Diciembre
LOS labios de Katy formaron un círculo casi perfecto mientras esta miraba a su padre y decía:
–Pero papá, ¿por qué no? ¿Por qué no puede venir Ursula a pasar la Navidad con nosotros?
Ross, desde el otro lado del salón de su casa de Hampstead miró a Ursula como diciendo «¡Tú verás, O’Neil!» y siguió sonriendo con aquella irritante media sonrisa mientras contestaba a la pregunta de su hija evasivamente.
–No sé, hija mía. ¿Por qué no se lo preguntas a ella?
–¿Por qué, Ursula? –repitió Katy dulcemente con una decidida expresión en sus ojos.
Ursula no se alteró en absoluto y continuó sacando paquetes envueltos en papel rojo y dorado de la bolsa que traía.
–Porque tengo que pasar el día de Navidad con mi hermana Amber –contestó tranquilamente mientras colocaba los regalos bajo el árbol que Katy y ella habían decorado–. Ya te lo he explicado.
–¡Pero si acabas de volver de estar de vacaciones! –objetó Katy con mal humor–. Cuando fuiste a buscar ese vestido de novia…
–No me vas a negar unas vacaciones, ¿verdad? –dijo Ursula riendo.
El morrete desapareció y la boca de Katy se transformó en una línea recta que la hacía parecerse mucho a su padre.
–¡Pero siempre pasas el día de Navidad con tu hermana! –observó.
–Exactamente –exclamó Ursula en tono triunfal–. O sea que le parecería un poco raro que no lo hiciese este año, ¿no?
–¿Y por qué no puedes decirle que prefieres pasarlo con papá y conmigo para variar? –rogó Katy–. Porque quieres pasarlo con nosotros, ¿verdad?
Ursula suspiró y miró a Ross como pidiendo que la rescatase pero él no le hizo ningún caso y siguió en su línea de amigable falta de cooperación. ¡Era un monstruo!
Ursula le dedicó un ceño fruncido medio en broma.
–Por supuesto que quiero pasar la Navidad contigo y con pa… con tu padre, Katy. Pero ya paso contigo tanto tiempo como puedo y Amber es toda la familia que tengo.
–Pues papá dice que Amber se ha prometido –observó una astuta Katy–. Con el dueño de la agencia de modelos.
–Sí, Finn y ella se han prometido –dijo Ursula alzando la cabeza repentinamente–. ¿Y?
Katy no tuvo en cuenta la mirada de advertencia de su padre.
–Y… ¿no querrán estar solos? Para hacerse carantoñas y todo eso… ¿No vas a estar de sobra con ellos?
–¿Es eso lo que tu padre te ha dicho? –le preguntó Ursula dulcemente al tiempo que le lanzaba una beligerante mirada a Ross.
–¿Por qué no subes a acostarte ya, Katy? –sugirió Ross rápidamente–. Ya sabes que cuánto antes te duermas…
–¡Antes llegará el día de Navidad! –terminó la frase Katy–. Está bien.
Se acercó a su padre, que estaba sentado en un sillón con aspecto de hombre incapaz de relajarse. La niña se inclinó y lo besó en la frente.
–Tienes que cortarte el pelo, papá.
Ross lanzó una carcajada.
–¡Muy bonito, viniendo de una niña a la que hay que llevar a la peluquería a la fuerza!
–Pero no lo digo yo –dijo Katy con soltura–. Lo ha dicho Ursula.
–¿Ah, sí? –preguntó Ross con una expresión beligerante a su vez.
Ursula apartó la vista. Alzó los brazos para recibir a Katy que se acercaba a darle las buenas noches con un beso.
–Subiré a darte las buenas noches y desearte feliz Navidad antes de irme –le dijo a la niña.
–¿Y cuándo te voy a volver a ver? –preguntó Katy casi sin aliento.
–Puedo venir mañana por la tarde, después de estar en casa de Finn y Amber, si no se ha hecho demasiado tarde. ¿Qué te parece?
–¿Lo dices en serio? ¡Perfecto! –murmuró Katy al tiempo que escondía la cara en el cuello de Ursula.
–Y no te olvides de que voy a Praga con tu padre y contigo la semana que viene –le recordó Ursula–. ¡Piensa en qué fin de año tan estupendo va a ser!
–Con mamá también –dijo Katy, dubitativa.
–Eso es –contestó Ursula sin alterarse–. Mamá también va a estar allí.
–Y Julian.
–Y Julian –repitió Ursula.
Esta vez no tuvo que mirar a Ross para que este acudiese en su ayuda.
–¡Venga, chiquitina, a la cama!
Sonrió sin dejar que su expresión revelase la tormenta de sentimientos que el cercano viaje a Praga había despertado en su interior.
–¡Si no Papá Noel no va a bajar por la chimenea! –añadió para terminar.
–Pero papá…
–¿Qué? –contestó él inocentemente.
–Ya sabes… –dijo Katy con los ojos burlones.
Ross se encogió de hombros.
–Lo único que se es que si no crees en él no viene. ¡Así de simple! Incluso para los adultos, tener fe es lo más importante.
–¡Bueno, papá, ya me voy a dormir!
Y salió del salón dando saltitos tras dedicarles una última sonrisa.
Entonces hubo un silencio durante el cual Ursula sintió la vista de Ross clavada en ella, pero le llevó un momento serenarse lo suficiente como para enfrentarse a aquella mirada.
–Katy está… bien –observó ella–. Me he estado preguntando si encontraría estos días especialmente difíciles al ser Navidad.
–Así es –dijo él con amargura–. Jane ha llamado hoy a mediodía.
–¿El día de Nochebuena a mediodía? –parpadeó Ursula–. ¿No te parece un momento un poco raro para llamar? ¿Por qué no habrá llamado esta noche antes de que Katy se fuese a la cama?
–Por la diferencia horaria con Australia –explicó él–. Jane estaba a punto de irse a la cama.
–Ya –dijo Ursula pensando que era mejor no hacer ningún comentario sobre el tipo de vida que llevaba Jane.
–O sea, que no puedes pasar aquí el día mañana –insistió él–. ¿De verdad?
Ursula trató de dar un tono convincente a su voz.
–¡Sí, claro! Ya me imagino lo contenta que se pondría mi hermana si le dijese que he cambiado de opinión. Sobre todo después de que haya salido a comprar un montón de coles de Bruselas y un pavo del tamaño de un avión.
–Probablemente no le molestaría mucho, si te paras a pensarlo. Puede que prefiera pasar el día en la cama con Finn –sugirió él–. A solas.
Ursula estaba demasiado angustiada como para que aquel comentario sexual consiguiese avergonzarla. Movió la cabeza con tal énfasis que su pelo negro se alborotó.
–Ahí es donde te equivocas –le dijo, muy preocupada–. Me temo que esos dos no lo llevan muy bien últimamente.
Ross hizo una mueca de disgusto con la boca.
–No puedo decir que me sorprenda mucho…
–¿Y eso qué quiere decir exactamente?
Ross se encogió de hombros.
–Me cae muy bien tu hermana, pero comprendo que Finn se enfade con ella. Quiero decir, ¿en qué estaba pensando cuando le concedió aquella horrible entrevista a la revista Wow?
–Vamos, vamos: tampoco era tan horrible –dijo defendiendo a su hermana aunque ella misma había sentido vergüenza al leer la entrevista.
–¿Cómo que no? ¡Era peor que mala! Amber salía en poses provocadoras en unas ocho fotos y no hacía más que hablar de su relación con Finn. ¡Sin siquiera molestarse en contarle a Finn que había hecho esa entrevista! No creo que puedas culparlo por perder la paciencia… Yo me habría enfadado bastante si me hubiera ocurrido a mí.
Ursula estaba de acuerdo con Ross pero no lo quería reconocer. ¡Una cosa era criticar a tu familia y otra muy distinta dejar que lo hiciesen los demás!
–Tampoco desveló ningún secreto de interés nacional, ¿no? –le contradijo Ursula.
–Bueno, pero le contó al mundo entero cómo Finn le había pedido que se casase con él y lo explicó de tal manera que cualquiera podía adivinar que había sido justo después de hacer el amor…
–¡Ross!
–Es verdad.
Ursula arrugó la frente. La preocupación que sentía la distraía del hecho de que estaba hablando de sexo con su jefe.
–Ya lo sé –suspiró al fin–. Por eso es especialmente importante que pase el día de Navidad con ellos. ¡Puede que así evite que se maten el uno al otro!
Él estudió el rostro de Ursula.
–Tienes cara de estar cansada.
–Lo estoy. Un poco.
–Pues cambia esa costumbre tuya y quédate a tomar una copa.
Muy tentador…
–No, gracias. Tengo que irme a casa a envolver los regalos de Amber y Finn.
–¡Vaya una cosa! –dijo él con desdén–. Eso no te va a llevar mucho tiempo. Quédate a tomar algo conmigo, Ursula. Llevo casi dos semanas sin verte –añadió él mientras se acercaba al armario y servía dos vasos de vino–. Desde que te tomaste esas improvisadas vacaciones…
–¡Ahora tú también me lo echas en cara, como Katy!
Él negó con la cabeza y sonrió tensamente al tiempo que le entregaba su copa de vino.
–¡Por supuesto que no me estoy quejando! Es que… Bueno, te hemos echado de menos. Sobre todo Katy.
–Sí –contestó Ursula lentamente–. Yo también la he echado de menos.
Y a su padre.
Ross se sentó frente a ella.
–Entonces, ¿qué es toda esa historia del vestido de novia?
Ursula dejó caer los párpados, saboreó el vino y luego volvió a abrir los ojos.
–¿Perdón?
–Katy acaba de decirlo. Que te fuiste a buscar un vestido de novia…
–Ah –dijo ella arrugando la nariz–, no es una historia que le interese mucho al público masculino.
–Ursula, no me hables así –le advirtió él suavemente–. Quiero que me cuentes esa historia –insistió.
–¿Quieres que te la cuente? –dijo ella con la boca torcida.
–Sí, sí quiero.
Ella hizo girar el vino en la copa y este desprendió unos reflejos rojos.
–¿Recuerdas que te conté que mi madre limpiaba cuando yo era pequeña?
Él asintió.
–Sí, y además me diste una conferencia para que no explotase a la señora de la limpieza.
–¿Eso hice? –dijo ella tomando otro sorbo de vino, lo cual la dio valor–. Bueno, pues trabajaba limpiando unos grandes almacenes porque éramos pobres –añadió llanamente.
Ross disimuló una tierna sonrisa.
–Ya había llegado a esa conclusión por mí mismo –comentó–. No creas que había pensado que hacía ese trabajo por hacerles el bien a sus semejantes o porque le gustase que la pagasen poco, o para observar el comportamiento de la gente. Sigue.
La mirada de Ursula se tornó nostálgica.
–Mi madre era una romántica incurable que se enamoró de un vestido de novia de un famoso diseñador. Ahorró mucho tiempo y tuvo que hacer cola toda la noche para comprarlo en las rebajas…
–¿Era bonito? –le interrumpió él.
–Sí, era una preciosidad –repuso ella leyendo al tiempo la pregunta en los ojos de Ross–. No, no era para ella. Era para nosotras: para que lo llevasen sus dos hijas. Primero yo y luego Amber –dijo riendo con un toque de amargura–. Excepto que Amber se va a casar antes que yo, ¡cómo no!
Él hizo caso omiso de aquel despectivo comentario sobre sí misma.
–¿Y qué paso con el vestido?
–Mi padre se puso enfermo, y luego murió.
–Lo siento –dijo él con una expresión de compasión.
–Gracias –dijo ella tragándose la tristeza junto a un sorbo de vino–. Tras su muerte nos quedamos aún en peor situación económica y mi madre tuvo que vender el vestido. Nadie sabe dónde acabó…
Ross la miró con interés.
–Desapareció sin dejar rastro, ¿no?
–Más o menos –asintió Ursula–. Pero entonces, casualmente, vi un concurso anunciado en el periódico. La hija del diseñador del vestido original abre una tienda pronto y, para darle publicidad, ha hecho una réplica del vestido original y va a rifarlo en Año Nuevo. Así es que he incluido a Amber en el concurso para ver si le toca.
–¿Por qué a nombre de Amber y no tuyo?
–¡Para empezar yo no soy la que se casa y, aunque lo fuese, estoy demasiado gorda para llevar ese vestido!
–¿Sí? –preguntó él como si su figura no tuviese ninguna importancia.
Algo en la forma en que lo había dicho la enfureció.
–Es una talla pequeña y además es un vestido ajustado, ¡por supuesto que estoy demasiado gorda para ponérmelo! –replicó ella en mal tono.
–Me parece que te estás enfadando, Ursula –comentó él con calma–. ¿No será porque tu hermana esté más delgada que tú, no?
–Dejémoslo, ¿vale? –dijo pesarosamente.
Ross aún la estudiaba detenidamente y Ursula supo que no tenía ninguna intención de dejar de hablar del tema.
–¿Y por qué nunca me has contado esta misteriosa historia?
–¡Porque normalmente a los hombres no les interesan las bodas ni nada que tenga algo que ver con ellas! –le dijo acaloradamente–. Tradicionalmente salen corriendo si alguien menciona la cuestión. E incluso si hubiera creído que te podía interesar la historia, tampoco habría sido muy diplomático por mi parte, ¿no? Se hubiera pensado que no tendrías ganas de oír hablar de matrimonios, teniendo en cuenta…
Se produjo una brevísima pausa durante la cual Ross alzó las cejas.
–¿Teniendo en cuenta qué?
–Teniendo en cuenta que tu mujer te dejó hace menos de seis meses.
–Bueno, me dejó hace mucho más tiempo –dijo en un susurro casi inaudible.
Ella deseó hacerle preguntas, averiguar qué era lo que había ido tan desesperadamente mal en su matrimonio. Pero otra parte de su ser quería que aquellos secretos continuaran siendo secretos. El problema añadido de compartir su dolor era lo último que necesitaba.
En cualquier caso Nochebuena no era el mejor momento para hablar de relaciones fracasadas.
Ursula dejó la copa vacía sobre la mesa y se puso en pie.
–Es hora de irse.
Ross se movió para ponerse en pie también y entonces su aroma, a limón y musk, alcanzó a Ursula que lo aspiró como si fuera el oxígeno que le daba la vida. Tenía el cabello revuelto y los inteligentes y oscuros ojos le chispeaban al acercarse a mirarla.
–¿Cuándo voy a volver a verte?
A Ursula le dio un vuelco el corazón y trató de respirar con normalidad. Rara vez se encontraba tan cerca de él. Tragó saliva. A veces la línea divisoria entre su relación laboral y su relación personal se volvía borrosa. Al menos para ella, claro. Sobre todo en un momento tan emotivo como la Nochebuena.
Se preguntó si él sería consciente del efecto que estaba produciendo en ella en aquel preciso instante. Seguro que sí. Él debía de saber que ella hubiera caído en sus brazos como una fruta madura en cuanto él se lo propusiese…
–Pasaré por aquí mañana por la tarde, a la vuelta de casa de Amber –dijo con desenvoltura.
–Muy bien.
Él se acercó a la chimenea y tomó un pequeño paquete con un envoltorio plateado de la repisa, donde llevaba todo el día sin que Ursula hubiera reparado en él, y se lo entregó.
–Esto es para ti. Sobre todo para darte las gracias por todo lo que has hecho por Katy. Quiero que sepas cuánto te lo agradezco. ¡Feliz Navidad, Ursula! –dijo él con un brillo travieso en la mirada–. Pero no lo abras hasta mañana por la mañana.
No era la primera vez que le hacía un regalo de Navidad pero, por alguna razón, esta vez era diferente. Ursula se quedó contemplando el plateado paquete y se sintió invadida por el afecto hacia aquel hombre.
–Ross… –balbuceó–. No deberías…
–Si me dices que no debería haberme molestado en comprarte un regalo precisamente este año –respondió él, un tanto sombrío–, cuando te las has arreglado para introducir algo de estabilidad en la vida de mi hija después de desaparecer su madre… ¡Si me dices eso te voy a dar tu merecido, señorita O’Neil!
Ursula sabía reconocer una declaración de guerra cuando la oía. Luchó por contener las lágrimas que le asomaban a los ojos.
–Mu… Muchas gracias –dijo con la voz quebrada–. Lo siento pero yo no he traído tu regalo.
–Ya me lo darás –repuso él mirándola, intrigado–. Te estás poniendo muy sentimental esta noche, Ursula.
–Es un momento del año muy emotivo. Katy debe de estar echando de menos a su madre. Sobre todo esta noche.
Él asintió.
–Supongo que sí pero cada vez que hablo de la cuestión me dice que es feliz. No habla mucho de Jane. Al menos no conmigo.
Ursula insistió.
–Quizá tema disgustarte.
–No soy un hipócrita –dijo él con calma– y Katy lo sabe. No voy por ahí haciendo el papel de esposo abandonado y con el corazón destrozado solo porque eso sea lo que la gente espera de mí. No es mi estilo. Y respeto a mi hija demasiado como para hacerle creer que albergo sentimientos que no existen.
–¿Quieres decir entonces que esto le ha hecho más daño a tu orgullo que a tu corazón?
–Aunque te parezca mentira en este momento nada me puede hacer sufrir. Lo único que me preocupa es Katy.
–¿Te preocupa que se esté guardando todo el dolor dentro?
–No, no creo: a mí me parece que es feliz de verdad. Quizá esta situación sea mejor para ella. Jane y yo siempre mantuvimos una apariencia de normalidad, pero seguramente siempre hubo cierta tensión entre nosotros, y quizá Katy fuese más sensible a eso de lo que nosotros pensábamos. Ha hablado varias veces sobre el viaje a Praga –dijo sonriendo a Ursula–. Se alegra mucho de que vayas a venir con nosotros, por cierto. Y yo también.
–Va a ser el mejor viaje de mi vida –le dijo ella cándidamente–. Pero deberíamos tener cuidado, Ross.
–¿Exactamente en qué estás pensando? –se burló él amigablemente.
–¡Desde luego no en lo que tú pareces estar pensando! –contestó con soltura para estropear el efecto luego sonrojándose–. Es solo que no quiero que me vea como una sustituta de su madre. Eso es todo –añadió agachando la cabeza–. Le sería muy fácil verlo así.
–Ya lo sé –dijo un pensativo Ross que, inesperadamente, rozó su mejilla para apartarle un mechón de pelo que le había caído sobre el rostro–. Y a mí también.
Ursula alzó la cara para mirarlo y su gesto de incredulidad se convirtió en uno de satisfacción cuando él la tocó. ¿Cómo podía un gesto ser a un tiempo tan inocente y tan provocativo? Aquello era sin duda una reacción exagerada: él apenas la había rozado y ella estaba a punto de deshacerse.
Él continuó con la mano sobre la mejilla de ella.
–Tal y como tú has dicho, es un momento del año muy emotivo. Creo que será mejor que nos demos las buenas noches ahora en vez de arriesgarnos a que ocurra algo de lo que podríamos arrepentirnos mañana por la mañana –dijo apartando la mano.
Ella ocultó su decepción pero sabía que él tenía razón. Por supuesto que tenía razón.
–Entonces mejor que me vaya a casa –contestó ella muriéndose de ganas de que él la dijese que no podría soportar verla irse. De que la abrazase y la besase hasta que perdiera la respiración.
–Sí, Ursula, vete –confirmó él pasando repentinamente al enfado–. ¡Vete, por Dios! Cuando me miras con esos ojos azules haces que…
–¿Qué?
–Prefiero no hablar de cómo me siento en este momento –dijo secamente él–. No quiero que en tu dulce mente entre la idea de que soy un monstruo depravado…
–Tú no eres ningún monstruo –respondió ella con la voz temblorosa–. Esa sería la última palabra que usaría para describirte.
–¿Pero en cuanto a lo de depravado aún estoy pendiente de juicio? –dijo él, burlón.
Ursula le dedicó una sonrisa y agarró más fuerte aquel paquete plateado como si alguien se lo fuese a quitar. Le asustaba lo que pudiese acabar diciendo si se quedaba.
–¡Feliz Navidad, Ross!
–Feliz Navidad, Ursula –contestó él con dulzura–. Toma tu abrigo y vete a casa.
–Voy a subir antes un momento a darle las buenas noches a Katy –dijo ella–. Se lo he prometido.
–Sí –concedió él mientras la seguía con la vista–. Es verdad.
Tan pronto como llegó a casa llamó a su hermana.
–¿Amber?
–Mmmm… –bostezó Amber.
–Ross me ha comprado un regalo.
–¿Qué es?
–No lo sé. Me ha dicho que no lo abriese hasta mañana.
–Pues entonces llámame mañana por la mañana.
Pero Ursula no podía esperar. Aquel paquete no parecía contener vales de unos grandes almacenes, que es lo que Ross normalmente le daba por Navidad.
–¡Espera un momento! –le dijo a su hermana al tiempo que rasgaba el papel con el entusiasmo de una niña.
–¡Un reloj! –exclamó al levantar la tapa de la caja en que el reloj brillaba con un resplandor de plata y pálido oro–. Debe de haberle costado una fortuna.
–¡Él se lo puede permitir!
Entonces Amber le estropeó el momento totalmente al añadir:
–Teniendo en cuenta todo lo que haces por él ya podía haberte comprado algo más personal, como un collar, un anillo o algo así.
–¿Un collar o un anillo? –repitió Ursula mirando el teléfono con furia y pensando que un precioso reloj era lo suficientemente personal para ella–. ¿Y por qué diablos iba a comprarme algo más personal cuando nuestra relación es estrictamente profesional?
–¿Estrictamente profesional, dices? Sí, claro. Puede que desde su punto de vista pero… –la voz de Amber se apagó misteriosamente, como si no hiciese falta acabar la frase.
–¿Pero qué?
–Bueno, es muy fácil saber lo que sientes y siempre lo ha sido. Y para mí, y para Finn, por cierto, es evidente que lo adoras.
–Por supuesto que sí –replicó Ursula dignamente–. Pero como jefe, eso es todo. Y en eso no soy distinta de los demás. Todo el mundo adora a Ross.
–Mmmm… –comentó Amber sin hacer ningún esfuerzo por disimular la incredulidad que sentía–. Como jefe se las ha arreglado bastante bien para incluirte en todos los aspectos de su vida, ¿no? Estás trabajando con él en su casa y le estás ayudando a cuidar de su hija. ¡Te lo has tenido muy callado!
–Porque sé lo suspicaz que puedes llegar a ser. ¡Por Dios, su mujer lo ha dejado!
–¡Exacto! –exclamó Amber triunfalmente–. Y por lo tanto esto es más que una relación puramente profesional. ¡Tiene que serlo!
Ojalá, pensó Ursula pesarosamente antes de apartar aquella idea de su mente. Después de todo ella era una persona práctica y con desear lo imposible nunca se ganaba nada.