Capítulo 3

 

 

 

 

 

TRAS la fiesta de Katy pasaron varios días antes de que Ursula volviese a ser la alegre chica que normalmente era. Las semillas del descontento habían caído en un suelo excepcionalmente fértil. Ursula se sorprendió a sí misma preguntándose por qué Jane Sheridan no se daba cuenta de lo afortunada que era al tener una preciosa hija y un estupendo marido, en vez de comportarse como una niña mimada.

Si por Jane hubiera sido, la fiesta se habría ido apagando como una bengala húmeda.

El desastroso solo de Julian había producido malas caras. Y no solo por parte de Jane, sino por la de Julian también. Ursula lo había oído quejarse de Ross, al cual acusaba de transmitirle las «malas vibraciones» que habían hecho que olvidase la letra de una canción que él mismo había escrito. Esto había llevado a todo tipo de cruces de malas miradas en el salón.

–¡Es culpa tuya! –acusó Jane a Ross–. ¡Has arruinado el flujo creativo de Julian! Lo que te pasa es que no puedes soportar que otra persona sea el centro de atención.

–¿Otra persona que no sea Katy? –preguntó él con serenidad–. ¿En el día de su cumpleaños?

Ursula miró de reojo a Ross. Jamás lo había visto tan enfadado aunque lo disimulaba bastante bien. Pero Ursula era una experta en leer las expresiones de Ross, ¡lo había visto en tantas ocasiones diferentes!

Empezó a sentirse incómoda con el ambiente que reinaba allí. Se suponía que era una fiesta infantil, no un funeral… Los Connection habían empezado a beber vino tinto y ella casi no se atrevía a pensar en lo borrachos que estarían dentro de nada si no comían algo pronto. Casi se le saltaron las lágrimas de alegría al oír acercarse la moto del repartidor.

–¡Eso debe de ser nuestra pizza! –dijo con alegría y vio a Katy animarse–. ¡Vamos! Me muero de hambre.

–Sí –dijo Jane levantando las cejas y mirando a Julian–, no me extraña.

Julian dejó escapar una risa despectiva.

–Claro, hace falta mucho combustible para un camión grande, ¿verdad, cielo?

Ross entrecerró los ojos.

–Me parece que deberías…

–¡Ross! –se oyó la voz de Ursula desde el otro lado del salón–. ¡Déjalo! –le rogó–. No importa lo que la gente diga de mí, de verdad.

Pero Ross negó con la cabeza y, en un tono de total determinación contestó:

–Sí, sí importa –la contradijo obstinadamente–. No pienso quedarme aquí y ver cómo te insultan sin hacer nada, Ursula.

–Mira, estoy segura de que Julian no quería ofenderme –dijo Ursula dirigiéndole a la estrella una mirada tan comprensiva que este se avergonzó–. ¿Verdad?

–No… No –masculló Julian buscando al tiempo un cigarro en los bolsillos de la chaqueta–, claro que no.

–Lo que quiero decir es que es verdad que tengo un apetito de chica sana –afirmó Ursula al tiempo que se miraba el cuerpo con cierta pena–. Pero eso lo puede ver cualquiera…

–¿Sana? –preguntó Jane con acritud–. Pues tener más del diez por ciento del peso corporal en grasa no es exactamente lo que yo llamaría sano.

–¿Y me imagino que sustituir las comidas por cigarrillos y café solo sí es sano, no? –preguntó un desafiante Ross.

La actitud de Jane cambió por completo entonces. Quizá intuyese que mostrar tal agresividad no la llevaría a ninguna parte. Fuese lo que fuese, todo su ser se transformó y se convirtió en esposa modelo en uno.

–Pero si he dejado de fumar, Ross –dijo en un cálido tono–. Ya lo sabes.

–¿De verdad? En ese caso no creo que te importe que tirase el cartón que me encontré escondido en el armarito bajo las escaleras –preguntó él en tono inocente.

La boca de Jane se cerró en una fina línea que casi resultaba fea.

–¡Por Dios! ¡Es que tienes que estar tan obsesionado con controlarme! –le atajó ella–. ¡Vas por ahí espiándome!

Él no reaccionó.

–Bueno, parece que nos estamos poniendo un poco nerviosos –observó con calma–. ¿Por qué no comemos algo todos juntos?

–¡Dijiste que podríamos cenar fuera si hacía buen tiempo! –exclamó Katy poniéndose en pie.

Ross le sonrió.

–Por supuesto, ¿por qué no vais las chicas y tu a buscar unas mantas para ponerlas en la hierba?

Katy y sus amigas parecieron contentas de tener algo que hacer que las alejase del descontento general sembrado por los adultos. Ursula ayudó entonces a Ross a sacar las cajas que contenían la pizza caliente mientras Jane y los músicos se ocupaban de las bebidas.

–Mamá, ¡que no se te olviden los refrescos! Todavía no tenemos edad para beber vino…

Ursula pensó en qué grupo tan extraño formaba toda aquella gente sentada bajo un castaño y ahuyentando de cuando en cuando a alguna avispa que atacaba la pizza. Las niñas, Ross y casi todos los músicos comían con avidez y Ursula se limitó a un par de deliciosas porciones, tras lo cual se chupó los dedos. Julian seguía bebiendo cerveza y mirando intensamente a Jane mientras esta no comía nada.

Una vez saciada el hambre las niñas empezaron a ponerse inquietas de nuevo.

–¿Qué hacemos, Ursula? –preguntó Katy.

Ursula se lo esperaba.

–¿Por qué no vais a buscar siete hojas distintas cada una? Le voy a dar un premio a la que me traiga la más interesante. ¡Pero no toméis ninguna de las plantas que ya tengan pocas hojas, eh!

–Yo voy a mirar al lado del invernadero… –gritó Katy.

Se quitó aquellos incómodos zapatos y empezó a correr descalza por la hierba comportándose, por primera vez, como una niña de su edad y no una versión reducida de una mujer adulta.

Ursula dio una excusa enseguida y se alejó para explorar el jardín vallado, aliviada de poder escapar de aquel mal ambiente.

Se detuvo junto a un reloj de sol y siguió con la yema del dedo el trazado de la circunferencia. Estaba intentado ver cuán exacto era cuando una sombra se proyectó sobre el reloj. Volvió el rostro y vio a Ross allí, estudiándola, con un aspecto sombrío y apesadumbrado.

Se miraron sin cruzar palabra.

–Venga –dijo él con la voz rota–, dímelo ya.

–¿Que te diga qué?

–Lo que estás pensando. ¿O es que tienes miedo de que me haga daño?

–No creo que la verdad vaya a hacerte daño –dijo ella muy despacio–. Estaba pensando en el calor que hace, si quieres saberlo, y antes de eso…

Él estaba muy quieto.

–Dime.

–Antes de eso estaba pensando en cómo podías aguantar que Jane trajese a ese grupo a la fiesta de cumpleaños de tu hija –dijo encogiéndose de hombros a continuación–. Pero me imagino que ella podría decir lo mismo de mí.

–La diferencia es que tú eres una estupenda aportación a una fiesta y Julian y los otros son una panda de imbéciles engreídos. Pero probablemente esa será la justificación que ella me dé –confirmó él.

Ursula lo miró atónita.

–Hablas como si se tratase de una guerra, Ross.

–No –dijo él en tono de escepticismo y con una amarga risa–, es solo un matrimonio.

La desilusión en su voz era enorme.

–Pero, si las cosas son así…

–¿Qué, Ursula? Tenemos una hija, no lo olvides.

–Ya lo sé.

Y para los niños los padres significaban estabilidad. Había leído una vez que un hijo muy a menudo era el eslabón que mantenía a una pareja unida. ¿Sería ese el caso?

Él seguía con la vista fija en ella.

–Ursula… –empezó a decir–. Respecto a Jane y Julian…

–Ya sé lo que vas a decir, Ross, y no tiene ninguna importancia.

–¿Cómo vas a saber lo que iba a decir?

Ella se apartó un mechón de cabello de la mejilla.

–¿Que sientes que me ofendiesen con esos comentarios sobre mi peso?

–Sí, eso también –dijo él secamente–. Ha sido una auténtica grosería.

–No te apures. Estoy acostumbrada.

–¿Sí?

–Claro. La gente hace comentarios muy a menudo. A veces me dicen cosas que me halagan, como que a Rubens le hubiera encantado pintarme o que las mujeres flacas no tienen la piel tan bonita como la mía.

–Ya que lo mencionas, es verdad que tienes una piel preciosa.

Ursula sonrió.

–¿Lo ves?

–¿Pero qué le hace pensar a la gente que tiene derecho a decirte cosas así?

–Es porque estoy los suficientemente gorda como para clasificarme como obesa, y todos piensan que no me importa…

–O sea, que sí te importa.

Ella lo miró fijamente.

–¿Tú qué crees?

–Creo que deberías llevar ese color con más frecuencia –dijo él inesperadamente–. Hace que tu pelo luzca mucho.

–¡Eso es justo lo que dijo mi hermana! –exclamó ella mirándolo con cierta suspicacia luego–. A menos que lo digas para hacerme sentir mejor…

–No tengo la costumbre de mentir.

–No, ya lo sé.

Lo miró con franqueza.

–Ross, ¿no es insoportable vivir en este caos?

–Lo que has visto hoy no es un día normal en esta casa, Ursula. Las cosas han cambiado bastante desde que Julian Stringer apareció –dijo él con cautela–. Y por primera vez en mi vida creo que esperar es lo más sabio.

Ella intuyó que él no quería hablar más del tema y no hizo más preguntas.

 

 

Esa noche, después de que Ross la llevase a casa en su deportivo verde, Ursula no conseguía tranquilizarse. Vagó por el pequeño piso ahuecando cojines y recolocando las flores que había comprado esa misma mañana.

Era meticulosa con su piso. Pero es que era algo más que un piso. Era su nido, su refugio y había trabajado mucho para conseguirlo. Cuando su madre cayó enferma había tenido que crecer rápido y convencer a los de servicios sociales de que estaba capacitada para cuidar de su hermana.

Había aprendido a escribir a máquina en el colegio y empezó a hacer trabajos temporales, que se pagaban bien, hasta que encontró su lugar en Wickens y conoció al que sería su jefe, Ross. Trabajar con Ross le había dado una seguridad que jamás había tenido antes. Seguridad emocional y económica.

Puso la tetera al fuego para hacer té y reflexionó sobre la velada. Estaba claro que Ross no tenía la idílica vida familiar que ella había pensado. ¿Pero acaso no era así la vida? Siempre pensabas que los demás eran más felices y hacían cosas más interesantes que tú.

Tomó a sorbos el té y recordó los comentarios de Jane sobre ella. Los que hizo sobre su peso habían sido crueles pero verdad y Ursula se preguntó si no iría camino de convertirse en objeto de desprecio. Una reflexiva pero poco atractiva mujer que se acercaba a los treinta y a quien le esperaba un futuro vacío.

Su hermana se había ido a vivir con Finn Fitzgerald y parecía absolutamente feliz. Como consecuencia Ursula ya no veía mucho a Amber. Quizá era hora de buscar un hombre para sí misma, aunque no parecía que las clases de francés fuesen el lugar indicado. Al menos eso le decían las experiencias pasadas.

Se desmaquilló y dio una larga ducha. Entonces colgó con cuidado el conjunto color crema en una percha para que se le quitasen las arrugas. Se metió en la cama con la taza de té y una revista que había comprado en el metro esa mañana pero, por una vez, los títulos de los artículos no le llamaron la atención.

Estaba atrapada por la rutina, de eso no cabía duda. Quizá debiera hacer lo que muchas otras solteras de veintisiete años hacían e ir a una agencia matrimonial…

 

 

Ross estaba de un humor de perros. Eso estuvo claro en cuanto entró corriendo a las diez de la mañana.

Ursula levantó la vista del montón de cartas que estaba abriendo y leyendo.

Él echó una mirada a la pila de sobres y puso mala cara.

–¿Cartas de mis admiradores, quizá? –gruñó.

Desde que apareció en un programa de televisión hablando sobre lo estupendo que era trabajar en publicidad no hacía más que recibir peticiones de entrevista y consejo de aspirantes a reyes de la publicidad.

–Más o menos –anunció ella–. A lo mejor deberías escribir un libro titulado Hágase rico sin trabajar: ¡estoy segura que se vendería mucho!

–Lo pensaré –dijo él– en los ratos libres que me queden entre llevar a mi hija al colegio e ir a buscarla, intentar encontrar a otra limpiadora para casa, tratar de escribir un buen discurso para la ceremonia de los premios anuales de publicidad… ¡además de trabajar aquí bastantes horas al día!

–Me parece que hoy vienes de muy mal humor –observó ella con sorpresa.

–¡Mal humor! –exclamó él–. ¿Y por qué iba yo a estar de mal humor? –dijo recostándose en la silla y bostezando–. Estoy agotado, Ursula.

Ursula tomó un imaginario violín y comenzó a tocar.

–Pobre Ross –cantó suavemente–, mi agotado jefe. Mientras el resto de país duerme la siesta, él no tiene ni un día de fiesta…

–Muy graciosa –dijo él con una sonrisa asomándole a los labios–. Ahora en serio: no estaba mal teniendo en cuenta que lo has improvisado. Quizá debiera dejarte a ti escribir los textos, ya que tienes tanto talento escondido –balbució al tiempo que empezaba a bostezar de nuevo–. Y además tengo que cortarme el pelo. ¿Qué tengo en la agenda para mañana?

–Reuniones, reuniones y más reuniones –le dijo ella en tono de disculpa–. Y por la tarde…

–Déjame adivinarlo: más reuniones.

–Me temo que sí.

Ursula tomó unos cuantos periódicos y los acercó a la mesa de Ross pensando que verdaderamente tenía cara de cansancio. No parecía Ross.

–¿Y por qué tienes que llevar a Katy al colegio? –preguntó entonces–. Creía que eso lo hacía Jane.

–Y lo hace normalmente. Pero últimamente no, a menos que no quede más remedio. Está muy ocupada haciendo el vestuario de la próxima gira de los Connection y, por supuesto, a Julian Stringer nada le parece bien.

–Ya… –dijo Ursula sintiéndose algo desasosegada por el tono de su voz pero sin saber por qué–. ¿Es una gira muy larga?

Su risa sonó hueca y triste.

–Tienen conciertos en todo el mundo y Julian se está gastando una fortuna en la puesta en escena. Me parece que todos esos efectos especiales intentan ocultar el hecho de que el último disco no se está vendiendo demasiado.

–¿Y Jane tiene que ir con ellos?

–Una cosa es deber y otra querer –explicó él con calma–. Ella dice que sí, que la ropa se gasta y se estropea y tiene que estar allí para reponerla. Como ya le dije a ella, si Julian no hiciese esas tonterías que hace en el escenario quizá no le hiciese falta tanta ropa nueva. Jane volvió ayer de madrugada…

–¿Y no te importa? –preguntó Ursula casi sin aliento antes de pararse a pensar lo que decía.

Él la miró con las cejas alzadas y ella se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. Puede que él se arrepintiese de haber expuesto así su matrimonio durante la fiesta.

En aquel momento era obvio que intentaba ser diplomático sobre el comportamiento de su mujer, pensó Ursula. Y leal.

–Soy un hombre independiente que está bastante a gusto en su propia compañía –afirmó él–. Pero hoy es la función de fin de curso de Katy y Jane le ha prometido que llegará a tiempo de verla actuar.

–¡Ah!

Ursula se tragó la indignación. Era muy fácil criticar a Jane como madre y sobrevalorar a Ross como padre. Estaba claro que ella estaba del lado de Ross. Pero las cosas nunca eran así de sencillas, nunca eran blancas o negras. Especialmente las relaciones sentimentales. Incluso su hermana y Finn, que se querían con locura, tenían sus altibajos.

–A todo esto, ¿por qué buscas una señora de la limpieza nueva?

–Porque la señora Wilson se ha ido.

–¿En serio?

–Muy en serio. El saxofonista de los Connection la ofendió. El del diamante en la lengua, ¿te acuerdas de él?

–Era bastante difícil de olvidar –dijo ella secamente–. ¿Cómo es que la señora Wilson se enfadó? A ver si lo adivino: ¿por las manchas de cerveza en la alfombra?

–No exactamente –repuso un disgustado Ross–. Aunque después de irte tú siguió bebiendo como si se acercase el juicio final. Al final de la noche, como estaba bastante borracho, se quedó dormido en el sofá…

La voz de Ross empezó a debilitarse y él tenía aspecto de sentir haber empezado la conversación.

Ursula hizo un gesto como para quitarle importancia.

–¿Y qué problema hay con eso? Es un poco inmaduro por su parte, pero tampoco es un crimen.

–Excepto que estaba desnudo.

Ursula dejó ver una inocente sonrisa.

–Pero la señora Wilson tiene hijos, ¿no?

–¿Eso qué tiene que ver?

–Pues que probablemente no era la primera vez que veía un hombre desnudo.

–Sí, probablemente, pero en este caso…

Ursula arrugó la frente.

–¿En este caso qué?

Ross negó con la cabeza.

–Da igual.

–No da igual, Ross. No puedes empezar a hablar de un tema y luego dejarlo colgando.

–No.

Pero para sorpresa de Ursula él rompió a reír.

–¿Qué he dicho ahora que sea tan gracioso? –preguntó ella.

–Nada, solo ha sido una mala elección de términos. Eso es todo –añadió–. Mira, si no te importa, vamos a dejar el tema.

–¡Cuéntamelo!

Él suspiró.

–Claro que había visto un hombre desnudo antes –explicó él rápidamente–. Pero en este caso, como era por la mañana…

La miró esperando ver en su rostro la avergonzada expresión de haber comprendido, pero no vio más que confusión.

–¿Y? –lo animó a seguir ella.

Ross frunció aún más el ceño.

–Pues que estaba excitado.

–Estaba… excitado –repitió ella lentamente.

–Sí, era por la mañana te he dicho. Y en vez de cubrirse, como hubiera hecho cualquiera, parece ser que miró hacia abajo, sonrió a la señora Wilson y le dijo que si le apetecía probar aquello.

El significado de aquellas palabras se hizo más claro en la mente de Ursula y se sonrojó como nunca. El apuro era mayor por la forma en que Ross la miraba, como fuese él quien acabase de comprender…

–Mira, Ursula –gruñó Ross–, no quería…

–No te disculpes, Ross –contestó ella muy digna–. Te he dicho que me lo explicases porque no estabas siendo demasiado claro.

–Tienes razón –dijo él despacio–. No estaba siendo muy claro.

Sus ojos se encontraron durante un largo y definitivo momento. Ursula se preguntó si él optaría por la verdad o el disimulo.

–Ursula –repitió él–, no me había dado cuenta…

–¿De que sabía tan poco de los hombres?

En los ojos de él apareció una mirada de total incredulidad.

–¿Es eso una forma de decir que eres..?

Ella lo interrumpió antes de que él pronunciase la embarazosa palabra y ambos se muriesen de vergüenza.

–Me parece que no deberíamos estar hablando de esto –le dijo ella con firmeza.

–No, claro que yo. Tienes razón –dijo él con un suspiro de alivio pero con la curiosidad aún brillando en sus ojos–. Vamos a hablar de otra cosa.

Ursula asintió con la cabeza.

–Sí, mejor.

Y en aquel preciso instante, para gran alivio de Ursula, sonó el teléfono de su mesa. Lo descolgó a la segunda llamada.

–Oficina de Ross Sheridan… –dijo con la voz quebrada.

Era una compañía de televisión que producía un programa en el cuál Ross apareció una vez y había jurado no volver a hacerlo. Ursula se deshizo de él con tanta educación y rapidez como le fue posible. Se daba cuenta de que, cada segundo que pasaba hablando, Ross estaba observándola aunque fingiese que no.

¡Estupendo! Ya se imaginaba lo que él estaría pensando: ¡Sin estilo, soltera y además virgen!

–¿Quieres que vaya a comprar un periódico? –preguntó ella.

–¿Para qué?

–Para buscar una señora de la limpieza en los anuncios por palabras.

–¿De verdad me harías ese favor? –suspiró él.

–O puede que sea mejor simplemente enviarle unas flores a la señora Wilson con una nota diciendo que no volverá a ocurrir, o algo así.

Pero él negó con la cabeza.

–No, la señora Wilson ya ha decidido que esa casa es un antro de perdición.

Ursula se encogió de hombros.

–Ella se lo pierde.

Pero mientras buscaba dinero en la pequeña caja fuerte empezó a pensar cómo Jane podía haber sido tan tonta. Se ruborizó de rabia y miró a Ross.

–¿Qué? –preguntó Ross.

–Nada –dijo ella meneando la cabeza.

–¿Qué? –repitió él con impaciencia.

–Pues que fue una suerte que solo fuese la señora Wilson la que entró –se aventuró ella tímidamente–. Quiero decir que podría haber sido Katy.

–Precisamente –repuso él en un tono apesadumbrado que ella jamás había oído antes en boca de él y que la hizo compadecerse.

Salió a comprar el periódico y cuando volvió se dedicó a señalar de entre la lista de anuncios las candidatas que parecían adecuadas.

–¿Quieres también que llame a estos números y trate de encontrarte a alguien?

–¿Estás segura? ¿Sabes qué tipo de cosas tienes que preguntarles?

Ursula sonrió.

–¿Por qué no iba a saberlo? ¿Por que nunca he tenido a alguien que limpie en casa y probablemente jamás lo tendré?

Ross estiró las piernas y se encogió de hombros.

–Es posible.

–Bueno, pues sé más que la mayoría de la gente sobre limpiadoras profesionales –dijo ella–. Sé lo que es aceptable y lo que no. Es el trabajo que mi madre hizo durante casi toda su vida adulta. Lo único que espero les ofrezcas una paga justa, Ross.

Él la miró fijamente.

–¿Qué crees?

Ella no lo dudó.

–Yo me arriesgaría a decir que pagas más de lo normal.

–Sí –sonrió él.

Toda la mañana transcurrió entre reuniones. Primero con Oliver Blackman, socio de Ross, que tenía que tomar el avión de Zurich a mediodía. Después con Zara Hobbs, la nueva directora de cuentas, que era rubia y muy guapa pero además absolutamente estupenda haciendo su trabajo. Y también coqueteaba con Ross sin disimulo, cosa que Ursula observó de un modo totalmente objetivo. Ross, en cambio no pareció ni darse cuenta.

Tras eso hubo una reunión con uno de los equipos de creativos para buscar ideas.

A la una salieron los dos para ir a comer con un cliente.

El cliente era un fabricante de comida para perros. No era el tipo de cliente de altos vuelos por el que normalmente se hubiera decidido Ross pero, como le había confesado a Ursula antes, le encantaban los perros. Ella se había preguntado varias veces por qué no tenía uno entonces, ya que a Katy seguro que le encantaría, pero él le dijo una vez que Jane le tenía alergia al pelo de perro.

Ross ya había llevado una campaña de comida para perros en la que, en principio no había creído nadie, incluida Ursula. Todos pensaron que el slogan no era demasiado bueno. Pero Ross insistió en que sería la expresión de felicidad del perro lo que vendería aquella marca.

Y las cifras de venta se habían disparado y lo habían dicho todo por sí solas. Tal y como Oliver le había dicho a Ursula, Ross era demasiado listo.

A las cuatro, como la copa de vino blanco que habían tomado con la comida amenazaba con adormecerlos, Ursula se dirigía a hacer un café cuando sonó el teléfono.

Ella se volvió enseguida.

–Yo lo atiendo.

–No, déjalo, ya atiendo yo –dijo él reprimiendo un bostezo ante el auricular–. ¿Dígame?

Todo su cuerpo se tensó mientras escuchaba lo que le decían desde el otro lado de la línea.

El instinto hizo que Ursula no se moviera del sitio. ¿Serían malas noticias? Por lo que quiera que fuese se quedó allí, escuchando. Y no porque fuese entrometida, sino porque intuyó que Ross la necesitaba y no había nada que la importase más que aquello.

–Creo que no entiendo bien lo que me está diciendo –decía Ross en voz baja antes de detenerse a escuchar de nuevo–. ¿Cómo que desaparecido? –preguntó ya un poco más alto–. ¿De qué me habla?

Esperó mientras la otra persona le explicaba algo.

–Esa me parece una palabra un tanto emotiva como para usarla en este momento –dijo con desprecio–. ¡Especialmente cuando ni siquiera sabe si eso es exacto o no! –se quedó callado entonces y la boca apretada–. No, no se moleste. Ya voy para allá. Llegaré tan pronto como sea posible.

Colgó de golpe y se puso en pie con los ojos perdidos en el vacío y el rostro de un color grisáceo.

Ursula, desde la puerta, se agarró al pomo y preguntó nerviosamente:

–¿Qué ha pasado, Ross? ¿Qué problema hay?

Él la miró como si acabase de recordar que estaba allí y entonces le clavó la vista encima.

–¿Ross? –insistió ella con dulzura–. ¿Qué ocurre?

La voz de él sonó lenta y profunda como la de un sonámbulo.

–Tengo que ir al colegio a buscar a Katy.

–¿Pero por qué?

–Tenía que haber ido Jane pero…

–¿Pero qué?

–No ha aparecido. Los del colegio dicen que ha desaparecido.

–¿Y qué quieren decir con eso? –preguntó ella acaloradamente–. ¿No han probado a llamarla a casa?

–Ha enviado un mensaje a través de un ayudante de Julian diciendo que no iba a poder ir al colegio y pidiéndoles que se pusieran en contacto conmigo. Me han dicho que ese tipo hablaba de un modo, no sé… extraño.

Ursula trató de mostrarse sensata y tranquila. Tenía una gran capacidad para recibir las malas noticias. Claro que contaba con toda una vida de experiencia.

–Por supuesto que sonaría raro –dijo ella razonablemente– si Jane le había dado semejante mensaje para transmitirlo. No iba a hablar con la misma naturalidad que si estuviese llamando al colegio para preguntar si había plazas para el año que viene, ¿no te parece?

–Supongo que no –repuso él con los ojos brillantes como el carbón.

–Pero, ¿por qué no llamaría Jane misma al colegio?

–¡En este momento no me podría importar menos! –contestó él, enfurecido–. Lo único que me importa es ir a buscar a Katy.

Tomó entonces su chaqueta vaquera de color negro con la expresión de un hombre dispuesto para la batalla.

–Pero tendrás que buscar a Jane… –dijo Ursula.

Él la miró como si no la hubiese oído.

–Tendrás que buscarla –insistió ella con suavidad–. A Jane, quiero decir. No vivimos en un mundo en el que la gente se pueda esfumar así como así, ¿no?

–Esa no es mi primera prioridad. Ni siquiera la segunda. ¿Puedes venir conmigo, Ursula? ¿Te importa?

–¿Yo? –casi chilló ella.

–Claro. Katy te adora y no hay nadie mejor que tú en momentos de crisis. Además una vez me dijiste que sabías cocinar, ¿no? –añadió él con cierto descaro.

Ella sabía muy bien que él también sabía cocinar, pero sospechaba que no le pedía que le acompañase por su talento culinario. En aquel momento su jefe necesitaba tener compañía. Y ayuda. La ayuda práctica de una mujer.

–Por supuesto que voy –dijo ella en voz baja.

–¡Pues vámonos ya! –exclamó él al tiempo que iba hacia la puerta.