… y escribió muy afectuosamente al marqués, su marido, con palabras y ruegos que luego se volviese a México, a su estado y marquesado, y que mira se los hijos e hijas que tenía, y dejase de porfiar más con la Fortuna y se contentase con los heroicos hechos y fama que en todas partes hay de su persona.
Y nunca tuvo ventura en cosa que pusiese la mano, sino todo se le tornaba espinas.
BERNAL DÍAZ DEL CASTILLO
No nació su señoría para mercader.
JUAN ZAMUDIO
Durante su última década en México, Hernán Cortés alternó sus ocupaciones y sus preocupaciones entre el papeleo judicial y administrativo de sus numerosos pleitos, reclamaciones y negociaciones, y sus exploraciones en la costa del Pacífico, que se llamaba entonces Mar del Sur. Aun para la conciliadora segunda Audiencia, la presencia de Cortés no era un peligro, pero sí una incomodidad, por la fuerza y autoridad que conservaba. La solución fue invitarlo a que prosiguiera sus exploraciones, empresa que realizará con terquedad, sobreponiéndose una y otra vez a los fracasos y obstáculos, y con una especie de furor por la acción y los peligros. Cuanto le producían sus tierras y sus empresas lo consumían las costosas aventuras marítimas. Logrará importantes descubrimientos geográficos, que poco le interesaban, a costa de repetidos desastres y sin ningún provecho material. Y aunque sólo haya ido Cortés a una de las expediciones, consumía su tiempo en penosos viajes y largas estancias, sobre todo en Tehuantepec, para dirigir la construcción de las naves, transportar herrajes, aparejos, armas y vituallas, conseguir y organizar las tripulaciones y redactar instrucciones para los viajes.
Descubrirá la “tierra más estéril del mundo”, como exageraba uno de sus malquerientes.1 Sin embargo, William Robertson, el primer historiador moderno del continente americano, juzgará así la acción de Cortés:
El descubrimiento de un país tan extenso [la península de Baja California] habría hecho honor a cualquier otro que no fuese él; pero esto nada añadió a la gloria de Cortés ni satisfizo las grandes esperanzas que había concebido.2
Con muy buen ojo, Cortés se dio cuenta, desde los primeros años que siguieron a la conquista de México, de que, por encontrarse del lado en que había naves disponibles, las exploraciones por el Golfo de México o Mar del Norte se multiplicaban, en tanto que nada se había hecho en el Mar del Sur, en las costas del territorio de Nueva España entonces conocido y al norte de él. La expedición que a mediados de 1527 envió hasta las remotas Molucas —cuyas desventuras y éxito parcial se han narrado en el capítulo XVI— mostró a Cortés la posibilidad que tenía para organizar, desde las costas mexicanas del Pacífico, expediciones tan ambiciosas como ésta. Desde 1522 estaba empeñado en el establecimiento de astilleros en puertos de estas costas, los que inició en Zacatula y luego pasó a Tehuantepec. Y cuando partió a España en 1528, había dejado en proceso de construcción cinco navíos en este último puerto.
Animado con estos proyectos de nuevas expediciones que aumentaran sus laureles, Cortés negoció, durante su estancia en España, una capitulación o contrato para los descubrimientos que esperaba hacer en las costas del Mar del Sur. En el primer documento, fechado el 27 de octubre de 1529, se precisaban las condiciones y concesiones que le señalaba la Corona: respeto que debía tener a las tierras ya señaladas a otros gobernadores, gastos a cargo de Cortés, autorización para nombrar oficiales reales y disfrute de la dozava parte de las tierras descubiertas. Y en otra provisión, del 5 de noviembre siguiente, se le ofrecía ser gobernador de las nuevas tierras y poder nombrar justicias y alcaldes en ellas.3
Recién vuelto a Nueva España debió viajar a Tehuantepec en el otoño de 1530 para ver el estado en que se encontraban los cinco navíos que allí construía. Como lo informará al rey, en carta del 10 de octubre de ese año, por obra de los oidores de la primera Audiencia, todo allí era destrucción, saqueo y abandono. Habían quitado de su puesto y apresado al capitán Francisco Maldonado, encargado del astillero; los materiales llevados hasta allá con tantas dificultades quedaron abandonados y los robó quien quiso; los maestros pasaron un año sin hacer nada, corriendo sus salarios, que Cortés debió pagar. En suma, los navíos estaban casi perdidos y le habían hecho perder “veinte mil castellanos que tenía gastados en la obra y aparejos de los cinco navíos”.4
Desmoralizado por estos destrozos y debiéndose ocupar, durante 1531, de su instalación en Cuernavaca y de los pleitos y negociaciones que hizo para recuperar sus dominios, poco debió hacer para la reparación de sus naves. Pero en el curso de este año la Audiencia recibió una cédula real para que se apurara a Cortés en la empresa de descubrimientos en el Mar del Sur: en el término de un año debía comenzar a hacer la armada y dentro de dos años debía hacerse a la vela.5
En vista de este requerimiento, a fines de 1531 debió volver a ocuparse de sus naves y del proyecto de expediciones. En febrero de 1532, en respuesta a gestiones de Cortés, la reina Juana envió una cédula a la Audiencia para que se le proveyese de la artillería que necesitaba para sus naves.6 Y por estos días debió de iniciar de nuevo el transporte de cuanto necesitaba en Tehuantepec y en Acapulco, donde también había organizado astillero, para poner sus naves en condición de navegar. Y esto le originó otro problema.
Durante la ausencia de Cortés, el rey había enviado, el 4 de diciembre de 1528, a la Audiencia de México y a las autoridades eclesiásticas, unas importantes ordenanzas sobre el tratamiento de los indios. En el primer inciso se prohibía que se emplease a los indios tamemes como bestias de carga, contra su voluntad y sin paga; y se condenaba a quien lo hiciese al pago de 100 pesos de oro por cada indio.7
Los oidores de la primera Audiencia no hicieron mucho caso de esta disposición humanitaria, pero los de la segunda sí la aplicaron contra Cortés y lo multaron por los indios que le transportaban materiales para sus barcos. Dichos oidores refirieron a la emperatriz, el 19 de abril de 1532, que Cortés transportaba, de Cuernavaca a Acapulco, provisiones y aparejos para sus navíos cargados en tamemes, contra las ordenanzas reales. El alguacil mayor detuvo algunos de estos indios cargados y los llevó a Cuernavaca para después traerlos a la ciudad de México. Cortés lo supo, quitó a sus indios a los alguaciles y escribió a la Audiencia, la que le ordenó comparecer.8
Al día siguiente de la carta denuncia de la Audiencia, Cortés escribió quejándose de ello al emperador. Exponía los hechos y agregaba que los indios eran sus vasallos e iban pagados; que no había otra manera de hacer esos transportes; y que aunque sabe que existe una provisión ordenando al presidente y oidores no se entrometan en las cosas de sus descubrimientos y lo dejen hacer, por el momento tuvo que interrumpirse el aprovisionamiento de los navíos.9
Al mismo tiempo, por instrucciones de Cortés, su procurador en España, Núñez, alegó otro tanto ante la Corte, y obtuvo el envío de una cédula de la reina, del 17 de octubre de 1532, ordenando a la Audiencia de México que suspendiera la ejecución de la sentencia y remitiera el proceso al Consejo de Indias.10 Y en otra cédula posterior, la reina encargó a la Audiencia que encontrara una solución que evitase que los indios cargaran los bastimentos para la expedición al Mar del Sur o bien que regulara y supervisase dicho servicio.11 De todas maneras, a Cortés se le impuso una multa de 40 000 pesos de oro —por 400 tamemes— y, para hacer el depósito de 2 000 que se le exigieron para obtener un aplazamiento, dejó en prenda dos joyas de su mujer, un collar y un cordón. Para recuperarlas, tuvo que dar fianza.12
El 30 de junio de 1532, en tiempo para cumplir las instrucciones reales, Cortés pudo despachar, de Acapulco, la primera expedición al Mar del Sur. Como era su costumbre, hacia el mes de mayo había entregado a Diego Hurtado de Mendoza, su primo y capitán de esta armada, una instrucción cuyo encargo principal era la exploración de las islas y costa del Pacífico, más allá de los límites de la gobernación de Nuño de Guzmán, que llegaban a la altura de Culiacán. A partir de allí, debía tomar posesión de las tierras descubiertas. Encargábale, además, inspeccionar sus naves, repartir entre las dos marinos, artilleros y sobresalientes; registrar armas y municiones, bastimentos y rescates; describir con precisión las tierras y los accidentes de las costas descubiertos; cuidarse mucho en los desembarcos, de manera que sus hombres no pudieran ser atacados por los naturales, y por medio de lenguas, atraer a aquéllos con regalos y averiguar si en sus adornos traen oro, perlas o piedras preciosas. Después de los límites mencionados, que reconocerá “porque la cordillera de las sierras de la tierra adentro se van a rematar en la mar”, esperaba Cortés que Hurtado de Mendoza y sus hombres exploraran y tomaran posesión, en 100 o 150 leguas, de tierras, puertos y ríos que en esa extensión hubiera.13
En vista de que las naves que construía aún no estaban listas, Cortés dispuso que salieran en esta expedición las llamadas San Marcos, como capitana, y San Miguel, que había comprado en noviembre de 1531 a Juan Rodríguez de Villafuerte y se encontraban en Acapulco. Como oficiales iban Juan de Mazuela, capitán de la segunda nave y tesorero; Francisco de Acuña, maestre; Alonso de Molina, veedor; Miguel Marroquino, maestre de campo; Juan Ortiz de Cabex, alguacil mayor, y Melchor Fernández, piloto, con 80 soldados.14
Iniciado el viaje, en Guatlán o Santiago de Buena Esperanza, en la provincia de Colima, completaron su aprovisionamiento de gente, armas y víveres. Según López de Gómara, intentaron proveerse de agua en el puerto de Xalisco o Matanchel (San Blas, Nayarit) y se lo impidió gente de Nuño de Guzmán.15 Pasado este puerto, descubrieron la isla que llamaron la Magdalena, una de las islas Marías, que les pareció deshabitada y que bojaron. En la costa de Culiacán tomaron tierra para proveerse y entraron en un brazo de mar, que puede ser la ensenada del Pabellón o la bahía de Altata, donde pasaron 20 días, y vieron indios armados que huyeron. Como se les habían podrido sus provisiones y no encontraron en las costas de qué alimentarse, algunos soldados se amotinaron. Éstos tomaron una de las naves, probablemente la San Miguel, con la que regresaron a tierra, y dejaron la otra a Hurtado de Mendoza para que, con la gente de mar siguiese su reconocimiento. Los de esta nave toparon con un temporal y, cerca de la isla descubierta, naufragaron y perecieron todos. Los amotinados llegaron a Culiacán, hambrientos. Bajaron a tierra los 20 más fuertes y caminaron 40 días hasta tierras de Jalisco, donde el gobernador Guzmán los desarmó y apresó. Los otros 20 volvieron a navegar y una tormenta los hizo naufragar en la bahía de Banderas, de Jalisco. Internáronse en la tierra, extenuados, los asaltaron los indios y mataron a 17 de ellos. De los tres supervivientes, uno fue a informar a Nuño de Guzmán de cuanto habían abandonado, para que lo devolviese a Cortés, lo que aquél no haría, dando principio a un agrio pleito. Los otros llegaron después de 10 días a tierras de Colima para dar las malas noticias.16
Derrotero de la expedición de Diego Hurtado de Mendoza (1532). De Miguel León-Portilla, Hernán Cortés y la Mar del Sur, Madrid, 1985.
¡Infeliz capitán Diego Hurtado de Mendoza, que tan breve intervención tuvo en la historia de Nueva España! Se llamaba como el poeta e ilustre historiador de la Guerra de Granada, y pudo haber sido su pariente. Cortés lo llama primo suyo, cuando refiere en su cuarta Relación que le confió, en enero de 1524 —al mismo tiempo que enviaba a las Hibueras la expedición de Cristóbal de Olid—, la exploración de la costa centroamericana, en la bahía de la Asunción, de las Hibueras al Darién, en busca del estrecho que comunicara ambos océanos [p. 225]. Este viaje se realizó, aunque se ignoran sus resultados. Poco después, en 1525, el capitán aparece como alguacil mayor en Trujillo, Honduras, lo que indica que quedó en aquellas tierras.17 Y en 1532 recibió de su primo Cortés el encargo de la primera expedición a las costas del Mar del Sur, en la que perecería junto con la mayor parte de su tripulación. A pesar de los infortunios, en este viaje se descubrirían las islas Marías y una región imprecisa hacia el paralelo 27° de la costa del Pacífico.
Exasperado por el mal resultado de esta primera expedición y achacando su fracaso al hecho de que no llevaba suficiente bastimento, a causa del impedimento que había tenido para transportarlo a los puertos del Pacífico, Cortés decidió instalarse, desde alrededor de noviembre de 1532, en los arenales calurosos de la costa de Tehuantepec, para cuidar él mismo la construcción y el aprovisionamiento de las naves que enviaría a sus nuevas expediciones. Una especie de compulsión interna parecía exigirle el acometer grandes empresas, como ésta de la exploración de las costas del Mar del Sur, que hacía a costa suya, con enormes gastos, conflictos y mortificaciones personales. Antes, había estado viajando entre Cuernavaca, Acapulco y Tehuantepec para el despacho de la primera expedición. Y a partir de la fecha señalada y hasta el otoño de 1533 tuvo su asiento principal en Tehuantepec adonde llevó a todos sus criados y a más de 30 oficiales españoles —a los cuales había que alojar, alimentar y pagar—, para proveer y dirigir la construcción de los navíos que necesitaba.
Como lo relatará en el verano de 1534 a la Audiencia de México: “Hizo una choza en la playa de dicho puerto, adonde estuvo todo el tiempo ayudando algunas veces con el trabajo de su persona a la dicha obra”.18 Había organizado el aprovisionamiento de una manera que hoy parece muy complicada, pero que entonces era la única posible. De Veracruz, adonde podía llegar la mayor parte de lo que requería, lo transportaba a Coatzacoalcos por mar; en este último puerto se pasaba la carga a canoas y remontaban el río de este nombre hasta cerca de su nacimiento, hacia Tecolotepec, en el Estado de Veracruz, situado alrededor del tercio superior del istmo de Tehuantepec. Desde allí hasta el puerto de Tehuantepec, distancia que Cortés calcula en 20 leguas — algo más de 100 kilómetros—, el transporte tenía que hacerse forzosamente en tamemes, ya que sólo existían veredas y las bestias de carga aún no se propagaban.19 Los viajes de Cortés mismo y de sus servidores debían hacerse, de la ciudad de México a Cuernavaca, a caballo en dos o tres jornadas; de Cuernavaca a Acapulco en siete u ocho jornadas; y de allí se movían por mar, al sur hacia Tehuantepec y al norte hacia Zihuatanejo o Santiago de Buena Esperanza o Salagua, en Colima, que eran sus puertos de apoyo.
Desde estos puertos Cortés escribe sus cartas de 1533, lo mismo al emperador que al Consejo de Indias y a la Audiencia de México o a su procurador Núñez; y debió aprovechar, para despacharlas a Veracruz o recibir de allí su correspondencia e informes ultramarinos, el sistema de transporte por mar, río y tierra que había establecido.
Quedo satisfecho porque salen ahora dos navíos e uno de más de noventa toneles machos y el otro de cerca de setenta, los más recios y de mejor clavazón e madera que pudieran salir de Castilla, con mucho bizcocho de Castilla hecho en México y traído de allí a la Vera Cruz, que solo el traello cuesta mil castellanos hasta allí y después por la vía que he dicho, y mucho vino e vinagre e aceite e quesos e carne e pescado, e un par de pilotos, que el uno de ellos no se puede mejorar en el mundo, y la mejor gente de mar que se puede haber en levante, e mucha artillería e munición e jarcia e gente de guerra e todos oficios de navíos e herreros doblados e boticario e botica, todo muy bueno e tan complido que ternán todo bastimento para más de año e medio… Y demás de esto, queda medio acabada una nao de más de doscientos toneles y otro navío pequeño, con mucho del aderezo necesario para el retorno… Y en el puerto de Acapulco está hecho otro navío grande y casi acabado otro pequeño, que lo ha hecho allí en mi nombre Joan Rodríguez de Villafuerte, para que haya navíos prestos al socorro.20
Así escribía Cortés —en carta al licenciado Núñez, su procurador, del 20 de junio de 1533—, satisfecho por el resultado de sus empeños en los astilleros que tenía en Tehuantepec y en Acapulco. Aunque escribía que “salen ahora” las dos naves que primero menciona, tendrían que esperar aún cuatro meses para emprender el viaje. Llamó Concepción a la primera, en la que puso por capitán a Diego Becerra y como piloto mayor a Fortún Jiménez —probablemente aquel cuya excelencia ponderaba—; y la segunda se llamó San Lázaro, su capitán Hernando de Grijalva y su piloto el portugués Martín de Acosta.21
No se conocen las instrucciones que les diera Cortés, pero se sabe que su misión era la de buscar y socorrer a Hurtado de Mendoza, y proseguir la exploración de las costas del Mar del Sur. En cambio, existe la cuenta de lo que gastó Cortés en esta armada, aunque limitada a los sueldos y anticipos dados a los marinos, a tres frailes que los acompañaban y a operarios de tierra que trabajaron en la preparación de las naves, así como a la compra de “rescates”, todo lo cual sumó 9 003 pesos de oro de minas. A esta cantidad debe agregarse el valor de las dos naves y sus aparejos y armas, así como el de los abundantes bastimentos que llevaron para un viaje que se proyectaba largo y tendrá un trágico desenlace.22
Diego Becerra de Mendoza, pariente de Cortés y capitán de la nave capitana, era un hidalgo de Mérida y, según Bernal Díaz, “era muy soberbio y mal acondicionado y en tal paró”, e “iba malquisto con todos los más soldados que iban en la nao”. El piloto Fortún u Ortuño Jiménez, vizcaíno, era “gran cosmógrafo” y en sus pláticas prometía a los otros pilotos “llevarlos a tierras bien afortunadas de riquezas”. Y Hernando de Grijalva, capitán de la segunda nave, quería ganar honra para sí mismo y no “ir debajo de la mano de Becerra”.23 Aquella era, pues, la mala combinación de un jefe altanero y reñido con sus hombres, un piloto engreído con sus saberes y que resultará violento, y un segundo capitán que quería hacer su propio juego.
Aunque las naves Concepción y San Lázaro fueron construidas en Tehuantepec, Cortés dispuso su salida del puerto de Santiago —Santiago de Buena Esperanza, cerca de Manzanillo—, el 30 de octubre de 1533. Emprendido el viaje al amanecer del 1° de noviembre, por mal tiempo y vientos contrarios las dos naves se separaron y nunca más volvieron a verse. Por unos marineros sobrevivientes se supo la suerte de la Concepción, capitana. Becerra y el piloto Jiménez riñeron en el viaje; éste se concertó con otros vizcaínos y, mientras el capitán dormía, lo mataron a él y a otros marineros. Los dos franciscanos que iban con ellos impidieron más muertes.24 Jiménez y los amotinados aceptaron desembarcar en tierras de Jalisco a los religiosos y a los heridos. Los demás continuaron el viaje y llegaron a una isla que llamaron San Cruz, frente a la bahía de La Paz, Baja California, donde dijeron que había perlas y estaba poblada de indios semisalvajes. Fortún Jiménez y 22 más que desembarcaron fueron muertos por los indios. Los que quedaron en el navío volvieron a costas de Jalisco, y Nuño de Guzmán se apoderó de la nave y se dijo que la envió por su cuenta para proseguir los descubrimientos y buscar las perlas mencionadas.25
Derrotero de las expediciónes de Diego Becerra y Hernando de Grijalva (1533). De Miguel León-Portilla, Hernán Cortés y la Mar del Sur, Madrid, 1985.
Ésta sería la segunda de las naves de Cortés tomada por Guzmán, después de la San Miguel, que abandonaron los otros amotinados de la anterior expedición de Hurtado de Mendoza.
Hernando de Grijalva, capitán de la otra nave, en la Relación y derrotero que redactó sobre su viaje, cuenta que como había mar gruesa y grandes vientos que los desapartaban, esperó y trató de encontrar la nave capitana, y cuando consideró que era inútil, el 3 de noviembre enfiló hacia el oeste, para cumplir el itinerario de exploración al interior del Pacífico que al parecer le había encargado Cortés. El domingo 9 refiere que pasó junto a la nave un pez extraño que les produjo admiración; le llamaron hombre-marino y se levantó tres o cuatro veces a curiosear la nao.
El manatí —que debió serlo— “se regocijaba ni más ni menos que un mono, zambulléndose y bañándose con las manos en un rato, mirándonos a nosotros como que tuviese una manera de sentido”. Hicieron de él un dibujo, con dos variantes, en el que parece sirena, donde apuntaron que no pudieron ver si tenía escamas, que era del color de la tonina y que tenía los brazos y manos “monstruosos”.26
El pez o manatí que vieron los marinos de la expedición de Hernando de Grijalva. Figura 17 de la Relación del viaje hecho por las goletas “Sutil” y “Mexicana”, Madrid, 1802.
Grijalva y su piloto eran buenos marineros e hicieron un largo viaje de reconocimiento del que dejaron una detallada relación. El 20 de diciembre, muy internados en el Pacífico, vieron una isla que llamaron Santo Tomás, una de las ahora llamadas de Revillagigedo, en 18° N-112° W. La reconocieron y tomaron posesión de la isla el día de Navidad. Estaba deshabitada, pero había en ella muchas aves: tórtolas, zorzales, pájaros bobos, papagayos, águilas reales y halcones, así como en el mar pulpos.
Cuando emprendieron el camino de vuelta a Nueva España vieron de nuevo al hombre-marino y culebras pintadas. El día de Reyes, ya en 1534, avistaron tierra y se proveyeron de agua cerca de Ciguatlán, pasaron por Cuyutlán y Zacatula y, finalmente, a fines de febrero llegaron a Acapulco, de donde Cortés dispuso que siguieran al puerto de Tehuantepec. Habían viajado cuatro meses.27 La suerte ayudó al capitán Hernando de Grijalva a lograr su propósito de ganar honra por sí mismo.
Entre los enemigos acérrimos que tuvo Cortés: Diego Velázquez, Pánfilo de Narváez, Bernardino Vázquez de Tapia y los muchos circunstanciales y de menor monta, ninguno tan enconado, tan persistente en su rencor como Nuño de Guzmán. En este caso, no parece haber habido, de parte de Cortés, un agravio inicial tan considerable como los que hubo en los casos de Velázquez y Narváez; y diríase que para Guzmán el solo agravio que bastaba era la existencia de un capitán que había sido afortunado en sus empresas iniciales, y las más importantes. Para el temperamento soberbio y cruel de Nuño Beltrán de Guzmán, el único objetivo deseable parecía ser la aniquilación de Hernán Cortés y su suplantación. Y sin embargo, en el Memorial que escribió relatando sus servicios desde 1526 hasta poco después de 1537, presentó a Cortés como un constante agresor de sus derechos, cuyos atropellos él soportó.
Guzmán venía de una familia noble y encumbrada, y llegó a la Nueva España en 1526, cuando la conquista básica estaba realizada; durante su gobernación en Pánuco aterrorizó la provincia y la convirtió en un negocio de esclavos; como presidente de la primera Audiencia, sin visión política, se limitó a enriquecer a su banda y a hostigar cuanto se relacionara con Cortés; y la conquista que emprendió de la Nueva Galicia acabó siendo un sojuzgamiento brutal con hechos tan atroces como el martirio y muerte del cazonci de Michoacán, y luego como gobernador intentó hacer de aquella provincia un coto cerrado en el que sólo regía su ley. Encarcelado y procesado en 1537, fue enviado a España y acabó sus días en la oscuridad, en Valladolid, el 26 de octubre de 1558.
El primer cronista de Jalisco, fray Antonio Tello, refirió acerca de las relaciones últimas de Hernán Cortés y Nuño de Guzmán la siguiente anécdota. Dice que Guzmán, en España:
padecía grandes miserias y pobrezas, y habiendo ido a España el marqués del Valle el año de mil y quinientos y cuarenta, doliéndose de sus trabajos, lo socorrió con dineros y procuró hacer sus causas, mostrando su pecho noble.
La especie la repitió otro historiador jalisciense, Matías de la Mota Padilla. Ningún otro cronista antiguo la confirma, por lo que puede considerarse invento. En realidad, los pleitos entre Cortés y Guzmán siguieron en España hasta la muerte de aquél y aun los continuaron sus sucesores. Y por otra parte, Guzmán fue aceptado en la Corte y tenía suficientes recursos, como lo muestra su testamento.28
Las agresiones de Guzmán contra Cortés se iniciaron en 1528, cuando ocupó la presidencia de la primera Audiencia, mientras el conquistador se encontraba en España. Organizó el juicio de residencia contra él, no con severidad de juez, sino con violenta inquina de enemigo. Sin esperar el veredicto del Consejo de Indias, le impuso multas desproporcionadas —como la del juego— y lo despojó de cuantos bienes, bien o mal habidos, tenía en Nueva España, a pesar de las disposiciones reales, y persiguió a sus criados y amigos.
Vuelto Cortés a Nueva España, los pleitos con Guzmán se reiniciaron en 1531, con la misión de don Luis de Castilla. Era éste uno de aquellos hidalgos que sin quehacer en España querían probar fortuna en las Indias, y lo trajo Cortés a su regreso en 1530. Don Luis era descendiente de Pedro I el Justiciero y estaba emparentado con doña Juana, mujer de Cortés.29 No habiendo encontrado ocupación para él, Cortés, de acuerdo con la Audiencia, lo envió a Nueva Galicia en 1531 con 100 hombres armados e instrucciones de sujetar a Guzmán, que había abandonado la presidencia de la Audiencia, sin dar cuenta de ella, para irse a conquistar aquella provincia. Cortés se refiere a esta misión y a su fracaso de manera poco clara en su carta al rey del 20 de abril de 1532.30 Pero fray Antonio Tello da muchos pormenores del largo viaje de don Luis de Castilla y de los incidentes de su encuentro con Nuño de Guzmán. Desde Tetitlán, ya en Nueva Galicia, don Luis envió al gobernador sus saludos y deseos de entregarle en propia mano los pliegos con sus instrucciones. En respuesta, Guzmán envió a su capitán Juan de Oñate con sólo 50 soldados, contra los 100 de Castilla. Y sin resistencia de éstos, los prendió a todos y los llevó a Compostela, donde estaba Guzmán. El gobernador se burló de las solemnes formalidades de don Luis, desarmó a sus soldados y los obligó a desandar el camino, humillados.
Cuando don Luis de Castilla se presentó ante Cortés, el conquistador le dijo con incisiva sorna: “Señor don Luis, a mí me pesa de que le haya sucedido tan mal a vuestra merced y de que venga acá con este despacho. Paréceme que los Castilla en la Nueva España más son para las cosas de mucha paz que no para las de brío y guerra”.31
Como refiere Cortés en su carta de 1532, don Luis de Castilla viajó a España para informar al rey de la humillación que había sufrido. Para compensarlo, Carlos V lo hizo caballero de Santiago y le dio una plaza de regidor en el cabildo de la ciudad de México, adonde volvió en 1534.32
Este incidente con Castilla, principio de los choques de Cortés con Guzmán, fue el único en que la iniciativa fue en parte del conquistador, aunque la respuesta fue un agravio mayor y un reto a la autoridad. Los demás serán originados por el gobernador de Nueva Galicia.
Cortés dio por perdida la nave San Miguel, que los amotinados de la expedición de Hurtado de Mendoza dejaron maltrecha en 1532 en bahía de Banderas, y sólo se ocupó de la reclamación de la Concepción, que los otros amotinados que encabezó Fortún Jiménez abandonaron en costas de Jalisco, a fines de 1533, y tomó Nuño de Guzmán, al parecer para proseguir los descubrimientos y buscar perlas.
A principios de marzo de 1534, en la carta que Cortés escribe a Carlos V, le dice que tuvo noticias del mal suceso de esta segunda expedición y de la “gran traición” que se le hizo33 y de la que ya informa al Consejo de Indias. Como resultado de estos informes y de las gestiones que hizo, el 27 del mismo mes de marzo el presidente y los oidores de la Audiencia, en nombre de los reyes, dirigieron una provisión a Nuño de Guzmán ordenándole que devolviese a Cortés el navío que llegó a costas de Jalisco, cerca de la villa de Purificación, así como la artillería, armas y municiones y las otras cosas que en él se guardaban. Guzmán respondió con altivez, el 27 de julio siguiente, diciendo que él no se quedó con ninguna jarcia ni artillería y que, en caso de haberla, le pertenecía por haber sido abandonada en tierras de su gobernación; que los náufragos llegaron haciendo agravios a los indios de la región, lo cual motivó que los matasen y los indios se rebelasen, y que el navío fue encontrado:
dado al través e fecho pedazos e enterrado en la arena, e las jarcias e velas podridas, con lo demás que era de los cristianos, e dos tirillos e un resón e una muela questá en la mar, que no se parecía, y diez ballestas hechas pedazos, e unos cuadrantes, lo cual, como cosa desamparada e perdida, se perdió e furtó.34
Nada, pues, quedaba de aquel navío que era orgullo de Cortés, pero éste tenía noticias de que Guzmán lo preparaba ocultamente para ir a buscar las perlas, y siguió reclamando su justicia. En agosto, la Audiencia de México, a petición de Cortés, comisionó al regidor Gonzalo Ruiz para que fuese a la provincia y costas de Jalisco a tratar de indagar la verdad y hacer justicia en los desmanes de Guzmán contra Cortés.35 Es posible que este viaje no llegara a efectuarse, pues no queda rastro de esta acción.
Al mismo tiempo, el 19 de agosto de 1534, la Audiencia, otra vez en nombre de los reyes, envió nueva provisión a Nuño de Guzmán en la que le reiteraba la orden de devolver a Cortés el navío secuestrado y le prohibía ir a poblar la isla de Santa Cruz, descubierta, “so pena de perdimiento de todos vuestros bienes”. Cortés fue notificado en Toluca, donde se encontraba, de esta provisión real, en la cual a él se le prohibía que se hiciera justicia por sí mismo. En respuesta, además de decir que lo acataría, Cortés narró cuanto había hecho para el cumplimiento de su misión en el Mar del Sur, confirmó las acusaciones conocidas, y dijo que había sabido, por dos de los supervivientes de la armada de Diego Becerra, que “Nuño de Guzmán los había prendido [a otros supervivientes] e dado tormento, e los tenía e tiene presos por encobrir lo susodicho”. Y refirió también la situación crítica en que lo habían puesto los gastos recientes hechos para construir cuatro naves más, pues:
él ha gastado más de cincuenta mil castellanos; y para hacer la dicha armada y las susodichas, él ha vendido mucha parte de su hacienda y toda la que tenía en los reinos de Castilla, y empeñado y deshecho sus joyas y de la marquesa su mujer, e debe cincuenta mil castellanos e más, en que tiene empeñada su hacienda e rentas e pueblos, según que así a todos es público y notorio.
Y que, por cumplir su compromiso, había “dejado su casa, mujer e hijos, estando ya en la edad que estaba”.36 Cortés iba a cumplir cincuenta años.
Pero a Nuño de Guzmán, a quien no lo había atemorizado la excomunión cuando sus choques con el obispo Zumárraga, tampoco parecían impresionarlo las órdenes reales. Su respuesta a las dos provisiones fue enviar directamente a Cortés, el 24 de febrero de 1535, un áspero requerimiento por el que le prohibía, a él y a su gente, el paso por tierras de su gobernación en Nueva Galicia, y lo prevenía de que él sería responsable de los:
daños, pérdidas, muertes, escándalos, robos e despoblamiento que se recrecieren a causa de su venida y entrada por esta gobernación del dicho marqués e su gente.
La respuesta de Cortés fue firme: no puede impedírsele el paso ni el apoyo portuario, ya que tiene encargada por el rey la exploración del Mar del Sur; además, él es capitán general de la Nueva España y de la Mar del Sur, y un gobernador provincial no puede interferir su mando ni impedirle el servicio real que tiene mandado.37
Puesto que había esperado con paciencia la acción de la justicia, que se anulaba ante la insolencia de Nuño de Guzmán, Cortés, refrenando su cólera, decidió hacérsela él mismo. Sentía, además, que ya era tiempo de “alzar mis faldas e ir a ver esa tierra”.38
Aparte de vengar sus agravios, puede inferirse que en la decisión de Cortés de encabezar una tercera expedición lo movían aquella noticia de que en Santa Cruz había perlas, y cierta exasperación ante la ineficacia de las dos primeras. Los dos Diegos, el primo Hurtado de Mendoza y el pariente Becerra de Mendoza, habían sido malos capitanes. El primero había consentido en que parte de su tripulaciόn se amotinara y llevara una de sus naves; y el segundo, soberbio, había comenzado por reñir con su piloto y con los vizcaínos de su tripulación, quienes lo habían asesinado. Más capaz que estos dos infortunados capitanes había mostrado ser Hernando de Grijalva, quien, aunque buscando su propio lucimiento, cumplió su exploración cometida y regresó con un informe valedero. Y en cuanto a los resultados hasta entonces obtenidos, dos grupos de islas desiertas y vagas noticias sobre las riquezas de Santa Cruz, debieron parecerle muy poco frente a lo que esperaba.
De los cuatro navíos despachados, sólo había retornado el de Grijalva; costaban mucho dinero y su construcción, en astilleros del Pacífico, exigía un esfuerzo enorme. Pero dos fracasos no bastaban para doblegar a Cortés y a su proyecto de grandes descubrimientos en las costas del Mar del Sur, que reverdecieran sus laureles y su fortuna. ¿Por qué no iba a encontrar otro México? Y a pesar de que comenzaban a pesarle sus 50 años, sentía que con su don de mando y allegándose los recursos materiales, técnicos y humanos suficientes, él podría hacer que la tercera expedición tuviese éxito, y de paso recuperar la nave que le retenía Nuño de Guzmán.
Cuando se encontraba en la preparación de la tercera expedición al Mar del Sur, en que iría él mismo como capitán, Cortés se detuvo durante algunos días, al principiar el año de 1535, en la villa de Colima, creada tres años atrás. Su propósito era el de formalizar la constitución de su mayorazgo, que le había sido autorizado por el emperador Carlos V y su madre, la reina doña Juana, en cédula real de Barcelona, el 27 de julio de 1529.
Cortés debió pensar que, ahora que estaba por emprender un viaje peligroso y cuando su hijo Martín, habido con doña Juana, tenía ya tres años, era oportuno establecer su mayorazgo, que era una especie de marco general para su testamento y una constancia de la perduración que quería asegurar para su señorío.
El documento que contiene, tras de la licencia real, las disposiciones de Hernán Cortés para la constitución de su mayorazgo, debió ser elaborado cuidadosamente por los abogados de Cortés, consultando con él sus pormenores. Y cuando estuvo terminado y aprobado, se formalizó en Colima, el 9 de enero de 1535, ante dos escribanos y nueve testigos, uno de ellos el conquistador Andrés de Tapia, que iría con Cortés a la expedición proyectada. El original se escribió en diez hojas de pergamino, por ambos lados, Cortés le imprimió el sello de sus armas en cera colorada, y se guardó en una caja de plata con una cinta de seda tejida verde.39
El mayorazgo era una institución jurídica medieval. En España se separaban ciertos bienes del patrimonio familiar para formar con ellos una unidad a la cual se señalaba un orden sucesorio especial, basado normalmente en la primogenitura, con el propósito de que tales bienes, inalienables, se perpetuaran en la misma familia. Los mayorazgos comenzaron a practícarse desde el siglo XII y se regularon jurídicamente en las Leyes de Toro, de 1505. Precisábase licencia real para establecerlos. En principio, el derecho a formar una unidad o vincular ciertos bienes fue privilegio de la nobleza, y luego pasó a ser derecho común utilizado por los burgueses para crear “mayorazgos cortos” sobre pequeños patrimonios.
En el documento firmado en Colima, Cortés enumeró los bienes vinculados que formarían el mayorazgo de su nombre: los 22 pueblos que recibió en la merced real, y las otras tierras que también le fueron concedidas: los solares y tierras en la ciudad de México, los solares entre las calzadas de Chapultepec y de Tacuba, los sitios en donde tenía molinos, los peñoles de la laguna de México, el patronato del Hospital de la Concepción o de Jesús, así como los lugares que adquiriese en el Mar del Sur.
Dispuso que sus descendientes estarían obligados a llevar el apellido Cortés, o de linaje de Cortés, y a usar su escudo de armas. Y designó como primer sucesor a Martín Cortés; las sucesiones posteriores se establecieron en línea directa, de padres a hijos legítimos, o en su defecto hijas, y a falta de éstas, los hijos naturales, comenzando con Martín, el hijo habido con doña Marina. Los sucesores que llegaran a ser infieles a Dios o al rey quedarían desheredados. Y se prohibían las sucesiones a los descendientes que hicieran votos religiosos o pertenecieran a órdenes cuyas reglas les impidieran el matrimonio.
El marquesado del Valle, apoyo real del mayorazgo, duraría hasta la época de la Independencia de México, aunque posteriormente los bienes quedaron en poder de los descendientes, que luego fueron vendiéndolos. En cambio, a pesar de tantas precauciones, el linaje directo de Cortés se extinguió en 1629 con la muerte de don Pedro, cuarto marqués del Valle, y el mayorazgo-marquesado lo heredó su sobrina Estefanía, duquesa de Terranova, y luego la familia italiana Pignatelli, con el duque de Monteleone, quien ya llevaba el apellido Cortés en quinto lugar.
En los meses siguientes al de la constitución de su mayorazgo, Cortés debió moverse a los puertos cercanos y a Tehuantepec, donde tenía organizado el astillero principal. En la carta que escribe al Consejo de Indias, el 8 de febrero de 1535, desde Salagua, hoy Manzanillo, refiere que tenía dispuestas en Tehuantepec tres naves, la San Lázaro, en que volvió Grijalva de la segunda expedición, y dos más nuevas, la Santa Águeda y la Santo Tomás, para la nueva expedición, así como 150 caballos. Su proyecto era ambicioso. Las tres naves irían a Chametla, un pequeño puerto en Sinaloa, entonces en territorio de Nueva Galicia, gobernado por Nuño de Guzmán. Y allí las encontraría Cortés, que iría por tierra con un ejército en forma, unos 300 soldados y los caballos mencionados. Cuenta Bernal Díaz que cuando en la Nueva España se supo que el marqués iba, muchos “creyeron que era cosa cierta y rica” y se ofrecieron a servirle soldados de a caballo, arcabuceros y ballesteros, y 34 casados con sus mujeres, en total 320 personas. Y añade que los navíos estaban muy bien provistos de bizcocho, carne, aceite, vino y vinagre, mucho rescate, tres herreros con sus fraguas y dos carpinteros de ribera con sus herramientas, además de clérigos y religiosos, y médicos, cirujanos y botica. Y junto al capitán Cortés iban Andrés de Tapia y otros capitanes.40
Cortés tuvo que viajar a Chametla atravesando durante varios días tierras de Nueva Galicia. Con su ejército, que marchaba con pendón en alto, se detuvo cuatro días en Compostela, sede del gobierno de la provincia, donde fue acogido amistosamente por Nuño de Guzmán. Refiere éste que aconsejó a Cortés no aventurar su persona en este viaje, que lo ayudó a proveerse de bastimentos, y que el conquistador se maravilló de verlo sufrir la pobreza en que vivía.41 Aunque Guzmán no dejó de protestar ante las autoridades por la intromisión, no trató de cerrarle el paso a Cortés, como si hubiera aceptado las razones que éste le había expuesto en respuesta a su prohibición. Sin embargo, parece que las razones cuyo peso doblegó a Guzmán en esta ocasión fueron los soldados y caballos que acompañaban a Cortés. La venganza de Guzmán vendrá poco después, en la forma más venenosa de la burla.
El 15 de abril de 1535 el ejército que fue por tierra y las tres naves se encontraron en Chametla y en seguida se organizaron las barcadas para transportar tan nutrido contingente a la bahía de Santa Cruz-La Paz. En el primer viaje, que salió dos días más tarde, fue Cortés con la tercera parte del ejército y 40 caballos. Llegaron con bien a Santa Cruz, donde encontraron los despojos de Fortún Jiménez y sus soldados muertos por los indios, y allí se quedaron con el navío más pequeño. Cortés despachó los otros dos a que continuaran el transporte de la gente y caballos, que habían quedado en Chametla a cargo de Andrés de Tapia. La segunda barcada se hizo también sin contratiempo, pero en el viaje de regreso las naves tuvieron tantos tropiezos que, según el relato que recoge Fernández de Navarrete, “estuvieron [en los ríos de San Pedro y San Pablo] tres o cuatro meses sin poder salir a navegar por la tenacidad de los vientos contrarios”. Como en estos navíos venían las provisiones —gran imprevisión no haberlas desembarcado desde la primera vez—, los que esperaban su transporte en Chametla, desesperados y hambrientos, caminaron por la costa al norte hasta cerca de Culiacán para encontrar los navíos y acabaron dispersándose. Mientras tanto, los de los dos barcos renunciaron a buscar a quienes los esperaban y navegaron hacia Santa Cruz para llevar víveres a los otros hambrientos que estaban con Cortés. Los temporales los apartaron y una nave fue a dar al puerto entonces llamado Xalisco o Matanchel, (hoy San Blas, Nayarit) donde encalló, y sus marinos caminaron hacia tierras de Jalisco o hacia la ciudad de México. El más pequeño de los navíos pudo llegar a Santa Cruz, aunque sólo con 50 hanegas de maíz. El mayor de los barcos, que quedaba encallado, traía el grueso de los víveres, “la carne y el bizcocho y todo el más bastimento”. Mientras tanto, en Santa Cruz se habían muerto de hambre y dolencias 23 hombres de los que estaban con Cortés, “y muchos más estaban dolientes y maldecían a Cortés y a su isla y bahía y descubrimiento”, porque en aquella tierra no había maíz y sus naturales “son gente salvaje y sin policía, y lo que comen son frutos de los que hay entre ellos, y pesquerías y mariscos”, comenta Bernal Díaz.
Con el navío que llegó, probablemente el San Lázaro, Cortés fue a buscar a los otros dos, “con cincuenta soldados y dos herreros y carpinteros y tres calafates”, añade el cronista. Encontró al encallado y, en busca del otro, cerca del puerto de Guayabal —que parece situarse en las inmediaciones de Culiacán o junto a la desembocadura del río Mocorito—, “se halló una mañana metido entre unos arrecifes y bajos, donde rodeado de reventazón del mar no podía hallar ni salida ni entrada”. Cerca estaba el otro navío, del que le enviaron para auxiliarlo su bote y un piloto. Tratando de guiarlo para que saliera, el de Cortés encalló en un bajo peligroso. Cuando los marinos ya se desnudaban para echarse al mar y tratar de salvarse, Cortés los tranquilizó e hizo esperar. Dos golpes de mar pusieron a flote el navío que, aunque estropeado y haciendo agua, logró llegar al puerto, refiere la relación que trae Fernández de Navarrete.
“Salieron y sacaron todo lo que dentro iba, y con los cabrestantes de ambas naves la tiraron fuera. Asentaron luego la fragua [e] hicieron carbón. Trabajaban de noche con hachas y velas de cera, que hay por allí mucha; y así, fue presto remediada”, refiere López de Gómara. Añade que en San Miguel, lugar cercano al puerto de Guayabal, en el que ya había cultivos y ganado, los compró muy caros para llevar alimento a los hambrientos que quedaron en Santa Cruz: “Costole cada novillo treinta castellanos de buen oro, cada puerco diez, cada oveja y cada fanega de maíz cuatro”. Cuando estuvo lista la nave reparada, al salir chocó en la barra, y algo le pasó a la brújula o patilla y al timón. Y fue menester armar de nuevo la fragua para reparar los hierros.
Al fin partió Cortés en la San Lázaro, y dejó la otra nave aún no lista al mando de Hernando de Grijalva. Ya en camino, uno de los mástiles de la nave cayó y mató al piloto Antón Cordero, que dormía cerca. Cortés tuvo que improvisarse piloto. Un viento recio le impidió entrar en la bahía y al fin pudo llegar a la isla que llamaron de las Perlas y luego al puerto de Santa Cruz.
Expedición de descubrimiento comandada por Hernán Cortés, 1535-1536. De Miguel León-Portilla, Hernán Cortés y la Mar del Sur, Madrid, 1985.
Los muchos hombres que allí habían quedado, sin fuerzas para buscar mariscos o pescar, se sostenían comiendo yerbas y frutas silvestres. Al llevarles víveres sustanciosos, Cortés trató de que los comieran con prudencia, pero sin escucharlo lo hicieron tan vorazmente que, como cuenta Bernal Díaz, “les dio cámaras y tanta dolencia que se murieron la mitad de los que quedaban”.
Y como Cortés estaba tan trabajado y flaco, deseábase volver a la Nueva España, sino que de empacho, porque no dijesen de él que había gastado tan gran cantidad de pesos de oro y no había tocado tierras de provecho ni tenía ventura en cosa que pusiese la mano, y que eran maldiciones de los soldados (y conquistadores de la Nueva España), y a este efecto no se fue.42
En los primeros días de su llegada a la bahía de Santa Cruz-La Paz, antes de que sucedieran los contratiempos, Cortés tomó posesión formal de la bahía y puerto de Santa Cruz, donde fundó un pueblo y puso alcalde.43 Y pocos días después, el 14 de mayo, escribió una carta a Cristóbal de Oñate, uno de los capitanes de Nuño de Guzmán. Como si no existieran agravios, envía cortesías para el gobernador de Nueva Galicia, le cuenta minucias como el haber perdido un caballo “overico” muy estimado, y le encarga haga llegar a su destino cartas que envía al licenciado Altamirano, su procurador. En realidad, el propósito de esta carta es dejar constancia, ante Guzmán, de que Cortés había tomado posesión de aquella bahía e islas, en su gobernación del Mar del Sur,44 tierras que aún no se llamaban Baja California.
Mientras Cortés andaba en las idas y venidas para recuperar sus naves, librar tormentas, salvarse de arrecifes y bajos y alimentar a los cientos de hombres y mujeres que había llevado a Santa Cruz, el 10 de diciembre de 1535 Nuño de Guzmán organizó en Compostela, Nayarit, una probanza a la que llamó pomposamente Ad perpetuam rei memoriam: “En memoria perpetua del suceso”, para denunciar las tropelías cometidas por gente de Cortés en su gobernación y, sobre todo, divulgar las miserias de Cortés con sus soldados y la inutilidad de la tierra poblada.
Mapa atribuido a Cortés, 1535. En él se delinea el extremo sur de la península de Baja California. Archivo General de Indias, Sevilla.
De los españoles que habían estado en Santa Cruz y volvieron a Compostela, probablemente marinos, más uno de los regidores de este último pueblo que había oído historias de la expedición, Guzmán tomó a los cinco testigos de la probanza: Luis de Baeza, Francisco Muñoz, Alonso de Ceballos, Hernán Rodríguez y Juan de Samaniego. El mismo Guzmán llevó el interrogatorio, cuyo punto principal fue la denuncia de que Andrés de Tapia, maestre de campo de Cortés, embarcó en Chametla indios e indias contra su voluntad, lo que provocó alzamiento de los pueblos. Y en las otras preguntas hizo que los testigos hablaran de la miseria de la tierra descubierta, un desierto en el que todo faltaba; de cómo se morían de hambre hombres y caballos; del salvajismo de los escasos indígenas que allá existían; y del engaño y mezquindad que Cortés había hecho a los hombres que llevó, a los que, para autorizarlos a volver, les exigió devolviesen la ropa que les había dado y les quitó también los esclavos. En la probanza se denunciaba, en suma, además de las violencias de que se acusaba a Tapia, la inutilidad del nuevo descubrimiento de Cortés, pues aquélla era una tierra estéril y salvaje que sólo había traído muertes y desgracias.45
Decidido a que se afianzara la población de Santa Cruz a pesar de todos los tropiezos, Cortés dejó allí a 30 españoles con 12 caballos y bastimentos para 10 meses, “ansí de maíz como de ovejas y tocinos, y puercos y gallinas y otras cosas necesarias”, apuntará el mismo conquistador. Éste volverá a la Nueva España, pero “con intención e voluntad de tornar a rehacer la dicha armada y hacer otra mayor de nuevo”.46
Mientras tanto, como había pasado un año después de la salida del marqués del Valle, y doña Juana su mujer no tenía noticias suyas, sino las confusas de naufragios y otras desventuras, y como en este lapso había llegado a la ciudad de México, el 14 o 15 de noviembre de 1535, el primer virrey, don Antonio de Mendoza, ambos escribieron a Cortés pidiéndole que volviera. Enviaron en su búsqueda un navío nuevo, acabado de labrar en Tehuantepec, al mando de Francisco de Ulloa, con suficientes bastimentos. Y, según refiere Bernal Díaz, doña Juana:
escribió muy afectuosamente al marqués su marido, con palabras y ruegos que luego se volviese a México, a su estado y marquesado, y que mirase los hijos e hijas que tenía, y dejase de porfiar más con la Fortuna y se contentase con los heroicos hechos y fama que en todas partes hay de su persona.47
Añade Bernal Díaz que el virrey Mendoza también le escribió “sabrosa y amorosamente” pidiéndole que volviera. Como ya lo tenía proyectado, Cortés emprendió el regreso, y a Francisco de Ulloa, que mostrará ser un capitán competente y sensato, lo dejará al mando del destacamento en Santa Cruz. En el camino, por costas de Jalisco, encontraron la nao de Hernando de Grijalva atollada en la arena, y los bastimentos que llevaba, podridos. “Hízola limpiar y lavar” y reparó sus daños. Aún llegaron otras dos naves que venían a buscarlo, y con todas, arribaron al puerto de Santiago de Buena Esperanza, en Colima, y luego a Acapulco, donde desembarcaron en abril de 1536. El 5 de junio ya estaba Cortés en Cuernavaca.48
En Acapulco recibió Cortés un mensajero del virrey que le enviaba copia de la carta que Francisco Pizarro, el conquistador del Perú, había escrito a Pedro de Alvarado pidiéndole con urgencia auxilio, pues “estaba cercado en la ciudad de los Reyes [Lima] con muy gran gente, y puesto en tanta estrechura, que si no era por mar, no podía salir”. Cortés, quien ya tenía proyectado el comercio con el Perú, le envió dos naos al mando de Hernando de Grijalva, con
muchas vituallas y armas, vestidos de seda para su persona, una ropa de martas, dos sitiales, almohadas de terciopelo, jaeces de caballos y algunos aderezos de entre casa,
informa López de Gómara. Alvarado ya había estado, en 1533, en el Perú, con una gran flota, con intención de conquistar el reino de Quito; flota, soldados y pertrechos que al fin traspasó a Diego de Almagro. El auxilio de Cortés, aparte de los lujos, incluía también soldados, caballos, artillería y armas. “Pizarro —concluye López de Gómara— también envió muchas y ricas cosas a la marquesa doña Juana de Zúñiga; pero huyó con ellas el Grijalva”.49 Otra cosa ocurrió en verdad, que más adelante se contará.
En cuanto al destacamento dejado en Santa Cruz al mando de Ulloa, Cortés recibió orden del virrey Mendoza de hacerlo volver, porque “algunos parientes de los que dejé en dicha tierra se quejaban”, dice Cortés. Allí quedaron los caballos, que acaso se reprodujeron si encontraron alimento y había alguna yegua entre ellos. Y así terminó, por el momento, aquella primera fundación de Santa Cruz-La Paz.
Cortés amaba el oro y cuanto hace posible, pero también se interesó, desde sus mocedades en Santo Domingo, por su extracción en los placeres de los ríos o en las vetas de la tierra. En México hizo otro tanto, tuvo minas desde los primeros años de la dominación y se ocupó en ellas en sus reposos. Después de volver de su expedición a Santa Cruz, porque estaba urgido de allegarse recursos para pagar tantas deudas, se interesó especialmente en minas. Por ello va, a continuación, un resumen de su actividad en este campo.
Cortés obtuvo de los indios todo el oro, plata y piedras preciosas que le fue posible, para sí y para enviar al rey; elogió la habilidad de los orfebres del México antiguo, y en sus conversaciones con Motecuhzoma averiguó dónde se encontraban las minas más ricas, sobre todo de oro.
En su segunda Carta de relación dice que el señor de México le señaló las provincias de Cuzula, “a ochenta leguas de la gran ciudad de Temixtitan”; de Tamazulapa, de Malinaltepeque, de Tenis, “gente diferente de la lengua de Culúa” cuyo señor era Coatelicamat; y Tuchitebeque, cerca de Malinaltepeque, hacia el mar. Añade Cortés que envió a grupos de españoles, junto con indígenas, a explorar aquellos lugares oaxaqueños [pp. 64-65]. Bernal Díaz menciona, como las minas de oro señaladas por Motecuhzoma, a Zacatula (en la desembocadura del río Balsas, entre Michoacán y Guerrero), y coincide en Tustepeque y en las provincias de chinantecas y zapotecas, en Oaxaca. Refiere, además, que a Zacatula envió Cortés a Gonzalo de Umbría —al que el conquistador había hecho cortar los dedos de un pie por un intento de rebelión— junto con otros dos soldados mineros; y por el lado del Golfo de México mandó a un capitán Pizarro, que se decía su pariente, con cuatro soldados mineros.50
Los pueblos del México antiguo explotaron cobre, oro, plata, estaño y plomo. El oro lo extraían por medio de lavados de arenas de ciertos ríos, con el auxilio de bateas, o bien en socavones, con pozos y galerías subterráneos para seguir vetas.51
Según la legislación española, las minas y las salinas pertenecían a la Corona, aunque los particulares podían explotarlas mediante licencias y pago de impuestos. En la merced real de 23 000 vasallos que Cortés recibió en 1529, quedaron reservadas a dicha soberanía “las minas o encerramientos de oro e plata e otros cualesquier metales e salinas que hubieren en las dichas tierras”. Cortés podía explotarlas, pero pagando el impuesto que, a partir de 1522, fue aumentando: décima parte los primeros dos años; el tercero, la novena; el cuarto, la octava, hasta llegar al quinto.52
En las islas antillanas, el trabajo de las minas lo realizaban indios encomendados y esclavos, lo cual fue una de las causas del despoblamiento. Para evitar este daño, Cortés adoptó otra costumbre, como lo decía al rey en su Carta reservada del 15 de octubre de 1524:
yo no permito que saquen oro con ellos [los indios], aunque muchas veces se me ha requerido, y aun por algunos de los oficiales de Vuestra Majestad, porque conozco el gran daño que dello vendría, y que muy presto se consumirían e acabarían
y reservó este duro trabajo, sobre todo el de los socavones, a los esclavos. Tal norma se mantuvo hasta 1535. A los indios de las encomiendas cercanas se daba el encargo de proveer a los trabajadores de las minas de alojamiento, comida y vestido.
La legislación respecto a los esclavos indios tuvo muchos cambios durante la primera mitad del siglo XVI, como lo ha precisado Silvio Zavala.53 Estos esclavos indios eran los vencidos en “guerra justa” y los ya esclavizados por los propios indios y adquiridos o rescatados por los españoles. Las Leyes nuevas de 1542 decretaron su libertad, aunque subsistió la esclavitud de los negros.
Con los numerosos esclavos —al menos 1 035 según las cuentas que siguen— y el apoyo para su manutención de que disponía, Cortés organizó explotaciones mineras de oro y plata en pueblos que se adjudicó en encomienda, algunos de los cuales se incluyeron en la merced de 1529. En términos generales, los resultados económicos de sus minas fueron mediocres, pues le tocó la transición entre el agotamiento del oro y la iniciación de las minas de plata.
Entre los pueblos que se asignó Cortés en encomienda estaban Huichichila-Tzintzuntzan y Tamazula. La antigua cabecera de Michoacán proveía de bastimentos a las seis cuadrillas de esclavos que el conquistador tenía en las minas de oro de Tamazula, los que le producían 6 000 castellanos de oro de minas. Algunos de estos esclavos, “diestros en sacar el oro”, se dispersaron al despojar a Cortés de estos pueblos, en 1528, los oidores Matienzo y Delgadillo.54 En este caso, se los quitaron en cumplimiento de la Instrucciόn secreta del rey, del 5 de abril de 1528,55 que señalaba “los pueblos que deben asignarse a la Corona”, entre ellos, los dos mencionados.
En el pleito de Cortés contra Matienzo y Delgadillo por los pueblos de Tuxpan, Amula, Zapotlán y Tamazula, al sur de la provincia de Ávalos, en 1531, pleito que fue llevado al mismo tiempo que el que promovió para recuperar Huichichila, algunos de los testigos presentados por la parte de Cortés informaron que, en las minas de Tamazula, Cortés tenía siete y no seis cuadrillas de esclavos —de 80 a 100 cada una—; y que los bastimentos y ropas que proporcionaban los indios de Tamazula proveían también a quienes trabajaban en las minas de Aquila, en la provincia de Motines; a los de Zacatula, a los de Pinal o Pinos, que producían plata y oro, y a los de Miaguatlan, en Colima, de oro.56
Acerca de las minas, al parecer de oro y de plata, de Tamazula, existen otros informes curiosos. Fray Antonio de Ciudad Real, en el relato que escribió del viaje por la Nueva España, de 1584 a 1589, del comisario franciscano fray Alonso Ponce, cuenta que en Tamazula:
está la mina afamada de Morcillo, que fue un español de este nombre que la descubrió, de la cual, según se dice, se sacaba tanta plata que cuando el Morcillo la fue a registrar, la tomó la justicia para el rey, y que permitió Dios que, por esta codicia, nunca más la pudieron hallar.
Fray Juan de Torquemada repite y amplía la historia y precisa que la mina se descubrió en 1525.57 No encuentro rastro de este Morcillo minero, y tampoco es posible precisar si esta mina rica de Morcillo fue la misma que tuvo Cortés en Tamazula hasta 1528.
En Tasco y Cultepeque Cortés tuvo minas entre 1537 y 1543. Por lo menos tenía allí 100 esclavos indios, hombres y mujeres,58 aparte de los negros. Dirigían la explotación los mineros Diego de Quesada y Juanel Aguirre, quienes ganaban 90 y 60 pesos de oro de minas por año, respectivamente. Cortés no tenía pueblo cercano en encomienda, y por ello era difícil adquirir y transportar los alimentos, que llevaban tamemes alquilados en los poblados vecinos. Para la conducción y tracción de los metales se empleaban caballos, machos y mulas, y existía algún equipo mecánico: hachas, fuelles, barras y calzos de hierro. La producción iba en descenso, pues no pasaba de un marco de plata por quintal. “Cuando los socavones andaban muy hondos proponían el cambio a otros más convenientes”, dice Silvio Zavala. Pero en tanto que bajaba la producción de las minas del marqués, otras estaban en su apogeo, y en febrero de 1539 la mina de Serrano era “la flor de todo Tlaxco al presente”. En este año de 1539 Cortés fue a visitar sus minas para procurar aumentar el rendimiento de ellas, a fin de tener recursos para su próximo viaje a España. En 1541, a pesar de estos intentos, la producción fue de cuatro planchas de plata con un peso total de 142 marcos, cinco onzas y un real, apenas cerca de 33 kilos: muy baja en verdad.59
Las minas de oro que Cortés tuvo en Tehuantepec se explotaban desde antes de 1534, aunque la documentación disponible se refiere al periodo 1540-1547, cuando el marqués se encontraba en España. Hacia 1543 tenía en Tehuantepec un total de 395 esclavos, distribuidos en cuadrillas, que le buscaban oro “en el río de Nuestra Señora de la Merced y en las minas de Nuestra Señora de los Remedios… y de Macuiltepec”. Cada cuadrilla estaba a cargo de un minero español, que recibía un vigésimo de la producción o un salario, y de un capataz indio o tecuitlato. Un mayordomo cuidaba el conjunto de la empresa. El mantenimiento de los esclavos y de los otros trabajadores de las minas lo proveían los indios de Tehuantepec, quienes lo llevaban periódicamente, a tres jornadas de la mina.
La producción de estas minas alcanzó su cifra más alta en 1541 (4 458 pesos de oro), y tuvo una brusca caída en 1545 (2 384 pesos) a causa de la epidemia de cocoliztle. Los esclavos supervivientes fueron llevados de allí, en 1547, a las minas de plata que Cortés tenía en Tasco, Zumpango y Sultepec. Y en 1548 las minas de Tehuantepec se abandonaron.
El rendimiento de esta explotación era muy bajo y antieconómico. En 1543 cada esclavo —cuyo precio era de 50 pesos de oro en 1536— dejaba un producto anual neto de 10 pesos de oro.
En 1545 los mineros de Cortés en Tehuantepec comenzaron a ensayar el uso del azogue para beneficiar el oro. Diez años antes de la famosa innovación de la amalgamación de la plata, realizada por Bartolomé de Medina.60
Meses después de volver de su expedición a Baja California, Cortés hizo una serie de transacciones comerciales, conservadas en el Archivo de Notarías, para adquirir las minas de plata de Sultepec y Amatepec, al sur de Toluca. A Melchor Vázquez le compró, el 20 de noviembre de 1536, por 12 000 pesos que pagaría a plazos, la cuarta parte de la Mina Rica de Sultepec, con 20 esclavos indios, hombres y mujeres, y sus bateas y herramientas. El mismo día compró a Francisco de Hoyos en 10 000 pesos, a plazos igualmente, otra cuarta parte de la Mina Rica de la Albarrada, con 50 esclavos indios y sus herramientas. También el 20 de noviembre encargó la administración de dichas minas a Melchor Vázquez, el antiguo propietario de la primera cuarta parte. Y el día 24 siguiente firmó un contrato de compañía con Juan Alonso de Sosa, tesorero del rey en Nueva España, poniendo dicho tesorero la mitad de las minas que tenía en Sultepec y 100 esclavos indios y seis negros, y el marqués la otra mitad de las minas, 40 esclavos indios, otros 20 de los que tenía en las minas de Tasco, otros 40 que pertenecían a Hoyos y a Vázquez, seis esclavos negros y 80 indios de servicio.61
Todos salían ganando, y Cortés, poniendo los esclavos que ya tenía y comprometiéndose a deudas que esperaba pagar con los productos, se hacía de la mitad de las minas ricas, bien administradas y asociado con un oficial de la Corona para protegerse. No se conocen los resultados de esta empresa.
Lucas Alamán hizo un buen resumen de las actividades mineras de Cortés en el que convienen dos precisiones. Dice que el marqués tenía minas en Zacatecas: “la Quebrada (acaso Quebradilla)”, lo cual debió ser en tiempos del segundo marqués del Valle, pues las primeras minas de Zacatecas las descubrió Juan de Tolosa en 1546 y se explotaron a partir de 1548. Y más adelante afirma que “Cortés hizo uso de bombas [para desaguarlas] en sus minas de Tasco”, lo cual es posible, aunque estas bombas, que pudieron ser semejantes a las que se empleaban en las naves, no se encuentran documentadas en las listas de herramientas de dichas minas.62
La única mención que hizo Hernán Cortés de su propósito de comerciar con el Perú aparece en la carta que escribió al Consejo de Indias, desde Salagua-Manzanillo, el 8 de febrero de 1535, cuando preparaba su salida en la tercera expedición al Mar del Sur que iría bajo su mando. Entonces escribió:
Estando descuidado de tornar tan aína a seguir este descubrimiento, por la mala dicha que en las dos armadas pasadas había habido, de que ya he hecho relación, y por haberme dejado muy gastado y aun cansado, había acordado de tornarme mercader y con un navío que me había quedado, y otro que hacía, enviar caballos y otras cosas al Perú para pagar las debdas que tenía, y para allegar algo para tornar a seguir mi propósito y descubrimiento.63
Al propagarse en las Indias las noticias de la fabulosa riqueza de oro del Perú, muchos de los conquistadores y pobladores, que habían perdido esperanzas de enriquecerse en las Antillas, en Nueva España y en tierras de Centroamérica, comenzaron a emigrar a aquellas nuevas y lejanas tierras. En Nueva España, desde 1532 —como lo ha señalado Woodrow Borah— la emigración comenzó a preocupar al cabildo de la ciudad de México, y el 26 de junio de 1534 los regidores dirigieron una comunicación a la Audiencia, pidiéndole que tomara medidas para evitar el despoblamiento de la tierra, pues la ciudad de México contaba con la mitad de la población que había tenido, y en muchas otras ciudades los españoles disminuían gravemente o faltaban del todo, y en grupos de 10, 20 o 30 se volvían a España o se iban al Perú.64
En Guatemala ocurría otro tanto y allí encabezó la huida el propio adelantado y gobernador Pedro de Alvarado, quien, deseoso de conquistar más tierras y riquezas, organizó una armada con 500 soldados, 227 caballos y 12 naves. Alvarado invitó a Hernán Cortés, su antiguo jefe y amigo, para que se asociara con él en esta expedición, lo que éste no aceptó. Los oficiales reales trataron de impedirle que despoblase la tierra. Sin oírlos, Alvarado partió, y después de vencer contratiempos, llegó al Perú a fines de 1533 con intención de conquistar el reino de Quito. Como otros ya estaban en ello, Alvarado se entendió con Diego de Almagro y con Francisco Pizarro y les traspasó sus naves, soldados y bastimentos.65
Durante el viaje de Hernando Pizarro a España, en enero de 1534 —en que entregó a Carlos V 100 000 castellanos de oro y 5 000 marcos de plata, mucho más de lo que Cortés había enviado— , recibió, según Herrera, copia de una cédula para que, “saliendo a descubrir el marqués del Valle, no entrase en cosa tocante a la gobernación de don Francisco Pizarro, como lo hizo Alvarado”.66 No quedan rastros de esta cédula ni indicios de que Cortés haya pensado en ello.
Cuando Cortés regresó de su expedición a Baja California, en abril de 1536 —como ya se narró— , el virrey Mendoza le hizo llegar copia de la carta que Pizarro dirigió a Pedro de Alvarado pidiéndole auxilio, pues lo tenían cercado los indios en Lima. Cortés, a quien también había escrito Pizarro,67 le envió generosamente ayuda y obsequios en dos navíos al mando de Hernando de Grijalva.
Borah sospecha que Cortés disimulaba en planes comerciales sus verdaderos propósitos de explorar el Pacífico sur. Me parece que el segundo propósito era más bien circunstancial. La intención principal de Cortés era comerciar con el Perú, con la esperanza de que sus negocios le pagaran sus expediciones al Pacífico norte, que era su obsesión. La prueba en que el distinguido historiador apoya sus dudas es un contrato con Juan Domingo de Espinosa, firmado en Acapulco el 17 de abril de 1536, para que éste se traslade al Perú, en calidad de agente comercial, debiendo permanecer allá por lo menos un año, con un salario de 100 pesos de oro fino. Aunque el contrato sea anterior a la recepción de la carta de Pizarro, ello sólo prueba que, en la primavera de 1536, Cortés seguía teniendo los mismos planes que ya había manifestado a principios del año anterior.
Pero al mismo tiempo que auxiliar a Pizarro y abrir una ruta de México al Perú por el Pacífico, Cortés parece haber dado instrucciones a Grijalva para que, al regreso, “explorara el Pacífico hacia el poniente, a lo largo de las latitudes del Perú, para buscar unas islas que se decía eran muy ricas en oro”, dice Borah. Siguiendo las historias portuguesas de la época, que consideraban este viaje como una intromisión a su zona, mientras la segunda de las dos naves volvió directamente a Acapulco, la otra, al mando del capitán Grijalva, se internó en el Pacífico, quizá hasta una latitud de 29° sur. Los vientos dominantes le impidieron volver, y sin alimentos, los marineros amotinados asesinaron al capitán. Diez meses más tarde, aquéllos, muertos de hambre, llegaron a las Molucas, fueron vendidos como esclavos y los rescató el capitán portugués que se encontraba en Ternate. Así pereció el capitán Hernando de Grijalva y se perdieron los regalos que enviaba Pizarro a Cortés.68
A pesar de los infortunios, gracias a la nave que volvió de este viaje, Cortés conocía una ruta marítima entre México y el Perú, más corta y directa que la del transbordo y cruce por el istmo de Panamá, y decidió ponerla a trabajar.
Desde años atrás, tenía en Tehuantepec el astillero llamado del Carbón,69 donde había construido la mayor parte de las naves que envió a sus expediciones. A partir de 1537 comenzó a preferir, como lugar de apoyo, Huatulco, cerca del actual Puerto Ángel, Oaxaca, excelente puerto natural, bien protegido de los vientos. Y desde allí partieron, después de marzo de 1537, aproximadamente dos naves por año que enviaba al Callao, el puerto cercano a Lima, con escala en Panamá.
Cortés estableció en Panamá y en Lima agentes comerciales permanentes para su empresa comercial marítima. Sin embargo, en los primeros años las pérdidas fueron considerables, sobre todo por la descomposición de los alimentos —harina, bizcocho, azúcar, tocino, quesos— que enviaba a Panamá. También transportaba pasajeros, caballos y mulas, y en el viaje de regreso traía pasajeros y, alguna vez, plata peruana. Las guerras civiles del Perú fueron otro obstáculo.
Los vientos inciertos y las prolongadas calmas hacían largos los viajes. El de Huatulco al Callao podía durar de dos a ocho meses, y el de vuelta lograba ser más breve, de cuatro a seis semanas. El largo periodo de ajustes, ensayos y pérdidas le tocó a Cortés durante sus últimos años de vida. Después, los sucesores del marquesado lograron reorganizar con éxito la empresa naviera, pues aquella comunicación directa era una necesidad comercial para los dos virreinatos y facilitaba también el transporte de pasajeros. Dos virreyes mexicanos que pasaron a Lima, Antonio de Mendoza en 1551 y Martín Enríquez de Almansa en 1581, viajaron por esta ruta a su nuevo destino. El primero salió del puerto de Huatulco y el último requirió dos barcos para transportar su séquito, de Acapulco.70
Juan Zamudio, uno de los mayordomos de Cortés, le escribió de Panamá en 1539: “No nació su señoría para mercader”.71
Desde su regreso de la expedición a Baja California en 1536 hasta 1538, Cortés pasó unos años relativamente tranquilos. Tenía buenas relaciones con el virrey Mendoza y con la Audiencia, aunque a veces murmurara contra ésta por la dilación en la cuenta de sus vasallos; cuidaba su hacienda, sus minas, sus cultivos, sus ganados y sus industrias; periódicamente iba a Tehuantepec para proseguir la construcción de sus navíos, y a Huatulco, para ocuparse de las naves que comerciaban con el Perú; y como no encontraba suficientes pilotos, sus expediciones al Mar del Sur estaban por el momento aplazadas. En la carta que escribe al Consejo de Indias desde la ciudad de México el 20 de septiembre de 1538, describe con pintoresca exageración su pacífica vida en Cuernavaca y los planes que comenzaba a alentar para viajar de nuevo a España.
Yo tengo harto que hacer en mantenerme en una aldea donde tengo mi mujer, sin osar residir en esta cibdad [de México] ni venir a ella por no tener qué comer en ella; y si alguna vez vengo porque no puedo excusarlo, si estoy en ella un mes, tengo necesidad de ayunar un año; y por estas causas y por miedo de franceses, (que si dellos tuviera seguridad de que no me tomaran más que los dineros, poco estorbo me hicieran), he dejado por agora de hacer esta jornada… porque estoy ya más para dar cuenta de lo pasado que para hacerme nuevos cargos.
Cuernavaca debió ser entonces ciertamente una aldea, aunque la más placentera. Lo de sus estrecheces es una desproporción. A pesar de que no hubiese recibido el dominio de todas las mercedes que el emperador le concedió, lo que tenía era mucho72 y le hubiese permitido vivir con holgura si no tuviese sobre sí los gastos de procuradores en México y en España, un enjambre de pleitos, empresas que no le producían, criados en todas partes, el astillero con su planta de carpinteros, herreros y operarios, y expediciones muy costosas.
Pero Cortés disfrutaba poco el bienestar de Cuernavaca porque viajaba constantemente para inspeccionar la construcción de sus naves y en las dispersas regiones de sus dominios, atender sus cultivos, ganados, industrias y minas, lo que requería largos viajes a caballo, o se iba de cacería en los alrededores de Cuernavaca. Doña Juana quedaba siempre en casa, apenas debió conocer la ciudad de México y casi nada del país.
No puede saberse dónde se alojaba Cortés cuando venía a la ciudad de México. En esta última década que pasó en Nueva España, las Casas Viejas, de la calle del Empedradillo, estaban ocupadas por la Audiencia y allí mismo vivía y despachaba el virrey Mendoza. Las Casas Nuevas (Palacio Nacional) estaban aún en construcción, que avanzaba con lentitud. Probablemente se alojaba en casa de alguno de sus amigos, conquistadores o pobladores, que estuviesen mejor instalados, pero no hay constancia de ello.
El relativo sosiego de estos años le permitió dar respuestas meditadas al rey y al Consejo de Indias, que le pidieron sus opiniones respecto a cuestiones de política social y fiscales. En su memorial al rey sobre política de población, de 1537, recapituló ideas que había expresado en ocasiones anteriores. Su postulado principal es éste: “para que los naturales obedezcan los reales mandamientos de Vuestra Majestad y sirvan en lo que se les mandase, es necesario que haya en la tierra copia de españoles, y de tal manera que vivan y estén arraigados en ella”.
Para lograrlo —aunque aquí no desarrolla su idea— , él cree que no es útil a la Corona que más o el mayor número de pueblos “estén en su cabeza”; en cambio, se inclina por el mayor reparto a particulares: frente al estatismo, es partidario de fomentar la iniciativa privada. “No hay cosa que más los arraigue [a los españoles] que tener indios”, dice, pues “teniéndolos tienen granjerías, ques parte principal para poblarse las tierras nuevas, y arraigar los pobladores”, lo cual origina un crecimiento de las rentas reales.
Deben reglamentarse las nuevas conquistas, opina, y evitar que se repitan los errores hechos en las islas, que se despoblaron de sus naturales.
Respecto a los esclavos, aunque muestra algún atisbo humanitario, cae en el pragmatismo. Comienza por afirmar que en las tierras conquistadas “no se hagan por ninguna vía”, aunque luego acepta la salvedad de los casos de evidente rebelión o de guerra justa. Y en cuanto a los que ya existen en Nueva España, a pesar de que comienza por decir que “tengo muchos de ellos por no bien hechos”, lo vence pronto la conveniencia, pues como la mayoría de los españoles han pagado por ellos, y son pocos, acaba por sugerir que se dejen las cosas sin mudanza, ordenando a sus poseedores que los adoctrinen. Los hijos de los esclavos creen que no deben serlo.73
En la carta que dirigió al Consejo de Indias el 20 de septiembre de 1538, después de insistir en reclamaciones personales, hace una exposición de gran interés acerca de los sistemas indígenas de distribución del trabajo y de tributos, que muestra el cuidado con que los estudió para poder continuarlos, adaptándolos a los usos y conveniencias españoles.
El orden general que se seguía en el México antiguo, en cuanto a posesión de la tierra —dice Cortés, y agrega que envía una “figura” explicativa, que debió ser una especie de organigrama, lamentablemente perdido—, es que estaba repartida a vecinos que tenían sus labranzas y heredades, por las cuales daban un tributo al señor, reparto que heredaban los descendientes de los poseedores. El tequitlato o jurado estaba encargado de la administración de las tierras; él cobraba a los vecinos el tributo; en casos de ausencia o falta de herederos, lo informaba al señor para que las asignara a otro; entretanto, los demás vecinos tomaban a su cargo aquellas tierras vacuas para que siguieran pagando su parte del tributo y para otros gastos comunes.
Los vecinos que tenían heredades, para beneficiarlas y cultivarlas alquilaban gente a la que señalaban un pedazo de tierra donde podían hacer sus casas y cultivar lo que querían, a cambio de dar al patrón-vecino bienes o servicios con los que ayudaban a su casa y al pago de los tributos.
Además de los tributos regulares, los vecinos tenían la obligación de sostener a quienes desempeñaban ciertos oficios de utilidad pública, a quienes no producían con la tierra, sino que tenían aptitudes para realizar servicios comunitarios especiales: oficiales mecánicos, cazadores, pescadores y
maestros de hacer rosas, que son como los ramilletes de Barcelona, y de muchas más diferencias; otros que inventan cantares y que los muestran a cantar, y dan los sones y los muestran a bailar; otros que hacen farsas; otros que juegan de manos; otros que hacen títeres y otros juegos, e estos tiene cada barrio o parroquia obligación de tener tantos para las obras y para las fiestas que el señor quisiere hacer.74
En lugar de proscribir a los hábiles para ciertos oficios, y a artistas, poetas, músicos, danzantes, farsantes y titiriteros, u obligarlos a trabajar en lo que no sabían hacer, esta sociedad sabia acogía a todos estos raros y apreciaba su habilidad, su imaginación y sus creaciones. Y llama la atención la supervivencia de estos inventores de cantares y danzas (cuicapicque) y de otros oficios artísticos, algo más de tres lustros después de la conquista, tal como los describen fray Diego Durán y fray Toribio Motolinía;75 y sorprende la sensibilidad que muestra Cortés al señalar estos usos del México antiguo.
Cuando llegó a la ciudad de México, a mediados de noviembre de 1535, el primer virrey de Nueva España, don Antonio de Mendoza, una de las cédulas reales que lo esperaban —despachada desde el 17 de abril anterior— lo instruía para limitar los poderes de Hernán Cortés, y respecto al cargo que entonces tenía de capitán general, le daba facultades para sustituirlo en estas funciones cuando lo considerara conveniente.76
A pesar de estas órdenes, el virrey mostró tacto político y paciencia, y logró tener relaciones satisfactorias con el apremiante Cortés, hasta 1539. En principio, Mendoza tuvo un buen gesto al acceder a los ruegos de doña Juana de Zúñiga para que se apresurara el regreso de Cortés de su expedición a Baja California. Y en cuanto se enteró del problema de la cuenta de los 23 000 vasallos del marqués, se empeñó en tratar de encontrarle solución. En febrero de 1538, el virrey, de su puño, le escribió una curiosa carta amistosa e informal en la que, además de tratar de cosas menudas, se refiere a una isla imaginaria que los pilotos de Cortés buscaban por el Pacífico y que fray Marcos de Niza, que había ido al Perú, negaba que existiera.77
Virrey y marqués estaban, pues, en muy cordiales términos, veíanse a menudo y, para evitar fricciones o confusiones, habían convenido en el protocolo y trato que se darían entre ellos, como lo refiere Juan Suárez de Peralta:
Andaba la tierra muy metida en fiestas, y los dos señores, marqués y virrey, muy conformes y amigos; los cuales determinaron entre ellos de que, para conservarse en amistad, se ordenase y concertase la manera del trato que habían de tener el uno con el otro…
Que se llamasen el uno al otro señoría; que cuando el virrey comiese en casa del marqués, le diesen la cabecera de la mesa, y ambos se sirviesen con salva y maestresalas, y cuando el marqués comiese en casa del virrey, no hubiese silla a la cabecera de la mesa sino a los lados, y éstos tomasen los dos, y el virrey a la mano derecha; cuando fuesen juntos, ni más ni menos, se la diese al virrey, y cuando oyesen misa juntos en la iglesia, se pusiese en medio de la capilla el sitial del virrey, y a la mano izquierda una silla, un poquito trasera, junto al sitial y silla del virrey, con un cojín en que se hincase de rodillas. De esto quedaron muy conformes y prometieron guardarlo así.78
Esta amistad, que pronto se tornará acritud, tuvo una única y sonada oportunidad para exhibirse y para que el virrey y el marqués del Valle lucieran sus riquezas. El 14 de julio de 1538 se habían reunido en el puerto de Aguas Muertas (Aigues-Mortes), en Francia, el emperador Carlos V y el rey de Francia, Francisco I, antiguos y futuros contendientes, y se reconciliaron. Las noticias de estas paces debieron llegar a México por el mes de septiembre y, para celebrarlas, el virrey Mendoza, la Audiencia y el marqués del Valle, a su vez y temporalmente amistados, decidieron organizar festejos públicos. Fueron acaso las primeras fiestas civiles en grande y a la manera entre española e indígena que se daban en la Nueva España. Bernal Díaz del Castillo las rememora con esa mezcla de precisión, prolijidad y chismorreo que lo hace un cronista insustituible. Cuenta que hubo cenas, torneos, juegos de cañas, corridas de toros —de las que es lástima que no dé detalles— y otros muchos juegos con disfraces que organizó Luis de León, un caballero romano.
El primer día de los festejos, la plaza mayor amaneció convertida en bosque con variedad de árboles, unos frescos y otros viejos, con musgos y enredaderas. Y en el bosque había venados, conejos, liebres, zorros, adives, animales chicos de la tierra, y en sus jaulas, dispuestos para la cacería, dos leoncillos y cuatro tigres, y sobre los árboles toda la diversidad de aves que se crían en la tierra. En otras arboledas espesas había salvajes con garrotes retorcidos y arcos y flechas. Las fieras fueron soltadas, y después de la cacería los salvajes pelearon entre sí y volvieron a su arboleda. Aparecieron luego negros y negras a caballo, vestidos fantasiosamente y enmascarados, que lucharon contra los salvajes.
A esta pantomima, de sabor e invención tan indígena y con alguna semejanza con “la fiesta cada ocho años”, atamalcualiztli, que describen los Memoriales de fray Bernardino de Sahagún, sucedió al día siguiente el simulacro de una batalla por mar y tierra. La plaza mayor se convirtió en el puerto de la isla de Rodas, con sus torres, almenas y calzadas en torno a la pequeña rada. Había jinetes, arcabuceros, navíos, artillería, trompetería, y el “marqués Cortés”, como lo llama ahora Bernal Díaz, era el gran maestre de Rodas. Desde los balcones que daban a la plaza, las mujeres de los conquistadores y otras señoras presenciaban el espectáculo, ricamente ataviadas, y se hacían servir sabrosas colaciones. ¿Estaría doña Juana de Zúñiga entre ellas?
El marqués y el virrey ofrecieron en sus palacios suntuosas cenas, que presidían ambos en el extremo de largas mesas. Bernal Díaz casi nada dice de la cena del primero —o lo revuelve—, y en cambio hace una pasmada descripción del adorno del banquete del virrey y una interminable enumeración de las ensaladas, asados, guisados, cocidos, empanadas, vinos, pulque, chocolate, frutas y dulces que se sirvieron,79 con músicos, “truhanes y decidores que decían en loor de Cortés y del virrey cosas muy de reír”. El cronista tachó en su manuscrito que hubo también borrachos que dijeron “lo suyo y lo ajeno” y tuvieron que ser sacados. Para los mozos, mulatos e indios, en los patios de palacio hubo “novillos asados enteros llenos de dentro de pollos y gallinas y codornices y palomas y tocino”. Y añade el chismorreo habitual: en la cena del virrey no faltó una sola pieza de plata, pues cada una tenía un indio de guarda, mientras que “en la del marqués faltaron más de cien marcos de plata”.
Al día siguiente hubo toros y juegos de cañas, y al marqués, que quería seguir siendo joven, “le dieron un cañazo en un empeine del pie, de que estuvo mal y cojeaba”. Y al otro día hubo carreras de caballos, de la plaza de Tlatelolco a la mayor, y carreras de mujeres, y por la noche disfraces. Así se celebraron, a la mexicana, las paces de Aguas Muertas.80
La cuarta y última expedición que organiza Cortés al Mar del Sur evita los errores de las dos primeras, con capitanes inexpertos e imprudentes, y ya no se propone, como la tercera, transportar a tierra inhóspita un gran contingente para colonizar. La nueva expedición tiene el propósito principal de bojar completa la península de Baja California y de buscar a Diego Hurtado de Mendoza, desaparecido desde 1532.
Esta expedición lleva tres navíos, Santa Águeda, Santo Tomás y Trinidad, este último probablemente nuevo, y su capitán es Francisco de Ulloa, marino muy competente, que cumple con precisión su cometido y escribe una puntual relación de su viaje. Lo acompañan cuatro franciscanos, fray Fernando, fray Antonio de Mena, fray Pedro de Arache y fray Raimundo Amielibus o Amilius. El veedor es el antiguo conquistador Francisco de Terrazas, el piloto de la Santa Águeda es un Castellón —nombre que pudiera ser una mala escritura de Castillo, Domingo del Castillo, el que trazó el mapa de la península en 1541— y el escribano Pedro de Palencia.
Salieron las tres naves del puerto de Acapulco el 8 de julio de 1539. En el puerto de Santiago de Buena Esperanza, en Colima, se detuvieron casi un mes reparando la Santa Águeda, que se había dañado, y esperando los bastimentos que allí se les darían. Reanudado el viaje, la Santo Tomás hacía mucha agua a causa de una borrasca. En la relación del capitán Ulloa no está claro si los de esta nave naufragaron o lograron llegar a algún puerto. El 29 de agosto los otros dos navíos llegaron a la bahía de Santa Cruz, donde pasaron varios días, y encontraron quemado y arrasado el real que Cortés había construido. De allí cruzaron el golfo para iniciar el reconocimiento, primero, por las costas de Sinaloa y Sonora. El 12 de septiembre llegaron a los ríos de San Pedro y San Pablo, que pudiera ser el río Fuerte, cerca de Los Mochis. A los 29° 3/4 encontraron un puerto notable por su amplitud y profundidad, que llamaron el Puerto de los Puertos —¿bahía Kino?,— del que tomaron posesión. La tierra era mala, sin arboledas y entre altas sierras. Pasaron luego el canal entre la costa y una gran isla despoblada, que puede ser la de Tiburón, y desde un poco más adelante, hallaron “la mar toda bermeja”, y comenzaron a llamarlo mar Bermejo. En una bahía cercana encontraron miles de lobos marinos y a fines de septiembre alcanzaron el fondo del golfo y las bocas del río Colorado, al que llamaron ancón de San Andrés. Tomaron posesión del lugar y observó Ulloa que en las 104 leguas que hay del Puerto de los Puertos al ancón de San Andrés no vieron “ninguna persona, ni señal de ella, ni creo que tal tierra pueda estar poblada”.
Cuando iniciaron la vuelta hacia el sur, ahora por la costa oriental de la península, llegaron a otra bahía con miles de lobos marinos, a 31° y medio. El 3 de octubre la nao Trinidad se les apartó, la encontraron y siguieron su camino. De cuando en cuando vieron pequeños grupos de indígenas desnudos, excelentes nadadores, que pescaban con anzuelos de huesos de tortuga y guardaban su agua para beber en buches de pescado. La “lengua” que llevaban de Santa Cruz no pudo entenderse con ellos. El 19 de octubre entraron de nuevo en la bahía de Santa Cruz-La Paz, después de haber recorrido ambas costas del golfo. Permanecieron allí 10 días, tomaron agua y leña y continuaron su viaje.
Una noche tempestuosa con truenos y relámpago, refiere el capitán Ulloa que vieron un fuego de San Telmo, “una cosa reluciente en lo más alto del mástel de la galera”. El tiempo abonanzó, salió la luna y el martes 4 de noviembre llegaron a la punta, hoy cabo San Lucas, e iniciaron la navegación para recorrer ahora la costa externa de la península. La navegación se tornó difícil, con tormentas, y a menudo la fuerza de los vientos separaba las naos, que debían esperarse. El 1° de diciembre, cuando estaban proveyéndose de agua, los asaltó un número considerable de indígenas a los que lograron dominar, aunque con algunos de los españoles heridos. Comenzaron los grandes fríos y el 4 de diciembre siguieron el viaje y tomaron posesión de la bahía y laguna de Santa Catalina. Cerca de la punta de la Trinidad, hacia el 15 de diciembre, encontraron otros indígenas, estos pacíficos, con los que hicieron trueques, unos y otros con muchas precauciones. Cuenta Ulloa que eran indios muy pobres, que sólo tenían pieles de lobos marinos para protegerse del frío, buches de lobos para guardar agua, cordeles para atarse los cabellos y anzuelos de espinas. En otro encuentro con indios, el 21 de enero de 1540, éstos trataron de atacarlos con pobres arcos y los españoles les soltaron los perros bravos que llevaban y los espantaron. En esta aldea de indios hallaron a la entrada de una cueva a un viejo todo blanco y seco, y a fray Raimundo “le pareció bien baptizarlo, y ansí lo hizo”.
Cuando acababan de descubrir, hacia el 20 de enero, entre los 29° y los 30°, tres islas que llamaron de San Esteban, y la isla de Cedros, muy fértiles y con conejos y venados, en contraste con la estéril y seca costa, el prudente capitán Ulloa hizo cálculos de los bastimentos que tenían, y al ver que no eran suficientes para que las dos naves continuaran la exploración, decidió seguirla con la nave Trinidad y despachar de vuelta la Santa Águeda con la relación de su viaje, que firmó el 5 de abril de 1540.
Junto con su relación envió autos de posesión de los lugares más importantes que había tocado: del río de San Pedro y San Pablo, el 10 de septiembre de 1539; del Puerto de los Puertos, el 18 de septiembre; del ancón de San Andrés y el mar Bermejo, el 28 de septiembre; de la bahía de San Marcos, al sudeste del ancón, el 6 de octubre; del río del Carrizal, el 15 de octubre; de la bahía de Santa Catalina, el 1° de diciembre; y de la isla de Cedros, el 20 de enero de 1540.81
En la exposición de este viaje que hizo López de Gómara, recogiendo informaciones de Cortés, añadió dos datos que no aparecen en la relación de Ulloa: que los marinos hallaron en las costas del golfo “rastros de carneros, digo cuernos grandes, pesados y muy retuertos”. Y agregó: “Andan muchas ballenas por este mar”.82
Probablemente con los que volvieron en la Santa Águeda, Ulloa envió también el notable mapa que trazó el piloto Domingo del Castillo en 1541, y que dio a conocer en 1770 el arzobispo Francisco Antonio de Lorenzana en su Historia de Nueva España, primera edición mexicana de tres de las Cartas de relación de Cortés. Este mapa, que registra con precisión cada uno de los puertos y ríos y el perfil de la costa, y que es el primero en que la Baja California ya no es isla, sino península, se interrumpe precisamente antes de la isla de Cedros.
Derrotero de la expedición de Francisco de Ulloa, 1539. De Miguel León-Portilla, Hernán Cortés y la Mar del Sur, Madrid, 1985.
Como lo denunciará Cortés, ya desde Madrid, el 25 de junio de 1540, el virrey Mendoza había enviado gente a los puertos del Mar del Sur para que detuvieran los navíos de la armada de Ulloa que pudieran llegar. Cuando apareció el Santa Águeda en el puerto de Santiago, en Colima, y envió a tierra a un marinero para que llevase las noticias al marqués, lo apresaron y atormentaron, aunque nada consiguieron que dijera. El Santa Águeda siguió su viaje en busca de puerto seguro, lo asaltó un temporal, y sin anclas llegó a Huatulco, donde prendieron al piloto y a los marineros. El virrey había abierto hostilidades contra Cortés, y ordenó que se tomara el astillero de Tehuantepec con todos los navíos y aparejos que allí había.83
Detalle en que aparece California en el mapamundi de Sebastián Caboto (1544). Debajo de los dos indígenas se lee: “Esta tierra fue descubierta por el marqués del Valle de Guaxaca, don Hernando Cortés”. De Miguel León-Portilla, Hernán Cortés y la Mar del Sur, Madrid, 1985.
En cuanto al otro navío, Trinidad, con el capitán Ulloa, según López de Gómara continuó su exploración hacia el norte, descubrió una punta que llamó cabo del Engaño o cabo Bajo, a la misma latitud que el ancón de San Andrés, y de allí volvió a la Nueva España por hallar vientos contrarios y acabárseles los bastimentos.84 Del capitán Francisco de Ulloa refiere Bernal Díaz que, vuelto de su viaje, cuando “estaba en tierra descansando, un soldado de los que había llevado en su capitanía le aguardó en parte que le dio estocadas, donde le mató”.85 Sin embargo, de acuerdo con el testimonio de Íñigo López de Mondragón, que reveló Henry R. Wagner, Ulloa no pereció en Nueva España, sino que luego viajó a España y probablemente participó en la batalla de Argel en 1541.86
Ante la decisión del virrey Mendoza de impedir las expediciones de Cortés y organizar él mismo las nuevas exploraciones, Cortés envió a España tres procuradores, en la segunda mitad de 1539, para que expusieran al Consejo de Indias cuanto él había hecho, y que en la fecha que escribía sus instrucciones, tenía cinco navíos más, que proyectaba enviar con su hijo Luis —que tendría entonces 14 años—; y sobre todo, para que trataran de impedir que el virrey Mendoza organizara su propia expedición a tierras del norte de la Nueva España, porque ello agraviaba sus derechos.87 Las expediciones dispuestas por el virrey se hicieron, y Cortés, relegado y ofendido, sin esperar el resultado de las gestiones de sus procuradores, decidió partir él mismo, por última vez, a España.
Notable mapa de parte de la costa occidental de México y de la Baja California trazado por Domingo del Castillo, el piloto de la expedición de Francisco de Ulloa. De Francisco Antonio Lorenzana, Historia de la Nueva España escrita por su esclarecido conquistador Hernán Cortés, México, 1770.
En las cartas que escribió Cortés en estos años y en las relaciones de los capitanes que fueron a las expediciones, la supuesta isla y luego península en conjunto aún no tiene nombre. Como lo señaló Jorge Gurría Lacroix, el primero en llamar a estas tierras California fue Francisco López de Gómara, en 1552.88 Y Clementina Díaz y de Ovando ha narrado el origen de la palabra California.89 En La chanson de Roland, la canción de gesta francesa del siglo XII, cuando Carlomagno enumera los pueblos reales e imaginarios que van a rebelarse contra él, que ha perdido a Rolando, menciona, al fin, “los de África y los de Califerna” (E cil d’Affrike e cil de Califerna, v. 2 924, ed. de Joseph Bédier). Siglos más tarde, a principios del XVI, en la novela caballeresca Las sergas de Esplandián, que escribió Garci Rodríguez de Montalvo para continuar el Amadís de Gaula, como lo aclaró en l862 el erudito Edward Everest Hale,90 se habla en el capítulo CLVII de una isla California, a la “diestra mano de las Indias… muy llegada al Paraíso Terrenal, la cual fue poblada de mujeres negras”. Gurría Lacroix se pregunta si la palabra California fue sugerida a López de Gómara por Hernán Cortés o si fue idea del historiador. El hecho es que así se llamaron aquellas tierras, que de inhóspitas acabaron por considerarse privilegiadas.
López de Gómara concluye su narración de las expediciones de Cortés a Baja California con estas palabras: “Estuvieron [los de la expedición de Ulloa] en este viaje un año entero, y no trajeron nueva de ninguna tierra buena: más fue el ruido que las nueces”, y añade que Cortés gastó en estas empresas 200 000 ducados.91 Bernal Díaz, para discrepar del historiador, dice que el gasto fue “sobre trescientos mil pesos de oro”, como le oyó decir a Cortés muchas veces. Y resume el resultado de estas empresas con un grave dictamen: “Y si miramos en ello, en cosa ninguna tuvo ventura después que ganamos la Nueva España (y dicen que son maldiciones que le echaron)”.92
Ciertamente, las tres primeras expediciones fueron una sucesión de desgracias y torpezas, y de hecho, hubiera bastado la cuarta, conducida por el eficaz capitán Francisco de Ulloa, para obtener los resultados finales. Pero Cortés no podía adivinar cuáles de sus capitanes iban a tener éxito, y aun su propia expedición para poblar Santa Cruz-La Paz tenía sentido y pudo ser una colonización venturosa. Él buscaba en aquellas tierras septentrionales otra Nueva España u otro Perú, como se lo anunciaban las novelas de caballerías, y sólo encontró “la tierra más estéril del mundo”.93 Pero él mismo renunció a la ilusión de hallar una tierra en que la reina Calafia y sus mujeres tuvieran armas sólo de oro y piedras preciosas, y la última expedición que confió a Ulloa fue sólo para descubrir y describir tierras, islas y mares desconocidos. El conocimiento de muchas islas, del golfo de Cortés o mar Bermejo y de la peninsula de Baja California, que amplió el Nuevo Mundo, fue su legado.94
1530 |
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22 de marzo |
La reina ordena a Cortés que a su llegada a Nueva España se detenga a 10 leguas de la ciudad de México hasta que llegue la segunda Audiencia. |
Hacia marzo |
Cortés emprende viaje a Nueva España con una comitiva de 400 personas, entre ellas su mujer, doña Juana de Zúñiga, y su madre, doña Catalina Pizarro. |
Hacia abril-junio |
La comitiva se detiene dos meses y medio en Santo Domingo. |
15 de julio |
Llegada a Veracruz, donde presenta al cabildo sus provisiones de capitán general. Va a la Rinconada-Ixcalpan a tomar posesión. |
Hacia agosto |
En Tlaxcala. |
Agosto de 1530- |
En Tezcoco. |
10 de octubre |
Escribe al rey, desde Tezcoco, relatándole su situación y problemas. De sus acompañantes, 100 han muerto de hambre, cifra que más tarde llega a 200, entre ellos, su madre doña Catalina Pizarro. |
1531 |
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9 de enero |
Llegan a la ciudad de México los oidores de la segunda Audiencia, Alonso Maldonado, Vasco de Quiroga, Francisco Ceynos y Juan de Salmerón. Cortés ya puede entrar en la ciudad de México. |
Enero |
Cortés se instala en Cuernavaca. |
17 de enero |
Pleito contra Matienzo y Delgadillo por las tierras y huertas entre las calzadas de Chapultepec y de Tacuba. |
14 de febrero |
Pleito contra Matienzo y Delgadillo por los tributos y servicios de los indios de Huejotzingo. |
2 de mayo |
La segunda Audiencia da a Cortés posesión provisional de las regiones de Cuernavaca, Tehuantepec y Tuxtla. |
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Los oidores comienzan a tratar de resolver el problema de la cuenta de los 23 000 vasallos de Cortés. |
Junio |
Tasación de las Casas Viejas de Cortés para que las venda a la Audiencia. |
30 de septiembre |
Llega a la ciudad de México don Sebastián Ramírez de Fuenleal, presidente de la Audiencia. |
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La Corona confirma la capitulación hecha con Cortés para la exploración y conquista del Mar del Sur, y lo urge a que inicie la construcción de su armada. |
1532 |
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20 de marzo |
Se prohíbe a Cortés usar la bula que lo eximía de pagar diezmos. |
19 de abril |
La Audiencia multa a Cortés con 40 000 pesos por haber cargado tamemes. |
30 de junio |
Primera expedición al Mar del Sur. Salen de Acapulco dos naves al mando de Diego Hurtado de Mendoza, cuya nave se pierde. |
Noviembre de 1532- |
Cortés se instala en una choza en la playa de Tehuantepec para supervisar en el astillero que allí tiene la construcción de naves para sus expediciones. |
1533 |
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24 de enero |
Los indios de Cuernavaca se quejan de los excesos de tributos y servicios que les impone Cortés. |
30 de octubre |
Segunda expedición al Mar del Sur. Salen del puerto de Santiago, Colima, dos naves al mando de Diego Becerra y de Hernando de Grijalva. |
1534 |
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Febrero |
Vuelve a Tehuantepec la nave San Lázaro, al mando de Grijalva, quien ha descubierto las islas de Revillagigedo. Cortés se entera más tarde de que Becerra fue asesinado por el piloto Fortún Jiménez, los marinos murieron o se dispersaron y la nave Concepción la tomó Nuño de Guzmán. |
Septiembre |
Cortés se encuentra en Toluca. Pleito con Nuño de Guzmán. |
1535 |
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9 de enero |
En Colima, Cortés funda su mayorazgo, que tenía autorizado desde el 27 de julio de 1529. |
24 de febrero |
Nuño de Guzmán prohíbe a Cortés y a su gente el paso por tierras de su gobernación de Nueva Galicia. |
15 de abril |
Tercera expedición al Mar del Sur. En Chametla, Sinaloa, territorio de Nueva Galicia, se encuentran tres naves de Cortés y el ejército que él mismo condujo por tierra, e inician el transporte de las huestes a la bahía de Santa Cruz-La Paz, Baja California. |
14/15 de noviembre |
Llega a la ciudad de México el primer virrey de Nueva España, don Antonio de Mendoza. |
10 de diciembre |
Probanza Ad perpetuam rei memoriam de Nuño de Guzmán contra Cortés. |
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Cumple 50 años. |
1536 |
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Abril |
Vuelve Cortés a Acapulco de su expedición a Baja California. El 5 de junio está en Cuernavaca. |
20/24 de noviembre |
Transacciones comerciales de Cortés para comprar parte de las minas de plata de Sultepec. |
1537 |
Inicia la operación de una ruta naviera para comerciar con Panamá y el Perú desde Huatulco. |
1538 |
El virrey Mendoza y Cortés celebran fiestas en la ciudad de México por las paces de Aguas Muertas de Carlos V y Francisco I. |
1539 |
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8 de junio |
Cuarta expedición al Mar del Sur. De Acapulco salen tres navíos al mando de Francisco de Ulloa. Uno de ellos desaparece al principio del viaje. Los otros dos reconocen ambas costas del golfo de California, la parte externa de la península y toman posesión de los lugares e islas más importantes. Visita sus minas de Tasco. |
24 de agosto |
El virrey Mendoza dispone el control de todos los navíos que salgan o entren de puertos del Mar del Sur, y más tarde ordena que se tome el astillero de Tehuantepec con todos sus navíos y aparejos. |
Diciembre de 1539 o |
Cortés se embarca para España con su hijo Martín, el sucesor. |
1 Declaración de Hernán Rodríguez en la Probanza ad perpetuam rei memoriam, promovida por Nuño de Guzmán, Compostela, Nueva Galicia, 10 de diciembre de 1535, en Documentos, sección VI.
2 L’Histoire de l’Amérique par M. Robertson, trad. del inglés de J. B. A. Suard y H. Jansen, Panckoucke, París, 1778, 4 vols., t. III, p. 283. La 1a ed. inglesa es del año anterior.
3 Capitulación de la reina con el marqués del Valle para descubrimientos en el Mar del Sur, Madrid, 27 de octubre de 1529.— Provisión por la que el rey concede a Hernán Cortés pueda descubrir y poblar en el Mar del Sur y tierra firme, pudiendo nombrar alcaldes y justicias, Madrid, 5 de noviembre de 1529, en Documentos, sección V.
4 Carta de Hernán Cortés a Carlos V, Tezcoco, 10 de octubre de 1530, en Documentos, sección V.— El nombre del capitán encargado de la construcción de los barcos en Herrera, década IIIa, lib. VI, cap. IX, y en Martín Fernández de Navarrete, “Introducción”, Relación del viaje hecho por las goletas “Sutil” y “Mexicana” en el año 1792 para reconocer el estrecho de Fuca, Imprenta Real, Madrid, 1802, p. X.
5 Cédula de la reina Juana para que Hernán Cortés inicie la construcción de la armada para la expedición al Mar del Sur. Devolución de las multas por juego, 1531, en Documentos, sección VI.
6 Cédula de la reina Juana a la Audiencia de Nueva España en que ordena proveer a Hernán Cortés de la artillería necesaria para la Mar del Sur, Medina del Campo, 20 de febrero de 1532, en Documentos, sección VI.
7 Ordenanzas de Carlos V al gobierno de Nueva España sobre tratamiento de los indios, Toledo, 4 de diciembre de 1528, en Documentos, sección V.
8 Carta a la emperatriz, de la Audiencia de México, acerca de los tamemes que cargó el marqués, la cuestión de la bula y la cuenta de los vasallos, México, 19 de abril de 1532, en Documentos, sección VI.
9 Capítulo de carta de Hernán Cortés a Carlos V, México, 20 de abril de 1532, en Documentos, sección VI.
10 Cédula de la reina Juana a la Audiencia de Nueva España para que se suspenda la sentencia contra Hernán Cortés por haber cargado indios, Segovia, 17 de octubre de 1532, en Documentos, sección VI.
11 Cédula de la reina Juana a la Audiencia de Nueva España para que se encuentre una solución que evite que los indios carguen los bastimentos para la expedición del Mar del Sur, Madrid, 16 de febrero de 1533, en Documentos, sección VI.
12 Carta de Hernán Cortés al Consejo de Indias exponiéndole agravios y quejas, Tehuantepec, 25 de enero de 1533.— Carta de Hernán Cortés a su pariente y procurador “ad litem”, el licenciado Francisco Núñez, acerca de los negocios del conquistador, Puerto de Santiago en la Mar del Sur, 20 de junio de 1533, en Documentos, sección VI.
13 Instrucción que dio Hernán Cortés a Diego Hurtado de Mendoza para el cumplimiento del viaje al Mar del Sur, ca. mayo de 1532, en Documentos, sección VI.
14 López de Gómara, cap. CXCVII.— Bernal Díaz, cap. CC.
15 López de Gómara, ibid.
16 Fernández de Navarrete, “Introducción”, Relación del viaje hecho por las goletas…, op. cit., pp. XI-XIII. Informa Fernández de Navarrete que estas noticias las tomó “de un precioso manuscrito que posee la Real Academia de la Historia, que contiene una copia excelentemente hecha por Palomares de la contrata del marqués del Valle, y pleito seguido en la Audiencia de México sobre sus descubrimientos de la Mar del Sur”, p. XI, n. 1.
17 “Relación e información del viaje que hizo a las Higueras el bachiller Pedro Moreno”, Madrid, 12 de septiembre de 1525, CDIAO, t. XIX, pp. 236-264.— Peter Boyd-Bowman, Índice geobiográfico de cuarenta mil pobladores españoles de América en el siglo XVI, Jus, México, 1968, ficha 1517, t. 11, p. 43.
18 Respuesta de Cortés a la real provisión sobre descubrimientos en el Mar del Sur, en relación con los actos de Nuño de Guzmán, México, agosto-septiembre de 1534, en Documentos, sección VI.
19 Carta de Cortés al licenciado Núñez, del 20 de junio de 1533, citada.
20 Ibid.
21 Fernández de Navarrete, op. cit., p. XIII.
22 Cuenta de lo que ha gastado el marqués del Valle con los oficiales, marineros y gente de guerra de la armada que salió al descubrimiento en el Mar del Sur, desde el puerto de Santiago, en que fue por capitán Diego Becerra, ca.1534, en Documentos, sección VI.
23 Bernal Díaz, cap. CC.
24 Los tres franciscanos que iban en la armada eran los frailes Martín de la Coruña —uno de los Doce—, Juan de San Miguel y Francisco Pastrana, que aparecen en la Cuenta de lo gastado…, antes citada. Los dos desembarcados pudieran ser el primero y el segundo.
25 Fernández de Navarrete, pp. XIII-XVII.
26 Relación y derrotero del navío San Lázaro al mando de Hernando de Grijalva y su piloto Martín de Acosta, portugués, 30 de octubre de 1533-febrero de 1534, en Documentos, sección VI.— Herrera, década Va, lib. VII, cap. IV.— El dibujo del manatí se reproduce en el “Atlas” de la Relación del viaje hecho por las goletas Sutil y Mexicana, op. cit., fig. 17.
27 Herrera, ibid.
28 Fray Antonio Tello, Crónica miscelánea de la Sancta Provincia de Xalisco, lib. II, cap. LXXXVI.— Matías de la Mota Padilla, Historia de la conquista del reino de la Nueva Galicia (1742), cap. XX.— “Demanda de don Hernando Cortés contra Nuño de Guzmán para el pago de 90 mil maravedís”, Valladolid, 2 de octubre de 1542, CDIAO, t. XXX, pp. 11-53.— “Escritos de la parte de don Hernando Cortés haciendo algunos cargos a Nuño de Guzmán y contestación de éste a los mismos”, Valladolid, 20 de junio de 1549, CDIAO, t. XXIX, pp. 563-577.
Sobre Nuño de Guzmán: Procesos de residencia instruidos contra Pedro de Alvarado y Nuño de Guzmán, con estampas, con notas de José Fernando Ramírez, paleografiados del ms. original por el licenciado Ignacio López Rayón, México, impreso por Valdés y Redondas, México, 1847.— Memoria de los servicios que había hecho Nuño de Guzmán, desde que fue nombrado gobernador de Pánuco en 1525, estudio y notas de Manuel Carrera Stampa, Biblioteca José Porrúa Estrada de Historia Mexicana, 4, José Porrúa e Hijos, México, 1955.— Crónicas de la conquista del reino de Nueva Galicia, proemio de José Luis Razo Zaragoza, Instituto Jalisciense de Antropología e Historia, Guadalajara, 1960.— “Carta al Consejo de Indias de Nuño de Guzmán, preso en la cárcel pública de México, de resultas de la residencia que se le tomó después de haber servido en Pánuco y en la Nueva Galicia de gobernador y capitán general”, México, 13 de febrero de 1537, CDIAO, t. XIII, pp. 450-455.— Donald E. Chipman, Nuño de Guzmán and the Province of Panuco in New Spain, 1518-1533, the Arthur H. Clark Company, Glendale, California, 1967.— Testamento de Nuño Beltrán de Guzmán, reproducción facsimilar y transcripción paleográfica con una nota introductoria por don José Palomino y Cañedo y un apéndice documental, Centro de Estudios de Historia de México Condumex, México, 1973.
29 Ignacio de Villar Villamil, “Don Luis de Castilla”, Divulgaciόn Histórica, México, 1940, t. I, núm. 6.— Guillermo Porras Muñoz, “Luis de Castilla”, El gobierno de la ciudad de México en el siglo XVI, pp. 234-239.
30 Capítulo de carta de Hernán Cortés a Carlos V, México, 20 de abril de 1532, ya citada.
31 Tello, Crónica miscelánea, lib. II, caps. LXXVII-LXXX. Tello da equivocadamente la fecha de 1536 para estos hechos, que ocurrieron en 1531 y a los que Cortés se refiere en abril de 1532, error que han repetido quienes recogieron su relato: De la Mota Padilla, Historia de la conquista del reino de la Nueva Galicia, cap. XVIII.— José Fernando Ramírez, “Noticias históricas de Nuño de Guzmán”, Procesos de residencia, pp. 217-223.— Orozco y Berra, Dominación española, t. II, cap. III.
32 Don Luis de Castilla probó después en México que sí sabía hacer la guerra, pues estuvo con el virrey Mendoza en la pacificación de los indios de Jalisco. Don Luis fue alcalde ordinario del ayuntamiento de la ciudad de México en 1569 y 1572. Casó con doña Juana de Sosa, con la que tuvo larga descendencia, además de varios hijos naturales. Sus cuatro hijos varones fueron los primeros alumnos inscritos en Artes en la Universidad de México. Dueño de la mina descubridora de Tasco y con buenas encomíendas, fue hombre muy rico y su casa estaba en la calle del Reloj, hoy República Argentina, donde está la Librería Porrúa. En sus segundas andanzas en Jalisco, con el virrey, a don Luis le tocó recibir la famosa respuesta de Pedro de Alvarado, cuando en Nochistlán, arrollado por un caballo, le preguntó qué le dolía: “El alma”, contestó don Pedro. Don Luis murió a los 80 años en 1582: Porras Muñoz, op. cit.
33 Carta de Hernán Cortés a Carlos V, México, 9 de marzo de 1534, en Documentos, sección VI.
34 Requerimiento de Hernán Cortés a Nuño de Guzmán para que le devuelva los restos del navío que dio al través en la provincia de Nueva Galicia. Provisión real y respuesta de Guzmán, 27 de marzo, 24 y 26 de julio de 1534, en Documentos, sección VI.
35 Comisión de la Audiencia de México a Gonzalo Ruiz, a petición de Cortés, para que vaya a las costas de Jalisco a averiguar lo ocurrido con las armadas que Cortés había enviado al Mar del Sur, México, agosto-septiembre de 1534, en Documentos, sección VI.
36 Real provisión sobre descubrimientos en el Mar del Sur en relación con los actos de Nuño de Guzmán y respuesta de Cortés, México, agosto-septiembre de 1534, en Documentos, sección VI.
37 Requerimiento hecho a Hernán Cortés por Nuño de Guzmán, gobernador de Nueva Galicia, para que no entre en su gobernación, y respuesta de Cortés, Ixtlán, 24 de febrero de 1535, en Documentos, sección VI.
38 Carta de Hernán Cortés al Consejo de Indias en que insiste en que se dé solución a sus pleitos y agravios e informa que inició su propia exploración de California, Puerto de Salagua, en la Mar del Sur, 8 de febrero de 1535, en Documentos, sección VI.
39 Fundación del mayorazgo de Hernán Cortés, marqués del Valle, Barcelona, 27 de julio de 1529, Colima, 9 de enero de 1535, en Documentos, sección VI.
40 Bernal Díaz, cap. CC.— López de Gómara, cap. CXCVIII, da cifras con variantes respecto a las de Bernal Díaz: 300 españoles, 37 mujeres y 130 caballos.
41 Carta de Nuño de Guzmán a la Audiencia de México, en la que se queja de que el marqués del Valle quería penetrar con su gente en su gobernación, siendo que sólo era capitán general de la Nueva España, Compostela, 9 de marzo de 1535.— Carta de Nuño de Guzmán a Su Majestad diciéndole que el marqués del Valle había entrado en su gobernación con pendón en mano, a manera de descubridor y conquistador, Valle de Banderas, 8 de junio de 1535, en Documentos, sección VI.— “Carta al Consejo de Indias de Nuño de Guzmán, preso en la cárcel pública de México”, 1537, documento ya citado.— Memoria de los servicios que había hecho Nuño de Guzmán…, op. cit., pp. 82-84.
42 En el relato de esta tercera expedición se han combinado las fuentes siguientes: Carta de Hernando Cortés al Consejo de Indias, del Puerto de Salagua, 8 de febrero de 1535, y Memorial de Cortés a Carlos V…, de 1539, en Documentos, sección VI; López de Gómara, cap. CXCVIII; Bernal Díaz, cap. CC; pleito seguido por Hernán Cortés sobre sus descubrimientos, citado por Fernández de Navarrete, “Introducción”, op. cit., pp. XVII-XXII; y Herrera, década Va, lib. VIII, caps. IX y X. En la última cita de Bernal Díaz, la frase entre paréntesis fue tachada en el original de su Historia verdadera.
43 Auto de posesión y descubrimiento del puerto y bahía de Santa Cruz y de las tierras cercanas y comarcanas por Hernán Cortés, en nombre del rey, Santa Cruz, 3 de mayo de 1535, en Documentos, sección VI.
44 Carta de Hernán Cortés a Cristóbal de Oñate, Bahía de Santa Cruz, 14 de mayo de 1535, en Documentos, sección VI.
45 Probanza “ad perpetuam rei memoriam” sobre la tierra del marqués del Valle e indios que de la Nueva Galicia a ella llevaron. Autos entre Nuño de Guzmán y Hernán Cortés, Compostela, Nueva Galicia, 10 de diciembre de 1535, en Documentos, sección VI.— Es curioso que en el Memorial de Hernán Cortés a Carlos V, de 1539, Cortés se confunda con esta probanza, que es de Nuño de Guzmán contra él, y diga que se hizo “a mi pedimento” y la remite adjunta. Probablemente pensaba en otro documento de los que promovió contra Guzmán.
46 Memorial de Hernán Cortés a Carlos V pidiendo que no se le embarace la prosecución de descubrimientos en el Mar del Sur, 1539, en Documentos, sección VI.
47 Bernal Díaz, cap. CC.
48 Ni López de Gómara ni Bernal Díaz señalan fecha del regreso de Cortés. Deduzco las señaladas, abril de 1536 en Acapulco y 5 de junio en Cuernavaca, del contrato que firma en Acapulco el 17 de abril de 1536 (véase adelante nota 68 y de la carta que escribe de Cuernavaca, recomendando al padre Cristóbal de Pedraza, al que conoció en Compostela en el viaje de ida a Chametla (véase carta en Documentos, sección VI). Orozco y Berra (Dominación española, t. II, cap. III, p. 109) dice erróneamente esta vez, que Cortés entró en Acapulco a principios de 1537. Agustín Millares Carlo se refirió a esta confusión (“Sobre Hernán Cortés”, España Peregrina, México, abril de 1940, núm. 3, pp. 119-120) señalando documentos de Cortés firmados en Cuernavaca en septiembre de 1536.
49 López de Gómara, cap. CXCVIII.— El regalo más notorio de Cortés fue recibido y apreciado. Pizarro se vestía con sencillez; sin embargo, “cuando algunas fiestas, por importunación de sus criados, se ponía una ropa de martas que le envió el marqués del Valle, de la Nueva España; en viniendo de misa, la arrojaba de sí quedándose en cuerpo”, refiere Agustín de Zárate, Historia del descubrimiento y conquista del Perú, lib. IV, cap. IX.
Respecto al viaje de Hernando de Grijalva al Perú, Woodrow Borah (Comercio y navegación entre México y Perú [1954], trad. de Roberto Gόmez Ciriza, lnsitituto Mexicano de Comercio Exterior, México, 1975, cap. II y n. 20, pp. 38-39) ha revelado que Grijalva tenía instrucciones secretas de Cortés para explorar, a su regreso, el Pacífico hacia el poniente, a lo largo de las latitudes del Perú, y buscar unas islas que le decían que eran muy ricas en oro. Grijalva perdió la vida en su intento. Después de navegar, a principios de 1537, hasta una latitud de 29° sur, no pudo volver a Nueva España por los vientos contrarios y fue asesinado por los marineros amotinados. Siete supervivientes, muertos de hambre, llegaron a alguna de las islas Molucas y fueron esclavizados. En su nave iban los suntuosos regalos que Pizarro enviaba a Cortés. La otra nave salida del Perú volvió a Acapulco.
50 Bernal Díaz, cap. CII.
51 Modesto Bargalló, “Historia de la minería y metalurgia mexicanas y de Hispanoamérica colonial” (1972), Trabajos, artículos y apuntes, México, 1973, pp. 375 y 378.
52 Cédula de Carlos V a Hernán Cortés en que concede prerrogativas a conquistadores y pobladores y socorro para los inválidos, Vallejo, 15 de octubre de 1522, en Documentos, sección II.
53 Carta reservada de Hernán Cortés a Carlos V, Tenustitan, 15 de octubre de 1524: en Documentos, sección II.— Silvio Zavala, “La esclavitud en la primera mitad del siglo XVI”, Los esclavos indios en Nueva España, El Colegio Nacional, México, 1967, cap. I.— La costumbre establecida por Cortés fue adoptada más tarde por la Corona como lo muestra la “Real cédula para que los indios no se echen a las minas”, de Granada, 8 de diciembre de 1526: AGI, Indiferente 421, lib. 12, f. 4v, en Richard Konetzke, Colección de documentos para la historia de la formación social de Hispanoamérica, 1493-1810, Madrid, CSIC, 1953, 5 vols., t. I, doc. 48, pp. 97-98.
54 Edmundo O’Gorman (ed.), “Juicio seguido por Hernán Cortés contra los licenciados Matienzo y Delgadillo. Año 1531”, Boletín del Archivo General de la Nación, México, julio-agosto-septiembre 1938, t. IX, núm. 3, pregunta XXII del interrogatorio, p. 354.
55 Instrucción secreta de Carlos V a la Audiencia sobre los pueblos que deben asignarse a la Corona, Madrid, 5 de abril de 1528, en Documentos, sección V.
56 Pleito del marqués del Valle contra Nuño de Guzmán sobre aprovechamientos de pueblos de la Provincia de Ávalos, Guadalajara, 1961, pp. 68, 83, 88 y 90, y en Documentos, sección VI.
57 Antonio de Ciudad Real, Tratado curioso y docto de las grandezas de la Nueva España, edición de Josefina García Quintana y Víctor M. Castillo Farreras, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas, México, 1976, cap. XCI, t. II, p. 147.— Torquemada, Monarquía indiana, lib. III, cap. XLII.
58 Poco antes de salir para España, Cortés hizo una donación de estos esclavos, con sus herramientas, a tres de sus hijos: Carta escritura de donación de cien esclavos de Hernán Cortés en favor de sus hijos, don Martín Cortés, don Martín y don Luis, Coyoacán, 27 de noviembre de 1539, en Documentos, sección VI.
59 AGN, Hospital de Jesús, leg. 257, exp. 6, expuesto por Silvio Zavala, Los esclavos indios en Nueva España, op. cit., cap. I, pp. 55-58.
60 AGN, Hospital de Jesús, leg. 203, doc. 1; leg. 387, exps. 2-7 y docs. 5, 17, 23, 35 y 36; leg. 202, hojas sueltas; leg. 387, exp. 5, doc. 23, exp. 2 y doc. 35, exp. 6; leg. 68, exp. 91; y leg. 450, exps. 2 y 10: expuestos por Jean-Pierre Berthe, “Las minas de oro del marqués del Valle en Tehuantepec, 1540-1547”, Historia Mexicana, 29, julio-septiembre de 1958, vol. VIII, núm. 1, pp. 122-131.
61 Reconocimiento de deuda otorgado por Hernán Cortés a favor de Melchor Vázquez por doce mil pesos de oro de minas, por la cuarta parte de la Mina Rica de plata de Sultepec, Tenuxtitan-México, 20 de noviembre de 1536.— Reconocimiento de deuda otorgado por Hernán Cortés a favor de Francisco de Hoyos, por diez mil pesos de oro de minas, por la cuarta parte de la Mina Rica de la Albarrada, de Sultepec, Tenuxtitan-México, 20 de noviembre de 1536.— Poder que Hernán Cortés otorga a Melchor Vázquez para que tome posesión y administre las minas, esclavos y herramientas y bateas compradas o por comprar en Sultepec y La Albarrada, Tenuxtitan-México, 20 de noviembre de 1536.— Compañía concertada entre Hernán Cortés y Juan Alonso de Sosa, tesorero de Su Majestad en Nueva España, por dos años para la explotación de las minas de Sullepec, Tenuxtitan-México, 24 de noviembre de 1536, en Documentos, sección VI.
62 Lucas Alamán, “Quinta disertación”, Disertaciones, ed. Jus, t. 7, pp. 63 y 65.— Como estudios generales sobre el tema, además del de Modesto Bargalló, véanse: Carlos Prieto, La minería en el Nuevo Mundo, prólogo de Pedro Lain Entralgo, edición de la Revista de Occidente, Madrid, 1968.— Miguel León-Portilla, Jorge Gurría Lacroix, Roberto Moreno de los Arcos y Enrique Madero Bracho, La minería en México. Estudios sobre su desarrollo histórico, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, México, 1978.
63 Carta de Hernán Cortés al Consejo de lndias, citada.
64 Actas de cabildo de la ciudad de México, 13 de mayo de 1532 y 26 de junio de 1534; en las actas de la primera quincena de julio siguiente se discutieron medidas para evitar este despoblamiento.— Borah, Comercio y navegación entre México y Perú en el siglo XVI, cap. II, pp. 28-29.
65 Herrera, década IVa, lib. X, cap. XV, y Va, lib. VI, caps. I y VII-XII.
66 Herrera, década Va, lib. Vl, cap. XIII.
67 Según el mismo Herrera, década Va, lib. VIII, cap. v, Pizarro había escrito también pidiendo auxilio a Cortés, a la Audiencia de Santo Domingo, a Tierra Firme y a Nicaragua.
68 AG, Hospital de Jesús, leg. 270, exp. 8:85.— Borah, op. cit., cap. II, pp. 36 y 38-39.
69 En “El astillero del Carbón en Tehuantepec. 1535-1566”, docs. con nota preliminar de Fernando B. Sandoval (BAGN, México, 1950, t. XXI, núm. 1, pp. 1-20), se reproducen tres interesantes documentos: el contrato para establecer las medidas del navío Santiago, que allí se construyó, del 20 de mayo de 1535; el contrato con el maestro carpintero Pascualín Veneciano para la construcción del galeón Santa Cruz de Mayo, del 30 de noviembre de 1540; y la relación de las escrituras que se envían al Perú, a Diego López de Toledo, del 3 de febrero de 1566, que muestra, este último, el desarrollo que llegó a alcanzar esta ruta marítima.
70 Borah. op. cit., caps. III, IV y V.
71 AGN, Hospital de Jesús, leg. 68, exp. 6. Carta de Juan o Alonso de Zamudio a Cortés, desde Panamá, el 15 de junio de 1539, citada por Alamán, “Sexta disertación”, Disertaciones, ed. Jus, t. II, p. 59.
72 Carta de Hernán Cortés al Consejo de Indias acerca de la preparación de sus armadas, la dilación en la cuenta de sus vasallos y el sistema tributario del México antiguo, México, 20 de septiembre de 1538, en Documentos, sección VI.— G. Micheal Riley, en Fernando Cortes and the Marquesado in Morelos, 1522-1547, University of New Mexico Press, Albuquerque, Nuevo México, 1973, apéndice 3, pp. 110-111, calcula en 42 800 pesos los ingresos anuales de Cortés, en 1524-1525, por tributos y servicios de sus encomiendas. Y Bernardo García Martínez, en El Marquesado del Valle (cap. VIII, C. 3), calcula el ingreso líquido, en 1567, en 25 000 pesos, los que antes de deducir gastos, limosnas y ayudas, ascendían a 120 000.
73 Memorial de Hernán Cortés a Carlos V sobre el repartimiento de indios, política pobladora y esclavos en Nueva España y en las Indias, ca.1537, en Documentos, sección VI.
74 Carta de Cortés al Consejo de Indias, de 20 de septiembre de 1538, antes citada.
75 Fray Diego Durán, Libro de los ritos, cap. XXXI.— Fray Toribio Motolinía, Memoriales, segunda parte, cap. 26.
76 Cédula del emperador limitando los poderes de Hernán Cortés, Barcelona, 17 de abril de 1535, en Documentos, sección VI.
77 Carta de don Antonio de Mendoza, virrey de Nueva España, a don Hernando Cortés, marqués del Valle, México, 14 de febrero de 1538, en Documentos, sección VI.
78 Juan Suárez de Peralta, Tratado del descubrimiento de las Indias (Noticias históricas de Nueva España), 1589, Secretaría de Educación Pública, México, 1949, cap. XX, pp. 81-82.
79 “Yo fui uno de los que cenaron en aquellas grandes fiestas”, dice Bernal Díaz, y merece copiarse el menú que recuerda:
Al principio fueron unas ensaladas hechas de dos o tres maneras, y luego cabritos y perniles de tocino asado a la ginovisca: tras esto pasteles de codornices y palomas, y luego gallos de papada y gallinas rellenas; luego manjar blanco; tras esto pepitoria; luego torta real; luego pollos y perdices de la tierra y codornices en escabeche, y luego alzan aquellos manteles dos veces y quedan otros limpios con sus pañizuelos; luego traen empanadas de todo género de aves y de caza; éstas no se comieron, ni aun de muchas cosas del servicio pasado; luego sirven de otras empanadas de pescado; tampoco se comió cosa de ello; luego traen carnero cocido, y vaca y puerco, y nabos y coles y garbanzos; tampoco se comió cosa ninguna; y entre medio de estos manjares ponen en las mesas frutas diferenciadas para tomar gusto, y luego traen gallinas de la tierra cocidas enteras, con picos y pies plateados; tras esto anadones y ansarones enteros con picos dorados, y luego cabezas de puercos y de venados y de terneras enteras, por grandeza, y con ello grandes músicas de cantares a cada cabecera, y la trompetería y géneros de instrumentos, arpas, vihuelas, flautas, dulzainas, chirimías, en especial cuando los maestresalas servían las tazas que traían a las señoras que allí estaban y cenaron, que fueron muchas más que no fueron a la cena del marqués, y muchas copas doradas, unas con aloja, otras con vino y otras con agua, otras con cacao y con clarete; y tras esto sirvieron a otras señoras más insignes empanadas muy grandes, y en algunas de ellas venían dos conejos vivos, y en otras conejos vivos chicos, y en otras llenas de codornices y palomas y otros pajaritos vivos; y cuando se las pusieron fue en una sazón y a un tiempo; y después les quitaron los cobertores, y los conejos se fueron huyendo sobre las mesas y las codornices y pájaros volaron. Aún no he dicho el servicio de aceitunas y rábanos y cardos (nopales] y luego mazapanes y almendras y confites de acitrón y otros géneros de cosas de azúcar, y fruta de la tierra; no hay que decir sino que toda la mesa estaba llena de servicio de ello… Y aun no he dicho las fuentes de vino blanco, hecho de indios [pulque] y tinto que ponían… Y digo que duró este banquete desde que anocheció hasta dos horas después de medianoche, que las señoras daban voces que no podían estar más a las mesas, y otras se congojaban, y por fuerza alzaron los manteles, que otras cosas había que sevir. Y todo esto se sirvió con oro y plata y grandes vajillas muy ricas.
Bernal Díaz, cap. CCI.
Como puede advertirse, el esplendor y la grandeza se mostraban en el exceso, con toques de fantasía, y en el desperdicio, aunque luego se enviaban platos “a todas las casas de México”.
80 Bernal Díaz, ibid.— Cuando el cronista dice que el virrey y el marqués ofrecieron cenas en sus palacios, parece significar que cada cual tenía el suyo. El virrey vivía, con la Audiencia, en las Casas Viejas que habían sido de Cortés, y éste no tenía entonces palacio ni casa conocida en la ciudad, pues las Casas Nuevas o Palacio Nacional estaban todavía en construcción. Es posible que ambas cenas se dieran en el único lugar amplio disponible, o sea en las Casas Viejas.
Además del relato de Bernal Díaz, fray Bartolomé de las Casas también hizo una entusiasta descripción de las pantomimas de la Plaza Mayor y elogió la habilidad de los indios (Apologética historia, lib. III, cap. LXIV). El único rastro que hay de estos festejos en las Actas de cabildo es una orden, del 27 de marzo de 1539 (lib. IV, p. 165), para que se paguen a Alonso de Ávila 104 pesos y medio de oro, por “nueve varas de damasco y nueve de tafetán y de paño y una gorra de terciopelo y naguas e camisas e otras cosas que se le mandaron comprar para el palio e fiestas questa cibdad hizo de las paces e se gastaron en ellas, y de madera e clavazón que se compraron para los tablados”.
81 “Memoria y relación del viaje que en el nombre de Nuestro Señor se ha hecho después de que salió esta armada de vuestra señoría del puerto de Acapulco, que fue a ocho de julio del año de mil e quinientos e treinta e nueve hasta esta isla de los Cedros, adonde quedo hoy, lunes cinco de abril de mil e quinientos e cuarenta años”: Julio Le Riverend (ed.), Cartas de relación de la conquista de América, Editorial Nueva España, México, s. f., t. I, pp. 641-695.— Fernández de Navarrete, “Introducción”, citada, pp. XXI-XXVII.— Miguel León-Portilla, Hernán Cortés y la Mar del Sur (cap. cuarto, pp. 132-133), ha llamado la atención sobre la existencia de otra relación acerca de este viaje del capitán Ulloa, escrita por el piloto mayor, Francisco Preciado, que se encuentra en la obra de G. B. Ramusio, Delle navigationi et viaggi (Venecia, 1556, vol. III, ff. 341 r-353 v), de la cual cita un pasaje.
82 López de Gómara, cap. CXCIX.
83 Memorial de Hernán Cortés a Carlos V acerca de los agravios que le hizo el virrey de la Nueva España, impidiéndole la continuación de los descubrimientos en el Mar del Sur, Madrid, 25 de junio de 1540, en Documentos, sección VII.— “Mandamiento de don Antonio de Mendoza, virrey de Nueva España, para que todos los navíos que salen de los puertos de la Mar del Sur hagan registros, ante las justicias de dichos puertos, de los pasajeros y mercaderías que llevan”, México, 24 de agosto de 1539, Paso y Troncoso, Epistolario de Nueva España, t. III, pp. 260-261.
84 López de Gómara, ibid.
85 Bernal Díaz, cap. CC.
86 Henry R. Wagner, “Francisco de Ulloa returned”, California Historical Society Quarterly, San Francisco, septiembre de 1940, t. XIX, pp. 241-243, citado por León-Portilla, Hernán Cortés y la Mar del Sur, p. 135 y n. 36.
87 Instrucción dada por Hernón Cortés a Juan de Avellaneda, Jorge Cerón y Juan Galvarro respecto a las gestiones que deberán hacer en la Corte sobre el descubrimiento del Mar del Sur, 1539, en Documentos, sección VI
88 Jorge Gurría Lacroix, “Hernán Cortés y la Baja California”, Meyibó, México, 1979, núm. 2, p. 32.— Francisco López de Gómara nombra a estas tierras California en el cap. CXCIX de su Conquista de México.
89 Clementina Díaz y de Ovando, “Baja California en el mito”, Meyibó, México, 1977, núm. l, pp. 7-27.
90 Edward E. Hale, The Queen of California, the Origin of the Name of California with a Translation from The Sergas of Esplandian, San Francisco, The Colt Press, 1945.
91 López de Gómara, ibid.
92 Bernal Díaz, ibid.
93 Véase nota 1 de este capítulo.
94 Acerca de las expediciones de Cortés en el Mar del Sur existen tres importantes estudios que aquí se repiten: Woodrow Borah, “Hernán Cortés y sus intereses marítimos en el Pacífico, el Perú y la Baja California”, Estudios de Historia Novohispana, UNAM, México, 1971, vol. IV, pp. 7-25; Jorge Gurría Lacroix, “Hernán Cortés y la Baja California”, Meyibó, 1979, núm. 2, pp. 21-38; y Miguel León-Portilla, Hernán Cortés y la Mar del Sur, Ediciones de Cultura Hispánica, Instituto de Cooperación Iberoamericana, Madrid, 1985. Valiosa exposición del tema y de la cartografía derivada de estas expediciones.