En Tacuba está Cortés
con su escuadrón esforzado,
triste estaba y muy penoso,
triste y con gran cuidado,
la una mano en la mejilla
y la otra en el costado…
Citado por
BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO
Así como la segunda carta es la revelación de la alta civilización que existía en el imperio que encabezaba la ciudad de México-Tenochtitlán, la tercera Carta de relación refiere la conquista y destrucción de la gran ciudad, después del descalabro de la Noche Triste. Aquélla es el testimonio de un explorador audaz y codicioso, astuto y sensible; ésta es el parte militar de un conquistador excepcional.
La tercera es la más extensa de las cartas y da cuenta de los dramáticos acontecimientos que ocurren en alrededor de un año y medio, de la pacificación de la provincia de Tepeaca, a fines de 1520, al fin de la conquista de la ciudad de México, el 13 de agosto de 1521, y a las exploraciones y conquistas que siguen hasta el 15 de mayo de 1522, en que firma la carta en Coyoacán. Es extraño que Cortés no se apresure a dar cuenta al emperador de un acontecimiento tan importante como la conquista de la ciudad y deje pasar nueve meses hasta hacer su relación. Probablemente lo absorbieron los acontecimientos subsecuentes y fue dictándola poco a poco, y acaso corrigiéndola, en los intervalos de sus tareas y preocupaciones.
La carta puede dividirse en dos partes y un apéndice. La primera refiere la minuciosa y sistemática preparación de la conquista de la gran ciudad, y se extiende de diciembre de 1520 al 30 de mayo de 1521, en un lapso de seis meses.
La segunda es la relación del sitio, destrucción y toma de la ciudad de México-Tenochtitlán, que concluye con el apresamiento de Cuauhtémoc. Se extiende del 30 de mayo de 1521 al 13 de agosto del mismo año, durante 75 días, como resume el mismo Cortés. Pero la tercera Carta de relación no termina con la aniquilación del imperio azteca, ya que el conquistador continúa narrando el inicio de la reconstrucción de la ciudad y las exploraciones y conquistas que emprende a continuación, desde la toma de la ciudad hasta el 15 de mayo de 1522, fecha de la carta.
En los días de recuperación en Tlaxcala, después de la derrota de la Noche Triste, Cortés se replanteó a fondo su situación y la estrategia que debía seguir en la reconquista de la ciudad-isla. Después de asegurar con la “pacificación” de Tepeaca el paso franco hacia la costa veracruzana, comienza por hacer un balance y una reorganización de sus recursos militares. Dos días después de la Navidad de 1520 encuentra que sólo tiene 40 soldados de a caballo, 550 peones o infantería, 80 de ellos escopeteros y ballesteros, y ocho o nueve cañones de campo, “con bien poca pólvora” [pp. 118-119].1 Era necesario, pues, aumentar sus recursos.
Por los mismos días de este recuento, comprende que debe transformar aquella banda animosa e indisciplinada de sus soldados en algo más cercano a un verdadero ejército, y redacta y hace pregonar en Tlaxcala, el 22 y el 26 de diciembre de 1520, respectivamente, unas Ordenanzas militares.2
En efecto, el principal objetivo de estas disposiciones es el de establecer una organización y una disciplina en sus huestes y evitar los pillajes y las acciones personales. Las Ordenanzas comienzan por señalar, como principal motivo de la lucha, el combate a las idolatrías y la implantación de la fe católica, y a continuación señalan dos prohibiciones de índole más bien personal: las blasfemias y los juegos de azar. Esta última debió costar a Cortés un gran esfuerzo, ya que era muy aficionado a los juegos. “Jugaba a los dados a maravilla, bien y alegremente” dice López de Gómara. Y Bernal Díaz confirma: “Era muy aficionado a naipes y dados, y cuando jugaba era muy afable en el juego y decía ciertos remoquetes que suelen decir los que juegan a los dados”. Entre el dilema de la disciplina y su afición, acabó por hacer la salvedad incongruente de sólo consentir los juegos moderadamente “en el aposento donde yo estuviere”, para proteger su propia inclinación. Años más tarde, cuando la primera Audiencia inició en 1529 el juicio de residencia contra el conquistador, entonces ausente, quiso aplicarle su propia prohibición y la general contra los juegos de azar. Bernardino Vázquez de Tapia, enemistado contra Cortés, declaró que le constaba que éste, Alvarado, Alderete, Morán, Rangel y el mismo Vázquez de Tapia, jugaban en casa de Cortés, no moderadamente, y aun acusó a Alvarado de haberlo engañado y robado;3 y la Audiencia impuso a Cortés una multa de 12 000 pesos de oro, multa que años más tarde le fue devuelta por sobrecédula del 11 de marzo de 1530.
Las Ordenanzas prohíben también las riñas entre españoles y las burlas de unos grupos hacia otros, probablemente por cuestiones de regionalismos tan frecuentes y acerbas en los peninsulares. En materia propiamente militar disponen que los soldados se organicen en capitanías y que éstas se formen en cuadrillas de veinte hombres con sus respectivos cabos. Especial énfasis se pone en los servicios de vela y en su cumplimiento. Cada capitán debe tener su tambor y su bandera y sus contingentes deberán moverse juntos y apartados de las otras capitanías. Prohíben que durante los encuentros de guerra los soldados se metan entre el fardaje para protegerse, que acometan sin ser mandados, que entren a las casas de los enemigos para robar, y ordenan que los botines se reúnan y manifiesten ante el capitán general.
Cada una de las prohibiciones tiene señalados castigos para su incumplimiento: multas para los hidalgos y azotes para los demás. Merece notarse que la pena de muerte sólo se reserva para el pillaje encubierto para beneficio personal. La traición y la desobediencia, en cambio, no se consideran en estas Ordenanzas, que se limitan a las circunstancias propias de las conquistas y parecen dar por supuestos los usos generales de las guerras.
Al mismo tiempo, aunque no lo consigne expresamente, Cortés estableció ciertas reglas para los miles de soldados indígenas aliados, principalmente tlaxcaltecas, aunque también de Cholula y Huejotzingo, de los que además encargó su manejo e instrucción militar a Alonso de Ojeda y a Juan Márquez, para que concertaran sus acciones de choque con las de las armas españolas. La nueva regla era la de permitirles el saqueo e incendio de las poblaciones conquistadas. La venganza de antiguos agravios añadirá, en lo más cruento de las luchas, la matanza de la población indefensa y la antropofagia, ya no ritual sino bestial. Con estas bárbaras prácticas quedaba resuelto el avituallamiento de las tropas indias y se daban nuevos alicientes a su resentimiento vengativo. Además, a partir de estas campañas, Cortés puso en práctica —aunque no lo reconozca explícitamente y sea Bernal Díaz el que a menudo se refiera con detalles y reclamos al respecto— el tomar esclavos de los lugares conquistados y herrarlos con una letra G que significaba guerra.
India herrada. Dibujo de Miguel Covarrubias.
La experiencia de la derrota del 30 de junio de 1520, en que tantos de sus soldados y caballos perecieron en los cortes de las calzadas, enseñó a Cortés que sólo podía atacar con éxito la ciudad lacustre con movilidad combinada por agua y por tierra. Para ello, decidió fabricar en Tlaxcala 12 bergantines, que luego serán 13, cuya construcción debió iniciarse hacia octubre de 1520 [p. 113] y se concluirá hacia febrero o marzo del año siguiente. Parece insensatez la de fabricar, tan tierra adentro, las partes de los navíos que luego habrían de transportar, en casi una centena de kilómetros y en terreno montañoso, hasta Tezcoco, a orillas entonces del lago. Sin embargo, Tlaxcala era el único apoyo principal con que contaban en aquellos días los españoles, y gracias a la habilidad de carpinteros y herreros y a la capacidad sin límites de la ayuda indígena, el proyecto descabellado se hizo realidad.
En principio, Cortés envió al burgalés Santa Cruz a traer de Veracruz a Tlaxcala, de los barcos desmantelados, anclas, clavazón, estopas, velas, cables y jarcias, así como calderos para hacer la brea; y en unos pinares cercanos a Tlaxcala, en Huejotzingo, los marineros prepararon la resina llamada pez, necesaria para las juntas y el calafateo de las naves.4 Martín López, “carpintero de ribera”, esto es de obras navales, que ya había construido los primeros cuatro bergantines, quemados por los indígenas en la sublevación de la Noche Triste, recibió de Cortés, hacia octubre de 1520, el encargo de organizar la construcción de los nuevos bergantines.5 López vino a Tlaxcala con sus herramientas y tres criados y comenzó por ir a buscar a montes cercanos el maderamen de roble, encino y pino necesario. Auxiliaban al maestre López, según Bernal Díaz, Andrés Nuñez, Ramírez el Viejo, “cojo de una herida”, el aserrador Diego Hernández, el herrero Hernando de Aguilar, ciertos indios carpinteros y dos herreros con sus fraguas.6 En cambio, de acuerdo con la Información que hizo López ante la Audiencia de México en 1544, sus auxiliares fueron Alvar López, carpintero; Hernán Martín, herrero; Andrés Martínez, Miguel y Pedro de Mafia, carpinteros; Juan Gómez de Herrera y Juan Martínez “Narices”.7 En la nueva ciudad de Tlaxcala los trabajos se realizaban en el barrio de Atempa, cerca de la ermita de San Buenaventura. Cuando estuvieron terminados, los bergantines fueron probados en el río Zahuapan, que se represó para este propósito. Una vez probados se volvieron a desbaratar y se organizó su transporte de Tlaxcala a Tezcoco, donde se armaron de artillería.8
La construcción de los bergantines. Códice Durán, cap. XVIII.
El transporte a Tezcoco de un volumen tan considerable de piezas de madera y de los demás aparejos de los bergantines, que además de cruzar montañas tenía que pasar por tierras enemigas, fue tarea compleja. Cortés dispuso que fuera a auxiliarla Gonzalo de Sandoval [p. 132], quien llevó 200 soldados, 20 escopeteros y ballesteros y 15 de a caballo, más “buena copia” de tlaxcaltecas. Bernal Díaz añade que Sandoval, en el camino, cumplió otros encargos, como el de castigar a los indios del que llamaron “pueblo morisco”, al parecer Calpulalpan o Sultepec,9 quienes habían muerto a cuarenta y tantos soldados de Narváez y de Cortés y a muchos tlaxcaltecas, y robado tres cargas de oro que traían de Veracruz. Los del pueblo, sabiendo que se acercaba Sandoval, lo abandonaron. Los españoles hallaron allí dos caras de españoles y cueros de caballos, curtidos unas y otros, colgados en los cúes, y en el muro de una casa leyeron la triste inscripción que con carbón había hecho uno de los españoles antes de ser sacrificado: “Aquí estuvo preso el sin ventura Juan Yuste, con otros muchos que traía en mi compañía” [p. 132]. Yuste había sido un hidalgo de caballo de los que vinieron con Narváez.10
Concluidas estas tareas, Sandoval fue al encuentro de la columna de indios que hacía el singular transporte de los bergantines. Cortés da cuenta de este viaje con entusiasmo poco frecuente en él:
El dicho alguacil mayor [Gonzalo de Sandoval] pasó adelante cinco o seis leguas a una población de Tascaltecal, que es la más junta a los términos de Culúa, y allí halló a los españoles y gente que traían los bergantines. Y otro día que llegó, partieron de allí con la tablazón y ligazón de ellos, la cual traían con mucho concierto más de ocho mil hombres, que era cosa maravillosa de ver, y así me parece que es de oír, llevar trece fustas diez y ocho leguas por tierra; que certifico a Vuestra Majestad que desde la avanguardia a la retroguardia había bien dos leguas de distancia. Y como comenzaron su camino llevando en la delantera ocho de a caballo y cien españoles, y en ella y en los lados por capitanes, de más de diez mil hombres de guerra, a Yutecad y Teutipil, que son dos señores de los principales de Tascaltecal, y en la rezaga venían otros ciento y tantos españoles con otros ocho de caballo, y en ella venía por capitán, con otros diez mil hombres de guerra, muy bien aderezados, Chichimecatecle, que es de los principales señores de aquella provincia, con otros capitanes que traía consigo. El cual, al tiempo que partieron de ella, llevaba la delantera con la tablazón, y la rezaga traían los otros dos capitanes con la ligazón; y como entraron en tierra de Culúa, los maestros de los bergantines mandaron llevar en la delantera la ligazón de ellos y que la tablazón se quedase atrás, porque era cosa de más embarazo si alguno les acaeciese; lo cual, si fuera, había de ser en la delantera. Y Chichimecatecle, que traía la dicha tablazón, como siempre hasta allí con la gente de guerra que había traído la delantera, tomolo por afrenta, y fue cosa recia acabar con el que se quedase en la retroguardia, porque él quería llevar el peligro que se pudiese recibir; y como ya lo concedió, tampoco quería que en la rezaga se quedasen en guarda ningunos españoles, porque es hombre de mucho esfuerzo y quería él ganar aquella honra.
Y llevaban estos capitantes dos mil indios cargados con su vitualla. Y así, con esta orden y concierto fueron su camino, en el cual se detuvieron tres días, y al cuarto entraron en esta ciudad con mucho placer y estruendo de atabales, y yo les salí a recibir. Y como arriba digo, extendíase tanto la gente, que desde los primeros que comenzaron a entrar hasta que los postreros hubieron acabado, se pasaron más de seis horas sin quebrar el hilo de la gente. Y después de llegados y agradecido a aquellos señores las buenas obras que nos hacían, híceles aposentar y proveer lo mejor que se pudo; y ellos me dijeron que traían deseo de verse con los de Culúa, y que viese lo que mandaba, que ellos y aquella gente venían con deseos y voluntad de vengarse o morir con nosotros, y yo les di las gracias, y les dije que reposasen y que presto les daría las manos llenas [pp. 132-134].
En Tezcoco debió construirse una especie de dique seco para armar los bergantines. Al mismo tiempo, comenzó a cavarse una zanja, que comunicaba el dique con el lago:
en esta obra —prosigue Cortés— anduvieron cincuenta días más de ocho mil personas cada día, de los naturales de las provincias de Aculuacan y Tesuico, porque la zanja tenía más de dos estados de hondura y otros tantos de anchura, e iba toda chapada y estacada, por manera que el agua que por ella iba la pusieron en el peso de la laguna; de forma que las fustas se podían llevar sin peligro y sin trabajo hasta el agua, que cierto fue obra grandísima y mucho para ver [p. 149].
A base de las escasas informaciones disponibles y como una “reconstrucción conjetural”, C. Harvey Gardiner propone las siguientes medidas y características de estos bergantines,11 que hoy llamaríamos lanchones. Largo o eslora, 11.76 m, y 13.44 m para la nave capitana. Tomando en cuenta que el canal de Tezcoco tenía una anchura aproximada de 3.92 m —“dos estados”, dice Cortés—, la anchura máxima o manga de los bergantines pudo ser de 2.24 a 2.52 m, su calado, entre 56 y 70 centímetros, y su altura libre, de 1.12 m. Los pequeños navíos llevaban seis remeros a cada lado y tenían uno o dos mástiles con velas que aparecen recogidas en las ilustraciones del Códice florentino. La propulsión principal se hacía con remos cortos, como los que siguen empleándose en las trajineras de Xochimilco. Cada bergantín podía transportar hasta 25 hombres: capitán, timonel, remeros y soldados, aunque los bogadores debieron llevar también armas para los combates en tierra.
El 28 de abril de 1521 los bergantines o fustas estaban listos, enfilados en la zanja y dispuestos para pasar al lago y entrar en acción. Pronto se comprobaría su eficacia guerrera. El plan y la técnica habían sido españoles; la mano de obra, el transporte y la vía de agua eran de manos indias. En aquella larguísima procesión que transportó a los bergantines de Tlaxcala a Tezcoco, los soldados españoles la dirigían y vigilaban, pero iba contra sus principios participar en el trabajo rudo de la carga; para eso estaban los millares de indios siempre disponibles.12
En la misma fecha en que se concluye la fabricación de los bergantines, Cortés hace un nuevo recuento de sus efectivos militares. Gracias a los refuerzos ocasionales que ha recibido y los que ha mandado a buscar, desde la Navidad de 1520, de los varios navíos de Francisco de Garay, de los de Pedro Barba y Rodrigo Morejón de Lobera, del que trajo a Alderete, Orduña y otros, y del de Juan de Burgos, el ejército de que dispone para la toma de Tenochtitlán casi se habrá duplicado en los cuatro meses transcurridos: 86 de a caballo, 118 ballesteros y escopeteros, 700 y tantos peones, tres cañones gruesos de hierro, 15 pequeños de bronce y 10 quintales de pólvora [p. 149]. No precisa Cortés si en estas cifras están o no considerados los destacamentos que cuidaban Veracruz, Tepeaca y otros lugares.
En una de las naves antes mencionadas, la llamada María que llegó de Santo Domingo al mando de Jerónimo Ruiz de la Mota, con refuerzos y provisiones —soldados, caballos, ganado, puercos, alimentos y armas— , que al fin de su segunda Relación dice Cortés que mandó traer, llegaba también Julián de Alderete, nombrado tesorero, en nombre del rey, por las autoridades de La Española. Lo acompañaban otros personajes: Antonio de Carvajal y un franciscano, fray Pedro de Melgarejo y su comisario Jerónimo López. Según Bernal Díaz, fray Pedro vendía a los soldados bulas que les aligeraban la conciencia, y en poco tiempo volvió rico a Castilla.13 La llegada de Alderete —quien actuará en la conquista también como soldado decidido— será importante para Cortés porque, aunque se le enviara a fiscalizar sus actos y cuidar los intereses reales, significaba un primer reconocimiento tácito de la conquista que realizaba.
En los meses anteriores habían ocurrido dos hechos que afectaron las huestes de Cortés, aunque sirvieron también para depurarlas. Algunos de los capitanes amigos de Velázquez, que habían venido en la fracasada expedición de Narváez, insistieron ante Cortés en su demanda para que les permitiese volver a Cuba. Entre ellos estaban Andrés de Duero, que había sido secretario de Velázquez junto con Cortés y a quien éste debía una ayuda decisiva al inclinar a su favor la decisión del gobernador para que se le confiase la expedición a México; dos que sólo querían traer a sus hijos de Cuba, y que luego volvieron; Luis de Cárdenas, una especie de objetor de conciencia de Cortés, quien decía que “cómo podíamos reposar los soldados teniendo dos reyes en esta Nueva España”, por lo del quinto que como el real recibía Cortés; un corcovado Francisco Velázquez, pariente de Diego, y otros más. Bernal Díaz menciona a 13 personas y añade que “se fueron otros muchos”.14 Cortés no registra el hecho, pero el soldado cronista dice que explicó aquella buena decisión diciendo que era “por excusar escándalos e importunaciones… y que valía más estar solo que mal acompañado”. Casi todos iban ricos. Con alguno de ellos, quizás De Duero, Cortés escribió a su mujer, Catalina Xuárez Marcaida, y a su cuñado y amigo Juan Xuárez, les envió oro y joyas, les relató lo que hasta entonces le había acontecido, pero al parecer no invitó a venir a su mujer.
Pero no todos los adictos a Velázquez y desafectos a Cortés se habían vuelto a Cuba. Poco antes de iniciarse el asalto a la ciudad de México, y cuando se encontraba en Tezcoco, Cortés tuvo noticia de que un grupo de soldados amigos de Velázquez planeaban asesinarlo, “y que entre ellos habían y tenían elegido capitán y alcalde mayor y alguacil y otros oficiales” [p. 199]. Hizo prender al principal promotor, el zamorano Antonio de Villafaña, quien confesó su propósito, “y un alcalde y yo —dice Cortés— lo condenamos a muerte, la cual se ejecutó en su persona”. Añade que, aunque supo de otros implicados en la conjura, “disimulé con ellos, haciéndoles obra de amigos” [p. 200]. Bernal Díaz añade que, desde aquella amenaza, Cortés dispuso guarda para su persona, el zamorano Antonio de Quiñones como capitán y seis soldados que lo velaban día y noche.15
Además del reforzamiento y depuración de su ejército, las ordenanzas que lo disciplinaron, los actos de barbarie consentidos a los aliados indígenas y la fabricación de los bergantines, Cortés puso en marcha, simultáneamente, un plan de machacamiento sistemático y feroz de todas las poblaciones que rodeaban a los lagos y que eran de vasallos y proveedores de México-Tenochtitlán, de manera que fuesen incapaces de auxiliar por el exterior a la cabeza del imperio.
Como ventaja adicional para los españoles, a fines de 1520 y principios de 1521, asoló a la población indígena la primera epidemia de viruela, enfermedad hasta entonces desconocida en el nuevo mundo y que, según Bernal Díaz,16 trajo un negro enfermo que venía como soldado en la expedición de Narváez (mayo de 1520). Entre muchos millares de indios, pereció de esta plaga Cuitláhuac, el 25 de noviembre de 1520, el señor de México-Tenochtitlán que había sucedido a Motecuhzoma y cuyo lugar tomará Cuauhtémoc. Y hacia diciembre del mismo año murió también del mismo mal Maxixcatzin, el principal de los señores de Tlaxcala, cuya muerte sintió Cortés “como si fuera su padre” y él y sus capitanes y soldados llevaron luto por él.17
Itinerario del machacamiento en torno los lagos. Mapa de Manuel Orozco y Berra.
De Tlaxcala, y más tarde de Tezcoco como base de operaciones, al mando de Cortés o de Gonzalo de Sandoval parten grupos expedicionarios que, uno tras otro, van sometiendo no sólo a los pueblos ribereños, sino aun a provincias relativamente lejanas como Cuernavaca. El 28 de diciembre de 1520, día de los Inocentes, se inician estas expediciones que salen de Tlaxcala, hacia el oeste, para tomar Texmelucan, Coatlinchan, Huexotla, Tezcoco —que encuentran abandonado—,18 Atengo, Iztapalapa y Otumba. Sandoval recibe el encargo de ir a someter la provincia de Chalco. Una nueva expedición va por la región norte y luego por la ribera oeste de los lagos: Xaltocan, Cuauhtitlan, Tenayuca, Azcapotzalco y Tacuba. En esta última población, muy cercana a Tenochtitlán, los antiguos y futuros contendientes están frente a frente y, entre las escaramuzas y los combates, se cruzan también encuentros verbales, ora con humor y sarcasmos:
Y muchas veces fingían —escribe Cortés— que nos daban lugar para que entrásemos dentro, diciéndonos: “Entrad, entrad a holgaros”, y otras veces nos decían: “¿Pensáis que hay ahora otro Mutezuma, para que haga todo lo que vosotros quisiéredes?” [p. 135]
ora con emocionante altivez:
Y estando en estas pláticas yo me llegué una vez cerca de una puente que tenían quitada, y estando ellos de la otra parte, hice señal a los nuestros que estuviesen quedos; y ellos también como vieron que yo les quería hablar, hicieron callar a su gente, y díjeles que por qué eran locos y querían ser destruidos. Y si había allí entre ellos algún señor principal de los de la ciudad, que se llegase allí, porque le quería hablar. Y ellos me respondieron que toda aquella multitud de gente de guerra que por allí veía, que todos eran señores; por tanto que dijese lo que quería. Y como yo no respondí cosa alguna, comenzáronme a deshonrar; y no sé quién de los nuestros díjoles que se morían de hambre y que no les habíamos de dejar salir de allí a buscar de comer. Y respondieron que ellos no tenían necesidad, y que cuando la tuviesen, que de nosotros y de los de Tascaltecal comerían. Y uno de ellos tomó unas tortas de pan de maíz y arrojólas hacia nosotros diciendo: “Tomad y comed, si tenéis hambre, que nosotros ninguna tenemos”. Y comenzaron luego a gritar y pelear con nosotros [p. 135].
En uno de los combates en Tacuba, los mexicas prepararon a Cortés una celada. Cuando peleaban con los españoles fingieron que volvían huyendo hacia México, y Cortés, creyendo que los vencía, los mandó seguir por la calzada. Cuando los indios los tuvieron dentro, los atacó gran multitud en canoas, por tierra y desde las azoteas. Sólo la decisión de retraerse sin dar la espalda y peleando encarnizadamente pudo salvar a Cortés, aunque murieron entonces cuatro o cinco soldados y muchos quedaron heridos.19
En una de estas escaramuzas en Tacuba, los mexicas apresaron a Francisco Martín “Vendaval” —“nombre que se le puso por ser algo loco”, explica Bernal Díaz— y a Pedro Gallego, mozos de espuela de Cortés, y “vivos los llevaron a Guatemuz y los sacrificaron”. Cortés “venía muy triste y como lloroso” por aquella pérdida. El pueblo de Tacuba estaba en ruinas y abandonado. Cuando cesó la fuerte lluvia, Cortés, el tesorero Alderete, el fraile Melgarejo y algunos soldados subieron al alto cu de aquel pueblo, desde el que se veía la ciudad de México, los pueblos alrededor de la laguna, la multitud de canoas que la cruzaban, la elevada pirámide de Huitzilopochtli, Tlatelolco, los palacios en que antes estuvieron y los puentes y las calzadas “por donde salimos huyendo”. “Y en este instante —prosigue su relato Bernal Díaz— suspiró Cortés con una muy gran tristeza, muy mayor que la que antes traía” y alguien dijo un cantar o romance:
En Tacuba está Cortés
con su escuadrón esforzado,
triste estaba y muy penoso,
triste y con gran cuidado,
la una mano en la mejilla y
la otra en el costado [etcétera].
Este primer romance que se componía en México, cuya continuación debió existir, tuvo entonces una respuesta tomada del Romancero tradicional:
Acuérdome —dice Bernal Díaz para concluir su relato— que entonces le dijo un soldado que se decía el bachiller Alonso Pérez, que después de ganada la Nueva España fue fiscal y vecino de México: “Señor capitán: no esté vuesa merced tan triste, que en las guerras estas cosas suelen acaecer, y no se dirá por vuesa merced:
Mira Nero de Tarpeya
a Roma cómo se ardía”20
A lo que contestó Cortés mencionando los esfuerzos inútiles que había hecho para lograr la paz con los mexicas y la tristeza que tenía al considerar los grandes trabajos que les esperaban para volver a señorear la ciudad.
De Tacuba vuelve Cortés a Tezcoco, de donde sale de nuevo para continuar el machacamiento, ahora hacia el sur de los lagos: Tlayacapan, Yecapixtla, Tlalmanalco, Huaxtepec, Yautepec, Xiutepec y Cuernavaca, y luego sigue hacia el norte por Huitzilac y Xochimilco. Gonzalo de Sandoval, una vez más, va a la región de Chalco para auxiliar a sus pobladores, a quienes amenazan otra vez los de Culúa. Algunos de los encuentros que tienen con los mexicas son especialmente violentos, como el combate por un “peñol muy alto y muy agro”, cerca de Chalco; y como en Yecapixtla, en donde la matanza de indios fue tan grande que, según comenta Cortés:
todos los que allí se hallaron afirman que un río pequeño que cercaba casi aquel pueblo, por más de una hora fue teñido con sangre, y les estorbó de beber por entonces, porque como hacía mucho calor tenían necesidad de ello [p. 137].
En Huaxtepec —ahora llamado Oaxtepec— , cuyos naturales lo recibieron pacíficamente, Cortés, a pesar de encontrarse en una acción militar, tiene ojos y sensibilidad para describir con admiración la belleza que aún subsiste de los jardines y fuentes:
en la casa de una huerta del señor de allí nos aposentamos todos, la cual huerta es la mayor y más hermosa y fresca que nunca se vio, porque tiene dos leguas de circuito, y por medio de ella va una muy gentil ribera de agua, y de trecho a trecho, cantidad de dos tiros de ballesta, hay aposentamientos y jardines frescos, e infinitos árboles de diversas frutas, y muchas hierbas y flores olorosas, que cierto es cosa de admiración ver la gentileza y grandeza de toda esta huerta [p. 141].
Cortés no olvidará aquella belleza que, años más tarde, como tantas otras de México, pertenecerá a sus dominios.
La batalla que dieron los de Xochimilco, “gentil ciudad”, fue especialmente encarnizada, por agua y por tierra. Cortés reconoce la excepcional valentía de los soldados indios:
que osaban esperar a los de caballo con sus espadas y rodelas. Y como andábamos revueltos con ellos y había muy gran prisa, el caballo en que yo iba se dejó caer de cansado[p. 144].
Cortés no dramatiza los hechos, pero Bernal Díaz cuenta el peligro grave en que entonces se halló:
y el caballo en que iba, que era muy bueno, castaño oscuro, que le llamaban el Romo, o de muy gordo o de cansado, como estaba holgado, desmayó el caballo[…] otros dijeron que por fuerza lo derrocaron; sea por lo uno o por lo otro, en aquel instante llegaron muchos más guerreros mexicanos para ver si pudieran apañarle vivo, y como a aquellos vieron unos tlaxcaltecas y un soldado muy esforzado que se decía Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja, de tierra de Medina del Campo, de presto llegaron y a buenas cuchilladas y estocadas hicieron lugar, y tornó Cortés a cabalgar, aunque bien herido en la cabeza, y quedó Olea muy mal herido de tres cuchilladas.21
Los de Tenochtitlán llegan en auxilio de Xochimilco con una flota de canoas que Cortés estima en más de 2 000, con más de 12 000 hombres de guerra, además de una multitud de gente por tierra. La pelea dura tres días y al cabo de ellos la ciudad es quemada y asolada.
De Xochimilco los españoles y sus aliados llegan a Coyoacán y a los pueblos vecinos, Churubusco, Cuitláhuac, Iztapalapa y Míxquic, y luego siguen hacia el norte, ahora por la ribera oeste del lago, hacia Tacuba, Cuauhtitlan y Acolman. Al mismo tiempo que va quebrando las defensas de los pueblos ribereños, Cortés examina las entradas y salidas de México y prepara su plan de batalla. Su propósito es muy claro. “Mi intención principal —escribe— había sido procurar de dar vueltas a todas las lagunas, por calar y saber mejor la tierra” [p. 146].
Al volver a Tezcoco, en abril de 1521, ha concluido el sistemático machacamiento y reconocimiento de los pueblos ribereños de los lagos y de las provincias cercanas que podían auxiliar a los mexicas de la ciudad lacustre de México-Tenochtitlán. El cerco por tierra y agua estaba ya dispuesto.
En la última versión, de 1585, que los informantes indígenas dieron a Sahagún de su testimonio de la conquista, se refiere que, probablemente hacia fines de abril de 1521, antes de iniciarse la lucha, Cortés, que sondeaba las profundidades del lago con los bergantines, tuvo una entrevista con Cuauhtémoc en Acachinanco. El conquistador se limitó a manifestar al señor de México las razones por las que le haría la guerra, enumerando los muchos motivos de agravio que los españoles tenían con los indios. No hubo ya oferta de paz. Sahagún no registra la respuesta de Cuauhtémoc, pero Torquemada, que repite la versión de Sahagún, la añade: “Nada contestó, contentándose con decir grave y severamente, ‘que aceptaba la guerra y que cada cual hiciese por defenderse’”.22 Clavigero ponía en duda esta entrevista considerándola inverosímil y señalando que si hubiese existido, Cortés la hubiese mencionado.23 El hecho es que Cortés había intentado varias veces hablar con Cuauhtémoc para que cesara la lucha. En cambio, parece fuera de lugar el largo discurso que Sahagún atribuye a Cortés y en el que sólo hay recriminaciones y amenazas.
“El plano más antiguo de la ciudad de México —escribe Manuel Toussaint— de que tenemos noticias es… el que aparece publicado con la segunda y tercera Cartas de relación de Hernán Cortés, en la traducción latina de Pedro Savorgnani, impresa en Núremberg el año 1524.”24 Este plano va acompañado por un perfil de la costa del Golfo de México, con sus ríos y puertos.
Mapa de Tenochtitlán y Tlatelolco con elementos pictográficos indígenas. En Arthur J. O. Anderson, The War of Conquest, Salt Lake City, 1978.
En su tercera Relación Cortés dice al emperador, refiriéndose a la calzada que separaba las lagunas de agua dulce y salada, que podrá verse: “por la figura de la ciudad de Temixtitan que yo envié a Vuestra Majestad”[p. 125]. Por consiguiente, el plano debió ser compuesto entre el 30 de octubre de 1520, fecha de la segunda Relación —en cuya edición española, de Juan Cromberger, Sevilla, 8 de noviembre de 1522, no figura—, y el 15 de mayo de 1522, fecha en que firma la tercera Relación.
Así fue, en efecto. Juan de Ribera,25 secretario de Cortés, fue enviado por éste a España con la tercera Relación. Ribera iba en las naos que salieron de Veracruz hacia julio de 1522, con el quinto real y un tesoro que serán robados por piratas franceses. La carabela en que iba Ribera escapó y éste pudo salvar los encargos que llevaba.26
El plano de la ciudad de México Tenochtitlán de 1524, llamado de Cortés.
Los mapas iban, pues, junto con la tercera Relación, que Ribera debió entregar desde su llegada. En cambio, retuvo por algún tiempo los mapas, pues en los primeros días de 1523 el secretario habló largamente de cosas de México con Pedro Mártir de Anglería, quien las narró con atenta precisión en su De Orbe Novo. Entre los muchos objetos mexicanos que Ribera mostró al cronista, le enseñó dos mapas:
uno de 30 pies de largo y poco menos de ancho, hecho de algodón blanco, en el cual estaba dibujada en detalle toda la llanura con los pueblos amigos y enemigos de Moctezuma. También están representados los grandes montes que por todas partes la rodean, y asimismo las regiones meridionales del litoral…27
Interpretación del plano atribuido a Hernán Cortés por Manuel Toussaint.
1. Gran Teocalli. 2. Casas nuevas de Moctezuma. 3. Casas nuevas de Moctezuma. 4. Casa de los animales. 5. Palacio de Axayácatl o casas viejas de Moctezuma. 6. Casa de Cuauhtémoc. 7. Teocalli de Tlatelolco. 8. Tianguis de Tlatelolco. 9. Templo. 10. Palacio. 11. Plaza. 12. Casas de recreo de Moctezuma. 13. Fuerte de Xóloc. A. Calzada de Tacuba. B. Calzada de lxtapalapa. C. Calzada de embarcadero. D y E. Calzada de Tepeyac. F. Calzada de Nonoalco. G. Calzada de Vallejo. De Información de méritos y servicios de Alonso García Bravo..., Mexico, 1956.
Páginas más adelante, Pedro Mártir agrega: “después del mapa grande examinamos otro más pequeño, aunque no menos interesante, por hallarse representado en él, pintada por mano de sus naturales, con sus dos lagunas, la propia ciudad de Tenustitán.”28
Del gran mapa no queda ningún rastro. Y el pequeño debió ser el diseño indígena previo del mapa de la ciudad de México que conocemos.
Los diseños conocidos, de la ciudad y de las costas del Golfo, no fueron utilizados por Cromberger, quien también editó la tercera Relación (Sevilla, 1523), acaso porque los recibió cuando ya estaba hecha su impresión, sino por el editor Federico Peypus Arthimesio, quien los incluyó en su edición en latín de la segunda y la tercera Cartas de relación, de Núremberg, 1524.
El plano de la ciudad de México es de sugestiva e irreal belleza. En torno a un perímetro aproximadamente circular de tierra firme, un lago rodea el también casi círculo de Tenochtitlán — el mapa dice Temixtitan, como Cortés escribía— . En el centro de la isla se encuentra el gran cuadrado del Templo Mayor con sus dos pirámides, el tzompantli con hileras de cráneos de sacrificados, y otros templos. En torno al recinto ceremonial se distinguen, un poco reducidos, la plaza, los palacios de Motecuhzoma y Axayácatl, y los jardines zoológico, con dibujos de animales, y botánico. En el espacio sobrante de la isla, que no es mucho, se apiñan casas, canales, torres y palacios, en filas que más o menos forman círculos. Hacia el norte se abren dos calzadas, a Tepeyácac y a Tenayuca. Al este no hay calzada sino el embarcadero para Tezcoco, y sobresale el albarradón o dique para evitar las inundaciones a la ciudad. En la ribera, Tezcoco se encuentra al noreste y Chimalhuacán y Atenco al este. Al sur, la recta calzada de Iztapalapa lleva a Churubusco y al lago de Xochimilco; hacia el sureste se ve Iztapalapa y al suroeste Coyoacán. Al oeste aparece Tacubaya —sobre la que se plantó un banderón con el águila bicéfala de los Austrias—, Chapultepec, con el bosque y el nacimiento del manantial que proveía de agua a la ciudad, el pueblo de Tacuba y la calzada del mismo nombre con siete cortaduras. En el límite de la ciudad, al noreste, se encuentra la plaza de Tlatelolco. Cruzan el lago, aquí y allá, las piraguas.
La “figura de la ciudad” enviada por Cortés no era presumiblemente la publicada y conocida. La que llevó Ribera debió ser un dibujo que contenía el diseño básico de la situación de la ciudad, con las indicaciones escritas en español. Este diseño pasó —sin duda por las conexiones del editor de Sevilla, Cromberger, con los editores alemanes— al editor de Núremberg, y éste, encontrando el original tosco, encargó que lo redibujara y convirtiera en grabado en madera un dibujante alemán, el cual añadió torres y casas alemanas al esbozo de palacios, casas y chinampas, conservó los peculiares edificios centrales del Templo Mayor, y puso en latín, con rasgos semigóticos, las inscripciones explicativas.
El diseño de esta ciudad, con su gran centro ceremonial al centro, protegida por el agua del lago y comunicada a tierra firme por calzadas cuyas cortaduras aseguraban su teórica invulnerabilidad, al parecer inspiró a Alberto Durero —quien había admirado en 1520 el primer tesoro mexicano enviado por Cortés a Carlos V— el diseño de una “ciudad ideal”, tema que interesaba mucho a los urbanistas del Renacimiento.29 El mapa “atribuido a Cortés” gustó tanto que lo repitieron con variantes y deformaciones varios editores de obras acerca del Nuevo Mundo: Benedetto Bordone en 1528, Giovanni Battista Ramusio en 1556, para ilustrar el relato del Conquistador Anónimo; Jorge Bruin en 1572, Thomaso Porcacchi da Castiglione en 1572, y Bertius en el siglo XVII.30
Respecto a la fecha en que fue dibujado el mapa, Toussaint supone que fue entre el 8 de noviembre de 1519, llegada de los españoles a Tenochtitlán, y el mes de mayo de 1520, en que Cortés sale a combatir a Narváez, es decir, durante los casi siete meses de ocupación pacífica de la ciudad.31 En este caso, Cortés lo hubiese enviado con su segunda Relación, fechada el 30 de octubre de 1520, en la que no lo menciona. Así pues, debió elaborarse después de esta última fecha, cuando los españoles habían salido de la ciudad y preparaban el asalto y sitio, que se inicia en mayo de 1521, y probablemente en los primeros meses de este año.
Wagner, en cambio, cree que el plano fue dibujado después de la conquista, cuando ya se había iniciado la reconstrucción de la ciudad,32 porque ve en dicho plano algunas de las nuevas construcciones. Mi opinión es que las torres y edificios que aparecen en él no tienen que ver con construcciones indígenas o españolas —con excepción de las del cuadrado del Templo Mayor— y que son sólo decoraciones alemanas.
Cortés había decidido reconquistar la ciudad con un ataque combinado por tierra y por agua, con los bergantines que estaba construyendo. Para ello, sus capitanes necesitaban un esquema que les indicara la posición de las calzadas y sus cortes y la ubicación de los principales lugares y monumentos, tanto de la ciudad como en las riberas externas del lago. Inicialmente, el plano debió ser táctico, para usos militares. Luego, Cortés tuvo la idea de mejorarlo y enviarlo a Carlos V para que se pudieran comprender mejor sus narraciones.
En cuanto al autor, Toussaint observa, con razón, que no es obra del conquistador y considera que pudo trazarlo alguno de los pilotos que participaron en la expedición y tenían nociones de cartografía.33 Como lo comprueba el testimonio de Pedro Mártir, citado antes, mi suposición es que el primer diseño fue de dibujantes indígenas, que conocían mejor la peculiar topografía de la ciudad y sus alrededores, entre los cuales, como lo atestigua Cortés a menudo, había expertos en el dibujo de planos. El curioso diseño del lago de Xochimilco al sur — según la interpretación de Toussaint y Fernández, como un pequeño bolsón, los amontonamientos rocosos que hay al sureste y suroeste, y el convencional diseño en círculos tienen alguna semejanza con la imagen de las siete cuevas de Chicomóztoc, que aparece en el folio 16 r de la Historia tolteca-chichimeca.34 Y un absoluto paralelismo de convenciones iconográficas se aprecia en la lámina 42 del Lienzo de Tlaxcala.35 En los cuatro ángulos se representan pueblos que ha tomado el ejército de Cortés en la preparación del asalto a la ciudad de México. Y en el centro aparece ésta, como una ciudad circular dentro de un lago circular, con canoas de guerreros que la protegen. No hay un propósito de realismo geográfico sino una intención esquemática para destacar lo esencial: la ciudad rodeada por un lago. A partir del diseño indígena, los pilotos españoles pudieron haber hecho algunos ajustes y sustituyeron los glifos toponímicos por los nombres escritos de pueblos y lugares.
Lámina del Lienzo de Tlaxcala, 42, con el mismo diseño en círculos de la ciudad y los lagos.
En cuanto a la identidad del último participante en la elaboración del plano, esto es, el dibujante y grabador alemán, Federico Gómez de Orozco señaló que pudiera haber sido el grabador Martin Plinius, que trabajó en Núremberg entre 1510 y 1536, y cuyo estilo tiene semejanzas con el de este plano “atribuido a Cortés”36
El dibujo original enviado por el conquistador, que acaso nunca vio su destinatario Carlos V, debió quedar entre los papeles de desperdicio de la imprenta de Núremberg. ¿Y en qué archivo español habrá quedado el otro largo mapa, el de 30 pies (cerca de 10 metros), de la región central de México, que vio Pedro Mártir?
En cuanto al perfil de la costa del Golfo de México, que se imprimió al lado del plano de la ciudad, existe al respecto una indicación que puede explicar su origen. En la segunda Carta de relación refiere Cortés que, a principios de 1520, durante el cautiverio de Motecuhzoma, encargó al señor de México que le hiciera “pintar toda la costa y ancones y ríos de ella”, y que al día siguiente le trajeron el mapa “figurado en un paño” [p. 65]. Este mapa indígena pudiera ser la base del perfil de la costa del Golfo de México que Cortés enviara a Carlos V hacia 1522, junto con el plano de la ciudad.
Las siete cuevas de Chicomóztoc, f. 16 r. de la Historia tolteca-chichimeca, con alguna semejanza de diseño con el plano de la ciudad de México de 1524.
Perfil de la costa del Golfo de México, que acompaña el plano de 1524.
El mapa publicado en 1524 tiene la forma de un óvalo en el que aparece la costa del Golfo de México desde Yucatán hasta la Florida, cerrando casi la figura. En el pequeño espacio abierto se ve, un poco sesgada, la punta occidental de Cuba, o sea el Cabo San Antonio, que deja sólo dos estrechos canales de salida, el de la Florida o de las Bahamas, al norte, y el que va por el sur de la isla. Yucatán es aún una isla y en lo que hoy se conoce como la continuación del costado oriental de la península de Yucatán, hacia Centroamérica, se dibuja, separada de Yucatán, una costa accidentada en la que sólo se registra la Punta de las Higueras, que pudiera ser el Cabo Gracias a Dios, en los límites de Honduras y Nicaragua.
El arco del Golfo, desde la Laguna de Términos —que no lleva nombre—, el río San Antón (Tonalá) y el Grijalva, hasta el río del Espíritu Santo, al norte, es bastante detallado, con la indicación de ríos, entre los que se destaca el Pánuco, y de algunos lugares: Puerto de San Juan (San Juan de Ulúa o Veracruz), Sevilla (Cempoala), Almería (Nautla) y la isla de Sacrificios. Arriba del río aquí llamado del Espíritu Santo, que es el Misisipi, y hasta la Florida no existen más precisiones. La Florida había sido descubierta desde 1513 por Ponce de León, y Alonso Álvarez de Pineda, enviado por Francisco de Garay, había explorado la costa del Golfo desde el Pánuco hasta la Florida en 1519, costa de la que trazó un mapa. Como lo supone Miguel León-Portilla, este mapa pudiera ser otro antecedente del cortesiano.37
En la parte inferior del mapa aparece una rudimentaria escala.
Cortés escribió que los cartógrafos indígenas de Motecuhzoma le dieron pintada “toda la costa y ancones y ríos de ella”. Como en el caso del plano de la ciudad de México, en este mapa de la costa del Golfo, el dibujo indígena probablemente fue completado por los pilotos españoles. Estos debieron añadir las nociones que tenían, y que acaso ignoraban los nativos, como la parte norte del arco del Golfo hasta la Florida —que pudieron tomar del mapa de Álvarez de Pineda, quien estuvo en México y moriría en Pánuco— y la cercanía del extremo occidental de la isla de Cuba, y escribieron los nuevos nombres que habían dado a ríos y pueblos. En el caso de este mapa de la costa, me parece que no hubo rehechura de los dibujantes alemanes.
1 Herrera, década IIª, lib. X, cap. XIX añade algunos detalles curiosos de este alarde: se hizo “en la plaza del templo mayor de Tlaxcala”. Cortés vestía “una ropeta de terciopelo sobre las armas y una zagaya en la mano”, y ante él fueron desfilando y disparando a lo alto sus armas los ballesteros, los rodeleros con sus espadas, los piqueros, los escopeteros y, en fin, con lanzas y adargas los caballeros. Añade Herrera que al siguiente día los tlaxcaltecas hicieron otra muestra de la gente que habían de llevar a la guerra: 60 000 necheros, 40 000 rodeleros y 10 000 piqueros, en total 110 000 hombres, “aunque Ojeda en sus Memoriales dice que fueron ciento y cincuenta mil hombres” (ibid., cap XX).
2 Ordenanzas militares, Tlaxcala, 22 de diciembre de 1520: en Documentos, sección I.
3 Algunas respuestas de Bemardino Vázquez de Tapia: en Documentos, sección IV, Residencia, pregunta XXI.
4 Herrera, ibid., cap. XIX.— Bernal Díaz, cap. CXXXVI.
5 Guillermo Porras Muñoz, “Martín Lόpez, carpintero de ribera”, Revista de Indias, Estudios cortesianos, Madrid, enero-junio de 1948, año IX, núms. 31-32, pp. 307-329.— Después de la conquista, Martín López recibió en recompensa por sus servicios “unas casas que habían sido de los indios” en un lugar elevado. Cuando salió para alguna conquista, dio poder a Hernando de Medel para vender dichas casas en ochocientos pesos al arzobispo Zumárraga; Medel murió y López no recuperó su dinero. Asimismo se le concedió en encomienda la mitad del pueblo de Tequisquiac. Nunca consiguió que Cortés le pagara lo convenido por la fabricación de los bergantines ni por otros trabajos, ni 325 pesos de oro que le prestó para “socorrer sus necesidades”, por todo lo cual demandó hacia 1528 al conquistador. Desde 1527 Lόpez se alió a los enemigos de Cortés que formaban la primera Audiencia. Fue con Nuño de Guzmán a la conquista de la Nueva Galicia y de 1556 a 1560 fue corregidor en Tasco. El rey le concedió escudo de armas en reconocimiento a la construcción de los bergantines. Murió en México entre 1573 y 1577: Porras Muñoz, op. cit., pp. 315-319.
6 Bernal Díaz, cap. CXL.
7 “Información hecha por Martín Lόpez ante la Audiencia de México”, 1544, AGI, Patronato 57, núm. 1, ramo 1, f. 3. Citada en Porras Muñoz, op. cit., p. 309, n. 10.
8 Muñoz Camargo, Historia de Tlaxcala, lib. II, cap. VII.
9 Cervantes de Salazar, Crónica, lib. V, cap. LXIV.
10 Bernal Díaz, cap. CXL.
11 C. Harvey Gardiner, Naval Power in the Conquest of Mexico, University of Texas Press, Austin, 1956, cap. V, pp. 130-133.
12 Orozco y Berra (Historia antigua. Conquista, lib. III, cap. II) recoge de Prescott (Historia de la conquista de México, trad. de José María González de la Vega, lib. VI, cap. I, n. 24) el siguiente pasaje: “Dos ejemplos memorables… de transportes de buques por tierra: uno en la historia antigua, el otro en la moderna, y ambos, ¡cosa rara!, en el mismo lugar, Tarento en Italia. El primero ocurrió en el sitio que puso Aníbal a aquella ciudad (Polibio, lib. 8°); el segundo acaeció diecisiete siglos después en tiempos del gran capitán Gonzalo de Córdoba; pero la distancia de donde se los trajo era corta. Otro ejemplo más análogo es el de Balboa, audaz descubridor del Pacífico. Dispuso que se llevaran cuatro bergantines a la distancia de veintidós leguas, atravesando el istmo de Darién; trabajo estupendo y no del todo útil, pues sólo dos buques llegaron a su destino (Herrera, Historia general, déc. IIª, lib. II, cap. XI). Aconteció esto en el año de 1516, poco tiempo antes de lo de Cortés, y él tal vez sugeriría a su genio emprendedor la primera idea de su más felíz y más grandiosa empresa”.
Orozco y Berra añade otro ejemplo más: en el siglo XV se transportó desde Verona a través del Montebaldo en los Alpes, hasta el lago de Garda, una flota veneciana. Se usaron rodillos y cuerdas y la fuerza de gran número de campesinos y 2 000 bueyes.
13 Bernal Díaz, cap. CXLIII.— Orozco y Berra, lib. III, cap. III.— Wagner, cap. XXII, pp. 339-340.
14 Bernal Díaz, cap. CXXXVI.
15 Ibid., cap. CXLVI.
16 Ibid., cap. CXXIV.
17 Ibid., cap. CXXXVI.
18 El despoblamiento de Tezcoco y la huida de su señor Coanacochtzin hacia Tenochtitlán, ocurridos en los últimos días de 1520, irritaron a Cortés, quien ordenó el saqueo de la ciudad y la esclavitud de las mujeres y muchachos que encontraron. En estos desmanes, según Alva Ixtlilxóchitl, Historia chichimeca, cap. XCI:
los tlaxcaltecas y otros amigos que Cortés traía saquearon algunas de las casas principales de la ciudad y dieron fuego a lo más principal de los palacios del rey Nezahualpiltzintli, de tal manera que se quemaron todos los archivos reales de toda la Nueva España, que fue una de las mayores pérdidas que tuvo esta tierra, porque con esto todas las memorias de sus antiguallas y otras cosas que eran como escrituras y recuerdos perecieron desde este tiempo.
Lo que había quedado de estos papeles antiguos o códices en poder de algunos principales fue quemado después de 1528 por orden del obispo Zumárraga, llegado este año, o por temor a él, según Juan Bautista Pomar (Relación, 1582, 4-6).
19 Bernal Díaz, cap. CXLI.
20 Bernal Díaz, cap. CXLV.— Véase Winston A. Reynolds, Romancero de Hernán Cortés, Ediciones Alcalá, Madrid, 1967, cap. II.
21 Bernal Díaz, ibid.
22 La única edición de este texto de Sahagún es la de Carlos María de Bustamante: La aparición de Nuestra Señora de Guadalupe… comprobada… fundándose en el testimonio del P. Fr. Bernardino de Sahagún o sea la historia original de este escritor, México, impreso por Ignacio Cumplido, 1840, cap. XXXI.— Torquemada, Monarquía indiana, lib. IV, cap. XC.
23 Clavigero, Historia antigua de México, lib. X, cap. XVII.
24 Manuel Toussaint, “El plano atribuido a Hernán Cortés. Estudio histórico y analítico”, Planos de la ciudad de México. Siglos XVI y XVII. Estudio histórico, urbanístico y bibliográfico, por Manuel Toussaint, Federico Gómez de Orozco, Justino Fernández, XVIº Congreso Internacional de Planificación y de la Habitación, Instituto de Investigaciones Estéticas de la Universidad Nacional Autónoma, México, 1938, parte VI, p. 93.
De la edición de Núremberg, 1524, de la segunda y tercera Cartas de relación de Hernán Cortés, hay reproducción facsimilar con “Nota introductoria” de Edmundo O ‘Gorman, editada por el Centro de Estudios de Historia de México Condumex, México, 1979 y 1980.
25 Bernal Díaz, cap. CLXX, hace un retrato feroz de este Juan de Ribera:
Todo [80 000 pesos de oro y “la culebrina que se decía el Fénix”] lo envió a Su Majestad con un hidalgo de Toro, que se decía Diego de Soto, y no me acuerdo bien si fue en aquella sazón un Juan de Ribera, que era tuerto de un ojo, que tenía una nube, que había sido secretario de Cortés. A lo que yo sentí del Ribera, era una mala herbeta, porque cuando jugaba a naipes e a dados no me parecía que jugaba bien, y demás desto, tenía muchos malos reveses; y esto digo porque, llegado a Castilla, se alzó con los pesos de oro que le dio Cortés para su padre Martín Cortés, y porque se lo pidió Martín Cortés. Y por ser el de Ribera de suyo mal inclinado, no mirando a los bienes que Cortés le habfa hecho siendo un pobre hombre, en lugar de decir verdad y bien de su amo, dijo tantos males, y por tal manera los razonaba, que, como tenía gran retórica e había sido su secretario del mismo Cortés, le daban crédito, especial el obispo de Burgos.
Esta relación del tortuoso Ribera con Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos y presidente del Consejó de Indias, puede explicar las conversaciones que tuvo con Pedro Mártir, amigo del segundo.
26 Henry R. Wagner, The Rise of Fernando Cortés, cap. XV, p. 229, supone que Ribera llegó a Sevilla en noviembre de 1522.
27 Pedro Mártir de Anglería, Décadas del Nuevo Mundo, trad. de Agustín Millares Carlo, José Porrúa e Hijos, Sucs., México, 1944, Quinta década, lib. X, t. II, p. 543.
28 Pedro Mártir, op. cit., p. 545.
29 Erwin Walter Palm, “Tenochtitlán y la ciudad ideal de Dürer”, Journal de la Société des Américanistes, 1951, vol. XI, pp. 59-66.— Citado por Benjamín Keen, La imagen azteca (1971), trad. de Juan José Utrilla, Fondo de Cultura Económica, México, 1984, cap. III, n. 42, p. 80.
30 Toussaint, op. cit., pp. 93-95.
31 Ibid., p. 98.
32 Wagner, cap. XV, p. 230.
33 Toussaint, p. 98.
34 Paul Kirchhoff, Lina Odema Güemes, Luis Reyes García, Historia tolteca-chichimeca, INAH, CISINAH, SEP, México, 1976.
35 Diseño semejante en la lámina núm. 69, f. 272 v en el Manuscrito de Glasgow de Muñoz Camargo, Descripción de la ciudad y provincia de Tlaxcala.
36 Ola Apenes, Mapas antiguos de México, Instituto de Historia, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1947, p. 20.
37 Miguel León-Portilla, Hernán Cortés y la Mar del Sur, Ediciones Cultura Hispánica, Instituto de Cooperación Iberoamericana, Madrid, 1985: el mapa de Álvarez de Pineda se reproduce en las pp. 28 y 29; el comentario citado, en la p. 29.