VIII. DE LA COSTA AL ALTIPLANO

Se necesita, pues, ser zorro para conocer las trampas, y león para asustar a los lobos. Los que sólo imitan al león, no comprenden bien sus intereses.

Cuando invade un extranjero poderoso una comarca, lo ordinario es que se pongan de parte del invasor los Estados menos fuertes, por envidia al que antes dominaba, y sin gastos ni esfuerzos el extranjero conserva la adhesión de estos pequeños Estados que de buen grado forman un bloque con el conquistado.

NICOLÁS MAQUIAVELO

¿Quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo?

MIGUEL DE CERVANTES

Caballos, no los había,

carneros, vacas, lechones

ni aceite, ni pan, ni vino,

solo mameyes y elotes.

MATEO ROSAS DE OQUENDO

CONTENIDO GENERAL DE LA SEGUNDA CARTA

La segunda Carta de relación, firmada en Segura de la Frontera (Tepeaca) el 30 de octubre de 1520, culmina con la revelación de la excepcional civilización que existía en México-Tenochtitlán y sólo puede compararse en interés con los diarios y cartas en que Colón describía el mundo que iba descubriendo. Ambos documentos debieron producir asombro y curiosidad semejantes. Pero mientras que en los relatos de Colón domina una naturaleza nueva y pródiga y la inocencia de los aborígenes, el de Cortés refiere el principio de una azarosa conquista y el esplendor de un imperio extenso, complejo y poderoso.

Los múltiples acontecimientos que relata esta segunda carta cubren un periodo de cerca de un año y dos meses, de principios de agosto de 1519 al 30 de octubre de 1520, y pueden separarse en tres secciones principales.

La primera describe la destrucción de las naves y el lento avance desde Veracruz hasta la entrada a México-Tenochtitlán, venciendo oposiciones y obstáculos. Se extiende de cerca del 6 de agosto de 1519 al 8 de noviembre del mismo año, en un lapso de tres meses.

La segunda narra la estancia pacífica de Hernán Cortés y sus soldados en México-Tenochtitlán y contiene las descripciones maravilladas de la ciudad y la corte de Motecuhzoma. Concluye con la salida de Cortés hacia la costa cuando recibe noticias de la expedición de Pánfilo de Narváez. Se extiende del 8 de noviembre de 1519 a mayo de 1520, en un lapso de seis meses.

La tercera contiene la derrota de Narváez; el regreso de Cortés a la ciudad de México, en donde encuentra la guerra iniciada entre españoles e indios a causa de la matanza de nobles ordenada por Pedro de Alvarado —a quien no menciona—; la muerte de Motecuhzoma y la nueva decisión indígena de lucha y no de renuncia, hasta la derrota de los españoles en la Noche Triste, el 30 de junio de 1520, y la huida de Cortés y sus huestes hacia tierras tlaxcaltecas, donde se recuperan y preparan el asalto a la ciudad de México. Se extiende de mayo de 1520 al 30 de octubre del mismo año, en un lapso de seis meses.

1. DE VERACRUZ A MÉXICO-TENOCHTITLÁN

LA DESTRUCCIÓN DE LAS NAVES

Pocos días después de la partida a Castilla de los procuradores Hernández Portocarrero y Montejo, “se me quisieron alzar e írseme de la tierra” [p. 34], dice Cortés, cuatro de sus soldados adictos a Velázquez. Añade que confesaron que tenían determinado tomar un bergantín, matar al maestre y volver a Cuba a informar al gobernador. Los rebeldes eran Pedro Escudero, los pilotos Diego Cermeño y Gonzalo de Ungría o Umbría y Alonso Peñate. Cortés se limita a decir: “los castigué conforme a justicia”. Bernal Díaz añade que los denunció Bernardino de Coria, arrepentido, que Escudero y Cermeño fueron ahorcados, que a Gonzalo de Umbría le cortaron los pies —fueron sólo los dedos de los pies, pues seguirá caminando— y al marinero o a los marineros Peñate les dieron doscientos azotes. Cuéntanos también que el clérigo Juan Díaz andaba entre los alzados, pero que a él sólo se le metió harto temor, y que cuando Cortés firmó aquella sentencia, con suspiros y sentimientos dijo: “¡Oh, quién no supiera escribir para no firmar muertes de hombres!”, frase que le hace recordar la “de aquel cruel Nerón en el tiempo que dio muestras de buen emperador”.1

Antes de internarse en el país, Cortés decide dejar una fuerte guarnición en la que él llama aún la Rica Villa de la Vera Cruz. Y para evitar tentaciones como la que acababa de ocurrir, ya que muchos de sus soldados son criados y amigos de Diego Velázquez, y tienen temor de aventurarse en tierra tan grande y poblada, decide inutilizar sus navíos. Cortés sólo escribe:

So color que los dichos navíos no estaban para navegar, los eché a la costa por donde todos perdieron la esperanza de salir de la tierra [p.35].

Será López de Gómara quien, probablemente apoyado en conversaciones con Cortés, precisará los detalles y exaltará la hazaña que luego celebrarán los poetas: el encargo secreto a los maestres para que barrenasen los navíos diciendo que ya no servían para navegar, el desmantelamiento de todo lo útil que contenían, y la primera determinación de reservar un navío que al fin también fue “quebrado”.2 Bernal Díaz no está de acuerdo en un punto con la versión de López de Gómara: fueron los soldados amigos de Cortés quienes le propusieron dar “al través” con los navíos, aunque Cortés “lo tenía ya concertado, sino que quiso que saliese de nosotros”.3 La cuestión queda, pues, en lo mismo. Sin embargo, para el soldado cronista, aquella era una cuestión de honra: “¿de qué condición somos los españoles para no ir adelante y estarnos en partes que no tengamos provecho y guerras?” Y más adelante, para ponderar la importancia de la hazaña, Bernal Díaz dice que los soldados manifestaban a Cortés su solidaridad con la decisión tomada, pues —y aquí otro notable recuerdo clásico— “echada estaba la suerte de la buena ventura, como dijo Julio César sobre el Rubicón”4

La fábula de que Cortés quemó sus naves, en lugar de sólo barrenarlas, apareció desde mediados del siglo XVI. Probablemente se originó, como supuso Federico Gómez de Orozco, en una de las pinturas que ornaban el Túmulo Imperial, levantado en las exequias de Carlos V, en México, 1559, pintura que Francisco Cervantes de Salazar describió diciendo que representaba “los navíos en que [Cortés] pasó, quemados y echados al través”.5

EL INCIDENTE DE FRANCISCO DE GARAY

Cuando la expedición iniciaba los preparativos para internarse en la tierra, a principios de agosto de 1519, surge el primero de los muchos intentos que se harán para disputar a Cortés la conquista que emprendía.

Refiere el conquistador que, encontrándose en camino de Veracruz a Cempoala, el capitán Juan de Escalante, que estaba al frente del destacamento que cuidaba el puerto, le hizo saber que por la costa andaban cuatro navíos [pp. 35-36]. Eran de Francisco de Garay, teniente gobernador de Jamaica, el cual no venía con ellos. Bajaron a tierra tres de sus hombres, un escribano y dos que serían testigos, e informaron a Escalante que habían descubierto aquella tierra, querían poblar en Nautecall (Nautla) y le pedían que repartiese con ellos la posesión. El dicho Escalante les indicó que hablaría con su capitán en Veracruz. No lo aceptaron y continuaron merodeando. Con astucias, se provocó que bajaran otros hombres de las naves y saltaron cuatro, a los que detuvieron junto con los tres iniciales. Luego, las cuatro naves desaparecieron, aunque Garay repetirá más adelante su intento de compartir la tierra mexicana.

Bernal Díaz añade algunas precisiones: fueron seis los soldados tomados e incorporados a la expedición, y da los nombres de tres de ellos: Andrés Núñez, carpintero de ribera; el valenciano maestre Pedro, “el de la arpa”; y del otro “no me acuerdo el nombre”, dice el cronista,6 el cual pudo ser el jumétrico Alonso García Bravo, que trazaría con Cortés la nueva ciudad de México y de quien se sabe que vino con Garay, en éste o en los posteriores intentos de intervención.7

Garay, el gobernador de Jamaica, era un hombre rico que había pasado a las Indias con Cristóbal Colón y emparentado más tarde con Diego Colón. Cuando supo del descubrimiento de Yucatán y de su riqueza, obtuvo permiso de los gobernadores de la isla Española y envió a sus expensas cuatro navíos, a fines de 1518, a cargo de Alonso Álvarez de Pineda, con el objeto de explorar la Florida en busca del estrecho que facilitara la comunicación entre los dos océanos. Sólo encontraron tierras bajas y estériles, ya descubiertas por Juan Ponce de León. Llevaban ocho o nueve meses de viaje recorriendo la costa del Golfo y trataron de asentarse en Nautla, cuando se encontraron con los soldados de Cortés.

Garay intentará dos veces más participar en la conquista de México.8

DE CEMPOALA A TLAXCALA

Cancelada la posibilidad de retorno, protegido el puerto de retaguardia y solucionado por el momento el problema de Garay, Cortés y sus soldados emprenden el viaje al interior del país en busca del reino fabuloso de Motecuhzoma. Inicialmente se dirigen a Cempoala para recibir ayuda material y decidir el itinerario más conveniente. Cortés dice que en Veracruz dejó una guarnición de 150 hombres y dos de a caballo —número que parece excesivo y que muestra la preocupación por las posibles interferencias cubanas— y que con él iban 300 peones con quince de a caballo. Los totonacas les dan, según Bernal Díaz, “cuarenta principales y todos hombres de guerra” y doscientos tamemes para cargar la artillería.9 La ruta que les aconsejan y por la que los conducen sus guías es la de cruzar la cadena montañosa oriental por puertos existentes entre las dos grandes cumbres nevadas, el Cofre de Perote y el Pico de Orizaba; y más adelante, pasar por la provincia de Tlaxcala, por ser sus habitantes enemigos de los aztecas. Los demás pueblos que cruzan son de aliados de Motecuhzoma que, cumpliendo instrucciones, los reciben pacíficamente y les dan comida.

El 16 de agosto de 1519 salen de Cempoala. En cuatro jornadas van primero a Xalapa y luego a Xicochimalco, hoy Xico (Cortés escribe Sienchimalen y Bernal Díaz Socochima), en las estribaciones de la serranía cuyo ascenso comienzan. Con su inclinación a la sobriedad narrativa, Cortés dice que pasaron el puerto entre las cumbres al que llamaron Nombre de Dios, “el cual es tan agro y alto que no hay en España otro tan dificultoso de pasar”. En cambio, Bernal Díaz recuerda:

Y desde aquel pueblo [Tejutla] acabamos de subir todas las sierras, y entramos en el despoblado, donde hacía muy gran frío, y granizó y llovió. Aquella noche tuvimos falta de comida, y venía un viento de la sierra nevada, que estaba a un lado, que nos hacía temblar de frío, porque como habíamos venido de la isla de Cuba y de la Villa Rica, y toda aquella costa era muy calurosa, y entramos en tierra fría, y no teníamos con qué nos abrigar, sino con nuestras armas, sentíamos las heladas, como éramos acostumbrados a diferente temple.10

Después de pasar por otras alquerías en la sierra siguen por despoblados áridos y fríos donde mueren “ciertos indios de la isla Fernandina, que iban mal arropados” [p. 38], dice Cortés. Cruzan otro puerto, “no tan agro como el primero”, al que llaman Puerto de la Leña, por la mucha que allí había cortada y en rimeros. Y al fin inician el descenso a un valle llamado por Cortés Caltanmí, cercano a Xocotla o Zautla, cuyo cacique Olíntletl, “hombre obeso a quien llevaban por los brazos dos de sus parientes y debía sufrir alguna enfermedad nerviosa, pues los españoles le pusieron por apodo el Temblador”, escribe Orozco y Berra,11 los recibe con hospitalidad. Cortés pregunta a Olíntletl si era vasallo de Motecuhzoma y: “me respondió diciendo que quién no era vasallo de Mutezuma, queriendo decir que allí era señor del mundo” [p. 38].

Bernal Díaz añade que, después de la comida, Cortés le preguntó por medio de las lenguas “de las cosas de su señor Montezuma”, y Olíntletl les hizo la primera descripción que escuchaban de la magnificencia de México, de su asiento sobre las aguas, sus casas con azoteas, sus tres calzadas con aberturas, sus defensas y sus grandes riquezas en oro, plata y chalchihuis. Refiere también el cronista que un soldado, Francisco de Lugo, traía un lebrel de gran cuerpo que ladraba mucho de noche, y que los indios preguntaban si era tigre o león, y les respondieron: “Tráenlo para cuando alguno los enoja, los mate”.12

De Iztacamaxtitlan, el pueblo siguiente, cuenta Cortés que tenía “la mejor fortaleza que hay en la mitad de España, y mejor cercada de muro y barbacanes y cavas “ [p. 39]. El señor del lugar da a los españoles informes sobre la situación de los tlaxcaltecas y su vieja enemistad con los mexicas. Y al señorío de Tlaxcala envía Cortés cuatro mensajeros, de los cempoaltecas que con él iban y que hablaban náhuatl, con una carta ofreciéndoles amistad y un “chapeo vedejudo de Flandes colorado”.13

EN TIERRAS TLAXCALTECAS

A la salida de los pueblos del valle de Caltanmí encuentran una gran cerca, “alta como estado y medio… tan ancha como veinte pies” y que “atravesaba todo el valle de la una sierra a la otra” [p. 39]. Informaron a Cortés que era la frontera de la provincia de Tlaxcala. Refiere Lorenzana que de esta cerca quedaban algunos peñascos, entre ellos uno muy grande que llaman la Mitra.14

Los naturales del valle ofrecen a Cortés que, pues iba a ver a su señor Motecuhzoma, ellos lo llevarán por tierras de sus aliados en que será bien recibido, y le piden que no entre a tierras de sus enemigos los tlaxcaltecas. Sin embargo, Cortés prefiere seguir el consejo de los de Cempoala y se interna en Tlaxcala, que lo espera en armas.

Cuando habían caminado cuatro leguas tuvieron un primer combate con cuatro o cinco mil indios, que les mataron dos caballos e hirieron a otros y a dos soldados. Los indios se retrajeron, devolvieron a Cortés dos de sus mensajeros y llegaron con ellos enviados de los señores tlaxcaltecas. Éstos echaron la culpa de aquel asalto a comunidades que lo habían hecho sin su licencia, pues ellos querían ser amigos de los españoles.

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Batalla con los tlaxcaltecas. Dibujo de Miguel Covarrubias.

Al día siguiente volvieron los otros dos mensajeros de Cortés “llorando, diciendo que los habían atado para los matar y que ellos habían escapado aquella noche”. Pronto apareció un enorme ejército tlaxcalteca, capitaneado por Sientengal, como Cortés llama a Xicoténcatl el mozo. Esta vez Cortés exagera, pues los soldados tlaxcaltecas le parecen 100 000, y en la batalla del día siguiente los calcula en 149 000, “que cubrían toda la tierra” [p. 41]. Bernal Díaz estima que eran 50 000 soldados.15

Para entonces, los españoles habían aumentado sus escasas huestes con cuatrocientos indios de Cempoala y trescientos de Iztacamaxtitlan; y a pesar de la valentía de tlaxcaltecas y otomíes, que combaten juntos, los españoles y sus aliados logran derrotarlos en estas batallas, que ocurren los primeros días de septiembre de 1519. “Bien pareció que Dios fue el que por nosotros peleó” [p. 41], comenta providencialista y convencido Cortés.

Los tlaxcaltecas siguen alternando las feroces batallas con ofertas de paz. En uno de estos días, refiere Cortés que llegaron cincuenta tlaxcaltecas diciendo que los enviaban a darles de comer. Curiosean tanto los precarios cuarteles españoles que pronto se sospecha y se prueba que eran espías. Dice Cortés que hizo cortar las manos a los cincuenta y los devolvió con el encargo de que “dijesen a su señor que de noche y de día y cada cuando él viniese, vería quiénes éramos” [p.42].16

En otra de estas estratagemas, refiere Andrés de Tapia que el joven Xicoténcatl envió a Cortés como de costumbre comida, pero esta vez añadió indios, pan y fruta, copal y plumas, con este recado altivo e irónico:

Si eres dios de los que comen carne y sangre, cómete estos indios, y traerte hemos más; e si eres dios bueno, ves aquí incienso e plumas; e si eres hombre, ves aquí gallinas; pan e cerezas.17

Cortés le respondió que eran hombres de carne y hueso como ellos, que no mintieran más, que no fueran locos y viniesen de paz.

Tlaxcaltecas y otomíes peleaban con notable valentía y destreza:

¡Qué granizo de piedra de los honderos! —recordará Bernal Díaz—. Pues flecheros, todo el suelo hecho parva de varas tostadas de a dos gajos, que pasan cualquier arma y las entrañas adonde no hay defensa; y los de espada y rodela y de otras mayores que espadas, como montantes y lanzas, ¡qué prisa nos daban y con qué braveza se juntaban con nosotros y con qué grandísimos gritos y alaridos! Puesto que nos ayudábamos con tan gran concierto con nuestra artillería y escopetas y ballestas, que les hacíamos harto daño; a los que se nos llegaban con sus espadas y montantes les dábamos buenas estocadas, que les hacíamos apartar, y no se juntaban tanto como la otra vez pasada; los de a caballo estaban tan diestros y hacíanlo tan varonilmente que, después de Dios, que es el que nos guardaba, ellos fueron fortaleza.18

El mismo cronista refiere que era empeño especial de los tlaxcaltecas tomar o matar algún caballo, bestia desconocida para los indios. Y que en una de las primeras batallas, entró Pedro Morón, jinete en “una muy buena yegua y bien revuelta de juego y de carrera”, rompiendo entre los escuadrones indios. Unos le cogieron la lanza a Pedro y le dieron cuchilladas con los montantes, y a la yegua le dieron tal cuchillada “que le cortaron el pescuezo redondo y colgado del pellejo; y allí quedó muerta”. A Morón lograron sacarlo de la refriega, y aun salvaron la silla de la yegua, y el soldado murió dos días más tarde. Y la yegua, que era de Juan Sedeño, que estaba herido y la prestó a Morón, buen jinete, la hicieron pedazos para mostrarlos a los pueblos de Tlaxcala, y “después supimos —cuenta Bernal— que habían ofrecido a sus ídolos las herraduras y el chapeo de Flandes y las dos cartas que les enviamos para que viniesen de paz”.19

Andrés de Tapia registra otra anécdota curiosa. Cuando día tras día tenían encuentros con los tlaxcaltecas y muchos de los españoles estaban heridos y entrapajados, a Cortés le dieron, además, calenturas:

e acordó de se purgar, e llevaba cierta masa de píldoras que en la isla de Cuba había hecho; e como no hobiese quién las supiese desatar para las ablandar e hacer las píldoras, partió ciertos pedazos e tragóselos así duros; e otro día, comenzando a purgar, vimos venir mucho número de gente, e él cabalgó e salió a ellos e peleó todo ese día, e a la noche le preguntamos cómo le había ido con la purga, e díjonos que se le había olvidado de que estaba purgado, e purgó otro día como si entonces tomara la purga.20

A propósito de doña Marina, Bernal Díaz hace un gran elogio de la eficacia de su ayuda, de su valentía en los trances difíciles y de su “esfuerzo tan varonil” para mover las gestiones de paz con los tlaxcaltecas, sin atemorizarse por las continuas amenazas. Y añade que, “cuando todos estábamos heridos y dolientes, jamás vimos flaqueza en ella, sino muy mayor esfuerzo que de mujer”.21

LAS VOCES DEL TEMOR Y DE LA PRUDENCIA

Los soldados de Cortés que tenían intereses en Cuba se aterrorizaron una vez más por la violencia y desproporción de los combates y manifestaron a Cortés que ya habían perecido 55 de ellos y que los indios eran muchos y bravos guerreros, e intentaron persuadirlo de que volviesen a Veracruz y pidieran auxilio a Velázquez para volverse a Cuba. Los murmuradores, refiere el conquistador, decían “que había sido Pedro Carbonero que les había metido donde nunca podrían salir… y que si yo era loco… que no lo fueran ellos” [p. 43].

Cortés les repuso con persuasiva serenidad. Él ha corrido los mismos peligros que ellos. Dios los ha guardado hasta ahora y los seguirá guardando. Las historias recogerán la fama de sus hechos, mayores que los de los grandes capitanes romanos. Si volvieran atrás, los totonacas mismos se volverían contra ellos y todos los juzgarían cobardes. Ciertamente, han perdido ya 55 soldados, pero es cosa vista que en las guerras “se gastan hombres y caballos”. En fin, “valía más morir por buenos, como dicen los cantares, que vivir deshonrados”. Con esto, cuenta Bernal Díaz, se apaciguó la inquietud de los temerosos.22 Debieron persuadirlos, sobre todo, los éxitos que iba teniendo Cortés al superar cada obstáculo con decisión y audacia notablemente concertadas.

Pero no eran sólo los españoles los atemorizados. Cuenta Tapia que el jefe cempoalteca Teuche, que venía con ellos y era “hombre cuerdo”, aconsejaba también a Cortés que no siguiera adelante:

Señor —le dijo—, no te fatigues en pensar pasar adelante de aquí, porque yo siendo mancebo fui a México, y soy experimentado en las guerras, e conozco de vos y de vuestros compañeros que sois hombres y no dioses, e que tenéis hambre y sed y os cansáis como hombres; e hágote saber que pasando de esta provincia hay tanta gente, que pelearán contigo cient mil hombres agora, y muertos o vencidos estos, vernán luego otros tantos, e así podrán remudarse o morir por mucho tiempo de cient mil en cient mil hombres, e tú e los tuyos, ya que seáis invencibles, moriréis de cansados de pelear, e yo no tengo más que decir de que miréis en esto que he dicho, e si determinéis de morir, yo iré con vos.

Cortés le agradeció tan prudente y dramático consejo y le respondió que “con todo aquello quería pasar adelante, porque sabíe que Dios que hizo el cielo y la tierra les ayudaríe”.23

LA ASTUCIA Y LOS MOTIVOS TLAXCALTECAS

El contradictorio proceder de los tlaxcaltecas, de ofrecer amistad y paz y atacar al mismo tiempo a los españoles, culpando a los otomíes de que lo hacían sin autorización o a la audacia juvenil del rebelde Xicoténcatl el joven, actuando en contra de los ancianos “entreguistas”, era en realidad una astucia sabia y bien concertada.

El señorío independiente de Tlaxcala estaba dividido en cuatro parcialidades gobernadas por otros tantos señores: Ocotelulco, por Maxixcatzin; Tizatlán, por Xicoténcatl el viejo; Tepetícpac, por Tlehuexolotzin o Temiltotécatl, y Quiahuiztlán por Citlalpopocatzin.24 Los cuatro señores se reunieron a deliberar para decidir la conducta que debían seguir frente al ejército de Cortés, que ya se encontraba dentro de las fronteras de Tlaxcala y el cual les había enviado mensajeros con ofertas de paz.

Después de escuchar opiniones conciliadoras unas, agresivas otras, el señor de Tepetícpac propuso:

Que le parecía se enviasen embajadores al capitán de aquella nueva gente, que con graciosa respuesta le dijesen que en aquella ciudad sería bien recibido; y que entretanto, pues había gente apercibida, le saliese al camino Xicoténcatl [el joven], con los otomíes, y hiciese experiencia de lo que eran aquellos a quienes llamaban dioses; y si los venciese, Tlaxcala quedaría con perpetua gloria; y si no, se daría la culpa a los otomíes, como bárbaros y atrevidos.25

Tan astuto consejo fue aceptado y así se procedió. Los señores de Tlaxcala enviaban mensajes de bienvenida y comida a Cortés y a sus huestes, y al mismo tiempo el joven capitán Xicoténcatl los combatía encarnizadamente. Pese a la valentía de tlaxcaltecas y otomíes en las grandes batallas de Tecoac y Tecoatzinco, y de intentar combatirlos por la noche, siguiendo el consejo de sus adivinos, no pudieron vencer a la “nueva gente”. Entonces, los señores ancianos se fingieron desobedecidos, y recibieron y pactaron alianza con los vencedores, para lograr con ello un provecho muy importante para Tlaxcala: librarse de la tiranía de los mexicas.

El bravo capitán Xicoténcatl el joven, a pesar de su altiva oposición a los invasores, por la que más tarde moriría, recibió órdenes de los señores de presentarse al real de Cortés, acompañado por otros principales, a ofrecer paz y amistad en nombre de Tlaxcala. Reconoció con franqueza “que ya habían probado todas sus fuerzas” contra ellos, y puesto que ni éstas ni sus mañas les aprovechaban, se sometían al vasallaje español. La alianza con los tlaxcaltecas, que a exigencia de Cortés confirmaron luego los cuatro señores viejos, llegará a ser decisiva para la conquista de México.

Tal alianza fue firme porque permitía a los tlaxcaltecas librarse de otra sumisión acaso más opresiva. Éstos refirieron a Cortés los rigores a que los sometían los aztecas por no aceptar ser sus vasallos. Como el pequeño señorío estaba enclavado en tierras dominadas por el imperio de Motecuhzoma, los tlaxcaltecas comían sin sal, no vestían ropas de algodón sino de fibras ásperas y carecían de muchas otras cosas, que no se producían en su tierra, a causa de su encierro, además del periódico hostigamiento guerrero. Por el momento, para ellos parecía una solución forzada esta alianza con los extranjeros, que reconocieron más fuertes que sus opresores.

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Bautizo de los señores de Tlaxcala. Lienzo de Tlaxcala, 8.

El conquistador supo también aprovechar la coyuntura. Entre el 18 y el 23 de septiembre de 1519,26 los españoles fueron recibidos con fiesta en una de las cabeceras de Tlaxcala,27 probablemente Tizatlán, ciudad que a Cortés le pareció mayor, más fuerte y abastecida que “Granada tenía al tiempo que se ganó” [p. 45]. Los aposentaron con todo regalo. Xicoténcatl el viejo, que era ciego, “con la mano tentaba a Cortés en la cabeza y en las barbas y rostro y se las traía por todo el cuerpo”. El mismo señor ofreció a Cortés un presente, de poco valor pues eran pobres, y le anunció que junto con los otros caciques habían acordado ofrecer a los conquistadores sus hijas “para que sean vuestras mujeres y hagáis generación, porque queremos teneros por hermanos”. Al día siguiente, Xicoténcatl entregó a Cortés a su propia hija, diciéndole: “Malinche, ésta es mi hija, y no ha sido casada, que es doncella, y tomadla para vos”. Junto a ella les ofrecían cuatro muchachas más, “hermosas doncellas y mozas, y para ser indias, eran de buen parecer” —observa condescendiente Bernal Díaz—, cada una con otra india moza para su servicio.

Cortés agradeció el obsequio pero pidió que durante cierto tiempo quedaran en sus propias casas. Como en Cempoala, trató de adoctrinar a los tlaxcaltecas y les pidió que renegaran de sus dioses y abandonaran sus sacrificios de hombres. Con comedimiento y firmeza le respondieron que no podían abandonar a sus antiguos dioses y creencias. El padre Olmedo aconsejó a Cortés que no insistiese y que esperase a que tuvieran conocimiento de la nueva fe. Así se hizo. De todas maneras, en un cu se aderezó un altar y el padre Juan Díaz dijo misa y luego bautizó a las indoctrinadas cacicas. A la hija de Xicoténcatl, llamada Tecuiloatzin, se le puso Luisa o María Luisa y Cortés la entregó a Pedro de Alvarado; a la hija o sobrina de Maxixcatzin, Zicuetzin, se le llamó Elvira —“que era muy hermosa”— y la dio a Juan Velázquez de León, y las otras, llamadas Tottequequetzaltzin, Zacuancózcatl y Huitznahuazihuatzin, fueron para Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid y Alonso de Ávila.28

Muñoz Camargo y Alva Ixtlilxóchitl29 consignan, además, el solemne bautizo que entonces o más tarde30 se hizo de los cuatro señores de Tlaxcala. Así lo pinta también la lámina octava del Lienzo de Tlaxcala. Cortés fue el padrino de Xicoténcatl, al que se llamó Vicente; Alvarado lo fue de Maxixcatzin al que se llamó Lorenzo; Sandoval de Citlalpopocatzin, que fue Bartolomé, y Olid de Tehuexolotzin, que fue Gonzalo. En la lámina aparecen los caciques arrodillados. Al fondo del cuadro se ve la imagen de la Virgen que trajo Cortés. El conquistador, complacido y joven, está sentado en una silla española y empuña un crucifijo. Detrás de él está Marina, sonriente, y un soldado. Los otros tres padrinos están a la izquierda. Uno de ellos, acaso Alvarado, lleva un cirio. Delante de los capitanes están tres jóvenes indios, acaso hijos de los bautizados.

El regalo de las muchachas y los bautizos no fueron narrados por Cortés.

El señorío de Huejotzingo, vecino y aliado de Tlaxcala, también ofreció sumisión y alianza a los españoles. Estas insubordinaciones de sus antiguos vasallos y el acercamiento gradual de los invasores preocuparon mucho a Motecuhzoma. Nuevos enviados suyos llegaron a entregarles otro presente y a ofrecer a Cortés todo el tributo que él fijara con tal de que desistiese de ir a la ciudad de México “porque era muy estéril y falta de todos mantenimientos”, y a prevenirlo contra la falsedad de los tlaxcaltecas. Éstos le decían otro tanto de los aztecas, duchos en traiciones. Cortés recuerda muy a propósito sus latines salmantinos y cita una máxima del Evangelio (San Lucas, 11, 17): Omne regnum in se ipsum divisum desolabitur (“Todo reino dividido contra sí mismo será devastado”), y agrega, descubriendo sus mañas:

Con los unos y con los otros maneaba e a cada uno en secreto les agradecía el aviso que me daban, y le daba crédito de más amistad que al otro [p. 47].

INTERMEDIO SOBRE CUESTIONES PERSONALES

Los españoles se proveían de comida para los viajes por mar, pero una vez llegados a las costas debían subsistir de los productos de la tierra, los que encontraban y los que les proporcionaban los indígenas. Hernán Cortés no suele detenerse en detalles alimenticios y se limita a decir: “comimos” o a lo más “nos dieron bien de comer”. Bernal Díaz es más explícito y nos informa qué comían, qué era más apetecible y como se iban adaptando, al parecer sin remilgos, a los usos indígenas.

En su recorrido por las costas de Yucatán y del Golfo de México debieron comer pescados, aunque no los mencionan especialmente. En Yucatán, una lebrela les ayudó a cazar venados y conejos. Al menos a partir de Tabasco comenzaron a comer tortillas de maíz —el pan mexicano—, tamales y gallinas de la tierra, los guajolotes mexicanos y sus huevos. Y debieron comer además alguna preparación de frijoles, tomates, verduras, cacahuates y frutas del país, y probar el sazón con ajíes o chiles. Comenzaron también a gustar el chocolate, que entonces llamaban cacao; y en Tlaxcala, donde había extensos magueyales, quizás bebieron pulque, el vino de la tierra. También en Tlaxcala descubrieron los “perrillos que ellos crían”, los ixcuintles, y Bernal Díaz dice que “era harto buen mantenimiento”.31

En los mercados de las ciudades populosas y en las mesas de los señores había, además, faisanes, perdices, codornices, patos, venados, puercos de la tierra, liebres y palomas; y papas, aguacates, zapotes, tunas, chía, capulines (las cerezas de la tierra), guayabas y miel. Motecuhzoma se lavaba las manos antes y después de comer, en su mesa había manteles y servilletas y bajo cada plato caliente había un hornillo. Acompañaba la comida con tortillas recién hechas —como siguen apeteciéndolas los mexicanos—, envueltas en paños finos y guardadas en canastillas de paja, los chiquihuites. Y para finalizar, bebía chocolate, fumaba y reposaba un poco.

La comida popular española, pan sazonado con ajo, aceite, algún potaje o carne y vino, debió ser sustituida totalmente durante los años duros de la conquista, en los que nada de su tierra podían recibir. Y nótese que además de grasas los españoles carecían de todo estimulante, que sí tenían los indígenas (pulque, tabaco, hongos), pues les faltaba su vino y aún no aprendían a fumar.

Todas las comidas de los antiguos mexicanos requieren elaboración, sobre todo la preparación de las tortillas, tarea tradicionalmente femenina. Las primeras veinte muchachas indias que regalaron a Cortés en Tabasco, entre las que sobresalió Marina, estaban destinadas, como lo apuntó Andrés de Tapia y lo precisó López de Gómara, a “moler y cocer el pan de maíz en que se ocupan mucho tiempo las mujeres”32 —como ya se registró—. Más tarde, en Cempoala, en Iztacamaxtitlan, en Tlaxcala y en Cholula, los españoles recibieron más mujeres. Las parientes del Cacique Gordo de Cempoala y de los señores de Tlaxcala —donde también les entregaron muchachas de servicio— eran “cacicas” que se dieron a Cortés y a sus capitanes para que “tuvieran generación” con ellas y afirmaran sus vínculos. Y cada una de ellas iba acompañada de otra india joven para su servicio. Pero además de estas señoras principales, el ejército de Cortés y los aliados indígenas que lo acompañaban y fueron aumentando debieron llevar mujeres de trabajo, soldaderas, para que les prepararan las diarias tortillas y les guisaran los otros alimentos. Henry R. Wagner se pregunta cuál pudo ser la proporción de las soldaderas nativas que acompañaban estas huestes, y calcula que una mujer podría preparar tortillas al menos para diez hombres.33 Considerando que es alimento básico para todo el día, acaso deba reducirse el cálculo a seis u ocho personas. De cualquier manera, sólo la alimentación básica de los soldados españoles requería el auxilio de entre 40 y 70 mujeres, más las necesarias para los aliados. Y éstas, y las encontradas ocasionalmente, aunque no fuesen bautizadas, debieron atender también los otros apetitos de los soldados.

Internábanse éstos en un país desconocido y en una cultura totalmente extraña, sin más que sus armas y sin ninguna organización regular de aprovisionamientos. El vestido habitual de los españoles era entonces camisa, jubón, zaragüelles y caperuza.34 Algunos tendrían, además, una capa y una camisa de repuesto. Todos calzaban alpargatas (entonces decían alpargates), que se gastan pronto, ¿cómo las repondrían o sustituirían? Acaso con huaraches mexicanos. En las imágenes del Lienzo de Tlaxcala los capitanes llevan botas altas. Las armaduras: gorjales (protección para el cuello), antiparas (polainas delanteras), cotas, cascos y celadas, sólo las tenían en parte los afortunados. Las piezas más frecuentes parecen haber sido los cascos. Pero los españoles adoptaron desde el principio algunas armas defensivas indígenas, como los ichcahuipilli, que llamaron escaupiles: casacas acolchadas de algodón que los protegían de los flechazos; y rodelas, al parecer de cuero de venado.

Para los grandes fríos, algunos tenían la suerte de cubrirse con “pellones” indios, especie de edredones de pluma, como el que llevaron los que ascendieron al Popocatépetl en busca de azufre. Pero en general afrontaban fríos, calores y lluvias con unas mismas ropas y armaduras, y en tiempos de peligro estaban obligados a dormir armados.

Por necesidad, y al parecer sin mayor violencia, fueron adaptándose a las posibilidades y usos de la tierra: en las Antillas comían pan cazabe de yuca; en México, tortillas, frijoles y chiles, y en Tlaxcala comieron sin sal. Entre las huestes de Cortés iba un “cirujano” llamado mestre Juan, y un boticario y barbero, Murcia, que curaban a los soldados de las malas heridas.35 De otros achaques, se curaban con yerbas indias o con lo que tenían. Cortés como antes se mencionó, llevaba unas pastillas apelmazadas para purgarse. Y con la mayor naturalidad, Bernal Díaz apunta: “y con el unto de un indio gordo de los que allí matamos, que se abrió, se curaron a los heridos”.36

CORTÉS ENVÍA A ALVARADO Y A VÁZQUEZ DE TAPIA A VER A MOTECUHZOMA

Al principio de su estancia en Tlaxcala, probablemente desde Teocatzinco, Cortés aprovechó el retorno de mensajeros importantes de Motecuhzoma para que llevaran con ellos a dos de sus mejores capitanes, Pedro de Alvarado y Bernardino Vázquez de Tapia para enviar un presente al señor de México y, sobre todo, para observar la gran ciudad y a su señor. De este viaje, Vázquez de Tapia ha dejado un relato pormenorizado. Aunque ambos tenían caballos, Cortés dispuso que fuesen a pie, “porque si nos matasen no se perdiesen, que se estima un caballero a caballo más de trescientos peones”. Los de Tlaxcala, celosos de aquel viaje que podía amistar a españoles y mexicas, trataron varias veces de matarlos —según Vázquez de Tapia—, y cada vez los libraron los mensajeros que los guiaban. Los llevaron por Cholula, Huaquechula, Tochimilco, Tetela, Tenantepeque, Ocuituco, Jumiltepec, Chimalhuacán, Amecameca y Tezcoco. En esta última ciudad envió Motecuhzoma a recibirlos “siete señores, entre los cuales fue su hijo Chimalpopoca, y un hermano que fue el que comenzó la guerra y otros”, los cuales les dijeron que Motecuhzoma estaba enfermo y “que no podían entrar [a la ciudad] ni verle sin gran peligro nuestro; que nos volviésemos”. “Nos volvimos por el mismo camino. Bien creo yo —concluye Vázquez de Tapia—, vino allí Montezuma a nos ver”.37 A su regreso, aún encontraron a Cortés en Tlaxcala, ya pacificada. Aquel viaje frustrado sirvió a Cortés para tener noticia de las ciudades, de la ruta y de los obstáculos.

Cortés no hace mención de este viaje en su segunda Carta de relación, y tampoco lo menciona López de Gómara. Bernal Díaz hace de él un relato algo confuso. Dice que “en aquel tiempo estaba yo muy mal herido, harto tenía que curarme y no lo alcancé a saber por entero”. Según lo que cuenta, Vázquez de Tapia enfermó en el camino de calenturas y quedó en un pueblo. Cortés les escribió disponiendo que volviesen ambos. Agrega que en aquel viaje los enviados indios hicieron relación a Motecuhzoma cómo eran aquellos capitanes: que a Alvarado, que “era de muy linda gracia, así en el rostro como en la persona” llamaron desde entonces “Tonatío, que quiere decir el sol o el hijo del sol”, y que Vázquez de Tapia “era algo robusto, puesto que tenía buena presencia”.38 Y ya que se habla de apodos, en otra parte de su Historia verdadera cuenta Bernal Díaz el origen del nombre de Malinche que daban a Cortés los índigenas:

es que como doña Marina, nuestra lengua, estaba siempre en su compañía… y ella lo declaraba en la lengua mexicana, por esta causa le llamaban a Cortés el capitán de Marina, y para más breve le llamaron Malinche.39

PRIMERAS ASCENSIONES AL POPOCATÉPETL

Aún en Tlaxcala, merece recordarse la hazaña de uno de los capitanes de Cortés, que narra el soldado cronista. Refiere que a los españoles los admiraba el volcán Popocatépetl, que entonces echaba mucho fuego. A Diego de Ordaz “tomole codicia de ir a ver qué cosa era”. Cortés lo autorizó y llevó consigo dos soldados y ciertos indios principales de Huejotzingo. Éstos no pasaron adelante del lugar en que tenían cúes a los ídolos del volcán, probablemente en el puerto entre las dos cumbres. Referían después Ordaz y los soldados:

que al subir que comenzó el volcán a echar grandes llamaradas de fuego y piedras medio quemadas y livianas, y mucha ceniza, y que temblaba toda aquella sierra y montaña adonde está el volcán, y que estuvieron quedos sin dar más paso adelante hasta de ahí a una hora que sintieron que había pasado aquella llamarada y no echaba tanta ceniza ni humo, y que subieron hasta su boca, que era muy redonda y ancha, y que habría en el anchor un cuarto de legua, y que desde allí se parecía la gran ciudad de México y toda la laguna y todos los pueblos que están en ella poblados.

Añade Bernal Díaz que a todos les admiró mucho aquel relato, acaso del primer hombre que había subido hasta la boca del volcán, y de los primeros extranjeros que habían visto de lejos el esplendor de los lagos y de la ciudad de México y los pueblos del Altiplano. Y refiere, en fin, que Diego de Ordaz, cuando fue a Castilla, demandó al rey que pusiera su hazaña en sus armas, y así se le concedió.40

En la segunda Carta de relación considerada, Cortés se limita a decir que envió a “diez de mis compañeros” —sin mencionar a Ordaz— “a saber el secreto de aquel humo”, que llegaron muy cerca de lo alto “porque no pudieron sufrir la gran frialdad que arriba hacía”, pero que “trajeron mucha nieve y carámbanos para que los viésemos” [p. 53]. Sin noción aún de la influencia climática de las alturas, pero con preciso señalamiento geográfico, se sorprende de estos fríos en tierras que están “en el paralelo de la isla Española, donde continuamente hace muy gran calor”. Y práctico, aunque dice que desde las alturas los viajeros vieron el lago, la ciudad de México y los pueblos, lo importante para él es que los exploradores averiguaron que aquel, entre los dos volcanes, era el mejor camino para llegar a Tenochtitlán.

Otras ascensiones al Popocatépetl hubo tras esta primera, completa según Bernal Díaz, parcial según Cortés. Fray Bernardino de Sahagún, mozo y años más tarde, refiere que hizo esta excursión y también al Iztaccíhuatl.41

Existe otro relato poco advertido y muy curioso acerca de la primera subida completa y provechosa al volcán. Cuenta Cervantes de Salazar que, ya concluida la conquista de la ciudad de México, los españoles carecían de pólvora. Dos Franciscos, Montaño y Mesa, con tres soldados más, se ofrecieron a subir al Popocatépetl para traer azufre. Cortés los autorizó. Como Montaño lo refirió a Cervantes de Salazar, su equipo consistía en cuerdas de cáñamo para el descenso al cráter, sacos forrados de cuero de venado para cargar el azufre —más algún cuchillo para desprenderlo, supónese—, una manta india de pluma “que los indios llamán pellón” para cubrirse por la noche, y ningún abrigo personal ni nada de comer ni de beber. Iniciaron el ascenso desde Amecameca al mediodía. Uno de los soldados cayó en una profunda grieta, lo sacaron malherido y desmayado y medio repuesto lo dejaron en el camino. Los restantes pasaron la noche entre la nieve, cuando apenas habían subido la cuarta parte. Discurrieron hacer un hoyo en la arena para defenderse del frío, pero los asfixiaba el hedor de los vapores de azufre, y al amanecer siguieron su camino. Cuando alcanzaron el borde del cráter, echaron suertes y a Montaño le tocó ser el primero en ser descendido. Luego bajó Mesa y ambos llenaron los sacos de azufre, del que reunieron doce arrobas. Decía Montaño que bajaban “catorce estados dentro del volcán” (algo más de veinte metros) y que:

era cosa espantosa volver los ojos hacia abajo, porque aliende la gran profundidad que desvanecía la cabeza, espantaba el fuego y la humareda que con piedras encendidas, de rato en rato aquel fuego infernal despedía.

y que temían, además, que los de arriba se descuidasen o se quebrase la guindaleza o cayeran del balso (lazo en forma de asiento). A la vuelta, recogieron al herido, que anduvo muchos días perturbado por el espanto, y a las cuatro de la tarde llegaron al pie del volcán. Quienes los esperaban los recibieron en triunfo, les dieron de comer y los cargaron en andas. Cuando los recibió Cortés, comenta el narrador que “olvidados, como las que paren, del peligro pasado, le ofrecieron repetir su hazaña y otra mayor”. Luego entraron en razón, al menos Montaño:

Díjome Montaño muchas veces —cuenta Cervantes de Salazar—que le parecía que por todo el tesoro del mundo no se pusiera otra vez a subir al volcán y sacar azufre porque hasta aquella primera vez le parecía que Dios le había dado seso y esfuerzo, y que tornar sería tentarle; y así hasta hoy jamás hombre alguno ha intentado hacer otro tanto.42

CHOLULA

La antigua Cholollan era un centro religioso importante para los pueblos del Altiplano y una ciudad rica. Estaba dedicada al culto de Quetzalcóatl y tenía la pirámide más alta del antiguo México, con ciento veinte gradas.43 Además de este templo principal, Cortés dice haber contado “cuatrocientas treinta y tantas torres en la dicha ciudad, y todas son mezquitas” [p. 51].44 Las altas y muchas torres y su blancura recordaron a Bernal Díaz a Valladolid.45

Situada en el rico valle poblano, Cholula era una ciudad próspera y densamente poblada. Cortés le calculó veinte mil casas [p. 51], esto es, unos 100 000 habitantes. Y a pesar de que en la comarca no había “ni un palmo de tierra que no esté labrada” y se cultivaba mucho maíz, legumbres, ajíes y magueyales, y se fabricaba buena loza de barro, que se enviaba a provincias cercanas, sorprende al conquistador que en la ciudad había pobres que pedían limosna por calles, plazas y mercados, “como hacen los pobres en España” [p. 51].

Como Tlaxcala, Cholula era un señorío independiente y también con un gobierno regido por varios señores; pero sus relaciones eran buenas con el imperio de Motecuhzoma, con una especie de alianza militar. Acaso por ello, eran enemigos feroces de sus vecinos de Tlaxcala.

Después de permanecer algo más de veinte días en Tlaxcala, los representantes de Motecuhzoma propusieron a Cortés que se trasladara a Cholula. De nuevo, opinaron en contra los tlaxcaltecas previniéndolo contra la emboscada que se les preparaba, ordenada según ellos por el señor de Tenochtitlán. A pesar de la advertencia, Cortés emprende el viaje, el 11 de octubre, ya que ello significaba acercarse un paso más a México-Tenochtitlán. Los de Tlaxcala, que habían abrazado fervientemente su alianza con los españoles, lamentaron su decisión e hicieron que los acompañaran cien mil hombres, para lo que se ofreciese, a los cuales dejarán a dos leguas de la ciudad. Allí pernoctaron, cerca de un arroyo, y a la mañana siguiente fueron a recibir a Cortés y a sus huestes los sacerdotes de Cholula y, con gran acompañamiento, los llevaron a un buen aposento y les dieron de comer.

En las negociaciones con los principales con quienes logra hablar, Cortés se servía de sus lenguas, y menciona elusivamente a la Malinche —aunque dice al rey que ya le había hablado de ella en su primera relación—: “una india de esta tierra, que hube en Potonchán” [p. 49]. Gracias a ella y a Aguilar, se enterará de la celada que se prepara contra los españoles.

LA DOBLE CELADA Y LA MATANZA DE CHOLULA

Averiguaron los aliados de Cempoala que en las calles y caminos se habían hecho trampas disimuladas, que tenían en el fondo agudas estacas para que cayesen los caballos; que algunas calles estaban tapiadas, que en las azoteas se acumulaban piedras y que las mujeres y los niños habían sido evacuados.46 Decíase que en las afueras de la ciudad había un escuadrón de 20 000 o 50 000 soldados de Motecuhzoma,47 lo cual nunca se comprobó. Interrogados los sacerdotes cholultecas que detuvo Cortés, uno declaró, según Bernal Díaz, que el señor de México mudaba cada día sus instrucciones, pero que las últimas eran que, como Tezcatlipoca y Huitzolopochtle se lo habían aconsejado, que en Cholula matasen o llevasen atados a México a los españoles para sacrificarlos allá, y que se reservasen veinte de ellos para ofrecerlos a los ídolos de Cholula.48

Una cholulteca vieja, a la que gustó doña Marina, “moza, de buen parecer y rica”, como posible nuera, vino a aconsejarle que se fuera con ella si quería escapar con vida, y que la casaría con su hijo, capitán de su parcialidad. Marina agradeció la oferta, que fingió aceptar, pidió tiempo para recoger sus bienes e informó a Cortés, quien confirmó luego lo del concierto para acabar con los españoles al interrogar a otros indios que retenía [pp. 49-50]…49

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Matanza de Cholula, Lienzo de Tlaxcala, 9.

Ante estos siniestros augurios, y después de escuchar las opiniones de sus capitanes y soldados, dice Cortés que decidió “prevenir antes de ser prevenido” [p. 50]. El martes 18 de octubre fue la fecha fijada para emprender la salida. Para que lo auxiliaran en el transporte de su fardaje y en el camino, Cortés había solicitado a los cholultecas “dos mil hombres de guerra”.50 Llegaron muchos más que los solicitados y los hicieron entrar en unos patios. Con el pretexto de despedirse, hizo llamar a los señores principales, les echó en cara la emboscada que le preparaban, los hizo atar y les anunció que morirían por ello. A los mensajeros de Motecuhzoma los hizo testigos del castigo que preparaba. En fin, previno a los tlaxcaltecas y cempoaltecas que esperaban fuera de la ciudad de que, al oír un escopetazo, entraran por las calles para atacar a las tropas cholultecas.

Los soldados españoles se posesionaron de las puertas de los patios en que se apiñaban los tamemes-guerreros. Imposibilitados para resistir, todos fueron muertos. Cortés hizo matar, además, a “los más de aquellos señores” que tenía atados, y los tlaxcaltecas y cempoaltecas arrasaron las defensas de los de Cholula e “iban por la ciudad robando e cautivando, que no les podíamos detener”. Algunos sacerdotes y nobles se refugiaron en lo alto del teocalli principal, sólo uno aceptó rendirse y los demás perecieron en el fuego que se puso a los templos.51

“Dímosles tal mano, que en pocas horas murieron más de tres mil hombres” [p. 50], es el comentario insensible de Cortés. Y semejante el de Bernal Díaz: “Se les dio una mano que se les acordará para siempre, porque matamos muchos de ellos”. Andrés de Tapia se limita a contar lo ocurrido.

LOS CENSORES DE LA MATANZA

Bernardino Vázquez de Tapia, también testigo de los hechos y para entonces enemigo de Cortés, en su declaración en el juicio de residencia al conquistador, que se inició en 1529,52 puso en duda lo del alzamiento de los indios “para matar los cristianos” pues él vio “como los habían recibido bien y dádoles de comer con buena voluntad”, y añadió que, además de los 4 000 o 5 000 muertos en los patios de la mezquita mayor, se mató también en sus casas a muchos señores y a los refugiados en los templos, así como a cuantos se encontraron en las calles y cree que, en total, “entre muertos e cativos fueron más de veinte mil personas”.

El testimonio de los Informantes Indígenas de Sahagún dice que los cholultecas reunidos en el patio del gran cu de Quetzalcóatl:

no llevaron armas ofensivas ni defensivas, sino fuéronse desarmados pensando que no se haría lo que se hizo: de esta manera murieron de mala muerte.53

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Fray Bartolomé de las Casas, Brevísima relación, Sevilla, 1552.

En la Relación geográfica de Cholula, redactada en 1581 por el corregidor Gabriel de Rojas, éste dice que los indios negaban que hubiese habido traición contra los españoles, y que lo único que ocurrió fue que “por no haberle acudido con la comida necesaria”, Cortés ordenó “aquella mortandad”.54

El juicio más violento acerca de esta matanza lo hizo fray Bartolomé de las Casas, malqueriente constante de Cortés. Ésta de Cholula es la primera de las atrocidades cometidas en la Nueva España que refiere en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Para él no hubo celada de los cholultecas sino sólo acuerdo de “los españoles de hacer allí una matanza o castigo (como ellos dicen) para poner o sembrar su temor e braveza en todos los rincones de aquellas tierras”. Los 5 000 o 6 000 indios solicitados para que llevaran las cargas llegaron desnudos, “en cueros, solamente cubiertas sus vergüenzas e con unas redecillas en el hombro con su pobre comida”; y allí los españoles los mataron a espada y a lanzadas sin que ninguno pudiera escapar. “A todos los señores, que eran más de ciento y que tenían atados, mandó el capitán sacar y quemar vivos en palos hincados en la tierra”. Quienes se refugiaron en lo alto del templo grande murieron quemados por el fuego que allí se puso. Y concluye Las Casas diciendo que “el capitán de los españoles”, mientras se estaban “metiendo a espada los cinco o seis mil hombres en el patio”, estaba cantanto:

Mira Nero de Tarpeya

a Roma cómo se ardía;

gritos dan niños y viejos

y él de nada se dolía.55

Bernal Díaz del Castillo leyó la Brevísima relación del obispo de Chiapas y reaccionó airadamente y con buenos argumentos contra aquella grave acusación. Las Casas, escribe Bernal Díaz:

Afirma que sin causa ninguna, sino por nuestro pasatiempo, y porque se nos antojó, se hizo aquel castigo… siendo todo al revés, perdóneme su señoría que lo diga tan claro, que no pasó como lo escribe.

Refiere luego que, después de ganado México, el rey encargó a los franciscanos que fueran a Cholula:

para saber e inquirir cómo y de qué manera pasó aquel castigo, y por qué causa; y la pesquisa que hicieron fue con los mismos papas y viejos de aquella ciudad, y después de bien informados de ellos mismos, hallaron ser ni más ni menos que en esta relación escribo, y no como lo dice el obispo.

Y en fin, cuenta que oyó decir a fray Toribio Motolinía:

que si se pudiera excusar aquel castigo y ellos no dieran causa a que se hiciese, que mejor fuera; mas ya que se hizo, que fue bueno para que todos los indios de las provincias de la Nueva España viesen y conociesen que aquellos ídolos y todos los demás son malos y mentirosos.56

Que hubo conspiración de los cholultecas, parece evidente y natural; y lo es también que los asesinados en el patio eran guerreros, que acaso se presentaron desarmados para recibir sus armas después, y no simples tamemes. Bernal Díaz dice que se solicitaron “dos mil hombres de guerra” y Andrés de Tapia confirma:

Y otro día de mañana sin se lo rogar vino mucha gente con armas de las que ellos usan e segund pareció estos eran los más valientes que entre ellos habíe, e decían que eran esclavos e hombres de carga.57

Incluso el cacique principal de Cholula estaba entre ellos, como se averiguó cuando fue necesario nombrar a uno nuevo, que lo fue un hermano del perecido.58

Pero aunque fuese celada contra celada, se hizo contra hombres imposibilitados para defenderse o aun —los señores presos y los sacerdotes que se refugiaron en el teocalli— inermes. Fue una matanza innoble, cuyo horrible modelo se repetirá en la del Templo Mayor.

La noticia de estos sucesos propagó el terror entre los pueblos del México antiguo.

DE CHOLULA A LA ENTRADA DE LA CIUDAD DE MÉXICO

Con los mensajeros de Motecuhzoma, que habían sido testigos del aniquilamiento de los cholultecas, Cortés mandó decir al señor de México que, a pesar de sus ofertas de paz y amistad, le mentía y había intentado ofenderlo por manos ajenas; y que por ello, mudaba sus propósitos pacíficos y que entraría a México con guerra “haciéndole todo el daño que pudiese como enemigo” [p. 51]

Uno de los mensajeros mexicas que fue a llevar la amenaza volvió seis días más tarde con nuevo presente: “diez platos de oro y mucha provisión de gallinas y pan y cacao, que es cierto brevaje que ellos beben” [p. 52], dice Cortés (primera aparición del chocolate, la bebida de los señores mexicas). Motecuhzoma, además, le transmitía explicaciones confusas respecto a sus tropas, que se decía merodeaban por los alrededores de Cholula, diciendo que él no las había enviado e insistiendo en que no fueran los españoles a México, tierra estéril y sin mantenimientos.

Los españoles permanecieron en Cholula, ya pacificada, los días restantes del mes de octubre. Cortés puso nuevo señor, hizo que se amistaran los de Cholula y los de Tlaxcala y, por consejo del prudente padre Olmedo, no les destruyó sus ídolos, sino que se limitó a amonestarlos y a dejarles una cruz en un teocalli limpio.

Frente a Cholula se alzaban “altas y muy maravillosas”, dice el conquistador, las cumbres del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl, que separaban a las huestes españolas del valle de México. Cuando Cortés decide emprender el camino hacia la gran ciudad, los tlaxcaltecas, previniéndolo de nuevo contra la falsía de los mexicas, le ofrecen comida y 10 000 guerreros; sólo acepta 1 000 para transportar los tepúzquez, como llamaban a los cañones. Los aliados de Cempoala renuncian al viaje a la ciudad de México por temor de ser muertos. El conquistador acepta que vuelvan a su tierra, les regala mantas ricas, envía presentes al Cacique Gordo y a su sobrino Cuesco y escribe a Juan de Escalante, que había quedado como capitán en Veracruz, contándole lo ocurrido y encargándole protegiese a los fieles cempoaltecas.59

Dibujo de Miguel Covarrubias

El 1° de noviembre de 1519, Cortés y sus soldados salen de Cholula para cruzar la cordillera. Los enviados de Motecuhzoma que lo acompañan tratan de persuadirlo de que siga un camino, probablemente bordeando por el sur las laderas del Popocatépetl. En este camino, pasando por Tlalmanalco, se habían dispuesto trampas para hacerlos perecer.60 Gracias a la excursión de Diego de Ordaz al Popocatépetl, sabía que el mejor camino, más corto aunque más fatigoso, era el de subir al “puerto entre las dos sierras”, que luego se llamará Paso de Cortés. La ruta que siguieron los llevó por Calpan y aldeas cercanas a Huejotzingo, de donde ascendieron y cruzaron el puerto; al descenso, llegaron a la provincia de Chalco, donde les ofrecieron alojamiento suficiente para los españoles y los 4 000 indígenas aliados que los acompañaban. De Chalco pasaron a Amecameca y a los pueblos entonces ribereños de los lagos: Ayotzinco, Míxquic e Iztapalapa, de la cual Cortés pondera la belleza de sus casas. Los enviados de Motecuhzoma siguen llegando con ricos presentes, contradictorias protestaciones de la pobreza de alimentos de su ciudad e intentos, imaginarios o reales, de nuevas celadas. Pero Cortés y sus huestes están ya a la entrada de México-Tenochtitlán.

CRONOLOGÍA (TENTATIVA) DE ESTA ETAPA

1519

 

   

… de julio

Destrucción de las naves.

   

16 de agosto

Salida de Cempoala hacia el interior de México.

   

18 de agosto

Jalapa.

   

20 de agosto

Cruce de la montaña: Tejutla, Puerto de Nombre de Dios, Ceyconacan, Xocotlan, Caltanmi, Zautla.

   

28/30 de agosto

Ixtacamaxtitlan.

   

l/10 de septiembre

Combates con los tlaxcaltecas.

   

18/23 de septiembre

Llegada a la cabecera de Tlaxcala. Diego de Ordaz asciende al Popocatépetl.

 

Intento de viaje a la ciudad de México de Alvarado y Vázquez de Tapia. Sólo llegan a Tezcoco.

   

11 de octubre

Salida de Tlaxcala.

   

12 de octubre

Llegada a Cholula.

   

16/18 de octubre

Matanza de Cholula.

   

1° de noviembre

Salida de Cholula.

   

3 de noviembre

Paso por Amecameca.

   

8 de noviembre

Llegada a la ciudad de México.

1 Bernal Díaz, caps. LVII y CCV.— El recuerdo del dicho de Nerón procede de Suetonio, Nerón, 10, como lo señala Orozco y Berra.

2 López de Gómara, cap. XLII.

3 Bernal Díaz, cap. LVIII.

4 Bernal Díaz, cap. LIX.— El Rubicón es un pequeño río que, en la época romana, separaba Italia de la Galia Cisalpina. La frase de César —según Suetonio, César, 32—, cuando se decidió a cruzarlo fue Iacta alea est o Alea iacta est: “La suerte está echada”. Sin embargo, César, en su Guerra de las Galias, no menciona el río ni la frase.

5 La 1a ed. del Túmulo Imperial, de Cervantes de Salazar, es de Antonio de Espinosa, México, 1560. La reprodujo García Icazbalceta en su Bibliografía mexicana del siglo XVI, México, 1886, pp. 98-121. Hay edición de Edmundo O’Gorman, Colección “Sepan cuantos…”, 25. Porrúa, México, 1963.— La frase de Cervantes de Salazar en p. 192.— La suposición de Gómez de Orozco en su prólogo a la edición del Túmulo, de Alcancía, México, 1939, pp. XI-XII.— También Juan Suárez de Peralta, quien escribe hacia 1589 sus Noticias históricas de Nueva España, se refiere y aun da detalles de la quema de las naves, cap. IX.

6 Bernal Díaz, cap. LX.

7 Manuel Toussaint, Información de méritos y servicios de Alonso García Bravo, alarife que trazó la ciudad de México, Imprenta Universitaria, México, 1956, p. 10.

8 Martín Fernández de Navarrete, “Viajes menores”, 60 (Noticia de las expediciones de Francisco de Garay y real cédula en Apéndice núm. XLV), Colección de los viajes y descubrimientos, ed. BAE, I. II, pp. 48-51 y 98-102.

9 Bernal Díaz, cap. LXI.— López de Gómara dice que fueron mil tamemes y “un mil trescientos indios entre todos”, cap. XLIII.

10 Bernal Díaz, ibid.

11 Historia antigua, Conquista, lib. I, cap. IX. No encuentro las fuentes antiguas de estos datos.

12 Bernal Díaz, ibid.

13 Bernal Díaz, cap. XLII.

14 Francisco Antonio Lorenzana, “Viage de Hernán Cortés desde la antigua Veracruz a México, para la inteligencia de los pueblos que expresa en sus Cartas y se ponen en el mapa”, Historia de Nueva-España, escrita por su esclarecido conquistador Hernán Cortés, aumentada con otros documentos y notas, En México, en la Imprenta del Supremo Gobierno, del Br. Joseph Antonio de Hogal, 1770, p. VII.— Este “Viage”, de hecho el primer Itinerario de Cortés, es muy ilustrativo para la aclaración de la toponimia y de pormenores acerca de los lugares.

15 Bernal Díaz, cap. LXIV.

16 Bernal Díaz de nuevo baja las cifras de Cortés. Dice, cap. LXX, que a 17 de los espías cortó las manos o los dedos pulgares.— Francisco de Aguilar, en su Relación breve, Tercera jornada, dice que “les mandó cortar las narices y las orejas y atóselas al cuello”.

17 Ésta, de Andrés de Tapia (ed. BEU, p. 66), es la versión más antigua, al parecer. La refieren también, con variantes, Bernal Díaz, cap. LXX, y López de Gómara, cap. XLVII.

18 Bernal Díaz, cap. LXV.

19 Bernal Díaz, cap. LXIII.

20 Tapia, Relación, p. 64.— La recoge también López de Gómara, cap. XLIX, y dice que sufría de cuartanas, es decir, de paludismo.

21 Bernal Díaz, cap. LXVI.

22 Bernal Díaz, cap. LXIX.

La mención que hace Cortés, en 1520, de Pedro Carbonero, que repiten y matizan López de Gómara, en el cap. LI, y Bernal Díaz en el LXIX, del jefe de banda que embarca a sus soldados en una empresa imposible, es la huella más antigua conocida de una leyenda popular española que recogerá, a principios del siglo XVII, Lope de Vega en su comedia Pedro Carbonero, haciéndolo un guerrillero generoso y enamorado que lucha contra los moros. La relación entre la tradición, la alusión de Cortés y la comedia de Lope la precisó Marel Bataillon en sus estudios “Pedro Carbonero con su cuadrilla… Lope de Vega ante una tradición” y “Más sobre Pedro Carbonero”, Varia lección de clásicos españoles, Gredos, Madrid, 1964, pp. 314-317 y 325-328.

23 Tapia, pp. 67-68.

24 Diego Muñoz Camargo, Historia de Tlaxcala (ca.1590), ed. de Alfredo Chavero, México, Oficina Tip. de la Secretaría de Fomento, 1892, lib. II, cap. III.— Un buen panorama de la historia prehispánica y durante el siglo XVl de Tlaxcala es Charles Gibson, Tlaxcala in the Sixteenth Century, Yale University Press, New Haven, 1952.

25 Antonio de Herrera, Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del mar océano, década IIª, lib. VI, cap. III.— El primer historiador que advirtió este importante pasaje de Herrera fue Orozco y Berra, Historia antigua, Conquista, lib. 1, cap. IX.— Muñoz Camargo no menciona esta estrategia.

26 López de Gómara. cap. LIV.— Bernal Díaz, cap. LXXIV, añade que pasaron 24 días en Tlaxcala.

27 La actual capital de Tlaxcala fue fundada por los españoles entre 1528 y 1536.

28 Alvarado y Luisa, informa Bernal Díaz, cap. LXXVII, tuvieron dos hijos, Pedro y Leonor. Ésta, “excelente señora”, casó con don Francisco de la Cueva, “buen caballero, primo del duque de Alburquerque”, y tuvieron cuatro o cinco hijos.— Los nombres indios de las doncellas los consigna Alva Ixtlilxóchitl, Historia de la nación chichimeca, cap. LXXXIV.— Muñoz Camargo, Historia de Tlaxcala, lib. II, cap. IV, llama doña María Luisa Tecuelhuatzin a la que fue mujer de Alvarado.— Bernardino Vázquez de Tapia, en la segunda de sus declaraciones en el juicio de residencia contra Cortés, dijo respecto a la hermosa doña Elvira (la entregada a Velázquez de León):

que vido en casa del dicho don Fernando Cortés una señora que se decía doña Elvira que decían públicamente que era pariente muy cercana de la dicha doña Ana [hija de Motecuhzoma] e decían que estaba preñada del dicho don Fernando.

Sumario de la residencia, t. II, p. 306. Véase en Documentos, sección IV, Residencia.

29 Muñoz Camargo, lib. II, cap. IV.— Alva Ixtlilxóchitl, ibid., da otros nombres de los bautizados. Sigo los de Alfredo Chavero en su interpretación del Lienzo de Tlaxcala.

30 Chavero en su anotación a Muñoz Camargo, ibid., y Wagner, The Rise of Fernando Cortés, cap. XII, p. 165, creen que es más probable que este bautizo ocurriera después de la Noche Triste, cuando Cortés volvió a Tlaxcala.

31 Bernal Díaz, caps. X y LXII.

32 Tapia, p. 53.— López de Gómara, cap. XXI.

33 Wagner, cap. XII, pp. 168-169.

34 Éstas fueron las ropas que Cortés hizo vestir al náufrago y luego intérprete Gerónimo de Aguilar: Bernal Díaz, cap. XXIX.

35 Bernal Díaz, cap. CLVII.

36 Bernal Díaz, cap. LXII. Dice que usaron este unto caliente en Tabasco para curar caballos (cap. XXXIV).

37 Bernardino Vázquez de Tapia, Relación de méritos y servicios del conquistador… (ca. 1544), estudio y notas de Jorge Gurría Lacroix, Biblioteca José Porrúa Estrada, 1, Antigua Librería Robredo, México, 1953, pp. 33-37.— En cuanto a los enviados de Motecuhzoma, el octavo de sus hijos (Crónica mexicáyotl, 312) se llamaba Chimalpopoca, como el tercer señor de México; y el hermano era Cuitláhuac.

38 Bernal Díaz, cap. LXXX.— Cervantes de Salazar, Crónica, lib. III, cap. LII, se refiere a este viaje y sólo menciona a Alvarado “con un compañero” y dice que “por todo el camino fue bien recibido”.

39 Bernal Díaz, cap. LXXIV.

40 Bernal Dlaz, cap. LXXVIII.— López de Gómara, cap. LXII lo refiere sin mencionar a Ordaz.

41 Sahagún, Historia general, lib. XI, cap. XII.

42 Cervantes de Salazar, Crónica, lib. VI, caps. VII-XI.— Herrera, década III. lib. III, caps. I y II, repite la historia y añade algunos detalles, como los nombres de algunos de los acompañantes de Montaño y de Mesa: “Peñaloza, Juan de Larios y otro castellano”, y la manera en que bajaron del volcán: “con gran tiento, porque a cada paso había despeñaderos, dejándose ir de espaldas muchas veces con la carga sobre los pechos, deslizándose hasta topar donde parasen los pies”.— Extraño, pero Bernal Díaz ignora del todo a Montaño y a Mesa.— De Francisco Montaño hay un memorial en el Diccionario autobiográfico de conquistadores y pobladores de Nueva España, de Francisco A. de Icaza, Madrid, 1923, t. I, p. 53, en el que confirma su ascensión al volcán y, entre sus méritos como conquistador, menciona su participación en la conquista de Michoacán. Dice Montaño ser de Ciudad Rodrigo, que pasó a Nueva España con Pánfilo de Narváez y que recibió en encomienda el pueblo de Tecalco y otro, pero que “se los quitó el marqués”.— Hernán Cortés, al fin de su tercera Carta de relación (15 de mayo de 1522), da cuenta de esta ascensión, que al parecer se repitió, pero no menciona a quienes la hicieron.

43 López de Gómara, cap. LXI.

44 Y López de Gómara, ibid., dice “tantos templos, a lo que dicen, como días en el año”.— Otra creencia es que sobre cada uno de estos teocallis se construyó un templo cristiano. El hecho es que, contados los de la actual ciudad y alrededores, hay en Cholula un total de 159 templos, de los cuales el más notable es la Capilla Real, con 49 cúpulas y 9 naves, en estilo de mezquita, y que recuerda la de Córdoba, en España: Enciclopedia de México, “Cholula de Rivadavia”, México, 1977, t. III, pp. 792-793.

45 Bernal Díaz, cap. LXXXIII.

46 Ibid.

47 La primera cifra es de Bernal Díaz, ibid.; la segunda, de Cortés en su segunda Carta de relación.

48 Bernal Díaz, ibid.

49 Ibid.

50 Ibid.

51 Bernal Díaz, ibid.— Tapia, pp. 73-76.— López de Gómara, caps. LIX-LX.— Herrera, década 11ª, lib. VI, cap. II.— Muñoz Camargo, lib. II, cap. V.— Orozco y Berra, lib. II, cap. I.

52 Declaración de Bernardino Vázquez de Tapia, el 23 de enero de 1529, Sumaria de la residencia: Véase en Documentos, sección IV, Residencia.

53 Sahagún, lib. XII, cap. XI.

54 “ Relación de Cholula”, N. L. Benson, Latin American Collection, Universidad de Texas, JGI, XXIV-1 y 22.— Relaciones geográficas del siglo XVI: Tlaxcala, II, edición de René Acuña, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Antropológicas, México, 1985, párrafo 2, p. 125.

55 Fray Bartolomé de las Casas, Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552), Tratados. Prólogos de Lewis Hanke y Manuel Giménez Fernádez, transcripción de Juan Pérez de Tudela Bueso y traducciones de Agustín Millares Cario y Rafael Moreno, Fondo de Cultura Económica, México, 1965, t. I, pp. 67-71.

Es curioso notar que los versos del romance “Mira Nero de Tarpeya”, que aquí Las Casas hace cantar a Cortés en un acto de cínica crueldad, los repetirá Bernal Díaz (cap. CXLV) en boca del bachiller Alonso Pérez, frente a Tacuba, cuando se preparaba la conquista de la ciudad de México, y con intención muy diferente.

56 Bernal Díaz, cap. LXXXIII. Las palabras en cursiva: perdóneme... fueron tachadas por el cronista al corregir su Historia verdadera.

57 Tapia, p. 73.

58 Bernal Díaz, ibid.

59 Bernal Díaz, cap. LXXXV.

60 Sahagún, lib. XII, cap. XIV.— Bernal Díaz, cap. LXXXVI.