jane y quienquiera que sea que se le ocurra traer en el último momento, lo cual deja el campo bastante abierto.
Ella pasó por alto el cáustico tono de aquel comentario.
–¿Abuelos no?
–No. Mis padres murieron, igual que los tuyos. Y los de Jane están divorciados: a su padre no lo ve nunca y su madre vive en Australia.
–¿Y qué hay de los padrinos? –dijo al tiempo que reparaba en la tensión que se dibujaba en el rostro de él–. Lo siento, no quería entrometerme…
Él negó con la cabeza.
–No importa. Es normal que preguntes. La verdad es que no bautizamos a Katy. A Jane le horrorizan las religiones institucionalizadas –dijo deteniéndose para dar un sorbo de champán–. Evidentemente, tú no estás de acuerdo.
–Lo que yo opine importa poco –dijo ella con franqueza y sonriendo al alzar la copa–. Pero me honra mucho ser la única adulta invitada.
Se produjo un silencio.
–¿Y si te dijese que te he traído aquí con falsas excusas?
Ursula sintió que el corazón le latía tan fuerte que parecía golpearle las costillas cuando sus más locas fantasías se desmandaron.
–¿A qué te refieres? –consiguió decir.
–A que Jane a veces se sumerge demasiado en el trabajo, se lo toma muy en serio y se le pasa el tiempo sin darse cuenta. Ya sabes…
Ursula lo comprendió todo súbitamente.
–Y tú necesitabas a alguien con quien pudieses contar para recoger restos de pizza del suelo…
Alguien, es más, que no se hiciese falsas ilusiones. Porque habría habido docenas de mujeres encantadas de ponerse en el lugar de Jane por una tarde y ocuparse de una fiesta infantil.
–Alguien con las dotes de organización necesarias para coordinar un juego de estatuas musicales, más bien.
Ursula reprimió una sonrisa.
–Tengo la impresión de que las niñas de diez años encuentran este tipo de juegos demasiado infantiles.
–¿Tú crees?
–Sí.
Ross había palidecido.
–Entonces, ¿qué se te ocurre que hagamos con ellas en las próximas tres horas? No se me ocurrió contratar a un payaso o algo así…
Ella sonrió.
–¡No te asustes! Ahora mismo están escuchando un disco y, a esa edad, tienen la capacidad de escuchar el mismo varias horas seguidas. Después seguramente querrán ver el vídeo mientras se comen las pizzas. Y preferirán que los adultos nos mantengamos lo más alejados posible, la verdad es que son bastante fáciles de complacer.
–¿No serás una madre en secreto por casualidad, no? –se burló él–. ¿No tendrás una ristra de niños escondidos en casa?
–No.
Era una imagen que le resultaba poco creíble. Y no porque le costase imaginarse a sí misma en el papel de madre, sino porque tenía muchas dificultades al tratar de imaginarse quién sería el padre.
–Pero crié a mi hermana cuando mi madre enfermó –terminó por decir ella.
–Y ahora que Amber ha dejado el nido ya no tienes a nadie a quien cuidar –dijo él suavemente.
–¡No me hace falta estar cuidando siempre de alguien!
–Sí, sí te hace falta. Tú has nacido para cuidar a los demás, Ursula –dijo él dulcemente.
Y parecía estar a punto de añadir algo cuando oyeron el ruido de la llave en la cerradura y a continuación un murmullo de voces y risas apagadas.
Más silencio. Susurros. Más risas.
–Debe de ser Jane –dijo Ross con cierta brusquedad al tiempo que su mujer entraba en el salón seguida de cuatro hombres vestidos con cierta extravagancia.
Son músicos, pensó Ursula inmediatamente.
–Hola, cariño –dijo Jane con soltura y sonriendo al lanzarle un beso a Ross–. ¿Quién es? –dijo aguzando la vista para mirar a Ursula–. Ah, eres tú: la imprescindible ayudante. Hola, Ursula –dijo entonces con una leve inclinación de cabeza.
Jane era muy vistosa.
No era solo que fuese alta y delgada y tuviese una melena larga y rizada. O una sonrisa deslumbrante. Aunque no sonriese mucho… Al menos no las veces que Ursula la había visto. Pero su atractivo no residía solo en su cuerpo, tenía esa indefinible cualidad llamada estilo que no se podía comprar con dinero.
Ese día llevaba unos pantalones ajustados de terciopelo verde y un bolero a juego que apenas le cubría los pequeños pechos. Tenía el ombligo al descubierto y el abdomen lucía un bonito color tostado. Ursula se preguntó si a Ross no le importaría que su mujer anduviese por ahí vestida así, como una adolescente.
Volvió a mirar a los cuatro hombres cuyos largos cabellos y palidez mortal los delataban como estrellas del rock y, aunque no era mitómana apenas, se quedó sin respiración al reconocer a Julian Stringer, el cantante de Connection. Tenía los verdes ojos semicerrados mientras apuraba una botella de cerveza.
Ursula lo miró fascinada pensando en que tenía un desprecio total por lo convencional que solo la gente realmente famosa podía permitirse.
Él sintió que Ursula lo observaba y sus ojos se abrieron algo más. En aquel momento ella comprendió por qué mujeres de todo el mundo enloquecían cuando cantaba.
No es que fuese lo suficientemente alto para describirlo como una belleza convencional. Tenía las caderas de un adolescente y los hombros de un hombre y el cabello le caía, revuelto, alrededor de la cara y sobre los hombros. Pero poseía una especie de belleza salvaje con aquella piel demasiado blanca y aquellos ojos verdes y se podía percibir la pasión que se ocultaba en su interior. No le sorprendía que la gente se enamorase de él, pensó ella.
Julian se volvió hacia Jane.
–¿Quieres que toquemos algo para la niña, cielo? Tenemos los instrumentos ahí fuera en la camioneta.
–¿De verdad? ¡Fantástico! –dijo Jane mirando a Ross muy emocionada–. ¿Qué dices, Ross?
Ursula conocía a Ross lo suficiente como para saber cuando estaba enfadado. Y en ese momento estaba furioso.
–No me parece que sea el mejor momento para un concierto improvisado de los Connection –contestó él represivamente.
–¿Ah, sí? –dijo Julian Stringer mirándolo con mala cara como un niño pedante.
El año anterior habían llegado a lo más alto de las listas en Estados Unidos y no estaba acostumbrado a que rechazasen sus ofertas de tocar gratis.
–¿Me podrías decir entonces cuándo es buen momento, tío? –añadió Julian.
Jane le puso la mano en el hombro a Ross y Ursula notó cómo este se ponía más tenso.
–Ross –dijo Jane con suavidad–, es un gran honor que Julian y los chicos toquen para nosotros. ¡Piensa en la ilusión que le va a hacer a Katy! Será un cumpleaños que no olvidará jamás.
–Quieres decir que tú no lo olvidarás jamás –corrigió Ross antes de dejar escapar un cansado suspiro al ver a su mujer abrir la boca para objetar algo–. Muy bien. Pregúntale a Katy.
A Katy y sus amigas les hizo mucha ilusión y ni siquiera intentaron fingir que no estaban impresionadas.
–Julian –chillaron excitadísimas al verlo–, ¿puedes tocar Espacio en mi corazón?
La adulación era, evidentemente, lo que más le gustaba al cantante. Apartó los labios de otra botella, ya vacía, y sonrío por primera vez. Ursula se sorprendió pensando que si ella tuviese tanto dinero como él y una dentadura como esa se pagaría un buen ortodoncista tan pronto como pudiera.
–Claro, lo que quieras. ¿Chicos, os importa ir a por los instrumentos? –balbució entonces.
Pero el resto del grupo estaba ya muy ocupado abriendo botellas de champán. Estaban cansados por la gira y la falta de sueño y no tenían intención de hacer nada que no fuese emborracharse en aquella calurosísima tarde.
–Déjanos descansar, Julian. Hace demasiado calor, tío. ¿Por qué no cantas algo tú solo con la guitarra? –le sugirió el más moreno, que llevaba los hombros tatuados y un brillante engarzado en la lengua.
Era una pena, pensó Ursula al tiempo que Julian empezaba a cantar, que hubiera bebido tanto. A la voz le faltaba expresión y la letra de la canción casi no se entendía. Y hacia la mitad de la canción que tanto éxito había tenido se le olvidó la letra.
A sus pies tenía un círculo de niñas que lo miraban muy confusas.
–No se parece en nada al disco –susurró una.
Ursula no sabía de quién compadecerse más: de Katy, de Ross o de Julian Stringer.
–Creo que deberíamos llamar ya para pedir la pizza –sugirió Ross con impaciencia cuando la canción llegaba a su fin.
Jane lo atravesó con la mirada.
–No seas tan grosero, Ross. Me parece que Julian no ha terminado de tocar aún.
La expresión de Ross permaneció serena. Miró a las niñas y dijo:
–A ver, ¿qué preferís? ¿Pizza o más música?
Ellas se lanzaron unas a otras miradas de conspiración.
–¡Pizza! –gritaron al unísono.
Jane acercó la boca a la oreja de su marido. Habló muy bajito, pero Ursula la oyó de todas formas.
–¡Eres un malnacido! Jamás te perdonaré esto, Ross.
Katy también lo oyó. Y le temblaron los labios.
–¿Por qué no me enseñas lo que te han regalado los demás mientras esperamos a que llegue la pizza, Katy? –preguntó Ursula con alegría.
De repente, se moría de ganas de irse a casa.