URSULA se alegró de haber pensado en algo simple para cenar porque en la cocina de Ross y Jane no abundaban los ingredientes exóticos. Ni los esenciales, a decir verdad. Era obvio que aquella cocina había sido diseñada por alguien a quien le gustaban las cosas con estilo pero no cocinar. Había montones de utensilios, como un cascanueces de lujo y una brillantísima y cara cafetera. Pero el armario de la comida no contenía nada aparte de lo más básico: sal y pimienta, vinagre y un par de botes de salsa.
Tuvo que usar Cheddar en vez de queso parmesano para hacer las tortillas y no había vinagre balsámico para darle un toque especial al aliño de la ensalada. Pero al menos encontró una barra de pan en el congelador que, en cuestión de diez minutos en el horno, transformó la cocina con su delicioso aroma.
Ross y Katy entraron justo cuando servía la última tortilla, y Ursula lo miró inquisitivamente. Él negó con la cabeza y no dijo palabra.
Lo cual significaba, adivinó Ursula, que no estaban más cerca de averiguar dónde se encontraba Jane.
Katy aún tenía el pelo húmedo y parecía desorientada, al sentarse a la mesa frente a su padre.
–Come pan –le ofreció Ursula acercándole la tibia barra un poco.
–No tengo hambre –susurró Katy.
–Pero tienes que tener hambre, chiquitina –le contestó Ross–. Ese helado no puede haberte llenado tanto.
–Y tienes que hacer una función esta noche –le recordó Ursula–. Come un poco, a ver si te gusta.
–Tienes que comer algo más que un poco –empezó a gruñir Ross.
Pero Ursula le lanzó una mirada de advertencia destinada a hacerle callarse, mensaje que él debió de comprender ya que alzó las cejas burlonamente y empezó a servirse ensalada.
Katy se comió más de la mitad de lo que le dieron sin que tuviesen que insistir, que era más de lo que Ursula se había esperado. Luego se dijo que lo sentía pero tenía que ir a prepararse para la función.
–Tenemos que salir a las siete, papá.
–Muy bien –dijo Ross tomando un pedazo de pan.
Katy se quedó parada en la puerta, dudando.
–¿Puede venir Ursula también?
–Claro que sí –dijo Ross mirando directamente a los ojos color zafiro de Ursula–. Pero a lo mejor tiene cosas que hacer.
–No, no estoy ocupada –contestó ella enseguida sin que la importase si aquella respuesta daba la impresión de que estaba sola y aburrida.
La niña estaba triste, echaba de menos a su madre y parecía querer su apoyo. Aquel no era el mejor momento para jugar a impresionar a Ross haciéndole creer que su vida social era maravillosa.
–Gracias por pedírmelo, Katy. Estaré encantada de ir.
–¡Bien! –dijo Katy con una sonrisa de agradecimiento–. ¡Voy a prepararme!
Después de que Katy saliera se produjo un breve silencio. Ross se limpió los labios con la servilleta, se recostó en la silla y se quedó contemplando a Ursula.
–Se te da muy bien hacer comer a las niñas pequeñas –comentó él.
Ursula apartó el plato hacia un lado.
–No te extrañe. Mi hermana también necesitaba que la insistiesen bastante. Es normal no querer comer cuando se está triste. O dormir. O casi cualquier cosa, de hecho. Hacer una vida normal es lo más difícil de lograr cuando se está sufriendo.
Él asintió despacio y parecía estar a punto de decir algo sobre el sufrimiento pero, en vez de eso, preguntó:
–¿Te apetece un café, Ursula?
–Voy a hacerlo –dijo ella a punto de ponerse en pie.
Pero Ross la interrumpió con un irritado movimiento de cabeza.
–No, ya lo hago yo, Ursula –dijo él–. Tú ya has hecho la cena y aquí no estamos en la oficina, ¿verdad?
Le lanzó a Ursula una desafiante mirada mientras se ponía en pie y parecía tan imponente que Ursula casi se sintió frágil.
–¿O es que ya me has clasificado como un machista sin remedio, de los que se las arreglan en la cocina? –añadió él–. O, peor aún, de los que no se las arreglan en la cocina si es que hay una mujer cerca por casualidad.
Ursula rio ante la exagerada reacción.
–Ross, ahórrame la conferencia sobre la igualdad –se burló ella amigablemente–. Sí, me apetece mucho un café y no tengo ningún problema con que tú lo hagas. ¿Meto los platos en el lavavajillas mientras lo haces o quieres meterlos tú mismo?
–Pues empieza a meterlos –dijo él con una leve sonrisa.
Él estaba alcanzando la cafetera cuando ella le oyó lanzar una exclamación entre dientes. Ursula levantó la vista del lavavajillas y lo vio sacar un sobre blanco de detrás del tarro de café.
«Será de Jane», pensó ella, sintiendo que el pulso se le aceleraba increíblemente. Aún así no dijo nada mientras Ross rasgaba el sobre y sacaba una única cuartilla mecanografiada de su interior. Sus ojos recorrieron el papel con rapidez.
Ella continuó colocando los platos metódicamente, limpió la mesa después y rezó para que Katy aún tardase un par de minutos en volver. Al menos para darle tiempo a Ross a recomponerse. Ursula no se atrevía a mirarlo. No sabía si podría soportar el verlo con el corazón roto. Los segundos pasaban muy lentamente.
–Se ha ido –anunció Ross llanamente al tiempo que hacía una bola con el pedazo de papel y lo lanzaba con desprecio contra la encimera.
Ella se atrevió al fin a mirarlo a los ojos y leyó en ellos amargura y enfado, pero no tristeza. Quizá aquello viniese más tarde, cuando hubiera pasado la inicial sorpresa.
–¿Es de Jane? –dijo ella.
Era el tipo de situación en que lo obvio se repite una y otra vez, quizá para hacer que se vaya aceptando poco a poco.
Él asintió.
–Sí –dijo con un desprecio tal que se hubiera pensado que la palabra estaba contaminada–, es de Jane.
Ursula trató de mantener una expresión indiferente y solamente asintió.
–¿Y dice dónde se ha ido?
–No exactamente. ¡Toma, léela! –exclamó él tomando de nuevo el papel y lanzándoselo a ella.
–¡Yo no puedo leer esto, Ross! –protestó Ursula al tiempo que atrapaba la bola de papel.
–Pero yo quiero que lo leas –dijo él obstinadamente–. ¡Vamos, léela!
Era lo suficientemente mujer y lo suficientemente curiosa como para no protestar más, así es que alisó el arrugado papel sobre la mesa. Iba dirigida a Ross solamente, observó ella, y no a Katy. Decía lo siguiente:
Querido Ross:
Para cuando leas esto ya me habré ido.
Estoy segura de que mi partida no te sorprenderá mucho (excepto, posiblemente por lo súbita que ha sido) ya que los dos sabemos que las cosas entre nosotros no han ido demasiado bien últimamente.
Necesito más espacio, Ross.
Me voy a Australia con Julian, aunque es aún demasiado pronto para poder decir si lo que hay entre nosotros irá a más o no. Pase lo que pase me pondré en contacto contigo cuando haya llegado allí.
Por favor dile a Katy que le mando todo mi amor y que lo siento. Que sólo se vive una vez y tal vez algún día llegará a entender por qué he tenido que hacer esto.
Tuya, Jane.
Los dedos de Ursula temblaban cuando extendió el brazo para devolverle a Ross la nota.
–Toma…
–¡No la quiero! –dijo él en mal tono.
–¡Pues tírala a la basura! –exclamó Ursula–. A menos, claro, que quieras que la vea Katy.
Él dejó escapar una fría y cínica carcajada.
–¿Qué? ¿Y que se de cuenta de toda la importancia que tiene para su madre es un par de líneas al final de una carta?
–Muchos hombres estarían tentados de hacerlo precisamente por esa razón –observó Ursula en voz baja.
–¿Cómo? ¿Para demostrarle a mi hija la mala madre que tiene y hacerle aún más daño? –repuso él con los ojos encendidos–. Puede que esté furioso, Ursula, pero no me voy a ganar puntos de esa manera tan sucia.
–No estaba sugiriendo ni por un momento que fueses a hacerlo –explicó ella tranquilamente–. Eres un buen hombre, Ross. Y un buen padre.
–¿Y tú cómo vas a saber eso? –le contradijo él.
–Pues lo sé –dijo ella mirándolo a los ojos con serenidad–. Al menos lo primero lo sé seguro: he estado trabajando contigo el tiempo suficiente para juzgarlo por mí misma. Lo segundo solo lo puedo afirmar basándome en las veces que te he visto con Katy y por la forma en que os comportáis el uno con el otro. No se puede negar que te adora.
–Gracias –dijo él cerrando los ojos con una expresión de dolor–. Pero no soy un santo –susurró–. Y ni se te ocurra pensarlo.
–¿Estás tratando de decirme que le has sido infiel a Jane? –susurró ella.
Él negó con la cabeza.
–¡Jamás!
La respuesta había sido demasiado rápida y enfática como para no ser verdad.
–Quizá sea culpable de que se me haya pasado por la cabeza alguna vez, pero eso es todo –añadió él.
–¿Y Jane? –preguntó Ursula con cautela.
–Puede que nuestra relación haya ido deteriorándose mucho –observó él cáusticamente–, pero yo no soy el tipo de hombre al que se le es infiel sin que se dé cuenta. Y menos aún por parte de la madre de mi hija.
Ursula se sintió herida. Sin embargo algo la impulsaba a exponerse al dolor aún más.
–¿Cómo puedes estar tan seguro?
Él la miró como si estuviese intentando decidir cuán franco debía ser.
–Porque conozco a mi mujer –dijo lentamente–. Conozco sus reacciones y… su lenguaje corporal. Puedes creerme cuando te digo que no me ha sido infiel nunca. Hasta ahora –dijo antes de hacer una pausa–. Por eso se ha ido. Porque ya no puede mirarme a la cara. Se ha enamorado. Yo ya sabía que acabaría por ocurrir, que era solo una cuestión de tiempo.
–¿Acaso no te importa? –le interrogó ella sin aliento, ya que parte de él casi parecía alegrarse de lo ocurrido.
Él mostró una sarcástica sonrisa.
–Cuando algo está muerto no lo puedes resucitar –dijo él en un tono inexpresivo–. Pero no debería haberse ido así. Se ha comportado como una niña, no como una mujer y madre. Aunque solo fuese por Katy, podía haber llevado la situación mejor.
–¿Cómo demonios iba a hacerlo?
–Teníamos un compromiso –dijo él llanamente–. Un compromiso que se basaba en la sinceridad.
A Ursula le pareció que aquella era una palabra un tanto anticuada. Y también le pareció que no tenía derecho a preguntar qué tipo de compromiso había sido aquel.
–Ella sabía lo importante que era la verdad para mí –dijo él en voz baja–. Y aún así escogió una forma poco honrada de conseguir lo que quería. Se ha escapado como una fugitiva –añadió con desdén–. Y un engaño así tiene el poder de destruir la poca armonía que quedaba entre nosotros. Por el bien de Katy yo no quería que eso ocurriera.
–¿Cómo es que las cosas fueron tan mal entre vosotros? –preguntó ella–. ¿Es por qué os casasteis tan jóvenes?
Él negó con la cabeza.
–Teníamos veintiún años, tampoco éramos unos niños. Nadie me puso una pistola en el pecho –dijo al tiempo que se le escapaba una risa cruel–. O puede que sí.
–Debió de ser un pasión muy intensa –observó ella.
Él la miró burlonamente.
–Juegos no, Ursula.
–Yo no…
–Tienes que haberte dado cuenta, por la edad de Katy, de que Jane estaba embarazada cuando nos casamos.
–Pues entonces –dijo ella, triunfal– debió de ser una pasión muy intensa para que corrieseis un riesgo de ese tipo. ¿O es que no tomabais medidas?
Él mantuvo la mirada clavada en ella.
–Me imagino que eso es una crítica, ¿no?
Ella negó con la cabeza.
–No, no pretendía criticarte. Lo que ocurre es que me educaron en la idea de que el sexo es algo demasiado importante como para no pensar en las consecuencias.
Los ojos de Ross se abrieron un poco más, como si le no pudiese creer lo que acababa de decir.
–Sabes, no se qué cualidad encuentro más enternecedora: tu inocencia o tu conmovedora fe en la naturaleza humana.
–No te rías de mí.
–No lo estoy haciendo. Admiro tus principios morales, por si quieres saberlo. Y ahora mismo lo único que quiero es encontrar una buena solución práctica para esta maldita situación. La que sea mejor para Katy.
–¿Por qué no empleas a otra chica au pair?
–No –dijo él moviendo la cabeza–, eso no. No quiero que venga una extraña a cuidar a Katy en un momento como este. Sería una chica joven, sin experiencia a la hora de cuidar niños y probablemente con más interés en pasárselo bien que en ocuparse de una niña que podría dar problemas.
–Supongo que tienes razón.
–¿Me ayudarías tú, Ursula?
Ella estaba genuinamente desorientada.
–¿Ayudarte con qué?
–Con Katy…
–Ross, yo no sé nada de niñas pequeñas…
–Sí, sí lo sabes –la contradijo él–. Tienes una hermana pequeña.
–¡Pero Amber ya es mayor!
–Pero no lo fue siempre, ¿no? Y prácticamente la criaste sola cuando tu madre cayó enferma: tú misma me lo contaste. Y la forma de comportarse de una niña no tiene que cambiar mucho. No en lo fundamental.
–¿Qué es exactamente lo que me estás pidiendo que haga, Ross? ¿Que deje mi trabajo para cuidar de Katy? Porque va a necesitar que haya alguien en casa cuando vuelva del colegio y cuando esté de vacaciones. Y las vacaciones de verano están a punto de empezar. A menos que… –dudó, incapaz de ocultar el espanto que se reflejaba en su rostro–. A menos que estés pensando en mandarla a un internado.
–Eso jamás –se estremeció él–. Y lo último que quiero es que dejes el trabajo: soy demasiado egoísta como para eso. Llevamos trabajando juntos tanto tiempo que ya no me imagino la vida sin ti.
–¿Entonces qué?
–Podríamos trasladarnos a trabajar aquí de manera que siempre haya alguien en casa para recibir a Katy.
Ursula parpadeó, incrédula.
–¿Así de sencillo?
–¿Y por qué no? Yo soy el jefe, bueno, Oliver también, y la parte creativa del negocio es lo que mejor se me da. Y trabajo mejor en un sitio donde estoy a gusto. Y estaré muy a gusto sabiendo que mi hija no tiene que llegar y encontrarse con una casa vacía. Piénsalo, Ursula. En las épocas de colegio las cosas serán muy fáciles. De todas maneras, siempre tenemos las reuniones por la mañana. ¿Qué es lo que hacemos allí en el Soho que no podamos hacer aquí? Y solo me refiero trabajar aquí de tres a seis.
Ursula frunció el ceño.
–Si lo pones así…
–Las épocas de vacaciones requerirán un poco más de planificación, pero estoy seguro de que entre los dos podremos solucionar el problema, ¿no?
–No creo que las vacaciones nos vayan a dar muchos problemas. Un montón de gente se va cuando los niños no tienen colegio.
Aquellos oscuros ojos resultaban tan tentadores… Casi demasiado tentadores, reflexionó Ursula suspicazmente. Lo miró con escepticismo al tiempo que las ideas iban tomando un cierto orden en su mente.
–Esta estupenda idea no se te acaba de ocurrir, ¿verdad? –preguntó ella muy despacio.
La alerta apareció en los ojos de él.
–¿Qué quieres decir?
–Pues a que no te ha venido la inspiración de repente, ¿verdad? Es un plan demasiado bueno como para que sea improvisado –dijo una desafiante Ursula–. Incluso tratándose de alguien tan creativo como tú. Y, ahora que lo pienso, llevas unas pocas semanas haciéndome preguntas y comentarios poco habituales.
–¿Cómo cuáles?
–Como, por ejemplo, «Ursula, ¿te gusta trabajar en el centro?» y «Ursula, ¿has pensado alguna vez en cambiar de empleo?» ¿Acaso sabías que Jane te iba a dejar?
Se produjo un extraño silencio.
–No exactamente, aunque sí intuía que algo estaba tramando.
–¿Y por qué diablos no te enfrentaste a ello y hablaste con Jane, en vez de dejar que las cosas llegasen hasta este punto?
–Ah, no, Ursula –le espetó él moviendo la cabeza de lado a lado–: no uses toda tu evidente inexperiencia para darme consejos…
¿Cómo se atrevía él a reprocharle su inexperiencia?
–¡Mira, no me voy a quedar aquí para que me insultes!
–No, ya lo sé –contestó él–. Pero créeme cuando te digo que a veces lo mejor que puedes hacer es esperar y dejar que pase lo que tenga que pasar. Incluso si algo en tu interior te dice que las cosas van mal –añadió con cara de sufrimiento–. Y que cuando hay un niño de por medio una situación de estabilidad, por poco satisfactoria que sea, es preferible a cambiar radicalmente la vida de ese niño. ¿Me entiendes?
–Creo que sí –asintió ella.
–Nuestro matrimonio no funcionaba. Hace mucho tiempo que habíamos perdido la capacidad de comunicarnos. Si me hubiese enfrentado a Jane simplemente por salvar mi orgullo me habría arriesgado a perder a Katy. Y no merecía la pena.
Ursula lo miró tan atónita como si acabase de contarle que se había pasado toda la adolescencia en la cárcel.
–¡Pero nunca me dijiste nada de todo eso, Ross! Jamás. Ni una palabra. Llegabas a trabajar todas las mañanas con una sonrisa en la cara y era imposible sospechar que había algo que iba tan mal en tu vida.
Él esbozó algo que parecía una sonrisa.
–¿Y qué iba a decir? ¿No te parecería absurdo que llegase a la oficina y dijese: «Buenos días, Ursula. Ah, por cierto: ¿te he contado ya que mi matrimonio es un desastre?»
La miró fijamente.
–Y, para serte sincero, quería mantener mi vida personal totalmente al margen de mi trabajo. La oficina se convirtió en una especie de refugio. El trabajo siempre me ha dado muchas satisfacciones; eso y ver crecer a Katy. Y tú siempre estabas allí tan serena, tan dulce y tan graciosa… Eras como un bálsamo para mis heridas. La verdad es que cada mañana deseaba llegar al trabajo.
El corazón de Ursula se lanzó de nuevo a toda carrera pero se obligó a sí misma a no ver en aquellas palabras ningún significado oculto. La había halagado al confesarle que encontraba su compañía placentera y reconfortante en medio de una crisis sentimental. Pero eso era todo.
–¿Y entonces por qué no hiciste algo hace tiempo? –preguntó ella–. ¿Por qué dejaste que una relación que no iba bien durase tanto tiempo?
–Si te refieres a por qué no pedí el divorcio, ya te he dicho antes las razones.
–¡No! –contestó ella defensivamente al tiempo que se decía a sí misma que aquello no era en lo que había estado pensando–. No me refería a pedir el divorcio sino a otras soluciones, como reconciliarse, o ir a un consejero matrimonial, o algo así –dijo ella encogiéndose de hombros–. Lo que quiera que sea que la gente haga hoy en día. ¡Qué se yo! Nunca he estado casada…
–Claro –dijo él–. Algunas de esas soluciones ya las habíamos intentado. Y no funcionaron, como te puedes imaginar.
Ella notó que las facciones de él reflejaban más tensión y se dio cuenta de que Katy estaba a punto de volver. Y ella le debía a Ross algo más que aquel interrogatorio.
Mucho más.
–Sí, te voy a ayudar con Katy, Ross –le dijo al fin con ternura–. Claro que sí. Y haré todo lo posible para que no se sienta perdida y lo pase mal.
La tensión del rostro de Ross aminoró y la mirada de gratitud que la dirigió hizo que Ursula sintiese que se le ablandaba el corazón.
–Pero quiero que me prometas una cosa, Ross.
–Dime.
–No quiero que mi hermana sepa nada de este acuerdo al que hemos llegado.
Él alzó las cejas.
–Pero si yo no veo nunca a Amber…
–No, pero de vez en cuando te encuentras a Finn y también hablas con Amber cuando me llama por teléfono. La verdad es que prefiero que no sepan nada, al menos de momento. Ya se lo diré yo cuando me parezca oportuno.
–¿Por alguna razón en particular?
Ursula se sintió algo incómoda por el modo en que él parecía querer leerle el pensamiento.
–Los dos opinan que ya trabajo bastante –dijo–. Eso es todo.
Pero a Ross no le bastaba con una mala excusa. Sus oscuros ojos reflejaron su desorientación unos instantes más hasta que, de repente, brillaron al comprender.
–Ah, creo que ya se por qué es –anunció lentamente–. Te quieren proteger. No querrán que te compliques la vida con un hombre casado.
–Pero yo no me voy a complicar la vida con un hombre casado, ¿verdad? –preguntó ella pacientemente aunque la sangre le corría por las venas a toda velocidad–. Lo único que voy a hacer es echarte una mano en el cuidado de tu hija.
La mirada de él se tornó burlona.
–¿Y crees que puedes hacer una cosa sin que la otra suceda?
Ella lo pensó un momento.
–Creo que sí.
–No sé cómo agradecértelo –le dijo en voz baja.
Ursula estuvo a punto de decir que una buena manera sería darle un abrazo… de amigo, claro. Pero de eso ni hablar. Porque, a ojos de Ross, ella no era más que la buena de Ursula, su regordeta y fiel ayudante. Tan reconfortante y poco excitante como un viejo par de zapatillas.
Y no era solo que los hombres como Ross Sheridan jamás se enamorasen de las mujeres como ella.
Por lo visto tampoco las abrazaban jamás…