cap9

Ana y Dylan. Dylan y Ana. Esa idea no me dejaba en paz, no podía apartar de mi cabeza el instante en el que él me besó y yo correspondí a ese beso. En realidad nunca me lo esperé, me agarró por sorpresa. Cuando llegué a casa, después del momento que compartimos en uno de mis lugares favoritos de la ciudad, me quedé un rato pensando en lo que Dylan acababa de decir. Su labor era increíble.

—¿Y si está mintiendo? —me dije en voz alta—. No, no, no, Ana, no pienses eso. No desconfíes de él o de las personas —aunque siempre me ha costado trabajo confiar en los demás.

Aun así, abrí mi laptop e hice una búsqueda rápida. Conocía la historia y trayectoria de Olivia, pero no la del padre de Dylan. Puse en el buscador David Farré, altruista, y encontré un poco de información, porque casi toda era de su carrera en las artes, solo había algunas notas sobre su trabajo como voluntario en la defensa de los derechos de los animales, en la década de 1990.

—Dylan no me ha mentido —dije—. Él ha sido totalmente sincero conmigo.

Al día siguiente, por la mañana, recibí un mensaje de texto a mi número personal. Era de Dylan: “¿Podemos vernos hoy?” Y después otro de Sebastian: “¿Ya te escribió tu príncipe? Tienes que contarnos todo”. Claro, Sebastian le había pasado el número. Le contesté a Dylan que sí, y fijamos la hora. Había planeado quedarme en casa todo el domingo, necesitaba un descanso después de días tan difíciles en la academia y la galería, pero ver a Dylan era un plan mucho mejor. Acordamos encontrarnos en Rockefeller Park, Dylan tenía un compromiso ahí y quería que yo lo acompañara.

Cuando llegué al lugar, él ya me esperaba. Tenía dos vasos de café en la mano y me ofreció uno:

—Te he visto con este café en específico y supongo que lo amas —dijo.

Caminamos un poco hasta que llegamos a nuestro destino. En la entrada decía Sastrería Hermanos Jones.

—Lo que quiero enseñarte está al fondo. Vamos —dijo Dylan, y me tomó de la mano.

Cruzamos la parte delantera, donde se exhibían trajes para hombre, y fuimos al taller. Había una decena de chicos de entre quince y dieciocho años cosiendo en máquinas.

—Ellos llegaron a Nueva York como refugiados, huyendo de la guerra y la hambruna en sus países, y Bruce, el dueño de la sastrería, los contrató a todos como traba­jadores de medio tiempo, les paga más que en cualquier otro lugar y se ocupa de su seguro médico. Ellos arman suéteres con telas recicladas, y esos suéteres se donan a albergues.

—Esto es increíble, Dylan —dije, sorprendida. Aún me costaba trabajo creer que él estaba tan involucrado en labores altruistas.

—Es una parte, Ana. No solo nos manifestamos en parques, sino que queremos hacer un gran cambio. Quiero que veas que también hay un mundo distinto al de las paredes blancas de F•24. Mi padre me lo mostró hace años y ahora quiero compartirlo contigo.

Me sentí muy conmovida. ¿Cuáles eran en realidad las intenciones de Dylan hacia mí? Dudaba un poco, pero en el instante en el que él me tomó de la mano mientras veíamos el trabajo de los chicos, esas dudas aún eran más confusas.

—Me gustaría que me acompañaras a más eventos —dijo él. Me miraba a los ojos y yo notaba que hablaba en serio—. Creo que nadie es la misma persona después de estar cerca de estas causas.

Una de las chicas que cosía fue por mí, me llevó a su mesa y me explicó muy bien el procedimiento para hacer los suéteres. Nunca había cosido a máquina, y cuando vi el resultado de mi intento, Dylan y yo sonreímos, no estaban tan mal. Los chicos se esmeraban mucho en lo que hacían, era su empleo y le dedicaban energía y paciencia. Pensé en mi infancia, que no había sido la más privilegiada de todas, sino una bastante solitaria, pero agradecí nunca haber tenido que pasar por circunstancias similares a las de esos chicos, que aun así lograban salir adelante en un país totalmente desconocido.

Cuando salimos del taller, Dylan y yo caminamos un poco por la zona. Me contó que, aunque llevaba años siendo parte de ese equipo, los resultados apenas comenzaban a verse. Al principio, en la época de su papá como activista, casi nadie les hacía caso, era como tocar puertas sin que los escucharan. Poco a poco fueron teniendo la atención de más personas, aunque no había políticos interesados, ni gente cercana al gobierno que los apoyara. Sin embargo no se dejaron vencer, hasta que sumaron más voces y las ­manifestaciones tuvieron resultados pequeños, que ellos se encargaron de hacer más grandes. Lo que yo acababa de ver era el fruto de ese trabajo, y tanto Mike como Dylan se habían convertido en los activistas más jóvenes involucrados con sus causas. Él también seguía los pasos de su padre, como yo los de mi madre.

Dylan me acompañó de regreso al departamento. Hanna me envió un mensaje diciendo que Tom estaba ahí, habían pedido pizza para cenar y Sebastian llegaría en un rato.

—¿Quieres pasar a conocerlos? —le pregunté a Dylan.

—Me encantaría, pero mi madre quiere que vaya con ella a Boston mañana temprano y aún tengo que hacer algunas llamadas, pero con gusto me uno a su plan la siguiente vez.

No esperaba que me besara de nuevo, porque eso traería más dudas de las que ya tenía. Sin embargo estaba sucediendo y yo me sentía bien así, aunque no supiera exactamente qué era esto o hacía dónde iba.

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El martes de esa semana llegué antes a la galería. Sebastian tenía una carga extra de trabajo y yo tenía que ayudarlo. No me levanté del escritorio en varias horas, así que a las cuatro de la tarde, en cuanto mandé el último correo a nombre de Sebastian, tomé mi bolso para ir a comprar algo de comer y regresar a hacer lo mío, moría de hambre y cansancio. En el área de empleados de F•24 había un comedor bastante agradable que a esa hora estaba desocupado, y fue una casualidad que mientras yo terminaba de comer, Dylan entrara a rellenar su botella de agua. No había nadie más, Dylan miró con precaución hacia la puerta del comedor, que seguía despejada, con un par de pasos se acercó tanto a mí que me orilló a la barra cerca del lavabo, y antes de que pudiera escapar de él me plantó un beso en los labios con todo el cuidado del mundo, porque entendía que él era inmune a los rumores y críticas de los demás asistentes, pero yo no. Me emocionaba tenerlo tan cerca, sentía que mi corazón latía a toda prisa y no podía dejar de sonreír con esa sorpresa.

—¿Llevas mucho tiempo aquí? —me preguntó, mirando de nuevo hacia la puerta y colocándose a unos pasos de distancia de mí, pero todavía muy cerca, de modo que yo no podía escapar—. Yo estoy saliendo de una reunión con mi madre, lo más aburrido del mundo —explicó, y soltó una pequeña risa cómplice.

—Tienes que hacerlo —contesté—. Al menos por un tiempo mientras…

—¿Acaso no piensas regresar a la sala de juntas? —interrumpió Olivia, quien nos miraba desde la entrada del comedor. Nos veía desconcertada, demasiado juntos, como si jugáramos a que yo era una presa mientras Dylan no me dejaba escapar.

¿Cómo estaba siempre en todas partes? No cabía duda de que seguía a su hijo a dondequiera que se moviera dentro de su propio territorio. Yo pretendía tener un día normal y esa no era la mejor manera de conseguirlo, ya que cada vez que los tres coincidíamos, Olivia se molestaba conmigo.

—Adiós, Ana —dijo Dylan, sin dejar escapar ni un poco de emoción—. Suerte en la semana.

—Ana, quiero que en una hora me lleves lo que te va a pedir Luisa —indicó Olivia sin voltear a verme, de camino al pasillo.

Me preparé un café lo más rápido que pude y fui hacia mi lugar. Por suerte el encargo no era nada difícil, sino algo que tenía listo desde el viernes. Calculé que pasara una hora y fui a llevarlo.

—Nada de esto es lo que te pedí —me dijo Olivia cuando entré a su oficina y le di la carpeta—. ¿Es tan difícil que entiendas cómo hacer una cotización?

—Señora, esto es lo mismo que le he entregado casi desde que entré. En la columna de la izquierda vienen los precios y en la…

—¡No es esto! —gritó Olivia. Era la primera vez que levantaba la voz delante de mí—. Cada vez estás haciendo peor las cosas.

—¿Entonces qué quiere de mí, señora Olivia? —dije firme pero conteniendo el llanto. Los nervios y el coraje parecían traicionarme, y era porque no esperaba esa reacción de ella—. Esto es lo que me pidió, Sebastian lo revisó ayer y me dijo que estaba bien.

—No es lo que quiero. Sal de aquí, por favor. Espero la cotización completa a las cinco, entrégasela a Luisa.

No esperé a que diera por terminada mi visita, como siempre, y salí de inmediato conteniendo las lágrimas, pero apenas llegué a mi escritorio lloré de coraje. Eran las lágrimas contenidas desde hacía mucho. Me desconocía a mí misma por completo, no estaba acostumbrada a que la seguridad que depositaba en mis decisiones y forma de trabajar se vieran vulneradas, yo no era el tipo de persona a la que era fácil ponerle un pie encima pero había llegado a mi límite. Era un hecho que ya no me sentía digna de estar en F•24, y pensaba seriamente en renunciar. En ese momento Sebastian entró, había regresado antes, y me vio llorando, totalmente derrumbada.

—Ana, cariño, tranquila, no pasa nada —dijo, y me abrazó, dejando de lado su posición de jefe y portándose como mi amigo. Ese abrazo que me dio me hizo sentir como si no estuviera sola ni lejos de casa.

—Ya no puedo, Sebastian. Todo lo que hago está mal, según ella, y no sé si de verdad es así o es por Dylan. Nos vio en el comedor, y muy juntos, no quiero que eso arruine mi trabajo aquí.

—Ay, querida Ana, de verdad lo siento. No hay mucho que pueda hacer por ti en esta situación.

—Ana, ¿qué pasa? —dijo Dylan. Cruzaba el pasillo y me vio desde la pared de cristal.

—Ya no puedo, Dylan, en serio, ya no.

En ese momento me limpié las lágrimas para no darle explicaciones, ya no quería más conflictos con Olivia. Sebastian salió para dejarnos solos. A pesar de que quise recobrar la compostura, había señales de llanto y tristeza en mí y Dylan pudo deducir lo que estaba sucediendo. No quise decirle nada porque era su mamá, a pesar de ser totalmente distintos. Nos abrazamos en silencio por unos minutos, y después él se fue de la oficina.

Sebastian se topó con Dylan en el pasillo, lo vio molesto mientras caminaba rápido y decidió ir tras él con mucho cuidado. Sin que lo viera, se quedó a un lado de la pared de la oficina de Olivia. Dylan entró sin avisar, ni siquiera tocó a la puerta.

—¿Por qué estás haciendo esto con Ana? —le preguntó Dylan a Olivia.

—Dylan, ¿por qué vienes a mi oficina a hablarme de este modo? —dijo ella con la voz fría con la que se dirigía a mí desde hacía un tiempo y sin levantar la vista de sus documentos.

—No has dejado de molestarla desde que entró a trabajar. La regañas por todo, a pesar de que hace bien su trabajo. ¿No es la mejor asistente que has tenido en mucho tiempo? ¿La más eficiente?

—No tengo que darte explicaciones sobre cómo manejo a mi personal. Qué poco conoces el trabajo en esta galería.

—Estás encima de ella esperando que se equivoque en lo mínimo, madre, y eso no ha sucedido, tú…

—Yo estoy al mando de la galería, Dylan. Cuando te ocupes de F•24 como debe ser, decidirás sobre el personal. Además, ¿crees que no me he dado cuenta de cuáles son sus intenciones y cómo pretende conseguir ascender? Su poca lealtad debe ser algo de familia.

—No sé de qué estás hablando, madre, pero solo puedo decirte una cosa: si vas a continuar tratándola así, no cuentes conmigo en esta empresa.

—Ni siquiera estás aquí por la memoria de tu padre —dijo Olivia, sin dejar de ver a su hijo a los ojos.

—Cada vez que puedes lo mencionas. Tal vez tú debas recordar la memoria de mi padre, y no solo su memoria, también su bondad con las personas que le ayudaron a levantar esta galería.

Olivia se quedó sin palabras. En ese momento Dylan comenzó a caminar hacia la puerta para salir de ahí. Sebastian fue hacia nuestra oficina antes de que Dylan lo viera, pero él ya no regresó conmigo.

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Esa misma tarde entregué la cotización que Olivia me había pedido corregir. No pasé a verla, la dejé con la secretaria y volví a mi lugar para continuar con los pendientes. Mientras pasaba en limpio un reporte de prensa, me llegó un correo. Lo leí con cuidado, el corazón me latía muy fuerte:

Estimada señorita Ana Lee:

Por este medio hacemos de su conocimiento que la obra presentada ante el jurado calificador ha sido seleccionada para participar en la Young Art Fair for the New World, que se celebrará en la New York Academy of Art en diciembre, los días previos a la Navidad. En breve nos comunicaremos con usted para darle detalles sobre el evento.

Muchas felicidades.

—¡Sebastian! ¡Sebastian! —grité emocionada—. ¡Me seleccionaron! ¡Mi obra fue seleccionada para la feria!

Él se levantó y se apresuró a abrazarme mientras releía el correo en voz alta.

—Estoy muy orgulloso de ti, eres lo máximo —dijo.

—No hubiera podido sin tu ayuda —le contesté.

—Para nada, yo solo te di una llave. El talento es todo tuyo.

Las lágrimas de coraje y frustración del mediodía iban a convertirse en lágrimas de felicidad, pero no fue así, ya no lloré, sonreí y fui extremadamente feliz en ese momento. Recordé a mis papás, que hubieran estado orgullosos de mí. El lazo con mi madre era mucho más fuerte después de esa noticia, y sentí que la seguridad de la Ana de siempre regresaba a mí.

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El resto de la semana hice mi trabajo como de costumbre. Aunque al principio pensé que la carga laboral tan pesada en F•24 haría que bajara mis calificaciones en la academia, eso no sucedió, al contrario, continuaba esforzándome por rendir en ambos lugares, y en las clases de pintura, dibujo e incluso escultura los comentarios de mis maestros seguían siendo buenos. No podía negar que la disciplina de Olivia me obligaba a estudiar más las obras de los artistas, analizar la composición e incluso me motivaba a crear mis propias piezas. Extrañaba no poder ir al cine o ver a mis compañeros de la academia en los ratos libres, o que fuera imposible salir con Hanna a comer a algún lugar o visitar tiendas para distraernos, pero es lógico, porque esa época del año era la más cargada en el mundo del arte. Lo mejor durante esos días fue la noticia de la feria de arte, cuya obra no hubiera podido presentar sin el apoyo de Sebastian, y un poco la complicidad de Dylan, ya que cuando me encontró en la bodega no me delató.

Decidimos celebrar mi futura participación en la feria el fin de semana yendo a un restaurante en Koreatown, pero el sábado comenzó a llover desde temprano e imaginamos que las calles serían un caos, así que Tom y Hanna se encargaron de conseguir los mejores platillos cerca del departamento, aprovechando que Hanna no tenía función. Sebastian llegó con Kimi, su perrita, cuando ya teníamos todo listo.

—¿Dylan vendrá? —preguntó Hanna.

—Me dijo que haría lo posible. Hoy sus amigos y él se organizarían para ir a una manifestación en Washington, ya casi son las votaciones para la ley de protección animal.

—Aún no puedo creer lo que me contaste —dijo Hanna, con la voz alegre y curiosa a la vez—. Es increíble que haga esa labor por el mundo, y no tiene aspecto de ser un chico bueno.

—Sebastian y yo también nos sorprendimos —comenté—. Es alguien totalmente distinto al que supuse.

—Y te mueres por él, no te hagas —intervino Sebastian, riéndose, siendo mi cómplice en ese momento.

No podía evitar sonrojarme. Aunque no quería admitirlo, había algo de él que me intrigaba y no podía sacármelo de la cabeza. Esperaba que Dylan llegara pero no quería hacerme ilusiones, porque él continuaba siendo una persona ausente e impredecible. Que me mostrara esa parte de su vida no significaba que estuviera cerca en todo momento.

Tom, el novio de Hanna, tocaba la guitarra y entre los dos nos dieron un espectáculo.

—Esta es para ti, Ana, felicidades por tu éxito en la feria —dijo Hanna, y comenzó a cantar Over the Rainbow.

Recordé que cuando ella llegó al departamento por el anuncio del cuarto en renta habíamos hablado de esa canción, de los musicales de Broadway, de su vida en Nueva York y los sueños que cada una quería cumplir. Hanna tenía razón, habíamos llegado al final del arcoiris. Yo estaba muy feliz por ella desde que me dijo que Tom acababa de pedirle que fueran novios, me alegraba verlos enamorados y sonrientes. Hanna tenía un corazón noble y una alegría que contagiaba a todos, además de ser súper disciplinada en el baile y la actuación; representaba el equilibrio emocional en nuestro departamento.

Mientras aplaudíamos por la interpretación, sonó el timbre. Habíamos pedido unos postres, pero no era el repartidor, sino Dylan.

—Ana, perdón por la tardanza.

Lo abracé sin pensar, vi una sonrisa en su rostro y sentí la mía, no lo pudimos evitar, y lo hice pasar. Los demás pensaron que sería huraño y no querría convivir, pero nada de eso, Dylan también podía ser agradable con los demás. No habló de su trabajo como voluntario y nadie le preguntó, para no invadir su privacidad, aunque ya todos estaban enterados. Tampoco mencionamos la galería, las horas se nos fueron hablando de Nueva York, prediciendo la carrera de Hanna en Broadway y qué nos habían parecido las últimas películas que habíamos visto en el cine. Pasada la una de la mañana, Sebastian se despidió. Después Tom, quien al día siguiente tenía un entrenamiento muy temprano.

—También me voy a dormir —dijo Hanna, ahora evitando ser demasiado sonriente porque no quería intimidar a Dylan—. Mañana recogemos, Ana. Hoy no te preocupes.

Se despidió de Dylan y de mí y fue a su recámara. Nosotros nos quedamos recostados en el sofá de la sala, platicando de todo: la infancia de Dylan, la enfermedad de su padre, cómo Olivia se opuso a que él siguiera con el trabajo altruista que demandaba mucho esfuerzo, y al final sobre su fallecimiento de un ataque al corazón. Dylan me contó que había escogido fingir una apatía general en lugar de declararle abiertamente a su madre que su prioridad era la ecología, y desde los dieciséis años recurrió al grupo de amigos de su papá para continuar con el trabajo que él había dejado inconcluso. Yo le hablé del accidente de mis padres, de mi orfandad y el papel que mi tía abuela Susan desempeñó en mi educación; y le hablé de Pablo, del cariño incondicional que teníamos el uno por el otro.

—¿Aún lo quieres, Ana? —preguntó Dylan.

—Sí, pero de una manera distinta. Ahora somos otras personas. Cuando éramos niños, él me hizo tres promesas que siguen vigentes, solo que se han ajustado a nuestra realidad.

Dylan colocó su dedo pulgar sobre mis labios, quizá ya no quería que le hablara de un viejo amor. Permanecimos un momento en silencio, su mano derecha acariciaba mi cuello y se movía hacia mi hombro, provocándome una sensación de paz y seguridad. Nos mirábamos a los ojos y después él puso sus labios en los míos. Cuando besé a Dylan, sentí que en ese beso había sinceridad, cariño y admiración. Yo nunca había experimentado eso, y mi corazón estaba a punto de desbordarse. Aunque los dos hubiéramos querido llegar a más esa misma noche, Dylan se fue ya entrada la madrugada. Al día siguiente él y sus amigos continuarían con los planes previos a las elecciones, y yo no opuse resistencia, sabía que esa era su prioridad, y nosotros tendríamos más días y noches maravillosas.