AUNQUE solo eran las cuatro de la tarde ya empezaba a haber mucho tráfico. Claro que era un caluroso viernes de julio y todo el mundo, excepto los turistas, se apresuraba por salir de la ciudad.
Ross y Ursula tomaron un taxi hasta la parte norte de Londres y ya eran casi las cinco cuando el negro coche se detuvo ante la gran mansión victoriana convertida en escuela.
Una de las persianas de las ventanas del piso de abajo se movió levemente cuando se oyó frenar al taxi. Ursula pagó al conductor mientras Ross salía a toda prisa. Le dio al hombre un par de billetes e inmediatamente siguió a su jefe al interior del colegio, donde los esperaba la secretaria del colegio con una expresión de censura en su rostro.
–Buenas tardes, señor Sheridan –dijo muy estirada.
–¿Dónde está mi hija? –preguntó él enseguida.
–En este momento está con la directora. Está…
–¿Está disgustada?
La secretaria pareció dudar.
–Yo no lo diría así. Evidentemente, esta algo preocupada…
–¡Quizá sea por el tono de melodrama que adoptó usted al llamarme! –sugirió Ross, cuyas castañas cejas alzadas–. Mire que decir que Jane ha desaparecido, así como así… Estoy seguro de que todo esto tiene una explicación razonable.
Pero su voz carecía de la desenfadada seguridad habitual y Ursula posó la mano sobre su brazo. Si Ross perdía la paciencia las cosas no iban a mejorar nada. Necesitaba a la gente del colegio de Katy de su parte y no en su contra.
–¿Podríamos pasar a verla ya? –preguntó ella con mucha educación.
–¿Los dos? –preguntó la secretaria.
Ursula negó con la cabeza.
–Pasa tú a hablar con ella, Ross. Yo te espero aquí.
–Pero yo quiero que entres conmigo –dijo él obstinadamente.
Los labios de la secretaria se apretaban cada vez más y Ursula sabía que su presencia solo complicaría las cosas.
–No, te espero aquí –repitió ella con firmeza.
Él desapareció unos quince minutos y cuando volvió con una pálida Katy a su lado tanto él como ella parecían cabizbajos pero ninguno de los dos dijo nada aparte de despedirse un tanto secamente de la otra mujer.
–Hola, Katy –dijo Ursula con ternura.
Katy tenía la vista fija en sus sandalias marrones de ir al colegio.
–Hola –dijo muy bajito y sin alzar la vista.
Ursula miró entonces a Ross y la rabia que vio en sus ojos casi la hizo retroceder. Pero no estaba dispuesta a dejar las preguntas para más tarde. Katy ya parecía bastante confusa y, si empezaban a revestir de misterio la situación para protegerla, su imaginación infantil probablemente crearía situaciones peores que la realidad.
Ursula se sorprendió entonces preguntándose cuál sería esa realidad.
–¿Tienes idea de dónde puede haber ido Jane? –preguntó ella sin más.
–No me parece que sea necesario hablar de eso ahora –fue la cortante respuesta de Ross.
Ursula no le hizo caso alguno y se agachó para estar a la altura de los ojos de Katy.
–¿Cuándo fue la última vez que viste a mamá?
Katy arrugó el ceño tratando de recordar.
–Ayer por la mañana.
–¿Y te dijo algo?
–¿Cómo qué? –preguntó una desorientada Katy–. Me preguntó qué cereal quería para desayunar y eso. Las cosas normales.
–¿Y no dijo nada acerca de no venir a buscarte al cole esta tarde? –preguntó Ursula con cautela.
–La directora ya la ha hecho pasar por un interrogatorio –dijo Ross cáusticamente–, y no ha sacado nada en limpio. También ha dicho que Katy no parecía muy dispuesta a cooperar.
Pero Ursula lo miró fijamente con sus azules ojos para hacerle guardar silencio.
–¡En ese caso la directora no tiene ni idea de nada! –dijo decididamente ella, recibiendo una tímida sonrisa de la niña como recompensa–. Venga, Katy, intenta acordarte: ¿hubo algo ayer por la mañana que fuese distinto de una mañana normal?
Katy lo pensó de nuevo y luego hizo un gesto de negativa.
–Creo que no –dijo antes de pararse a pensarlo más–. Mamá estaba cansada y se quejaba mucho. Decía que no sabía por qué no podía llevarme papá al colegio y dejarla dormir más.
–Me imaginé que le apetecería hacerlo ella misma –dijo Ross con serenidad–, ya que últimamente no lo ha hecho mucho.
Ursula podía darse cuenta de que él estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no perder la paciencia. Y no lo culpaba.
–¿Algo más, Katy? –la animó Ursula.
Katy asintió con la cabeza y se mordió el labio. Cuando alzó el rostro tenía los ojos llenos de lágrimas.
–Sólo… lo de Julian –sollozó finalmente.
Ross se quedó quieto.
–¿Qué quiere decir eso?
–Me dijo que teníamos que pasar a buscar a Julian camino del colegio.
–¿Qué? ¿Que fuisteis hasta Maida Vale a esa hora de la mañana? –preguntó Ross sin poder creerlo.
Katy negó con la cabeza.
–No, no estaba en su casa. Estaba en un hotel cerca de nuestra casa.
–¿Ah, sí? –contestó un sombrío Ross–. ¿Y eso por qué sería? ¿Te lo dijo mamá?
–Ross, vámonos a tu casa ya –dijo Ursula apresuradamente.
–Está bien –concedió–. Vamos a buscar un taxi.
–¿Y quién quiere meterse en un taxi en una tarde como esta? ¿Por qué no vamos andando? No está lejos, hace una tarde preciosa y además acabo de ver un puesto de helados en esa calle de ahí abajo. ¿Qué decís? preguntó Ursula.
–Sí, papá, por favor… –rogó Katy, con la cara alegre por primera vez desde que llegaron al colegio.
Ross miró a Ursula a los ojos.
–Y por qué no –murmuró secamente.
Muy pronto los tres se encontraron paseando por las anchas calles de Hampstead bordeadas de árboles. Katy estaba muy ocupada con un helado enorme de cereza y chocolate. Como maniobra de distracción el helado había sido todo un éxito. Ursula le lanzó una mirada interrogativa a Ross, pero los ojos de él le dijeron que no tenía la respuesta a sus preguntas.
Al llegar a la casa de los Sheridan los tres miraron hacia la ventana al mismo tiempo, esperando ver a Jane allí.
Pero no había ningún signo de vida en la casa.
–Puede que esté dentro –dijo Ursula animadamente, a lo cual ni Katy ni su padre contestaron.
La casa estaba completamente vacía: esto fue obvio en el momento en que Ross abrió la puerta y ellas dos lo siguieron al interior. Se quedaron los tres quietos, escuchando. Lo único que se oía era el continuo tic tac del reloj del bisabuelo en el recibidor.
–Voy a subir a mirar arriba –dijo Ross pesarosamente.
Ellas dos se quedaron allí mirándolo subir las escaleras de dos en dos hasta que desapareció de su vista.
–Sabes, Katy –sonrió Ursula– creo que te vendría bien subir a quitarte el uniforme. Debes de tener mucho calor con esa chaqueta.
–¿Puedo darme un baño?
–Claro que sí. ¡No es muy normal oír a alguien de diez años pedir un baño por iniciativa propia!
–Bueno, es que esta noche es la función de fin de curso –le confió Katy–, y yo hago el papel del hada de la primavera. Así es que tengo que llevar el pelo limpísimo. Eso dice nuestra profesora de teatro.
–¡Pues corre a bañarte, chiquitina! –dijo Ross apareciendo de repente al final de la escalera.
Las dos lo miraron con los ojos llenos de preguntas. Él meneó la cabeza y le dedicó a Katy una leve y rara sonrisa.
–No hay ninguna nota de mamá –dijo lentamente mientras bajaba los escalones–. Pero me imagino que llamará luego para decirnos dónde está.
Katy miró a su padre con los ojos muy abiertos.
–¿De verdad, papá?
–No estoy seguro, hija –dijo al fin–. Esa es la verdad. Pero sí sé que se pondrá en contacto con nosotros aunque solo sea por ti. Ya sabes cuánto te quiere…
–Sí –repuso Katy como era debido pero sin poder evitar una sombra de duda en su voz.
–¿Qué hay de ese baño que te ibas a dar? –le recordó Ursula.
–¡Es verdad! –contestó Katy.
Y se alejó dando saltitos y, de hecho, con cara de felicidad.
–No parece que esté muy disgustada –observó Ross pensativamente mirándola alejarse.
Él tampoco lo parecía en aquel momento.
–Así son los niños –dijo ella–. Pueden estar tristísimos y, al momento siguiente, tan felices comiéndose un helado. Tienen esa maravillosa cualidad.
Él asintió mientras tomaba una pila de correspondencia de la mesita del teléfono y miraba los sobres uno a uno. Volvió a dejarlos en su sitio.
–Tampoco hay nada entre el correo –gruñó.
–¿Y ahora qué?
Él se encogió de hombros.
–¿Cómo demonios quieres que yo lo sepa? No es el tipo de situación con el que tengo que enfrentarme todos los días.
Ursula contó hasta diez. Era obvio que su jefe estaba loco de preocupación pero, aún así…
–¿Sabes qué, Ross? No creo que debas pagarlo conmigo –le explicó con tranquilidad.
–No, tienes toda la razón. Enfadarme no va resolver nada. ¡Lo único que me gustaría saber es a qué está jugando Jane ahora mismo!
Esbozó una media sonrisa al darse cuenta del doble sentido de aquellas palabras.
–Aunque, la verdad, me lo imagino bastante bien –añadió.
Ursula lo miró sorprendida. Aunque su matrimonio fuese algo tempestuoso, y eso prácticamente lo había reconocido él durante la fiesta de Katy, al fin y al cabo llevaban casados más de diez años. Seguro que él sentía algún tipo de celos al pensar en que su mujer se había fugado con un tipo al que, en círculos discográficos, se le conocía como «el perfecto amante».
Pero ella estaba allí para echar una mano con los problemas prácticos y no para dedicarse a intentar leerle el pensamiento a Ross.
–¿Quieres que haga té? –preguntó ella–. O algo de comer… Katy necesitará cenar antes de actuar. Así, mientras yo cocino tú puedes tratar de averiguar dónde está Jane. Llama a gente que pueda saberlo, ¡haz algo, Ross! No puedes quedarte ahí parado.
Él la miró con una admiración velada.
–¿Cómo es que en la oficina nunca eres tan mandona?
Ella le devolvió una firme mirada.
–Porque en la oficina estoy a tus órdenes y aquí no estoy más que como amiga. Y, hasta en los momentos difíciles, los niños tienen que cenar. Es más, ¡especialmente en los momentos difíciles! Y sus padres, igual. Así es que, ¿qué tal si hago unas tortillas francesas?
–Perfecto –asintió él.
Justo cuando ella se volvía para irse él la tomó del brazo. El corazón de Ursula casi se le salió del pecho y se detuvo.
No fue más que un ligero contacto, pero ella no pudo hacer nada por evitar el escalofrío que le recorrió la espalda. No recordaba haber estado tan cerca de él jamás y, a pesar de las tristes circunstancias en que estaban, fue la experiencia más turbadora de su vida.
–¿Por qué estás haciendo todo esto? –preguntó Ross bruscamente–. ¿Qué ganas tú con esto?
El corazón de ella se aceleró aún más. No pensaba reaccionar a la súbita hostilidad de aquellas palabras. ¿Cómo no iba a ayudarlo, cuando le importaba tanto?
–Porque os quiero mucho a Katy y a ti. Y porque en este momento necesitas una amiga que te lo aguante todo –le dijo en voz baja–. Y yo soy esa amiga –añadió encogiéndose de hombros–. Eso es todo.
Él la escuchó en silencio.
–¿Eso es todo? –repitió dirigiendo la vista a su propia mano, que aún sujetaba el brazo de Ursula pero sin apartarla–. No mucha gente se molestaría en ayudar tanto como tú lo has hecho, Ursula. Creo que te subestimas.
–¿S sí? –balbuceó ella, aliviada y decepcionada a un tiempo cuando él le soltó el brazo.
Lo que a ella le parecía es que era Ross el que se subestimaba. A Ursula no se le ocurría el nombre de una sola mujer que hubiese rechazado la oportunidad de jugar a ángel de la guarda de Ross Sheridan y su hija. Se volvió para ir a la cocina.
–Más vale que empiece con esas tortillas.
–Sí, claro –dijo él siguiéndola con la mirada–. ¡Ah, Ursula!
Ella se giró para encontrárselo con una mirada increíblemente dulce en sus ojos.
–Gracias –dijo él sencillamente.
¿Cómo era posible que una sola palabra transmitiese tanta emoción? De algún modo era lo más afectuoso que le había dicho en su vida y Ursula sintió el temor de estar a punto de hacer algo absurdo. Como llorar. O abrazarlo para reconfortarlo. ¡O incluso decirle que iría andando hasta el fin del mundo si él se lo pidiese!
Mejor que se alejase de él enseguida.
–Voy a hacer la cena –anunció ella con decisión al tiempo que abría la puerta de la cocina.