RONDONE Y RONDINELLA38
En verdad, quién era Rondone y quién Rondinella no lo sé ni yo, y tampoco lo sabe nadie en aquel pueblo de montaña donde cada verano hacían su nido por tres meses.
La señorita de la oficina de correos jura que en tantos años no ha conseguido producir un sonido humano, juntando las k, las h, las w y todas las f del apellido de él y del de ella, en las infrecuentes cartas que recibían. Pero, incluso si la señorita de la oficina de correos hubiera conseguido deletrear aquellos dos apellidos, ¿qué más podría saber?
Mejor así, pienso yo. Mejor llamarlos Rondone y Rondinella, como los llamaban todos en aquel pueblito de montaña. Rondone y Rondinella no solo porque cada año, en verano, volvían desde no se sabe dónde a su antiguo nido; no solo porque iban, o mejor, revoloteaban inquietos desde la mañana hasta la noche durante todo el viaje, sino también por otra razón, un poco menos poética.
Tal vez nadie en aquel pueblito pensaría en llamarlos así si aquel señor extranjero, el primer año, no hubiera llegado con un largo chaleco negro de sarga, con las faldas revoloteando al viento y los pantalones blancos. Y también si, buscando una casita apartada para las vacaciones, no hubiera elegido la villa del médico y alcalde del pueblo, pequeña como un nido de golondrina, en la cima de la llambria llamada La Bastìa, entre los castaños.
¡La villa tan pequeña y él, el señor extranjero, tan grande! Oh, un hombre sanguíneo, con gafas doradas y barba negra que, desgreñada y prepotente, invadía sus mejillas y llegaba casi hasta sus ojos, sin conferirle por eso un aire hosco o torvo, porque de su cuerpo vigoroso exhalaba más bien una cordialidad franca y sonriente.
Con la alta cabeza sobre el tórax hercúleo parecía siempre a punto de lanzarse, con el ímpetu de un alma infantil, hacia alguna convocatoria misteriosa, lejana, que solo él conocía: arriba en la montaña o abajo en el valle inmenso, ora de un lado ora del otro. Volvía sudado, acalorado, jadeante y sonriente, con una concha fósil en la mano o con una florecilla en la boca, como si precisamente aquella concha o aquella florecilla lo hubieran convocado de pronto desde millas de distancia, desde la montaña o desde el valle.
Y viéndolo andar así, con aquel chaleco negro y aquellos pantalones blancos, ¿cómo no llamarlo Rondone?
La Rondinella había llegado, el primer año, unos quince días después de él, que ya había encontrado y preparado el nido entre los castaños.
Había llegado repentinamente, sin que él supiera nada, y había tenido muchas dificultades para explicar que buscaba al señor extranjero y que quería ser guiada hasta su casa.
Cada año Rondinella llegaba dos o tres días después que Rondone y siempre así, de repente. Solo un año llegó un día antes que él. Lo cual demuestra claramente que entre ellos no había entendimiento y que algún grave obstáculo tenía que impedirles tener noticias recíprocas. Claro, como se deducía de los sellos postales de las cartas, vivían en el mismo país pero en dos ciudades diferentes.
Desde el principio surgió la sospecha de que ella estaba casada y que cada año, libre por tres meses, iba allí a ver a su amante, a quien ni siquiera podía anunciar el día exacto de su llegada. Pero, ¿cómo conciliar estos impedimentos y tanto rigor de vigilancia sobre ella con la libertad absoluta de la cual gozaba durante los tres meses de veraneo en Italia?
Quizás los médicos le habían dicho al marido de Rondinella que ella necesitaba el sol y su marido le concedía cada año aquellos tres meses de vacaciones sin saber que Rondinella, además de sol, más que de sol, iba a Italia para un tratamiento de amor.
Era pequeña y diáfana, como hecha de aire; con límpidos ojos azules, sombreados por pestañas larguísimas: ojos tímidos y casi asombrados en el pequeño y delgado rostro. Parecía que un soplo tuviera que llevársela o que, al tocarla apenas, tuviera que romperse. Casi se sentía consternación imaginándola entre los brazos de aquel gran e impetuoso hombre.
Pero entre los brazos de aquel hombre, que la esperaba impaciente en la villa con un temblor de fiera enternecida, ella, tan pequeña y delgada, corría cada año a lanzarse feliz, sin miedo de romperse, de hacerse daño alguno. Conocía toda la dulzura de aquella fuerza, toda la ligereza segura y tenaz de aquella pulsión y se abandonaba a ellas perdidamente.
Cada año la llegada de Rondinella era una fiesta para el pueblo.
Eso al menos creía ella.
La fiesta, claro, estaba en su interior y naturalmente la veía por doquier, afuera. Pero sí, ¿cómo no? Todas las viejas casitas que el tiempo había revestido de una peculiar pátina oxidada, abrían las ventanas a su llegada, el agua de las fuentes reía, los pájaros parecían enloquecidos por la alegría.
Rondinella entendía mejor las conversaciones de los pájaros que las de la gente del pueblo. Es más, estas últimas no las entendía en absoluto. Parecía que sí entendía de verdad las conversaciones de los pájaros, porque sonreía toda contenta y se giraba al oír el trino de los que saltaban entre las ramas de las altas encinas que escoltaban la calle empinada, que subía de Orte al burgo montano.
La carroza, cargada de maletas y paquetes, avanzaba lentamente, y el cochero no podía evitar girarse de vez en cuando para sonreír a la pequeña Rondinella, que volvía al nido como cada año, y para señalarle con las manos que él ya estaba allí, su Rondone: sí, allí arriba, desde hacía tres días: sí, sí.
Rondinella levantaba los ojos hacia la montaña aún lejana, donde los castaños no expuestos al sol se evaporaban en azul y forzaba los ojos para descubrir el puntito rosado de la villa.
Aún no lo divisaba, pero allí estaba el castillo férreo que domina el burgo, y más abajo la residencia de los viejos mendigos, que tienen el cementerio al lado y cuyo hogar es una suerte de antesala, a la espera de que la señora muerte los reciba.
A los pies del burgo, inminente sobre la calle tortuosa, el bosque de las encinas majestuosas le provocaba a Rondinella, cada vez que pasaba por él, una sensación de frío y de consternación. Pero duraba poco. Inmediatamente después, pasado aquel bosque, se descubría la villa sobre La Bastìa.
Nadie sabía realmente cómo ambos vivían allí arriba, pero era fácil imaginarlo. Una vieja sirvienta iba a limpiar, cada mañana, cuando ellos se escapaban del nido y se dedicaban a revolotear, llevados por una alegría embriagadora, incansables, por la montaña, por el valle, por el campo, por los pueblitos cercanos. Hay quien dice haber visto a Rondone sosteniendo en brazos a su Rondinella, como a una niña.
Todos en el pueblo sonreían alegres al verlos pasar en aquella viva alegría de amor, cuando, cansados por las largas carreras, iban a comer a la hostería. Todos se habían acostumbrado a verlos y sentían que al pueblo le faltaría una atracción y una fuente de gozo si algún verano Rondone y Rondinella no volvieran a su nido. El médico no pensaba en confiarle a otros su villa, seguro de que, después de tantos años, aquellos dos no le fallarían.
Hacia finales de septiembre, primero partía ella; dos o tres días después se iba él. Pero los últimos días antes de la partida no salían del nido ni siquiera por un momento. Se comprendía que tenían que prepararse para la separación que duraba un año, abrazarse largamente antes de separarse. ¿Volverían a verse? ¿Podría ella, tan pequeña y delgada, resistir al hielo de tantos meses sin el fuego de aquel amor, sin el sustento de la gran fuerza de él? Tal vez moriría durante el invierno; tal vez él, el verano siguiente, volviendo al viejo nido, la esperaría en vano.
El verano llegaba, Rondone también y esperaba ansioso uno, dos, tres días: al tercero llegaba Rondinella, pero año tras año estaba más delgada y diáfana, con los ojos cada vez más tímidos y asombrados.
Hasta que, el séptimo verano…
No, no faltó ella. Llegó, tarde. Faltó él; y al principio supuso una gran decepción para todo el pueblo.
¿Cómo, no viene? ¿Todavía no ha llegado? Llegará más tarde.
El médico, asediado por estas preguntas, se encogía de hombros. ¿Qué podía saber él? A él también le dolía que al pueblo le faltara el alegre espectáculo de Rondone y de Rondinella enamorados, pero también estaba molesto porque no había alquilado la villa.
—Con tal de confiar…
—Seguramente algo le habrá pasado.
—¿Habrá muerto?
—¿O habrá muerto ella, más bien?
—O el marido habrá descubierto…
Y todos miraban con pena la villa rosada, el nido desierto, en la cima de La Bastìa, entre los castaños.
Pasó junio, pasó julio, también agosto estaba a punto de terminar, cuando de pronto por todo el pueblo se difundió la noticia:
¡Llegan, llegan! ¿Los dos juntos, Rondone y Rondinella? ¡Juntos!
Corrió el médico, corrieron todas las personas que estaban sentadas delante de la farmacia y los veraneantes desde la cafetería de la plaza, pero fue una nueva decepción. Y mayor que la primera.
En el coche, que había subido desde Orte al paso, estaba sí Rondinella (¡estaba, es un decir!), pero a su lado no estaba Rondone. Había otro hombre, rubio, con el rostro cuadrado, plácido y duro.
Quizás era su marido. ¡No podía ser otro hombre que su marido! Parecía la legalidad convertida en persona. Y legalidad parecía decir cada mirada de los ojos ovalados detrás de las gafas; legalidad repetían cada acto y cada gesto; legalidad, legalidad, resonaba a cada paso. Apenas bajó de la carroza y se presentó al médico, que también era alcalde, para pedirle, en francés, si podía procurarle una camilla para trasladar a la pobre enferma, incapaz de sostenerse en pie, a cierta villa, situada, como le había dicho, en un lugar…
—¡Sí, lo sé muy bien: la villa es mía!
—No, perdone, señor, me lo han dicho y yo lo repito: situada en un lugar demasiado alto para que un carruaje pueda subir.
¡Ah, con qué claridad los ojos de Rondinella decían desde el coche que ella moría por culpa de este hombre compuesto y respetable, que sabía hablar con tanta precisión y exactitud! Solo aquellos ojos seguían viviendo, ya no tímidos, sino brillantes por la alegría de haber podido volver a ver aquellos lugares y también brillantes de cierta malicia nueva, mostrada ahora (¡demasiado tarde!) por la muerte, ay de mí, demasiado cercana.
«Ríanse, ríanse todos, ríanse fuerte, en coro, a mi lado», les decía aquellos ojos maliciosos a toda la gente que observaba el carruaje, consternada y perdida en la pena, «¡ríanse de este hombre compuesto y respetable, que sabe hablar con tanta precisión y exactitud! ¡Él me hace morir, con su respetabilidad, con su cuadrada y escrupulosa exactitud! Pero ustedes no se aflijan, se lo ruego, porque he podido obtener la gracia de morir aquí, vénguenme, más bien, riéndose fuerte de él. Yo puedo reírme en voz baja, fugazmente y así, solo con los ojos. ¿Ven a qué estado se ha reducido su Rondinella? Antes volaba y ahora tiene que ir a la villa en camilla».
«¿Y Rondone, y tu Rondone?», le preguntaban ansiosos a aquellos ojos, los ojos de la gente que se congregaba alrededor de el carruaje, «¿Qué le pasado a tu Rondone que no ha venido? ¿No ha venido porque tú estás así? ¿O tú estás así porque él ha muerto?».
Tal vez los ojos de Rondinella entendían estas preguntas ansiosas, pero sus labios no podían contestarlas. Por eso sus ojos se cerraban con pena.
Con los ojos cerrados, Rondinella parecía muerta.
Algo tenía que haber ocurrido, pero qué, nadie lo sabe. Suposiciones, se pueden hacer muchas, y también se puede fácilmente inventar. Lo único cierto es esto: Rondinella vino a morir sola a la villa, y de Rondonde no se ha sabido nada más.
38 El término italiano rondine corresponde al español «golondrina». Los nombres de los protagonistas del cuento, Rondone y Rondinella remiten a su parecido físico con la golondrina y a la metáfora que anima el cuento.