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Los dos primeros años en Nueva York pasaron muy rápido. Me acostumbré a levantarme súper temprano para ir del departamento a la academia de artes y pasar la tarde con clases adicionales o algún empleo de medio tiempo. Tenía que hacerlo acompañada de mi taza de café, si no la energía no me alcanzaba, porque las calles siempre están llenas de personas. Manejar el coche también es una aventura de alto riesgo y hay que tener los ojos muy abiertos en todo momento. Ya entendía a los personajes de las series y películas que Lisa y yo veíamos los fines de semana en nuestro antiguo hogar.

Un viernes por la tarde regresé a casa con una pequeña escultura de arcilla que había modelado en mi clase de expresión clásica y artística. Fue una odisea que llegara en buen estado, porque aunque ya se había secado, seguía un poco húmeda por dentro y a medio camino comenzó a llover, así que el clima podría hacer que perdiera forma. La materia de escultura era reciente, había comenzado a trabajar con arcilla pero ya modelaba piezas con otros materiales; me sentía cómoda haciéndolo, aunque sabía que necesitaba muchísimas horas de práctica para llegar a tener los resultados que yo esperaba, o sea, piezas perfectas.

Hanna veía una película en la sala de la casa. Cuando me vio entrar empapada por haber cubierto la pieza con mi abrigo, se levantó del sofá y me dio una manta.

—¡Me encanta! —dijo cuando puse sobre la mesa la escultura, que era un modelo de mis manos sosteniendo una hoja.

—Aún me falta trabajar los detalles —contesté, tiritando de frío mientras trataba de entrar en calor con un capuchino que Hanna acababa de prepararme en la máquina de la cocina—. Quiero que de verdad parezca una copia idéntica de mis manos.

—Pues yo la veo muy bien, pero que sea lo que la artista quiera. En eso somos iguales, Ana: aunque el coreógrafo diga que tengo una secuencia bien montada, desde el orden de los movimientos hasta la sincronización con el cuerpo de baile, si no está cronometrada a la perfección, no descanso.

Y era cierto, Hanna era muy disciplinada en sus estudios de baile, y mucho más cuando había una audición pronto.

—Por cierto, te llegó un sobre —dijo, y fue por él a la cocina.

Me lo dio y, por la textura tan fina del papel y las letras doradas, sabía de qué se trataba. El corazón me latió muy rápido cuando lo abrí y leí para mí misma:

Estimada señorita Ana Lee:

Para nosotros es un gusto hacer de su conocimiento que, después de revisar su currículum y el portafolio de su trabajo, usted ha sido aceptada como asistente en la Galería de Arte Contemporáneo F•24, en Manhattan. La esperamos para la entrevista personal en nuestras instalaciones el próximo lunes a las 12 del día. Será un gusto que pertenezca a nuestro equipo de trabajo.

Reciba un saludo, Galería de Arte Contemporáneo F•24.

—¡No puede seeeer! —grité. Estaba muy emocionada—. Nooo pueeede seeer. Esto lo tengo que enmarcar.

Hanna me miraba un poco intrigada. Volví a leer la carta en voz alta. Cuando terminé, aplaudió y me abrazó.

—Te dije que ese lugar sería para ti —dijo Hanna—. Tenemos que celebrar esto, por lo menos con más capuchino y algunas galletas que debo tener por aquí.

—Esto es increíble —contesté—. Mis demás compañeros de grupo también se están incorporando a trabajar en galerías, museos o como asistentes de algunos artistas, pero desde que llegué aquí me puse la meta de entrar al mejor lugar en el mundo del arte, ¡y lo conseguí!

—La mejor siempre tiene que estar en el mejor lugar —respondió Hanna, chocando su taza de café, a la que le quedaba muy poco, con la mía, que iba a la mitad—. Pero ¿por qué justo esa?

—En casa de mi tía abuela Susan hay una fotografía de mi madre en esa galería, mi mamá tenía más o menos mi edad y se ve muy feliz. No sé si expuso en ella o trabajaba ahí cuando vivió acá, pero la primera vez que vine de viaje y pasé por la galería, algo en mi pecho me indicó que ese lugar, tan real ante mis ojos, también tendría que ser parte de mi destino.

—¡Wow! —contestó Hanna—. Esos presentimientos son los más maravillosos. Ahora eres parte de ella, Ana. ¡Felicidades!

Antes de acostarme a dormir le mandé un mensaje a mi tía abuela, que estaría muy orgullosa de mí por ese gran logro.

A la mañana siguiente continuaba tan emocionada por la noticia de la galería que no podía estar quieta, así que salí a caminar; metí a mi mochila el cuaderno de dibujo y los lápices, porque quería ilustrar lo que me llamara la atención en la calle durante esa tarde especial. Decidí pasar frente a la galería, desde que había llegado a Nueva York lo hacía de vez en cuando. Esa tarde, entusiasmada con la noticia, repetí mi ritual, y mientras caminaba por ahí mi corazón latía muy fuerte.

—Aquí estoy, mamá —me dije.

El motivo por el que estaba tan feliz no solo era porque se trataba de una de las galerías de arte contemporáneo con mayor prestigio en los últimos años, sino por la historia de la fotografía de mi madre. Mi tía Susan tampoco sabía si ella había expuesto ahí, pero encontrar la foto fue una señal para mí, como si me marcara el camino que debía seguir en Nueva York. Como por arte de magia, en mi escuela vi la convocatoria de vacantes de medio tiempo para asistentes en la galería. Los requisitos eran muchos, entre ellos estar en el tercer año de la carrera y haber expuesto por lo menos en tres ocasiones, tener amplios conocimientos sobre arte contemporáneo, y tres cartas de recomendación de profesores o artistas. Pensé que no podría postularme por el simple hecho de que estaba acabando el segundo año y nadie tomaría en cuenta mi propuesta, pero Hanna me alentó:

—Okey, no vas en tercero, pero has expuesto en varias ocasiones, tienes calificaciones excelentes y seguramente los maestros te darán esas cartas de recomendación. ¡Y eres una muy buena alumna de la New York Academy of Art! No pierdes nada con intentarlo.

—¿Tú crees? Me encantaría postularme y sé que podría hacer un muy buen papel en la galería —contesté, un poco más convencida de hacerlo.

—Vas a ver que tu trabajo les fascinará —dijo Hanna, igual de entusiasmada que yo—. ¡Ánimo!

Y eso hice. Junté todo mi material, armé un catálogo muy profesional y actualicé mi currículum. También redacté una carta donde decía que no estaba en tercer año, pero tenía buenas calificaciones y estaba comprometida a cumplir con lo que la galería demandara. Si lo que me faltaba para algo así era determinación, eso corría por mi cuenta y pondría toda la necesaria. Un par de semanas después recibí un correo electrónico en el que me decían que pasaba a la siguiente ronda de revisión y dentro de dos semanas o tres me llegaría un aviso con la respuesta. Decidí no pensar en eso y que su carta me sorprendiera, aunque la respuesta fuera negativa, así que estaba en shock cuando me dijeron que había sido aceptada.

Ya frente a la puerta de la galería, saqué mi teléfono y le pedí a una de las chicas que pasaba por ahí que me tomara una fotografía. La imagen de mi madre en ese mismo lugar se había grabado en mi mente, conocía cada detalle, así que imité su pose a la perfección. No cabía duda de que comenzaría una etapa increíble en mi vida.

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Cuando llegó el día, tenía los nervios al mil pero iba lista, sabía que esto era para mí. Me puse un outfit ­athleisure, una gabardina para darle un toque más formal y unos ­uggly tennis, porque no quería resbalarme en el camino y llegar hecha un desastre. Preparé una copia de mi material de trabajo por si me pedían que les enseñara lo más reciente que había hecho, y me fui casi una hora antes porque prefería esperar que dar una mala impresión por impuntual.

Aunque ya había estado dentro de la galería un par de veces viendo las piezas expuestas, el área hacia donde me llevaron era totalmente distinta y solo entraban empleados.

—Señorita Ana Lee. —La puerta de la sala donde esperaba se abrió. Un hombre no tan mayor, quizá de cuarenta años, con el cabello lleno de canas plateadas, se dirigió hacia mí—. Sígame, por favor.

Me condujo a otra sala aún más pequeña, era un despacho. Una mujer detrás del escritorio, supuse que era la encargada de esa área, me recibió.

—Ana Lee, ¿verdad? —preguntó—. ¿Vienes como la nueva asistente? Mi nombre es Jessica, administro los temas del personal en la galería.

—Sí, mucho gusto —contesté, y traté de saludarla de mano, pero ella se concentró en revisar unos papeles.

—Te pedimos que vinieras para firmar estos documentos, son para que conozcas el horario de trabajo, las reglas de la galería, tus obligaciones y las actividades del próximo semestre, y para que vayas poniéndote al día con lo que se hace aquí. También te pido que leas con cuidado antes de firmar, porque estos son los documentos de tus pagos.

—Entiendo. Muchas gracias. —Antes de detenerme a leer, pregunté—: ¿Veré hoy a la señora Olivia?

La mujer quiso soltar una pequeña risa pero se contuvo. Sin levantar la vista de sus papeles, respondió:

—No, Ana. La señora Olivia no recibe a los nuevos, de eso nos encargamos nosotros. Hoy vienes solamente a firmar. El próximo lunes debes estar aquí a esta hora para que el jefe de asistentes de la galería se encargue de darte el trabajo que comenzarás a desempeñar.

—Entiendo. Me da mucho gusto estar aquí, había sido un sueño que…

—Por favor, lee bien los documentos y firma donde aparece tu nombre —interrumpió la mujer, con voz muy firme y sin emoción.

Su actitud se me hizo bastante grosera. En otro momento me hubiera ido de inmediato, no tenía por qué soportar que se portara así, y ni siquiera levantaba la vista para mirarme bien mientras me explicaba. De todos modos respiré y fui muy paciente. Le devolví los papeles, ella los revisó y me dio una copia de cada uno. También me extendió una bolsa de tela con los logos de la galería: dentro había un par de libros de la historia de F•24, álbumes con las exposiciones más exitosas y varios documentos que tenía que revisar para el siguiente lunes.

—Eso es todo. Bienvenida a la Galería F•24.

El mismo hombre que me acompañó a mi llegada pasó por mí a la oficina y me condujo a la puerta. Yo estaba emocionadísima, tanto que no le di importancia a la hostilidad con la que se hizo todo el trámite, entendía que serían detalles a los que debería acostumbrarme. Daba lo mismo, fuera de la galería muchos éramos así sin darnos cuenta. No podía esperar a llegar a mi departamento y leer todo cuanto pudiera. La mujer de ojos azules que representaba a lo más selecto del arte contemporáneo en Nueva York parecía mirarme fijamente desde los álbumes de las exposiciones que ahora hojeaba.

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Mis clases en la academia seguían de manera regular, cuando un maestro se retrasaba, yo aprovechaba ese tiempo para leer la información que me habían dado en la galería, o hacía búsquedas en internet para actualizarme sobre las últimas exposiciones y qué artistas habían pasado recientemente por sus salas. Rechacé unas cuantas invitaciones a comer con mis compañeras de clase porque sabía que podía distraerme más de la cuenta y descuidar las horas que dedicaba a mi preparación, pero sabía que era un sacrificio que me ayudaría más adelante.

Los días de espera pasaron en un parpadeo. Estaba nerviosa con mi primer día en la galería. A las ocho fui a toda prisa a la escuela a entregar un trabajo, no podía entretenerme si veía a algún conocido, tenía el tiempo medido para regresar a mi departamento, cambiarme e ir a F•24. No había pensado en cómo vestirme, ¿necesitaría llegar muy formal y elegante o con ropa casual?

Escogí vestirme con un suéter largo hasta la mitad del muslo, botas color negro arriba de la rodilla, y con un maquillaje nude, porque aunque para mí la imagen y el cuidado personal eran lo más importante, no quería causar una impresión incorrecta. Bebí el café rápido y salí a las once en punto. A las once y media ya estaba en la puerta de la galería, lista para presentarme ante Olivia. El proceso de entrada era el mismo hasta llegar con Jessica, la mujer que me hizo firmar el contrato de trabajo.

—Aquí tienes tu gafete, no lo olvides. Debes registrarte todos los días con tu huella digital y entrar por la puerta lateral para ir directo a tu oficina. Este es un teléfono celular que usarás para atender todos los asuntos relacionados con la galería. Yo te llevaré en este momento a tu lugar, junto con tus demás herramientas de trabajo, pero mañana todo lo harás sola.

Estaba muy emocionada. Como la vez pasada, caminé viendo el interior del área de trabajadores: un lugar lleno de esculturas forradas con papel, tela y plástico, tal vez acababan de llegar, se iban de la galería o estaban a punto de ser instaladas. Pasamos por un taller de escultura y grabado donde desde temprano trabajaban algunas personas.

—Esta área es para artistas. A veces tienen que venir aquí a armar las piezas porque no se pueden mover por avión o carretera sin dañarse —explicó la mujer, como leyéndome la mente—. Llegamos. Esta es tu oficina.

Esa zona era de concreto blanco, pero la pared que daba al pasillo tenía una parte de cristal y se podía ver quién estaba dentro o fuera. El espacio no era muy grande, pero sí bastante iluminado. Había un escritorio pequeño vacío con una silla sencilla y enfrente de ese uno más amplio, lleno de papeles, una silla de piel de muy buen tamaño, un par de portarretratos y un pequeño cactus.

—Disculpa ese desorden —interrumpió la mujer, una vez más casi leyéndome los pensamientos—. Estarás aquí con Sebastian, el jefe de los asistentes. De hecho, serás su mano derecha, él se encarga de muchas actividades en la galería y necesita apoyo. Sebastian pasará la semana completa en Chicago, todo lo que necesites lo tienes que resolver con él cuando regrese. En el cajón superior hay una guía con los números de las personas dentro de la galería, por si necesitas de mi ayuda o la de alguien más. Espero que no, y que puedas con el trabajo tú sola. También está tu agenda, revisa las actividades y comienza con lo que te señalé para hoy.

—Muchas gracias. —Jessica solo me devolvió una mirada de fastidio—. Le llamaré en caso de que no entienda algo.

—Espero que no, señorita Lee, a menos que sea una emergencia. Todo está bastante claro en la agenda. Hasta luego.

La mujer se fue sin despedirse. ¿Acaso todos eran así de fríos en el mundo del arte en Nueva York? Por mi experiencia en la escuela, algunas exposiciones y trabajos de medio tiempo que había tenido, podría jurar que sí. Por ahora no valía la pena pensar demasiado en ello, era el lugar que yo había escogido y estaba segura de que pertenecía a él. Podría hacer mi trabajo de manera sobresaliente, planeando cada detalle a la perfección, como estaba acostumbrada.

Me senté en la silla detrás de mi escritorio, coloqué mis cosas, saqué la agenda del cajón, y apenas comenzaba a revisar los pendientes de ese día, cuando el timbre del teléfono me sorprendió.

—Ana Lee —dijo una voz también seca y seria del otro lado de la línea—. Mi nombre es Luisa, soy la secretaria general de la galería. Por favor, pasa a la oficina de la señora Olivia, quiere verte. Te esperamos en cinco minutos.

—Sí, claro. Ya voy.

Luisa colgó. ¿Dónde estaba la oficina? ¡No había preguntado! ¡Me iba a perder! Afortunadamente, en mi escritorio había un pequeño mapa de la galería. Salí de inmediato, con mi agenda y un lapicero; no me costó trabajo dar con la oficina de Olivia, que estaba muy cerca de la mía, pero era totalmente distinta y elegante: el recibidor era blanco con acero brillante, no tenía más decoración que un cuadro pequeño y orquídeas blancas. Me imaginé que así sería la oficina por dentro, impecable y sobria.

—Ana, ¿verdad? —preguntó Luisa—. La señora te espera, pasa ahora.

Esa habitación era la más grande que había visto en toda la galería y, como en el recibidor, todo era blanco con detalles plateados. Al final, cerca del escritorio, únicamente había una escultura de granito. No había ningún tipo de decoración más que un cuadro pequeño y peonias blancas; tenía ante mí un espacio elegante y sobrio que me confirmaba que ese sería mi sitio en el mundo por tiempo indefinido.

Olivia se veía igual a las fotos de las publicaciones: era una mujer que pasaba de los cincuenta años, delgada, muy alta, con el cabello rubio a la altura de los hombros y perfectamente peinado, los ojos azules y la nariz muy pequeña y fina. Cualquiera pensaría que era una actriz de Hollywood, hermosa, de piel perfecta y movimientos muy delicados. Me vio de arriba abajo y me pidió que tomara asiento. Estuve a punto de extenderle la mano para saludarla pero me contuve, yo estaba bastante nerviosa y no quería ser torpe.

—Entonces eres la nueva asistente de Sebastian —dijo, sin quitarme la mirada y con un semblante bastante serio. Después suavizó esa expresión y sonrió, yo relajé mucho más los hombros en cuanto lo hizo—. Estoy acostumbrada a trabajar muy de cerca con mi personal, soy selectiva con mi equipo de trabajo y solo le confío responsabilidades a personas que sé que pueden cumplirlas. Me da la impresión de que eres una de ellas. Espero que trabajemos muy bien.

—Gracias, señora Olivia, estoy muy…

—Tienes una gran responsabilidad aquí. Como ya sabes, esta es una de las galerías más importantes de Nueva York, y eso significa mucho. En este momento tenemos una gran cantidad de eventos en puerta, Sebastian es mi mano derecha en eso, pero no puede con todo, así que tú deberás apoyarlo en lo que necesite.

—Estoy consciente de la responsabilidad. Para mí es un honor que ustedes…

—Sebastian está en Chicago. Yo tuve que regresar antes para mis juntas de esta mañana, y como él no está, tu primera actividad importante en su representación será hoy. Tengo entendido que esta semana puedes estar de tiempo completo en la galería, ¿no es así?

—Sí, no estoy en la escuela. Estudio en la New York Academy of Art. A partir de mañana puedo venir todo el día.

—Perfecto. Cuando él regrese, puedes venir medio tiempo, como está estipulado. Te coordinarás con él para que nada perjudique tu horario en la escuela y tampoco en la oficina. Por lo pronto, esta noche tendremos un evento de bienvenida para los artistas que expondrán en la siguiente temporada de la galería. Mi secretaria te dará la información necesaria. Quiero que les llames y confirmes su asistencia. También prepara los catálogos para cada uno, deben tenerlos en sus hoteles hoy mismo.

—Claro, en este momento comenzaré a…

—El evento es a las siete. Esto debe quedar listo antes de las cinco. Quiero que vayas a tu casa a cambiarte. Me encantaría que te maquillaras un poco, te ves menor para tu edad y no quiero que demos una impresión descuidada. En F•24 nos preocupamos por cada detalle, desde la imagen de nuestros colaboradores hasta la atención en estos eventos.

—No se preocupe, yo…

—Eso es todo por el momento. Va a ser todo un reto que seas parte de F•24. Nos vemos en la recepción a las siete.

—Así será, señora Olivia.

—Ana… —dijo, cuando ya estaba a punto de salir—. Creemos en la capacidad de la gente joven. Sebastian y yo quedamos impresionados con lo que has hecho a tu corta edad, para nosotros fue como ver el currículum de él cuando empezó en esta galería, y eso nos dio la seguridad de que eras la indicada. Confío en ti, harás un muy buen trabajo, sé que puedes con esto. Bienvenida.

—Muchas gracias. No la decepcionaré —contesté, pero ella no me respondió; noté que me miraba con mucha atención, como examinándome—. ¿De momento desea algo?

—No, nada, Ana… —dijo Olivia— es solo que… te pareces mucho a alguien que conozco.

—¿Sí?

—Que conocía, más bien —continuó, como si buscara rostros entre sus pensamientos—. El cabello, los ojos, la forma de la cara… tal vez la memoria me falla, pero podría jurar que son idénticas. En fin, gracias por suplir a Sebastian. Ve a tu oficina y nos vemos aquí por la noche.

Salí sonriendo, no podía contener la felicidad. En persona, Olivia era todo lo que me había imaginado. Me encantó que mencionara que le había gustado lo que vio en mi currículum; aunque yo supiera que había trabajado muy duro esos dos años en la academia de artes, significaba mucho que ella lo señalara.

Su secretaria me dio varias carpetas con la información necesaria, eran los datos de los artistas y las fotos de sus obras. Yo conocía a muchos de ellos gracias a actividades en la escuela o las noticias que había consultado días antes en la prensa, y por las notas que siempre leía para saber cómo andaba todo en el mundo del arte al que deseaba ingresar; ahora podría verlos en unas cuantas horas. Me sentía como la protagonista de una película que había visto en la escuela y justo por eso pensé que en el futuro nada sería tan fácil.

Al llegar a mi escritorio respiré profundo, como siempre hacía para aclarar mi mente antes de algo importante, y me senté a revisar detalladamente el itinerario y el material de los invitados. Hice las llamadas necesarias y no me detuve hasta terminar. Eran más de las cuatro y ya había confirmado la asistencia de los artistas y revisado que los catálogos fueran enviados a sus hoteles y casas. Mi estómago me avisó que era hora de comer algo o me desmayaría, había pasado todo el día con las calorías de una manzana y un café capuchino con leche deslactosada.

—Ay, no. Si no me voy ahora mismo, no llego aquí a las seis y media.

Di un último vistazo a la agenda: todo marchaba bien, todo en orden y a tiempo para antes de que comenzara la recepción. Estaba muy emocionada: si las cosas resultaban impecables el primer día, iban a salir mucho mejor después. Yo encajaba perfectamente en el puesto de asistente en este importante lugar.

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A pesar de tener veinte años, en Nueva York me preguntaban si era un poco mayor, así que podía maquillarme más y sacarle provecho a eso. Decidí dejarme el cabello suelto con ondas estilo brunette, porque una cabellera rojiza siempre favorece. Me pinté los labios de color nude y escogí en los ojos un cat line rojo, un vestido negro con un corte bustier estilo chic y un abrigo cashmere color negro, con zapatos de tacón bajo y medias. Me gustaba cómo me veía, y eso era lo importante, aunque también debía pasar por la aprobación de mi jefa.

—¡Lista para lo que sigue!

Llegué a la oficina media hora antes, justo como había calculado. Afuera ya se preparaba una lluvia que por suerte pareció esperar a que yo estuviera en la galería, o si no todo mi arreglo se iba a venir abajo. Vi la agenda con los invitados, ¡qué emoción! Mi primer día de trabajo ya incluía una fiesta con nueve artistas reconocidos a nivel mundial: Merello, Jeff Koons, Ai Weiwei, Yayoi Kusama, Yoko Ono, Frank Stella, Alex Katz, Toshiyuki Inoko y Ron Mueck. Esa noche se daban cita galeristas, compradores y críticos de arte.

Sin esperar más, fui de mi oficina a la sala principal de la galería. Seguramente mis compañeros ya estaban en el evento, aún no los conocía por completo, pero no tardaría en familiarizarme con ellos. Mientras avanzaba por los pasillos, pensé que lo más conveniente esos primeros días sería establecer vínculos, prestar atención a su trabajo para saber con quiénes podría contar llegado el momento. Si bien no estaba ahí para hacer amigos, tenía claro que en este negocio el apoyo de otros es fundamental.

Mi tía abuela Susan alguna vez me había dicho que lo principal es ser selectivo con amigos y compañeros, y crecí teniendo en cuenta sus palabras. En efecto: varios de ellos ya estaban ahí, vestidos de manera elegante pero sencilla, nada que ver con las galas de arte que fotografiaba la prensa. Los reconocí porque en mi agenda estaban sus fotos y nombres, F•24 pensaba en todo.

—Hola, soy Ana Lee —saludé a uno de los asistentes, el hombre de cabello plateado—. La señora Olivia me dijo que estuviera desde temprano. ¿Ella está aquí?

—Sí, llegó hace una hora. Está recibiendo personalmente a los artistas.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudarle? Tal vez a recibirlos o…

—No, querida —respondió con una sonrisa que no supe si era amistosa o de burla—. Ella se encarga de eso, no son muchas personas, pero están en la terraza de atrás.

—Bueno, entonces veré si necesita que…

—No hace falta. En todo caso, nosotros la apoyaremos.

Su respuesta tan cortante me desconcertó. ¿Mi trabajo sería solo estar ahí mientras entraban algunas personas? ¿No acompañaría a ninguno? A pesar de que éramos varios, yo tenía claro que mi papel ahí también era importante, si no, por qué Olivia me había pedido ser puntual y no dejar ir ningún detalle. Por eso me extrañó que no me pidieran ir de una vez a asistir a mi jefa.

Pensaba en eso cuando otra mujer, más o menos de la edad de él, se me acercó:

—Ana Lee, ¿verdad?

—Sí, soy yo.

—Soy la encargada de logística de llegada y salida de los artistas. Iba a coordinarme con Sebastian pero no vino, sé que resolviste su trabajo, bien hecho. Vengo de estar con Olivia y los invitados, si en media hora ella no te busca, puedes irte, todo está bajo control.

Había pensado que tendría que estar durante toda la ceremonia de bienvenida, pero si alguien del personal y que acababa de hablar con Olivia me daba esas indicaciones, lo mejor era obedecer y hacer las cosas bien. A las ocho todos los invitados estaban en la terraza, listos para el brindis, y Olivia no salía porque permanecía ocupada con ellos y la prensa, así que era momento de irme.

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Al día siguiente, apenas me senté detrás de mi escritorio, el teléfono sonó.

—La señora Olivia quiere verte en su oficina ahora mismo —anunció la secretaria.

Llegué lo más rápido que pude, la secretaria me dijo que pasara de inmediato. Cuando estuve dentro, la noté mucho más seria que el día anterior.

—Lo primero que te dije cuando entraste ayer por esta puerta era que tenías una gran responsabilidad en esta empresa. No cualquiera puede hacer una pasantía, mucho menos a tu edad y sin haber terminado la carrera, y entrar como asistente de mis asistentes.

—Señora, yo…

—No sé si llegaste anoche, no te vi. Te dije que estuvieras antes de las siete, debías hacer lo mismo que Sebastian y estar cerca de mí por si necesitaba algo. No te presentaste.

—Sí vine, estaba afuera con…

—Tu lugar era a mi lado, pendiente de mí y de lo que yo te indicara. Ese es el papel de Sebastian, y en su ausencia tú debes cubrirlo igual o mejor, Ana. Si no puedes o no quieres este trabajo, es mejor que te vayas ahora mismo.

Sus palabras me dejaron helada. Incluso el tono de voz era más firme, estaba molesta conmigo. La bienvenida había quedado atrás, ahora debía hacer frente a esa situación. Iba a balbucear cualquier cosa, pero primero tomé aliento para darle una explicación, la única.

—Pero sí vine. Mi compañero, uno de los…

—Responsabilizar a otros por una falta es una pésima presentación, Ana. Ahora tienes dos opciones: te vas inmediatamente de esta galería y seguimos con nuestras vidas de manera normal, o te quedas y cumples con tu trabajo como debe ser.

—Señora… yo… yo… me quedo.

—Dile a Luisa que te dé los pendientes de la semana. Hay mucho trabajo por hacer mientras regresa Sebastian. Que sea la primera y última vez que haces esto. Te repito lo de ayer: confío en ti, y quiero que esto quede como un malentendido y no como una conducta recurrente de tu parte.

Olivia dirigió la mirada a los papeles que tenía sobre el escritorio, dando por terminada la reunión, y yo salí de la oficina. Me temblaban las piernas, sentía un nudo en la garganta y luchaba por contener las lágrimas. Junto a la secretaria estaba el asistente de cabello plateado, con la misma horrible sonrisa de burla. Una Ana más impulsiva y que no se dejaba tratar así por un desconocido le hubiera echado encima la taza de café del escritorio, pero solo recogí las carpetas con los pendientes de la semana y seguí mi camino hasta la oficina. No me iba a dejar pisotear por nadie, iba a permanecer en esa galería a como diera lugar y les demostraría que era digna de confianza.